jueves, septiembre 10, 2026
¿MOLOTOVS DE DERECHA vs. MOLOTOVS DE IZQUIERDA?
HUGO HERRERA Y LA PROFANACIÓN DE LA BOTELLA INCENDIARIA.
Del lat. profanāre.
- Tratar algo sagrado sin el debido respeto, o aplicarlo a usos profanos.
- Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables.
(“Profanar”,
DRAE)
Por alguna razón que no
conozco bien me he acostumbrado a leer todos los domingos la columna dominical
del filósofo-abogado (¿o abogado-filósofo?) Hugo Herrera en El Mostrador.
En la última del mes de
julio, “El símbolo que profana símbolos” (1) se dedica a fustigar el fenómeno de los overoles blancos en Liceos
emblemáticos, acusándolos de una doble profanación. Después de hacer ver que “no
destruyen solamente instituciones. También invierten símbolos”, apunta a la
primera profanación, que sería la destrucción de la Escuela pública y los
Liceos, que “en nombre de la liberación fueron arrasados”. La segunda, realmente
curiosa, es la profanación del “cóctel molotov”, cuyo origen histórico estaría
en la Guerra de Invierno (1939-1940) en que Finlandia resistió con gran
desventaja logística la invasión soviética: “botellas incendiarias (que) expresaban
la decisión de un pueblo de defender su libertad cuando ya casi no quedaban
medios para hacerlo”.
Sobre lo primero, sólo
señalaré que desde hace décadas la Criminología y diversos instrumentos
normativos internacionales insisten en estudiar y diseñar cuidadosamente la
respuesta estatal y social frente a la llamada “delincuencia juvenil” (2), tanto en su faceta de
delito común (estrategias de sobrevivencia de una parte minoritaria pero
relevante de la población adolescente), como en otras formas de violencia o
infracción de leyes penales cometidas por adolescentes, en vez de dar una tras
otra señal de “mano dura” y políticas penales que no sólo no resuelven sino que
empeoran el problema.
La cuestión del “vandalismo”,
la “inversión de símbolos” y el carácter expresivo o no utilitario de ciertas
infracciones juveniles ha sido estudiada en detalle desde mediados del siglo XX
por teorías criminológicas como las de las subculturas (Albert Cohen) y la
asociación o aprendizaje diferencial (Edwin Sutherland), así como por David
Matza en obras como “Delincuencia y deriva” (Siglo XXI, 2014). Por supuesto, las
recomendaciones de Política criminal basadas en evidencia científica no han
sido escuchadas en Chile, donde desde el cambio de siglo el populismo penal
campea sin contrapeso alguno, de derecha a izquierda, esgrimiendo el aumento de
delitos y penas como varita mágica y negándose a toda reflexión seria sobre
estos temas tan complejos. Herrera se suma a este simplismo político-criminal
cuando culpa a los “overoles blancos” de “destruir la comunidad”, sin intentar
siquiera comprender cómo viven algunos adolescentes el proceso actual de
agotamiento estructural de la familia y la escuela como instancias de
socialización, en medio del crecimiento del crimen organizado, y qué
significado tienen para ellos mismos estas acciones transgresoras que como él
mismo señala, tienen como objetivo la “liberación”. No: es mucho más fácil -como
siempre- culpar a los jóvenes, aunque en el discurso conspirativo de Herrera
existen además responsabilidades políticas e intelectuales “aguas arriba”,
donde -como siempre- encuentra al PC y al FA.
En esta ocasión quiero
centrarme en el segundo punto que plantea Herrera, el curioso pero interesante
argumento relativo al “verdadero espíritu” de la bomba molotov, cuyo nombre es un
anti-homenaje a Viacheslav Molotov, Ministro de Asuntos Exteriores de la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.: una sigla en la que, como dijo
Cornelius Castoriadis desde la izquierda, cada palabra era falsa (3)). Figura clave del régimen
estalinista, Molotov había suscrito en agosto de 1939 el infame pacto de no
agresión entre la Alemania nazi y la URSS.
Herrera presenta sus
respetos ante este “instrumento finlandés de resistencia a la tiranía”, utilizado
cuando Finlandia derrotó a la URSS causándole más de 200 mil bajas (4), pero por contraste
sostiene que
“El overol blanco invierte
por completo ese significado. La molotov deja de defender una comunidad
amenazada para emplearse contra la propia comunidad. No protege escuelas, las
destruye. No resiste una tiranía, corroe una de las instituciones fundamentales
de la república. Un símbolo de la defensa de la libertad termina convertido en
instrumento de devastación”.
O sea, los encapuchados
adolescentes de los liceos públicos estarían “profanando” esta arma (originalmente
“anticomunista”) al usarla en contra de la policía y la infraestructura pública.
Para ir más allá, Herrera denuncia que la semana pasada “dos niños fueron
alcanzados por bombas molotov”, de lo cual concluye que “la violencia deja de
distinguir entre culpables e inocentes”.
En verdad las imágenes
muestran el lanzamiento bastante aleatorio de artefactos incendiarios hacia la
calle, donde en un momento la flama de uno de ellos desparramada en el
pavimento alcanza la rueda de un auto, en cuyo interior en la parte de atrás había
dos niños que fueron rápidamente evacuados por los transeúntes. En el mismo
sentido, la Directora del establecimiento dijo que “uno de los encapuchados
lanza una bomba molotov a personal de Carabineros, ubicados en el exterior,
impactando a un vehículo particular que se encontraba estacionado a las afueras
del instituto, donde el artefacto incendiario provocó fuego de riesgo, comenzando
a arder el vehículo” (5). La diferencia puede
parecer de detalle, pero jurídica y políticamente es bastante relevante.
En definitiva, Herrera nos
recuerda uno de los postulados más característicos de la Criminología Crítica,
al que nos referimos con Myrna Villegas en el libro “Violencia institucional y
antiterrorismo en Chile” (Ceibo, 2026): no existen los delitos en sí mismos,
sino acciones que a veces son etiquetadas como tales, en un complejo y
conflictivo proceso de criminalización siempre selectiva y discriminatoria, que
depende de varias definiciones y mecanismos no sólo legales sino que también
políticos, culturales y sociales. En este proceso, la creación de normas penales
es impulsada por diversos grupos sociales que se encuentran en pugna por la
hegemonía o en abierto conflicto moral o político, que pretenden
descriminalizar sus propios comportamientos y al mismo tiempo criminalizar los
de los grupos rivales.
En este caso el conflicto es
evidente: Herrera nos está diciendo abiertamente que el uso de bombas
incendiarias puede ser “legítimo” como medio de defensa de una comunidad
amenazada por una tiranía. En el fondo, nos lleva al viejo problema del
“derecho de rebelión”.
Pues bien: ¿estábamos ante
ese supuesto en 1983 cuando ante las primeras protestas nacionales Pinochet
sacó a los militares a la calle causando decenas de muertos entre las
multitudes que sencillamente salían a la calle a exigir el fin de la dictadura?
¿O durante la revuelta del 2019, cuando la policía y los militares lesionaban y
mutilaban manifestantes, causando según cifras de la Fiscalía al menos 464
víctimas de trauma ocular, sin ningún tipo de obstáculo hasta que apareció la
“primera línea” para contener su avance? ¿Sería legítimo entonces usarlas para
“defender” un espacio, sea una escuela, campus universitario, fábrica en huelga
o manifestación callejera de protesta cuando es atacada por la policía en
infracción a sus propios reglamentos?
Si bien me cuesta imaginar a
Herrera aprobando el uso de coctéles molotov en ese tipo de escenarios, lo que
está claro es que para la derecha no hay mayor problema en que las “botellas
incendiarias” sean utilizadas para combatir a sus enemigos tal como se merecen.
Andrés Allamand en “No virar
izquierda” (Edimpress, 1974), crónica detallada de su lucha anti-upelienta como
alumno del Liceo Lastarria, nos da consejos sobre las mejores botellas a
utilizar: las “vineras, las que mejor se quiebran, con bencina, azúcar y aserrín
para mantener las llamas” (pág. 133). Incluso nos obsequia el relato de cómo
procedieron a incendiar completamente un trolebús en plena Providencia con Los
Leones, previa amenaza y agresión contra los pasajeros:
“-¡Abajo, abajo, vamos
andando! Si no, quemamos el trole con ustedes adentro -advirtieron. Un
viejo de anteojos trató de resistirse. Se paró y avanzó hacia los lolos con
claras intenciones de agredirlos. Sin inmutarse, el más chico lo hizo comerse
un tremendo palo en la cabeza, que de pasada le quebró los anteojos” (pág.
80 y ss.)
Cuando los “lolos” le roban
a una señora la parafina para poder consumar esta acción que hoy en día los
dejaría inscritos en el Registro Nacional de Vándalos, le dicen que “La Patria
se lo agradecerá”, y con eso al perecer desaparece el delito.
En cambio, según cuenta Manuel
Fuentes W. en las “Memorias secretas de Patria y Libertad” (Grijalbo, 1999),
Jaime Guzmán y los gremialistas de la Universidad Católica se retiraron del Movimiento
Nacionalista Patria y Libertad cuando pasaron de los talleres de autodefensa a
los de confección de molotovs.
Más recientemente en la
historia hemos visto desde las páginas de El Mercurio y otros medios una actitud
muy distinta ante las protestas callejeras y el uso de barricadas y bombas
molotov, en la medida que se usen contra la tiranía chavista en Venezuela,
donde incluso se innovó rellenando botellas con excrementos humanos,
convirtiéndose así la molotov (arma incendiaria) en “puputov” (calificada por
el gobierno venezolano de ese entonces como “arma química”), pues como señala
un ciudadano referido en Emol, “los muchachos salen solamente con piedras en
las manos. Es su arma. Ahora tienen otra arma más: excremento" (6). El trato empático que se le daba en esta
prensa a los “guarimberos”, primera línea de las protestas antichavistas del
2017 (7), contrasta totalmente con el
que se dio a la Primera Línea chilena de un par de años después, que terminó
siendo tratada como una especie de organización terrorista.
La misma visión romántica
del coctel molotov “bueno” se dejó ver cuando empezó la invasión rusa (ya no
“soviética”) de Ucrania, cuando se publicitó la situación de una chilena con
pololo ucraniano que decidió quedarse a combatir la tiranía, para lo cual
estaban dedicados a juntar botellas para llenarlas de bencina (8) (o “acelerante” como les
gusta decir en las noticias cuando hablan de violencia escolar). Tampoco habría
que olvidar que durante la revuelta nacionalista conocida como Euromaidan en el
2014 los militantes neonazis y de extrema derecha atacaron con molotovs locales
del Partido Comunista y un sindicato en Odesa, causando 42 muertos. ¿Ese uso
“anticomunista” del símbolo de resistencia finlandés es correcto para el
esquema de Herrera? No lo sabemos.
Hasta aquí, podemos concluir
con él que el problema no es el coctel en sí mismo, puesto que hay -por así
decir- coctéles buenos y coctéles malos. Son “buenos” decididamente cuando se
usan en contra de tiranías percibidas como “de izquierda”. En caso contrario,
el legislador nacional los ha considerado delitos graves sancionados en la Ley
de Control de Armas, o incluso en la antigua y la nueva Ley Antiterrorista. No
es necesario explayarse ahora en la práctica de los tribunales para entender
que las molotovs son siempre “malas” cuando las utiliza la izquierda, pues a
diferencia de la derecha que sólo se limite a defender el orden, la izquierda
busca cuestionarlo y cambiarlo.
A una conclusión similar
llegó en su momento la Corte Suprema de Chile cuando decidió no aplicarles a
los integrantes del Movimiento Nacional Socialista de Jorge González von Marées
la recién aprobada Ley de Seguridad del Estado (N°6.026 de 1937) por una
seguidilla de acciones bastante violentas, puesto que “dentro del conocimiento público que se tiene de ese
movimiento no aparece que tienda a destruir por medio de la violencia el orden
social o la organización policía y jurídica de la Nación” (9).
Todo este
debate nos vuelve a hacer ver que finalmente la “cuestión criminal” es siempre
y por sobre todo una cuestión política. Por eso mismo es que el gobierno actual
prepara indultos para policías y militares presos por graves delitos de
violencia institucional cometidos durante la represión de la revuelta del 2019.
No importa
para nada, en la lógica de la derecha, que estos uniformados hayan sido
condenados por tribunales por violar las leyes penales de la República, pero no
como cualquier otro ciudadano o particular, sino que aprovechándose de su
posición de funcionarios públicos encargados de hacer cumplir la ley, abusando
del cargo: verdadera doble profanación
que sólo pueden cometer los agentes del Estado, pero que en Chile está a punto
de ser perdonada, en abierta infracción a la Constitución, las leyes, y los
tratados internacionales de derechos humanos en que Chile es parte, porque
según se nos dice, al torturar, apremiar ilegítimamente o violentar
innecesariamente a los ciudadanos sólo estaban “cumpliendo con su deber”. Parece
que, tal como pasa con el cóctel molotov, existen indultos malos (de izquierda)
e indultos buenos (de derecha).
1.- https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/07/26/el-simbolo-que-profana-simbolos/
2.- Para una síntesis, ver la Observación General 24 del Comité de Derechos del
Niño, sobre los derechos del niño en el sistema de justicia juvenil, así como
la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso
Adolescentes recluidos en centros de detención e internación provisoria del
SENAME vs. Chile, 20 de noviembre de 2024.
3.- Por cierto, a diferencia de lo que creen los derechistas y los izquierdistas
más simples, siempre hubo corrientes marxistas disidentes que combatieron al
estalinismo desde la izquierda. Entre ellas, tendencias comunistas
antiautoritarias o “consejistas” (como en el caso de Castoriadis y la revista
francesa Socialisme ou Barbarie).
4.- La banda finlandesa de black metal Impaled Nazarene tiene una canción llamada
Total war/Winter war (incluida en su álbum de 1994 Suomi Finland Perkele). En
su coro señalan: “Los rusos perdieron con más de 200.000 muertos. Si quieren otra
guerra, ahora los mataremos a todos” (https://osmoseproductions.bandcamp.com/track/total-war-winter-war)
7.- Ver por ejemplo “Los jóvenes venezolanos comandan "hasta el final"
las protestas contra Maduro”, en la sección Economía y Negocios de El Mercurio
el domingo, 07 de mayo de 2017.
9.-“Contra Luis Reyes y otros. Recurso de
amparo”, Corte Suprema, Sentencia N° 67, 23 de abril de 1937, citada en: Lira y
Loveman, Poder Judicial y conflictos políticos (Chile 1925-1958), LOM, 2014, página
293.
Etiquetas: contra-represión, crim crit, crimen estético, violencia y control

