martes, septiembre 10, 2024
Lazzarato sobre Guerra Civil Mundial y poder constituyente
El domingo estuvo Maurizio Lazzarato en la feria del Libro de Recoleta, presentado por mi amigo Mario Sobarzo. La conversación giraba en torno a los temas de su último libro "¿Hacia una guerra civil mundial?" (Tinta Limón/Traficantes de Sueños).
Lamentablemente, mientras hablaba Maurizio avisaron desde la organización de la feria que había que desalojar la sala para dar espacio a otro lanzamiento, así que la experiencia quedó trunca y no se alcanzaron a hacer preguntas. Por lo menos alcancé a obsequiarle una copia de la bellísima edición reciente de "Los gorilas estaban entre nosotros" de Helios Prieto, por Novena Ola.
A continuación, les dejo un fragmento del libro.
¿Poder constituyente?
El spinozismo político puso de
moda el poder constituyente, de modo que incluso la lucha más pequeña sería su
expresión. Pero en la modernidad, el poder constituyente es una consecuencia
directa de las guerras civiles, las insurrecciones, las revoluciones. Toda
apertura del tiempo constituyente no es resultado de una potencia ontológica
genérica de las masas, de la clase, de la Multitud. Más bien, requiere una
estrategia para quebrar el poder establecido, una derrota infligida al enemigo
de clase: el ejemplo más reciente lo proporciona Chile, donde solo las grandes jornadas
insurreccionales de 2019 crearon la posibilidad de declarar abierta una fase
constituyente. La reversión de la fase constituyente contra los movimientos que
la habían producido se debe probablemente a que el período constituyente no fue interpretado como una continuación de
la guerra civil por otros medios (a diferencia del enemigo, no se sostenía
un punto de vista de clase sobre la situación pos-insurreccional).
En la modernidad, todas las
grandes constituciones, todas las grandes transformaciones políticas,
institucionales, jurídicas, sociales y económicas han sido producidas,
paradójicamente, “por el peor flagelo de la polis”, por la “peste” de la
“abominable” guerra civil, una “plaga que acecha la sociedad” (así la definían
los enemigos de la democracia en Grecia, porque guerra civil y democracia
significaban, según Aristóteles, revuelta y poder de los pobres): la “revolución”
estadounidense, la revolución francesa, la soviética, la mexicana, la china, la
vietnamita, la cubana, la iraní, etc. todas ellas son el resultado de la “más
dura de todas las guerras” capaz de producir un cambio radical en el sistema
económico, social, político, y en los valores que lo fundaron.
Las “democracias europeas”
nacieron de las guerras partisanas contra el fascismo. Incluso el gran
desarrollo económico de China surge de una guerra civil más o menos progresiva
y más o menos violenta: la “revolución cultural”. Solo después de la victoria
política de una parte sobre otra, de la afirmación de quienes querían imponer
la producción occidental incluso en un país socialista, el capitalismo se
afirma. Por lo que se podría enunciar una “ley” general: primero la revolución, o la guerra entre Estados o entre imperialismos,
luego la producción; primero la guerra de clases, luego la economía, el
derecho, el sistema político y su gobierno.
La guerra y la guerra civil son
fuerzas económicas, sociales y políticas o, para ser más precisos, constituyen
las condiciones políticas para que estas fuerzas surjan y se desarrollen. De
ellas depende el modo de producción, el sistema político, la forma que adoptará
una sociedad, para bien o para mal. El trágico caso de la Guerra Civil española
nos deja muchas lecciones negativas en este sentido. La victoria de Franco
impuso un capitalismo asfixiado, un sistema político y social radicalmente
reaccionario, diferente al de otros países europeos.
La guerra civil es una formidable
máquina de producción y transformación de subjetividad. Gianfranco Miglio
considera el enfrentamiento fratricida la más “real”, la más “total” de las
guerras: “Esta radicalidad, a su vez, clarifica por qué las guerras ‘civiles’
normalmente producen clases políticas más compactas y mejor equipadas para
contar más adelante en el proceso histórico”, y sistemas institucionales más
duraderos e importantes.
La constitución de nuevos sujetos
políticos, las formas inéditas de acción colectiva, los saltos y rupturas que
se producen en las subjetividades, se configuran dentro de estos conflictos,
algo pasado por alto por las teorías modernas que, paradójicamente, tienen al
“sujeto” en su centro (Foucault), la “producción de subjetividad” (Deleuze y
Guattari) y la “subjetivación de la Multitud” (Hardt y Negri). La
transformación de los modos de sentir y de sufrir, de los afectos y de la
sensibilidad es inseparable de las grandes rupturas políticas de masas.
Foucault, antes de teorizar sobre
la gubernamentalidad, el neoliberalismo y la fabricación del sujeto según
cánones ético-estéticos, lo sabía bien: “La guerra civil no solo pone en escena
elementos colectivos, sino que los constituye. Lejos de ser el proceso por el
cual se vuelve a bajar de la república a la individualidad, del soberano al
estado de naturaleza, del orden colectivo a la guerra de todos contra todos, la
guerra civil es el proceso a través del cual y por el cual se constituye una
serie de nuevas colectividades inexistentes antes de ella”.
Está muy claro que hasta que no
vuelva esta conciencia, la fantasía de las potencias constituyentes será solo
el marco de la reproducción sin fin de nuestra derrota.
La revolución y la guerra civil
tienen una relación problemática entre sí. Toda revolución es también una
guerra civil, pero no todas las guerras civiles son revoluciones. Si la
revolución es fruto de la modernidad, la guerra civil es tan antigua como la
civilización occidental, y también parece haberla originado. Roma, cuya
fundación fue el resultado de una lucha a muerte entre hermanos, puede servir
de emblema de la persistencia de la guerra civil, tanto en Grecia como en Roma.
Hannah Arendt señala una profunda diferencia entre revolución y guerra civil:
las revoluciones “no existían antes de la edad moderna” y constituyen ―a diferencia
de las guerras civiles (“fenómenos más antiguos del pasado que conocemos”)― las
novedades más relevantes de los nuevos tiempos políticos. En el siglo XVIII, la
revolución se concibe como una alternativa a la guerra civil, nos enseña
Kosseleck. La primera se asociaba al avance de la humanidad en todos los campos
(pensemos en Kant y en todo el idealismo alemán) mientras que la segunda se
refería a conflictos religiosos, guerras en las que hermanos matan a hermanos
sin aportar ningún progreso general. Mientras que la guerra civil significaba
“un absurdo dar vueltas en círculos”, la revolución “abría un nuevo horizonte”.
Si más tarde se pasa de la
contraposición a la subordinación de la guerra civil a la revolución, será el
marxismo quien la rehabilite completamente. Primero Marx y Engels, pero
definitivamente los bolcheviques y luego los comunistas chinos, hacen de la
guerra civil (transformada en guerra de partisanos, en guerra de guerrillas, en
guerra irregular) la condición de la revolución. Lenin advierte al proletariado
que no se deje engañar por el patriotismo de las guerras nacionales burguesas,
que “no debe desviar su atención de la única guerra verdaderamente liberadora,
a saber, la guerra civil contra la burguesía en ‘su’ propio país y la de los
países ‘extranjeros’”.
Hoy, en ausencia de toda voluntad
revolucionaria, en ausencia de todo proyecto de ruptura radical, abiertamente
reivindicado por los movimientos sin haberlo sustituido por nada tan poderoso y
eficaz, la guerra civil es asimétrica, dirigida y organizada por los poderes
contemporáneos en conjunción cada vez más estrecha con la guerra entre Estados,
con la guerra total y con el genocidio.
A pesar del despliegue de su gran
fuerza de negación y creación, la guerra civil es la gran ausente de la
renovación teórica de los años sesenta y setenta, con la única excepción,
durante un breve periodo, de Michel Foucault. Pero su voluntad de hacer de ella
una matriz de las relaciones sociales sirve de poco para analizar las guerras y
guerras civiles contemporáneas, porque nunca se enfrenta a las guerras
mundiales y guerras civiles del siglo XX que son su matriz. Para ello, es mejor
recurrir a otros que vivieron el siglo XX de forma más trágica e intensa, a
saber: los revolucionarios y los contrarrevolucionarios.
Etiquetas: guerra social, Lazzarato, nada mas práctico que una buena teoría, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases, violencia y control
miércoles, octubre 25, 2023
Lazzarato sobre Milei y el enfrentamiento que viene
Maurizio Lazzarato escribió en revista Crisis sobre “dolarización y guerra civil en argentina”. Según sus editores “el intelectual franco-italiano analiza, a la luz del debate global, el sentido de las propuestas del candidato Javier Milei. Su principal hallazgo: lejos de privatizar o liberalizar el control de la moneda, la dolarización centraliza aun más su comando al poner en manos de la Reserva Federal norteamericana la soberanía económica. ¿Se puede evitar la guerra civil o hay que asumir que ya la tenemos adentro?”.
Los dejo con sus conclusiones (a veces el "spoiler" es necesario), invitando a leer el texto completo.
En la primera vuelta este seudo-anarquista de
derechas no sacó los resultados esperados, y hasta se rumorea que se podría
bajar antes de la segunda (a lo Menem en 2003). No me queda claro si una
victoria del peronista neoliberal Massa modifique mucho el panorama.
Ideal leer la columna escuchando
este concierto de Genocide Organ en Londres 2017: “Attitude Ethics”.
qué hacer con el
enfrentamiento que viene
No se sabe si este programa
ultraliberal llevará a Milei a la presidencia de la República Argentina. Lo que
sí se puede afirmar con certeza es que, de aplicarlo, llevará al país a perder
su soberanía porque pasará a depender de las opciones y decisiones de otro
estado. Argentina se convertiría en una colonia de hecho de los Estados Unidos
cuando su mayor socio comercial es China (¡sic!). No estoy en condiciones de
saber si este proyecto atrae a las oligarquías del país sudamericano.
Desde el punto de vista político
hay dos enseñanzas: el fin del neoliberalismo empuja hacia centralizaciones
(económicas, políticas, militares) que pueden adoptar diferentes formas
(neofascistas, reaccionarias, populistas u oligárquicas), pero todas ellas
parecen conducirnos hacia la guerra. Estas concentraciones de poder no pueden
funcionar sin los dispositivos reaccionarios propuestos por Milei. Cada vez más
“arcaísmos” coexisten con la innovación más desenfrenada.
Pero la aparición de este
“libertario” que niega la libertad de todos los no-propietarios augura una
segunda opción estratégica: la guerra civil. Su programa sólo puede conducir a
un enfrentamiento más radical porque va a acelerar el empobrecimiento de los
pobres y reducirá a la miseria incluso a la clase media. La tendencia hacia la
guerra civil es mundial porque la crisis que comenzó en 2008 nunca ha terminado
y, después de todo, la guerra entre imperialismos que se desarrolla en el
planeta es por definición una guerra civil.
No creo que se pueda oponer un
discurso racional al programa "irracional" de Milei. Lo único que se
le puede oponer es una propuesta de ruptura revolucionaria. Y ahí está el
problema: las fuerzas políticas que se oponen a Milei no parecen compartir este
diagnóstico. El pensamiento crítico no vio venir la guerra porque eliminó el
concepto mismo de lo bélico, y tampoco percibe el continuo despliegue de los
procesos que conducen a una cada vez más probable guerra civil mundial porque
ni siquiera consideran su posibilidad.
Lo que queda de los movimientos
sociales leen la realidad a partir de las especificidades de las relaciones de
dominación y de explotación en las que están atrapados, lo que sin duda es un
punto de partida necesario y eficaz. Pero deteniéndonos en este nivel no
estaremos en condiciones de resistir el nivel de confrontación que imponen la
guerra y la guerra civil: no se trata sólo de enfrentar los dispositivos
económicos, racistas, sexistas de dominación y explotación, sino de combatir al
poder que los engloba en una gestión más general que se desarrolla a nivel
planetario. La crisis del marxismo nos ha hecho perder la capacidad de leer la
coyuntura (las relaciones entre fuerzas y la intensidad de sus choques). Las
teorías críticas consideran estos análisis como "abstractos" y no
"situados", una perspectiva "macro" que no implica a los
sujetos sociales. Frente a la vieja estrategia de las "relaciones de
fuerzas" que surgen en el mercado mundial, proponen una práctica de
resistencia que parte de la "relación consigo mismo", oponiendo esta
a aquellas cuando deberían mantenerse estratégicamente unidas.
Sin embargo, como dijo el
filósofo, la transformación se hace real cuando "la imposibilidad de
cambiar se convierte en imposibilidad de vivir". Ya estamos inmersos en
esa situación. Transformarla en acción política parece la imposible pero
necesaria tarea actual.
Etiquetas: Apocalipsis ahora, Lazzarato, nada mas práctico que una buena teoría, tampoco los muertos estarán seguros cuando el enemigo venza
jueves, septiembre 08, 2022
TIEMPOS APOCALÍPTICOS (x Maurizio Lazzarato)
Introducción a "El capital odia a todo el mundo. Fascismo y revolución". Eterna Cadencia, 2020.
Al margen del pensamiento del límite no hay ninguna
estrategia, por tanto ninguna táctica, por tanto ninguna acción, por tanto
ningún pensamiento o iniciativa verdaderas, ninguna escritura, ninguna música,
ninguna pintura, ninguna escultura, ningún cine, etc., posibles.
Louis Althusser
Vivimos tiempos “apocalípticos”, en el sentido literal del
término: tiempos que ponen de manifiesto, que dejan ver. (“Apocalipsis”
significa, etimológicamente, quitar el velo, descubrir o desvelar). Lo primero
que revelan es que el colapso financiero de 2008 abrió un período de rupturas
políticas. La alternativa “fascismo o revolución” es asimétrica y desigual:
estamos inmersos en una sucesión en apariencia irresistible de “rupturas
políticas” ejecutadas por fuerzas neofascistas, sexistas y racistas; y la
ruptura revolucionaria resulta ser por el momento una mera hipótesis dictada
por la necesidad de reintroducir lo que el neoliberalismo logró borrar de la
memoria, de la acción y de la teoría de las fuerzas que luchan contra el
capitalismo. Esa ha sido su victoria más importante.
Lo que los tiempos apocalípticos también ponen de manifiesto
es que el nuevo fascismo es la otra cara del neoliberalismo. Wendy Brown sostiene
con mucha seguridad una verdad de signo opuesto: “Desde el punto de vista de
los primeros neoliberales, la galaxia que engloba a Trump, el Brexit, a Orbán,
a los nazis en el Parlamento alemán, a los fascistas en el Parlamento italiano
convierte al sueño neoliberal en una pesadilla. Hayek, los ordoliberales o
incluso la Escuela de Chicago repudiarían la forma actual del neoliberalismo y
especialmente su aspecto más reciente”.1 Esto no solo es
erróneo desde el punto de vista de los hechos, sino que también resulta
problemático para entender el capital y el ejercicio de su poder. Al borrar la
“violencia fundadora” del neoliberalismo, encarnada por las sangrientas
dictaduras de América del Sur, cometemos un doble error político y teórico: nos
centramos solo en la “violencia conservadora” de la economía, las
instituciones, el derecho, la gubernamentalidad –experimentados por primera vez
en el Chile de Pinochet– y presentamos al capital como un agente de
modernización, como una potencia de innovación. Además, dejamos de lado la
revolución mundial y su derrota, que son el origen y la causa de la
“mundialización” como respuesta global del capital.
La concepción del poder que se deriva de ello queda
pacificada: acción sobre una acción, gobierno de las conductas (Foucault) y no
acción sobre las personas (de las cuales la guerra y la guerra civil son las
expresiones más acabadas). El poder estaría incorporado a dispositivos
impersonales que ejercen una violencia soft de manera automática. Por el
contrario, la lógica de la guerra civil que se encuentra en la base del
neoliberalismo no ha sido reabsorbida, eliminada ni reemplazada por el
funcionamiento de la economía, el derecho y la democracia.
Los tiempos apocalípticos nos hacen ver que, aunque no haya
ningún comunismo amenazando al capitalismo y a la propiedad, los nuevos
fascismos están reactivando la relación entre violencia e institución, entre
guerra y “gubernamentalidad”. Vivimos una época de indistinción, de hibridación
entre estado de derecho y estado de excepción. La hegemonía del neofascismo se
mide no solo por la fuerza de sus organizaciones, sino también por su capacidad
de odiar al Estado y al sistema político y mediático. Los tiempos apocalípticos
revelan que, bajo la fachada democrática, detrás de las “innovaciones”
económicas, sociales e institucionales, está siempre el odio de clase y la
violencia de la confrontación estratégica. Basta un movimiento de ruptura como
el de los chalecos amarillos, que no tiene nada de revolucionario o incluso de
prerrevolucionario, para que el “espíritu de Versalles” se despierte y
reaparezcan las ganas de disparar contra esa “basura” que amenaza al poder y a
la propiedad, aunque no sea más que simbólicamente. Cuando el tiempo del
capital se interrumpe, hasta un columnista burgués puede captar la emergencia
de algo del orden de lo real: “El imperio actual del odio resucita fronteras de
clase y de castas que han sido borrosas desde hace mucho tiempo […]. Y de
repente, el ácido del odio corroe la democracia y envuelve súbitamente a una
sociedad política descompuesta, desestructurada, inestable, frágil e
impredecible. El viejo odio reaparece en la Francia tambaleante del siglo xxi.
Debajo de la modernidad, el odio”. 2
Los tiempos apocalípticos también ponen de manifiesto la fortaleza
y la debilidad de los movimientos políticos que, desde 2011, han estado
tratando de desafiar el poder monolítico del capital. Terminé este libro
durante el levantamiento de los chalecos amarillos. Adoptar el punto de vista
de la “revolución mundial” para leer dicho movimiento (pero también la
Primavera Árabe, Occupy Wall Street en Estados Unidos, el 15-M en España, los
días de junio de 2013 en Brasil, etc.) bien puede parecer pretencioso o
alucinado. Y sin embargo, “pensar en el límite” significa volver a empezar a
partir no solo de la derrota histórica sufrida en los años sesenta por la
revolución mundial, sino también de las “posibilidades no realizadas” que
fueron creadas y levantadas como bandera por las revoluciones, de manera
diferente en el Norte que en el Sur, tímidamente movilizadas por los
movimientos contemporáneos.
La forma del proceso revolucionario ya se había transformado
en los años sesenta, pero se había encontrado con un obstáculo insuperable: la
incapacidad de inventar un modelo diferente al inaugurado en 1917 por la larga
sucesión de revoluciones del siglo XX. En el modelo leninista, la revolución
todavía tenía la forma de la realización. La clase obrera era el sujeto que ya
contenía las condiciones para la abolición del capitalismo y la instalación del
comunismo. El pasaje de la “clase en sí” a la “clase para sí” debía ser
realizado por medio de la toma de conciencia y la toma del poder, organizadas y
dirigidas por el partido que aportaba desde afuera lo que les faltaba a las
prácticas “sindicales” de los obreros.
Sin embargo, desde los años sesenta, el proceso
revolucionario tomó la forma del acontecimiento: el sujeto político, en lugar
de estar ya allí en potencia, es un sujeto “imprevisto” (los chalecos amarillos
son un ejemplo paradigmático de esta imprevisibilidad); no encarna la necesidad
de la historia, sino la contingencia del conflicto político. Su constitución,
su “toma de conciencia”, su programa y su organización están basados en un
rechazo (a ser gobernado), una ruptura, un aquí y ahora radical que ninguna
promesa de democracia y de justicia por venir es capaz de satisfacer.
Por supuesto, por mucho que le pese a Jacques Rancière, la
sublevación tiene sus “razones” y sus “causas”. Los chalecos amarillos son más
inteligentes que los filósofos porque han “entendido” que la relación entre
“producción” y “circulación” se ha invertido. La circulación –de dinero,
bienes, personas e información– prevalece actualmente sobre la “producción”. Ya
no ocupan más las fábricas, sino las calles y las plazas de la ciudad, y atacan
la circulación de la información (la circulación del dinero es más abstracta:
será necesario, para alcanzarla, otro nivel de organización y de acción).
La condición de la emergencia de un proceso político es
evidentemente una ruptura con las “razones” y las “causas” que lo generaron.
Solo la interrupción del orden existente, solo la salida de la
gubernamentalidad puede asegurar la apertura de un nuevo proceso político,
porque los “gobernados”, incluso cuando resisten, son el doble del poder, su
correlato, su pareja. Al crear nuevos posibles inimaginables antes de su
aparición, la ruptura con el tiempo de la dominación constituye las condiciones
de la transformación del yo y del mundo. No es necesario recurrir a ninguna
mística de la revuelta ni idealismo de la insurrección.
Los procesos de constitución del sujeto político, las formas
de organización, la producción de conocimiento para la lucha que la
interrupción del tiempo del poder hizo posible se enfrentan inmediatamente con
“razones” como el beneficio, la propiedad y la herencia, que la revuelta no
hizo desaparecer. Por el contrario, son más agresivos, invocan inmediatamente
la restauración del orden, anteponiendo su policía, continuando como si no
hubiera pasado nada con la implementación de las “reformas”. Las alternativas
son entonces radicales: o bien el nuevo proceso político logra cambiar las
“razones” del capital, o bien estas mismas razones terminarán por cambiarlo. La
apertura de posibles políticos queda frente a la realidad de un problema doble
y formidable: el de la constitución del sujeto político y el del poder del
capital, porque el primero solo puede tener lugar en el interior del segundo.
Las respuestas que las Primaveras Árabes, Occupy Wall Street,
junio de 2013 en Brasil, etc., ofrecieron para estas preguntas son muy débiles;
los movimientos continúan buscando y experimentando sin encontrar una verdadera
estrategia. No hay ninguna chance de que este impasse pueda ser superado por el
“populismo de izquierda” practicado por Podemos en España. Su estrategia logró
la liquidación de la revolución iniciada en el pos-68 por muchos marxistas cuyo
marxismo había fracasado. La democracia como lugar de conflicto y subjetivación
reemplaza al capitalismo y a la revolución (Lefort, Laclau, Rancière) en el
mismo momento en que la máquina del capital literalmente engulle la
“representación democrática”. La afirmación de Claude Lefort –“en una democracia,
el lugar del poder es un lugar vacío”– ha sido desmentida desde principios de
la década de 1970: este lugar está ocupado por el capital como “soberano” sui
generis. Cualquier partido que se instale allí solo puede funcionar como su
“apoderado” (muchos se han burlado de la “simplificación” marxiana, que ha sido
completamente realizada de manera casi caricaturesca por el actual presidente
de Francia, Emmanuel Macron). El populismo de izquierda le da una nueva vida a
algo que ya dejó de existir. En el neoliberalismo, la representación y el
Parlamento no detentan ningún poder, y el poder está tan concentrado en el
Ejecutivo que no obedece las órdenes del “pueblo” o del interés general, sino
las del capital y la propiedad.
La voluntad de politizar los movimientos posteriores a 2008
aparece como reaccionaria, ya que impone precisamente lo que la revolución de los
años sesenta rechazó y lo que cada movimiento que ha surgido desde entonces
rechaza: el líder (carismático), la “trascendencia” del partido, la delegación
de la representación, la democracia liberal, el pueblo. El posicionamiento del
populismo de izquierda (y su sistematización teórica por parte de Laclau y
Mouffe) impide nombrar al enemigo. Sus categorías (la “casta”, “los de arriba”
y “los de abajo”) están a un paso de la teoría de la conspiración y a dos pasos
de su culminación, la denuncia del “judaísmo internacional” que controlaría el
mundo a través de las finanzas. Esta confusión, que los líderes y los teóricos
de un inviable populismo de izquierda están interesados en mantener, continúa
atravesando los movimientos. En el caso de los chalecos amarillos, la confusión
viene de los medios de comunicación y del sistema político, lo cual expresa la
vaguedad que aún caracteriza la modalidad de la ruptura. Hay que decir que en
el desierto político contemporáneo, labrado por cincuenta años de contrarrevolución,
no es fácil orientarse.
Al igual que los límites de todos los movimientos que se han
venido dando desde 2011, los límites del movimiento de los chalecos amarillos
son evidentes, pero ninguna fuerza “externa”, ningún partido puede hacerse
cargo de enseñar “qué hacer” y “cómo”, como lo habían hecho los bolcheviques.
Estas indicaciones solo pueden venir desde adentro, de manera inmanente. El
interior está constituido, entre otras cosas, por los saberes, la experiencia,
los puntos de vista de otros movimientos políticos, porque las luchas de los
chalecos amarillos, a diferencia de las de la “clase obrera”, no tienen la
capacidad de representar a todo el proletariado, ni de expresar las críticas de
todos los dominios que constituyen la máquina del capitalismo.
Constituido sobre la división Norte/Sur, el movimiento de los
“colonizados internos” que reproduce un “tercer mundo” en el seno de los países
centrales implica necesariamente, además de la crítica de la segregación
interna, una crítica de la dominación internacional del capital, la explotación
global de la fuerza de trabajo y los recursos del planeta. Algo que está
ausente en los chalecos amarillos. Privado de este componente “racial” e
internacional del capitalismo, el movimiento ofrece a veces la imagen de un
nacionalismo “franchute”. Pero no es posible ilusionarse con un espacio
nacional: el Estado-nación, en el siglo XIX, debió su existencia a la dimensión
global del capitalismo colonialista, y el estado de bienestar a la revolución
mundial y a la escala planetaria de la confrontación estratégica de la Guerra
Fría.
La fractura racial sufrida por los “colonizados” dividió no
solo la organización mundial del trabajo, sino también la revolución de los
años sesenta. Hoy, las condiciones para la posibilidad de una revolución
mundial radican, por una parte, en la invención de un nuevo internacionalismo
que los movimientos de neocolonizados (inmigrantes, en primer lugar) incorporan
casi físicamente y que los movimientos de mujeres, gracias a sus redes alrededor
del mundo, movilizan de manera casi exclusiva; y, por otro lado, en la crítica
de las jerarquías capitalistas, que no deben limitarse a la esfera del trabajo.
Las divisiones sexuales y raciales estructuran no solo la reproducción del
capital, sino también la distribución de las funciones y los roles sociales.
Hoy en día, un movimiento centrado en la “cuestión social” no
puede ser espontáneamente socialista como en los siglos XIX y XX por el hecho
de que la revolución mundial y social (que implica el conjunto de las
relaciones de poder) haya pasado por allí. Sin una crítica de las divisiones
raciales y sexuales, el movimiento queda expuesto a todas las recuperaciones
posibles (desde la derecha y la extrema derecha), a las que hasta aquí, a pesar
de todo, ha podido resistirse. Si las subjetividades que encarnan las luchas
contra estas diferentes formas de dominación no pueden ser reducidas a la
unidad del “significante vacío” del pueblo, como desearía el populismo de
izquierda, el doble problema de la acción política común y el poder del capital
permanece intacto. La incapacidad de pensar en el capital como una máquina
global y social, cuya explotación y dominación no se limitan al “trabajo”, es
una de las causas fundamentales de la derrota de la década de 1960. Desde este
punto de vista, la estrategia no ha cambiado: hoy como ayer, estamos lejos de
tener una.
Desde 2011, los movimientos son “revolucionarios” en cuanto a
sus formas de movilización (inventiva en la elección del espacio y el tiempo de
la lucha, democracia radical y gran flexibilidad en las modalidades de
organización, rechazo de la representación y del líder, sustracción a la
centralización y totalización por parte de un partido, etc.) y “reformistas” en
cuanto a sus reivindicaciones y a la definición del enemigo (nos “liberamos” de
Mubarak, pero no tocamos su sistema de poder, de la misma manera que las
críticas se concentran en Macron cuando él simplemente es, sin ninguna duda, un
componente de la máquina del capital). La ruptura no produce cambios notables
en la organización del poder y la propiedad, sino en la subjetividad de los
insurgentes. Y si, a corto plazo, los movimientos son derrotados, los cambios
subjetivos seguramente continuarán produciendo efectos políticos. A condición
de no caer en la ilusión de que una “revolución social” pueda producirse sin
“revolución política”, es decir, sin superación del capitalismo.3 El
pos-68 ha demostrado que cuando la revolución social se separa de la revolución
política, puede integrarse a la máquina capitalista sin ninguna dificultad como
un nuevo recurso para la acumulación de capital. El “devenir revolucionario”
inaugurado por estas transformaciones subjetivas no puede separarse de la
“revolución”, bajo pena de convertirse en un componente del capital, por lo
tanto de su poder de destrucción y autodestrucción, que se manifiesta hoy en el
neofascismo.
Notas:
1 Wendy Brown, “Le néolibéralisme sape la démocratie”, AOC, 5
de enero de 2019. Disponible en: https://aoc.media/entretien/2019/01/05/wendybrown-neoliberalisme-sape-democratie-2.
2 Alain Duhamel, “Le triomphe de la haine en politique”,
Libération, 9 de enero de 2019.
3 Tal como Samuel Hayat explica en relación con los chalecos
amarillos: “Se trata de un movimiento revolucionario, pero sin revolución en el
sentido político del término: es más bien una revolución social, al menos en
ciernes” (Samuel Hayat, “Les mouvements d’émancipation doivent s’adapter aux
circonstances”, Ballast, 20 de febrero de 2019. Disponible en: https://www.revue-ballast.fr/samuel-hayat-les-mouvements-demancipation).
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