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domingo, septiembre 04, 2011

El ciclo histórico de la economía capitalista (Prometeo, 1947) 



El modo capitalista de producción vive ya bajo los regímenes feudales, semiteocráticos y de monarquía absoluta, y tiene como característica económica el trabajo asociado, por el cual, cada obrero individualmente no puede efectuar todas las operaciones necesarias para la confección del producto y estas en cambio son confiadas sucesivamente a distintos operarios.

A este hecho técnico que deriva de los nuevos descubrimientos e invenciones, le corresponde el hecho económico de que la producción de las manufacturas y las fábricas vence por su mayor rendimiento y menor costo a la del taller del artesano, y el hecho jurídico de que el trabajador ya no es dueño del producto de su trabajo, y no puede ponerlo a la venta en el mercado. Aquel que detenta los nuevos medios técnicos y se convierte en el poseedor de los más complejos instrumentos de trabajo que permiten realizar el trabajo asociado, deviene propietario del producto, y a los colaboradores de la producción les paga una retribución en dinero.

El capitalista y el asalariado aparecen escindiéndose de la figura unitaria del artesano. Pero las leyes de la vieja sociedad feudal impiden que el proceso se generalice, inmovilizando con esquemas reaccionarios la disciplina de las artes y de los oficios, frenando el desarrollo de la industria que amenaza a la clase dominante de los propietarios terratenientes, obstaculizando el libre flujo de las mercancías dentro de las naciones y en el mundo.

La revolución burguesa nace de este contraste, y es la guerra social que los capitalistas desencadenan y dirigen para liberarse a si mismos de la servidumbre y de la dependencia de las viejas castas dominantes, para liberar las fuerzas de la producción de las viejas prohibiciones, y para liberar de las mismas servidumbres y de las mismos esquemas a las masas de artesanos y de pequeños propietarios, que deben surtir el ejército de los asalariados y que deben llegar a ser libres de llevar al mercado su fuerza de trabajo.

Es esta la primera fase de la época burguesa: la palabra del capitalismo en economía es la de la libertad ilimitada de toda actividad económica, de la abrogación de toda ley u obstáculo puesto por el poder político al derecho de producir, comprar, hacer circular y vender cualquier mercancía intercambiable por dinero, incluida la fuerza de trabajo.

En la fase librecambista, el capitalismo recorre en los diferentes países los primeros decenios de su grandioso desarrollo. Las empresas se multiplican y crecen, el ejército de trabajadores aumenta progresivamente en número, las mercancías producidas alcanzan cantidades colosales.

El análisis dado por Marx en El Capital de este clásico tipo de economía capitalista libre de cualquier vinculo estatal, y de las leyes de su desarrollo, facilita la explicación de las crisis de superproducción a las que conduce la carrera sin freno hacia el beneficio, y de las bruscas repercusiones por las cuales el exceso de los productos y la caída de su precio determinan periódicas oleadas de crisis en el sistema, cierre y quiebra de empresas, con la caída en la oscura miseria de multitud de trabajadores.

Con sus incurables contradicciones económicas, en el complicado proceso histórico lleno de multiformes aspectos locales, de avance y retroceso, de oleadas y contraoleadas, ¿tiene el capitalismo como clase social la posibilidad de reaccionar? Según la clásica critica marxista, la clase burguesa no poseerá nunca una teoría segura y un conocimiento científico del devenir económico, y debido a su propia naturaleza y a su razón de ser no podrá instaurar una disciplina sobre las potentisimas energías que ella ha suscitado, similar al clásico ejemplo del mago que no es capaz de dominar las potencias infernales evocadas por él.

Esto no hay que interpretarlo escolásticamente en el sentido de que el capitalismo carezca de toda posibilidad de prever y retardar, por lo menos, las catástrofes a que le conducen sus mismas vitales exigencias. Él no podrá renunciar a la necesidad de producir siempre más, y en su segundo estadio desarrollará sin freno su tarea de potenciar la monstruosa maquina de la producción, pero podrá luchar por la colocación de una masa cada vez mayor de productos que amenazarían ahogarlo, engrandeciendo hasta los limites del mundo conocido el mercado de su venta. Entra así en su tercera fase, la del imperialismo, que presenta nuevos fenómenos económicos y nuevos reflejos, que sirven para ofrecer ciertas soluciones a las crisis parciales y sucesivas de la economía burguesa.

Esta fase fue prevista, ciertamente, por Marx, ya que el desarrollo de la producción capitalista y la conexión de mercados lejanos son fenómenos originariamente e históricamente paralelos, y dialécticamente el propio descubrimiento de las vías de comunicación comercial ha sido uno de los factores principales del triunfo del capitalismo.

Pero el análisis de las características de esta tercera fase, en coherencia completa con el método marxista, nos lo ofrece Lenin en su ya clásico estudio sobre «El imperialismo como más reciente fase del capitalismo».

Las características de este tercer estadio capitalista, que ya eran evidentes en el periodo preparatorio de la primera guerra mundial, se hicieron aún más patentes después de ésta. El sistema capitalista ha sometido a una revisión importante los cánones que lo inspiraban en su fase librecambista. La expansión en el mercado mundial de la masa de productos ha ido acompañada de un intento grandioso de controlar el juego desordenado de las oscilaciones de sus precios, del cual podía depender el hundimiento del colosal armazón productivo. Las empresas se sindicaron, salieron del individualismo económico, de la absoluta autonomía de la empresa burguesa típica, surgieron los carteles de producción, los «trusts», se asociaron con rigurosos pactos las empresas industriales que producían las mismas mercancías, con el fin de monopolizar la distribución y fijar los precios libremente.

Y puesto que la mayoría de las mercancías constituyen al mismo tiempo el producto vendido por una industria y la materia prima adquirida por otra a continuación, surgieron los carteles verticales que controlan, por ejemplo, la producción de determinadas máquinas, fijando los precios de todos los pasos empezando por los de la originaria industria de extracción del hierro. A la vez se desarrollaron los bancos, los cuales, apoyándose en las más potentes agrupaciones capitalistas industriales de cada país, controlaron y dominaron a los productores menores, y fueron constituyendo en cada gran país capitalista, en círculos siempre restringidos, verdaderas oligarquías del capital financiero.

Esto, en la definición de Lenin, asume cada vez más un carácter parasitario.

El burgués ya no posee la clásica figura del capitán de industria, organizador y promotor de nuevas energías que utiliza los recursos y secretos de la nueva técnica con la inteligente habilidad organizativa de las modernas formas de trabajo asociado. Dios en su fábrica, como en el antiguo régimen lo era el feudatario en su tierra, romántico creador de la fusión de energías entre el mecanismo del que posee el secreto y los trabajadores, que lo ven más como a un jefe que como a un patrón.

Ahora, el director de las modernas fábricas es también un asalariado, más o menos cointeresado en las ganancias, un siervo dorado, pero aún un siervo. El burgués moderno no es un técnico de la producción, sino de la especulación, un recaudador de dividendos a través de un paquete de acciones de una fábrica que quizá no ha visto nunca, un componente de la estrecha oligarquía financiera, un exportador no ya de mercancías, sino de capitales y de títulos capitalistas, haz de papeles que pone en sus manos el control del mundo.

La clase dominante, siempre sujeta al dinamismo de la concurrencia entre las compañías emprendedoras, cuando se siente en los umbrales de la ruina halla un limite a la concurrencia con los nuevos esquemas monopolistas, y desde sus grandes centrales de especulación bancaria decreta la suerte de las empresas, fija los precios, vende a bajo precio cuando convenie a la consecución de sus fines, hace oscilar temerosamente los valores especulativos, e intenta con esfuerzos grandiosos constituir centrales de control y de contención del hecho económico, negando la incontrolada libertad, mito de las primeras teorías económicas capitalistas.

Para entender el sentido del extremo desarrollo de ésta tercera fase del capitalismo mundial, se debe, siguiendo a Lenin, relacionarla con el correspondiente desarrollo de las fuerzas políticas que la acompañan, fijando la relación entre capital financiero monopolista y estado burgués, y estableciendo sus conexiones con las tragedias de las grandes guerras imperialistas y con la tendencia histórica general hacia la opresión nacional y social.

(Rivista «Prometeo», núm. 5, enero-febrero de 1947).

Biblioteca de la Izquierda Comunista


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sábado, noviembre 21, 2009

Rosalux contra Lenino 


y de paso, coscachos contra los bordiguistas y el "concejismo":

-En oposición a las tesis defendidas por Lenin en su libro ¿Que hacer?, del Partido “al servicio de la clase”; contrariamente a la estúpida caricatura del “leninismo” de la que se han hecho campeones las diferentes tendencias del bordiguismo, según las cuales es “el Partido el que crea a la clase”, nosotros siguiendo las posiciones defendidas por Rosa Luxemburgo afirmamos que “el Partido es un producto de la clase”, porque la constitución del Partido traduce y expresa un proceso de toma de conciencia que se opera en la clase en el desarrollo de su lucha, así como los grados de conciencia que la clase ha alcanzado. Esta formulación no tiene nada que ver con otro concepto del bordiguismo al revés, el cual, durante los años 70, tuvo su expresión más acabada en la revista Invariante, concepto según el cual “el Partido es la clase”. Tal concepto simplista sustituye el Todo, la Unidad del Todo y su movimiento real, por una estricta identificación de los elementos, ignorando las diferencias que existen y se producen y, el lazo dialéctico entre estos elementos en el seno mismo de la unidad de la cual son parte integrante.

- Este concepto identificador no puede comprender el papel que tienen los diferentes elementos en la unidad de la que surgen. No ve el movimiento. Es estático y no dinámico. Es fundamentalmente a-histórico. Este concepto viene a añadirse a la visión idealista, moral, de los modernistas – esos epígonos modernos del consejismo degenerado – que operan con la vieja dicotomía de blanco o negro, bien o mal, y para los cuales toda organización política es en el seno de la clase, por definición, el mal absoluto.

-La pseudo teoría bordiguista sobre “el Partido histórico” y el “Partido formal” está llena de misticismo. Según esta teoría, el Partido “histórico”- igual que el programa – sería algo fijo, inamovible, invariable. Y este Partido solo podría manifestar su realidad en el Partido formal. ¿Pero qué ocurre con el Partido “histórico” cuando el “formal” desaparece?. Es invisible e inoperante, pero sigue subsistiendo en alguna parte, no se sabe donde, pero ahí esta porque es inmortal. Volvemos a encontrar en este desarrollo las tesis e interrogantes de la filosofía idealista y religiosa que separa el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo, la primera, eterna beatitud, el segundo, mortal.

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viernes, octubre 02, 2009

Fragmentos Comunistas 


En Pantin, suburbio de París, refugio de los sin techo, de los desesperados y de los expulsados de la sociedad civil, forman en 1927 la “Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia” con la ausencia de Vercesi (Ottorino Perrone), más tarde uno de los mejores artífices de Bilan, que había sido expulsado de la “democrática” Francia. Por cuantas vicisitudes hubieron de pasar aquellos compañeros, a la búsqueda de techo y trabajo, perseguidos y desechados en las democracias, acosados por los estalinistas y el fascismo, pero que supieron mantener por todas partes una lucha intransigente, defender y difundir, sin compromisos y sin miedo, las posiciones comunistas. Para dejar claro el tipo de “relaciones” que tenían con los estalinistas, vamos a citar algunos pasajes de una carta de un tal Togliatti a Iaroslavsky, fechada el 19 de Abril de 1929: “La lucha que nuestro partido tiene que mantener contra la oposición bordiguista, que intenta organizar en fracción a todos los descontentos, resulta muy difícil. Tenemos que luchar contra esa gente en todos los países en donde hay emigración italiana (Francia, Suiza, América del Norte, Sudamérica, etc.). Nos será muy difícil llevar esta lucha si no nos ayudan los partidos hermanos. El PC de Italia pide al PC de la URRS ayuda de manera que pueda continuar esta lucha ya difícil y que puede serlo más si manifestamos debilidad. Nuestro partido no tiene otra cosa que decir. Pide únicamente que se utilice el mayor rigor”.

(Apuntes para una histroia de la Izquierda comunista).

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