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miércoles, abril 02, 2025

Trumputinismo // Seminario // Bifo //Futurismo reaccionario.  

 


El futurismo del siglo XXI, que reaparece como tecno-futurismo transhumanista y supremacista, es una utopía de Occidente en decadencia. 

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El futurismo está de moda. En Italia, cuna del movimiento futurista, desde que el fascismo está en el gobierno, se han celebrado exposiciones futuristas por todas partes. Exponen su mercancía, aunque esté vieja y mohosa. 

En lo que a mí respecta, estudio el futurismo desde los años 70, cuando la idea de que los seguidores de Mussolini pudieran gobernar el país era una distopía difícilmente imaginable. 

Una gran retrospectiva sobre el movimiento en la Galería de Arte Moderno y Contemporáneo de Roma en diciembre de 2024 fue el momento más significativo de este redescubrimiento. Cien mil personas visitaron la muestra que, hasta donde puedo juzgar, es de alta calidad. Mercancía algo vieja, pero bien expuesta. Felicitaciones al curador, Gabriele Simongini. 

Despreciando el ridículo, como corresponde a un audaz, el Ministro de Cultura Alessandro Giuli proclama que el futurismo ha conquistado el corazón de los italianos. El curador Gabriele Simongini introdujo la exposición con las palabras: *El futurismo es hoy.* 

Lamento decírselo, pero la verdad es otra: el Futurismo es ayer, porque hace tiempo vivimos en una época que está *después del futuro*, un tiempo en el que la expansión es suicidio y la civilización tiende a la extinción. 

El futurismo del siglo XXI, que reaparece como tecno-futurismo transhumanista y supremacista, es una utopía de Occidente en decadencia. 

Hoy, el culto al tecno-futuro es una reacción contra la conciencia subterránea de agotamiento que ha invadido la cultura occidental. La retórica anti-*woke*, tan central en la revolución reaccionaria estadounidense, está dirigida contra la conciencia feminista y contra la misma conciencia ética. 

En 2024, Marc Andreessen lanzó un manifiesto del tecno-futurismo, retomando la retórica de Marinetti. Es un texto patético, inflado de ridícula exaltación que no puede ocultar la realidad de un panorama de agotamiento psíquico, económico y, sobre todo, demográfico en Occidente. La tecnología puede funcionar como prótesis y como *Ersatz*, pero no puede devolver la vida a un cuerpo moribundo. 

En estos cien años ha cambiado algo decisivo: en 1909, cuando Marinetti publicó su *Manifiesto*, la civilización europea era joven, enérgica y expansiva, mientras que la de hoy es una sociedad senil en términos demográficos, psico-sexuales y geopolíticos. El nacionalismo de hoy no persigue la expansión civilizadora y colonialista, sino la defensa de los límites de la *fortaleza blanca* frente a la migración y la *sustitución étnica*. 

El futuro se ha dado vuelta como un guante, y lo que hace cien años parecía una enérgica amenaza de los dominadores del mundo ahora aparece como la rabiosa (y vagamente demencial) venganza blanca contra la inevitabilidad del declive. 

El cuerpo flácido de la sociedad occidental no puede resistir la presión que viene del sur del mundo (y de su propia implosión demográfica) sino usando la técnica del genocidio y la destrucción. 

El *trumputinismo* interpreta el oscuro sentimiento de venganza de una civilización moribunda. 
Y sin embargo, debemos reconocer que no es fácil imaginar quién podrá detener la ofensiva reaccionaria *trumputinista*. 

La democracia liberal no volverá, está enterrada. La clase trabajadora ha sido derrotada, disgregada y sometida al nazismo, como ocurrió en la Alemania de Hitler. 

Pero eso no significa que el trumpismo haya ganado, porque su enemigo no es la resistencia política, sino la vejez, el declive físico y mental, el *Alzheimer sistémico*. Su enemigo es el caos mental y geopolítico que provoca y explota, y que, al final, está destinado a hundirlo. 

La raza blanca, esa entidad mitológica a la que el *trumputinismo* da una identidad agresiva, está desapareciendo, y no será el orgullo racista lo que la salve, porque las microplásticos reducen la capacidad reproductiva, porque la sexualidad heterosexual está desapareciendo y porque las mujeres ya no quieren engendrar víctimas del horror que se cierne sobre el planeta. 

Patético es el futurismo de los viejos que se pavonean con sus misiles gigantescos. 

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### **El *trumputinismo*, reacción impotente ante el declive demográfico** 

El declive demográfico de Occidente (y del hemisferio norte en general, incluida Rusia) es al mismo tiempo un síntoma y un factor de agotamiento. En siglos pasados, los ancianos constituían una pequeña minoría de la población global y eran considerados con cierto respeto como portadores de sabiduría. Gracias a los avances de la medicina, hoy los ancianos representan una parte cada vez más importante de la población. Aunque siguen al margen de la vida cotidiana, son el símbolo de una catástrofe social inminente: el fin de la energía psíquica mina la maquinaria social. 

El agotamiento del agua y el aire es solo una parte de la historia de nuestro tiempo. La otra parte es el agotamiento de la energía humana: este es el corazón del movimiento reaccionario que arrasa Occidente. 

Hemos entrado en una era de mutación post-antropocéntrica: el dominio humano sobre el planeta físico y social se está desintegrando, mientras la mente humana pierde la capacidad de gobernar la complejidad del entorno en el que vive y se comunica. 

Un conjunto de automatismos tecno-lingüísticos toma el control de la vida social, pero la supervivencia de los organismos conscientes se vuelve cada vez más frágil y precaria. 

**El autómata gobierna el mundo moribundo, 
mientras el ser vivo se hunde en el caos.** 

Los seres humanos se mueven como alienígenas en un planeta desconocido cuyas dinámicas no comprenden completamente: cataclismos climáticos, aumento del nivel del mar, escasez de agua, guerras devastadoras con un trasfondo psicótico. 

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### **El joven simulacro y el cuerpo senescente** 

En un ensayo de Laura Preston sobre las futuras aplicaciones de la inteligencia artificial, encuentro una escena conmovedora que resume bien el sentido del futurismo contemporáneo:

*"Tu madre es anciana y debes recordarle constantemente que tome su medicina. ¿Por qué no dejarle esa tarea a un avatar?"* 

[...]

No hay mejor descripción del futuro que nos preparan los futuristas que han tomado el poder en Occidente. 

**La verdad es senil, pero el simulacro es joven. 
El autómata controla el caos del cerebro blanco en descomposición.** 

La mitología supremacista blanca se agota, porque la energía psíquica se está agotando. 


Franco "Bifo" Berardi

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martes, abril 01, 2025

CONTRACULTURA Y REVOLUCIÓN 

 UNAS NOTAS BREVES SOBRE EL 68 GLOBAL Y EL 68 JAPONÉS




Un texto de un tal Miguel Ángel Cerdán subido a El Porteño hace poco se inscribe en la ya larga y lamentable tradición de escupir sobre las revueltas de 1968 afirmando que “Mayo del 68 mató a la izquierda”. No es nada casual que dicha diatriba haya sido publicada en España por El Viejo Topo, editorial que desde hace ya un tiempo se ha dedicado a difundir literatura fascista rojiparda como la del nefasto “filósofo” italiano Diego Fusaro, autodeclarado discípulo del comunista Gramsci y del fascista Gentile, at the same time!

Para que vean lo grave y decadente de esta deriva neofascista y “trumputinista”, debo destacar que EVT publicó una entrevista al confusionista Fusaro realizada por Carlos X Blanco, autor de “El marxismo no es de izquierdas”, publicado nada menos que en la Editorial EAS, donde al igual que Fusaro y Costanzo Preve (otro rojipardo) trata de vendernos a un Marx idealista, “más conectado e identificado con la tradición de pensamiento de Aristóteles, del Bien Común y de lo Social, siendo más un realista aristotélico que un idealista hegeliano”. Por supuesto la Editorial EAS se dedica a publicar a la crema del neofascismo en versión “Nueva Derecha”. Basta con ver su catálogo online para reconocer la fina selección de fascistas que ahí publican.

Como varios antes que él, Cerdán (un “Catedrático de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia”) reduce la revuelta global de los sesenta al “mayo francés”, y confunde el proceso revolucionario con la contrarrevolución que se activó para neutralizarlo. En su defensa invoca a Passolini (sic) y advierte que si estás de acuerdo con su análisis “serás un facha o un putinista o un trumpista o un prochino, según marque la ocasión”. ¡A confesión de parte!

No tengo tiempo ni ganas de refutar en detalle a este Catedrático anti-sesentayochista, pero además de desenmascararlo he decidido liberar dos fragmentos iniciales de un trabajo sobre la escena musical del 68 japonés, en un afán por situar esos agitados tiempos en perspectiva y con altura de miras.



“Lo que guiaba a estas energías era en parte la fuerza de la contracultura, y en ese entonces el motor de la contracultura era principalmente la música, aunque no sólo la música. Y podríamos decir que esa música, al igual que la política, ofrecía esta visión de un mundo liberado. Había una especie de bucle de retroalimentación positiva. La música alimentaba las luchas; la lucha retroalimentaba la música” (Mark Fisher)

 

Premisa: el largo 68 como una revuelta global

La gran revuelta global de los sesenta ha quedado hace ya bastante tiempo reducida a algunas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino de París en mayo de 1968, que luego inspiraron imitaciones en otras partes del mundo. Se trata de un proceso bastante evidente de manipulación de la memoria que quedó bien instalado ya en los años ochenta y que se ha seguido afianzando posteriormente, logrando casi anular el acontecimiento a través de una amnesia colectiva que se ha esforzado en eliminar de la memoria todo lo que la revuelta de los sesenta tuvo de intempestivo y revolucionario.

En esta labor, las voces de los “ex líderes” más visibles del movimiento -que a posteriori han destacado por su exitosa adaptación a los nuevos roles que les depararon sus biografías cuando el 68 ya era un recuerdo borroso- confluyen con los esfuerzos de la academia por vaciar esos eventos de todo contenido radical, eliminando el análisis de clase para imponer una lectura sociobiológica y culturalista de la rebelión juvenil (o estudiantil), convirtiendo no sólo al mayo francés sino que a todo ese largo y profundo ciclo de luchas en el mundo en una mera expresión de deseos de integración que en cierta forma prefiguraron la gestión neoliberal de la vida que se impuso a partir de entonces.

Al someter el proceso global a este conjunto de reduccionismos, se oculta la dimensión global de la revuelta, para fijarse obsesivamente sólo en el acontecimiento “mayo francés” en su expresión parisina/estudiantil. Pero no fue por casualidad que tanto en Francia como en el resto del mundo las protestas masivas que en varios lugares devinieron en insurrecciones hayan sido detonadas por la oposición masiva a la guerra de Vietnam.   Por supuesto, en la versión triunfante de este relato, a lo Lipovetsky, esta “revolución sin programa”, hedonista e individualista, no tiene mucho que ver con las banderas rojas (anticapitalistas), negras (antiautoritarias) y del Viet Cong (como símbolo de la lucha anti colonial y anti imperialista) que en mayo/junio de 1968 adornaron todas las ocupaciones de edificios, en un movimiento contestatario que estuvo lejos de confinarse a la capital y las principales ciudades y que llegó a su máxima intensidad con la huelga general de más 10 millones de personas en el mes de junio.

En contra de esa versión, que sigue siendo la dominante, acá partimos de la premisa de que lo que llamamos “68” designa una especie de revolución mundial, a la vez cultural, social y política, que se produjo en la segunda mitad de la década de los sesenta y reverberó incluso varios años después de la contrarrevolución también global iniciada hacia 1973 y consolidada plenamente a inicios de los ochenta y hasta el día de hoy (1).  A partir de esa comprensión es que intentaremos reconstruir la escena musical del 68 en Japón.

Un breve repaso a lo poco que sabemos del 68 japonés

En mi caso, tuve conocimiento de la intensidad de las protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el documental “Días de furia” (Fred Warshofsky, 1980), que dentro de su variopinto y exótico contenido mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y represión que se generaban (2). La voz en off del conductor Vincent Price presentaba el dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo). Poco después di casualmente con el librito de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición en español de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la ultraizquierda japonesa me pude hacer una idea del tipo de lucha antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Pero no es de extrañar que en los relatos más conocidos sobre el 68, Japón casi no aparezca. Así, en el famoso libro editado con motivo del vigésimo aniversario del evento por una de las estrellas más conocidas del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, viaja a sostener conversaciones con distintas figuras de las luchas de los sesenta, en Nueva York, Río de Janeiro, Roma, París, Amsterdam, Saint-Nazaire, Francfort del Meno, País Vasco, y según explica estuvo a punto de incluir a Polonia y Chile. Pero no menciona a Japón.

Otro ejemplo son las quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el año que estremeció al mundo”. Sólo encontramos en el índice temático dos alusiones a Japón, aunque significativas: en una se explica a grandes rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la segunda el autor refiere que el Partido Comunista japonés (de los más grandes en esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a la invasión rusa de Checoslovaquia (3). Ambos factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales para entender el contexto social y político de la “banda sonora” que nos hemos propuesto describir, donde confluye esta amplia contracultura juvenil con las posiciones de una nueva izquierda radical, anticapitalista y antiautoritaria, que se desarrolló con fuerza en países como Japón, donde los partidos autoritarios de la izquierda tradicional aparecían claramente como parte del “viejo orden” a combatir. Además, la Nueva Izquierda se oponía a las formas culturalmente reaccionarias asociadas a la vieja izquierda.

Kristin Ross tampoco dedica mucho espacio en “Mayo del 68 y sus vidas posteriores” al contexto japonés, pues está centrada en Francia, pero insiste en recordarnos que gran parte del movimiento ahí y en el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria, junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar únicamente su aspecto cultural, de liberación de las costumbres, movimiento “generacional” e incluso como una especie de “revolución sexual”.

Ross destaca la influencia que tuvo especialmente en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido en las calles que “la policía no siempre gana”. La especificidad japonesa radicaba en que las protestas estudiantiles enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que mantenía Estados Unidos en el archipiélago, cuya importancia geopolítica y logística convertía a Japón en un territorio involucrado directamente en la guerra. Como indica Ferran de Vargas, la “larga década de los 60” en Japón duró por lo menos de 1958 a 1972, y hacia 1968/9 la relación del movimiento social con la violencia ya había pasado por varias etapas y aprendizajes.

En el momento más álgido de esas luchas por todo el orbe, lo que caracterizó a la “escena japonesa” fue en efecto la masividad, creatividad y combatividad de sus luchas callejeras, que en distintas oleadas y formas venían produciéndose desde fines de la década anterior. La novedad tecnológica que aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público global un sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se estaban dando en ese momento. De esta forma, se pudo apreciar en directo escenas como las que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en Japón, dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren en las inmediaciones del aeropuerto. Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio que acercarse a las filas de los manifestantes, y unirse a ellas tomándose del brazo y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando magníficamente”, declaró después, así que tras participar un momento y despedirse de sus desconocidos anfitriones, recién pudo llegar al automóvil para dirigirse al aeropuerto. 

No cabe duda de la gran fascinación que causó en occidente la transmisión televisiva y los registros fotográficos de tácticas como la “danza de la serpiente” (4), la construcción de fortalezas de madera por parte de los estudiantes y la comunidad de Sanrizuka como parte de la gran lucha sostenida a partir de 1963 para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita (5), así como la llamativa indumentaria usada por los estudiantes radicales japoneses en las manifestaciones callejeras: cascos de colores y garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados masivamente para la lucha contra la policía.

John Lennon y su pareja japonesa, la artista de vanguardia Yoko Ono, usaron los típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y, así mismo (con casco y puño en alto) aparece el cantante en el arte de su single “Power to the people”, lanzado en marzo de 1971.  Incluso un artista en apariencia poco politizado como Jimi Hendrix hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los jóvenes gringos le parece “masoquista”, Hendrix lo contrasta con el de “los muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza abierta sin ningún motivo”.

¿Por qué todas estas anécdotas y eventos parecen hoy totalmente olvidados?

A fines de los sesenta a nivel global la cultura musical de los jóvenes florecía en una compleja relación entre la creación artística más o menos genuina y la difusión comercial, explotación y “recuperación” de esas expresiones por parte de la industria cultural, las radios y las discográficas. Empleo esta expresión en el sentido que le daba la Internacional Situacionista, es decir, como un proceso a través del cual el capitalismo espectacular intenta extraer del movimiento social las energías contestatarias para neutralizarlas y usarlas a su favor.

Si es posible advertir en las formas musicales y estéticas de la contracultura de fines de los sesenta cómo se produce un cruce no siempre pacífico entre alta y baja cultura, música eléctrica y acústica, experimentación y tradicionalismo, alienación y concientización, en el caso de Japón se sumaba a eso el hecho de que la ocupación norteamericana generaba también una mezcla de fascinación y rechazo hacia las formas culturales propias de la cultura percibida como invasora. Una buena demostración de este rechazo fueron las airadas protestas de grupos nacionalistas tradicionalistas contra la gira japonesa de los Beatles en 1966, que obligó a una fuerte presencia policial con custodia permanente del cuarteto durante todo el evento.

Esta desconfianza hacia las formas occidentales o norteamericanas también se producía desde la izquierda. Por esos mismos años en Estados Unidos Bob Dylan era abucheado en el Newport Folk Festival de 1965 y  tratado de “judas” por haber “traicionado” el folk tradicional de protesta e incorporar guitarra eléctrica y banda de rock (6), mientras en Brasil el cantante Caetano Veloso era abucheado estruendosamente por el izquierdizado público del Tercer Festival de la Canción Popular en Sao Paulo en junio de 1968, por haber tenido la idea de presentar la canción “E proibido prohibir” compartiendo escenario con el conjunto sicodélico Os Mutantes, que además de su curiosa apariencia personal también portaban batería, guitarra y bajo eléctricos (7).

Más significativo aún en este desencuentro es lo que contó el poeta norteamericano Allen Ginsberg en una entrevista del año 1973 con la revista Gay Sunshine, cuando explica que entre las razones por las que fue expulsado durante una visita a Cuba en 1965 estuvo el haber propuesto a la cúpula del partido hacer las gestiones necesarias para que los Beatles tocaran en la isla. La respuesta que obtuvo de Haydée Santamaría fue: “No tienen ideología; tratamos de construir una revolución con ideología”. Sumado a su defensa de la marihuana y la homosexualidad, además de señalar públicamente que “había rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era guapo”, el desencuentro le costó la expulsión de la isla, siendo sacado a la fuerza del Hotel en que se encontraba ante la mirada atónita del poeta chileno Nicanor Parra. Lo que le hizo concluir a Ginsberg que la ideología a la que se refería Santamaría era “la ideología de una burocracia policial que persigue a los maricas” (8). 

Más allá de lo anecdótico, lo cierto es que el desencuentro entre la izquierda y la contracultura fue clave en el desenlace contrarrevolucionario de los setenta, pues tal como señaló Mark Fisher en su inconcluso texto Comunismo ácido, “el fracaso de la izquierda después de los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos”, lo que facilitó que las “nuevas corrientes” fueran capturadas por la nueva derecha.  

(El manuscrito se interrumpe aquí)




Notas:

1.- Algunxs autorxs se pronuncian en este mismo sentido, o al menos en uno similar. El ejemplo más conocido es el de Wallerstein con Arrighi y Hopkins, que señalan a 1968 y a 1848 como los dos únicos ejemplos de revoluciones globales, que “fracasaron históricamente” a la vez que “transformaron el mundo”. Los italianos Nanni Ballestrini y Primo Moroni se refieren al período 1968-1977 como una “gran ola revolucionaria y creativa, política y existencial”, y el británico Mark Fisher -siguiendo a Ellen Willis- habla abiertamente de las aspiraciones de la contracultura de esos años como “una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”. Sobre el 68 latinoamericano como parte de esa extraña “revolución mundial” que fracasó, podemos referir los trabajos del uruguayo Raúl Zibechi. Destaquemos de paso que tanto en relación a 1848 como a 1968, la mirada ha estado hasta ahora centrada casi exclusivamente en la dimensión europea/occidental del proceso. Así, podemos ver en pleno año 2021 a Matt Colquhoun en su introducción a “Deseo Post-Capitalista” (publicación como libro de las últimas clases del malogrado Mark Fisher), comentando cosas como que el álbum “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles (1967), celebrado por muchos como un momento revolucionario en el pop, para otros se volvió inmediatamente redundante por “las revueltas sociopolíticas que se sucedieron en Europa el año siguiente, en mayo de 1968” (el destacado es mío).

2.- Un fragmento del documental puede ser visto en Youtube bajo el título de “Siege of the Red Fort!”. Sobre la lucha de Sanrizuka existen una serie de films documentales realizados por Shinsuke Ogawa, varios de ellos disponibles online en la plataforma MUBI.

3.- No así el PC chileno que, muy lejos de las sensibilidades de la “nueva izquierda” inventó la pedagógica consigna de: “¡Checo, entiende, los rusos te defienden!”

4.- Esta “danza” consistía en un avance serpenteante mediante bloques de hileras organizadas de manifestantes tomados de los brazos (el “estilo francés”) y bajo la dirección de un encargado usando altavoz y silbato. Llegado el momento, la columna podía aprovechar un punto débil en las líneas de la policía antidisturbios para abrirse paso por la fuerza rompiendo el cerco represivo. La táctica fue considerada por los Weathermen en la planificación de los “días de furia” en Chicago en octubre de 1969. 

5.- Existen varios documentales al respecto, como los de Shinsuke Ogawa disponibles en MUBI

6.- Se trata de la “Electric Dylan controversy”.

7.- Hay registro de eso: el track “Ambiente do festival (E proibido prohibir)” (1968). Incluido en el compilado Caetano (Série grandes nomes Vol. 1), 1995.

8.- V/A (1982), Cónsules de Sodoma Volumen 1. Entrevistas de Gay Sunshine a Allen Ginsberg, John Giorno y otros, Barcelona,Tusquets editores.

 


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