jueves, agosto 13, 2026
MEMORIA SÓNICA: ACERCA DEL LIBRO “SONIC LIFE” DE THURSTON MOORE
“Esto era el punk, un
espacio acogedor donde proclamar tu identidad sexual o política, tu amor, tu
odio o tu indiferencia, sin el juicio ni el permiso de nadie. Aunque la
mentalidad de colegueo entre chicos a menudo asomaba la cabeza dentro de la
escena, en esencia el punk se definía como una celebración de la libertad. En
su universo liberado predominaba el debate, la opinión, la discusión y el
activismo. Skinheads, punks pacifistas, anarcopunks, punks arty, punks queer…todos
podíamos cohabitar y conversar entre sus sensibles muros.
Excepto los punks nazis, que
podían irse a tomar por culo”
(T. Moore)
Primera aclaración: con la
banda de rock Sonic Youth he tenido, como con varias cosas, una larga relación
de amor/odio, y también indiferencia. Supe de ellos al leer alguna referencia en
la revista argentina Cerdos & Peces, que llegaba a revisterías e incluso
kioskos del centro de Santiago a inicios de los 90. Pero sólo pude escucharlos poquito
después gracias al amigo Sebastián: un interesante sujeto que llegó a la
Escuela de Derecho desde el exilio alemán, y que no pudo traerse ningún LP pero
sí que copió en caset todo lo que pudo de lo que para nosotros parecía un nuevo
rock, dentro de varias nuevas y antiguas formas de música que íbamos
descubriendo en la era pre- internet. Como todos los sujetos más interesantes
que llegan a Pío Nono, tras un par de años se retiró, para dedicarse a algo
distinto. En su caso, el periodismo.
De sus casets escuchamos y
copiamos Daydream Nation (1988) y Goo (1990), pero además tenía algunas cosas
más antiguas, de cuando estuvieron en el sello SST, materiales que en esos años
era realmente casi imposible conseguir.
Una vez pusimos por los
altoparlantes del patio de la escuela mi copia del Goo, y justo tocó la parte
de la cinta en que estaba el momento desestructurado/noise del tema Mote. Lo
que no sabíamos es que ese pozo negro de distorsión no era tan largo en el original:
el vinilo del que Sebastián grabó su cinta, que luego todos re-copiamos, se
quedó pegado en esa parte, extendiéndose en un siniestro loop de varios minutos
de duración. Para mis amigos era un trance. El resto del alumnado protestó
hasta que hubo que ponerle STOP. Y salir a buscar cerveza en otros barrios más
céntricos. Para luego ir a la tienda La Vitrola, donde vendían casets vírgenes
y arrendaban CDs (3 días por 500 pesos). De ahí invariablemente terminábamos en
mi pieza escuchando las novedades musicales, copiando de CD a caset, y bebiendo
un poco más si alcanzaba el presupuesto. A veces no alcanzaba y veíamos tele
hasta que se acababa, bebiendo sorbos de una eterna botella de aguardiente
Lomas de Doñihue, “especial para colemono”, que uno de nosotros había sacado a
sus padres para estas ocasiones.
En fin: los sonidos de SY en
ese momento nos enamoraron. No sólo el sonido: todos amábamos a la bajista Kim
Gordon, con su belleza tan poco convencional. Incluso una vez le escribimos una
carta de amor, que afortunadamente nunca nos atrevimos a enviarle. Pero no
teníamos cómo saber que en breve estallaría el fenómeno de Nirvana y el llamado
“grunge”, y que dentro de ese gran movimiento de recuperación neoliberal de lo
poco que quedaba de la energía rebelde de la contracultura rockera, la juventud
sónica iba a jugar un rol destacado, como íconos de una juventud bastante
apática y esnob, que a través de sus sensibles acoples de guitarra pretendía
ingresar de lleno en el mundo del Avantgarde, sin darse mucho más trabajo que
eso.
Dicho lo anterior, paso a referirme
al libro. Editado en inglés el 2023, ha sido traducido al español de España (lo
cual puede ser todo un problema: ¿qué significa exactamente “colegueo” en la
cita que puse al inicio? Mientras leía tuve que consultar a amigos que viven
allá que significa “echar la pota” o “liarla parda”), siendo editado por Contra
ediciones de Barcelona el 2025.
Desde que leí “Ropa, música,
chicos” de Viv Albertine (guitarrista de las Slits) he notado que tengo una
cierta predilección por este tipo de libros autobiográficos de viejos/as cracks
del punk rock. Y este no ha sido la excepción. La parte más bella de estos
libros consiste en que logran transmitir en el relato de sus vidas los “primeros
recuerdos” musicales de la infancia, que explican el posterior fanatismo de
toda una vida dedicada al mundo del sonido: Sonic life, de hecho. Al mismo tiempo, personajes como Viv y Thurston
son alrededor de una década mayores que quien esto escribe, lo cual genera un
efecto muy interesante, pues tienen recuerdos más detallados de una época en
que ellos ya eran jóvenes mientras mi generación aún alternaba entre ir a la
escuela básica y pelusear en las calles del barrio. La TV era en blanco y negro
y había uno o dos canales. Recuerdo como a fines de los 70 en la Población La
Pampa de La Serena los más grandes tenían dibujos de Kiss en las paredes de sus
piezas compartidas con hermanos/as más chicos y nos abandonaban a cierta hora de
la tarde para ir a ver The Midnight Special.
El libro abunda en recuerdos
familiares de los 60 y 70, con viajes y traslados de unos esforzados y muy empáticos
padres. En medio de la vida adolescente en provincias alejadas de los más
grandes centros urbanos, también llegó el rock and roll, seduciendo a distintas
hordas de espinilludos con sonidos prog, heavy metal y glam…para aportar una
verdadera renovación revolucionaria hacia 1976 con el surgimiento del punk rock,
que para Morre llegó de la mano de Pattu Smith y los Ramones. Cuando los
alumnos más viejos del Instituto se burlaban de su gusto diciendo “¡El punk es
una mierda, tío, ni siquiera es música!”, su respuesta fue lapidaria: “Hey
ho, let´s go. Nunca dijimos que lo fuera”.
Thurston estuvo ahí, primero
como fanático y después también como músico, y decidió vivir de lleno el
proceso yéndose a vivir en departamentos de mala muerte en la violenta y contracultural
ciudad de Nueva York. Sus andanzas musicales y psicogeográficas aparecen
relatadas aquí, y permiten dar una mirada cercana a la escena más filosa y
extrema de las que dio la resaca post punk: la llamada “no wave”, una especie
de ultraizquierda del punk, o si se quiere, la Avantgarde dentro del
movimiento. En esa hebra se engancha la historia de Sonic Youth, sus contactos con
el guitarrista y compositor Glen Branca, Lydia Lunch, variados personajes
lumpen bohemios y un cúmulo de otras formaciones (anti) musicales de las cuales
creo que sólo los Swans pasaron a ser relativamente conocidos, dejando en el
under del under a grandes proyectos como UT, Mars, The Static, DNA, Contortions,
Mofungo o Theoretical Girls. ¡Vale la
pena escuchara todas esas bandas! Tal
como dijo Lester Bangs en su inédito “Free jazz/Punk rock”, eran de los más
refrescante que se estaba haciendo en esos años, los últimos estertores de la
oleada de creatividad radical proveniente del 68 global.
De los testimonios de la escena
Avant-punk de NY pasamos sin solución de continuidad a la prehistoria de Sonic
Youth, desde sus orígenes en formato de tres guitarras: Thurston y su novia Kim
Gordon, más Lee Ranaldo. Afinaciones inusuales en guitarras baratas destrozadas
generaban climas que dieron lugar a canciones de un tipo de punk rock que se
basaba en el ruido, y en influencias tan disímiles como el dub reggae y el
krautrock. Así surgió, por ejemplo, The Burning Spear. Tras una serie de
conciertos y giras marginales salen los primeros discos, desde la sobriedad claustrofóbica
y no wave del primer disco homónimo (1982) en Neutral Records, a Confusion is
Sex (1983), con su portada en blanco y negro, partiendo con “She is in a bad mood”
(inspirada en la peligrosamente sexy Lydia Lunch), seguida de un intenso cover
de los Stooges (“Ahora quiero ser tu perro”) cantado a alaridos por Kim, y los
experimentos caseros de Lee en guitarra percusiva. De esta misma época data el
extraordinario documento “Sonic Death-Early Sonic-1981-83”, que una vez conseguí
en la edición en CD de SST records 1988, después descontinuada y nunca más la
he visto en nuevas versiones.
Nada del sonido de SY en ese
momento podía hacer presagiar su tremendo éxito futuro como banda emblema del
alt-rock en la era MTV. Un éxito tal que incluso ahora, años después de la
disolución del combo noise, pude ver a Kim Gordon y su hija en una publicidad
gigante creo que de la tienda HM en las inmediaciones del metro Chile-España. Lo
cual no me extrañó tanto, pues años antes me topé una vez a Henry Rollins en la
vitrina de una tienda de zapatillas Vans.
Las memorias de Thurston se
extienden en detalle tanto a los más duros años iniciales de miseria y obstinación,
con una verdadera morgue de bateristas hasta que dan con Steve Shelley (de los
Crucifucks), como a lo que vino después, cuando a mediados de los 80 y desde el
denostado sello SST, ligado a la banda Black Flag, entregaran algunos de los grandes
discos de rock de esa época: Bad Moon Rising (1985), EVOL (1986) y Sister
(1987). Para algunos puristas (me incluyo), la edad de oro de SY llegó hasta
aquí nomás. Aunque no me atrevo a despreciar el doble álbum Daydream Nation de
1988, lo veo como una merecida despedida, justo antes de sumergirse en el mundo
de las multinacionales durante toda la década siguiente, cuando como el mismo
Thurston dice, generaban sólo dos tipos de reacción: adoración acrítica, o caer
mal.
El relato está plagado de anécdotas
que me parecen muy graciosas, como la historia de la canción “Flower” (incluido
en BMR): el bueno de Thurston pegó en la pared de la cocina de la casa
compartida con su novia y bajista Kim una foto de calendario de una hermosa mujer
latina en nada más que unos diminutos calzones. Para no quedar mal, le agregó a
lápiz un mensaje supuestamente pro feminista: “APOYA EL PODER DE LAS MUJERES /
UTILIZA EL PODER DEL HOMBRE / APOYA LA FLOR DE LAS MUJERES / USA LA PALABRA:
CULEAR / LA PALABRA ES AMOR” (aclaro que he chilenizado un poco estas
traducciones para efectos de esta nota). Luego, inventando un tema nuevo, Kim
cantó el texto que su novio había agregado al calendario hot, para añadir
luego:
Hay
una chica nueva en tu vida
Pelo
largo rojizo ondulado
Verdes,
verdes labios y ojos púrpura
Caderas
muy delgadas y grandes pechos morenos
Colgada
en la pared de tu casa
Un
extremo cortado, el otro rasgado.
Por si esto no fuera gracioso
en sí mismo, observen lo que a continuación reflexiona el autor: “Esperaba que
el hecho de que Kim se hubiera inspirado en mis versos, en donde había una
insinuación erótica acompañada de una declaración de unión feminista, implicara
que quedaba exonerado de cualquier agresividad que hubiera podido sugerir el
resto. Pero nunca llegamos a hablar de ello abiertamente, solo a través de la composición
de canciones”. Embarrasing, my friend. Como cada vez que un onvre se las
da -así como si nada- de aliado feminista.
También me hizo mucha gracia
que un tipo tan proclamadamente admirador de toda forma de arte de vanguardia
se viera totalmente desconcertado al ver a los anarcopunks ingleses de Crass tocando
en vivo en NY en junio de 1978, junto a un puñado de bandas no wave en un loft
en el SoHo:
“No se parecían a nada de lo
que había sonado esa noche, y mucho menos a lo que sonaba habitualmente en el
centro de la ciudad: cada miembro iba vestido con un brazalete atado a la
camisa. Procedieron a aullar y gritar con furia y gravedad.
Los pocos que estábamos en
el loft éramos artistas que vivíamos en el Bajo Manhattan. Nuestra rabia la
dirigíamos sobre todo hacia las hormigas que invadían nuestro tarro común de mantequilla
de maní. Pero aquellos tipos estaban enloquecidos, no dejaban de pegar gritos y
el guitarrista aporreaba acordes disonantes sin cejilla que sonaban ¡Whaammm! ¡Whaammm!
¡Whaammm!
Todos nos mirábamos como
diciendo: “¿Pero qué chucha es esto?”. Para nosotros, los colgados y
descontentos de la escuela de arte, aquello era algo absoluta e
incongruentemente militante”.
¿Pero cómo, Thurston!? ¡En verdad
un hombre tan avanguardista como tú no podía simplemente relajarse y disfrutar
el tupa-tupa con singalonga caótico y disonante de la buena gente de Crass? De
ser así, eso explica muchas cosas…
Lo que viene después del
final de los 80 musicalmente ya no me interesa casi nada. Dejé de escuchar la
banda después del Dirty (1992), que en su momento disfruté moderadamente y
ahora me parece insoportablemente fome. Le
di una oportunidad a Experimental Jet Set (1994), Washing Machine (1995) y NYC
Ghosts and flowers (2000, con una linda portada de William S. Burroughs), pero
nunca me afectaron demasiado. Incluso
los fui a ver en vivo en el Parque O´Higgins en marzo del 2009 junto a dos
amigos, pero lo más entretenido que pasó fue que unos carabineros en moto nos
controlaron y nos obligaron a tomarnos rápido las latas de cerveza Escudo de
medio litro que portábamos como condición para no llevarnos detenidos. La
entraba era la más barata, y desde la galería lateral se podría ver a una
multitud enardecida de jóvenes rubios que pagaron las entradas más caras celebrando
acríticamente al ensamble, que por lo demás ya no estaba en muy buena
condición, además de que nunca entendí de qué les servía tener dos bajistas
(Kim Gordon y un loco de Pavement) si apenas sonaba menos que uno. Era lindo
escuchar algunos viejos hits, pero claramente el aura de la banda, el misterio
y fascinación que generaba en los oscuros años 80, ya no existía. O al menos,
no para mí.
Thurston remata con
elegancia el libro contando discretamente el final de su relación amorosa y la
despedida de la banda con el álbum The Eternal del 2009, que jamás he escuchado
y que ahora que ya han pasado 17 años (¡toda una dictadura!) tal vez recién
me atreva a degustar.
Hey ho, let´s go.
Etiquetas: memoria negra, no wave, noise, psicogeografía, punk rock, rock (no punk)
sábado, noviembre 30, 2024
Discos del 2024: the rest of the best // Roy Haynes (1925-2024) R.I.P.
Reconozco que el listado inicial de 6.6 discos me quedó algo cargadito al "heavy metal", y lo que no era heavy metal eran bandas rosarinas. Curioso: ¿no?
(Aunque hasta esa etiqueta podría ser discutible: he notado que los metaleros realmente existentes llaman Heavy Metal a la prehistoria del género: de Black Sabbath al primer Judas Priest y por ahí. A lo demás lo llaman simplemente Metal, por lo general asociado al respectivo subgénero: thrash, death, black...).
((Pero insisto: yo no soy un metalero. Sólo soy un tipo especial de punk rocker, un amante del sonido en general, la música de los humanos, el canto de los pájaros, y las subgéneros más raros y extremos que se han desarrollado en la periferia de la industria cultural (Teddy/Max) por lo general en oposición a ella, aunque no pocas veces recuperados por el largo brazo del capitalismo musical.
En síntesis: soy sólo un Black Metal Gurú)).
Entonces, en medio de estos días finales del penúltimo mes del año, y de un viaje breve e intenso a la ciudad de Temuco...
[por cierto, nunca en mi vida vi tanta gente con poleras de Iron Maiden: en la calle, metro, micro y aeropuertos. Eran tantos y tantas que me preguntaba, si Chile es un país tan pero tan metalero trve, ¡por qué mierda en las radios y en los bares suena puro pop de mierda, electrónica punchy punchy y versiones horribles de lo-que-se-te-ocurra en bossa nova?]
...me puse a pensar qué discos se me podrían haber pasado, o peor aún, en qué músicas realmente excelentes habían sido posiblemente editadas este año, y yo por andar adorando a Bafomet, Lucifer y Vajrapani ni siquiera me había enterado.
Una amiga me recordó dos obras que yo había disfrutado este año, una de las cuales se me había olvidado del todo:
Darkthrone, con su enésimo album, "It Beckons Us All".
A estas alturas, a exactamente 1 año y 6 meses de haberme fascinado con el metal oscuro (denominación que en mi constelación de ideas y conceptos -si me perdonan la cursilería seudobenjaminiana, absolutamente innecesaria- es algo así como el black metal y +: proto, post, algunas zonas contiguas y otros derivados), mi apreciación sobre DT, la banda que me inició en este viaje, es algo más sosegada: ningún disco en su abultada discografía es realmente malo, pero lo que hace realmente ENORME su aporte es lo que ocurrió entre sus primeros demos a fines de los 80, el primer disco, y hasta Panzerfaust.
La obra cumbre sin lugar a dudas es "Under a funeral moon" (1993): después de eso, "Transilvanian Hunger" y "Panzerfaust", por excelentes que le parezcan ahora hasta al sobrino de tu vecina, son como discos solistas de Fenriz, que inventó y grabó los temas a los que luego Nocturno Culto agregó la voz.
¿Y como es el disco nuevo? La verdad, queridxs amigxs, es que no lo recuerdo. Lo escuché con entusiasmo el mismo día que salió, y luego como 4 veces más. Y nunca más. Lo cual puede hablar más mal de mí que del disco, pero es un indicio claro de por qué no llegó al listado 6.6
Otro que se me había olvidado es el que sacó Inquisition, "Veneración del misticismo medieval y la violencia cosmológica". Para los que no lo saben, esta antigua banda tuvo una primera vida en Cali, Colombia, a fines de los 80, como un ensamble interesante de thrash metal que primero se llamó Guillotina. Después se fueron hacia el lado oscuro, creando una especie de black metal que oscila entre la adoración del fuego en el centro de le tierra y la contemplación mística de la oscuridad entre la luz de las estrellas. En otras palabras, es a la vez diabólico y cósmico. En 1996 Dagon se trasladó a Estados Unidos, donde se asoció con el baterista Incubus, que son el núcleo de la banda hasta el día de hoy.
Sin ser un gran conocedor de sus obras completas, había conseguido hace poco en Cruel Wretch (tienda BM ubicada en la vereda del Galpón Victor Manuel del Persa Biobío, por calle Placer) un album llamado "Bloodshed across the Empyrean Altar beyond the celestial zenith", del 2016. Me sorprendió la calidad de la grabación. Este último también suena muy bien, lo que permite apreciar un interesante trabajo de guitarras que hasta podría pasar por alguna forma de recepción metalizada del post punk. Créanme: suena horrible en mi descripción, pero es bellísimo.
Chutas, la idea era ir en este agregado más allá del heavy metal, pero me acabo de acordar de un gran disco de Black/War metal que salió también este año: Antichrist Siege Machine, con "Venganza del Fuego Eterno".
No tenía idea de ellos pero me los recomendó un amigo luego del último lanzamiento de Barricadas a go-go, en la despedida del local de Esqueleto Libros. Después me lo topé en Deathly Domains, otro de los lugares donde puedes capturar metal oscuro en el Galpón Victor Manuel.
A mi que me impresionaba el inicio del clásico segundo album de Immortal, "Pure Holocaust" porque tras 9 segundos de un inicio a velocidad normal arrancaba un blast beat que ya no paraba en todo el resto del disco, no me podía dejar indiferente este inicio: tras dos toques de baqueta, en menos de 1 segundo, el blast beat llega con violencia supersónica y no abandona nunca más. Como decía un amigo porteño (de Valparaíso, no Buenos Aires): "hoy en día trato de seguir los principios del war metal, ahí encuentro todas las respuestas" (aunque él estaba pensando sobre todo en Conqueror y Revenge).
Lo único que me hizo desconfiar de esta banda/disco, es su afición por usar fotos glamorosas en que tratan de parecer muy malos, con armas y pintura que deben haberse hecho cuidadosamente frente a un espejo. Pero bueno, el black metal siempre ha tenido algo de glam, y como dijo Fenriz citando a alguien cuyo nombre había olvidado: "el heavy metal se supone que tiene que ser ridículo".
Ahora sí que prometo no hablar más de heavy metal.
Tras dormir casi toda la tarde escuchando el hermoso álbum solista de David Sylvian "Árboles brillantes", de 1984, me eché agua helada en la cara, aprecié frente el espejo todo lo que he envejecido en más de medio siglo, y me puse a investigar en el sello de Oren Ambarchi (otro veterano del glorioso 1971), Black Truffle records, donde me encontré con una excelente producción de este año:
"Una canción para dos madres / OCCAM IX", de Laetitia Sonami junto a su maestra Éliane Radigue.
Conocía a Éliane, a quien descubrí casualmente en Youtube (aunque se podría decir que nada es casual ahí), y cuya obra electrónica siempre me ha resultado impresionantemente enigmática y bella.
Laetitia (nacida en 1957) estudió con ella en París, y se trasladó a California en 1978, donde inventó un instrumento electrónico llamado "Guante de dama", que no les podría describir porque por más que leo la descripçión, no entiendo casi nada: es lo que me pasa con los temas técnicos de la electrónica y la música "docta". Me siento más cercano a no recuerdo cual integrante de The Clash que consultado en su tiempo sobre si sabían algo de música respondió: "Ehhhh, tiene que ver con 8 notas o algo así?".
El 2016 abandonó ese artefacto, e inventó el "Spring Sprye": 3 resortes en un circulo (lo que se ve en la FOTO de la portada), cuyo sonido al ser tocados es procesado en Max/MSP y en Wekinator y Rapidmax, "de modo que al final nunca escuchamos los resortes mismos". Ja ja ja: ¿alguien entendió algo? Yo no.
Para este disco, Laetitia incluyó una composición propia para ese instrumento, y le pidió a Éliane una composición: OCCAM IX.
Me resulta casi imposible describir la belleza y potencia del resultado. Recomiendo escucharlo dos veces al menos: una acostado, con los ojos cerrados, y otra caminando de noche, que es lo que voy a hacer ahora mismo. Ya regreso.
..
Ok: me puse a husmear en la revista The Wire online, y encontré algunas sorpresas.
Por ejemplo, que este año la querida banda holandesa The Ex cumplió 45 años de existencia y para eso sacó un single: "Great!/The Evidence". Varias veces este año me metí al bandcamp de la banda para ver si había algo nuevo, y nada. Hasta llegué a pensar que tal vez "27 pasaportes" había sido una despedida. Pero no: afortunadamente, siguen vivos y agotando ese sonido tan especial que a la vez que proviene del mejor anarco-punk de los 80, es algo totalmente único y propio de la singular forma de vida que hace casi medio siglo se ha encarnado en este colectivo.
¡Que viva The Ex!! Y gracias por seguir existiendo!!!
Además, gracias a la sección "el ambiente en la oficina" me encontré con dos grandes artistas que no conocía ni en pelea de perros. Lo cual no nos debería extrañar: aunque estemos escuchando discos todo el día, lo que alcanzamos a escuchar no es ni el 1% de toda la música que se hace en este mundo.
Uno de ellos es el compositor británico Simon Fisher Turner con "Inestabilidad de la señal".
Por no pocas razones, todos los cantantes más sensibles y creativos de la escena brit me recuerdan un poco a Robert Wyatt y a Kevin Ayers, de Soft Machine. Me pasó cuando conocí a Richard Youngs, y ahora con este señor Simón.
Según relatan en su sello, Mute records, en este álbum SFT reúne cuatro corrientes de su experimentación sónica: "Slivers, Sounds, Strings and Singing". La calidad de sonido y la composición son impresionantes. Requiere una escucha atenta, y al mismo tiempo tiene una cualidad pop pocas veces vista en una música tan creativa y experimental.
La otro gran revelación de esta noche es el japonés Akio Suzuki, con su album" KA I KI ". Un maestro del "sound art", Akio se ha especializado en encontrar lugares que producen un eco natural.
En esta ocasión, el dique o terraplén de Ushinokura Dam, en la profundidad de las montañas de Shibata City, Niigata, donde sin audiencia alguna y sin amplificación procedió a generar sonido con piedras, botellas, bambús, esponjas y su propia voz, sobre el sonido permanente del agua corriendo.
Necesitamos más música así: espontánea, natural, anti-pretenciosa y en diálogo continuo con las fuerzas del cosmos.
¡Pero también necesitamos el rock pesado!
Por eso, me van a excusar que viole la promesa que hice hace un rato, y que casi al cierre de este complemento del listado 2024 justo antes de pasar al mes de diciembre con otra recomendación black metal que me acaban de informar desde el blog hermano Discarga Directa: los finlandeses (¿o fineses?) de Oranssi Pazuzu, famosos por su peculiar mezcla de black metal con krautrock, sacaron también un disco nuevo este año: "Muuntautuja".
En el libro "Nacidos para arder. La historia del Black Metal", de Marcelo Gallardo (Jedbangers, 2022) el capítulo final se titula "El culto está vivo" (como el álbum que inauguró la fase punk/metal de Darkthrone en 2006), y lo dedica a las expresiones que surgiendo del BM lo han llevado a otros territorios sonoros. Comienza de hecho con Oranssi Pazuzu, quienes debutaron en el 2009 con el álbum "Muukalainen puhuu".
El bajista declara que en ese momento "la cuestión de la rebelión contracultural ya no estaba presente (...) el metal se estaba haciendo muy popular en Finlandia, al punto de tener espacio en televisión en horario central. Pero las bandas de black metal de los 90 fueron la antítesis total de los grupos metaleros de producción masiva, esos que yo sentía que estaban diluyendo las ideas originales. Darkthrone no sonaba como metal. Sonaba como noise, y eso me parecía asombroso". Así, se atrevieron a buscar su propio camino, que según relata Gallardo incorporaba a la influencia noruega (DT, Burzum, Satyricon) "su amor por nombres obligatorios del krautrock alemán como Can o Neu!, y hasta los escoceses alternativos Primal Scream". Bueno: eso explica este sonido tan poco tradicional, y el hecho de que ellos mismos ya no estén muy seguros de si aún se les podría clasificar como una banda de BM.
Y con esto sí termino la lista: "Sufferer´s Sound" un compilado aparecido este año del gran arquitecto del dub reggae don Dennis Bovell, famoso por haber trabajado a fines de los 70 con interesantes bandas punk como las Slits y el Pop Group, además de acompañar la destacable trayectoria musical del gran poeta Linton Kwesi Johnson.
Los tracks están tomados de sus trabajos entre 1976 y 1980: una era dorada del buen dub, que viene bien escuchar justo ahora, mientras me tomo un vaso de agua de la llave previamente refrigerada.
Como ya he señalado, leer revistas musicales en estos tiempos tiene un lado triste, pues las secciones necrológicas se han convertido en algo dominante. Mi amigo DJ Stalin dice que es porque "nuestra época está muriendo". Puede ser.
En esta ocasión me enteré de la muerte del gran baterista de jazz Roy Haynes, ocurrida el 12 de noviembre. Su trayectoria es imposible de resumir, pero para efectos de lo que yo le conozco, abarca desde colaboraciones con Monk y Coltrane a Sarah Vaughan y Chick Corea. Pueden ver un resumen en la nota que le dedicó The Wire.
Le faltaron cuatro meses para cumplir 100 años, pero no importa: su legado lo hace inmortal (Immortal?!).
Los dejo con "Después de la lluvia", último tema del album Impressions de Coltrane (1963), y una aparición televisiva de inicios de los 70 junto a Rahsaan Roland Kirk, Mingus, Archie Shepp y otros.
Etiquetas: 2024 el año que vivimos en peligro, baja filosofía, dub, heavy metal, noise, rock (no punk)
sábado, septiembre 21, 2024
Avantgarde heavy metal: algunas recomendaciones calificadas. Parte 666: Nick Didkovsky (guitarrista extraordinario de la fama de Doctor Nerve y el Fred Frith Quartet a Häßliche Luftmasken y Vomit Fist)
En mi bastante solitaria búsqueda
por los terrenos del metal oscuro, he tenido que acudir a viejos amigos o más
bien influencias del pasado, como el tal Weasel Walter del que ya les he
hablado (y con quien tuve correspondencia hace unos meses, muy interesante y
sobre este tema, que espero alguna vez traduciré. Sólo les adelanto que, en
relación a sus recomendaciones del 2003, en retrospectiva dice preferir el Death
metal claramente por sobre el black metal, y por sobre todo le gustan mucho el brutal death metal y algo del mejor war metal)…En fin: resulta que en medio de
una aguda faringitis que me atacó hace pocos días y aún no se retira del todo
de mi organismo, una noche de insomnio recordé al viejo amigo por
correspondencia o “pen pal” -como se decía antes cuando la gente aplicaba lápiz
sobre papel y luego los enviaba dentro de un sobre como carta- Nick Didkosvsky.
¿Quién chucha es Nick Didkovsky? Se
preguntarán ustedes y ustedas con muy justísima razón, y yo les explico:
Nick es un genio musical nacido en 1958 que vive
en la ciudad de Nueva York y que de joven “abandonó
una promisoria carrera como actuario” (lo cual lo hace semicolega mío, supongo)
para dedicarse al espacio conocido como Creative Music Studio, y que ya desde inicios
de los 80 se destaca en la guitarra en una línea de talento y exploración que
lo liga directamente con maestros como Fred Frith e indirectamente con Robert
Fripp, dos de los más innovativos guitarristas de todos los tiempos según yo.
Descubrí sus actividades musicales a través del CD Did sprinting die?, editado en 1990 por Wayside Music Archive Series, y que llegó a las vitrinas de Melody Rock (Galería Interprovidencias), donde gastaba tantas horas de mi adolescencia escuchando música, a veces copiando, y rara vez comprando discos. Este llamó mi atención no tanto por su portada amarilla con letras verdes, sino porque:
a) no era exactamente Rock In Opposition
b) era de NY, donde todavía parecía haber una escena interesante y,
c) rockeaba
muy duramente en varias partes, lo que se apreciaba muy bien toda vez que DSD
es un disco principalmente en vivo, con sesudas y a la vez furiosas arremetidas
de guitarra, batería, bajo, tres vientos (trompeta, saxoprano y clarón), más
el KAT Mallet controller (al parecer, una especie de vibráfono sampleado pero
no estoy para nada seguro de eso), y al inicio, medio y final, tres “computer
generated pieces”, que según dice el folleto fueron generadas por “DrNerve.hmsl”,
un programa escrito por el profesor Nick Didkosvsky, que de hecho enseña
programación computacional musical o algo así. (Qué quieren! No entendía eso en
1990, cuando tenía un cerebro nuevito de 19 años, y menos aún en pleno 2024 que…bueno,
dejémoslo así).
El concierto tuvo lugar el 14 de
junio de 1989 en The Knitting Factory (un lugar al que Esneider Huasipungo no me quiso llevar
cuando estuve con él un par de días en junio del 2001, porque era muy “arty” y “White
liberal” para sus gustos latin punk). (Por lo menos esa vez, antes de ir, le
escribí un mail a ND, que me recomendó pasar por la tienda Downtown Music
Gallery. No hubo tiempo para mucho más en ese viaje por motivos de trabajo, tres
meses después fue el atentado a las Torres Gemelas, que alcancé a ver en pie en
junio de ese año sin darles mayor importancia, y nunca más supe de ND tampoco
ahora que lo pienso).
El disco se escuchó reiteradamente
en mi pieza, en esos años en que alojaban unos cuantos amigos de confianza en
casa aprovechando la lejanía temporal de mis padres. Y después conseguí otro CD
ahí mismo (no había ninguna otra tienda que pudiera traer algo así, creo que ni
siquiera Disco beat en San Diego, donde los gustos eran menos neoyorquinos):
Armed Observation (de 1987) seguido de Out to bomb fresh kings (1984), unidos
en los casi 80 minutos de esta edición en Cuneiform Records: uno de los sellos
cuyos discos llegaban esporádicamente a Melody Rock.
Estos son albums en estudio, y
sirven para entender la evolución de esta “banda”, que en verdad era todo un
colectivo, pues en esos 3 años pasaron por ahí 19 músicos, “compartiendo una retorcida
visión musical” (cito de nuevo el folleto).
Alcanzamos a conocer un álbum más.
Beta 14 OK, que alguien compró en CD y yo copié en cinta de cromo. Al final
salían los “44 nerve events”, fragmentos breves de distintos tipos de sonido
más o menos restructurado, y ND en el folleto respectivo invitaba a “torturar
el reproductor de CD” programando y/o reproduciendo aleatoriamente el
artefacto. Animados por esa invitación, le escribimos, y nos respondió varias veces,
enviando amablemente unos pequeños afiches de tocatas que él programaba e
imprimía en el trabajo. Ahora recordé que teníamos grabadas nuestras sesiones
de tortura…¿Dónde estará el caset? Mejor que se haya perdido para siempre.
Bueno…como les venía diciendo
hace un rato, a pesar de mi faringitis que casi me impide totalmente emitir
sonidos por vía oral, me acordé del bueno de Nick Didkovsky, y además vino a mi
de nuevo la sospecha de que tal vez Leo Didkosvky, ex baterista de la nunca
bien ponderada banda gringa de “Black Metal Transcendental” Liturgy, podría ser
su pariente. Y sí: en efecto, es su hijo.
A la primera búsqueda del nombre
de nuestro héroe más “heavy metal”, di con una larga e interesante entrevista
en Perfect Sound Forever, por lejos la mejor revista musical online, donde explica
su relación ya desde los 13 años (¡tal como vos mismo!) con el rock pesado,
tras toparse con riffages pesados como el de Martin Lancelot Barre en “Aqualung”,
y con todo el “Master of reality” de Black Sabbath apenas salió del horno: ¡qué
tiempos aquellos! ¡Y qué envidia me da! Una década después tuvimos que conformarnos
con Ozzy solista y Sabbath con Ronnie James Dio y después Ian Gillan.
Así que bueno: mejor léanla entera. El tipo tiene una banda de “blackened grindcore” con su hijo Leo, Vomit Fist (en la foto de arriba), que se presenta siempre con “corpse paint”: aunque tiernamente Nick
aclara que ellos no lo llaman así, sino que es una vieja tradición familiar de
pintarse en ese estilo para Halloween.
Su otra banda metal Häßliche Luftmasken la tiene con su viejo amigo baterista John Roulat, conocido por quien suscribe por ser miembro del trio de avant rock instrumental Forever Einstein (también en Cuneiform).
Al final de esta larga entrevista publicada en abril del
2019, Nick nos deja un valiosísimo listado de “algunos de sus discos favoritos”.
Primero me sentí mal de conocer solo a 6 de estas bandas, pero luego pensé que
está bien: hace poco más de un año yo no tenía idea de NADA de esto.
No se hable más!
4-3-2-1, Con ustedes y ustedas….El listado!!!:
Car
Bomb 'w^w^^w^w'
Dysrhythmia Psychic Maps
Artificial Brain Labyrinth Constellation
Virus The Black Flux
Baring Teeth Ghost Chorus Among Old Ruins
Thantifaxath Sacred White Noise
Gorguts Obscura y Colored Sands
Pig Destroyer Phantom Limb
Demilich Nespithe
Decapitated Carnival Is Forever y Nihility
Ulcerate Everything Is Fire
Inquisition Nefarious Dismal Orations y For The Multiverse
Horna Äänia Yössä
Behemoth Evangelion
Lazarus A.D. The Onslaught
1349 Hellfire
Goatwhore Blood for the Master
Sleep Dopesmoker
Etiquetas: heavy metal, noise, vandalismo comparado
domingo, agosto 04, 2024
Solo la muerte es real: sobre la primera ola del Black Metal (1981-1987)
“SÓLO LA MUERTE ES REAL”: LA PRIMERA OLA DEL BLACK METAL, DE VENOM A CELTIC FROST (1981/1987). Parte 1 (Work In Progress)
“Pensábamos que, a través de esta música y de hacernos más
extremos, podíamos volvernos más puros” (Martin Eric Ain, bajista de
Hellhammer/Celtic Frost).
Finalmente me
atrevo a intentar poner por escrito algo de las profundas investigaciones que
he estado realizando en torno al objeto del “metal oscuro”, o si prefieren,
“black metal”, partiendo por lo que se ha llegado a entender como su “primera
ola”, a inicios de los ochenta.
Si pongo “black
metal” entre comillas para hablar de su primera ola, es porque hasta ahora
tiendo a pensar que el Black Metal propiamente tal, consciente de sí mismo como
un estilo definido y separado de otras variedades de metal extremo, es más bien
propio de la llamada “segunda ola”, de fines de los 80/inicios de los 90, que
hacia 1993/4 se hizo mundialmente conocida por una seguidilla de actos
violentos ocurridos en Escandinavia.
En todo caso,
aclaro de entrada que no tengo el nivel de conocimiento y experiencia necesaria
en materia de metal (entendido a la vez como música y cultura) como para ser
tan tajante en esa afirmación, y tengo presente que distintos exponentes del
metal contemporáneo como el famoso Fenriz de los noruegos Darkthrone hablan
derechamente de un Black Metal de los 80, organizando incluso compilados y exposiciones
que así lo demostrarían.
Hecha esa
advertencia, insistiré en que a mi juicio en los 80 estábamos aún frente a un
proto o ur Black Metal: un conjunto de bandas que de manera pionera que
trabajaron en formas estéticas que ayudaron a definir el estilo que tomaría una
forma ya nítida un poco después, más específicamente a inicios de los 90, afirmando
un retorno a los valores más oscuros, malignos y verdaderos -“true”, o “trve”, es un concepto central en
la cultura y jerga del BM hasta el día de hoy- de las bandas que los habían
precedido, en gran medida como respuesta a la mercantilización del death metal.
Si me excusan
lo arbitrario de la analogía, creo que en cierta forma el surgimiento del BM
como corriente cultural/musical (anti-ética y anti-estética) es similar a lo
que ocurrió en los 60 con el free jazz, que a la vez que abrazaba una estética
de vanguardia que lo emparentaba con formas experimentales de música
contemporánea “docta”, rescataba del pasado más profundo las raíces africanas
del primer jazz, surgido caóticamente en las bandas ambulantes polirítmicas y
multifónicas de los negros más pobres de Nueva Orleans (los de piel menos
oscura conformaban una afrancesada pequeño burguesía que tocaba en orquestas de
tipo europeo). De manera equivalente, a la vez que se reaccionaba contra la
aceptación comercial del estilo (jazz o metal), hurgando en el pasado las
raíces más profundas y “true”, se proyectaba el estilo original hacia
territorios inexplorados para los que no todos estaban preparados.
No resulta
casual que tanto el jazz libre de Albert Ayler como el estilo BM en sus
variedades más “paganas” hayan sido calificados como “revoluciones
conservadoras” (para el caso de Ayler y el free jazz, ver “Conservative
revolution’” de W.A. Baldwin en el Jazz Monthly de septiembre de 1967; para el
caso del BM, ver “El potencial revolucionario-conservador del Black Metal” de Olena
Semenyaka: nada menos que la jefa o más bien vocera del movimiento en torno al
neo-nazi Batallón Azov de Ucrania).
Tampoco me
parece un detalle el que en ambos casos la búsqueda de la pureza estética haya
llevado a formas fascistizantes de negación del otro: por un lado el “racismo
inverso” que innegablemente alimentaba las prácticas y la veta más política del
free jazz, con varios de sus participantes hostilizando a los músicos blancos
(hay varias anécdotas en los libros de Koloda y Wilmer sobre el tema) y acercándose
a variedades de “black power” asociadas a grupos tan poco anarco-comunistas
como la Nación del Islam, con lo cual coronaban filosóficamente su pretensión
de expurgar de su música todos los rastros de la influencia
blanca/europea/occidental.
Dos o tres
décadas después, encontramos una especie de reflejo de lo anterior en la
pretensión racista nórdica de personajes como Varg Vikernes (Burzum) de hacer
del BM una expresión musical “blanca”, sin rastro alguno del blues
afroamericano que había estado en el origen de todo el rock and roll y
especialmente del más pesado (del blues amplificado de Hendrix y Cream en los
60, al pub, glam, punk, hardcore, oi! y la mayoría de las variedades de rock
que conocemos). Black power vs. white power, en una rivalidad o inversión
complementaria, similar a la que existe entre sionismo y antisemitismo (“Para
ser sionista hay que ser un poco antisemita”, decían). Pero me estoy
dispersando demasiado, así que regresemos al objeto de este escrito: el “metal
negro”.
En la
literatura especializada el rol de pioneros suele ser adjudicado a los ingleses
Venom (en rigor, una banda híbrida de fines de los 70, de la que disfrutaban
por igual punks, metaleros, skins, pues le cantaban a todo tipo de juventud
descarriada), agregando por lo general al proyecto sueco Bathory (el proyecto
personal del sueco Quorton, literalmente
un sueco adolescente hijo de su papá productor musical, que gracias a su
inestimable ayuda lanzó su histórico debut en 1984), los suizos de Hellhammer (formados
en 1982, que mutaron o más bien se auto-sustituyeron por Celtic Frost en 1984),
los trabajos iniciales de los alemanes Sodom, y algunos expertos con pergaminos
oscuros incluso agregan incluso al primer Slayer (opción con que no estoy tan
de acuerdo porque ahí tendríamos que agregar tal vez a Possessed y Exodus, y ya
no estaríamos en los territorios específicos del black metal sino más bien en
un cruce con el thrash y el death metal).
Bandas que
quedan como a medio camino entre este proto Black Metal y el Black Metal
propiamente tal serían los noruegos de Mayhem (formados en 1984), los
brasileros de Sarcófago, y los suizos de Samael (de 1987, primeros demos al año
siguiente y álbum debut Worship him en 1991). De hecho, y un poco en contra de
lo que dije hace unos pocos párrafos, la existencia de estas bandas demuestra
que en efecto ya existía un BM autoconsciente antes de 1990, el ur-black metal
ya constituyéndose como una forma subcultural autónoma.
Es sabido que
el “satanismo” de Venom en “In league wih Satan” o su primer álbum Welcome to
hell era más pelusón que serio, una imagen más que una filosofía, que una a
década después los noruegos escogieron conscientemente tomar en serio para
diferenciarse de las versiones más light o meramente decorativas de satanismo
que abundaban en el heavy metal en general, y por eso se podría decir que en
ese momento pasaron a la acción.
De hecho, si
bien está claro que la etiqueta “Black Metal” fue inventada por Venom cuando le
dio ese título a su segundo álbum, lanzado en noviembre de 1982, lo cierto es
que como ellos mismos dijeron a la prensa musical el título era un chiste, lo
primero que se les ocurrió para responder la pregunta acerca de qué clase de
música tocaban: “No significaba nada, pero llamó mucho la atención. Ese fue el
verdadero punto de inflexión”.
Re-escuchando
este álbum cuatro décadas después, concluyo que musicalmente están más cerca de
Mötörhead que del BM de los noventa, con letras entre lumpenescas y fantásticas
propias de la llamada New Wave of British Heavy Metal, y que es la imagen
satánica de portada más el título lo que le da su carácter pionero del estilo o
subgénero. La canción Black Metal es un elogio de la potencia y rebeldía del
sonido: “Negra es la
noche, peleamos por el metal la potencia de los amplificadores esta lista para
explotar”.
“Satán grabó la primera nota, tocamos la campana del caos y
el infierno, metal para maníacos puros”, y en el coro se invita a “rendir su
alma a los dioses, rock and roll” (algunos traducen “dioses del rock and roll”).
La canción “To hell and back” profundiza la imaginería diabólica,
con el relato de un anti héroe que ha va al infierno y regresa, “besando a la
reina satánica, viajando a la velocidad de la luz para ver cosas que nadie más
ha visto”, y nos invita a viajar con él a esa última morada. Excelente rock and
roll en todo caso. Y pegajoso.
El caso de
Hellhammer (martillo del infierno) es digno de destacar porque por primera vez
creo que la estética satánica/ocultista juega un rol más profundo en su arsenal
de demos, portadas, canciones, letras y vestimenta. No en vano varios de los
pioneros noruegos tomaron de los suizos inspiración para sus nombres (en
Mayhem, de Hellhammer a Euronymous), y el demo Satanic Rites constituye a mi
juicio el verdadero modelo para todo lo que vino después.
La banda se
forma en 1982 bajo el nombre inicial de Hammerhead (cabeza de martillo: un
nombre no-satánico), con Tom Warrior (guitarra) y Steve Warrior (bajo), unos
chicos suizos de pueblo, provenientes de la disuelta banda Grave Hill. Entre
1983 produjeron tres demos y un EP, nunca tocaron en vivo, y tras la
masacradora crítica que recibió su única producción oficial -el EP Apocalyptic Raids
de 1984, en Noise records- se disolvieron, para reconfigurarse de inmediato
como un nuevo proyecto de Tom y Martin Ain (el reemplazo final de Steve en
bajo) con la banda Celtic Frost, que a partir de 1984 tuvo una meteórica
carrera que terminó de forma bastante polémica y desastrosa.
Profundizando
la tradición iniciada por sus ídolos Venom, los integrantes de la banda
Hellhammer usaban atractivos seudónimos como Denial Fiend, Satanic Slaughter y
Slayed Necros (son los acreditados en la contratapa del Apocalyptic Raids en la
versión CD digipack del 2020 que tengo en mis manos).
El primer
demo, Death Fiend, fue grabado en el búnker bajo un jardín de infantes en donde
ensayaba Grave Hill. Poco después fue modificado para pasar a ser el demo
Triumph of Death, y en el mismo año de 1983 editaron un demo más, el
emblemático Satanic Rites, mi favorito en toda la obra de Hellhammer.
Lo que define
estos demos es un sonido muy crudo, pionero de toda la estética sonora del
black metal de la segunda oleada, con una fuerte y notoria influencia del punk
rock, que ya se apreciaba claramente en Venom, y que a mi modesto entender ha
sido siempre un elemento clave del sonido black metal, que lo aleja de casi
todas las otras corrientes del heavy metal y sus derivados, caracterizado por
lo virtuoso y sobreproducido. De hecho, en canciones como “Decapitate” la
influencia de los ingleses Discharge y su patentado d-beat es evidente, al
punto que parece una adaptación de “Hear nothing, see nothing, say
nothing”(editada por los ingleses el año anterior), y en los momentos más
primitivos de Death/Fiend/Triumph of Detah, parecen un cruce entre el sonido de
una banda garage punk de los 60 y el de los pioneros californianos del punk que
fueron los Germs de Darby Crash (por ejemplo en las versiones tempranas de su clásico
“Forming”, de 1977) .
Lo que
resultó y sigue resultando atractivo en la fórmula de Hellhammer esa esa
mezcla: voces con efecto, ultradistorsión
y d-beat más riffs diabólicos inspirados en Black Sabbath. Algunos han definido
esta nueva variedad de metal que surge antes de 1985, como un cruce entre la
agresión y velocidad de Mötörhead (una banda que se consideraba más cercana al
punk que al metal) con el tipo de oscuridad ambiental y riffs satánicos propios
de Sabbath. El propio Tom Gabriel se muestra muy satisfecho cuando, tras
referir la avalancha de críticas negativas que recibió el EP de Hellhammer, cierra
su relato en la re-edición 2020 diciendo que pese a ello la banda llegaría
posteriormente a ser etiquetada como “el impuro hijo bastardo de Black Sabbath,
Mötörhead y Venom”.
Entender esta
filiación nos sirve para dimensionar el enorme legado de Hellhammer. Para eso
habría que tener en cuenta que, a pesar de las apariencias, el heavy metal (o
“metal clásico”) de los 70 es también un hijo de la contracultura del 68. Esta evidencia es suprimida tanto por los
propios metaleros, que odian a los hippies y la “revolución de las flores” por
blandengues, como por los críticos musicales y los estudiosos de las
subculturas. Así, mientras desde los estudios culturales de fines de los 70 se
presta mucha atención a rastas, punks, mods, skinheads y góticos, la vulgaridad
masculina proletaria de los metaleros los mantuvo alejados de ser un objeto de
estudio interesante. Este desprecio del metal como “baja cultura” propia de
hombres cerveceros de clase blanca puede haber sido funcional en la deriva
reaccionaria que ha presentado la subcultura metalera hasta nuestros días, con
un odio parido hacia los “social justice warriors” y todo lo políticamente
correcto que ha vinculado a gran parte del metal gringo con la Alt-Right.
Esa visión
más o menos hegemónica pierde de vista que el rock pesado de los 70 (a veces
llamado “heavy metal” o “metal clásico”, pero que a mi juicio es más bien hard
rock y punto) es básicamente blues amplificado y distorsionado, y que recién a
fines de esa década e inicios de la siguiente es la influencia positiva o
negativa del punk, es decir, por contagio o por reacción adversa, la que
termina definiendo el sonido del metal hacia el cambio de década. Desde la New Wave of British Heavy
Metal, que con Iron Maiden (con Paul Di Anno de vocalista, al que una vez
escuché decir que cuando surgió la NWOBHM él estaba bastante entusiasmado con
bandas como los UK Subs) a Mötörhead y Venom, exhibía una notoria influencia
punk, hasta las distintas variedades posteriores de metal extremo, influenciado
evidentemente por la derivación hardcore del punk, que motiva la
evidente aceleración que está tras el surgimiento de todas las esas variedades
de metal ochentero, partiendo por el thrash.
Una vez más,
es Fenriz quien se encarga de remarcar en diversas entrevistas que el supuesto
giro hacia el punk de Darkthrone en el siglo XXI no tiene nada de novedoso,
pues el metal de los 80 proviene del punk, que bandas como Hellhammer/Celtic
Frost se caracterizaron precisamente por trabajar en el límite de ambos
estilos, y que incluso el Kill ‘em all de Metallica (1984) es un álbum bastante
punk.
En el caso de
Hellhammer, la baja fidelidad del sonido y el formato demo en caset con tapa
fotocipada en blanco y negro resulta crucial para toda la estética BM
posterior. Quiero detenerme un poco en ese aspecto.
Bill Peel en
su libro sobre Black Metal y “red politics” dedica el primer capítulo a la DISTORSIÓN,
centrándose en el surgimiento del sonido literalmente reventado de guitarra eléctrica
desde que los Kinks en “You really got me” (primera canción de heavy metal según
Fenriz, y no me cabe duda de que muchos chascones metaleros ni siquiera la han
escuchado o la conocen pero en la versión de Van Halen), los pedales de Jimi Hendrix,
David Gilmour y Carlos Santana. Hasta el noise rock de Sonic Youth y Dinosaur
Jr. En cuanto al BM, señala que “la relación con la distorsión es similar a la de
esas bandas – una combinación de creatividad intencional y circunstancial.
Hellhammer, Bathory y Venom, las tres bandas de lo que ahora es conocido como ‘primera
ola del black metal’, buscaban hacer música lo más anticomercial posible, abandonando
la producción pulida y los tecnicismos en aras de velocidad, crudeza y
brutalidad”. El sonido de la “primera oleada” no era totalmente a propósito: “las
bandas tenían poca plata, conexiones en la industria o talento virtuoso en sus
instrumentos”, lo cual se tradujo en “demos grabados lo más barato que era
posible, con productores que no tenían idea de como grabar y mezclar metal y
con un estilo de ejecución que las propias bandas describían como primitivo”.
De hecho, el
primer álbum de Venom, Welcome to hell, consiste en unos demos que el sello
decidió editar tal cual. La crítica fue implacable, pero así y todo el disco
vendió muy bien. Peel cita al crítico Geoff Barton diciendo que el disco “suena
no tanto como si hubiera sido grabado en un estudio de grabación, sino que
armado en base a trozos de vinilo rayado en la parte de atrás de una estación
de gasolina abandonada”. A su vez, Eduardo Rivadavia en allmusic.com al
comentar el segundo disco los califica de “un trío de visionarios idiotas de
pueblo aferrándose a fuerzas que estaban más allá de su control”. En la medida que la influencia de
Venom propulsó la explosión global del metal extremo en 1983, con el
surgimiento del thrash, el death y luego el black metal, el trío de idiotas desató
fuerzas tan poderosas que en una columna en la revista de música experimental
británica The Wire Joe Stannard señala a
Venom como los verdaderos culpables de que el antiguamente despreciado Heavy
Metal sea ahora cubierto en sus páginas en sus diversas derivas artísticas que
van de Sunn O))) y Khanate a Earth y OM.
La ironía que destaca es que cuando The Wire empezó a ser publicada en 1982, no
se dio cobertura alguna al álbum Black Metal, como tampoco al Number of the
Beast (debut de Iron Maiden con el vocalista Bruce Dickinson). 26 años y 300
números después el segundo álbum de Venom tuvo al fin la cobertura necesaria en
esa sofisticada publicación.
Volviendo a
la cuestión de la “primera ola”, Ian Reyes también es de los sostienen que el
viejo BM no tiene un sonido propio, pues todavía no era un género, y que es
después de esta llamada “primera ola” cuando se da el giro negro (“black turn”),
cuando el BM concibe su propia identidad, separada del thrash/death y también
de sus predecesores. En ese punto, según
Reyes -siguiendo la teoría subcultural de Dick Hebdige- se produce una especie
de invención de sus orígenes, reivindicando precisamente las características
originalmente negativas de la estética primitiva de Venom/Bathory/Hellhammer, y
convirtiéndolas en un objetivo conscientemente buscado. Además, para Reyes este giro constituye un fenómeno
mundial, no sólo noruego o escandinavo. La existencia ya a fines de los 80 de
bandas como los canadienses Blasphemy (formados en 1984 y cuyo influyente primer
demo Blood upon the altar salió en 1989) o los brasileros Sarcófago (con tres
demos editados en 1986 y su también muy influyente álbum debut I.N.R.I en 1987)
parece confirmar ese punto de vista: ambas bandas elevaron los niveles de
brutalidad a crudeza de una manera que impresionó a los metaleros extremos de
todo el mundo.
Reyes explica
la “promesa original” del BM, en su forma más verdadera y cruda, como “una solución
fundamentalista a la crisis de pesadez del metal” que se estaba experimentando
con su comercialización desde los ochenta. Al rechazar los “valores de
producción dominantes”, la nueva subcultura usa sus propios materiales crudos u
originarios, encontrándolos en la obra de los que pasaron a ser vistos como
predecesores de la “primera ola”: a Venom/Hellhammer/Bathory este autor agrega
Mayhem (que también existía desde 1984).
En el caso de
Venom, Reyes insiste que según varios críticos la banda era musicalmente muy pobre,
lo que sumado a la mala calidad de sus grabaciones influyó en su rápida declinación,
tras un éxito inicial que los tuvo entre los números más exitosos del NWOBHM.
Pero esta “mala calidad” era la propia de “artistas punk que rechazaban la
sofisticación de la música mainstream y querían hacer algo que fuera difícil para
el gusto, intentando una verdadera táctica de “pesadización”.
No es causal
que Tom Gabriel Warrior haya pasado de ser un fanático convencido de Venom a
criticarles su “comercialización”. Según relata el argentino Matías gallardo en
Nacidos para arder, una muy entretenida y detallada Historia del Black Metal,
cuando pasaron por Suiza, Tom les preguntó tras una rueda de prensa “¿Por qué
Black Metal suena tan comercial?”, tras lo cual les arrojó a la mesa una copia
del primer demo de Hellhammer.
Entonces, si
Hellhammer es la versión radicalizada y extremista de una banda conocida por su
simplicidad y crudeza…imaginen en qué tipo de territorio sónico ya estamos
entrando. De hecho, si el bueno de Lester Bangs había alcanzado a teorizar a
fines de los setenta identificando los pioneros de lo que llamó “horrible noise”,
entre Venom y Hellhammer solos podríamos en efecto reconocer el panteón de los
precursores de lo que Andy R. Brown llama “ejemplos de de un anti-arte lo-fi avant-garde
noise”.
---
Por supuesto,
no fue eso lo que pensaron los críticos en las revistas metaleras de la época. Si
bien los demos circularon harto y fueron apreciados por los fanáticos del metal
extremo tal cual eran, otra cosa eran las expectativas que generó el ser
fichados por Noise records de Alemania, para sacar lo que terminó siendo el
único EP oficial: Apocaliptic Raids. Sin mucho presupuesto, a inicios de 1984 los
muchachos suizos se trasladaron a Berlín para visitar por primera vez un
estudio de grabación, donde tenían que grabar el mini álbum de cuatro temas y
dos temas adicionales para un compilado del sello llamado “Death Metal”.
Cuando Horst
Müller, el ingeniero a cargo, les preguntó quién iba a producir el disco, los
muchachos orgullosamente y sin tener idea de qué significa eso, contestaron: “¡Nosotros
mismos!”. Actitud sin duda muy punk, pero que incidió negativamente en los
resultados. Tom y Martin se dieron cuenta de inmediato que la habían cagado, como
relata el bajista: “Horst nos hacía sugerencias muy profesionales, pero
nosotros no lo escuchábamos (…) Cuando terminamos de grabar y mezclar, nos
quisimos morir (…) Al final, cuando las canciones estuvieron terminadas y Tom y
yo las escuchamos por primera vez fuera del estudio, nos dimos cuenta de lo que
habíamos hecho: sonaban para la mierda”.
Lo mismo
opinó el sello, que les dijo que no podrían volver a grabar algo así. Además, el
fanzine alemán Rock Power calificó el disco como “lo más terrible, aberrante
y atroz que se le permitió grabar a estos ‘músicos’”, mientras desde Inglaterra
el crítico Mark Rutherford de la revista Kerrang! opinaba que era “el
peor disco que escuché en mi vida”, y Metal Forces le asignó la nota más
baja.
Si me disculpan
esta nueva digresión comparativa, estas reacciones del establishment metalero
me recuerdan las críticas entre airadas y despectivas que generó en los sesenta
en el establishment del jazz y sus prestigiosas revistas como la Downbeat
la irrupción del free jazz, con grandes basureos a discos como el Ascension de
John Coltrane (calificado por un crítico como un “verdadero asalto a mano
armada”) o los primeros de Ayler (calificados por el trompetista Kenny Dorham
con nota cero). Creo que el paralelo es
interesante: en ambos casos una subcultura que genera sus propios valores, medios
impresos y árbitros del gusto excomulga la deriva más radical que convierte al
sector más puro y duro del movimiento en una genuina contracultura, con el
mismo argumento: “¡no saben tocar!”.
Por su parte,
Tom dice en el folleto de la versión CD de Apocalyptic Raids que a pesar de
todo el disco llegó a los rankings de Kerrang! en el número 19 de los singles
de ese año, y que la tienda que los distribuía por allá los promocionaba diciendo
que hacían que en comparación Hellhammer hacía que Venom pareciera Foreigner. Y
que en definitiva su estética de bajo presupuesto anticipaba en una década lo
que iba a ser el sonido estándar de cualquier disco de black metal futuro.
La
explicación que da Martin para esta desastrosa experiencia tiene que ver con la
misma búsqueda que está detrás de estilos considerados extremistas o radicales
como el free jazz o el noise: “Éramos tan extremistas y estábamos tan dedicados
a nuestra música y tan convencidos de que seríamos la banda más extrema y radical
de la historia que, incluso aunque nos dieran buenos consejos, no los
escuchábamos”.
Este es a la
vez el atractivo de la adolescencia, y el límite objetivo a que estas iniciales
formas de metal extremo fueran pulcras o virtuosas: a la manera de los jóvenes
delincuentes y pandilleros estudiados por el teórico norteamericano de las
subculturas Albert Cohen, su actividad es hedonista, no utilitaria, gratuita y
consiste básicamente en apelar a la lealtad del grupo de pares mientras desafían
el orden adultocéntrico, invirtiendo sus símbolos y valores.
Esta sola
explicación “criminológica” o si prefieren, de “sociología de la desviación”,
bastaría para explicar por qué los practicantes del verdadero culto que fue el
Black Metal noruego de los noventa se tomaban la religión cristiana y sus
símbolos más en serio que el grueso de la población de su país, que -según se
dice- a pesar de ser un país oficialmente cristiano, van a misa un par de veces
al año y no se toman dicha religión tan en serio como sus más feroces negadores,
herejes, blasfemos y quemadores de templos.
En el caso de
Hellhammer, una de las primeras bandas genuinamente ocultistas y satánicas, el
propio Martin, adolescente (menor de edad) al momento de ingresar a la banda,
se encarga de explicar que su familia le
dio una estricta crianza católica, leyendo y memorizando fragmentos de la
Biblia. Reaccionando frente a eso, se interesó en Aleister Crowley y en “todas
esas sociedades ocultistas de finales del siglo XIX y principios del XX
inspiradas en la cábala”. Ese conocimiento fue su aporte específico a
Hellhammer, más tarde desplegado en mayor medida aún por Celtic Frost.
Llegados este
punto, damos por cerrada la breve y estimulante historia de Hellhammer. La
noche del 31 de mayo de 1984, casi tres meses después del viaje a Berlin, Tom y
Gabriel decidieron poner fin a la banda, y trabajar en la creación de una
nueva.
Aquí, queridos lectores, comienza entonces la historia de una leyenda de los ochenta: ¡Celtic Frost!
Etiquetas: black metal, free jazz, Loso Chenta, noise
viernes, noviembre 10, 2023
Black Metal libre: dos discos de Abruptum (1993-1994)
Mi exploración profunda y exhaustiva del "metal oscuro" me ha tomado ya medio año, y no piensa terminar. Hay demasiadas bandas, demasiados estilos y subestilos, y tengo la impresión de que -a diferencia de otras formas musicales que ya están agotadas- en este mundo las cosas están en pleno movimiento y dinamismo. (Si no me creen, escuchen el disco nuevo de Khanate).
Estaba pesando hacer una especie de abecedario de bandas. El problema es que el listado provisional ya asciende a más de 120 ensambles. Un viejo amigo que sabe de estas cosas me decía que hoy en día hay más bandas de black metal que de jazz en el mundo.
Mi duda es, ¿existen o han existido bandas que se atrevan a trabajar en el cruce de esos mundos musicales? O sea, ¿algo así como black metal con improvisación libre?
Difícil, considerando el desprecio de los metaleros por la improvisación, y viceversa. Aunque los verdaderos improvisadores son mucho más abiertos que cualquier subcultura de fans de la música.
En fin: escuchando anoche mientras paseaba a mi perro bajo la lluvia el programa dedicado a la banda sueca Marduk en "El sauna del hype" (curioso nombre, pues para nada sugiere que es un podcast dedicado al black metal) me di cuenta de que se reían de unos invitados porque no odiaban a la banda Abruptum (también sueca), que les parecía una completa mierda. Tanto así que un participante del erudito programa se justificaba diciendo que le gustaban un poco, pero que no le encantaban.
Así que apenas llegué a mi casa busqué algo de ellos, y di con dos joyas absolutas que paso a compartir acá, que a mi juicio suenan como un ensayo de Fushitsusha con resaca (difícil porque el jefe Haino-san no toma alcoholes ni fuma nada).
Traduzco -algo tarzanescamente como siempre- lo que sobre esta banda y su obra inicial se dice en el bandcamp del sello lituano Inferna Profundus records. Especial para esta tarde lluviosa.
"1994-1995 cuando el black metal alcanzó la cima de su esplendor y esencia - en estos años aparecieron las mejores obras maestras de bandas como Darkthrone, Mayhem, Marduk y más. Entre estas realidades estaban los suecos de Abruptum que decidieron concebir el black metal de una forma completamente diferente, incluso más oscura y maligna que el género que estaba surgiendo. Dos conocidos miembros de la escena escandinava (It, fundador de la "verdadera horda satanista" y Evil, más conocido como Morgan -miembro fundador de los poderosos Marduk) unieron fuerzas para dar nacimiento a dos obras maestras de pura oscuridad caótica -"Obscuritatem Advoco Amplectere Me" (1993, grabado en 1992) y "In Umbra Malitiae Ambulabo, n Aeternum in Triumpho Tenebrarum" (1994, grabado en 1993). Euronymous de Mayhem comprendió inmediatamente el carácter único y la autenticidad de Abruptum y decidió incluir al dúo sueco en su histórico sello "Deathlike silence productions" editando los dos albums.
En esos dos albums Abruptum parece deconstruir y demoler el black metal alcanzando su esencia primordial - no hay reglas ni estructura musical, no hay cánones, ni canciones, ni riffs, ni estrofas, podríamos y deberíamos dudar incluso acerca de si esto podría ser llamado música. De hecho, la esencia de Abruptum no es la forma musical sino la atmósfera y el aura que son capaces de evocar y transmitir - un viaje claustrofóbico a una pesadilla sin fin - incómodo, impredecible, mórbido y frío. El sonido arrastrado de batería, guitarra y teclado parece un lento lamento cacofónico que tortura el alma de aquellos que se atreven a entenderlo. No hay cantos aquí - más bien gritos agónicos y esquizofrénicos que rebotan en la oscuridad. Los dos álbums de Abruptum no permiten mucha interpretación ni retórica - las únicas sensaciones que transmiten en casi dos horas de muralla de sonido son: malestar, oscuridad y caos. Puedes odiarlo, puedes amarlo, pero no puedes permanecer indiferente. No es causal que Euronymous definiera la "música" de Abruptum como "la esencia auditiva de la pura maldad oscura". Estos dos discos son un ejemplo admirable de lo que el black metal debería ser - libertad de ser y hacer lo que quieras. Hoy en día muy pocos pueden hacerlo...
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