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lunes, septiembre 05, 2011

CAPITALISMO, CATÁSTROFE Y ATONTAMIENTO DE MASAS 


“En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas, la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta; y la lógica sólo se ha formado socialmente en el diálogo. Cuando se ha extendido el respeto hacia aquel que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye importancia, riqueza, prestigio, la autoridad misma, se extiende también entre los espectadores el deseo de ser tan ilógicos como el espectáculo como medio de mostrar un reflejo individual de esa autoridad.(...)” (Guy Debord, Comentarios a la sociedad del espectáculo, 1988).

“Las ideologías y hábitos burgueses que las clases dirigentes de la sociedad imponen mediante su prensa, su cine, su radio, su deporte y sus escuelas…por esa vaga, inerte y asfixiante atmósfera ideológica, sin contenido intelectual, que mantiene sumidas las conciencias en la penumbra de las mentiras interesadas y de las verdades a medias…porque la esclavitud de las masas es ante todo espiritual” (Laín Díez, Una lección del 1º de mayo, 1949).

No hubo duelo nacional por Manuel Gutiérrez. Y al igual que con el caso de Pinochet -cuyos acólitos más fieles no se horrorizaron ante su política sistemática de tortura, ejecución y desaparición de opositores pero sí ante la magnitud de los robos perpetrados-, el general Gordon (pariente cercando del torturador de la dictadura Humberto Gordon) tuvo que renunciar no por la responsabilidad de Carabineros en el asesinato de Manuel, sino que por la denuncia de una irregularidad que, por lo que el mismo ex General Director Alberto Cienfuegos declaró en TV, es bastante usual a esos niveles en dicha institución.

El problema en este caso es que lo pillaron, y la noticia estalló en un momento delicado en que el régimen muestra una gran torpeza en el manejo del arte de gobernar. Así y todo, Hinzpeter hizo pucheros y despidió con grandes golpeteos en la espalda a este general que pasa a engrosar la lista de los siniestrados de dicha institución tan siniestra. No es que nos tomemos en serio las leyes ni la democracia, pero creemos que en una democracia burguesa más seria y menos decadente que esta, el Ministro del Interior también hubiera tenido que renunciar. En fin…

En contraste con el caso de Manuel Gutiérrez, sí tenemos ahora duelo nacional por los 21 muertos de la “tragedia aérea de Juan Fernández”. Toda tragedia es dolorosa, y no seremos nosotros los que mostremos indiferencia o indolencia ante la muerte. De hecho, el dato duro de que el funcionamiento normal de la economía-mundo capitalista causa más de 30.000 muertes al día, en su mayoría de niños, es una de las razones más poderosas para oponerse a dicho sistema como tal. Por lo mismo no deja de llamar la atención el contraste entre ambas situaciones: cuando mataron a Manuel vimos el hecho en las noticias, donde se hablo muy poquito sobre quién era ese adolescente, para centrarse en el “drama” de la institución más respetada por los “chilenos” (es decir, proletarios sin conciencia de clase), y luego de la renuncia de Gordon la noticia quedó completamente eclipsada por los hechos de Juan Fernández. En el sistema burgués de las libertades y derechos proclamados formalmente como iguales para todos, algunas muertes pesan más que otras, y eso es lo que vemos estos días en las pantallas de televisión.

Una razón de fondo para la reacción de masas frente a los hechos del viernes 2 de septiembre radica en que dado que en la sociedad del capitalismo espectacular la gente sobrevive en torno al trabajo asalariado, se compensa dicha falta de vida auténtica contemplando imágenes de la vida vivida por famosos, faranduleros y atontadores profesionales de masas, y de ahí el carácter semidivino que seres por lo demás totalmente banales adquieren una vez que el rebaño se ha acostumbrado a contemplarlos como un elemento que agrega brillo y entretención en sus monótonas vidas cotidianas. Dado que este accidente de aviación golpeó justo en medio de la industria del atontamiento nacional, todos los medios masivos de desinformación hacen ahora una especie de cadena nacional por la beatificación de Camiroaga, Bruce et al.

Mención aparte merece el caso del “empresario ejemplar” Felipe Cubillos: hijo de un fascista feroz, amiguete cercano del Almirante Merino y su entorno de golpistas, y que luego ejerció como Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Pinochet; hermano de la exparlamentaria de la UDI Marcela Cubillos, actual pareja del Ministro de defensa Allamand: otro momio de larga y destacada trayectoria.

Los medios han difundido una carta reciente de Cubillos titulada “Soy un indignado” que debiera estudiarse seriamente en las escuelas de materialismo histórico como ejemplar insuperable de conciencia de clase burguesa. En ella se declara un “indignado”, pero no en contra del sistema capitalista que por más muerte y destrucción que siembre ha tratado tan bien a los suyos, sino que reclama contra el hecho de que mientras él y otros “buenos ciudadanos” se han dedicado a “levantar Chile” construyendo escuelas, miles de estudiantes se encuentren en riesgo de perder el año escolar a causa de las movilizaciones, y muchos de sus amigos empresarios (o “emprendedores” como él los llama) estén en riesgo de tener que cerrar su negocio escolar sui se sigue atacando el “lucro”. En este punto su instinto/conciencia de clase no falla: ¿cómo va a seguir lucrando su clase si los estudiantes se niegan a ser formados? ¿en qué va a quedar la economía nacional si uno de sus primeros eslabones interrumpe el circuito normal de socialización/encuadramiento/proletarización? ¡Dios nos libre…!

No es muy original, en cambio, en el reclamo ciudadano más sentido: la denuncia del vandalismo, de los ataques a la policía y la destrucción de comercios y propiedad pública y privada. Pero estas quejas resultan interesantes proviniendo del hijo legítimo de uno de los responsables directos del bombardeo a La Moneda, donde la destrucción fue harto más que “simbólica”, pero como era lo que convenía a los intereses de su clase en ese momento histórico, no hay problema. Por otra parte, sobre el “vandalismo” en las calles su cuñado Allamand tiene mucho que aportar, tal cual lo ha relatado en su libro “No virar izquierda”, publicado en 1974 y del cual algunos extractos han sido difundidos en los medios de contrainformación (ver “Violencia reaccionaria en las calles de Santiago”, http://hommodolars.org/web/spip.php?article3250).

El problema de los ilegalismos cometidos por su propia clase es resuelto en este documento con un mecanismo curioso: Cubillos los llama “seudoempresarios” (“que engañan a la gente, sobre todo a los más pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni siquiera preguntarles”). O sea que hay una profunda distinción entre los empresarios buenos (“emprendedores”, como él) y los malos (que en rigor no son empresarios, sino “seudoempresarios”).

Por último, en relación al asesinato de Manuel Gutiérrez por agentes de Estado, Cubillos se preocupa de cortar la responsabilidad en el nivel individual, y amenaza con que de ir más arriba deberíamos llegar hasta a los convocantes de las movilizaciones: “Soy un indignado, porque un joven inocente ha perdido su vida tan sólo por haber estado en el lugar y momento equivocados (mientras escribo esta columna nos acabamos de enterar de que la bala que mató al joven Manuel Gutiérrez salió del arma de un carabinero; ojalá tengamos la mesura para condenar un hecho puntual y no a una institución completa, pues si es así escalemos también hasta los organizadores de las protestas)”.

El país está a punto de canonizar a este sujeto, que tan bien representa la minoría que domina, y que ha sido exitosa en generar emulación, admiración y babosería en amplias masas de la población. Quien no se sume a esa campaña será tratado de resentido, antipatriota, vago, insensible, etc. Por mi parte, creo que la carta estaría mucho mejor titulada si en vez de “soy un indignado” se llamara “soy un momio culeado”, un fiel representante de su clase, que tiene la capacidad de ser menos del 3% de la población y generar pese a ello una admiración nacional gracias a la hegemonía que sabe ejercer y a la fiel ayuda del servilismo idiota de una cuota importante de los dominados.

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