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miércoles, abril 06, 2016

Magallanes (parte 1). De la obra en progreso "Memorias de un cuarentón". 

LOS OCHENTA.

Primera mitad: 80/85[1]: "PUNTA ARENAS, PUNTA ARENAS, EL QUE COME CALAFATE HA DE VOLVER…"



El avión da unas vueltas sobre el Estrecho de Magallanes y veo por vez primera a la hermosa ciudad de Punta Arenas, al borde del mar, entre los cerros y el Río de las Minas, frente a la mucho más pequeña localidad de Porvenir.

Nunca había viajado en avión. Todas nuestras cosas venían arriba de un camión que demoró varias semanas más en llegar: tantas que la empresa de mudanzas tuvo que indemnizarnos.

Primero nos quedamos en el Hotel Savoy, en pleno centro de la ciudad, y del cual no recuerdo donde quedaba ni sé si todavía existe. Mi padre entraba de inmediato a trabajar en Televisión Nacional, como Jefe Técnico, tras ser trasladado desde La Serena, donde habíamos vivido desde 1974, y donde yo había cursado mis cuatro primeros años de enseñanza básica.

Nunca me molestó el clima frío. Al contrario. Lo que no he soportado nunca bien es el calor.

Me molestó en cambio el que los autitos matchbox, que coleccionaba y cuidaba con pasión, costaran más del doble que en el norte[2]. Era una molestia menor comparada con las conversaciones que escuchaba en el Hotel Savoy en la noche: mi madre, que siempre odió el frío, le informaba a mi padre con horror el alto precio y mala calidad de las pocas frutas y verduras que llegaban por estos lados. En esos tiempos, más que ahora, Magallanes era una tierra ideal para comedores de cordero, y sobre todo en su variedad más barata, el capón, que dejaba impregnadas a las casas y a sus moradores. Un aroma tan feo que sin duda debe haberme influido en mi decisión veinteañera de hacerme vegetariano.



“El norte”. 

En Magallanes prácticamente todo queda más al norte. Los chilotes que conocí, y que abundaban en la zona, decían siempre “yo vengo del norte”, y a los cuatro miembros de mi familia en ese entonces, todos nacidos en Valparaíso, nos daba risa el relativismo geográfico…pero ellos tenían razón: estábamos realmente en el extremo sur del mundo, y al saberlo, la sensación de estar en un lugar único creo que nos acompañó todos esos años. Un poco más al norte: la pampa, con sus avestruces (o ñandúes) y camélidos (guanacos). Un poco más al sur: bosques, campos minados (producto tanto de la prepotencia militar fascista como de la casi guerra con Argentina un par de años antes), Puerto de Hambre y el Fuerte Bulnes. Tremendas historias las de esos dos lugares, ubicados tan lejos temporalmente, pero tan cerca el uno del otro[3].

La ciudad, esta ciudad, no era en ese entonces todavía antagonista del campo. El campo brotaba en los patios, en los sitios eriazos frente a las poblaciones. En todas partes. Eramos también dominados por el viento, y por el fenómeno de las “cuatro estaciones en un día”. Nombre inadecuado en realidad, porque muchas veces solían ocurrir las cuatro estaciones en una hora. Con ese dinamismo telúrico, nadie se complicaba mayormente en cuanto a dejar de hacer cosas porque el día estuviera “feo”: toda esa variación era hermosa en sí misma, y al menos las personas de 9 años de edad, como yo, disfrutábamos todo lo que Wuatauinewa (el dios eterno yagán, que está “desde el principio del tiempo”) nos enviaba a través de los vientos.



Cuando finalmente llegamos a la casa asignada, en Mardones 0409, casi esquina con Punta Dungenes, la sensación  der ser un niño de la selva austral no me abandonaba. Pocos árboles, pero mucho territorio libre para explorar. Calle Zenteno, Argentina, villas pobrísimas un poco más arriba, donde pocos años dspués hacíamos las primeras barricadas antidictatoriales, toda la población ubicada en el ex cerro de los ladrones, y por algo todos decían que allí penaban. El cerro de los ladrones era un sitio legendario tratándose de una ciudad que durante gran parte del siglo XIX fue una colonia penal. Me imagino que luego de una rebelión enorme sobre la cual escribió el señor Bunster, lo que llamamos usualmente como “la delincuencia” (concepto algo unilateral, porque sabemos que la verdadera y más grave delincuencia siempre está enquistada en el poder, en el Estado) se retiró hacia los cerros, y desde allí seguía operando en las sombras, en una ciudad que sin temor a exagerar sigo creyendo que es única en el mundo.



Aparte de los ladrones muertos en los motines decimonónicos y luego refugiados en el cerro, y los colones españoles que se murieron de hambre en el Puerto de triste memoria, esperando refuerzos de colonización que nunca llegaron, las presencias fantasmales abundaban por todas partes. Recién ahora me doy cuenta de que  se trataba de un complejo de culpa colectivo por el asesinato masivo y planificado de indios, al sur y al norte del estrecho. Hasta hay fotos de eso: mercenarios que según un estudiante posmoderno serían una especie digna de investigar, masacrando sin piedad a todos esos subhumanos que les estorbaban a los patrones el cultivo de animales-mercancía (ovejas), y que por lo mismo eran baleados en masa para luego recortar sus orejas y cobrar el precio convenido. Lástima que Karl Marx no alcanzó a incluir esos ejemplos en su obra maestra dentro de la obra maestra, el capítulo sobre acumulación originaria en El Capital.  

Hasta Darwin anduvo por acá observando todos esos procesos. Y no olvidemos que Marx envió a Darwin una copia de El Capital con dedicatoria. También a Bakunin.

(CONTINUARÁ...)




[1] El único disco no tan horrible de Bad Religion se llama así: 80/85. No es una mierda, a diferencia de todo lo que hicieron después, pero palidece notoriamente en comparación con a  lo menos 50 bandas mejores que ellos, de las cuales voy a mencionar las primeras 10 que se me vienen a la cabeza: Black Flag, Dils, Nuns, Descendents, Suicide Commandos, Bad Brains, Government Issue, Circle Jerks, Minor Threat, Hüsker Dü, No Trend, Stickmen with Rayguns, Naked Raygun, Youth Brigade (los 2 YB: el de Washington y el californiano), Really Red, Proletariat, Reagan Youth, Urinals, Germs, Saccharine Trust, Minutemen, Dickies, Millions of Dead Cops, The Last, Flipper, Dead Kennedys, Jody Foster Army, Dicks, Big Boys, y… mierda, ya llevo como 30. ¿Entienden a lo que me refiero? Y eso que ni siquiera se me ocurrieron de entrada bandas tan famosas como los Misfits, los Replacements TSOL, Vandals, DI´s o Adolescents. Hasta en películas huevonas como “Suburbia: la rebelión de los punks” se puede ver a algunas de estas últimas en vivo, y siendo mucho mejores que los sobrevalorados Bad Religion, que vinieron a tocar al último Cuicopalooza, y al ser entrevistado su vocalista en no sé qué diario, dijo que nunca olvidó su primera visita a Chile, porque fue ahí que usó por vez primera su “guitarra azul”. ¡Gracias huevón! ¡tremendos recuerdos! Hasta Julio Iglesias mentía mejor a la hora de decir que este país de mierda le importaba mucho.
[2] Esos autos fueron mi segundo coleccionismo, después de las revistas Kalimán y Tamakún, dos héroes enmascarados de la India que llegaban a los kioskos en los 70. En realidad creo que las revistas eran mexicanas, y sólo Kalimán se encapuchaba (no estaba prohibido en esa época).
[3] Para escuchar una versión musicalizada de esas gestas habría que conseguir el primer LP del Taller Alturas, “Canto a Magallanes”, de 1976.

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