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miércoles, febrero 19, 2025

TRUMP, THOMPSON Y PIÑERA COMO PERSONIFICACIONES DEL CAPITAL 

 


I.-

DONALD TRUMP

To trump significa vencer, superar, abrumar, pero el sustantivo trump también significa pedo, pedo apestoso” (Franco “Bifo” Berardi).

Para este especial F.O.R.B.E.S. pensé escribir algo sobre Trump el apestoso, aprovechando lo que dijo Bifo en vísperas de la elección en que el “hombre pedo” aplastó sin dificultades a Kamala Harris. No es por casualidad que el sitio FORBES.cl se promocione como: “Noticias de negocios y estilo de vida para los líderes de Chile”; esos líderes están disponibles para hacer América, Argentina o Chile grandes de nuevo, en sintonía con su héroe Donald Trump.

Su prepotente figura de viejo de mierda resulta un desagradable dato de la realidad que nos obliga a preguntarnos sobre la relación entre el Capital como algo impersonal (la relación social capitalista), y su encarnación en personajes que como el difunto Piñera o Elon Musk parecen personificar el espíritu del capitalismo en monstruosas personas de carne, hueso y botox, respecto a las cuales es difícil no pensar con horror, y cuyas imágenes mediáticas me hacen siempre recordar el grito de Johnny Rotten en 1977 diciendo de la Reina de Inglaterra que “¡Ella no es un ser humano!” (1).

En “Querida arma humeante” (2) el italiano  Bifo nos recuerda que Félix Guattari en un texto fechado en 1989 (para muchos, “el 68 al revés”) ya describía las aventuras mercantiles de hombres como el Peo Apestoso (3) “que se apoderan de barrios enteros de Nueva York, de Atlantic City, etcétera, para ‘renovarlos’, en cuyo proceso aumentan los alquileres y expulsan de paso a miles de familias pobres, cuya inmensa mayoría se halla condenada a perder su hogar, siendo este caso el equivalente, a nuestros efectos, al de los peces muertos de la ecología medioambiental” (Les trois écologies (4)).

Apenas me empezó a quedar claro que Kamala Harris y el partido demócrata estaban haciendo todo lo posible por perder esta elección, recordé no a Guattari sino que a Mark Fisher, que alcanzó a presenciar el primer triunfo de Trump en el 2016, y se refirió al fenómeno esbozando una explicación en las últimas clases que estaba dando ese fin de año y de las que sólo alcanzó a completar 5 de 15. Las clases fueron desgrabadas y editadas en español por Caja Negra, bajo el título de Deseo Postcapitalista. Las últimas clases (5).

Por desgracia, Mark falleció a inicios del 2017, tras no recibir atención médica oportuna durante una crisis depresiva. La clase 7, que no alcanzó a hacer, iba a tratar sobre “La destrucción del socialismo democrático y los orígenes del neoliberalismo: el caso de Chile”. Como en cada sesión, Mark escogía dos textos para que el alumnado los leyera previamente y algunxs voluntarixs los comentaran al inicio de la clase. Los de la clase sobre la contrarrevolución chilena de 1973 eran un capítulo de La doctrina del shock, de Naomi Klein, y otro del libro Revolucionarios cibernéticos, de Éden Medina, centrada en el proyecto Synco de la Unidad Popular, escrito en inglés y editado en español por LOM el 2013.

En sintonía con su texto inconcluso Comunismo ácido, Fisher entendía la revuelta global desatada a partir de 1968 como la irrupción de una verdadera interseccionalidad a partir de la lucha de clases, que se expresa sobre todo en una contracultura que aún nos fascina, y que la izquierda tradicional no supo valorar ni menos potenciar (6). Fisher se pregunta: “¿Por qué todavía nos importan los sesenta? ¿Por qué deben importarnos los sesenta? ¿Por qué nos acechan en el nivel de la iconografía y por qué persisten sus formas culturales?”. Y responde en voz alta: “Diría que tiene que ver con los deseos no realizados que eran inherentes a esas formas y a los que esas formas todavía les hablan…No me gusta esta expresión, ‘hablarle a’…Mejor dicho: los deseos no realizados para los cuales esas formas culturales todavía son relevantes” (Clase 2: “Una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”: la bohemia contracultural como prefiguración).

En la Clase 4 (“Poder sindical y poder del alma”) Fisher y sus alumnxs se dedican a aplicar los conceptos lukácsianos sobre clase y conciencia de clase estudiados en la clase anterior al contexto del escenario abierto en 1968, cuya expresión más álgida se da en el tipo de lucha “interseccional” desarrollado en Italia y Estados Unidos, en que por un breve momento la lucha de clases se unió a las luchas basadas en el género y la raza, alcanzando una inusitada intensidad. Fisher sitúa en ese momento, inicios de los setenta, la irrupción de lo que denomina la “clase trabajadora reaccionaria”, que le dio el triunfo a Nixon cuando los sindicatos norteamericanos le dieron la espalda a la contracultura y la Nueva Izquierda. 

Esta clase fue efectuada el 28 de noviembre de 2016. 20 días antes Trump había derrotado a su rival Hillary Clinton (apoyada por el grueso de la “izquierda progresista” o “woke”), y ese dato hace a Fisher afirmar una tesis muy interesante: Si después de la contrarrevolución neoliberal iniciada en Chile en 1973 y extendida al resto de occidente -aunque no siempre usando tanta violencia directa- la interseccionalidad excluyó su dimensión de clase, pasando a centrarse en lo que ahora llamamos “política de las identidades” (precisamente una característica definitoria de la izquierda posmoderna), lo que se estaría viendo entonces con el triunfo de Trump era ni más ni menos que “el retorno de la clase”, pero precisamente de esa clase trabajadora reaccionaria, sin conciencia de clase.

Así la paradoja es que Trump “fuera capaz de jugar la carta de la clase (de manera grotesca, en más de un sentido)”:

“¿Cómo podría hablar de clase un  millonario como él? Bah, es multimillonario, ¿no? Lo que sea, Trump es un desarrollador inmobiliario, alguien que heredó su dinero; no es que se haya hecho desde abajo… ¿Cómo podría un desarrollador inmobiliario multimillonario ser un ventrílocuo verosímil de las preocupaciones y angustias, de la subjetividad de los miembros de la clase trabajadora? Es una buena pregunta, pero el hecho es que logró serlo”.

Una posible explicación que arriesga Fisher en ese momento es “fantasmática”: la supresión de la conciencia de clase opera en parte “a través del reclutamiento fantasioso de los subordinados en la identificación con una carrera”, y cita un artículo del Harvard Business Review según el cual “muchos miembros de la clase trabajadora están resentidos con los profesionales -abogados, médicos, profesores, etc.- pero se identifican con los ricos”. Esta operación funciona en parte porque “se alienta a las personas a creer que ya son ricas, solo que aún no tienen dinero (…) No es que sea una tara de su parte, o una ilusión. Se los alienta a esta identificación”.

En otras palabras, estamos acá frente al problema de lo que en Chile suele denominarse “facho pobre”, que en el fondo remite a la aguda observación de Wilhelm Reich en 1933, cuando hizo ver a la izquierda que el fascismo no se le impone a la gente, sino que hay un momento en que la gente “desea el fascismo”.    

Mi impresión es que tras la derrota nunca asumida de Trump a manos de Biden, con el consiguiente intento de sus partidarios de impedir el cambio de mando asaltando el capitolio a inicios del 2021, y el despliegue abiertamente guerrerista de Biden/Harris en el plano internacional, incluyendo su entusiasta apoyo al genocidio sionista en Gaza, todo estaba servido para la inevitable segunda venida de Trump, que logró de una manera aún más contundente que en el 2016 captar el apoyo popular a su figura y la de los multimillonarios con que ha llenado su gabinete. El resentimiento anti-profesional de la clase trabajadora reaccionaria/facho pobre tiene a la izquierda “woke” en su peor momento, representando casi exclusivamente a elites con buena formación académica, en una redefinición de la clásica dicotomía izquierda/derecha en que ahora es la nueva extrema derecha y no la izquierda quien mejor capta y representa los deseos y el resentimiento de los sectores populares. 

En este sentido, además de tener en cuenta a W. Reich y su “Psicología de masas del fascismo” (1933), debemos recordar el análisis que en su momento hiciera Georges Bataille.

En “La estructura psicológica del fascismo” (también de 1933 (7) Bataille realiza una distinción entre la parte homogénea de la sociedad: su parte productiva o útil, de la cual “cualquier elemento inútil está excluido”, aunque “no de la sociedad total, sino de su parte homogénea”, y las “fuerzas heterogéneas”, que son “elementos imposibles de asimilar” (violencia, delirio, desmesura, locura), siendo excluidas incluso del campo de la atención científica. Este proceso de exclusión de los elementos heterogéneos por la parte homogénea de la conciencia “recuerda de una manera formal la de los elementos descritos (por el psicoanálisis) como inconscientes, que la censura excluye del yo consciente”.  Pese a esta censura o represión, “los elementos heterogéneos provocan reacciones afectivas de intensidad variable, según las personas”, pues “a veces hay atracción y otras repulsión, y todo objeto de repulsión puede convertirse en determinadas circunstancias en objeto de atracción, y viceversa”.

Como ejemplo de elementos heterogéneos Bataille incluye “sin lugar a dudas” a los líderes fascistas: “enfrentados a los políticos demócratas, que representan en los diferentes países la banalidad homogénea, Mussolini o Hitler aparecen inmediatamente, a bulto, como enteramente distintos”. Es más, “sean cuales fueren los sentimientos que provoca su existencia actual en tanto que agentes políticos de la evolución, es imposible no tener conciencia de la fuerza que les sitúa por encima de los hombres, de los partidos e incluso de las leyes”.

Tal vez ahí está una de las claves para entender este segundo triunfo inapelable de Donald Trump. Heterogeneidad, resentimiento, identificación.

II.-

BRIAN THOMPSON

“Golpear a uno para educar a cien” (Brigadas Rojas).

Di por concluidas las reflexiones sobre Donald Trump apenas supe de un acontecimiento imprevisto que capturó la imaginación de muchxs. La primera semana de diciembre nos enteramos de la noticia del atentado a balazos en Estados Unidos contra un ejecutivo de la industria de los seguros de salud: Brian Thompson, de 50 años de edad, director ejecutivo de UnitedHealthcare, compañía filial del grupo controlador de Isapres Banmédica y Vida Tres en Chile.

La consigna de las Brigate Rosse vino a mi mente cuando leí que varias empresas habían eliminado de sus páginas web los nombres de los ejecutivos, y al ver que varias autoridades gringas se mostraban indignadas por el hecho de que muchas personas no sólo no se apenaran sino que se alegraran abiertamente por la ejecución de este agente del Capital. En pocos días, nos enteramos de que es un CEO, y supimos que la consternación por el hecho se vio acotada a los pares del finado, es decir, gerentes y miembros de la clase empresarial. BBC informó acerca de “Cómo el asesinato en Nueva York de Brian Thompson, director de la mayor aseguradora de EE.UU., revela la ira contra el sistema de salud privado”.

De acuerdo al Network Contagion Research Institute de las diez publicaciones más populares en X que mencionan a Thompson o UnitedHealth, seis de ellas eran publicaciones que apoyaban implícita o explícitamente el asesinato o criticaban a Thompson: “Algunas resaltaron comentarios que pedían más asesinatos de directores ejecutivos y una guerra de clases;  un investigador del instituto dijo que el asesinato fue enmarcado como "un golpe inicial en una guerra de clases" y que los elogios por el asesinato vinieron de todo el espectro político. Después de la muerte de Thompson, la empresa matriz de UnitedHealthcare, UnitedHealth Group, publicó una declaración en Facebook detallando la muerte y sus condolencias oficiales. Aunque la sección de comentarios de la publicación fue desactivada, aproximadamente 90.000 usuarios de Facebook respondieron a la publicación con una reacción "Jaja" (o "riendo") con solo 2.200 reacciones "Triste" al 6 de diciembre”.

Los medios ahora informan con fingida sorpresa acerca de “la oscura fascinación que despierta el acusado del asesinato del director de la mayor aseguradora sanitaria de EE.UU.”. No lo señalan en ninguno de sus reportajes, pero la solidaridad con acción del acusado Luigi Mangione nos remite a los tiempos de los buenos y viejos magnicidios y tiranicidios, que siempre gozaron de una amplia simpatía popular e incluso de justificaciones morales y jurídicas en el Derecho antiguo. En el escrito que Mangione portaba al ser detenido en un MacDonalds decía “Estos parásitos se lo merecían”.

Pero si menos del 2,4% de los usuarios de Facebook que opinaron sobre el evento lo lamentaron, ¿cómo se puede explicar a la abrumadora mayoría de casi 98% que lo celebraba? ¿Conciencia de clase o resentimiento? Tal vez la situación de la salud privada en EE.UU. y el gran malestar que genera en la población explican esta reacción anti-elite que se da al mismo tiempo que el candidato ganador, Trump, con la ayuda de Elon Musk, repleta de multimillonarios su gabinete.

Thompson no era exactamente un miembro de la clase capitalista, sino una especie de profesional dedicado a la administración del capital en uno de los sectores más inútiles y obscenos del sistema actual: la industria que lucra con la enfermedad y la muerte de los seres humanos proletarizados en una época en que no hay conciencia de clase entre los de abajo y la guerra de clases suele asestar golpes exclusivamente desde arriba. Por eso sería necesario ver a Thompson y otros agentes como un apéndice humano del Capital, un enemigo sin duda alguna, un soldado de su numeroso ejército de capataces y gestores, pero no al Capital en sí mismo, que según Marx es un vampiro de trabajo muerto alimentándose de trabajo vivo.

Esta precisión es importante para no darle más espacio a formas populistas de anti-elitismo fascistizante,  cuyo anticapitalismo selectivo (como el viejo “socialismo para imbéciles” que prontamente derivó en socialismo nacional y nacional socialismo) es incapaz de apuntar a la superación de la totalidad de la relación social capitalista, para entretenernos en cambio con el odio a categorías completas de personas de carne y hueso que en cada momento son identificadas como “parasitarias” y enemigas de la nación o el pueblo, y que llegado el caso siempre es posible usar como chivos expiatorios para ejercer una violencia sacrificial que jamás cuestione al capitalismo mismo.

Nancy Fraser ha explicado que el populismo de derechas y el de izquierda tienen elementos comunes y diferencias. Así, “ambos brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes”. Pero “en el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el 1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo”. En cambio, “el populismo de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que ‘nos roba lo que es nuestro’. En el populismo de derecha, al ‘pueblo’ lo conforman quienes están atrapados en el medio. Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías sexuales, etc.”.

A su vez, “el populismo de derecha define al enemigo en términos concretos, identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones identitarias concretas que definen una categoría de persona —el enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas”. Por el contrario, “el populismo de izquierda como mucho define las características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la función que ocupa en el sistema”. El problema es que cuando desde la izquierda se apunta a ‘Wall Street’, “históricamente la frase puede desplazarse hacia los banqueros judíos”, porque en verdad “no hay una barrera absoluta entre los dos populismos” (8).

Fraser agrega que desde su punto de vista “la identificación del mundo de las finanzas con ‘el sistema’ es correcta”, pues “hoy existe una forma de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante, muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores”. Y podemos agregar que justo aquí reside el riesgo de resurgimiento de formas ya clásicas de confusionismo fascista, que al criticar al sistema capitalista sólo por su componente “parasitario” hacen posible pasar por anticapitalismo sus soluciones autoritarias y posiciones racistas (hoy en día más culturales que biológicas).

Un buen ejemplo de este oportunismo es el inflado filósofo italiano Diego Fusaro, que según informa su editorial en Chile “se considera discípulo de Hegel, Marx, Gramsci y Gentile (9)”, y que publica tanto en la prensa del grupo abiertamente fascista CasaPound, como en editoriales españolas “de izquierda” tales como El Viejo Topo. En “Lucha de clases en el siglo XXI. El señor globalista contra el siervo nacional-populista” Fusaro se esfuerza en presentar sus posiciones neofascistas usando una jerga marxiana e incluso pontificando con “la sociedad del espectáculo”, pero centrándose siempre en la crítica a los “parásitos”, a “la nueva alquimia bancaria, que cambia el papel impreso en oro”, calificándola como una “segunda acumulación originaria, de matriz financiera”. En esta configuración que asumiría hoy en día la lucha de clases, mientras la “elite globalista” que está arriba tendría valores de izquierda (globalismo, libertinismo, radicalismo libertario, eliminación de fronteras) e ideas de derecha (competitivismo, desregulación, privatización, despolitización), el siervo nacional-popular, desde abajo, “debería serle antitético, asumiendo valores de derecha (arraigamiento, patria, honor, lealtad, trascendencia, familia, eticidad) e ideas de izquierda (emancipación, derechos sociales, igual libertad material y formal, dignidad del trabajo, socialismo democrático en la producción y en la distribución)” (10).

O sea, el fascista Fusaro en el fondo está proponiendo esta indigesta ensalada como la fórmula actualizada de “Tercera posición” para el siglo XXI.  Al igual que pasa con Aleksander Dugin, estas palabras son especialmente aptas para seducir a izquierdistas “realistas”, necesitados de “enemigos concretos”.

III.-

SEBASTIÁN PIÑERA

“Yo me muero como viví” (El necio, Silvio Rodríguez)

En su momento, el odio a Piñera concentró el grueso de la energía movilizada en la revuelta de octubre.

Se le insultaba de una manera muy significativa. El “hit del verano” 2020 rezaba así: “Piñera conchetumadre, asesino, igual que Pinochet”.

Como yo lo veo, en Chile le decimos “conchetumadre” (o en las redes: “ctm”) a alguien de quien desearíamos que no existiera. Ese es el sentido sublimado y profundo de la expresión “ándate a la concha de tu madre”. Al revés de lo que cree el macho chileno tradicional, no es un insulto a la madre, sino un deseo de aniquilación total, planteado radicalmente como para decir: “desaparece”, “vete por donde viniste”.

El canto, que se escuchó masivamente no sólo en las calles, sino que incluso de forma atronadora en la versión de ese año del Festival de Viña del Mar, que por primera vez en su historia contó con barricadas y enfrentamientos entre manifestantes y carabineros en las inmediaciones de la Quinta Vergara, el Hotel O´Higgins y el centro de Viña, decía en su conclusión -tras el insulto más fuerte de nuestra jerga (“ctm”)- que, al igual que Pinochet, Piñera era un asesino.

Esta verdad es innegable y no se nos puede olvidar: el 20 de octubre de 2019 el empresario-presidente Piñera le declaró la guerra al pueblo por cadena nacional. Los militares y policías lo escucharon, y actuaron en consecuencia. Esa intervención fue determinante como origen directo de las muertes y mutilaciones que ensangrentaron las calles en esos días de revuelta, cuyos patrones de conducta policial/militar ciertamente demuestran un nivel de sistematicidad en su accionar. Por eso era totalmente legítimo, justo y necesario, coronar la insurrección erótica derrocándolo. Y por es que Boric cometió un acto criminal al evitar esa consumación natural de la revuelta mediante el acto de estampar su firma a título individual en el documento en que se consagró el acuerdo de toda la clase política esa madrugada del viernes 15 de noviembre.

Pero la afirmación de la equivalencia entre Pinochet y Piñera, entre la violencia represiva de la dictadura militar y de la democracia capitalista, que es en esencia correcta, se ha prestado también para lecturas bastante erróneas en las filas de la izquierda realmente existente.

Mucha gente de izquierda que no ha hecho la crítica de la democracia necesitó decir que Piñera era un dictador, para así poder combatirlo digamos “democráticamente”, perdiendo de vista que el régimen de los 30 años se salvó en el momento más terrible apelando a la negociación parlamentaria y no a la declaración de un nuevo estado de excepción. Es como si la burguesía hubiera rectificado la historia, y en esta ocasión nos derrotaran no con tanques sino que con negociaciones y urnas: la contrarrevolución democrática-institucional, que tras una “vuelta larga” con dos procesos constituyentes fracasados nos dejó más o menos donde mismo estábamos antes del 18 de octubre de 2019.

La mirada izquierdista nostálgica ni siquiera es capaz de entender bien la especificidad del momento represivo utilizado para enfrentar la revuelta. Muchxs sostienen que la represión “fue igual que en dictadura”, perdiendo de vista que en esta ocasión no necesitaron romper del todo con las reglas procedimentales de la democracia, y que el aparato represivo del Estado no necesitaba desarticular a partidos y estructuras clandestinas como en los 70 sino que a una insurrección acéfala. La situación se parecía un poco más a las jornadas de protesta nacional de los 80, pero acá no hubo ni MIR ni FPMR, y tampoco CNI o DINA. La forma específica que asumió la represión del escenario inédito que era una insurrección generalizada y permanente en todo el país fue el uso de la mutilación masiva mediante el armamento “menos letal” de Carabineros de Chile.  

En fin, más allá del análisis de las formas represivas, quiero destacar que el odio a Piñera tenía un doble motivo: además de su odiada gestión política en tanto Presidente, se le odiaba también como ricachón o “piraña”, pues en tanto empresario siempre jugó al límite de la delincuencia. Con motivo de las filtraciones wikileaks en 2010, pudimos saber que de acuerdo a informes de la Embajada de EE.UU. en Chile “Piñera maneja la política y sus negocios al límite de la ética y la ley". O sea, teníamos en él a un “innovador” puro y duro de acuerdo a la tipología de las adaptaciones con que Robert Merton intentó explicar el “comportamiento desviado”: para acceder a las metas u objetivos culturales (prestigio, estatus, riqueza) se saltó siempre los medios institucionalizados (legítimos o lícitos) (11), y en la medida que lograba el éxito económico, nadie le reprochó mucho más después del famoso escándalo del Banco de Talca en los 80. En definitiva, como señala Merton, “la admiración expresada a menudo en privado y a veces en público hacia estos individuos ‘astutos, vivos y prósperos’ es producto de una estructura cultural en que el objetivo sacrosanto justifica virtualmente todos los medios”. 

Por lo anterior es que resulta bastante ambigua una consigna usual en el estallido, que vi hace poco grafiteada en una pared que quedó como recuerdo de esos días de rebelión: “Evade como Piñera”. Esta invitación a evadir el pago del transporte público imitando las “transgresiones” del empresario/presidente puede ser leída como humorística, pero en rigor me temo que está operando ahí también una bastante neoliberal mezcla de resentimiento e identificación.

La muerte de Piñera fue el mejor resumen de su vida: tras insistir en pilotear un helicóptero para un viaje de pocos minutos entre el fundo de un amigo y el suyo propio, a pesar de las advertencias sobre las malas condiciones climáticas, cayó sobre las aguas del Lago Ranco para salir de ahí muerto por asfixia por inmersión. A diferencia de la leyenda que trataron de crear sus cercanos, no salvó a nadie diciendo “salten ustedes primero” ni mucho menos. No tuvo tiempo para nada de eso, y sus últimas palabras al parecer fueron: “¿Qué pasó?”.

En fin: Murió como vivió. Y tuvo mucha suerte pues se mató solo, cuando todo indica que estuvo muy cerca de haber matado también a sus tres acompañantes. Como se dijo en esos días, las aguas del lago resultaron milagrosas pues esta verdadera encarnación humana del Capital que era Piñera “entró como delincuente y salió como un santo”.

Para concluir, solo diré que las personificaciones del capital y el poder tienen un indudable valor como imágenes movilizadoras en contra de “los de arriba”. Por eso la acción de Luigi Mangione ha suscitado tanta admiración y apoyo, y por eso fue posible movilizarse contra Pinochet en los 90 y contra Piñera en el 2019. Pero la lucha anticapitalista no puede conformarse con la idea de que “bastará con derrocar al gobierno capitalista y poner otro en su lugar” (Rosa Luxemburgo (12)), ni limitarse a “conquistar los símbolos del poder” y a derribar cabezas como en un tiro al blanco. 

Luchar contra el capital es luchar por otras formas de vida.



(3) Quedará para otra ocasión explorar por qué de entre todos los países hispanohablantes la lengua chilena es al parecer la única en que a esta expresión se le extirpa la letra d, quedando sencillamente en “peo”, una expresión que si bien no es considerada muy elegante, todo el mundo emplea cuando se refiere al lanzamiento de gases, o en derivaciones como “irse a puro salto y peo” o cuando se califica algo como “al peo”. En países cercanos como Argentina y Uruguay “estar en pedo” designa la borrachera etílica. Para otras expresiones derivadas, consultar el https://diccionariochileno.cl/ Y para una interesante exploración de la “obsesión excrementicia” y la doble acepción original de la escatología (proveniente de éskhata y skatós) consultar la presentación de Oyarzún a los “Poemas sucios” de Swift (Jonathan Swift, Tulipas radiantes. Una introducción a la escatología. Ensayo de presentación, traducción y notas de Pablo Oyarzún R., LOM, 2016).

(4) Bajo el mismo nombre de Las tres ecologías existe una conferencia en Chile el 24 de mayo de 1991 incluida en su momento en El devenir de la subjetividad (1998) y actualmente en el volumen titulado Las luchas del deseo. Capitalismo, territorio, ecología, de Pólvora editorial, 2020, Colección puntos singulares, dirigida por Cristóbal Durán. En esta versión no se menciona a Trump al describir los procesos de gentrificación urbana.

(5) Editado en el 2024 y que ya va en su segunda edición. Alguien debería liberar el pdf.

(6) Muy ilustrativo de este desencuentro es lo que contó el poeta norteamericano Allen Ginsberg en una entrevista del año 1973 con la revista Gay Sunshine, cuando explica que entre las razones por las que fue expulsado durante una visita a Cuba en 1965 estuvo el haber propuesto a la cúpula del partido hacer las gestiones necesarias para que los Beatles tocaran en la isla. La respuesta que obtuvo de Haydée Santamaría fue: “No tienen ideología; tratamos de construir una revolución con ideología”. Sumado a su defensa de la marihuana y la homosexualidad, además de señalar públicamente que “había rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era guapo”, el desencuentro le costó la expulsión de la isla, siendo sacado a la fuerza del Hotel en que se encontraba ante la mirada atónita del poeta chileno Nicanor Parra. Lo que le hizo concluir a Ginsberg que la ideología a la que se refería Santamaria era “la ideología de una burocracia policial que persigue a los maricas”.   

(7) Publicado en 1933 en “La Critique sociale”. Incluido en: Obras escogidas, Barcelona, Barral, 1974. 

(9) Notable mescolanza: Giovanni Gentile fue “el filósofo” del fascismo italiano.

(11) Diego Fusaro, Lucha de clases en el siglo XXI. El señor globalista contra el siervo nacional-populista, Ediciones Ignacio Carrera Pinto, 2021.

(11) Robert K. Merton, Estructura social y anomia: revisión y ampliación (1949). En Fromm, Horkheimer, Parsons y otros, La familia. Introducción de Ralph Linton, Ediciones Península, 1970.

(12) Citada por Furio Jesi, Spartakus. Simbología de la revuelta, Adriana Hidalgo editora, 2014.

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jueves, agosto 24, 2023

Lanzamiento "La religión de la muerte": capítulo sobre Umberto Eco y el fascismo eterno 



Umberto Eco y el ur-fascismo (o “fascismo eterno”)

Con la intención positiva de estar alertas frente a un posible resurgimiento del fascismo, algunos intelectuales como Umberto Eco han llegado a hablar de un ur-fascismo o “fascismo eterno” (1), que siempre “puede volver de nuevo bajo las vestiduras más inocentes” y por eso “nuestro deber es desenmascararlo y señalar con el dedo cada una de sus nuevas formas –cada día, en cada rincón del mundo-”.

Emilio Gentile ha reaccionado con fuerza en contra de esta interpretación, que para él tendría el notorio y muy adverso efecto de otorgarle al fascismo el don de la inmortalidad, a diferencia de cualquier otra posición o ideología política. En efecto, a nadie se le ocurriría hablar de un liberalismo, un trotskismo, socialcristianismo o anarcosindicalismo eternos, pero gracias a la afirmación de Eco cualquier neofascista podría sentirse orgulloso de unirse a la única expresión política que existiría desde siempre, trascendiendo a todos los acontecimientos, modas sociopolíticas y demás vaivenes de la historia. El “fascismo eterno” sería no sólo un “enemigo poderoso” sino que más bien absolutamente invencible, que existe desde y para siempre, profundamente enraizado en la naturaleza humana.

De todos modos, a pesar de las críticas a la “eternidad” del fascismo, cabe destacar que incluso Enzo Traverso, partidario en general de un uso acotado del concepto, afirmó en el 2019 que “el posfascismo está creciendo en todas partes y no sabemos el desenlace de su proliferación”, y que “podría mantenerse en el marco de la democracia liberal, pero también podría experimentar una nueva radicalización, especialmente en el caso de un colapso de la Unión Europea, que es uno de sus objetivos”. Las premisas de ambos desarrollos ya existen, así que de producirse la segunda opción “nos veríamos compelidos a reconocer que el fascismo no fue un paréntesis del siglo XX”, pasando así a ser un “concepto transhistórico” (2).

Por de pronto, Traverso reitera a propósito del actual ascenso de las “derechas radicales” en varios países que “el concepto de fascismo parece a la vez inapropiado e indispensable para comprender esta nueva realidad”, y esa es la razón por la que “el concepto de posfascismo se corresponde con este paso transicional” (3).

Leyendo el texto de Eco -que contiene recoge su intervención en la Universidad Columbia en abril de 1995, conmemorando el cincuentenario de la “liberación” de Europa-, tengo la impresión de que la crítica de Gentile es algo excesiva, pues más que sostener la “eternidad” del fenómeno fascista lo que el autor intenta hacer es identificar algunos “arquetipos” que nos sirvan como indicadores o señales de la presencia de alguna forma de fascismo. Dentro de ellos señala el vínculo entre culto a la tradición y sincretismo ideológico, e identifica en su rechazo de la modernidad (aunque no necesariamente de la técnica) el elemento que le permite al fascismo camuflarse de anticapitalista, en base a una supuesta crítica radical del modo de vida capitalista, que constituye en realidad una reacción anti-ilustrada e irracionalista, en contra del espíritu de 1789, descalificado como el origen del “liberalismo”. 

Otro rasgo que activaría la alerta de Eco -y que se encuentran muy presente en la alt-right norteamericana y otras formas de nueva extrema derecha en Chile y el mundo, incluyendo al Partido Republicano de Kast y toda la autodenominada “fachósfera” que pulula a su alrededor-, es la obsesión por el complot, sobre todo si este alcanza una dimensión internacional.

A esto debemos agregar algo que Eco en 1995 no podía aún imaginar: la difusión de diversas “teorías conspirativas” a través de las redes sociales, logrando intoxicarlas de fake news, creando trending topics, y dando desde internet la “batalla cultural” contra el globalismo marxista y/o liberal. Las versiones más conocidas de estas teorías del complot han sido QAnon en Estados Unidos, y la de la “revolución molecular disipada” dada a conocer desde Chile por Alexis López Tapia (4) y divulgándola incluso entre las fuerzas armadas de Colombia justo antes del estallido social ocurrido en ese país desde abril del 2021.

López Tapia tuvo un enorme minuto de fama luego de la insurrección colombiana, puesto que no sólo suministró argumentos a los represores para no dudar en aplastarla implacablemente, sino que su teoría fue referida en un polémico tuit por el ex presidente Álvaro Uribe. En brevísimos cinco puntos el derechista Uribe resumía la situación y terminaba señalando: “Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa”, y pedía fortalecer a las Fuerzas Armadas cuando ya habían asesinado a más de 24 manifestantes. Gracias a la visibilidad así adquirida muchos analistas dentro y fuera de Chile se volcaron a analizar la particular lectura del concepto de “revolución molecular” de Félix Guattari, y la adaptación con el agregado “disipada” que realiza López.

Hay que señalar que en Chile el ex Ministro Mañalich ya había revelado a mediados del 2020 que estaba leyendo a Guattari para entender el estallido social y el control de la pandemia (5). Desde Europa Franco Berardi, que conoció bien a Guattari y su obra, destruyó de manera fulminante la versión de Uribe y de López (a quien trata de “pobre diablo”):

“La revolución molecular no tiene absolutamente nada que ver con una táctica de combate. Esto no quiere decir que Félix Guattari estuviera desinteresado del combate y la táctica, pero el concepto de revolución molecular se refiere justamente a lo contrario de la táctica. Cuando se habla de revolución molecular, se habla, de hecho, de un proceso que no puede estar dirigido ni programado, ya que no es un efecto de la voluntad racional, sino justamente una expresión del Inconsciente, del deseo que no tiene nada que ver con las formas políticas establecidas ni con la astucia de algún marxista oculto en algún sitio en el bosque” (6).

Posteriormente se supo que la teoría de López gozó también de mucha popularidad en la Inteligencia de Carabineros. Un reportaje de Victor Herrero en Interferencia señala que a fines del 2019 Luigi Lopresti, jefe de la DIPOLCAR, “insistía en que la explicación de todo lo que estaba ocurriendo en las calles y plazas del país encontraba una respuesta coherente en una teoría del neonazi chileno Alexis López Tapia”, y que “durante varias semanas de fines de 2019 e inicios de 2020, Lopresti ordenó poner las cerca de 15 láminas del PPT que resumía la teoría de López en una pared de las oficinas de la Dipolcar” (7). El documento en cuestión, titulado “Crónica del octubre rojo” vino a conocerse recién a fines de septiembre de 2022, cuando los hacktivistas de Guacamaya liberaron miles de documentos y correos electrónicos del Estado Mayor Conjunto de la Defensa de Chile. Adjunto a un correo cuyo mensaje decía “Perro imprime esto para el teniente porfa” (sic) se encuentra un texto de 36 páginas firmado por López el 8 de noviembre de 2019, anunciando una segunda parte en desarrollo. Lo más llamativo es que además de una cronología de los hechos que llevaron “de la evasión a la insurrección” se interpolan análisis que atribuyen la responsabilidad de estos hechos al filósofo francés Gilles Deleuze (fallecido en 1995), el grupo Tiqqun/Comité Invisible, algunos chavistas venezolanos, el anarquismo insurreccionalista y los ecoextremistas. La Revolución Molecular Disipada sería un “modelo insurreccional” que avanza a través de las fases de Escalamiento, Copamiento y Saturación. Los grafitis en las paredes son en realidad “órdenes de combate” para una “acción revolucionaria horizontal”, y para estos estrategas “es imprescindible que ocurran violaciones a los DDHH”, las que deben ser alegadas para debilitar la “autoridad moral del Estado para imponer el orden” e inhibir el “pleno uso de sus capacidades materiales” por parte de las fuerzas de orden y seguridad” (8). Esta “teoría” es bastante práctica y revela una vez más la profunda simbiosis entre fascistas y aparatos represivos: en Colombia estos últimos no se “inhibieron”, resultando más de 42 civiles muertos (9).



NOTAS al pie:

 1.- Aunque la expresión “ur” designa, más que la eternidad, el estado original o primitivo de un fenómeno u objeto.

 2.- Enzo Traverso, “Postfascismo. Fascismo como concepto transhistórico”. Viento Sur, 3 de diciembre de 2019.

3.- Ibid.

4.- Que ya no se define como nacional-socialista sino que como socialista-nacional, lo cual es equivalente de a que uno diga que no es anarcocomunista sino que comunista anárquico. Cabe destacar que hacia 1993 Hans Magnus Enzensberger había hablado de la “guerra civil molecular” como un nuevo tipo de conflicto que empezaría a darse en las metrópolis.

5.- Así, fuera de los papers científicos, por estos días el doctor busca respuestas en el libro La revolución molecular, del fallecido filósofo y psicoanalista francés Félix Guattari. Allí, en los 70, por primera vez se plantea que las revoluciones venideras no serán con líderes a la cabeza, o en dos bandos como se planteó la Guerra Fría, sino que, desde las bases, distintos colectivos, y a raíz del malestar cotidiano. Quizás, allí -sostiene Mañalich- pudiera estar una de las claves para el éxito del manejo de la pandemia”. En: https://www.latercera.com/la-tercera-domingo/noticia/manalich-sus-dias-mas-grises-en-la-pandemia/2CWTM4K2BBDRRHJDUG2NLI7DSU/   

6.- Franco Berardi, ¡VIVA LA REVUELTA ANTI-FINA(N)ZISTA DE LXS COLOMBIANXS! Pero esto no tiene mucho que ver con la revolución molecular. Lobo Suelto, 16 de mayo de 2021.

7.- https://interferencia.cl/articulos/la-silenciosa-estrategia-del-general-lopresti-jefe-de-la-dipolcar-para-socavar-al-gobierno

8.- Alexis López Tapia, Crónica del octubre rojo, 2019.

9.-https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Fallecidos_durante_las_protestas_en_Colombia_de_2021

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jueves, enero 12, 2023

Neofascismo tropical 



Sobre la rebelión bolsonarista en Brasil  y los acontecimientos del domingo pasado, escribí una columna para CIPER:

Amenaza golpista en Brasil: Bannon, Bolsonaro y el "gen fascista":

La oleada actual de ascenso de la extrema derecha en el mundo, iniciada tras la crisis financiera de 2008 y que tuvo como hitos las victorias del Brexit y de Trump en el 2016, ha ofrecido algunas figuras fascinantes que han oficiado de gurús de esta nueva forma de populismo que a falta de un mejor nombre varios califican de «posfascista» [ver columna previa del autor, en CIPER-Opinión 17.11.2022].

Entre ellos, además de personajes como el ruso Aleksandr Dugin y el francés Alain De Benoist, el norteamericano Steve Bannon, mano derecha de Trump en su campaña del 2016, destaca sobre todo por su excentricidad y capacidad articuladora de un movimiento nacional-populista a nivel internacional. Bannon estuvo al mando de Breitbart News, sitio de noticias que en coordinación con la firma británica privada de datos digitales Cambridge Analytica consiguió hace unos años aprovechar la web y las redes sociales como caja de resonancia de posiciones nacionalistas blancas de extrema derecha, a través de un creativo uso de fake-news, ataques personales a diversas figuras de la izquierda liberal y el masivo uso de la información personal de sus usuarios suministrada por Facebook. Cabe agregar que el mismo Bannon ha dicho en una entrevista reciente que fueron Bolsonaro en Brasil y Salvini en Italia quienes le aportaron a la llamada alt-right (derecha alternativa) norteamericana varias lecciones sobre el uso de redes sociales para atraer multitudes casi sin gastar dinero.

El antiglobalismo de los movimientos nacionalistas hace en principio difícil la colaboración internacional, pero Bannon ha decidido asumir el complejo desafío de tejer sistemáticamente redes entre distintos líderes y movimientos, sobre la base de tres ejes que ha definido como: soberanía, fronteras y migración. Se ha convertido así en un asesor internacional de poderosas figuras, mucho más allá de Donald Trump: Giorgia Meloni, en Italia; Marine Le Pe, en Francia; Jair Bolsonaro, en Brasil; Mauricio Macri, en Argentina; los neofascistas Demócratas, de Suecia (actualmente en el gobierno); el partido Vox, en España; y el ultraconservador Victor Orbán, en Hungría, lo han escuchado con atención y respeto. Hay quienes, incluso, han sugerido su presencia tras la campaña del Rechazo en Chile, al menos en el plebiscito de entrada [ver entrevista de Rodrigo Pulgar (Krypto)].

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Después un compañero me envió este otro análisis, realmente interesante y muy crítico con las posiciones de la izquierda tradicional:

Notas sobre la Extrema derecha insurgente en Brasil, por Agnes de Oliveira/Colectivo Quilombo Invisible:

Hoy, 9 de enero, se cumplen 72 días de movilización de la extrema derecha. Una posible interpretación, es en la que insiste la izquierda institucional: desde que comenzaron las movilizaciones, estas y el propio bolsonarismo se están debilitando. Todo indica lo contrario, ya que la extrema derecha se fortalece y gana más consistencia y radicalidad en su accionar. El movimiento bolsonarista no solo ha cambiado de táctica, sino que ha ido adoptando varias simultáneamente: bloqueos de carreteras, campamentos en cuarteles, y acciones como saqueos, quema de camiones, autobuses y automóviles, destrucción de infraestructura, además de ataques armados, incluidas acciones de secuestro. Aquí hay una lista, insuficiente:


El 18 de noviembre , en Ariquemes, cerca de Porto Velho, Rondônia, hubo destrucción del depósito de agua de la ciudad. El acto se enmarcó en la Ley Antiterrorista de Dilma de 2016. En la misma ciudad hubo conflicto con la policía, ataques a camiones de una cadena de supermercados, incendio, vandalismo y saqueo de carga.


El 19 de noviembre, en la carretera entre Sorriso y Lucas do Rio Verde (Mato Grosso), un grupo armado de diez hombres invadió, disparó e incendió camiones en la base de la concesionaria Rota do Oeste. En la acción, los bolsonaristas también destruyeron peajes e incendiaron, dejando la autopista sin cobrar. La región es la misma que concentra a los empresarios agroindustriales que financiaron los bloqueos.


El 20 de noviembre, en Sinop, camiones son alcanzados por disparos en una gasolinera [1].  También hubo robo de camiones para interceptar carreteras. En Mato Grosso, dos camiones cisterna fueron colocados en la carretera e incendiados [2].


El 23 de noviembre , dos tramos de la Carretera Anhanguera, en Campinas, fueron bloqueados por bolsonaristas que dañaron camiones. Además, un empleado del Instituto Brasilero de Geografía y Estadística fue golpeado por bolsonaristas en Amparo, cuando intentaba huir de una protesta.

El 24 de noviembre, en Pará, la Policía Federal arrestó a seis presuntos golpistas y atacantes de la Policía Federal de Carreteras.

El 27 de noviembre, también en Pará, en una acción de bloqueo de carreteras, una caravana de camiones fue alcanzado por disparos en la región de Novo Progresso [3].

El 12 de diciembre, en Brasilia, 5 buses y 3 automóviles fueron quemados por bolsonaristas. También intentaron invadir la sede de la Policía Federal y rompieron vidrios en una comisaría.

El 8 de enero, los bolsonaristas invadieron el Congreso Nacional, el Palacio del Planalto y la sede del Supremo Tribunal Federal, en Brasilia. En São Paulo, bloquearon la Avenida 23 de Maio y la carretera Anhanguera [4]. En Mato Grosso, la carretera BR-163 fue bloqueada [5]. En Itajaí, Santa Catarina, la BR-101 también fue bloqueada [6].

El 9 de enero, los bolsonaristas bloquearon la Marginal Tietê en São Paulo, incendiando neumáticos y escombros.

En todas estas acciones hubo connivencia y activa colaboración por parte de las fuerzas represivas (militares, civiles, policía federal y ejército) [7]. Esto muestra una intensificación de la autonomía política de las fuerzas represivas en relación con los gobiernos, síntoma de la expansión del Estado de excepción permanente que se ha ido expandiendo incluso en gobiernos progresistas. Tal autonomización constituye, de manera elemental, el bolsonarismo, por lo tanto, cualquier intento de combatir la extrema derecha a través de la policía, el estado penal y dispositivos excepcionales (con la garantía de la ley y el orden) fracasará. El Estado Penal (Poder Judicial, Penitenciario y Policial) y la excepción no sólo son parte del problema, sino que constituyen la economía política de la extrema derecha.

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De todos modos, lo más grave en este momento es la terrible situación en Perú, con el Estado policial/militar causando una masacre que se ha cobrado medio centenar de vidas para ahogar una enorme rebelión popular que no cesa. Espero poder informar sobre eso prontamente con noticias y análisis anticapitalistas/antiautoritarios.

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miércoles, enero 04, 2023

Kalewche: Especial 100 años de fascismo 

 A fines del año pasado fui invitado por los compañeros de Kalewche a colaborar en un dossier sobre fascismo. 

A continuación los dejo con la introducción, y el texto aportado. El dossier completo puede ser visto AQUÍ. Por cierto, el fascista chileno Pedro Kunstmann, líder de los social-patriotas, señaló que este texto era una basura "brutalmente tendenciosa". ¡Bien!


En los últimos años, el fascismo parece haberse tornado omnipresente. Se habla de neofascismo, de posfascismo; y se discute interminablemente si Trump, Bolsonaro, Putin, Orban o Meloni son fascistas en algún sentido. Dentro de este dossier ofrecemos tres análisis de distinto tipo sobre el fenómeno. En “La sombra del fascismo”, nuestro compañero Ariel Petruccelli explora algunos costados –usualmente poco atendidos– de lo que podríamos llamar la deriva autoritaria o potencialmente fascistizante de la cultura política contemporánea. En el segundo texto, originalmente publicado por el Centro de Investigación Periodística (CIPER) de Chile el 8 de noviembre, Gonzalo Bustamante explora la vigencia del fascismo italiano a cien años de la Marcha sobre Roma (27-29 de octubre de 1922). Cerramos este dossier con un escrito de Julio Cortés Morales, que es una versión algo más extensa –generosamente facilitada por el autor– de un artículo suyo que vio la luz aquí, bajo el título “Un siglo de fascismo (1922-2022): ¿el retorno de lo reprimido?”.

1922-2022: EL RETORNO DE LO REPRIMIDO

A cien años de la “Marcha sobre Roma”, una admiradora de Mussolini encabeza el nuevo gobierno italiano. Contra todos los pronósticos, Bolsonaro llega a disputar con Lula la segunda vuelta presidencial en Brasil y pierde, pero por menos del 2% de los votos y quedando su sector muy bien representado en el Congreso y las gobernaciones. El fantasma de la extrema derecha y los nuevos fascismos recorre el mundo, mientras en Chile la revancha «facho pobre» en el plebiscito de salida de la nueva Constitución frustró los planes del progresismo y una santa jauría de intelectuales se dedica a diagnosticar y perseguir al «octubrismo» como único vestigio del espíritu de la revuelta chilena del 2019.

Este texto pretende dar luces sobre estos fenómenos, claramente interconectados, respetando en principio el temario de la ponencia presentada en un coloquio del 28 y 29 de abril de 2022.1

1. A pesar del uso generalizado del adjetivo «fascista», un siglo después de la aparición del fascismo histórico aún no existe mucha claridad sobre sus principales rasgos definitorios. A pesar de la abundante producción literaria en torno al tema, y a los mínimos consensos a los que han llegado los estudiosos del fascismo, en el lenguaje usual «fascista» designa cualquier forma de adhesión a un vagamente definido autoritarismo, totalitarismo o nacionalismo. Incluso es posible detectar que se califica de fascista a cualquiera que sostenga posiciones radicales en alguna materia, tal como cuando se tilda de «feminazis» a las feministas radicales, o cuando se equipara a la ultraizquierda con una forma de fascismo. Peor aún, la guerra en Ucrania nos muestra un curioso ejemplo: mientras los opositores a la operación especial rusa tratan a Putin de fascista, el líder ruso justifica su acción como una cruzada para la «desnazificación» de Ucrania.

2. En mi trabajo asumo, por un lado, que el fascismo no es eterno (como deducen muchos en base a un conocido discurso de Umberto Eco en 1995 sobre el ur-fascismus): como todo fenómeno social y político, el fascismo debe ser entendido como un producto específico de su tiempo, que fue el de la derrota de las revoluciones proletarias y la crisis del Estado liberal.2

De ahí la importancia de seguir estudiando el surgimiento de la ideología y los movimientos fascistas, que desde el Círculo Proudhon en Francia (1911), la Konservative Revolution alemana y la recepción nacionalista radical de las ideas de Jorge Sorel, hasta el triunfo de Mussolini y Hitler, la conformación del Movimiento Nacional-Socialista de Chile y el surgimiento del peronismo argentino, nos revela la existencia de un verdadero campo político e ideológico al que se bautizó con el nombre de su versión italiana; pero que, mientras más examinamos ese momento, más aparece como una heterogénea y muy diversa cantidad de formas y expresiones. Por eso algunos expertos como Roger Griffin han acuñado el concepto de “fascismo genérico”, donde se incluyen distintas formas de “ultranacionalismo populista y palingenésico”.

3. Por otra parte, si bien me parece erróneo e inexacto atribuir características de eternidad al fascismo o entenderlo como “encarnación del Mal absoluto” o “brotación de lo siniestro” (Oporto, 2015), creo que es posible apreciar un error simétrico en las versiones «excepcionalistas» que intentan acotar la existencia de movimientos y regímenes fascistas al período de entreguerras, declarando su muerte definitiva en 1945.

El fascismo no ha abandonado la escena como muchos creían. Después de 1945, nuevas formas de movimientos y regímenes, desde los explícitamente neofascistas (como el Movimiento Social Italiano en que militaba la adolescente Giorgia Meloni o el tremendamente exitoso Frente Nacional de los Le Pen en Francia) hasta las dictaduras latinoamericanas de los sesenta a los ochenta, han seguido expresando un «espíritu fascista» que no siempre logra aplicar un nuevo régimen fascista, pero cuya importancia en la conservación, reproducción y transformación de la dominación capitalista no podría ser ignorada.

Además de los movimientos y regímenes fascistas de ayer y de hoy, también es posible constatar que ciertas características del fascismo histórico después de 1945 y luego de 1968 se han incorporado al funcionamiento habitual de las democracias capitalistas occidentales, donde ya no existe una distinción clara entre biopolítica y tanatopolítica, estado de derecho y estados de excepción.

Ya en 1967 Debord decía que algo del fascismo habría sobrevivido en el espectáculo triunfante, por haber sido una de las fuerzas contrarrevolucionarias que liquidaron al viejo movimiento obrero3. El mismo año, Adorno había dicho en una conferencia que “en todo momento siguen vivas las condiciones sociales que determinan el fascismo”.

En un texto reciente, Lazzarato (2020) destaca la profunda vinculación entre neoliberalismo y nuevas formas de fascismo que se instalan como una respuesta contrarrevolucionaria al movimiento de 1968, cumpliendo la función de «violencia fundadora» del neoliberalismo.

A partir de la crisis del 2008, los nuevos movimientos fascistas emergen haciendo ocupación del terreno abandonado por la izquierda (la lucha de clases), dándole un giro nacionalista y reaccionario. Esa es la base real del actual crecimiento espectacular, y hasta ahora imparable, de la nueva ultraderecha.

4. Con todo, la definición a efectos taxonómicos de un «fascismo genérico», si bien nos permite identificar las diferentes ramas de la gran familia fascista, no debería hacernos pasar por alto sus enormes diferencias y contradicciones internas, como tampoco la posibilidad de que, a partir de una matriz en los fascismos del siglo XX, hoy en día varios movimientos estén derivando o mutando en direcciones múltiples e impredecibles que aún no podemos ponderar muy bien. Baste con considerar las derivas cuasi-izquierdistas del sector histórico de la Nouvelle Droite de Alain de Benoist, el atractivo que ejercen las teorías del fascista eurasiático Dugin sobre ciertos sectores de la izquierda nacional-popular que, más que anticapitalista, es anti-EE.UU.; o el surgimiento del etnocacerismo peruano con su programa de racismo cobrizo que, bajo el liderazgo de Antauro Humala, bien podría calificar de «fascismo andino decolonial».

En Chile, a una hasta hace poco reducida familia de pinochetistas despistados (puesto que la dictadura fue neoliberal y no nacional-corporativista), más algunos residuos nacional-sindicalistas, pandillas de skinheads y hitleristas esotéricospublicando revistas como Ciudad de los Césares, se han agregado nuevas camadas como los social-patriotas de Pedro Kunstmann, Sebastián Izquierdo y Capitalismo Revolucionario, el «Team Patriota» de Pancho Malo, el Partido Republicano, sectores «tercerposicionistas» como el diputado Rivas o provenientes del «fascismo agrario» del APRA como la diputada Naveillán, ambos integrados al Partido de la Gente; e incluso duginistas como el Círculo Patriótico Chile (Praxis Patria)4, abarcando así un amplio espectro de posiciones neo y posfascistas, de derecha, izquierda y «ni-ni» (ni de derecha ni de izquierda).

Como lo expresó Diego Luis Sanromán en su tesis doctoral sobre la Nueva Derecha, “el gen fascista ha mutado y en ocasiones no es fácil identificarlo”. Y si de entrada este objeto de estudio ha resultado siempre confuso por lo flexible y contradictorio de su discurso, hoy en día la complejidad se agudiza adicionalmente por efecto de 50 años de «contrarrevolución neoliberal», que ha logrado prácticamente borrar la memoria histórica de las revoluciones y luchas proletarias contra las cuales el fascismo histórico surgió, y sin consideración a las cuales no se comprende ni el tipo ni la magnitud de la tarea que cumplen el fascismo y el «populismo de derechas» en la salvación del orden social del capital.

5. Una dificultad recurrente para identificar las formas actuales en que se expresa y ha mutado este gen, es que, tal como dijo Mark Fisher, “el fascismo posmoderno es un fascismo negado”, que sigue una estrategia de “rechazar la identificación prosiguiendo con el programa político”, adaptándolo a las condiciones del siglo XXI (Fisher, 2006).

La negación de la identidad o del origen fascista es una consecuencia inevitable del estrés postraumático de masas e intergeneracional que se produjo después de 1945 (Griffin, 2022). Pero el procesamiento de dicha experiencia traumática corre a cuenta de la democracia liberal. Así, resulta funcional a una visión deshistorizada del fascismo la tendencia a entenderlo como parte de la más amplia familia del totalitarismo, como una malévola aberración histórica, expresión de una lucha eterna entre el bien y el mal, que es la visión que acompaña el mega-relato de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

En este discurso, que podríamos denominar como «el antifascismo de los liberales», no se problematiza la violencia fundadora del capitalismo mismo, ni las numerosas masacres cometidas por cada Estado de su propio bando en tiempos de paz, ni los crímenes de guerra de los Aliados, como las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. No: el fascismo sólo sería imputable a lo que Popper llamó los «enemigos de la sociedad abierta».

Inevitablemente, esta mirada excepcionalista, liberal y moralista del fascismo alimenta el mito y la identificación profunda de sucesivas camadas de neofascistas con aquello que «el sistema» presenta como el Mal absoluto. Mientras ninguna corriente política (liberalismo, anarquismo, socialismo) se entiende a sí misma como «eterna», los integrantes de CasaPound Italia, una red de okupas en versión contracultural de ultraderecha, se autoproclaman orgullosamente “fascistas del tercer milenio”.

Como recalca Emilio Gentile, “la tesis del eterno retorno del fascismo puede favorecer la fascinación por el fascismo de los jóvenes que poco o nada saben del fascismo histórico, pero se dejan sugestionar por su visión mítica, que se vería agigantada ulteriormente por la presunta eternidad del fascismo”, sintiéndose orgullosos de formar parte de “un movimiento al que un gran intelectual antifascista le ha atribuido eternidad, aunque lo haya hecho metafóricamente y para condenarlo” (Gentile, 2019: 12).

Deshistorizar el fascismo ayuda a mitificarlo: en tanto máquina de producción mitológica, es precisamente en ese nivel donde el fascismo se siente más a gusto y extrae toda su fuerza.

6. Historizar el fascismo consiste en desmitificarlo para tratar de comprender las razones objetivas y materiales de su surgimiento y las funciones objetivas y subjetivas que cumple en la guerra de clases. En esa tarea también es necesario estudiar la ideología fascista y sus distintas metamorfosis y modulaciones. Que el fascismo histórico siempre haya sido más un movimiento práctico que una elaboración teórica (existieron los fascios como forma organizativa desde mucho antes que se empezara a hablar de «fascismo») no impide reconocer la importancia que tuvo y sigue teniendo en su existencia la dimensión propagandística e ideológica, medida y clave de su éxito, antes que la forma característica de «partido-milicia» con que hizo su espectacular aparición hace un siglo.

Una gran debilidad de la mirada izquierdista en relación al fascismo, probablemente fruto de la contaminación con la perspectiva demoliberal, es que tiende a verlo como una expresión monolítica: un solo gran «nazifascismo» que produce y practica una forma estática de pensamiento único. Nada más alejado de la realidad. Desde sus inicios, el fascismo es una «ideología fuzzy» (Eco, 1995), capaz de digerir y amalgamar todo tipo de influencias, desde Sorel y el sindicalismo revolucionario al anarcoindividualismo, de Stirner y Nietzsche al futurismo y el nihilismo. Pero como dijo Adorno en la ya aludida conferencia de 1967, no debemos subestimar estos movimientos por su “ínfimo nivel intelectual” y “falta de teorización”. Muy por el contrario, su éxito depende precisamente de la extrema flexibilidad y capacidad parasitaria de su ideología.

7. Tal como ocurre con el concepto de anarquía, que significa algo bien diferente para los anarquistas que para el resto del mundo, captar la complejidad y especificidad del fascismo requiere estudiar la manera en que es entendido por los propios fascistas.

Así, la obra de Julius Evola resulta bastante interesante, en tanto conceptualiza y observa al fascismo desde la derecha tradicionalista. Una de las diferencias principales de Evola con el régimen fascista italiano era que el denominado “mago negro del fascismo” rechazaba la religión judeocristiana y reivindicaba un “imperialismo pagano” ario y nórdico, incompatible con el catolicismo. Estas posiciones, publicadas en títulos como Imperialismo pagano (1938) y Rebelión contra el mundo moderno (1934), mientras era consejero de Mussolini en materia de “romanidad”, le causaron serios problemas al régimen con una indignada Iglesia Católica, que no vaciló en denunciar a Evola –que durante los años veinte, en tanto poeta, había pululado por el dadaísmo y las vanguardias para luego fundar el grupo esotérico UR– como un instrumento de Satanás. Cuando el régimen se orientó hacia el catolicismo, Evola fundó la revista La Torre, en cuyo n° 1, de febrero de 1930, afirmó: “Nosotros no hacemos política… defendemos ideas y principios. En la medida en que el fascismo siga y defienda tales principios, en esa misma medida nosotros podemos considerarnos fascistas. Y nada más”.

En Biología del fascismo, un detallado y certero análisis realizado en 1925, Mariátegui distingue un “ultrafascismo” –que va “del fascismo rasista o escuadrista de Farinacci al fascismo integralista de Michele Bianchi y Curzio Suckert”–, y una tendencia moderada, conservadora, “que no reniega del liberalismo ni del Renacimiento, que trabaja por la normalización del fascismo y que pugna por encarrilar el gobierno de Mussolini dentro de una legalidad burocrática”. Más aún, el marxista peruano señala que el fascismo no se debe a Mussolini sino que todo lo contrario, y que si bien D’Annunzio no puede ser considerado un fascista, el fascismo en cambio sí que se basa en la experiencia de Fiume y es íntegramente d´annunziano5.

Lo anterior nos lleva a entender –como hace el fascista italiano Giorgio Locchi en un homenaje a su correligionario Adriano Romualdi, muerto en 1973– que “el fascismo pertenece a un campo, opuesto a otro campo, el igualitarista, al cual pertenecen democracia, liberalismo, socialismo, comunismo. Es este concepto de campo lo que permite captar la esencia del Fascismo, del mismo modo que permite captar la esencia de todas las expresiones del igualitarismo” (Locchi, s/f).

Para este jurista italiano que por un tiempo fue compañero de ruta del grupo GRECE y la Nouvelle Droite francesa, un rasgo definitorio de todo movimiento fascista es la concepción tridimensional del tiempo, que le permite afirmarse “como conservador (o reaccionario) y simultáneamente revolucionario (o progresista)”. Pero dentro de este campo existe espacio para una diversidad de posturas: “en el seno de un mismo movimiento fascista, personalidades de primer nivel expresan y defienden filosofías y teorías bastante diferentes, a menudo poco conciliables entre ellas e incluso opuestas”. A modo de ejemplo, “la filosofía de un Gentile no tiene nada en común con la de Evola; Baumler y Krieck, filósofos y catedráticos, eran nacionalsocialistas y nietzscheanos, pero el nacionalsocialista Rosenberg, en cambio, criticaba duramente aspectos destacados del pensamiento de Nietzsche” (ibid.). Los movimientos fascistas de la primera mitad del siglo serían, para Locchi, “la expresión política, inmediata e instintiva, de un nuevo sentimiento del mundo que circula por Europa a partir ya de la segunda mitad del siglo XIX”. Este sentimiento era el de “vivir un momento de trágica emergencia”, y por eso los fascistas “se precipitan a la acción obedeciendo a este sentimiento; se movilizan políticamente pero, al contrario que otros partidos y movimientos, no hacen referencia a alguna concreta filosofía o teoría política y asumen más bien casi siempre un comportamiento antiintelectualista” (ibid.).

8. La identificación de los viejos y nuevos fascismos con la «extrema derecha» es, en nuestro tiempo, casi automática.

Y si bien es cierto que –siguiendo el esquema de Bobbio (1997)–, al ser al mismo tiempo radicalmente anti-igualitario y autoritario, el fascismo debería ser ubicado en ese extremo de la díada derecha/izquierda, no podemos pasar por alto que: a) el fascismo histórico no se presenta inmediatamente como conservador/reaccionario, sino como revolucionario e incluso anticapitalista; b) el fascismo histórico y varios neo y posfascismos hasta el día de hoy declaran obsoleta la distinción derecha/izquierda, cuando no asumen abiertamente estar “más allá de izquierdas y derechas” (como Alain de Benoist, que en otros momentos ha declarado sentirse “de derechas y también de izquierdas”, o Diego Fusaro que reivindica “ideas de izquierda y valores de derecha”) o defienden un “pensamiento transversal” que integra diversos elementos procedentes de las distintas corrientes «antisistémicas»; c) desde hace al menos cien años han existido corrientes nacional-revolucionarias que han mirado con simpatía a la Unión Soviética, o que propusieron híbridos como el «nacional-bolchevismo» de Niekisch (retomado en los noventa en Rusia por Limonov y Dugin), y diversas formas de «fascismos de izquierda».

Esto, que es una realidad histórica irrefutable, no hace ningún sentido en las mentes de los izquierdistas promedio, que no pueden imaginar un fascismo que no sea «de derechas», cuando en rigor la asociación más fuerte entre derecha y fascismo se produjo después de 1945, cuando las escasas formaciones neofascistas existentes se situaron contra la URSS y el comunismo en el escenario de la Guerra Fría. Hoy en día, no resulta nada casual que la extrema derecha aparezca geopolíticamente dividida entre los apoyos a Ucrania y Rusia, y que a pesar de la fuerte presencia de agrupaciones neonazis como el movimiento Azov en Ucrania, la mayoría de los neo y posfascistas actuales apoyen a Putin6.

9. Como señala el barón Julius Evola, tradicionalista esotérico al que Bobbio calificó como un “completo delirante” e “intelectual de medio pelo”, antes de la creación del régimen demoliberal y su sistema de partidos el concepto de derecha no tenía mucho sentido, pues lo que existía en el Antiguo Régimen era un partido de gobierno y una oposición que actuaba “dentro del sistema” sin aspirar a cambiarlo radicalmente. Luego de 1789, la derecha se constituye como la antítesis de las posiciones de la izquierda.

Nunca está de más recordar que el origen histórico de la distinción/oposición entre derecha e izquierda estuvo en la ubicación espacial de los delegados con diferentes orientaciones doctrinales y de clase en la Asamblea Nacional Constituyente de 1789, durante la primera fase de la Revolución Francesa. En esa ocasión, al debatir sobre el rol de la autoridad real frente al poder de la asamblea popular constituyente, los delegados que eran partidarios del veto real (en general, miembros de la aristocracia o el clero) se ubicaron a la derecha del presidente, por ser el espacio tradicionalmente usado como lugar de honor, tal como se dice de Jesucristo que estaría sentado “a la derecha del Dios padre”. Por el contrario, quienes se oponían al poder de veto del rey se ubicaron a la izquierda, y se designaron a sí mismos como «patriotas».

Algo que uno suele olvidar es que la derecha tradicionalista y aristocrática es antiburguesa y puede presentarse incluso como “anticapitalista” (si por capitalismo entendemos su fase o faceta liberal). Por eso, para Evola, que como él mismo anuncia observa al fascismo desde la derecha o más allá del fascismo, a mediados de los 60 no existía ya una “Derecha auténtica”, con D mayúscula, opuesta a la llamada “derecha económica” o burguesa, que incluiría a la “derecha liberal”: un contrasentido para los tradicionalistas que creen en una derecha “depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del ‘Estado verdadero’”, con valores centrales superiores a la oposición entre partidos, “según la superioridad comprendida en el concepto mismo de autoridad o soberanía tomada en su sentido más completo” (Evola, 1964).

10. Desde 1789 hasta ahora, la dicotomía derecha/izquierda subsiste, dado que es útil para señalar amigos y enemigos en la arena política, pero esta permanencia no ha sido estática, sino que muy dinámica. Así, la burguesía revolucionaria y patriota que hace 230 años se sentaba a la izquierda pasó a ser luego de centro, o de derecha liberal, y terminó aliándose con la derecha conservadora cuando se tuvo que enfrentar al surgimiento de una izquierda socialista obrera y popular.

La cuestión de la vigencia u obsolescencia de la división derecha/izquierda ha sido constantemente abordada por Alain de Benoist, fundador del GRECE7 y principal teórico de la llamada Nouvelle Droite.

Exponiendo en detalle la evolución de su pensamiento, Sanromán destaca que, para De Benoist en 1994, los tres debates históricos en que se manifestó la oposición entre derecha e izquierda, y que entiende ya obsoletos en ese momento, fueron: a) la cuestión de las instituciones, que enfrentó a los partidarios de la República con los defensores de la Monarquía (constitucional o de derecho divino); b) la cuestión religiosa, en que los partidarios de una “concepción ‘clerical’ del orden social” se oponen a los que “abogan por una visión laica de la justicia y el Estado; c) la cuestión social, que es el tercer y último debate, centrado en la discusión sobre “el papel del Estado en la regulación de la actividad económica y en el problema de la redistribución de la riqueza”. Así, para De Benoist, a partir de la revolución soviética, ser políticamente de izquierdas “no es ya solamente ser republicano (puesto que todo el mundo es republicano), ni siquiera es ser laico (puesto que ya hay católicos de izquierda). Es ser socialista o comunista” (citado por Sanromán, 2008: 173).

Con la desaparición del «bloque socialista» a inicios de los 90, la dicotomía izquierda/derecha vuelve a mutar, generando un cierto consenso en la gestión del poder político por parte de derechas e izquierdas moderadas que aceptan administrar el modelo neoliberal renunciando a la idea misma de un cambio social profundo, lo que por un lado tiende disolver los antiguos límites entre ambos polos, y por otro genera un terreno de indistinción que trata de ser aprovechado por nuevos fascismos y nuevas formas de ultraderecha que han aparecido con fuerza desde la crisis del 2008, conquistando importantes cuotas de poder político y social.

11. La nueva oleada de extrema derecha, que se expresa desde 2008 cada vez con más fuerza, causa bastante confusión y debates. Para algunos, se trata sencillamente del viejo fascismo bajo nuevos ropajes, o de mutaciones y adaptaciones del gen fascista que se presenta de nuevas formas, más o menos diferentes y desplazándose en direcciones que aún cuesta reconocer (eso es lo que intenta designar la etiqueta de «posfascismo», tal como la explica Enzo Traverso). En la medida que estas «nuevas derechas» son ultranacionalistas y xenófobas, no es difícil reconocer el gen fascista. Pero también existen otras dimensiones del fenómeno que cuadran mejor en la etiqueta de los populismos o de la «derecha radical», que según varios expertos sería al menos respetuosa de las formas de la democracia, lo cual las alejaría de la tentación extremista propia de la ultraderecha «antisistémica».

Expertos como Steven Forti (2021) llaman a no confundir todo este fenómeno con una nueva forma de fascismo, puesto que, en primer lugar, se trataría de un reduccionismo que no nos permite entender la complejidad de estos fenómenos en lo que tienen de realmente nuevos; y en segundo lugar, porque etiquetar de «fascistas» a todos los que votan por Trump, Bolsonaro, Le Pen o Meloni es contraproducente, pues puede impulsar y reforzar la identificación de una gran cantidad de gente hacia las expresiones más virulentas y peligrosas de la actual «derecha alternativa».

Pero como ha dicho hace poco Enzo Traverso (2019), partidario en general de un uso acotado del concepto fascismo, “el posfascismo está creciendo en todas partes y no sabemos el desenlace de su proliferación”. Si bien “podría mantenerse en el marco de la democracia liberal, también podría experimentar una nueva radicalización, especialmente en el caso de un colapso de la Unión Europea, que es uno de sus objetivos”. Las premisas de ambos desarrollos ya existen, así que de producirse la segunda opción “nos veríamos compelidos a reconocer que el fascismo no fue un paréntesis del siglo XX”, pasando así a ser un “concepto transhistórico”.

En Chile se podría decir lo mismo: tratar de «fachos pobres» al 40% que vota por Kast o al 62% que votó Rechazo en el plebiscito de salida de la nueva Constitución no sólo dice más acerca del carácter cuico progre de quien formula el insulto, sino que no nos ayuda para nada a tratar de entender con qué factores sociales y culturales, objetivos y subjetivos, está conectando este verdadero «retorno de lo reprimido», que a la vez que es un efecto de cincuenta años de contrarrevolución posmoderna y neoliberal, es una horrible anticipación de un futuro que ya está ante nuestros ojos y frente al cual sólo podemos por ahora oponer algo de lucidez y conciencia histórica, como parte de las tareas mínimas de lo que alguna vez Walter Benjamin designó como la “organización del pesimismo”.

12. Hace casi un siglo, José Carlos Mariátegui, en su Biología del fascismo, oponía el misticismo revolucionario de los comunistas al misticismo reaccionario de los fascistas, y concluía que “la batalla final no se librará, por esto, entre el fascismo y la democracia”. Poco después de eso, Walter Benjamin oponía la “politización del arte” (comunismo) a la “estetización de la política” (fascismo). Hoy en día, como señala el subtítulo del ya referido libro de Lazzarato, la lucha debería plantearse abiertamente como lo que es, en estos términos: fascismo o revolución.

Julio Cortés Morales

NOTAS

1 En aquella ocasión, la ponencia se tituló “1922-2022: ¿Al fascismo sabremos vencer?”. Decidí modificar el subtítulo, pues en esta ocasión, a diferencia de en la ponencia, no me referiré a la cuestión del antifascismo.
2 Cuando en 1938, al decir de Trotski, “las condiciones ya maduras para la revolución proletaria se comienzan a pudrir”. En ese momento la suerte ya estaba echada en España, el estalinismo había ahogado las perspectivas revolucionarias en varios momentos decisivos y se venía encima una nueva guerra mundial: la “medianoche del siglo”, en palabras de Victor Serge.
3 Ver la tesis 109 de La sociedad del espectáculo.
4 Este grupo llamó a votar por el estalinista Eduardo Artés en las elecciones del 2021. Tratan de diferenciarse de lo que llaman «rancionalismo» (el nacionalismo rancio de grupos nacionalistas reaccionarios) y de los «patriotas» de la derecha pinochetista, y reivindican en cambio a Raúl Pellegrin y al Frente Patriótico Manuel Rodríguez en su intento fallido de ajusticiar a Pinochet en septiembre de 1986, pues “con máxima entrega por la liberación de la patria, toman en sus manos las armas con las que iban a dar fin a quienes traicionaron sus juramentos, y que saquearon, torturaron al Chile auténtico; obrero y campesino”. El 4 de octubre del 2022 realizaron una entrevista virtual con el «marxista hegeliano» Carlos Pérez Soto.
5 El 12 de septiembre de 1919, el poeta D´Annunzio invadió con una pequeña columna rebelde la ciudad adriática de Fiume (perteneciente a la actual Croacia, en ese entonces Yugoslavia). Esta experiencia fue mirada con simpatía por Gramsci, y Lenin estuvo a punto de responder el telegrama enviado por el poeta, evitando finalmente hacerlo para no incomodar a los socialistas italianos. Bordiga, en un informe a la Internacional Comunista, señala que en el momento más difícil el movimiento fascista “halló un apoyo en la expedición de D’Annunzio a Fiume, de la que sacó una cierta fuerza moral”, pues “en esa época se inicia su organización y su fuerza armada, aunque el movimiento de D´Annunzio y el fascismo sean cosas distintas” (Bordiga, 1922).
6 En el caso chileno, confluyen en dicho apoyo a Rusia “contra el orden globalista neoliberal” desde la revista Ciudad de los Césares al Movimiento Social Patriota y los ya referidos duginistas de Praxis Patria.
7 Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea. Fundado en 1968. Sus principales publicaciones fueron Nouvelle École y Eléments. Véase https://www.revue-elements.com/tag/nouvelle-droite/


BIBLIOGRAFÍA

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