sábado, octubre 31, 2026
Bicicleta Blanca
BICICLETA
BLANCA
1.-
“My white
bicycle” (Nazareth)
Los rockeros escoceses de
Nazareth tuvieron uno de sus primeros grandes éxitos radiales en 1975 con la
canción “My white bicycle”, que decía más o menos así:
Mi
bicicleta blanca, mi bicicleta blanca
Pedaleando
por la calle
Cuatro
en punto de la mañana y todos duermen
No
estoy cansado y es tan tarde
Moviéndose
rápido todo se ve grandioso
Después glorifican la
sensación de ir pedaleando sin importar la lluvia en la cara ni el viento que
azota el pelo mientras pasan las gaviotas, y prosiguen refiriendo un encuentro
con un agente del control social:
Un
policía me grita pero no lo veo
Ellos
son algo en que no creo
Busca
acusarme y no se va
Alza
las dos manos, su cabeza desgraciada
Ninguna
luz me ilumina
A
través de la oscuridad, seguimos avanzando
Mi
bicicleta blanca y yo.
2.-
Mañana
y pasado mañana
La canción en verdad era el
single debut de la banda inglesa Tomorrow, lanzado en mayo de 1967, pero los de
Naz la hicieron propia con esta versión grabada y promocionada como single, que
ya no recuerdo si fue interpretada cuando fracasaron en vivo ante todo Chile en
el festival de Viña del Mar en febrero de 1985, y La Estrella de Valparaíso los
tildó de “rotos, guatones y pencas”. Semanas antes el mismo diario había
anunciado: “Nazareth reventará la Quinta”.
Creo que, aunque el tema en
sí mismo no me vuela la cabeza, pocas canciones describen mejor esa sensación
de libertad casi total que da andar a deshoras por donde uno quiera, y más
encima evadiendo a la policía gracias a la noche y el poder de las sombras.
Algo similar se sentía al
andar en bicicleta durante los primeros días o más bien noches de revuelta en
el 2019. Recuerdo la euforia del 19 de octubre en la tarde, cuando en medio de
montones de bicicletas que transitaban por calles vacías de vehículos
motorizados, ya empezando el toque de queda, un muchacho gritaba: “¡así va a
ser a partir de ahora!”. Y claro: la situación no fue eterna, pero tampoco se
olvida. Como recuerdo que dijo Furio Jesi en Spartakus: si la revolución apunta
al mañana, la revuelta al pasado mañana.
3.-
Provos:
bicicletas blancas en Amsterdam
Durante la revuelta global
del “68” -que no fue sólo estudiantil, no ocurrió sólo en Francia, y no empezó
ni terminó en el año 1968- uno de los movimientos juveniles más llamativos de
la “Nueva Izquierda” fueron los Provos de Holanda. El nombre es un típico caso
de aceptación de la etiqueta con que era señalados y criminalizados, en este
caso, la de “provocadores”.
Los provos se vestían de
blanco y teorizaron sobre la existencia de un nuevo “provotariado”. Dentro de
sus famosos “Planes Blancos” uno de sus proyectos más emblemáticos fue el de la
bicicleta blanca, que es de donde tomaron inspiración los de Tomorrow para
componer su canción. El baterista de Tomorrow lo explicó así: “Tienen
bicicletas blancas en Amsterdam que usan y dejan por toda la ciudad. Si quieres
ir a algún lugar, tomas una bicicleta, vas y luego la dejas por ahí.
Quienquiera que necesite las bicis las toma y luego las deja cuando ya no las
necesita”.
Mientras Tomorrow grababa la
canción en los estudios Abbey Road, donde al mismo tiempo los Beatles grababan
el “Sgt. Pepper”, John Lennon se asomó y luego dijo en la revista Melody Maker
que la canción iba a ser un “himno sicodélico”. En efecto, el guitarrista Steve
Howe (que luego se hizo famoso en la banda de rock progresivo Yes, que aún
lidera y que acaba de sacar su vigesimocuarto álbum “Aurora”) le daba todo un
toque con efectos raros y cintas al revés, propio del espíritu de la época. En
una parte el tema requería de un silbato policial, y entonces fueron a la calle
a preguntarle a un policía si podía ir a hacerlo sonar en el estudio. El
policía aceptó y sopló su silbato frente al micrófono, sin importar que todos
en el estudio estuvieran fumando marihuana: En fin, ¡eran los años 60!
La canción no tuvo éxito en
los rankings, hasta que la versión más simple y menos sicodélica de Nazareth
llegó al lugar 14 de los singles más vendidos: ocho años después, y pocos meses
antes de la explosión punk.
4.-
Bicicletas
en las barricadas (I)
El potencial subversivo de
la bicicleta quedó claro luego de la insurrección del 2 de abril de 1957 en
Santiago. Luego de la gran asonada motivada por las alzas en el transporte
público, con violentos combates en que la policía fue prontamente derrotada,
Ibañez en su segundo gobierno optó por decretar el estado de sitio y sacar a
los militares a la calle, los que en pocas horas mataron a una treintena de
personas.
El general Horacio Gamboa
leyó por radio el “Parte de Guerra”, ofreciendo el siguiente recuento: “La
situación en la capital está bajo el absoluto control de las fuerzas militares
y policiales. El enemigo ha sufrido dieciocho muertos y alrededor de quinientos
heridos. Las tropas tienen orden de disparar a discreción contra cualquiera que
cause desórdenes o vulnere el toque de queda”.
En su “Historia y memoria:
el 2 de abril de 1957” (LOM 2007), detallada investigación sobre este
acontecimiento publicada que partió días antes en Valparaíso y luego Concepción,
Pedro Milos cuenta que tras la “Batalla de Santiago” muchos insurrectos
pernoctaron en el Cerro Huelén (Santa Lucía), y se desplazaban a todos lados en
bicicletas, burlando así los controles militares gracias al silencioso medio de
transporte y la ayuda de las sombras y la oscuridad.
Medio siglo después, tras la
muerte del anarquista Mauricio Morales por la explosión inesperada del
artefacto explosivo que portaba mientras se desplazaba en bicicleta en las
inmediaciones de la Escuela de Gendarmería en el centro de Santiago, dado que
unas cámaras registraron el paso de un segundo ciclista, la Fiscalía llevó a
cabo numerosos allanamientos en los días y meses siguientes, en que de acuerdo
a sus propias estimaciones incautaron alrededor de 200 bicicletas.
Una de las imágenes más
bellas que conservo en la retina es la de un anarquista que conocía que estuvo
preso cerca de un año por una expropiación fallida, y a quien divisé andando en
bicicleta bajo los rayos del sol primaveral poco después de salir en libertad,
mientras yo iba a bordo de una micro bajando por Grecia con Vicuña Mackenna.
Parecía flotar arriba de la bici, con sus cabellos negros al viento y ninguna
preocupación por nada más que disfrutar ese momento de libertad. Por supuesto, iba
sin casco.
5.-
Porrazos
en el Norte chico
Mientras Nazareth brindaba
su versión de “Mi bicicleta blanca”, durante el breve reinado que tuvo la banda
a mediados de los 70 con su álbum “Hair of the Dog” (título además de una de
sus mejores canciones, que les dio mala fama en el Festival de Viña por la
alusión en el coro a un “son of the bitch”, que malintencionados e ignorantes
periodistas interpretaron como un insulto al respetable Monstruo, y que
lamentablemente muchos sólo conocieron en la versión noventera de Guns and
Roses), yo aprendía a pedalear en las pavimentadas calles de la Población La
Pampa en La Serena. Aún recuerdo cómo me impulsaban desde ambos costados una
hermana y un compañero de barrio que iba a la misma escuela, hasta que sentí
que ya iba andando solo, lo que me causó una sensación extrema de orgullo y
felicidad, hasta que me di cuenta de que no sabía cómo frenar, pues la bici en
cuestión usaba el mecanismo del freno-torpedo. Mi padre salió a ver, y me
gritaba “¡pedalea hacia atrás!”, pero nunca he tengo mucho sentido práctico,
así que no entendí su instrucción y cuando ya me cansé de andar, sencillamente
choqué de frente contra la cuneta y me saqué la cresta. Pero los pelones en
manos y rodillas no me quitaron la alegría que sentía, y que recuerdo cada vez
que alcanzo mi momento favorito del pedaleo: cuando tomo una calle en bajada y
puedo avanzar rápido con el puro vuelo durante un buen rato, sintiéndome como
lo más parecido a un ave planeadora. Poco después nos visitó un primo desde
Valparaíso, que también aprendió a andar en esa misma bici y enfrentó el mismo
problema a la hora de querer frenar. Recuerdo los nervios que sentí al verlo
atravesar la avenida Balmaceda entremedio de unas micros, y que tras perderlo
un rato regresó caminando con la bici a un costado, lleno de puntitos de sangre
pues para detenerla se lanzó a un costado del humedal que teníamos cerca (al
que llamábamos “el Bosque”), sin reparar en el alambre púa que lo cercaba.
Algunos meses después mi primo y yo protagonizamos en accidente junto a un tío
veinteañero que llegó en su “mediapista” desde Valparaíso hasta Tongoy, donde
estábamos veraneando en masa: al ofrecerse a llevarnos a los dos cabros chicos
arriba de la bici, para ir a unos juegos por ahí cerca donde tal vez lo más
emocionante eran las “sillas voladoras”, ocurrió que al tomar una curva la
punta del zapato de mi primo se atascó en los rayos de una rueda y volamos los
tres por los aires aterrizando con la cara arrastrada por el pavimento. De
todos modos, nosotros quedamos en mejor estado que esa pobre bicicleta.
6.-
La
revolución y lxs que la quisimos tanto
Las bicicletas blancas de
los provos holandeses parecen hoy en día tan lejanas como las posibilidades
revolucionarias que se vislumbraron entre 1968 y 1973. Y si bien no es revolucionario en sí mismo
dejar bicicletas comunitarias esparcidas por la ciudad, de todos modos creo que
lo que menos se podría decir es que el acto es subversivo, en el sentido de que
escapa aunque sea parcial o ligeramente de las imposiciones de la sociedad
mercantil. Aunque puede que en este punto esté amarillando sin querer queriendo
-a medida que envejezco tiende a pasarme eso-, pues por algo los situacionistas
en su famoso panfleto de 1967 “De la miseria en el medio estudiantil
considerada bajo sus aspectos económico, político, psicológico, sexual y sobre
todo intelectual y de algunos medios para remediarla”, denostan a los Provos
-que entre sus cabezas visibles tenía al ex situ Constant- como “reformistas de
la vida cotidiana” que “optando por lo fragmentario acaban aceptando la
totalidad”.
PS: a Constant lo echaron de
la Internacional Situacionista tan temprano como en 1960 bajo la acusación de
“influencia desastrosa”. Los hechos de la acusación consistían, si mal no recuerdo,
en que un socio de la oficina del arquitecto Constant había aceptado diseñar o
remodelar una iglesia.
Ya se sabe: “Todo el
mundo tiene una forma de traicionar la revolución. Esta es la mía” (Leonard
Cohen). Y a las finales, nadie puede ajustarse 100% a los requerimientos de su
superyó marxista leninista y/o anarco situacionista.
7.-
Animitas
“Ánima bendita, por tu
muerte, quizás más cruel que mi vida, estás muy cerca de Dios”, decía el
folclorólogo Oreste Plath, quien señalaba que su antecedente es la apacheta,
“montículos de piedras acumuladas por los indígenas altiplánicos en lugares
considerados sagrados, y en los que eran depositadas ofrendas para invocar
protección divina en los caminos”.
En Chile se ha empezado a
usar desde hace algún tiempo la bicicleta blanca como “animita”, adornando los
numerosos lugares de la ciudad y también caminos rurales y carreteras en que
una persona pierde la vida aplastada por vehículos motorizados. Esa cifra
incluye a no pocos amigos y conocidos. Los recuerdo bastante. Sus terribles
muertes (más bien asesinatos) nos recuerdan que la opción por pedalear es a la
vez hermosa y altamente peligrosa. La posibilidad de ser arrollado por autos,
camiones y buses siempre está presente, y tampoco hay que descartar la gran
cantidad de accidentes que ocurren por imprudencia de peatones y también de
otros ciclistas (algunos de ellos bastante neoliberales más que anárquicos en
sus costumbres antisociales) y de uno mismo. Si llegara a caer así, pido una
bicicleta negra tal como la que uso hace tiempo, no una blanca. (Tampoco me
molesta si es roja o rojinegra).
8.-
Bike
Itaú
Otras bicicletas
seudocomunitarias de que hemos tomado nota son esas como las Bike Itaú y Mobike,
que mediante aplicaciones y pagos online permiten ser usadas en algunos puntos
de la ciudad y dejadas por ahí una vez que se termina el trayecto. Es decir, se
trataría de una especie de recuperación o versión capitalista neoliberal de la
utopía concreta de la bicicleta blanca.
Siempre vi bicis bastante
feas y aparentemente muy incomodas prestando ese dudoso servicio, que tiene la
virtud de recordarnos que la Contrarrevolución Neoliberal iniciada en 1973 se
caracterizó por movilizar los deseos contraculturales “sesentayochistas” hacia
formas de realización que ya no tuvieran ningún potencial emancipador, sino
todo lo contrario. Como dijo Joe Strummer en “(White man) in Hammersmith Palais”,
una canción lanzada como single en junio de 1978: “ha you think it's funny, turning
rebellion into money” (O sea: “ja, piensas que es divertido convertir la
rebelión en dinero?” -y vaya que sabían de eso los Ramones, los Sex Pistols y
los Clash-). También lo sabía Mark Fisher, que en una de las últimas clases que
hizo antes de cometer suicidio a inicios del 2017 le explicaba a su alumnado
que “el capitalismo incorpora las rebeliones previas, especialmente la rebelión
creativa y artística, y luego la vuelve a vender como este nuevo espíritu del
capitalismo”.
La contrarrevolución no solo
es lo opuesto a la revolución, sino que también una revolución en sentido
opuesto. Y si la revolución era molecular, también lo fue la contrarrevolución.
9.-
Bicicletas
en las barricadas (II)
En los últimos tiempos esas
bicis parecen haber sido desplazadas por monopatines eléctricos, y recuerdo que
en diversos momentos de la revuelta de la primavera del 2019 muchas Bike Itaú ardieron
todas apiladas en medio de las intensas barricadas incendiarias que
proliferaban de una manera nunca antes vista. Hay una foto de una pila de esos
horribles esperpentos ardiendo en el libro “Evade Chile. Reporte de una
insurrección”.
10.-
“Fire music” (Archie Shepp)
Que ardan de nuevo nomás,
cuando llegue el momento. En el comunismo anárquico tendremos bicicletas
voladoras.
Etiquetas: 68, La Serena, memoria negra, rock (no punk), rock pichulero
