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jueves, agosto 13, 2026

MEMORIA SÓNICA: ACERCA DEL LIBRO “SONIC LIFE” DE THURSTON MOORE 

 


“Esto era el punk, un espacio acogedor donde proclamar tu identidad sexual o política, tu amor, tu odio o tu indiferencia, sin el juicio ni el permiso de nadie. Aunque la mentalidad de colegueo entre chicos a menudo asomaba la cabeza dentro de la escena, en esencia el punk se definía como una celebración de la libertad. En su universo liberado predominaba el debate, la opinión, la discusión y el activismo. Skinheads, punks pacifistas, anarcopunks, punks arty, punks queer…todos podíamos cohabitar y conversar entre sus sensibles muros.

Excepto los punks nazis, que podían irse a tomar por culo”

(T. Moore)

Primera aclaración: con la banda de rock Sonic Youth he tenido, como con varias cosas, una larga relación de amor/odio, y también indiferencia. Supe de ellos al leer alguna referencia en la revista argentina Cerdos & Peces, que llegaba a revisterías e incluso kioskos del centro de Santiago a inicios de los 90. Pero sólo pude escucharlos poquito después gracias al amigo Sebastián: un interesante sujeto que llegó a la Escuela de Derecho desde el exilio alemán, y que no pudo traerse ningún LP pero sí que copió en caset todo lo que pudo de lo que para nosotros parecía un nuevo rock, dentro de varias nuevas y antiguas formas de música que íbamos descubriendo en la era pre- internet. Como todos los sujetos más interesantes que llegan a Pío Nono, tras un par de años se retiró, para dedicarse a algo distinto. En su caso, el periodismo.

De sus casets escuchamos y copiamos Daydream Nation (1988) y Goo (1990), pero además tenía algunas cosas más antiguas, de cuando estuvieron en el sello SST, materiales que en esos años era realmente casi imposible conseguir.

Una vez pusimos por los altoparlantes del patio de la escuela mi copia del Goo, y justo tocó la parte de la cinta en que estaba el momento desestructurado/noise del tema Mote. Lo que no sabíamos es que ese pozo negro de distorsión no era tan largo en el original: el vinilo del que Sebastián grabó su cinta, que luego todos re-copiamos, se quedó pegado en esa parte, extendiéndose en un siniestro loop de varios minutos de duración. Para mis amigos era un trance. El resto del alumnado protestó hasta que hubo que ponerle STOP. Y salir a buscar cerveza en otros barrios más céntricos. Para luego ir a la tienda La Vitrola, donde vendían casets vírgenes y arrendaban CDs (3 días por 500 pesos). De ahí invariablemente terminábamos en mi pieza escuchando las novedades musicales, copiando de CD a caset, y bebiendo un poco más si alcanzaba el presupuesto. A veces no alcanzaba y veíamos tele hasta que se acababa, bebiendo sorbos de una eterna botella de aguardiente Lomas de Doñihue, “especial para colemono”, que uno de nosotros había sacado a sus padres para estas ocasiones.

En fin: los sonidos de SY en ese momento nos enamoraron. No sólo el sonido: todos amábamos a la bajista Kim Gordon, con su belleza tan poco convencional. Incluso una vez le escribimos una carta de amor, que afortunadamente nunca nos atrevimos a enviarle. Pero no teníamos cómo saber que en breve estallaría el fenómeno de Nirvana y el llamado “grunge”, y que dentro de ese gran movimiento de recuperación neoliberal de lo poco que quedaba de la energía rebelde de la contracultura rockera, la juventud sónica iba a jugar un rol destacado, como íconos de una juventud bastante apática y esnob, que a través de sus sensibles acoples de guitarra pretendía ingresar de lleno en el mundo del Avantgarde, sin darse mucho más trabajo que eso.

Dicho lo anterior, paso a referirme al libro. Editado en inglés el 2023, ha sido traducido al español de España (lo cual puede ser todo un problema: ¿qué significa exactamente “colegueo” en la cita que puse al inicio? Mientras leía tuve que consultar a amigos que viven allá que significa “echar la pota” o “liarla parda”), siendo editado por Contra ediciones de Barcelona el 2025.

Desde que leí “Ropa, música, chicos” de Viv Albertine (guitarrista de las Slits) he notado que tengo una cierta predilección por este tipo de libros autobiográficos de viejos/as cracks del punk rock. Y este no ha sido la excepción. La parte más bella de estos libros consiste en que logran transmitir en el relato de sus vidas los “primeros recuerdos” musicales de la infancia, que explican el posterior fanatismo de toda una vida dedicada al mundo del sonido: Sonic life, de hecho.  Al mismo tiempo, personajes como Viv y Thurston son alrededor de una década mayores que quien esto escribe, lo cual genera un efecto muy interesante, pues tienen recuerdos más detallados de una época en que ellos ya eran jóvenes mientras mi generación aún alternaba entre ir a la escuela básica y pelusear en las calles del barrio. La TV era en blanco y negro y había uno o dos canales. Recuerdo como a fines de los 70 en la Población La Pampa de La Serena los más grandes tenían dibujos de Kiss en las paredes de sus piezas compartidas con hermanos/as más chicos y nos abandonaban a cierta hora de la tarde para ir a ver The Midnight Special.

El libro abunda en recuerdos familiares de los 60 y 70, con viajes y traslados de unos esforzados y muy empáticos padres. En medio de la vida adolescente en provincias alejadas de los más grandes centros urbanos, también llegó el rock and roll, seduciendo a distintas hordas de espinilludos con sonidos prog, heavy metal y glam…para aportar una verdadera renovación revolucionaria hacia 1976 con el surgimiento del punk rock, que para Morre llegó de la mano de Pattu Smith y los Ramones. Cuando los alumnos más viejos del Instituto se burlaban de su gusto diciendo “¡El punk es una mierda, tío, ni siquiera es música!”, su respuesta fue lapidaria: “Hey ho, let´s go. Nunca dijimos que lo fuera”.

Thurston estuvo ahí, primero como fanático y después también como músico, y decidió vivir de lleno el proceso yéndose a vivir en departamentos de mala muerte en la violenta y contracultural ciudad de Nueva York. Sus andanzas musicales y psicogeográficas aparecen relatadas aquí, y permiten dar una mirada cercana a la escena más filosa y extrema de las que dio la resaca post punk: la llamada “no wave”, una especie de ultraizquierda del punk, o si se quiere, la Avantgarde dentro del movimiento. En esa hebra se engancha la historia de Sonic Youth, sus contactos con el guitarrista y compositor Glen Branca, Lydia Lunch, variados personajes lumpen bohemios y un cúmulo de otras formaciones (anti) musicales de las cuales creo que sólo los Swans pasaron a ser relativamente conocidos, dejando en el under del under a grandes proyectos como UT, Mars, The Static, DNA, Contortions, Mofungo o Theoretical Girls.  ¡Vale la pena escuchara todas  esas bandas! Tal como dijo Lester Bangs en su inédito “Free jazz/Punk rock”, eran de los más refrescante que se estaba haciendo en esos años, los últimos estertores de la oleada de creatividad radical proveniente del 68 global.

De los testimonios de la escena Avant-punk de NY pasamos sin solución de continuidad a la prehistoria de Sonic Youth, desde sus orígenes en formato de tres guitarras: Thurston y su novia Kim Gordon, más Lee Ranaldo. Afinaciones inusuales en guitarras baratas destrozadas generaban climas que dieron lugar a canciones de un tipo de punk rock que se basaba en el ruido, y en influencias tan disímiles como el dub reggae y el krautrock. Así surgió, por ejemplo, The Burning Spear. Tras una serie de conciertos y giras marginales salen los primeros discos, desde la sobriedad claustrofóbica y no wave del primer disco homónimo (1982) en Neutral Records, a Confusion is Sex (1983), con su portada en blanco y negro, partiendo con “She is in a bad mood” (inspirada en la peligrosamente sexy Lydia Lunch), seguida de un intenso cover de los Stooges (“Ahora quiero ser tu perro”) cantado a alaridos por Kim, y los experimentos caseros de Lee en guitarra percusiva. De esta misma época data el extraordinario documento “Sonic Death-Early Sonic-1981-83”, que una vez conseguí en la edición en CD de SST records 1988, después descontinuada y nunca más la he visto en nuevas versiones.

Nada del sonido de SY en ese momento podía hacer presagiar su tremendo éxito futuro como banda emblema del alt-rock en la era MTV. Un éxito tal que incluso ahora, años después de la disolución del combo noise, pude ver a Kim Gordon y su hija en una publicidad gigante creo que de la tienda HM en las inmediaciones del metro Chile-España. Lo cual no me extrañó tanto, pues años antes me topé una vez a Henry Rollins en la vitrina de una tienda de zapatillas Vans.



Las memorias de Thurston se extienden en detalle tanto a los más duros años iniciales de miseria y obstinación, con una verdadera morgue de bateristas hasta que dan con Steve Shelley (de los Crucifucks), como a lo que vino después, cuando a mediados de los 80 y desde el denostado sello SST, ligado a la banda Black Flag, entregaran algunos de los grandes discos de rock de esa época: Bad Moon Rising (1985), EVOL (1986) y Sister (1987). Para algunos puristas (me incluyo), la edad de oro de SY llegó hasta aquí nomás. Aunque no me atrevo a despreciar el doble álbum Daydream Nation de 1988, lo veo como una merecida despedida, justo antes de sumergirse en el mundo de las multinacionales durante toda la década siguiente, cuando como el mismo Thurston dice, generaban sólo dos tipos de reacción: adoración acrítica, o caer mal.

El relato está plagado de anécdotas que me parecen muy graciosas, como la historia de la canción “Flower” (incluido en BMR): el bueno de Thurston pegó en la pared de la cocina de la casa compartida con su novia y bajista Kim una foto de calendario de una hermosa mujer latina en nada más que unos diminutos calzones. Para no quedar mal, le agregó a lápiz un mensaje supuestamente pro feminista: “APOYA EL PODER DE LAS MUJERES / UTILIZA EL PODER DEL HOMBRE / APOYA LA FLOR DE LAS MUJERES / USA LA PALABRA: CULEAR / LA PALABRA ES AMOR” (aclaro que he chilenizado un poco estas traducciones para efectos de esta nota). Luego, inventando un tema nuevo, Kim cantó el texto que su novio había agregado al calendario hot, para añadir luego:

Hay una chica nueva en tu vida

Pelo largo rojizo ondulado

Verdes, verdes labios y ojos púrpura

Caderas muy delgadas y grandes pechos morenos

Colgada en la pared de tu casa

Un extremo cortado, el otro rasgado.

Por si esto no fuera gracioso en sí mismo, observen lo que a continuación reflexiona el autor: “Esperaba que el hecho de que Kim se hubiera inspirado en mis versos, en donde había una insinuación erótica acompañada de una declaración de unión feminista, implicara que quedaba exonerado de cualquier agresividad que hubiera podido sugerir el resto. Pero nunca llegamos a hablar de ello abiertamente, solo a través de la composición de canciones”. Embarrasing, my friend. Como cada vez que un onvre se las da -así como si nada- de aliado feminista.

También me hizo mucha gracia que un tipo tan proclamadamente admirador de toda forma de arte de vanguardia se viera totalmente desconcertado al ver a los anarcopunks ingleses de Crass tocando en vivo en NY en junio de 1978, junto a un puñado de bandas no wave en un loft en el SoHo:

“No se parecían a nada de lo que había sonado esa noche, y mucho menos a lo que sonaba habitualmente en el centro de la ciudad: cada miembro iba vestido con un brazalete atado a la camisa. Procedieron a aullar y gritar con furia y gravedad.

Los pocos que estábamos en el loft éramos artistas que vivíamos en el Bajo Manhattan. Nuestra rabia la dirigíamos sobre todo hacia las hormigas que invadían nuestro tarro común de mantequilla de maní. Pero aquellos tipos estaban enloquecidos, no dejaban de pegar gritos y el guitarrista aporreaba acordes disonantes sin cejilla que sonaban ¡Whaammm! ¡Whaammm! ¡Whaammm!

Todos nos mirábamos como diciendo: “¿Pero qué chucha es esto?”. Para nosotros, los colgados y descontentos de la escuela de arte, aquello era algo absoluta e incongruentemente militante”.

¿Pero cómo, Thurston!? ¡En verdad un hombre tan avanguardista como tú no podía simplemente relajarse y disfrutar el tupa-tupa con singalonga caótico y disonante de la buena gente de Crass? De ser así, eso explica muchas cosas…

Lo que viene después del final de los 80 musicalmente ya no me interesa casi nada. Dejé de escuchar la banda después del Dirty (1992), que en su momento disfruté moderadamente y ahora me parece insoportablemente fome.  Le di una oportunidad a Experimental Jet Set (1994), Washing Machine (1995) y NYC Ghosts and flowers (2000, con una linda portada de William S. Burroughs), pero nunca me afectaron demasiado.  Incluso los fui a ver en vivo en el Parque O´Higgins en marzo del 2009 junto a dos amigos, pero lo más entretenido que pasó fue que unos carabineros en moto nos controlaron y nos obligaron a tomarnos rápido las latas de cerveza Escudo de medio litro que portábamos como condición para no llevarnos detenidos. La entraba era la más barata, y desde la galería lateral se podría ver a una multitud enardecida de jóvenes rubios que pagaron las entradas más caras celebrando acríticamente al ensamble, que por lo demás ya no estaba en muy buena condición, además de que nunca entendí de qué les servía tener dos bajistas (Kim Gordon y un loco de Pavement) si apenas sonaba menos que uno. Era lindo escuchar algunos viejos hits, pero claramente el aura de la banda, el misterio y fascinación que generaba en los oscuros años 80, ya no existía. O al menos, no para mí.

Thurston remata con elegancia el libro contando discretamente el final de su relación amorosa y la despedida de la banda con el álbum The Eternal del 2009, que jamás he escuchado y que tal vez ahora que ya han pasado 17 años (¡toda una dictadura!) tal vez recién me atreva a degustar.

Hey ho, let´s go.



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