miércoles, septiembre 20, 2017
JALONES DE DERROTA…LECCIONES NEGATIVAS: EL COMUNISMO NO HA EMPEZADO TODAVÍA.
Una frase que me llama mucho la
atención en el texto de GD/KN sobre la Comunización es la siguiente:
“No llegamos a ponderar lo
suficiente lo que deben nuestras teorizaciones a nuestros fracasos. Si la
Comuna de París fue un avance gigantesco, en ciertos sentidos aún no superado,
también indicaba el callejón sin salida del comunalismo. Rusia ha ilustrado ya
la suerte de una insurrección que se limita a una toma del poder, y España
mostró lo que ocurre a las socializaciones cuando se deja intacto el Estado.
Pero en cada ocasión la ‘lección’ es negativa, la contrarrevolución se fija y
consolida el contenido de lo que ha intentado el proletariado”.
Entonces, el estudio de las
insurrecciones es el estudio de sus derrotas casi absolutas…hasta ahora. Si no,
no estaríamos en la Prehistoria humana. Este estudio es indispensable, y
requiere por supuesto de una actitud que destruya todas las mitologías
construidas por los distintos sectores de la izquierda (mitos leninistas sobre
octubre del 17, mitos libertarios sobre julio del 36, por nombrar los dos más
conocidos).
A propósito de esto: Hace una
semana, en la primera charla de un ciclo de actividades académicas dedicadas a
los 100 años de la revolución rusa, organizadas por 3 universidades chilenas y
una gringa, un momio se preguntaba si la revolución iraní de 1979 fue la
“última revolución”, y si después de la caída del Muro de Berlín en 1989 el
mundo había entrado en una fase “post-revolucionaria”. No sé qué concluyó, porque no fui. Sólo vi la convocatoria con el resumen de temas de cada ponencia que será todos
los miércoles a las 18:30.
Me dan ganas de concluir que se acabó el largo ciclo de las revoluciones burguesas, y que recién ahora veremos el inicio de las verdaderas revoluciones proletarias. O eso, o….el abismo total. En esa misma línea la IS declaraba en 1969 que excepto por las revoluciones burguesas, ninguna otra revolución había triunfado…
Me dan ganas de concluir que se acabó el largo ciclo de las revoluciones burguesas, y que recién ahora veremos el inicio de las verdaderas revoluciones proletarias. O eso, o….el abismo total. En esa misma línea la IS declaraba en 1969 que excepto por las revoluciones burguesas, ninguna otra revolución había triunfado…
En fin, uno de los estudios más
profundos de un proceso de revolución/contrarrevolución es el de Grandizo Munis
titulado “Jalones de derrota, promesa de victoria: Crítica y teoría de la
revolución española”.
En su época lo ví referido en algún
viejo libro de Luis Vitale, pero hasta su actual edición por Pensamiento y
Batalla, colección Memoria de Clase (que pocos meses antes editó “El terrorismo
y el Estado” del situacionista italiano Gianfranco Sanguinetti), no había podido
acceder a él.
G. Munis era un militante
trotskista, y mantuvo esa filiación durante 1936/7. Posteriormente se acerca más a las posiciones
de la izquierda comunista (antileninista), y ya a fines de los 40 junto con
otros ilustres troskos como el poeta surrealista Benjamin Peret y la viuda de
Trotsky, Natalia Sedova, se separan del trotskismo oficial al abandonar la
defensa de la URSS, a la que considera capitalista de Estado (ver su texto conjunto
“La IV internacional en peligro”). Obviamente que quien sostiene que el régimen
resultante del proceso revolucionario en Rusia es capitalista y no socialista
deja en ese mismo momento de ser trotskista, aunque no necesariamente suscriba
las tesis consejistas o bordiguistas.
En 1977 G. Munis escribió una “Reafirmación”,
incluida en esta edición, que subimos acá ahora. Su grupo, Fomento Obrero
revolucionario, publicó por largo tiempo el boletín ALARMA, cuyos archivos
están siendo ubicables de a poco en internet. Nótese que en el epígrafe se resume magistralmente el programa comunista: PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS. SUPRIMID EJÉRCITOS, POLICÍAS, PRODUCCIÓN DE GUERRA, FRONTERAS, TRABAJO ASALARIADO.
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REAFIRMACIÓN
Mientras más años contemplamos
retrospectivamente hasta 1917, mayor importancia cobra la revolución española.
Fue más profunda que la
revolución rusa y más extensa por la participación humana; esclarece
comportamientos políticos hasta entonces indefinidos y proyecta hacia el futuro
importantes modificaciones tácticas y estratégicas.
Tanto, que en el dominio del
pensamiento no pueden elaborarse hoy sino remedos de teoría, coja o
despreciable, si se prescinde del aporte de la revolución española, en general,
y con mayor precisión de cuanto contrasta, superándolo o negándolo, con el
aporte de la revolución rusa.
La revolución desbarató en España
las estructuras de la sociedad capitalista en lo económico, en lo político y en
lo judicial, creando o insinuando estructuras propias. Lo que estaba dado por
la espontaneidad del devenir histórico se convirtió de potencial en actuante,
en cuanto fueron quitados de en medio los cuerpos coercitivos, obstáculo a su manifestación.
Así se perfila sin equívoco la revolución, desde el primer instante, como
proletaria y socialista. La revolución rusa no destruyó la estructura económica
del capital, que no reside en el burgués ni en los monopolios, sino en lo que
Marx llamaba la relación social capital-sala nato; tras un momento de
vacilación, la modificó de privada en estatal, y en torno a ella y para ella
fueron reacomodándose luego lo judicial, lo político... y los cuerpos
represivos, ejército nacional comprendido, hasta que la relación social
capital-salariado adquirió la virulencia que continúa distinguiéndola. Fue pues
una revolución democrática o permanente, hecha por un poder proletario, y
muerta como tal antes de alcanzar el estadio socialista que la motivó y
constituía su mira. Por ende, no pasó de ser una revolución política. Y si bien
en ese aspecto fue más cabal que la revolución española, la persistencia de la
mencionada relación social capitalista dio a la contrarrevolución la facilidad
de ser sólo política también, si bien cruelísima, en proporción al apremio de
revolución mundial. Ambas características han consentido falsificaciones y
embaucos sin cuento, que todavía hoy ejercen un influjo deletéreo.
Precisamente cuando la revolución
alcanzaba su pináculo en España, en 1936, la contrarrevolución stalinista consolidaba
en Rusia su poder para muchos años, mediante el exterminio de millones de
hombres. En consecuencia, su ramal español tuvo deliberadamente, desde el 19 de
Julio, un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, solapado al
principio, descarado a partir de Mayo de 1937. Con toda premeditación y por
órdenes estrictas de Moscú, se abalanzó sobre un proletariado que acababa de
aniquilar el capitalismo. Ese hecho, atestiguado por miles de documentos
stalinistas de la época, representa una mutación reaccionaria definitiva del
stalinismo exterior, en consonancia con la mutación previa de su matriz, el
stalinismo ruso.
Un reflejo condicionado de los
diferentes trozos de IV Internacional y de otros que la miran con desdén,
asigna al stalinismo un papel oportunista y reformista, de colaboración de
clases, parangonable con el de Kerensky o Noske.
Yerro grave, pues lo que el
stalinismo hizo fue dirigir políticamente la contrarrevolución, y ponerla en
ejecución con sus propias armas, sus propios esbirros y su propia policía
uniformada y secreta. Se destacó enseguida como el partido de extrema derecha
reaccionaria en la zona roja, imprescindible para aniquilar la revolución.
Igual que en Rusia, y mucho antes que en Europa del Este, China, Vietnam, etc.,
el pretendido Partido Comunista actuó como propietario del capital,
monopolizado por un Estado suyo. Es imposible imaginar política más
redondamente anti-comunista.
Lejos de colaborar con los
partidos republicanos burgueses o con el socialista, que todavía conservaba
sesgo reformador, fueron éstos los que colaboraron con él y pronto aparecieron
a su izquierda, como demócratas tradicionales. Unos y otros estaban atónitos y
medrosos a la vez, contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de un partido
que ellos reputaban todavía comunista. Pero otorgaban, pues con sus propias
mañas flaqueaban ante la ingente riada obrera.
Como se ha visto en el último
capítulo de este libro, el gobierno Negrín-Stalin está lejos de tener las
características de uno de esos gobiernos de izquierda democrático-burguesa, que
zarandeados entre una revolución a la que se oponen y una contrarrevolución que
temen, sucumben al empuje de la una o de la otra. Fue un gobierno fortísimo, dictatorial,
y extrafronteras rusas el primero del nuevo tipo de contrarrevolución
capitalista estatal distintivo del stalinismo. Esa peculiaridad, latente desde
antes del Frente Popular, quedó puesta en evidencia por primera vez en España,
y desde entonces adquirió carácter definitivo. Lo confirman todos los
casos posteriores, desde Alemania del Este y Yugoslavia hasta Vietnam y Corea.
Dondequiera ese pseudo-comunismo acapara el poder, es acogotado el proletariado,
aplastado si se resiste, el capital y todos los poderes se funden en el Estado,
y la posibilidad misma de revolución social desaparece por tiempo indefinido. Y
no será la faz hominídea —que no humana—, maquillaje reciente de los Carrillo,
Berlingüer, Marchais y demás, la que cambie sus intereses profundos, emanantes
de, y coincidentes con la ley de concentración de capitales.
Cambio secundario, pero también
importante y no menos definitivo, se opera en los partidos socialistas con la revolución
Española. Dejaron de comportarse como partidos obreros reformistas, para
sumarse sin recato a la política burguesa... o a la del capitalismo de Estado a
la rusa, según la presión dominante. Siguen hablando de reformas, sí, pero se
trata de las que mejor convienen a la pervivencia del sistema capitalista, no
de las que el auténtico reformismo creía poder imponerle, legislación mediante,
para alcanzar por evolución, la sociedad sin clases ahorrándose la revolución.
El reformismo ha sido pues reformado por el capitalismo. Lo certificó León Blum
al reconocer que él y los suyos no podrían ser en lo sucesivo sino «buenos
administradores de los negocios de la burguesía». El tremendo repente de la
revolución en 1936, atrayendo la convergencia reaccionaria de Oriente y
Occidente, precipitó también dicho resultado, que amagaba desde 1914.
Respecto a táctica, la revolución
española invalida o supera con creces la de la revolución rusa. Así, la
reclamación de gobierno sin burgueses, constituido por representantes obreros
en el marco del Estado existente, tan útil en Rusia para desplazar del poder a
los soviets, carecía de sentido en España, y habría surtido efecto negativo. Lo
mismo cabe afirmar del frente unido de los revolucionarios con las
organizaciones situadas a su inmediata derecha. Los bolcheviques lo
practicaron, incluso con Kerensky en determinados momentos, positivamente
siempre. Mimetizar esa táctica en España era meterse en la boca del lobo, y
contribuir a la derrota de la revolución. Quienes, lo hicieron nos han dejado
la más irrefutable y trágica de las pruebas. Es que, desde el principio, la
amenaza más mortal para la causa revolucionaria y para la vida misma de sus
defensores, provenía del partido stalinista; los demás eran colaboradores segundones.
Muy sobrepasada por los hechos
revolucionarios mismos, fuente principal de consciencia, resultó la consigna: «control
obrero de la producción», todavía en cartel para izquierdistas retardados. Los
trabaja dores pasaron, sin transición, a ejercer la gestión de la economía mediante
las colectividades, aunque su coordinación general fuese obstaculizada y al
cabo impedida, por un Estado capitalista que iba reconstituyéndose en la
sombra, no sin participación de la CNT y de la UGT. Al término de tal
reconstitución, la clase trabajadora quedó expropiada y el Pacto CNT—UGT
resultante convertía las dos centrales en pilares de un capitalismo de Estado.
Pero antes de llegar a éste, el control obrero de la producción (de hecho
estatal-sindical) fue maniobra indispensable para arrancar por lo suave la
gestión a los trabajadores. Idéntico servicio retrógrado habría prestado lo que
se llama hoy autogestión, variante de aquél. Quedó demostrado entonces, con
mayor contundencia que en ningún otro país, la imposibilidad de que el
proletariado controle la economía capitalista sin quedarse atascado en ella
como pájaro en liga. Si la gestión es el dintel del socialismo, el control (o
la autogestión) es el postrer recurso del capital en peligro, o su primera reconquista
en circunstancias como las de España en 1936.
Tampoco sirvió sino como
expediente retrógrado el reparto de los latifundios en pequeños lotes, medida
tan extemporánea en nuestros días como lo sería destazar las grandes industrias
en múltiples pequeños talleres. En cambio, organizar koljoses, o su equivalente
chino, «comunas» agrarias, es imponer una proletarización del agro correspondiente
al capitalismo estatal. Ambas fueron desdeñadas, también en favor de
colectividades agrarias, que a semejanza de las industriales reclamaban la
supresión del trabajo asalariado y de la producción de mercancías, que de hecho
encentaron.
En resumen, cuantos puntos de
referencia o coordenadas habían determinado la táctica del movimiento revolucionario
desde 1917, y aun desde la «Commune» de París, fueron sobrepasados y arrumbados
por el grandioso empellón del proletariado en 1936. Y el sobrepase no excluye,
claro está, la propia táctica seguida o propuesta en España misma durante los
años anteriores. Por lo tanto, es de advertir que lo preconiza do en la primera
parte de este libro con arreglo a la táctica vieja, quedó también anulado por
la fase candente iniciada el 36. Nada pierde por ello su valor histórico y
crítico, pero sería inepcia conservadora volver a utilizarlo.
Allende lo táctico, siempre
contingente, la revolución de España puso en evidencia factores estratégicos
nuevos, transcendentalísimos, llamados a producir acciones de gran envergadura
y alcance. En dos años, en efecto, los sindicatos se reconocieron como
copropietarios del capital, pasando por tal modo a ser compradores de la fuerza
de trabajo obrera. La concatenación de tal compra con la venta de esa misma
fuerza a un capital todavía no estatizado, quedó definitivamente establecida.
Proyección estratégica: para ponerse en condiciones de suprimir el capital, los
explotados deberán desbaratar los sindicatos.
No menos importante es lo
concerniente a la toma del poder político por los trabajadores. Estaba
supeditada por la teoría, y por la experiencia rusa de 1917, a la creación
previa de nuevos organismos, allí soviets. La revolución española la libera de
esa servidumbre. Los organismos obreros de poder, los Comités-gobierno,
surgieron, no como condición del aniquilamiento del Estado capitalista, sino
como su consecuencia inmediata. El resultado de la batalla del 19 de Julio,
incontrovertible cual ninguna definición teórica, plantó en plena historia esa
nueva posibilidad estratégica.
Cómo y por qué los
Comités-gobierno innumerables no consiguieron aunarse en una entidad suprema,
está dicho en el lugar correspondiente de este libro. Nada mengua por ello el
alcance mundial de semejante hazaña.
El aporte estratégico del
proletariado español a la revolución en general, sin limitación de fronteras ni
de continentes, es decisivo en lo económico. Helo aquí en sus términos más
escuetos: el Estado, por muy obreras que sus estructuras fueren de la base a la
cúspide, las destruye si se le convierte en propietario de los instrumentos de producción.
Lo que organiza en tal caso es su monopolio totalitario del capital, en manera
alguna el socialismo. Ello corrobora y explica lo acontecido en Rusia después
de la toma del poder por los soviets.
A dicho monopolio se reduce pues
la nacionalización de la economía, que tanto engaña porque expropia a burguesía
y trusts. Prodúcese por tal medida, no una expropiación del capital, sino una
reacomodación del mismo, cumplimiento cabal de la ley de concentración de
capitales inherente al sistema. Que sea alcanzada evolutiva o convulsivamente,
incluso por lucha armada, el resultado es el mismo. Cabe afirmar sin error
posible, que dondequiera se apodere el proletariado de la economía, o esté en
trance de hacerlo, todos los falsarios postularán la nacionalización, cual
ocurrió en España. Y las tendencias que cierran los ojos ante tan claro
testimonio histórico se condenan a ir a rastras de odiosos regímenes
capitalistas (Rusia, China, etc.), o bien a transformarse ellas mismas en
explotadoras, si por acaso el poder se les viniese a las manos.
Una generalización teórica
importante se deduce de esas experiencias sociales, tan hondas como
indeliberadas: la revolución democrática en los países atrasados es tan
irrealizable por la burguesía como por el proletariado en calidad de revolución
permanente. Las condiciones económicas del mundo, las exigencias vitales de las
masas explotadas, a más de la podredumbre del capitalismo como tipo de
civilización, lo que basta con colmo, convierten en reaccionario cuanto
no sea medidas socialistas.
Lo que necesita la clase obrera
en cualquier país es «erigir una barrera infranqueable, un obstáculo social que
le vede tener que venderse al capital por “contrato libre”, ella y su
progenitura, hasta la esclavitud y la muerte» (Marx).
Le hace falta disponer a su
albedrío de toda la riqueza, instrumental de trabajo y plusvalía, hoy propiedad
del capital, y establecer como primer derecho del hombre, el derecho de vivir,
trabajar y realizar su personalidad, sin vender sus facultades de trabajo
manual o intelectual. Así entrará la sociedad en posesión de sí misma, sin
contradicción con sus componentes individuales, desaparecerán las clases, y la
alienación que en grados diversos comprime o falsea a las personas.
Junio 1977
G. Munis
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