lunes, febrero 13, 2023
El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser
La siguiente «reseña»/resumen
del libro de Nancy Fraser Cannibal Capitalism. How Our System Is
Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso,
Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.) hecha por Fernando Lizárraga fue publicada
por lxs compañerxs de Kalewche y me pareció lo suficientemente interesante para
reproducirla íntegramente acá. Sólo los destacados en negrita han sido
agregados para reforzar ciertos puntos que nos parecen clave. La lectura atenta
toma un cierto lapso de tiempo, que se acompaña bien escuchando “Unit Structures” de
la Cecil Taylor Unit (1966).
El capitalismo es un sistema
social caníbal. Devora ritualmente sus propias fuentes de sustento, se alimenta
de seres y recursos que están en su periferia (como un agujero negro canibaliza
a otros cuerpos celestes) y se come a sí mismo como el Uróboro. Con estas
imágenes, Nancy Fraser inicia su nuevo libro: Capitalismo caníbal. Cómo
nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta –y qué
podemos hacer al respecto. A lo largo de seis capítulos, Fraser ofrece una
renovada visión panorámica del capitalismo, sobre coordenadas estructurales e
históricas. Se trata de una mirada muy amplia y general –pero no caprichosa–,
la cual es, vale decirlo, muy bienvenida. Sucede que el culto a lo micro
(síntoma y peste de la posmodernidad) hace que se mire con sospecha cualquier
intento de gran relato. Y Fraser se atreve a brindar precisamente eso: un gran
relato con una nueva gran concepción, tanto del capitalismo (capítulos 2-5)
como de un nuevo socialismo (capítulo 6). Suficiente entonces para quienes
protesten que Fraser no repara en tal o cual detalle, en tal o cual dato, en
tal o cual sutileza, en tal o cual frase tachada en una carta perdida que Marx
le envió a su yerno. Y basta ya, también, de cosas como: “Representaciones de
la lucha de clases en contexto de pandemia en el barrio que está al otro lado
de la vía en la localidad de Sauce Quemado, entre el 1 y el 5 de diciembre de
2020. Una aproximación exploratoria, tentativa y preliminar”. Lo que sigue es,
más bien, un apretado resumen del libro y no una reseña crítica en sentido
estricto (quiero evitarme, también, la insufrible crítica de la crítica
crítica).
Al concebir al capitalismo como
un sistema omnívoro (capítulo 1), Fraser afirma que hace falta ampliar la
concepción tradicional, predominantemente marxista, del capitalismo.
Dirigiéndose a los “ancianos” (elders) del marxismo, les reprocha no
haber incorporado suficientemente los reclamos raciales, ecológicos,
feministas, poscoloniales, etcétera, por lo cual no pudieron captar la
dimensión cabal de la crisis de nuestra época. Es la conocida acusación al
economicismo que se concentra demasiado en el punto de la producción. Al mirar
aquello que está detrás de Marx, Fraser observa que el capitalismo no es un
sistema económico sino mucho más: un “orden social institucionalizado”. En la
teoría marxista ortodoxa, dice Fraser, el capitalismo se define por la
propiedad privada de los medios de producción, la existencia de un mercado
laboral “libre” en un doble sentido (no esclavizado y sin medios de producción
propios), la auto-expansión del valor y el predominio del mecanismo de mercado.
Todo esto es lo que Marx se jactaba de haber revelado tras penetrar en la
“oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: ‘Prohibida la entrada
salvo por negocios’”. Fraser quiere ir más allá de esa sede oculta, curiosear
en lo que hay detrás y revelar que allí están las “condiciones de trasfondo”
sobre las que se erigen los elementos centrales del capitalismo.
Para empezar, hay que determinar
de dónde viene el capital; y aquí, siguiendo a David Harvey, Fraser afirma que
la acumulación primitiva es un proceso que aún continúa. Así, marca un contraste
clave entre la explotación y la expropiación; la primera es el relato visible,
la segunda es la historia invisible. Hay aquí un primer cambio epistémico. El
secreto dentro del secreto es que “detrás de la coerción sublimada del trabajo
asalariado, reside la violencia del robo directo” (p. 8). Marx describió el
proceso de expropiación, pero no lo teorizó suficientemente como condición
permanente de la explotación. Para Fraser, este es el punto nodal: oculto tras
lo oculto está la continua expropiación, como precondición de la explotación.
La explotación, que se hace bajo la apariencia del contrato, es posible gracias
a la confiscación que opera sobre otros. Escribe Fraser: “[l]os trabajadores
doblemente libres transforman las saqueadas ‘materias primas’ con máquinas que
son impulsadas por fuentes de energía confiscadas. Sus salarios se mantienen
bajos gracias a la disponibilidad de alimento producido por trabajadores
rurales endeudados, en tierras que han sido robadas, y de bienes de consumo
producidos en los sweatshops por ‘otros’ no-libres y
dependientes, cuyos costos de reproducción no están totalmente recompensados. La
expropiación, entonces, subyace a la explotación y la vuelve rentable. Lejos de
estar confinada a los inicios del sistema, es un elemento intrínseco de la
sociedad capitalista, tan constitutivo y estructuralmente afincado como la
explotación” (p. 15).
Esta diferenciación entre las dos
«equis» (explotación y expropiación), insiste Fraser, supone una
diferenciación clave en la composición de la estructura y la dinámica de
clases. Por un lado, están los trabajadores explotables y, por otro, los
expropiables. Los primeros gozan de derechos ciudadanos, cierta protección
estatal y disponen de su fuerza de trabajo; los “otros” expropiables, en
cambio, no tienen defensa y pueden ser violentados sin miramientos. Aunque son
todos integrantes de las clases productoras, existen “dos categorías de
persona”: los que simplemente pueden ser explotados y otros que están
destinados a la expropiación. Esta, dice Fraser, es otra línea de fractura
institucionalizada en el capitalismo actual, “estructuralmente enclavada como
aquellas [que existen] entre producción y reproducción, sociedad y naturaleza,
y cuerpo político y economía” (p. 16). Más aún, para la autora, la dupla ex–ex corresponde
casi exactamente a la “línea de color global”, en cuyo Sur conceptual están las
poblaciones racializadas, quienes sufren las mayores opresiones, desposesiones,
genocidios y otras injusticias estructurales del imperialismo (además de
sobrellevar el peso mayor de la huella ecológica del sistema).
El segundo desplazamiento
epistémico va desde la producción social a la reproducción social. Esta última
es, nuevamente, condición de trasfondo de la primera: incluye esencialmente el
trabajo reproductivo, la interacción que produce personas y lazos sociales, y
las tareas de cuidado en general. Esta oculta sede detrás de la oculta sede es
precondición del capitalismo; se despliega fuera del mercado laboral, pero es
necesaria para su existencia. La reproducción social, en suma, es indispensable
para la producción de mercancías. Esta división está profundamente engenerizada
en perjuicio de las mujeres y no es una constante histórica, sino resultado de
la propia dinámica del sistema. El capitalismo caníbal, alega Fraser, no hace
otra cosa que devorar las propias fuentes de la reproducción social, sin
reposición, cancelando así sus propias condiciones de reproducción.
La misma lógica se aplica, en
tercer lugar, a la relación con la naturaleza, la cual es canibalizada como
precondición para la dinámica de producción capitalista. La naturaleza –que
Fraser define en tres acepciones en el capítulo 4– es concebida como una fuente
inagotable de recursos “gratuitos”, capaz de renovarse permanentemente. Marx
oportunamente habló de la fractura metabólica, recuerda Fraser
–quien sigue la obra ecosocialista de John Bellamy Foster y Michael Löwy, entre
otros– y denunció la ineficacia y la depredación en las prácticas agrícolas.
Pero la ruptura se ha hecho más aguda y los cercamientos no cesaron, puesto que
el capitalismo sigue adueñándose y transformando la naturaleza, ya no con muros
sino con patentes de propiedad intelectual. La crisis ecológica que este
derrotero ha generado es evidente y atraviesa los diversos regímenes de
acumulación capitalista en el tiempo. Por último, en el ámbito político, el
capitalismo caníbal también se engulle las normas e instituciones que ha creado
para su propia reproducción. La división entre el poder económico y el poder político
es cada vez mayor, no solo a nivel doméstico sino –y sobre todo– a nivel
internacional, de modo que la gobernanza global en manos de las grandes
corporaciones mina las propias condiciones de reproducción del capital. Y esto
ilumina, enfatiza Fraser, el hecho de que el ámbito político también es una de
las condiciones de trasfondo sobre las que se erige la posibilidad del
capitalismo.
Para Fraser, todas estas
condiciones de trasfondo son “no-económicas” y es preciso situarlas en el
centro de una concepción socialista, a la par de la explotación; en otras
palabras, hay que resituar la narrativa marxiana sobre la explotación junto a
estas cuatro narrativas de trasfondo (expropiación, reproducción social,
ecología y poder político), con lo cual también pueden articularse de un modo
más claro las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, ecológicas,
antiimperialistas y antirracistas. El punto, dice Fraser, consiste en
comprender que el capitalismo no es simplemente un sistema económico, sino
un tipo de sociedad; en rigor, la dimensión económica y mercantilizada es sólo
una parte, ya que la sociedad como totalidad “depende para su existencia de
zonas de no-mercantilización, que el capital canibaliza sistemáticamente” (p.
18). En suma, el capitalismo es un “orden social institucionalizado”
definido por un conjunto de separaciones interrelacionadas
(explotación-expropiación; producción-reproducción; economía-política; mundo
humano-naturaleza).
En función de estos dominios,
cada cual con su propia normatividad, también cambian la dinámica y la forma de
la conflictividad. A través de su historia, en el capitalismo se han librado
siempre “luchas de frontera” (boundary struggles), es decir, en torno a
las delimitaciones de los dominios mencionados. Pero estas zonas no-económicas,
afirma Fraser, no tienen un mero rol funcionalista, en el sentido de
posibilitar la expansión constante del dominio económico y su forma específica
de lucha de clases entre el capital y el trabajo; son dominios
interrelacionados y que a la vez tienen sus propias ontologías de práctica
social e ideas normativas. Y estas normatividades complejas, que son propias
del capitalismo, constituyen zonas de disputa y no siempre con ideas
anticapitalistas, advierte Fraser, ya que no son exteriores al sistema (22-23).
El capitalismo como sociedad tiene una tendencia constitutiva a la propia
desestabilización, esto es, a la crisis permanente y a comerse la cola, como el
Uróboro.
Tenemos entonces, según Fraser,
cuatro contradicciones en el capitalismo: la ecológica, la social, la política
y la racial/imperial, cada una como origen de algún tipo especial de crisis,
cada una vinculada inextricablemente una contradicción estructural entre la
economía y las condiciones de posibilidad del sistema. Nuevamente, recalca
Fraser, el sitio del conflicto es la frontera entre los distintos dominios,
esto es, entre producción y reproducción, economía y política, humanidad y
naturaleza, explotación y expropiación. Las luchas de frontera se dan, a
diferencia de la clásica lucha de clases, sobre el punto de separación de las
zonas no-económicas respecto de la economía. La lucha anticapitalista, enfatiza
Fraser, “es mucho más amplia de lo que los marxistas han supuesto
habitualmente” (p. 25).
Tras esta presentación general,
Fraser analiza con mayor detalle cada una de las formas de canibalización,
desde un eje estructural y un eje histórico, y a partir de una periodización
del capitalismo que distingue cuatro etapas, a saber: capitalismo mercantil,
capitalismo liberal-colonial, capitalismo administrado por el Estado, y
capitalismo neoliberal globalizado o financiero. Como veremos, cada una de las
contradicciones de trasfondo adquiere una forma específica en cada fase del
capitalismo.
En el capítulo 2, Fraser define
al capitalismo como un glotón que se regodea en el castigo sobre los pueblos
racializados y, por ello, afirma que es un sistema estructuralmente racista.
Fraser no ignora la gran tradición de marxismo negro, desde W. E. B. Du Bois
hasta Angela Davis o Cornel West, pero el terreno parece dominado por la ya
prolongada moda postestructuralista. Frente a la pregunta de si el capitalismo
es necesariamente racista, la repuesta de Fraser es que existen bases
estructurales para que así sea y que esto también ha variado a lo largo de la
historia. La base estructural es la combinación de explotación y expropiación.
El marxismo clásico vio con claridad el mecanismo estructural de la explotación
y de la dominación, pero no hizo lo mismo con la opresión racial y su
combinación con los anteriores, alega Fraser. Para la autora, Marx no le dio
suficiente importancia al rol del trabajo no asalariado, no-libre, y
dependiente, como tampoco a las configuraciones políticas que concedían
ciudadanía y derechos a los asalariados, pero no hacía lo propio con otros
agentes a los que les asignaba menor jerarquía. El trabajo dependiente y la
sujeción política, entonces, definen la situación de expropiación. Y esta
última está inextricablemente unida al racismo.
La expropiación, como
confiscación de capacidades y recursos –especialmente en la periferia, pero
también en las periferias internas de los núcleos capitalistas–, puede abarcar
muchos activos: trabajo, tierra, energía, seres humanos con sus órganos y
capacidades reproductivas, etcétera. La lógica de la expropiación es que baja
los costos y aumenta las ganancias de la explotación, al obtener recursos
baratos y brindar medios de subsistencia a bajo costo. Al confiscar a los
sujetos dependientes puede explotar mejor a los trabajadores doblemente libres.
“Detrás de Mánchester está Mississippi”, sentencia Fraser. En este punto, la
política y la economía se entrecruzan para delimitar la línea de color, ya que
son los estados mismos los que confieren ciertos derechos a los trabajadores
libres y los niegan a los sujetos dependientes de las periferias. El sistema
internacional de estados, obviamente, hace su trabajo. Y así, el núcleo en la
geografía imperialista está ocupado por los trabajadores mayoritariamente
blancos mientras que la periferia es el mundo racializado de no-ciudadanos, de
sujetos dependientes. Fraser señala que esta situación también refleja
dinámicas de lucha diferentes, ya que en el núcleo los antiguos campesinos y
artesanos “se convirtieron en ciudadanos-trabajadores explotables a través de
procesos históricos de compromiso de clase, que canalizaron sus luchas por la
emancipación hacia sendas convergentes con los intereses del capital” (pp.
38-39). Los expropiados, en cambio, no llegaron a tal compromiso y fueron
aplastados sin compasión. Esta separación contribuyó a que “la marca de la
‘raza’ [se convirtiera en un] signo de violabilidad” (p. 40).
En este tramo del capítulo 2,
Fraser comienza a situar las contradicciones de trasfondo
(explotación-expropiación, en este caso) dentro de los cuatro regímenes
históricos de acumulación. En tiempos del capitalismo mercantil –entre los
siglos XVI y XVIII–, explica la autora, se produce la expropiación que
corresponde a lo que Marx llamó acumulación primitiva, esto es, la expropiación
violenta de “cuerpos, trabajo, tierra y riqueza mineral” tanto en Europa como
en América y África. En esta etapa, casi todos los trabajadores son
dependientes; aún no ha surgido masivamente el trabajador doblemente libre. En
la era de capitalismo liberal-colonial, las dos «equis» (expropiación y
explotación) se vuelven más distinguibles, con la gran industria, la
consolidación del proletariado industrial en el núcleo y la profundización de
la opresión, expropiación y racialización de la periferia. El mundo queda claramente
dividido entre los sujetos dependientes racializados de la periferia y el
trabajador “blanco” explotable del núcleo. En la era del capitalismo
administrado por el Estado, la combinación de las dos «equis» se torna más
profunda, especialmente con el sistema de pago diferencial a favor de los
blancos, es decir, con una escala salarial dual. En el núcleo, emerge el grupo
que es simplemente explotado, ya que no es expropiado (excepto quizá en parte
de las tareas de cuidado), mientras que la población racializada sigue siendo
expropiada y explotada. En la periferia, los estados poscoloniales mantienen
–con algunas excepciones– los procesos de expropiación pura. Lo novedoso, dice
Fraser, es el surgimiento de casos híbridos de explotación y expropiación, que
preanuncian lo que vendrá en la siguiente etapa del capitalismo.
En efecto, en el actual régimen
de capitalismo financiero (o financierizado, para ser literales), se expande el
híbrido expropiación/explotación y hay un cambio geográfico y demográfico de estos
fenómenos. La herramienta predilecta del nuevo sistema es la deuda o el
endeudamiento, de estados, comunidades y personas. En la periferia, las
poblaciones son expropiadas por nuevas deudas y apropiaciones forzosas; en el
centro, por la precarización del empleo que desprotege nuevamente las tareas de
cuidado, volcándolas otra vez sobre las familias, las comunidades y,
especialmente, las mujeres. Hay, dice Fraser, un “nueva lógica de subjetivación
política” y, en consecuencia, emerge “una nueva figura, formalmente libre, pero
agudamente vulnerable: el trabajador-ciudadano-expropiado-y-explotado”
(p. 49), que ya no está relegado a la periferia, sino que es norma
(racializada) en el régimen de acumulación financiera. Y si bien el borramiento
de la distinción expropiación-explotación pareciera brindar las condiciones
para poner fin al racismo, la concomitante inseguridad existencial masiva es
pasto para la ansiedad y la paranoia que –alentadas de diversas maneras–
exacerban el racismo. Frente a esto, cobra mayor relieve la disociación en las
luchas sociales. Para Fraser, “aquello que se entendía como lucha de clases
era demasiado fácilmente desconectado de las luchas contra el esclavismo, el
imperialismo y el racismo, cuando no dirigido directamente contra ellas” (pp.
49-50); y lo mismo ocurría con las luchas antirracistas, que a menudo
despreciaban las alianzas con las luchas laborales. La propuesta de Fraser, va
de suyo, es unificar las luchas de frontera en su totalidad, de manera que haya
alianzas que se opongan frontalmente al capitalismo en todos sus planos.
El capítulo 3 se centra en el
capitalismo como “tragador del cuidado” e inspecciona “por qué la reproducción
social es un enclave principal de la crisis capitalista”. El punto central aquí
es que el capitalismo se devora las actividades de cuidado –que mantienen
familias, comunidades, sostienen amistades, generan solidaridades, etc.– cuyo
fin último es reponer individuos de la especie, ahora y en las futuras
generaciones. El sistema capitalista se come las energías destinadas
precisamente a reemplazar los individuos que el mismo sistema consume. Y este
es un tema relativamente nuevo, eclipsado por el interés predominante en
aspectos económicos y ecológicos, dice Fraser. Hay un colapso del cuidado (care
crunch) debido a otra contradicción fundamental del capitalismo: la
reproducción social es una condición de trasfondo necesaria para la
acumulación, pero el sistema sólo se ocupa de consumirla y generar repetidas
crisis de cuidado. Aquí se expresa, una vez más, la tendencia inherente del
capitalismo a canibalizar las zonas más allá de lo económico, las zonas
no-económicas o no monetizadas que son condiciones de trasfondo para su
existencia. El capitalismo saca ventaja indebida de esas zonas, generando crisis
tras crisis. Como las tareas de cuidado han recaído históricamente sobre las
mujeres, Fraser advierte sobre la “nube de sentimientos” con que se ha
revestido esta tarea y las diversas invenciones de la femineidad que la
acompañaron. En general, se trata de un problema alojado en la frontera entre
la lógica de la producción y la reproducción.
Al historizar esta contradicción,
Fraser encuentra que, en el capitalismo mercantil, la reproducción social en la
zona núcleo estaba en manos de los mismos agentes que en la sociedad feudal:
las aldeas, los hogares y las redes familiares extensas, pero la conquista en
la periferia efectivamente destrozó estos lazos reproductivos (con sus
correspondientes y tempanas resistencias). Durante el capitalismo
liberal-colonial, mujeres y niños fueron arrastrados al trabajo industrial, con
la consecuente crisis de reposición de mano de obra y el escándalo moral de las
clases medias en torno a la disolución de las familias obreras y la
desexualización de las mujeres proletarias. Fraser subraya que Marx y Engels se
equivocaron al pensar que era el final de la familia trabajadora y el comienzo
de la libertad de las mujeres: en rigor, fue al revés, ya que el sistema
encontró formas de reconfigurar la familia y la dominación masculina. En el
núcleo europeo surgieron, entonces, mecanismos de protección de mujeres y
niños, que sirvieron para estabilizar el proceso reproductivo y “defender la
sociedad frente a la economía”, según la expresión de Karl Polanyi. Así, la
“amadecasificación” (housewifization) y la concepción de la mujer como
“ángel del hogar” vino a brindar cierta estabilidad que, por supuesto, no
alcanzaba a las mujeres pobres y racializadas que no tenían cómo cubrir las
exigencias de la familia victoriana. En la periferia, como siempre, no hubo
contemplaciones y continuó la depredación sin freno. El feminismo naciente se
encontró tironeado entre una protección social insuficiente y una tendencia a
la mercantilización del cuidado. La corriente emancipatoria que buscó superar esta
dicotomía no prosperó en ese momento.
Con la llegada del fordismo y el
capitalismo administrado por el Estado, en la segunda posguerra, las políticas
de bienestar social contribuyeron a proteger al capitalismo contra su propia
tendencia autodestructiva en términos de reproducción social y, a la vez, a
ahuyentar el fantasma de la revolución socialista. En muchos países, el Estado
se hizo cargo de proteger la reproducción y convertir a los hogares en sitios
de alto consumo de productos, con lo cual se dio una combinación de protección
y mercantilización. Si a esto se añade la ampliación de ciudadanía, se tiene un
compromiso de la clase trabajadora con el capital, un avance democrático, una
suerte de “edad dorada” que, lógicamente, funcionaba también sobre exclusiones.
Es que nunca se detuvo la expropiación en la periferia: el Norte Global se
benefició en términos de reproducción social a expensas del Sur Global, que
siguió proveyendo recursos y mano de obra expropiables. Pero las propias
limitaciones del Estado de Bienestar y el surgimiento de la Nueva Izquierda,
con su agenda emancipatoria en diversos ámbitos, pusieron en crisis el régimen
de posguerra y se dio paso al momento del capitalismo financiero. Entonces, se
retrajo la inversión pública en las tareas de cuidado, que volvieron a estar en
manos de familias y comunidades, y las familias se transformaron en espacios de
doble-ingreso (con suerte), que requerían trabajo precario para sostener la
reproducción social. Y en términos de luchas sociales, en este nuevo
escenario, se produce la “fatídica intersección de dos conjuntos de luchas” (p.
69): por un lado, el partido pro-mercado que buscaba la liberalización y
globalización económica; por otro, los nuevos movimientos sociales progresistas
con agendas contrarias a las jerarquías sexuales, raciales, religiosas,
étnicas, etcétera. De esta combinación surgió, alega Fraser, el “neoliberalismo
progresista, el cual celebra ‘la diversidad’, ‘la mertitocracia’ y ‘la
emancipación’ mientras desmantela las protecciones sociales y re-externaliza la
reproducción social. El efecto no sólo es el de abandonar a las poblaciones
indefensas frente las depredaciones del capital sino también el de redefinir la
emancipación en términos de mercado” (p. 69). Los movimientos emancipatorios,
desde los LGBTQ, ambientalistas, antifascistas y multiculturalistas, no fueron
siempre consecuentes y muchas veces prohijaron versiones afines al
neoliberalismo.
En el capítulo 4, Fraser se
concentra en explicar cómo la naturaleza está en las “fauces” del capitalismo y
cómo una ecopolítica necesita ser trans-ambientalista y anticapitalista. El
inicio de este tramo del libro es alentador: muchos movimientos sociales,
feministas, antirracistas, entre otros, están incorporando la cuestión
ambiental en sus reclamos. Hasta la socialdemocracia y sectores del populismo
(incluido el de derecha) se suman a la tendencia. La justicia ambiental está en
la cresta de la ola discursiva. En su análisis de la crisis ambiental, Fraser
apela a un argumento estructural, uno histórico y, finalmente, uno político. El
argumento estructural –sin negar que otros regímenes antiguos y contemporáneos
han sido poco amigables con la naturaleza– afirma que el capitalismo tiene una
tendencia inherente a generar crisis ambientales, ya que, como orden social
institucionalizado, parasita necesariamente los dominios no-económicos –la
infausta relación entre la economía y sus otros– y, entre ellos, la naturaleza
misma. Dice Fraser: “[m]ás que una relación con el trabajo, entonces, el
capital es también una relación con la naturaleza –una relación
caníbal y extractiva, la cual consume cada vez más valor biofísico para apilar
cada vez más ‘valor’, mientras descarta las ‘externalidades’ ecológicas” (p.
83). De este modo, como la naturaleza no puede renovarse ilimitadamente, el
capitalismo siempre está al borde de destruir sus propias condiciones
ecológicas de posibilidad.
En una formulación clave del
capítulo 4, Fraser afirma: “la sociedad capitalista hace que la
‘economía’ dependa de la ‘naturaleza’, mientras las divide ontológicamente.
Al exigir la máxima acumulación del valor, mientras define a la naturaleza como
algo que no forma parte de éste, tal arreglo programa a la economía para desconocer los
costos de reproducción ecológica que genera. Mientras esos costos aumentan
exponencialmente, el efecto es el de desestabilizar los
ecosistemas –y periódicamente alterar por completo el improvisado edificio de
la sociedad capitalista” (p. 84). Son las cuatro “D”: el capitalismo depende,
divide, desconoce y desestabiliza; es el Uróboro que se come su propia cola.
Por supuesto que Fraser no desconoce la existencia de agentes responsables de
todo esto, y por eso mismo enfatiza que las contradicciones reproductivas, de
cuidado, políticas y económicas están interrelacionadas y reclama una
ecopolítica anticapitalista. Asimismo, como en los capítulos previos, realiza
un sistemático trabajo conceptual –define a la naturaleza de tres maneras, las
cuales siempre están presentes– y ofrece una historización de regímenes de
acumulación socioecológica, en base a tres factores: método de extracción de
energía, de recursos y de disposición de residuos. El capitalismo mercantil
corresponde al momento del músculo animal; el capitalismo liberal-colonial al
domino del “rey carbón”; el capitalismo administrado por el Estado a la era del
automóvil; y el capitalismo financiero actual a los nuevos cercamientos
(derechos de propiedad y renovados extractivismos) sobre una naturaleza
financierizada.
Cómo el capitalismo hace una
carnicería con la democracia es el tema del capítulo 5. Tras denunciar el
politicismo de ciertas corrientes postestructuralistas y de la teoría
democrática, Fraser asevera que el capitalismo en todas sus formas siempre
contiene contradicciones que generan crisis políticas. Precisamente, el campo
de lo político, el de los poderes públicos, ha sido una de las condiciones de
posibilidad no-económicas que el propio capitalismo se ha ocupado y se ocupa de
desestabilizar, tanto a nivel de los estados nacionales como en el espacio
geopolítico global. Para Fraser, los poderes políticos son exteriores a la
economía capitalista, y la sociedad capitalista se esfuerza por profundizar
esta separación, haciendo que “lo económico sea no-político y lo político sea
no económico” (p. 121). Al repasar la historia de las crisis capitalistas en
función de los regímenes de acumulación, la autora encuentra una constante: la
puja por el trazado de límites entre los diversos dominios no económicos y la economía,
esto es, las denominadas “luchas de frontera”. En la etapa mercantil, dice la
autora, la separación entre economía y política era sólo parcial debido a la
injerencia del absolutismo sobre los procesos económicos; en la etapa de
liberal-colonial se entronizó el contrato y se clarificó la separación entre
dominios. La lucha de clases en el centro significó logros políticos para los
trabajadores, bajo la condición de que la democracia no se extendiera al lugar
de trabajo. Nada parecido ocurrió en la periferia, donde se mantuvo la
expoliación de las poblaciones subyugadas por el colonialismo. La conocida
crisis de este régimen, que dio paso al capitalismo administrado por el Estado,
implicó un poder público más activo para sostener las condiciones de trasfondo
de reproducción del capital, bajo la creciente hegemonía de Estados Unidos. La
“ciudadanía social” de esta etapa significó la domesticación de las tendencias
más disruptivas, ya que se tomaron medidas para incorporar “estratos
potencialmente revolucionarios, aumentando el valor de su ciudadanía y dándoles
participación [stake] en el sistema” (p. 127). Lo que no cambió, una vez
más, fue la expoliación de la periferia. Y en la etapa final, el capitalismo
financiero reformula la relación economía-política, asestando un doble golpe:
hace que las instituciones políticas sean incapaces de resolver los problemas
de los ciudadanos e independiza a las instituciones globales respecto de los
poderes públicos, en un proceso de des-democratización (que incluyó previamente
grandes derrotas de sindicatos y también de muchos estados que se vieron
compelidos a abandonar, por ejemplo, el control sobres sus monedas). Se
llega, in extremis, a una situación de “gobernanza sin gobierno, lo
cual significa dominación sin la hoja de higuera del consentimiento” (p. 130). En
la fase más reciente del régimen financiero, dice Fraser, se está observando
una crisis de la hegemonía neoliberal. La pérdida de capacidades políticas es
cuestionada por los populismos y las socialdemocracias, en un intento, aunque
con objetivos distintos, de recuperar algo del poder público. En este marco, no
puede dejar de señalarse que el populismo de derecha es una reacción frente a
la “impía alianza” de movimientos sociales ganados por el neoliberalismo para
formar el ya mencionado neoliberalismo progresista.
Por fin, en el capítulo 6, Fraser
afirma que, así como el capitalismo ha retornado al discurso político, lo mismo
ocurre con el socialismo, en el marco de la fractura hegemónica neoliberal. Por
eso mismo, así como aboga por una concepción ampliada del capitalismo, propone
también una concepción ampliada del socialismo, que integre la dimensión
económica con las dimensiones no-económicas, como la reproducción, el cuidado,
la ecología y los poderes públicos. El capitalismo es injusto, irracional y
antidemocrático: el socialismo debe superarlo, siendo justo, racional y
democrático en todas las dimensiones relevantes. Debe ser “un nuevo orden
social que supere no ‘sólo’ la dominación de clase sino también las asimetrías
de género y sexo, la opresión racial/étnica/imperial, y la dominación política
en todos los ámbitos” (p. 151), asumiendo tres tareas fundamentales: redefinir
los límites de los diversos dominios sociales (fijando nuevas prioridades y
creando nuevos diseños institucionales); determinar qué hacer con el excedente
(si es que ha de haber alguno y, si lo hay, cuán grande ha de ser), sabiendo
que a futuro habrá que pagar las cuentas que deja impagas el capitalismo; y
acordar qué espacio darle al mercado (su respuesta es: sin mercado en
la cima, sin mercado en la base, pero quizá algo en el medio; esto es, el
mercado se permite sólo luego de que se determina la asignación macro del
excedente y se asegura la provisión para las necesidades básicas). En suma, el
socialismo “debe convertirse en el nombre de una alternativa genuina al sistema
que está destruyendo el planeta y frustrando nuestras posibilidades de vivir
bien, en libertad y democracia” (p. 157). Más aún, arenga Fraser, “ya es hora
de resolver cómo matar de hambre a la bestia y poner fin de una vez por todas
al capitalismo caníbal” (p. 165).
Fernando Lizárraga
Etiquetas: acumulación originaria del capital, capitalismo y catástrofe, free jazz, Kalewche, nada mas práctico que una buena teoría
miércoles, enero 04, 2023
Kalewche: Especial 100 años de fascismo
A fines del año pasado fui invitado por los compañeros de Kalewche a colaborar en un dossier sobre fascismo.
A continuación los dejo con la introducción, y el texto aportado. El dossier completo puede ser visto AQUÍ. Por cierto, el fascista chileno Pedro Kunstmann, líder de los social-patriotas, señaló que este texto era una basura "brutalmente tendenciosa". ¡Bien!
En los últimos años, el fascismo parece haberse tornado omnipresente. Se habla de neofascismo, de posfascismo; y se discute interminablemente si Trump, Bolsonaro, Putin, Orban o Meloni son fascistas en algún sentido. Dentro de este dossier ofrecemos tres análisis de distinto tipo sobre el fenómeno. En “La sombra del fascismo”, nuestro compañero Ariel Petruccelli explora algunos costados –usualmente poco atendidos– de lo que podríamos llamar la deriva autoritaria o potencialmente fascistizante de la cultura política contemporánea. En el segundo texto, originalmente publicado por el Centro de Investigación Periodística (CIPER) de Chile el 8 de noviembre, Gonzalo Bustamante explora la vigencia del fascismo italiano a cien años de la Marcha sobre Roma (27-29 de octubre de 1922). Cerramos este dossier con un escrito de Julio Cortés Morales, que es una versión algo más extensa –generosamente facilitada por el autor– de un artículo suyo que vio la luz aquí, bajo el título “Un siglo de fascismo (1922-2022): ¿el retorno de lo reprimido?”.
1922-2022: EL RETORNO DE LO
REPRIMIDO
A cien años de la “Marcha sobre
Roma”, una admiradora de Mussolini encabeza el nuevo gobierno italiano. Contra
todos los pronósticos, Bolsonaro llega a disputar con Lula la segunda vuelta
presidencial en Brasil y pierde, pero por menos del 2% de los votos y quedando
su sector muy bien representado en el Congreso y las gobernaciones. El fantasma
de la extrema derecha y los nuevos fascismos recorre el mundo, mientras en
Chile la revancha «facho pobre» en el plebiscito de salida de la nueva
Constitución frustró los planes del progresismo y una santa jauría de
intelectuales se dedica a diagnosticar y perseguir al «octubrismo» como único
vestigio del espíritu de la revuelta chilena del 2019.
Este texto pretende dar luces
sobre estos fenómenos, claramente interconectados, respetando en principio el
temario de la ponencia presentada en un coloquio del 28 y 29 de abril de 2022.1
1. A pesar del uso
generalizado del adjetivo «fascista», un siglo después de la aparición
del fascismo histórico aún no existe mucha claridad sobre sus
principales rasgos definitorios. A pesar de la abundante producción literaria
en torno al tema, y a los mínimos consensos a los que han llegado los
estudiosos del fascismo, en el lenguaje usual «fascista» designa cualquier
forma de adhesión a un vagamente definido autoritarismo, totalitarismo o
nacionalismo. Incluso es posible detectar que se califica de fascista a
cualquiera que sostenga posiciones radicales en alguna materia, tal como cuando
se tilda de «feminazis» a las feministas radicales, o cuando se equipara a la
ultraizquierda con una forma de fascismo. Peor aún, la guerra en Ucrania nos
muestra un curioso ejemplo: mientras los opositores a la operación especial
rusa tratan a Putin de fascista, el líder ruso justifica su acción como una
cruzada para la «desnazificación» de Ucrania.
2. En mi trabajo
asumo, por un lado, que el fascismo no es eterno (como deducen muchos en base a
un conocido discurso de Umberto Eco en 1995 sobre el ur-fascismus):
como todo fenómeno social y político, el fascismo debe ser entendido como un
producto específico de su tiempo, que fue el de la derrota de las revoluciones
proletarias y la crisis del Estado liberal.2
De ahí la importancia de seguir
estudiando el surgimiento de la ideología y los movimientos fascistas, que
desde el Círculo Proudhon en Francia (1911), la Konservative Revolution alemana
y la recepción nacionalista radical de las ideas de Jorge Sorel, hasta el
triunfo de Mussolini y Hitler, la conformación del Movimiento Nacional-Socialista
de Chile y el surgimiento del peronismo argentino, nos revela la existencia de
un verdadero campo político e ideológico al que se bautizó con el nombre de su
versión italiana; pero que, mientras más examinamos ese momento, más aparece
como una heterogénea y muy diversa cantidad de formas y expresiones. Por eso
algunos expertos como Roger Griffin han acuñado el concepto de “fascismo
genérico”, donde se incluyen distintas formas de “ultranacionalismo populista y
palingenésico”.
3. Por otra parte, si
bien me parece erróneo e inexacto atribuir características de eternidad al
fascismo o entenderlo como “encarnación del Mal absoluto” o “brotación de lo
siniestro” (Oporto, 2015), creo que es posible apreciar un error simétrico en
las versiones «excepcionalistas» que intentan acotar la existencia de
movimientos y regímenes fascistas al período de entreguerras, declarando su
muerte definitiva en 1945.
El fascismo no ha abandonado la
escena como muchos creían. Después de 1945, nuevas formas de movimientos y
regímenes, desde los explícitamente neofascistas (como el Movimiento Social
Italiano en que militaba la adolescente Giorgia Meloni o el tremendamente
exitoso Frente Nacional de los Le Pen en Francia) hasta las dictaduras
latinoamericanas de los sesenta a los ochenta, han seguido expresando un
«espíritu fascista» que no siempre logra aplicar un nuevo régimen fascista,
pero cuya importancia en la conservación, reproducción y transformación de la
dominación capitalista no podría ser ignorada.
Además de los movimientos y
regímenes fascistas de ayer y de hoy, también es posible constatar que ciertas
características del fascismo histórico después de 1945 y luego de 1968 se han
incorporado al funcionamiento habitual de las democracias capitalistas
occidentales, donde ya no existe una distinción clara entre biopolítica y
tanatopolítica, estado de derecho y estados de excepción.
Ya en 1967 Debord decía que algo
del fascismo habría sobrevivido en el espectáculo triunfante, por haber sido
una de las fuerzas contrarrevolucionarias que liquidaron al viejo movimiento
obrero3. El mismo año, Adorno había dicho en una conferencia que “en
todo momento siguen vivas las condiciones sociales que determinan el fascismo”.
En un texto reciente, Lazzarato
(2020) destaca la profunda vinculación entre neoliberalismo y nuevas formas de
fascismo que se instalan como una respuesta contrarrevolucionaria al movimiento
de 1968, cumpliendo la función de «violencia fundadora» del neoliberalismo.
A partir de la crisis del 2008,
los nuevos movimientos fascistas emergen haciendo ocupación del terreno
abandonado por la izquierda (la lucha de clases), dándole un giro nacionalista
y reaccionario. Esa es la base real del actual crecimiento espectacular, y
hasta ahora imparable, de la nueva ultraderecha.
4. Con todo, la
definición a efectos taxonómicos de un «fascismo genérico», si bien nos permite
identificar las diferentes ramas de la gran familia fascista, no debería
hacernos pasar por alto sus enormes diferencias y contradicciones internas,
como tampoco la posibilidad de que, a partir de una matriz en los fascismos del
siglo XX, hoy en día varios movimientos estén derivando o mutando en
direcciones múltiples e impredecibles que aún no podemos ponderar muy bien.
Baste con considerar las derivas cuasi-izquierdistas del sector histórico de
la Nouvelle Droite de Alain de Benoist, el atractivo que
ejercen las teorías del fascista eurasiático Dugin sobre ciertos sectores de la
izquierda nacional-popular que, más que anticapitalista, es anti-EE.UU.; o el
surgimiento del etnocacerismo peruano con su programa de
racismo cobrizo que, bajo el liderazgo de Antauro Humala, bien podría calificar
de «fascismo andino decolonial».
En Chile, a una hasta hace poco
reducida familia de pinochetistas despistados (puesto que la dictadura fue
neoliberal y no nacional-corporativista), más algunos residuos
nacional-sindicalistas, pandillas de skinheads y hitleristas
esotéricospublicando revistas como Ciudad de los Césares, se han
agregado nuevas camadas como los social-patriotas de Pedro Kunstmann, Sebastián
Izquierdo y Capitalismo Revolucionario, el «Team Patriota» de
Pancho Malo, el Partido Republicano, sectores «tercerposicionistas» como el
diputado Rivas o provenientes del «fascismo agrario» del APRA como la diputada
Naveillán, ambos integrados al Partido de la Gente; e incluso duginistas como
el Círculo Patriótico Chile (Praxis Patria)4, abarcando así un
amplio espectro de posiciones neo y posfascistas, de derecha, izquierda y
«ni-ni» (ni de derecha ni de izquierda).
Como lo expresó Diego Luis
Sanromán en su tesis doctoral sobre la Nueva Derecha, “el gen fascista
ha mutado y en ocasiones no es fácil identificarlo”. Y si de entrada
este objeto de estudio ha resultado siempre confuso por lo flexible y
contradictorio de su discurso, hoy en día la complejidad se agudiza
adicionalmente por efecto de 50 años de «contrarrevolución neoliberal», que ha
logrado prácticamente borrar la memoria histórica de las revoluciones y luchas
proletarias contra las cuales el fascismo histórico surgió, y sin consideración
a las cuales no se comprende ni el tipo ni la magnitud de la tarea que cumplen
el fascismo y el «populismo de derechas» en la salvación del orden social del
capital.
5. Una dificultad
recurrente para identificar las formas actuales en que se expresa y ha mutado
este gen, es que, tal como dijo Mark Fisher, “el fascismo posmoderno es un
fascismo negado”, que sigue una estrategia de “rechazar la identificación
prosiguiendo con el programa político”, adaptándolo a las condiciones del siglo
XXI (Fisher, 2006).
La negación de la identidad o del
origen fascista es una consecuencia inevitable del estrés postraumático de
masas e intergeneracional que se produjo después de 1945 (Griffin, 2022). Pero
el procesamiento de dicha experiencia traumática corre a cuenta de la
democracia liberal. Así, resulta funcional a una visión deshistorizada del
fascismo la tendencia a entenderlo como parte de la más amplia familia del
totalitarismo, como una malévola aberración histórica, expresión de una lucha
eterna entre el bien y el mal, que es la visión que acompaña el mega-relato de
los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
En este discurso, que podríamos
denominar como «el antifascismo de los liberales», no se problematiza la
violencia fundadora del capitalismo mismo, ni las numerosas masacres cometidas
por cada Estado de su propio bando en tiempos de paz, ni los crímenes de guerra
de los Aliados, como las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. No: el
fascismo sólo sería imputable a lo que Popper llamó los «enemigos de la
sociedad abierta».
Inevitablemente, esta mirada
excepcionalista, liberal y moralista del fascismo alimenta el mito y la
identificación profunda de sucesivas camadas de neofascistas con aquello que
«el sistema» presenta como el Mal absoluto. Mientras ninguna corriente política
(liberalismo, anarquismo, socialismo) se entiende a sí misma como «eterna», los
integrantes de CasaPound Italia, una red de okupas en
versión contracultural de ultraderecha, se autoproclaman orgullosamente
“fascistas del tercer milenio”.
Como recalca Emilio Gentile, “la
tesis del eterno retorno del fascismo puede favorecer la fascinación por el
fascismo de los jóvenes que poco o nada saben del fascismo histórico, pero se
dejan sugestionar por su visión mítica, que se vería agigantada ulteriormente
por la presunta eternidad del fascismo”, sintiéndose orgullosos de formar parte
de “un movimiento al que un gran intelectual antifascista le ha atribuido
eternidad, aunque lo haya hecho metafóricamente y para condenarlo” (Gentile,
2019: 12).
Deshistorizar el fascismo ayuda a
mitificarlo: en tanto máquina de producción mitológica, es precisamente en ese
nivel donde el fascismo se siente más a gusto y extrae toda su fuerza.
6. Historizar el
fascismo consiste en desmitificarlo para tratar de comprender las razones
objetivas y materiales de su surgimiento y las funciones objetivas y subjetivas
que cumple en la guerra de clases. En esa tarea también es necesario estudiar
la ideología fascista y sus distintas metamorfosis y modulaciones. Que el
fascismo histórico siempre haya sido más un movimiento práctico que una
elaboración teórica (existieron los fascios como forma
organizativa desde mucho antes que se empezara a hablar de «fascismo») no
impide reconocer la importancia que tuvo y sigue teniendo en su existencia la
dimensión propagandística e ideológica, medida y clave de su éxito, antes que
la forma característica de «partido-milicia» con que hizo su espectacular
aparición hace un siglo.
Una gran debilidad de la mirada
izquierdista en relación al fascismo, probablemente fruto de la contaminación
con la perspectiva demoliberal, es que tiende a verlo como una expresión
monolítica: un solo gran «nazifascismo» que produce y practica una forma
estática de pensamiento único. Nada más alejado de la realidad. Desde sus
inicios, el fascismo es una «ideología fuzzy» (Eco, 1995), capaz de
digerir y amalgamar todo tipo de influencias, desde Sorel y el sindicalismo
revolucionario al anarcoindividualismo, de Stirner y Nietzsche al futurismo y
el nihilismo. Pero como dijo Adorno en la ya aludida conferencia de 1967, no
debemos subestimar estos movimientos por su “ínfimo nivel intelectual” y “falta
de teorización”. Muy por el contrario, su éxito depende precisamente de la
extrema flexibilidad y capacidad parasitaria de su ideología.
7. Tal como ocurre
con el concepto de anarquía, que significa algo bien diferente para los
anarquistas que para el resto del mundo, captar la complejidad y especificidad
del fascismo requiere estudiar la manera en que es entendido por los propios
fascistas.
Así, la obra de Julius Evola
resulta bastante interesante, en tanto conceptualiza y observa al fascismo
desde la derecha tradicionalista. Una de las diferencias principales de Evola
con el régimen fascista italiano era que el denominado “mago negro del
fascismo” rechazaba la religión judeocristiana y reivindicaba un “imperialismo
pagano” ario y nórdico, incompatible con el catolicismo. Estas posiciones,
publicadas en títulos como Imperialismo pagano (1938) y Rebelión
contra el mundo moderno (1934), mientras era consejero de Mussolini en
materia de “romanidad”, le causaron serios problemas al régimen con una
indignada Iglesia Católica, que no vaciló en denunciar a Evola –que durante los
años veinte, en tanto poeta, había pululado por el dadaísmo y las vanguardias
para luego fundar el grupo esotérico UR– como un instrumento de Satanás. Cuando
el régimen se orientó hacia el catolicismo, Evola fundó la revista La
Torre, en cuyo n° 1, de febrero de 1930, afirmó: “Nosotros no hacemos
política… defendemos ideas y principios. En la medida en que el fascismo siga y
defienda tales principios, en esa misma medida nosotros podemos considerarnos
fascistas. Y nada más”.
En Biología del fascismo,
un detallado y certero análisis realizado en 1925, Mariátegui distingue un
“ultrafascismo” –que va “del fascismo rasista o escuadrista de
Farinacci al fascismo integralista de Michele Bianchi y Curzio Suckert”–, y una
tendencia moderada, conservadora, “que no reniega del liberalismo ni del
Renacimiento, que trabaja por la normalización del fascismo y que pugna por
encarrilar el gobierno de Mussolini dentro de una legalidad burocrática”. Más
aún, el marxista peruano señala que el fascismo no se debe a Mussolini sino que
todo lo contrario, y que si bien D’Annunzio no puede ser considerado un
fascista, el fascismo en cambio sí que se basa en la experiencia de Fiume y es
íntegramente d´annunziano5.
Lo anterior nos lleva a entender
–como hace el fascista italiano Giorgio Locchi en un homenaje a su
correligionario Adriano Romualdi, muerto en 1973– que “el fascismo pertenece a
un campo, opuesto a otro campo, el igualitarista, al cual pertenecen democracia,
liberalismo, socialismo, comunismo. Es este concepto de campo lo que permite
captar la esencia del Fascismo, del mismo modo que permite captar la esencia de
todas las expresiones del igualitarismo” (Locchi, s/f).
Para este jurista italiano que
por un tiempo fue compañero de ruta del grupo GRECE y la Nouvelle
Droite francesa, un rasgo definitorio de todo movimiento fascista es
la concepción tridimensional del tiempo, que le permite afirmarse “como
conservador (o reaccionario) y simultáneamente revolucionario (o progresista)”.
Pero dentro de este campo existe espacio para una diversidad de posturas: “en
el seno de un mismo movimiento fascista, personalidades de primer nivel
expresan y defienden filosofías y teorías bastante diferentes, a menudo poco
conciliables entre ellas e incluso opuestas”. A modo de ejemplo, “la filosofía
de un Gentile no tiene nada en común con la de Evola; Baumler y Krieck,
filósofos y catedráticos, eran nacionalsocialistas y nietzscheanos, pero el
nacionalsocialista Rosenberg, en cambio, criticaba duramente aspectos
destacados del pensamiento de Nietzsche” (ibid.). Los movimientos
fascistas de la primera mitad del siglo serían, para Locchi, “la expresión
política, inmediata e instintiva, de un nuevo sentimiento del mundo que circula
por Europa a partir ya de la segunda mitad del siglo XIX”. Este sentimiento era
el de “vivir un momento de trágica emergencia”, y por eso los fascistas “se
precipitan a la acción obedeciendo a este sentimiento; se movilizan
políticamente pero, al contrario que otros partidos y movimientos, no hacen
referencia a alguna concreta filosofía o teoría política y asumen más bien casi
siempre un comportamiento antiintelectualista” (ibid.).
8. La identificación
de los viejos y nuevos fascismos con la «extrema derecha» es, en nuestro
tiempo, casi automática.
Y si bien es cierto que
–siguiendo el esquema de Bobbio (1997)–, al ser al mismo tiempo radicalmente
anti-igualitario y autoritario, el fascismo debería ser ubicado en ese extremo
de la díada derecha/izquierda, no podemos pasar por alto que: a) el
fascismo histórico no se presenta inmediatamente como conservador/reaccionario,
sino como revolucionario e incluso anticapitalista; b) el
fascismo histórico y varios neo y posfascismos hasta el día de hoy declaran
obsoleta la distinción derecha/izquierda, cuando no asumen abiertamente estar
“más allá de izquierdas y derechas” (como Alain de Benoist, que en otros
momentos ha declarado sentirse “de derechas y también de izquierdas”, o Diego
Fusaro que reivindica “ideas de izquierda y valores de derecha”) o defienden un
“pensamiento transversal” que integra diversos elementos procedentes de las
distintas corrientes «antisistémicas»; c) desde hace al menos
cien años han existido corrientes nacional-revolucionarias que han mirado con
simpatía a la Unión Soviética, o que propusieron híbridos como el
«nacional-bolchevismo» de Niekisch (retomado en los noventa en Rusia por
Limonov y Dugin), y diversas formas de «fascismos de izquierda».
Esto, que es una realidad
histórica irrefutable, no hace ningún sentido en las mentes de los
izquierdistas promedio, que no pueden imaginar un fascismo que no sea «de
derechas», cuando en rigor la asociación más fuerte entre derecha y fascismo se
produjo después de 1945, cuando las escasas formaciones neofascistas existentes
se situaron contra la URSS y el comunismo en el escenario de la Guerra Fría.
Hoy en día, no resulta nada casual que la extrema derecha aparezca
geopolíticamente dividida entre los apoyos a Ucrania y Rusia, y que a pesar de
la fuerte presencia de agrupaciones neonazis como el movimiento Azov en
Ucrania, la mayoría de los neo y posfascistas actuales apoyen a Putin6.
9. Como señala el
barón Julius Evola, tradicionalista esotérico al que Bobbio calificó como un
“completo delirante” e “intelectual de medio pelo”, antes de la creación del
régimen demoliberal y su sistema de partidos el concepto de derecha no
tenía mucho sentido, pues lo que existía en el Antiguo Régimen era un partido
de gobierno y una oposición que actuaba “dentro del sistema” sin aspirar a
cambiarlo radicalmente. Luego de 1789, la derecha se constituye como la
antítesis de las posiciones de la izquierda.
Nunca está de más recordar que el
origen histórico de la distinción/oposición entre derecha e izquierda estuvo en
la ubicación espacial de los delegados con diferentes orientaciones doctrinales
y de clase en la Asamblea Nacional Constituyente de 1789, durante la primera
fase de la Revolución Francesa. En esa ocasión, al debatir sobre el rol de la
autoridad real frente al poder de la asamblea popular constituyente, los
delegados que eran partidarios del veto real (en general, miembros de la
aristocracia o el clero) se ubicaron a la derecha del
presidente, por ser el espacio tradicionalmente usado como lugar de honor, tal
como se dice de Jesucristo que estaría sentado “a la derecha del Dios padre”.
Por el contrario, quienes se oponían al poder de veto del rey se ubicaron a
la izquierda, y se designaron a sí mismos como «patriotas».
Algo que uno suele olvidar es que
la derecha tradicionalista y aristocrática es antiburguesa y puede presentarse
incluso como “anticapitalista” (si por capitalismo entendemos su fase o faceta
liberal). Por eso, para Evola, que como él mismo anuncia observa al
fascismo desde la derecha o más allá del fascismo,
a mediados de los 60 no existía ya una “Derecha auténtica”, con D mayúscula,
opuesta a la llamada “derecha económica” o burguesa, que incluiría a la
“derecha liberal”: un contrasentido para los tradicionalistas que creen en una
derecha “depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del
‘Estado verdadero’”, con valores centrales superiores a la oposición entre
partidos, “según la superioridad comprendida en el concepto mismo de autoridad
o soberanía tomada en su sentido más completo” (Evola, 1964).
10. Desde 1789 hasta
ahora, la dicotomía derecha/izquierda subsiste, dado que es útil para señalar
amigos y enemigos en la arena política, pero esta permanencia no ha sido
estática, sino que muy dinámica. Así, la burguesía revolucionaria y patriota
que hace 230 años se sentaba a la izquierda pasó a ser luego de centro, o de
derecha liberal, y terminó aliándose con la derecha conservadora cuando se tuvo
que enfrentar al surgimiento de una izquierda socialista obrera y popular.
La cuestión de la vigencia u
obsolescencia de la división derecha/izquierda ha sido constantemente abordada
por Alain de Benoist, fundador del GRECE7 y principal teórico
de la llamada Nouvelle Droite.
Exponiendo en detalle la
evolución de su pensamiento, Sanromán destaca que, para De Benoist en 1994, los
tres debates históricos en que se manifestó la oposición entre derecha e
izquierda, y que entiende ya obsoletos en ese momento, fueron: a) la cuestión
de las instituciones, que enfrentó a los partidarios de la República con
los defensores de la Monarquía (constitucional o de derecho divino); b) la cuestión
religiosa, en que los partidarios de una “concepción ‘clerical’ del orden
social” se oponen a los que “abogan por una visión laica de la justicia y el
Estado; c) la cuestión social, que es el tercer y
último debate, centrado en la discusión sobre “el papel del Estado en la
regulación de la actividad económica y en el problema de la redistribución de
la riqueza”. Así, para De Benoist, a partir de la revolución soviética, ser
políticamente de izquierdas “no es ya solamente ser republicano (puesto que
todo el mundo es republicano), ni siquiera es ser laico (puesto que ya hay
católicos de izquierda). Es ser socialista o comunista” (citado por Sanromán,
2008: 173).
Con la desaparición del «bloque
socialista» a inicios de los 90, la dicotomía izquierda/derecha vuelve a mutar,
generando un cierto consenso en la gestión del poder político por parte de
derechas e izquierdas moderadas que aceptan administrar el modelo neoliberal
renunciando a la idea misma de un cambio social profundo, lo que por un lado
tiende disolver los antiguos límites entre ambos polos, y por otro genera un
terreno de indistinción que trata de ser aprovechado por nuevos fascismos y
nuevas formas de ultraderecha que han aparecido con fuerza desde la crisis del
2008, conquistando importantes cuotas de poder político y social.
11. La nueva oleada
de extrema derecha, que se expresa desde 2008 cada vez con más fuerza, causa
bastante confusión y debates. Para algunos, se trata sencillamente del viejo
fascismo bajo nuevos ropajes, o de mutaciones y adaptaciones del gen fascista
que se presenta de nuevas formas, más o menos diferentes y desplazándose en
direcciones que aún cuesta reconocer (eso es lo que intenta designar la
etiqueta de «posfascismo», tal como la explica Enzo Traverso). En la medida que
estas «nuevas derechas» son ultranacionalistas y xenófobas, no es difícil reconocer
el gen fascista. Pero también existen otras dimensiones del fenómeno que
cuadran mejor en la etiqueta de los populismos o de la «derecha radical», que
según varios expertos sería al menos respetuosa de las formas de la democracia,
lo cual las alejaría de la tentación extremista propia de la ultraderecha
«antisistémica».
Expertos como Steven Forti (2021)
llaman a no confundir todo este fenómeno con una nueva forma de fascismo,
puesto que, en primer lugar, se trataría de un reduccionismo que no nos permite
entender la complejidad de estos fenómenos en lo que tienen de realmente
nuevos; y en segundo lugar, porque etiquetar de «fascistas» a todos los que
votan por Trump, Bolsonaro, Le Pen o Meloni es contraproducente, pues puede
impulsar y reforzar la identificación de una gran cantidad de gente hacia las
expresiones más virulentas y peligrosas de la actual «derecha alternativa».
Pero como ha dicho hace poco Enzo
Traverso (2019), partidario en general de un uso acotado del concepto fascismo,
“el posfascismo está creciendo en todas partes y no sabemos el desenlace de su
proliferación”. Si bien “podría mantenerse en el marco de la democracia
liberal, también podría experimentar una nueva radicalización, especialmente en
el caso de un colapso de la Unión Europea, que es uno de sus objetivos”. Las
premisas de ambos desarrollos ya existen, así que de producirse la segunda
opción “nos veríamos compelidos a reconocer que el fascismo no fue un
paréntesis del siglo XX”, pasando así a ser un “concepto transhistórico”.
En Chile se podría decir lo
mismo: tratar de «fachos pobres» al 40% que vota por Kast o al 62% que votó
Rechazo en el plebiscito de salida de la nueva Constitución no sólo dice más
acerca del carácter cuico progre de quien formula el insulto,
sino que no nos ayuda para nada a tratar de entender con qué factores sociales
y culturales, objetivos y subjetivos, está conectando este verdadero «retorno
de lo reprimido», que a la vez que es un efecto de cincuenta años de
contrarrevolución posmoderna y neoliberal, es una horrible anticipación de un
futuro que ya está ante nuestros ojos y frente al cual sólo podemos por ahora
oponer algo de lucidez y conciencia histórica, como parte de las tareas mínimas
de lo que alguna vez Walter Benjamin designó como la “organización del
pesimismo”.
12. Hace casi un
siglo, José Carlos Mariátegui, en su Biología del fascismo, oponía
el misticismo revolucionario de los comunistas al misticismo reaccionario de
los fascistas, y concluía que “la batalla final no se librará, por esto, entre
el fascismo y la democracia”. Poco después de eso, Walter Benjamin oponía la
“politización del arte” (comunismo) a la “estetización de la política”
(fascismo). Hoy en día, como señala el subtítulo del ya referido libro de
Lazzarato, la lucha debería plantearse abiertamente como lo que es, en estos
términos: fascismo o revolución.
Julio Cortés Morales
NOTAS
1 En aquella
ocasión, la ponencia se tituló “1922-2022: ¿Al fascismo sabremos vencer?”.
Decidí modificar el subtítulo, pues en esta ocasión, a diferencia de en la
ponencia, no me referiré a la cuestión del antifascismo.
2 Cuando en 1938, al decir de Trotski, “las condiciones ya
maduras para la revolución proletaria se comienzan a pudrir”. En ese momento la
suerte ya estaba echada en España, el estalinismo había ahogado las
perspectivas revolucionarias en varios momentos decisivos y se venía encima una
nueva guerra mundial: la “medianoche del siglo”, en palabras de Victor Serge.
3 Ver la tesis 109 de La sociedad del espectáculo.
4 Este grupo llamó a votar por el estalinista Eduardo Artés en
las elecciones del 2021. Tratan de diferenciarse de lo que llaman
«rancionalismo» (el nacionalismo rancio de grupos nacionalistas reaccionarios)
y de los «patriotas» de la derecha pinochetista, y reivindican en cambio a Raúl
Pellegrin y al Frente Patriótico Manuel Rodríguez en su intento fallido de
ajusticiar a Pinochet en septiembre de 1986, pues “con máxima entrega por la
liberación de la patria, toman en sus manos las armas con las que iban a dar
fin a quienes traicionaron sus juramentos, y que saquearon, torturaron al Chile
auténtico; obrero y campesino”. El 4 de octubre del 2022 realizaron una
entrevista virtual con el «marxista hegeliano» Carlos Pérez Soto.
5 El 12 de septiembre de 1919, el poeta D´Annunzio invadió con
una pequeña columna rebelde la ciudad adriática de Fiume (perteneciente a la
actual Croacia, en ese entonces Yugoslavia). Esta experiencia fue mirada con
simpatía por Gramsci, y Lenin estuvo a punto de responder el telegrama enviado
por el poeta, evitando finalmente hacerlo para no incomodar a los socialistas
italianos. Bordiga, en un informe a la Internacional Comunista, señala que en
el momento más difícil el movimiento fascista “halló un apoyo en la expedición
de D’Annunzio a Fiume, de la que sacó una cierta fuerza moral”, pues “en esa
época se inicia su organización y su fuerza armada, aunque el movimiento de
D´Annunzio y el fascismo sean cosas distintas” (Bordiga, 1922).
6 En el caso chileno, confluyen en dicho apoyo a Rusia “contra
el orden globalista neoliberal” desde la revista Ciudad de los
Césares al Movimiento Social Patriota y los ya referidos duginistas de
Praxis Patria.
7 Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización
Europea. Fundado en 1968. Sus principales publicaciones fueron Nouvelle
École y Eléments. Véase https://www.revue-elements.com/tag/nouvelle-droite/
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