domingo, agosto 04, 2024
Solo la muerte es real: sobre la primera ola del Black Metal (1981-1987)
“SÓLO LA MUERTE ES REAL”: LA PRIMERA OLA DEL BLACK METAL, DE VENOM A CELTIC FROST (1981/1987). Parte 1 (Work In Progress)
“Pensábamos que, a través de esta música y de hacernos más
extremos, podíamos volvernos más puros” (Martin Eric Ain, bajista de
Hellhammer/Celtic Frost).
Finalmente me
atrevo a intentar poner por escrito algo de las profundas investigaciones que
he estado realizando en torno al objeto del “metal oscuro”, o si prefieren,
“black metal”, partiendo por lo que se ha llegado a entender como su “primera
ola”, a inicios de los ochenta.
Si pongo “black
metal” entre comillas para hablar de su primera ola, es porque hasta ahora
tiendo a pensar que el Black Metal propiamente tal, consciente de sí mismo como
un estilo definido y separado de otras variedades de metal extremo, es más bien
propio de la llamada “segunda ola”, de fines de los 80/inicios de los 90, que
hacia 1993/4 se hizo mundialmente conocida por una seguidilla de actos
violentos ocurridos en Escandinavia.
En todo caso,
aclaro de entrada que no tengo el nivel de conocimiento y experiencia necesaria
en materia de metal (entendido a la vez como música y cultura) como para ser
tan tajante en esa afirmación, y tengo presente que distintos exponentes del
metal contemporáneo como el famoso Fenriz de los noruegos Darkthrone hablan
derechamente de un Black Metal de los 80, organizando incluso compilados y exposiciones
que así lo demostrarían.
Hecha esa
advertencia, insistiré en que a mi juicio en los 80 estábamos aún frente a un
proto o ur Black Metal: un conjunto de bandas que de manera pionera que
trabajaron en formas estéticas que ayudaron a definir el estilo que tomaría una
forma ya nítida un poco después, más específicamente a inicios de los 90, afirmando
un retorno a los valores más oscuros, malignos y verdaderos -“true”, o “trve”, es un concepto central en
la cultura y jerga del BM hasta el día de hoy- de las bandas que los habían
precedido, en gran medida como respuesta a la mercantilización del death metal.
Si me excusan
lo arbitrario de la analogía, creo que en cierta forma el surgimiento del BM
como corriente cultural/musical (anti-ética y anti-estética) es similar a lo
que ocurrió en los 60 con el free jazz, que a la vez que abrazaba una estética
de vanguardia que lo emparentaba con formas experimentales de música
contemporánea “docta”, rescataba del pasado más profundo las raíces africanas
del primer jazz, surgido caóticamente en las bandas ambulantes polirítmicas y
multifónicas de los negros más pobres de Nueva Orleans (los de piel menos
oscura conformaban una afrancesada pequeño burguesía que tocaba en orquestas de
tipo europeo). De manera equivalente, a la vez que se reaccionaba contra la
aceptación comercial del estilo (jazz o metal), hurgando en el pasado las
raíces más profundas y “true”, se proyectaba el estilo original hacia
territorios inexplorados para los que no todos estaban preparados.
No resulta
casual que tanto el jazz libre de Albert Ayler como el estilo BM en sus
variedades más “paganas” hayan sido calificados como “revoluciones
conservadoras” (para el caso de Ayler y el free jazz, ver “Conservative
revolution’” de W.A. Baldwin en el Jazz Monthly de septiembre de 1967; para el
caso del BM, ver “El potencial revolucionario-conservador del Black Metal” de Olena
Semenyaka: nada menos que la jefa o más bien vocera del movimiento en torno al
neo-nazi Batallón Azov de Ucrania).
Tampoco me
parece un detalle el que en ambos casos la búsqueda de la pureza estética haya
llevado a formas fascistizantes de negación del otro: por un lado el “racismo
inverso” que innegablemente alimentaba las prácticas y la veta más política del
free jazz, con varios de sus participantes hostilizando a los músicos blancos
(hay varias anécdotas en los libros de Koloda y Wilmer sobre el tema) y acercándose
a variedades de “black power” asociadas a grupos tan poco anarco-comunistas
como la Nación del Islam, con lo cual coronaban filosóficamente su pretensión
de expurgar de su música todos los rastros de la influencia
blanca/europea/occidental.
Dos o tres
décadas después, encontramos una especie de reflejo de lo anterior en la
pretensión racista nórdica de personajes como Varg Vikernes (Burzum) de hacer
del BM una expresión musical “blanca”, sin rastro alguno del blues
afroamericano que había estado en el origen de todo el rock and roll y
especialmente del más pesado (del blues amplificado de Hendrix y Cream en los
60, al pub, glam, punk, hardcore, oi! y la mayoría de las variedades de rock
que conocemos). Black power vs. white power, en una rivalidad o inversión
complementaria, similar a la que existe entre sionismo y antisemitismo (“Para
ser sionista hay que ser un poco antisemita”, decían). Pero me estoy
dispersando demasiado, así que regresemos al objeto de este escrito: el “metal
negro”.
En la
literatura especializada el rol de pioneros suele ser adjudicado a los ingleses
Venom (en rigor, una banda híbrida de fines de los 70, de la que disfrutaban
por igual punks, metaleros, skins, pues le cantaban a todo tipo de juventud
descarriada), agregando por lo general al proyecto sueco Bathory (el proyecto
personal del sueco Quorton, literalmente
un sueco adolescente hijo de su papá productor musical, que gracias a su
inestimable ayuda lanzó su histórico debut en 1984), los suizos de Hellhammer (formados
en 1982, que mutaron o más bien se auto-sustituyeron por Celtic Frost en 1984),
los trabajos iniciales de los alemanes Sodom, y algunos expertos con pergaminos
oscuros incluso agregan incluso al primer Slayer (opción con que no estoy tan
de acuerdo porque ahí tendríamos que agregar tal vez a Possessed y Exodus, y ya
no estaríamos en los territorios específicos del black metal sino más bien en
un cruce con el thrash y el death metal).
Bandas que
quedan como a medio camino entre este proto Black Metal y el Black Metal
propiamente tal serían los noruegos de Mayhem (formados en 1984), los
brasileros de Sarcófago, y los suizos de Samael (de 1987, primeros demos al año
siguiente y álbum debut Worship him en 1991). De hecho, y un poco en contra de
lo que dije hace unos pocos párrafos, la existencia de estas bandas demuestra
que en efecto ya existía un BM autoconsciente antes de 1990, el ur-black metal
ya constituyéndose como una forma subcultural autónoma.
Es sabido que
el “satanismo” de Venom en “In league wih Satan” o su primer álbum Welcome to
hell era más pelusón que serio, una imagen más que una filosofía, que una a
década después los noruegos escogieron conscientemente tomar en serio para
diferenciarse de las versiones más light o meramente decorativas de satanismo
que abundaban en el heavy metal en general, y por eso se podría decir que en
ese momento pasaron a la acción.
De hecho, si
bien está claro que la etiqueta “Black Metal” fue inventada por Venom cuando le
dio ese título a su segundo álbum, lanzado en noviembre de 1982, lo cierto es
que como ellos mismos dijeron a la prensa musical el título era un chiste, lo
primero que se les ocurrió para responder la pregunta acerca de qué clase de
música tocaban: “No significaba nada, pero llamó mucho la atención. Ese fue el
verdadero punto de inflexión”.
Re-escuchando
este álbum cuatro décadas después, concluyo que musicalmente están más cerca de
Mötörhead que del BM de los noventa, con letras entre lumpenescas y fantásticas
propias de la llamada New Wave of British Heavy Metal, y que es la imagen
satánica de portada más el título lo que le da su carácter pionero del estilo o
subgénero. La canción Black Metal es un elogio de la potencia y rebeldía del
sonido: “Negra es la
noche, peleamos por el metal la potencia de los amplificadores esta lista para
explotar”.
“Satán grabó la primera nota, tocamos la campana del caos y
el infierno, metal para maníacos puros”, y en el coro se invita a “rendir su
alma a los dioses, rock and roll” (algunos traducen “dioses del rock and roll”).
La canción “To hell and back” profundiza la imaginería diabólica,
con el relato de un anti héroe que ha va al infierno y regresa, “besando a la
reina satánica, viajando a la velocidad de la luz para ver cosas que nadie más
ha visto”, y nos invita a viajar con él a esa última morada. Excelente rock and
roll en todo caso. Y pegajoso.
El caso de
Hellhammer (martillo del infierno) es digno de destacar porque por primera vez
creo que la estética satánica/ocultista juega un rol más profundo en su arsenal
de demos, portadas, canciones, letras y vestimenta. No en vano varios de los
pioneros noruegos tomaron de los suizos inspiración para sus nombres (en
Mayhem, de Hellhammer a Euronymous), y el demo Satanic Rites constituye a mi
juicio el verdadero modelo para todo lo que vino después.
La banda se
forma en 1982 bajo el nombre inicial de Hammerhead (cabeza de martillo: un
nombre no-satánico), con Tom Warrior (guitarra) y Steve Warrior (bajo), unos
chicos suizos de pueblo, provenientes de la disuelta banda Grave Hill. Entre
1983 produjeron tres demos y un EP, nunca tocaron en vivo, y tras la
masacradora crítica que recibió su única producción oficial -el EP Apocalyptic Raids
de 1984, en Noise records- se disolvieron, para reconfigurarse de inmediato
como un nuevo proyecto de Tom y Martin Ain (el reemplazo final de Steve en
bajo) con la banda Celtic Frost, que a partir de 1984 tuvo una meteórica
carrera que terminó de forma bastante polémica y desastrosa.
Profundizando
la tradición iniciada por sus ídolos Venom, los integrantes de la banda
Hellhammer usaban atractivos seudónimos como Denial Fiend, Satanic Slaughter y
Slayed Necros (son los acreditados en la contratapa del Apocalyptic Raids en la
versión CD digipack del 2020 que tengo en mis manos).
El primer
demo, Death Fiend, fue grabado en el búnker bajo un jardín de infantes en donde
ensayaba Grave Hill. Poco después fue modificado para pasar a ser el demo
Triumph of Death, y en el mismo año de 1983 editaron un demo más, el
emblemático Satanic Rites, mi favorito en toda la obra de Hellhammer.
Lo que define
estos demos es un sonido muy crudo, pionero de toda la estética sonora del
black metal de la segunda oleada, con una fuerte y notoria influencia del punk
rock, que ya se apreciaba claramente en Venom, y que a mi modesto entender ha
sido siempre un elemento clave del sonido black metal, que lo aleja de casi
todas las otras corrientes del heavy metal y sus derivados, caracterizado por
lo virtuoso y sobreproducido. De hecho, en canciones como “Decapitate” la
influencia de los ingleses Discharge y su patentado d-beat es evidente, al
punto que parece una adaptación de “Hear nothing, see nothing, say
nothing”(editada por los ingleses el año anterior), y en los momentos más
primitivos de Death/Fiend/Triumph of Detah, parecen un cruce entre el sonido de
una banda garage punk de los 60 y el de los pioneros californianos del punk que
fueron los Germs de Darby Crash (por ejemplo en las versiones tempranas de su clásico
“Forming”, de 1977) .
Lo que
resultó y sigue resultando atractivo en la fórmula de Hellhammer esa esa
mezcla: voces con efecto, ultradistorsión
y d-beat más riffs diabólicos inspirados en Black Sabbath. Algunos han definido
esta nueva variedad de metal que surge antes de 1985, como un cruce entre la
agresión y velocidad de Mötörhead (una banda que se consideraba más cercana al
punk que al metal) con el tipo de oscuridad ambiental y riffs satánicos propios
de Sabbath. El propio Tom Gabriel se muestra muy satisfecho cuando, tras
referir la avalancha de críticas negativas que recibió el EP de Hellhammer, cierra
su relato en la re-edición 2020 diciendo que pese a ello la banda llegaría
posteriormente a ser etiquetada como “el impuro hijo bastardo de Black Sabbath,
Mötörhead y Venom”.
Entender esta
filiación nos sirve para dimensionar el enorme legado de Hellhammer. Para eso
habría que tener en cuenta que, a pesar de las apariencias, el heavy metal (o
“metal clásico”) de los 70 es también un hijo de la contracultura del 68. Esta evidencia es suprimida tanto por los
propios metaleros, que odian a los hippies y la “revolución de las flores” por
blandengues, como por los críticos musicales y los estudiosos de las
subculturas. Así, mientras desde los estudios culturales de fines de los 70 se
presta mucha atención a rastas, punks, mods, skinheads y góticos, la vulgaridad
masculina proletaria de los metaleros los mantuvo alejados de ser un objeto de
estudio interesante. Este desprecio del metal como “baja cultura” propia de
hombres cerveceros de clase blanca puede haber sido funcional en la deriva
reaccionaria que ha presentado la subcultura metalera hasta nuestros días, con
un odio parido hacia los “social justice warriors” y todo lo políticamente
correcto que ha vinculado a gran parte del metal gringo con la Alt-Right.
Esa visión
más o menos hegemónica pierde de vista que el rock pesado de los 70 (a veces
llamado “heavy metal” o “metal clásico”, pero que a mi juicio es más bien hard
rock y punto) es básicamente blues amplificado y distorsionado, y que recién a
fines de esa década e inicios de la siguiente es la influencia positiva o
negativa del punk, es decir, por contagio o por reacción adversa, la que
termina definiendo el sonido del metal hacia el cambio de década. Desde la New Wave of British Heavy
Metal, que con Iron Maiden (con Paul Di Anno de vocalista, al que una vez
escuché decir que cuando surgió la NWOBHM él estaba bastante entusiasmado con
bandas como los UK Subs) a Mötörhead y Venom, exhibía una notoria influencia
punk, hasta las distintas variedades posteriores de metal extremo, influenciado
evidentemente por la derivación hardcore del punk, que motiva la
evidente aceleración que está tras el surgimiento de todas las esas variedades
de metal ochentero, partiendo por el thrash.
Una vez más,
es Fenriz quien se encarga de remarcar en diversas entrevistas que el supuesto
giro hacia el punk de Darkthrone en el siglo XXI no tiene nada de novedoso,
pues el metal de los 80 proviene del punk, que bandas como Hellhammer/Celtic
Frost se caracterizaron precisamente por trabajar en el límite de ambos
estilos, y que incluso el Kill ‘em all de Metallica (1984) es un álbum bastante
punk.
En el caso de
Hellhammer, la baja fidelidad del sonido y el formato demo en caset con tapa
fotocipada en blanco y negro resulta crucial para toda la estética BM
posterior. Quiero detenerme un poco en ese aspecto.
Bill Peel en
su libro sobre Black Metal y “red politics” dedica el primer capítulo a la DISTORSIÓN,
centrándose en el surgimiento del sonido literalmente reventado de guitarra eléctrica
desde que los Kinks en “You really got me” (primera canción de heavy metal según
Fenriz, y no me cabe duda de que muchos chascones metaleros ni siquiera la han
escuchado o la conocen pero en la versión de Van Halen), los pedales de Jimi Hendrix,
David Gilmour y Carlos Santana. Hasta el noise rock de Sonic Youth y Dinosaur
Jr. En cuanto al BM, señala que “la relación con la distorsión es similar a la de
esas bandas – una combinación de creatividad intencional y circunstancial.
Hellhammer, Bathory y Venom, las tres bandas de lo que ahora es conocido como ‘primera
ola del black metal’, buscaban hacer música lo más anticomercial posible, abandonando
la producción pulida y los tecnicismos en aras de velocidad, crudeza y
brutalidad”. El sonido de la “primera oleada” no era totalmente a propósito: “las
bandas tenían poca plata, conexiones en la industria o talento virtuoso en sus
instrumentos”, lo cual se tradujo en “demos grabados lo más barato que era
posible, con productores que no tenían idea de como grabar y mezclar metal y
con un estilo de ejecución que las propias bandas describían como primitivo”.
De hecho, el
primer álbum de Venom, Welcome to hell, consiste en unos demos que el sello
decidió editar tal cual. La crítica fue implacable, pero así y todo el disco
vendió muy bien. Peel cita al crítico Geoff Barton diciendo que el disco “suena
no tanto como si hubiera sido grabado en un estudio de grabación, sino que
armado en base a trozos de vinilo rayado en la parte de atrás de una estación
de gasolina abandonada”. A su vez, Eduardo Rivadavia en allmusic.com al
comentar el segundo disco los califica de “un trío de visionarios idiotas de
pueblo aferrándose a fuerzas que estaban más allá de su control”. En la medida que la influencia de
Venom propulsó la explosión global del metal extremo en 1983, con el
surgimiento del thrash, el death y luego el black metal, el trío de idiotas desató
fuerzas tan poderosas que en una columna en la revista de música experimental
británica The Wire Joe Stannard señala a
Venom como los verdaderos culpables de que el antiguamente despreciado Heavy
Metal sea ahora cubierto en sus páginas en sus diversas derivas artísticas que
van de Sunn O))) y Khanate a Earth y OM.
La ironía que destaca es que cuando The Wire empezó a ser publicada en 1982, no
se dio cobertura alguna al álbum Black Metal, como tampoco al Number of the
Beast (debut de Iron Maiden con el vocalista Bruce Dickinson). 26 años y 300
números después el segundo álbum de Venom tuvo al fin la cobertura necesaria en
esa sofisticada publicación.
Volviendo a
la cuestión de la “primera ola”, Ian Reyes también es de los sostienen que el
viejo BM no tiene un sonido propio, pues todavía no era un género, y que es
después de esta llamada “primera ola” cuando se da el giro negro (“black turn”),
cuando el BM concibe su propia identidad, separada del thrash/death y también
de sus predecesores. En ese punto, según
Reyes -siguiendo la teoría subcultural de Dick Hebdige- se produce una especie
de invención de sus orígenes, reivindicando precisamente las características
originalmente negativas de la estética primitiva de Venom/Bathory/Hellhammer, y
convirtiéndolas en un objetivo conscientemente buscado. Además, para Reyes este giro constituye un fenómeno
mundial, no sólo noruego o escandinavo. La existencia ya a fines de los 80 de
bandas como los canadienses Blasphemy (formados en 1984 y cuyo influyente primer
demo Blood upon the altar salió en 1989) o los brasileros Sarcófago (con tres
demos editados en 1986 y su también muy influyente álbum debut I.N.R.I en 1987)
parece confirmar ese punto de vista: ambas bandas elevaron los niveles de
brutalidad a crudeza de una manera que impresionó a los metaleros extremos de
todo el mundo.
Reyes explica
la “promesa original” del BM, en su forma más verdadera y cruda, como “una solución
fundamentalista a la crisis de pesadez del metal” que se estaba experimentando
con su comercialización desde los ochenta. Al rechazar los “valores de
producción dominantes”, la nueva subcultura usa sus propios materiales crudos u
originarios, encontrándolos en la obra de los que pasaron a ser vistos como
predecesores de la “primera ola”: a Venom/Hellhammer/Bathory este autor agrega
Mayhem (que también existía desde 1984).
En el caso de
Venom, Reyes insiste que según varios críticos la banda era musicalmente muy pobre,
lo que sumado a la mala calidad de sus grabaciones influyó en su rápida declinación,
tras un éxito inicial que los tuvo entre los números más exitosos del NWOBHM.
Pero esta “mala calidad” era la propia de “artistas punk que rechazaban la
sofisticación de la música mainstream y querían hacer algo que fuera difícil para
el gusto, intentando una verdadera táctica de “pesadización”.
No es causal
que Tom Gabriel Warrior haya pasado de ser un fanático convencido de Venom a
criticarles su “comercialización”. Según relata el argentino Matías gallardo en
Nacidos para arder, una muy entretenida y detallada Historia del Black Metal,
cuando pasaron por Suiza, Tom les preguntó tras una rueda de prensa “¿Por qué
Black Metal suena tan comercial?”, tras lo cual les arrojó a la mesa una copia
del primer demo de Hellhammer.
Entonces, si
Hellhammer es la versión radicalizada y extremista de una banda conocida por su
simplicidad y crudeza…imaginen en qué tipo de territorio sónico ya estamos
entrando. De hecho, si el bueno de Lester Bangs había alcanzado a teorizar a
fines de los setenta identificando los pioneros de lo que llamó “horrible noise”,
entre Venom y Hellhammer solos podríamos en efecto reconocer el panteón de los
precursores de lo que Andy R. Brown llama “ejemplos de de un anti-arte lo-fi avant-garde
noise”.
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Por supuesto,
no fue eso lo que pensaron los críticos en las revistas metaleras de la época. Si
bien los demos circularon harto y fueron apreciados por los fanáticos del metal
extremo tal cual eran, otra cosa eran las expectativas que generó el ser
fichados por Noise records de Alemania, para sacar lo que terminó siendo el
único EP oficial: Apocaliptic Raids. Sin mucho presupuesto, a inicios de 1984 los
muchachos suizos se trasladaron a Berlín para visitar por primera vez un
estudio de grabación, donde tenían que grabar el mini álbum de cuatro temas y
dos temas adicionales para un compilado del sello llamado “Death Metal”.
Cuando Horst
Müller, el ingeniero a cargo, les preguntó quién iba a producir el disco, los
muchachos orgullosamente y sin tener idea de qué significa eso, contestaron: “¡Nosotros
mismos!”. Actitud sin duda muy punk, pero que incidió negativamente en los
resultados. Tom y Martin se dieron cuenta de inmediato que la habían cagado, como
relata el bajista: “Horst nos hacía sugerencias muy profesionales, pero
nosotros no lo escuchábamos (…) Cuando terminamos de grabar y mezclar, nos
quisimos morir (…) Al final, cuando las canciones estuvieron terminadas y Tom y
yo las escuchamos por primera vez fuera del estudio, nos dimos cuenta de lo que
habíamos hecho: sonaban para la mierda”.
Lo mismo
opinó el sello, que les dijo que no podrían volver a grabar algo así. Además, el
fanzine alemán Rock Power calificó el disco como “lo más terrible, aberrante
y atroz que se le permitió grabar a estos ‘músicos’”, mientras desde Inglaterra
el crítico Mark Rutherford de la revista Kerrang! opinaba que era “el
peor disco que escuché en mi vida”, y Metal Forces le asignó la nota más
baja.
Si me disculpan
esta nueva digresión comparativa, estas reacciones del establishment metalero
me recuerdan las críticas entre airadas y despectivas que generó en los sesenta
en el establishment del jazz y sus prestigiosas revistas como la Downbeat
la irrupción del free jazz, con grandes basureos a discos como el Ascension de
John Coltrane (calificado por un crítico como un “verdadero asalto a mano
armada”) o los primeros de Ayler (calificados por el trompetista Kenny Dorham
con nota cero). Creo que el paralelo es
interesante: en ambos casos una subcultura que genera sus propios valores, medios
impresos y árbitros del gusto excomulga la deriva más radical que convierte al
sector más puro y duro del movimiento en una genuina contracultura, con el
mismo argumento: “¡no saben tocar!”.
Por su parte,
Tom dice en el folleto de la versión CD de Apocalyptic Raids que a pesar de
todo el disco llegó a los rankings de Kerrang! en el número 19 de los singles
de ese año, y que la tienda que los distribuía por allá los promocionaba diciendo
que hacían que en comparación Hellhammer hacía que Venom pareciera Foreigner. Y
que en definitiva su estética de bajo presupuesto anticipaba en una década lo
que iba a ser el sonido estándar de cualquier disco de black metal futuro.
La
explicación que da Martin para esta desastrosa experiencia tiene que ver con la
misma búsqueda que está detrás de estilos considerados extremistas o radicales
como el free jazz o el noise: “Éramos tan extremistas y estábamos tan dedicados
a nuestra música y tan convencidos de que seríamos la banda más extrema y radical
de la historia que, incluso aunque nos dieran buenos consejos, no los
escuchábamos”.
Este es a la
vez el atractivo de la adolescencia, y el límite objetivo a que estas iniciales
formas de metal extremo fueran pulcras o virtuosas: a la manera de los jóvenes
delincuentes y pandilleros estudiados por el teórico norteamericano de las
subculturas Albert Cohen, su actividad es hedonista, no utilitaria, gratuita y
consiste básicamente en apelar a la lealtad del grupo de pares mientras desafían
el orden adultocéntrico, invirtiendo sus símbolos y valores.
Esta sola
explicación “criminológica” o si prefieren, de “sociología de la desviación”,
bastaría para explicar por qué los practicantes del verdadero culto que fue el
Black Metal noruego de los noventa se tomaban la religión cristiana y sus
símbolos más en serio que el grueso de la población de su país, que -según se
dice- a pesar de ser un país oficialmente cristiano, van a misa un par de veces
al año y no se toman dicha religión tan en serio como sus más feroces negadores,
herejes, blasfemos y quemadores de templos.
En el caso de
Hellhammer, una de las primeras bandas genuinamente ocultistas y satánicas, el
propio Martin, adolescente (menor de edad) al momento de ingresar a la banda,
se encarga de explicar que su familia le
dio una estricta crianza católica, leyendo y memorizando fragmentos de la
Biblia. Reaccionando frente a eso, se interesó en Aleister Crowley y en “todas
esas sociedades ocultistas de finales del siglo XIX y principios del XX
inspiradas en la cábala”. Ese conocimiento fue su aporte específico a
Hellhammer, más tarde desplegado en mayor medida aún por Celtic Frost.
Llegados este
punto, damos por cerrada la breve y estimulante historia de Hellhammer. La
noche del 31 de mayo de 1984, casi tres meses después del viaje a Berlin, Tom y
Gabriel decidieron poner fin a la banda, y trabajar en la creación de una
nueva.
Aquí, queridos lectores, comienza entonces la historia de una leyenda de los ochenta: ¡Celtic Frost!
Etiquetas: black metal, free jazz, Loso Chenta, noise
lunes, mayo 20, 2024
Free jazz en Anagrama: Comentario y Nota preliminar
Comentario de Free jazz. La música más negra del
mundo, de Mariano Peyrou (Editorial Anagrama, 2024).
Por Quim Casas (RdL 16. 05. 2024)
De este ensayo sobre el free jazz me gusta mucho el esfuerzo de su autor por explicar de manera lo más directa y transparente posible un concepto tan complejo e inextricable. En un cuaderno más de Anagrama –no tan breve como otros, son 154 páginas, aunque en formato pequeño–, Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971), profesor de Historia del Jazz en el Centro Superior Música Creativa de Madrid, lanza varias definiciones que ayudan tanto al conocedor como al profano a contextualizar y concretar.
Algunas de ellas: “El free jazz es un enfoque musical, más que una serie de rasgos estilísticos”; “Combina dos estéticas a las que el público no está acostumbrado: la de las vanguardias y la de las culturas africanas”; “El free jazz destruye oposiciones binarias en las que se basan muchos discursos estéticos, como las que enfrentan lo primitivo a lo moderno, lo popular a lo culto, lo emocional a lo cerebral, lo intuitivo a lo reflexivo, lo material a lo espiritual y lo individual a lo colectivo”; “El free jazz también refleja una tensión entre lo blanco y lo negro que va más allá de lo musical, que forma parte de la sociedad norteamericana y que en esta época está muy exacerbada”; “Es un deseo, que no siempre se realiza, de prescindir de ciertos elementos restrictivos del jazz anterior, y un impulso hacia una mayor libertad”; “El rechazo del free jazz a considerar la música fundamentalmente a partir de la melodía y la armonía y el deseo de darle un lugar central a las texturas, las densidades y los timbres” (en relación a las semejanzas del free jazz con obras de compositores europeos como Karlheinz Stockhausen, György Ligeti o Iannis Xenakis); “El free jazz, dando voz a la parte negra del jazz, deja de lado ‘violentamente’ la melodía y la armonía, como Kandinski o Mondrian dejan de lado violentamente la representación”; “No tiene por qué haber una melodía, y las relaciones entre los distintos instrumentos no son siempre las mismas, sino que van variando”; “En el free jazz, el bajo adopta funciones más melódicas. La sección rítmica contribuye tanto como los solistas a proporcionar variedad tímbrica, texturas, dinámicas; a moldear el sonido, dosificar la energía y crear atmósferas. Y eso, no las melodías –ni quien se hace cargo de ellas–, es lo fundamental en este estilo”. En una nota a pie de página, Peyrou remite al trombonista George Lewis cuando habla del jazz como una especie de cárcel conceptual que encasilla a los músicos. El free jazz –como el punk o el noise en el rock– se rebeló contra ello.
“Free jazz. La música más negra del mundo” comienza remontándose a 1959, año en el que aparecieron varios discos que ponían en crisis los modelos del bebop y el hard bop sin impugnarlos: “Kind Of Blue” (1959) de Miles Davis, “Giant Steps” (1960) de John Coltrane, “The Shape Of Jazz To Come” (1959) de Ornette Coleman, y“Mingus Ah Um” (1959) de Charles Mingus. Peyrou escribe que estas obras representan el agotamiento de aquellos estilos que dominaron en los años cuarenta y cincuenta y la necesidad de pasar página. El de Davis representa al jazz modal, el de Coltrane eleva a lo máximo el concepto de bebop a la vez que lo finiquita. El de Mingus, sin ser free jazz, “presenta el gusto por el ‘desorden’, la interacción espontánea y la creación colectiva que van a caracterizar este estilo”. Peyrou explica, en relación con “Mingus Ah Um”, que ahí están las disonancias, los juegos con la afinación, la liberación métrica o el interés por el sonido en sí mismo, aspectos que esbozan lo que estaba por llegar. Cita a Charlie Haden, contrabajista de Coleman –“cuando empiezas a pensar, la música se detiene”–, y a Joseph Jarman, saxofonista del Art Ensemble Of Chicago –“intento eliminar la razón”–, para refrendar esa sensación explícita de libertad, en todos los sentidos, que incorporaría el free jazz, primero llamado New Thing y bautizado de esa forma tras la aparición de un disco de, precisamente, Ornette Coleman, “Free Jazz. A Collective Improvisation” (1961).
El discurso de Peyrou reivindica la importancia en el género de determinados aspectos de la música africana, de ahí su subtítulo, en abierta oposición con la música tradicional africana, menos reivindicativa y de autoafirmación según el autor. A partir del citado disco fundacional del doble cuarteto de Coleman, define ideas esenciales: “Los ocho instrumentistas improvisan por turnos y unos interludios de improvisación colectiva separan sus solos. Es bastante evidente que hay aquí elementos africanos. Muchas veces una frase se ve interrumpida por otra, los músicos se pisan; en la pieza que nos ocupa esto ocurre multiplicado por mil (…). Y la música, además de colectiva, es anónima en un nivel poco habitual: resulta difícil saber quién toca qué”.
Pero nada como la comparación entre "Mohawk", tema de Charlie Parker registrado en 1950 con Dizzy Gillespie y Thelonious Monk, y la versión grabada en 1965 por el New York Art Quartet (Roswell Rudd, John Tchicai, Milford Gaves y Reggie Workman). “En sus solos, Parker y Gillespie ‘cumplen’ con la armonía, la respetan, la obedecen; son, desde luego, dos improvisaciones extraordinarias, llenas de feeling bluesero y bebopero. Sin embargo, visto desde el filtro del free jazz, incluso el bebop parece ‘peinado’. En la versión original de ‘Mohawk’ se oye la melodía dos veces, un solo de saxo, un solo de trompeta, un solo de piano, un solo de bajo y la melodía de nuevo para terminar”. El método clásico, universal. “Da la sensación de que los solistas desfilan en orden, sometidos a una disciplina que no han elegido (…). En la versión de NYAQ, tras la exposición de la melodía los solos son dialogados: no se improvisa de acuerdo con una progresión armónica preestablecida, sino en función de lo que toquen los demás, de lo que ocurra en el momento (…). La melodía no está únicamente al principio y al final, como es preceptivo: no desaparece nunca, o mejor dicho, desaparece y reaparece”. El jazz y dos mundos (casi) equidistantes. Peyrou invoca a Ornette Coleman, cuando este decía que su idea era que dos o tres músicos tuvieran una conversación con sonidos sin tratar de dominarla, para refutar a Gillespie y su opinión de que un buen batería es aquel que se olvida de sí mismo para someterse al solista.
Es un ejemplo
más del análisis pormenorizado y clarificador que propone el ensayo, que ahonda
igualmente en la espiritualidad del saxo tenor, en la transformación de
Coltrane tras escuchar en directo la música de Coleman, el cambio que supone el
vibráfono en vez del piano en la obra de Eric Dolphy o la obra total de Cecil
Taylor como encuentro entre las culturas africanas y la vanguardia occidental. ∎
--
Nota
preliminar
«Si quieres aprender, enseña», recomienda Marco Tulio
Cicerón. Tras pasar dos décadas y media escuchando, estudiando y tocando esta
música, comencé a dar clases de Historia del Jazz. Apenas unos años después,
sentí la necesidad o el deseo de estructurar un poco lo que sabía y encajar
algunas ideas propias. Este libro es resultado de esa necesidad o ese deseo. Me
imagino que el constante autocuestionamiento que supone la enseñanza me llevó a
intentar sistematizar las relaciones entre músicos de distintas épocas, entre
los músicos y otros artistas y entre las innovaciones de ciertos músicos y su
contexto sociopolítico.
Siempre tuve claro que el libro tenía que ser breve, quizá
para resultar más didáctico, o más contundente: una introducción al free jazz,
un intento de estimular a los oyentes primerizos a que se acerquen a una música
que me parece apasionante y de proporcionar a los aficionados a este estilo un
marco para entender mejor por qué estos músicos tocan como tocan, de dónde
vienen estos sonidos y hacia dónde van. El subtítulo se me presentó de repente
y me gustó, pero al principio no me pareció adecuado: pensé que la música
tradicional africana, sin influencia blanca de ningún tipo, era en realidad más
negra. Luego me di cuenta de que «la música más negra del mundo» aludía a dos
cosas que justificaban la frase. Por un lado, precisamente esa convivencia con
lo blanco (el contexto, los instrumentos, los conceptos musicales procedentes
de las tradiciones de la música europea) producía un contraste que realzaba el
carácter negro del free jazz. Por otro lado, el free jazz intenta activamente
suprimir ciertos rasgos musicales blancos y potenciar algunos rasgos negros,
mientras que la música tradicional africana carece de ese elemento reivindicativo
y de autoafirmación.
Quiero dedicar este libro a mis alumnos del Centro Superior
Música Creativa. Ellos son, en buena medida, mis compañeros de trabajo y de
estudios.
El año 1959 es un punto de inflexión en la historia de la
música afroamericana. En marzo y abril, Miles Davis graba Kind of Blue; en
mayo, John Coltrane, que había participado en ese disco, graba Giant Steps. Se
trata de dos álbumes fundamentales en la evolución del jazz. Cada uno a su
manera, representan el agotamiento del bebop y el hard bop, y muestran la necesidad
de pasar página y asumir un nuevo planteamiento estético. El bebop, un estilo
surgido a comienzos de la década de 1940, rechaza el swing de las big bands,
preponderante en la época anterior, porque a los músicos les parece que, con
ese enfoque tan centrado en los arreglos, la orquestación, la escritura y la
precisión rítmica, el jazz se ha blanqueado demasiado, y propone un enfoque
orientado principalmente hacia el solista. En el plano musical, lo importante
es la improvisación, no la composición. En el plano sociológico, lo importante
es expresar la sensibilidad, el estado de ánimo y las capacidades artísticas de
la comunidad negra, no hacer bailar a la gente. En los años cincuenta se
produce un movimiento semejante, aunque mucho menos radical, cuando los músicos
de hard bop rechazan el estilo cool, con su estética más contenida y
representado sobre todo por blancos, y recuperan el blues y el gospel
combinándolos con algunas de las aportaciones del bebop. Pero las estructuras
fijas y la complejidad armónica todavía dificultan la interacción de los
músicos, un elemento fundamental del primer jazz que había pasado a un segundo
plano desde que el inmenso talento de Louis Armstrong, en los años veinte,
colocó en primer plano la improvisación individual.
Kind of Blue representa el jazz modal, que, explicado
brevemente, se basa en tocar una única escala sobre un único acorde durante
mucho más tiempo de lo que se había hecho nunca en el ámbito del jazz. La
improvisación melódica estaba muy constreñida por una serie de reglas y
costumbres que consistían en tener en cuenta, ante todo, los acordes que tocan
los acompañantes; la simplificación armónica supone una mayor libertad. «Miles
estaba evolucionando hacia el empleo de cada vez menos acordes en las canciones»,
dice Coltrane. Las ideas de los solistas, con este sistema, «fluían
libremente», pues cada uno podía «decidir si quería tocar melódica o
armónicamente», es decir, centrándose en la armonía, como se hacía en la época
del bebop, o en las melodías, como suele hacerse en las músicas folclóricas.
Kind of Blue elimina las enrevesadas progresiones de acordes particularmente en
«So What» y «Flamenco Sketches», temas en los que se emplea una sola escala
durante varios compases. El free jazz irá más lejos y eliminará la obligación
de emplear acordes y, sobre todo, acabará con la posición central de las
progresiones armónicas en la improvisación.
Giant Steps, por su parte, representa a un tiempo la
apoteosis del bebop y su final. En cierto aspecto, este disco es lo contrario
de Kind of Blue, ya que en él se hace hincapié en los rasgos fundamentales del
bebop: en «Giant Steps», el tema que le da título, hay una gran complejidad
armónica, la improvisación se basa en arpegios y se toca a mucha velocidad.
Desde el punto de vista del solista, las cosas nunca habían sido tan complejas
y exigentes: Coltrane necesita recurrir a frases hechas, estudiadas
previamente, para poder solear. Resulta tan difícil improvisar sobre la armonía
que el pianista Cedar Walton, en una primera sesión, no había querido hacer un
solo, y Tommy Flanagan, en la grabación que se publicó, fue incapaz de
improvisar con éxito. Ni siquiera Coltrane logra realmente improvisar: en todas
las tomas que grabó, y en distintos momentos de esas tomas, repite las frases
que llevaba preparadas. Al igual que el disco de Davis, Giant Steps sirve para
constatar que una verdadera improvisación melódica no puede llevarse a cabo con
tantos acordes y a esa velocidad. Siendo una obra maestra, lo máximo a lo que
se puede llegar con el sistema de valores del bebop es también una demostración
muy contundente de los límites de este estilo, cuyos rasgos imponen un grado
relativamente bajo de improvisación y unas posibilidades de interactuar casi
nulas. Creo que vale la pena señalar que estos dos discos se grabaron sin
ensayar, para fomentar las interpretaciones más espontáneas que fuera posible.
En cualquier caso, Giant Steps supone el final de un camino. Coltrane empezará
a recorrer otro en los años sesenta.
En Anagrama puedes acceder a una Selección de temas:
En esta
lista de reproducción exclusiva se incluyen todas las piezas que el autor cita
y comenta en el libro y están disponibles en Spotify. Las que no lo están
pueden encontrarse en YouTube y Bandcamp: «Mohawk», de New York Art Quartet;
«Metamorphosis 1962-1966», de The Bill Dixon Orchestra; «Voices», de The Bill
Dixon Orchestra; «Beloved’s Reflection», del Indigo Trio; «Lonely Woman», de
Naked City; y «Theme from a Symphony (Variation One)», de Ornette Coleman.
bit.ly/FreeJazzPeyrou
Etiquetas: free jazz, memoria negra
lunes, junio 26, 2023
"No teníamos un concepto musical ¿Qué mierda es eso?". En memoria de Peter Brötzmann (6/3/1941-22/6/2023)
Murió Peter Brötzmann, la "ametralladora" (como le puso Don Cherry tras conocerlo en Alemania a fines de los 60). No tengo mucho que decir en este momento, salvo que tal como ante la noticia de la muerte de Cecil Taylor, Ornette Coleman o Pharoah Sanders siento más dicha que pena: gratitud por haber conocido y apreciado la inmortal obra de este tipo de seres humanos. Más todavía porque sé que murió durante el sueño, en calma, tras haber tenido un colapso en su estado de salud pocas semanas antes. Nunca dejó de soplar su saxo hasta ese momento.
La revista The Wire liberó una larga y excelente entrevista con David Keenan en dos partes. Se incluye una guía de Daniel Spicer para navegar por sus principales discos, además de algunos de sus trabajos visuales.
La Tercera y Pitchfork hicieron notas que cierran con un dato de mierda: Bill Clinton sería un gran fanático (o "fans" como dicen todos ahora) de Brötz. Ya ¿Y qué? Valdría la pena robarle todos los discos y reemplazárselos por material de Kenny G. y los hermanos Marsalis.
En Rocakaxis me encontré con una entrevista con motivo de su segunda visita a Chile en 2018, donde ante la pregunta algo estereotipada sobre los "conceptos musicales" tras el trabajo del cuarteto Last Exit (con Shannon Jackson en batería, Laswell en bajo y Sharrock en guitarra) responde contando cómo se dio ese encuentro, y que "funcionó y resultó entretenido", rematando con: "No teníamos un concepto musical. ¿Qué mierda es eso?".
Recomiendo acudir a su bandcamp, con 29 de sus alrededor de 50 albums.
Dentro de ellos me topé con un poderoso dúo de 1987 con el gran Sonny Sharrock, del cual no tenía noticia.
Me despido para proseguir con los homenajes caseros. Como bien dijo Byron Coley, nunca más veremos a alguien así. Sigue soplando desde el cielo del jazz libre, querido Peter. Nunca te olvidaremos.
Los dejo con la parte final de un texto que ya había subido acá hace tiempo, con ocasión de su primer concierto en Chile (2016, Sala Master) y al que luego le había hecho un agregado tras el segundo y último concierto (2018, Matucana 100):
“Free
Europa 68: seamos realistas, dejemos la cagá.
El
free jazz europeo pisa un terreno que estuvo en sus inicios asociado a la
improvisación y experimentación “blancas”, es decir, a la música proveniente de
esa tradición continental y que hoy en día suele quedar encerrada en las
instituciones musicales separadas. El jazz “negro” americano, de origen
ciertamente más proletario, operó como una fuerte influencia que abrió el
camino a nuevos sonidos y enfoques y a la radicalización de todas las opciones
por parte de los espíritus más inquietos de Europa (y del resto del mundo,
obviamente).
Para
Steve Lake, escribiendo en The Wire a mediados de los 80, es recién en 1968 con
“Machine Gun”, del Peter Brötzmann Octet, que en rigor se da a luz el primer
ejemplar auténtico de jazz “europeo”.
En
Machine Gun lo que tenemos es un ataque frontal de saxofones (3: Brotz más Evan
Parker y Willem Breuker) que atacan con el apoyo de dos contrabajos (uno de
ellos es el maestro Peter Kowald, Q.E.P.D.), dos baterías (¿quien conoce a un
tal Hann Bennink?) y un piano (Van Hove), que alcanza niveles de agresividad y
alegría que no se conocían, o no al menos en estas tremendas dosis y
entremezclados tan acertadamente.
Brötzmann
había estado antes asociado al movimiento Fluxus y a otras formas de expresión
estética (el fluxus de esos años había llegado a dictaminar: “Músicos: rompan
sus instrumentos”), y cuando armó el octeto con el que grabó este deslumbrante
álbum editado por FMP (un poco antes había editado su primer álbum, tiernamente
titulado “For Adolphe Sax”, en homenaje al inventor de tan bello, vulgar y
moderno instrumento) reconocía la influencia más “rockera” (o “eléctrica”) de
gente como Jimi Hendrix …No sé si es por eso que este álbum podría calificar
hasta como una especie rara de heavy metal o hardcore punk (géneros a los que
podríamos decir que anticipa en unos buenos años pero que, a la vez, derrota en
su propio terreno, al sobrepasarlos fuertemente en intensidad sin necesidad de
enchufar nada). Por lo mismo, es una de las piezas más obvias de “introducción
al free jazz” que puede gozar de aceptación entre las huestes melenudas y/o
rapadas que por lo general bostezan frente al swing más tradicional (dicho
carácter “introductorio” esencial lo tienen también otros álbums comunales de
la época, como el “Free Jazz” de Ornette, “Ascension” y “Om” de Coltrane, y el
álbum colectivo “NY Eye and ear control” impulsado por el comandante Albert
Ayler).
Este
artefacto, que fue grabado en pleno Mayo del 68 en Bremen, recientemente ha
sido objeto de reedición como “Complete Sessions” gracias a Atavistic: un
artefacto que debería ser puesto al alcance de todos los niños y niñas
inteligentes, brutos y sensibles de este planeta Tierra.
¿Y
tiene esto algo que ver con el Free Jazz Punk Rock? No lo tengo muy claro en
términos racionales todavía, pero creo que su energía, radicalidad y abundante
humor (entre medio de los bombardeos aéreos y devastación general hay tiempo
para líneas melódicas absurdas, bromas dadaístas y hasta un par de ritmos
fiesteros) lo constituyen en un álbum maestro que no ha cesado ni cesará de
inspirar a varias generaciones de ruidistas subversivos. Eso, además de Herr
Brötz himself: muy a su manera, un viejo punk que, luego de Machine Gun, ha
mantenido en alto el nivel de brutalidad, lo que le ha valido que muchos
críticos y fascistas estéticos lo descalifiquen por su supuesta
monotonía/economía de recursos, y que sigue activo hasta el día de hoy.”
-
“Hasta el día de hoy”. Eso dijimos hace casi una década. Jamás imaginamos que
algunos años después tendríamos a un Brötz de ya más de 70 años soplando como
sopla, en Chile.
Fui
a verlo con una hermosa acompañante: la chica más linda de toda la sala y
varias cuadras a la redonda si es que no de toda la comuna y ciudad. Al llegar,
puntuales y con un par de latitas de cerveza helada en el bolso, ya estaba
llena la Sala Master, pero nos ubicamos bien en unas sillas altas que tenían a
un costado. Cuando la cosa estaba por empezar, me di cuenta de que ni siquiera
me había preocupado de la existencia de la banda Full Blast: Marino Pliakas en
un bajo con hartos efectos, y Michael Wertmüller sentado a la batería. Después
de haber presenciado todo el set, concluí que en rigor ese puro dúo en sí ya
valía la pena en extremo, y sobre su “Wall of noise” el saxo de Brötz venía a
ser como la guinda de la torta.
Era
raro ver a Brötz tan viejito y encorvado, con una semijoroba, soplando como en
los viejos tiempos, aunque tal vez un poquito menos fiero que en 1968 o 1986:
el tiempo pasa, y como dice Pavel Oyarzún desde Punta Arenas, en su brillante
novela “Barragán” (LOM, 2009) a través de un personaje: “El peor enemigo de un
anarquista no es la iglesia ni el Estado, sino el mero paso del puto tiempo”.
No
tengo muchas palabras para describir lo que sentimos todos el martes a las
20:30. Por momentos la parte electrónica de la banda (o más bien, el bajo con
efectos más la batería) me hacía pensar no en Last Exit, sino que en Fushitsusha
(Brötz ha grabado algunos discos con Keiji Haino por cierto) y en un par de ocasiones
mi acompañante que goza de un excelente oído hasta mencionó a Corrupted. Con
razón uno de los albums de Full Blast, en Atavistic, se llama Black Hole:
agujero negro. En esos momentos la música efectivamente parecía un magma que
salía desde el centro de la tierra volcánicamente para ir a parar a quien sabe
qué punto del espacio exterior, o más bien difuminarse en todas direcciones del
mismo.
A
Brötzmann lo vi usar el saxo tenor, y dos instrumentos rectos, uno de los
cuales imagino era el famoso tarogato o flauta turca. Gracias al cambio de
instrumentos había harta variedad sonora que hacía imposible hablar de
monotonía, y además los otros dos instrumentistas juntos o por separado
tuvieron harto espacio para expresarse. Pero lo que más me sorprendió fue que
cuando agarró el tenor y se quedó solito un buen rato, nos entregó el momento
de más profundo lirismo en lo que vendría a ser como una especie de balada
brotzmanniana. Emocionante. Creo que hasta lagrimeé un poco.
A
diferencia de lo que leí por ahí, no usó cuatro tipos de saxofón ("desde
el alto y el tenor hasta el barítono y el bajo-, y también utilizando el
clarinete y el torogato"): sería bueno que los que escriben comentarios
vayan efectivamente a los conciertos y presten atención.
Otro
órgano dijo que hubo “1:15 minutos de puro free jazz”. No estoy de acuerdo:
esto es otra cosa: una música nueva que desafía probablemente toda definición,
y ciertamente que cuando estaban el bajista y el baterista solos o a dúo, no
sonaba a "jazz" sino que a música libre nomás...
Pero
eso no es tan importante, son sólo etiquetas que uno usa por comodidad y la
idea nunca ha sido que ellas determinen ni aplasten el contenido que hay detrás.
Insisto:
no tengo mucho más que decir, excepto que quizás es el mejor concierto que he
visto en mi vida hasta ahora.
-
Al terminar, algunos entusiastas corrieron a pedir autógrafos a Brötzmann. El
viejo firmó algunos pero se veía bien mosqueado con todo eso, y sólo quería
guardar sus instrumentos e irse. Así y todo le alcanzó a firmar a mi
acompañante el CD del Machine Gun, y Marino Pliakas dedicó el CD de Full Blast
en Colonia el 2006 a nuestro hijo, cosa que al otro día llenó de alegría al
pequeño melómano.
Como
vi que Brötz estaba ya bastante molesto con el acoso, fui a decirle a
Pliakas que por favor le dijera luego lo siguiente: que había alguien que
quería darle las gracias por haber mantenido viva la llama de Ayler, y haber
acercado su música a tanta gente. Este brillante bajista (que por lo que
ahora sé ha colaborado con varias formaciones del enjambre del ruido libre y
desprejuiciado) era bastante simpático. Sonrió y me dijo: “OK, pero ¡mejor anda
y dile eso tú mismo! Le va a gustar”. Ante mi reticencia insistió: “It´s OK!”.
Entonces fui, pero apenas le empecé a tratar de decir algo saltó una de las
mujeres de la organización y me repelió: “Déjenlo tranquilo, está cansado”.
Luego
le comenté a mi acompañante que igual entendía perfectamente el cansancio del
viejo prócer, a lo que ella replicó: “Si está tan viejo y mañoso mejor que no
salga de gira!”. Ja ja. Le encontré algo de razón considerando lo empelotado
que se veía el viejo por momentos, pero tras meditarlo un segundo le contesté
que tiene todo el derecho de hacerlo, porque a estas alturas ¡Brötzmann es
patrimonio de la Humanidad!
POST-SCRIPTUM 2020:
Brötzmann con sus Full Blast vinieron una segunda vez a Chile. No recuerdo el año…creo que fines del 2018. En Santiago el concierto fue en Matucana 100. En esta ocasión hubo teloneros: los Fuerza Labor, con Edén Carrasco en vientos, Felipe Araya en percusión, y un bajista cuyo nombre he olvidado. Llegamos algo tarde con mi hermosa acompañante porque hubo colapso del transporte público (otra anticipación del 18 de octubre). El concierto se pudo apreciar incluso mejor que el otro. Poco pero entusiasta público (a algunos me los topé días después viendo a Varukers en el Arena Recoleta).
Esta vez sí pudimos saludar a Peter, que estaba feliz. Le mencioné
que gracias a él había descubierto la obra de Ayler, y me mencionó que él había
escrito unas notas sobre Albert en el folleto del disco “Die Like a Dog”
(subtitulado “fragmentos de la música, vida y muerte de Albert Ayler, junto a
Hamid Drake, Toshinoro Kondo y William Parker, Free Music Production CD 64,
Berlin, 1994). Le dije que lo tenía, y que pensaba traducirlo alguna vez. Aún
no lo he hecho. Ya lo haré.
Etiquetas: 68, 77, Brötzmann, free jazz, memories of you, tampoco los muertos estarán seguros cuando el enemigo venza
domingo, abril 02, 2023
El mundo con Don Cherry. Café Montmartre, 1966.
En los viejos tiempos de trabajo
asalariado en plano centro como una especie de junior leguleyo que debía
revisar y mantener en orden la papelería jurídica de un miserable conjunto de
empresas de ingeniería y no sé qué más, me acostumbré a sacar la vuelta
peinando los estantes de la antigua casa matriz de la Feria del Disco (RIP). Media hora en el Conservador de Bienes Raíces,
y el doble de eso en los subterráneos de la Feria y sus cajones de ofertas
ordenadas por precio.
Siempre me topaba con un CD que
se llamaba “I don’ t know this world without Don Cherry”. No tenía idea de
quien era Don Cherry: en esos años buscaba discos de Henry Rollins y pasaba de
largo los de Sonny Rollins: CRASSo error.
Después cuando en esas mismas
estanterías descubrí a precios bastante razonables el “Bap-Tizum” del Art Ensemble
of Chicago y el “Free Jazz” del cuarteto doble de Ornette Coleman, así como el “The
shape of jazz to come”, todo en Atlantic, me di cuenta que DC era nada menos
que el ilustre y magnifico trompetistas de los primeros discos del cuarteto de
Ornette. Así fue que de a poco compré “Brown
Rice” (de 1976: una maravilla cuasi oriental, con bajos eléctricos y el saxo
chirriante de Frank Lowe), The Sonet recordings (el Don Cherry “tibetano” en el
CD1, “Eternal Now” de 1974, y un concierto en Turquía 1969 en el disco 2), y el
muy posterior pero bastante cautivante “Multi Kulti” (1990, que incluye una
Rumba).
Después me pude conseguir la
discografía más esencial de este tremendo artista humano, que a mi juicio es la
de la segunda mitad de los 60 en el sello Blue Note (“Where is Brooklyn”, “Symphony
for improvisers” y “Complete Communion”, liderando bandas junto a Gato
Barbieri, Pharoah Sanders y otros próceres.
Sin entrar en detalles sobre su trayectoria,
baste señalar por ahora que antes de empezara a hacer sus discos como “líder”
de banda (una denominación muy poco feliz en el caso de este maestro
antiautoritario) colaboró además de con Ornette, con Coltrane (escuchen el
disco conjunto “The Avantgarde”), con Sonny Rollins, Archie Shepp y con Albert
Ayler.
Piensen en eso: estar recién
cumpliendo 30 años, tocando, grabando y editando un tipo de música totalmente
original y fresca, luego de tocar colaborando estrechamente con cinco de los
más grandes saxofonistas de todos los tiempos.
La etiqueta misma de “jazz” o incluso
“free jazz” no tenía micho sentido para esta alma inquieta que absorbía con
pasión todas las músicas de las comunidades humanas del mundo, mucho antes que
Paul Simon, Peter Gabriel y Michael Jackson pusieran de moda y lucraran con las
“músicas del mundo”.
En relación a esta banda y
evento, los dejo con las sabias palabras de Ekkehard Jost en su libro “Free Jazz.
Estudios críticos sobre el jazz de la década del sesenta” (1975, editado en
Argentina en traducción de Omar Grandoso, Letra Sudaca/Improvisación Colectiva
en Mar del Plata, 2021):
“Durante 1964/64 Don Cherry
estuvo en Europa varias veces, primero en la gira junto a Sonny Rollins, luego
con Archie Shepp y el New York Contemporary Five, y por último con Albert Ayler.
A finales de 1964 en París formó su primera agrupación estable. Durante su
contratación en el Chat qui pece, el club de jazz que fue uno de los baluartes
del free jazz en Europa -otros son el Montmartre de Copenhague y el Gyllene Cirkeln
en Estocolmo-. Allí conoció a varios músicos con los que posteriormente
alcanzaría una unidad de concepción, bastante inusual en la escena del free
jazz, caracterizada por ensambles en cambio constante. Esos músicos fueron: el
saxofonista tenor argentino Leandro “Gato” Barbieri, el vibrafonista y pianista
alemán Karlhanns Berger, el contrabajista francés Jean Francois Jenny-Clark, y
el baterista italiano Aldo Romano.
Karlhanns Berger, que había
trabajado con anterioridad junto a Jenny-Clark y Romano, dice acerca de este
período:
“Reunirnos con Don Cherry nos
dio un impulso terrible. Por primera vez en mi vida participé de una clase de música
sin ningún problema en absoluto; no había necesidad de hablar de estilo y ese
tipo de cuestiones. Todo se hacía sin palabras; el hecho de que todos
habláramos idiomas diferentes, hacía que apenas fuese posible comunicarse
verbalmente, mucho menos discutir algo…Todo lo que más tarde tocamos evolucionó
colectivamente” (Berger, 1967).
En este auténtico quinteto
internacional, que permaneció unido -excepto por breves interrupciones- hasta
mediados de 1966, Cherry pudo por primera vez llevar sus ideas a la práctica,
no sólo como improvisador, sino en un sentido más amplio.
Desafortunadamente, la música
de este grupo aparece sólo en un LP editado por un sello discográfico francés
poco conocido (Durium A 77 127) y no fue editado en Alemania, donde este libro
fue escrito”.
Nota del Traductor argentino:
“Con posterioridad a que este
libro fuera escrito, unas grabaciones de este grupo registradas durante 1966 en
el Café Montmartre (con el contrabajista dinamarqués Bo Stief en lugar de
Jenny-Clark), fueron editadas de manera pirata en Europa, y de manera oficial
por el sello ESP-Disk en tres volúmenes en CD (ESP 4032, 4043 y 4051) durante
el 2007”.
Con esas tres maravillas los dejo
acá. Es de destacar el repertorio, que además de piezas que luego salieron en
discos como Complete Communion incluye uno que otro guiño al folclor
sudamericano.
Montmartre:
Para terminar, y dejar en claro que siempre es prudente
tratar de no hablar demás, los dejo con la anécdota de Viv Albertine,
guitarrista de las Slits, cuando invitaron a Don Cherry a una gira y una vez
instalados arriba del bus viven este muy incómodo momento:
“El primer día de la gira, para alegría
mía, me toca sentarme en una mesa del autobús junto con Don Cherry y un par de
músicos de su grupo. Para mí es un privilegio y estoy superentusiasmada. Nos
ponemos a charlar en un ambiente amistoso y relajado. Intento contenerme y no
ponerme nerviosa por estar hablando con un músico norteamericano tan genial y
con tanto talento. No recuerdo como, pero empezamos a hablar de los yonquis. “Yo
odio a los yonquis”, digo. Se hace un gran silencio. No sé qué ha pasado. Los
miro y ellos me devuelven la mirada imperturbables, nadie habla, nadie sonríe.
Algo va mal. Empiezo a sentirme muy sola en aquella mesa, los tres tipos
parecen hacerse más grandes y cernirse sobre mí a medida que yo empequeñezco
más y más. Entonces, Don Cherry me mira a los ojos y, con voz pausada y en tono
frío y comedido, me dice: Yo odio el odio”. Es un desprecio total. Sé que es el
título de una canción de Razzy (“I hate hate”, el DJ solía ponerla en el
Dingwalls) y me encanta; pero me siento una idiota y he quedado como tal al
decir que hay cosas que odio. Les parece una cateta intolerante y con
prejuicios.
Se me hace un nudo en el
estómago que ya no se me quitará durante el resto de la gira por culpa del
ambiente enrarecido entre Don y yo. Me siento una intrusa dentro de mi propia
gira. No veo el momento de que termine. No puedo mirar a Don a los ojos y
tampoco él me mira a mí. La interpretación de Don a la trompeta es increíble,
pero su grupo es decepcionante. Debió pensar que, como iba a tocar con gente
joven, lo mejor sería llevar músicos de rock. Trajo consigo al grupo que suele
tocar con Lou Reed. Don no interpreta la música pura y embriagadora que
esperábamos sino más bien una especie de rock hipertecno.
…
Dos meses después de acabar la
gira Tessa me dijo que Don Cherry era adicto a la heroína”.
(Viv Albertine, Ropa música chicos,
Anagrama, 2017).
Etiquetas: 68, 77, Africa, free chant, free jazz
miércoles, marzo 01, 2023
SUN RA en Europa: Fundación Maeght 1970
A inicios de los 90 existían básicamente tres disquerías en Santiago donde encontrar música experimental o de vanguardia: Melody Rock y Zebehn discos en Providencia, y la Beat en el segundo piso de la Galería San Diego.
Un día en estaba en la Zebehn sus
dueños, el dúo dinámico conformado por Javier Chandía y Andrés Recart, que
acababan de conseguir por primera vez un LP de Sun Ra y lo pusieron entero para
apreciación inmediata. En el lugar se encontraba el ya fallecido melómano
Carlos Kelly, un tipo bastante simpático y mañosos como todos los fanáticos más
viejos que nosotros. No recuerdo para nada cuál de los numerosos discos de
Sunny era ese, pero después de muchas explosiones de Moog y sonidos
intergalácticos, recién hacia el final la música se puso a swinguear, y en ese
momento Kelly dijo: “al fin se puso bueno”, dejándonos estupefactos a los otros
3, que habíamos disfrutado la experiencia completa.
Recordé al gran Carlos Kelly
luego de leer en el libro setentero de Ekkehard Jost sobre el Free Jazz (recientemente
editado en Argentina) al inicio del capítulo sobre Sun Ra que la recepción de
los críticos de jazz en Europa ante sus primeras giras fue bastante negativa, y
que incluso algunos lo acusaron abiertamente de ser un “farsante”. Mi amor profundo por el free jazz y por Sun Ra
me hacen sentir hoy en día más indiferencia que rabia ante ese tipo de pelmazos
que han atrofiado la capacidad de sentir la música del cosmos, pero así y todo
nunca olvido lo mal que trataron a todos los grandes próceres de este estilo en
esos tiempos, de Ornette y Cecil a Ayler y el mismísimo Coltrane cuando abrazó
la causa de la New Thing.
La primera visita a Europa de Sun
Ra y su Arkestra fue en agosto de 1970 para unas fechas en la Fundación Maeght,
un museo de arte moderno en el sudeste de Francia. En el tremendo sitio
bandcamp dedicado a Sun Ra se explica bien el contexto y las reaccionarias
reacciones de la crítica y un sector de la audiencia.
Me quedo con dos anécdotas: una
mujer del público gritó “¿Qué es esto?” y después de la presentación se acercó
arriba del escenario y exigió ver si existían partituras de la música. Sun Ra
se les exhibió sin problemas.
Otro sujeto gritó: “Hasta mi hjia
de 5 años podría tocar esta música”. Sunny le respondió: “Claro que podría
tocarla ¿Pero podría escribirla?”.
Muerte a los imbéciles. Disfruten los dos volúmenes de esa mágica presentación, editados por primera vez en 1971.
Dirijan sus controles hacia el corazón del Sol.
-Enlightment
-The Star Gazers
-Shadow World
-The Cosmic Explorer
-Friendly Galaxy N°2
-Spontaneous Simplicity
-Black Myth/The Shadows took place/The Strange World/Journey through the Outer Darkness
-Sky
Etiquetas: 1971, free chant, free jazz, Sun Ra
lunes, febrero 13, 2023
El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser
La siguiente «reseña»/resumen
del libro de Nancy Fraser Cannibal Capitalism. How Our System Is
Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso,
Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.) hecha por Fernando Lizárraga fue publicada
por lxs compañerxs de Kalewche y me pareció lo suficientemente interesante para
reproducirla íntegramente acá. Sólo los destacados en negrita han sido
agregados para reforzar ciertos puntos que nos parecen clave. La lectura atenta
toma un cierto lapso de tiempo, que se acompaña bien escuchando “Unit Structures” de
la Cecil Taylor Unit (1966).
El capitalismo es un sistema
social caníbal. Devora ritualmente sus propias fuentes de sustento, se alimenta
de seres y recursos que están en su periferia (como un agujero negro canibaliza
a otros cuerpos celestes) y se come a sí mismo como el Uróboro. Con estas
imágenes, Nancy Fraser inicia su nuevo libro: Capitalismo caníbal. Cómo
nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta –y qué
podemos hacer al respecto. A lo largo de seis capítulos, Fraser ofrece una
renovada visión panorámica del capitalismo, sobre coordenadas estructurales e
históricas. Se trata de una mirada muy amplia y general –pero no caprichosa–,
la cual es, vale decirlo, muy bienvenida. Sucede que el culto a lo micro
(síntoma y peste de la posmodernidad) hace que se mire con sospecha cualquier
intento de gran relato. Y Fraser se atreve a brindar precisamente eso: un gran
relato con una nueva gran concepción, tanto del capitalismo (capítulos 2-5)
como de un nuevo socialismo (capítulo 6). Suficiente entonces para quienes
protesten que Fraser no repara en tal o cual detalle, en tal o cual dato, en
tal o cual sutileza, en tal o cual frase tachada en una carta perdida que Marx
le envió a su yerno. Y basta ya, también, de cosas como: “Representaciones de
la lucha de clases en contexto de pandemia en el barrio que está al otro lado
de la vía en la localidad de Sauce Quemado, entre el 1 y el 5 de diciembre de
2020. Una aproximación exploratoria, tentativa y preliminar”. Lo que sigue es,
más bien, un apretado resumen del libro y no una reseña crítica en sentido
estricto (quiero evitarme, también, la insufrible crítica de la crítica
crítica).
Al concebir al capitalismo como
un sistema omnívoro (capítulo 1), Fraser afirma que hace falta ampliar la
concepción tradicional, predominantemente marxista, del capitalismo.
Dirigiéndose a los “ancianos” (elders) del marxismo, les reprocha no
haber incorporado suficientemente los reclamos raciales, ecológicos,
feministas, poscoloniales, etcétera, por lo cual no pudieron captar la
dimensión cabal de la crisis de nuestra época. Es la conocida acusación al
economicismo que se concentra demasiado en el punto de la producción. Al mirar
aquello que está detrás de Marx, Fraser observa que el capitalismo no es un
sistema económico sino mucho más: un “orden social institucionalizado”. En la
teoría marxista ortodoxa, dice Fraser, el capitalismo se define por la
propiedad privada de los medios de producción, la existencia de un mercado
laboral “libre” en un doble sentido (no esclavizado y sin medios de producción
propios), la auto-expansión del valor y el predominio del mecanismo de mercado.
Todo esto es lo que Marx se jactaba de haber revelado tras penetrar en la
“oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: ‘Prohibida la entrada
salvo por negocios’”. Fraser quiere ir más allá de esa sede oculta, curiosear
en lo que hay detrás y revelar que allí están las “condiciones de trasfondo”
sobre las que se erigen los elementos centrales del capitalismo.
Para empezar, hay que determinar
de dónde viene el capital; y aquí, siguiendo a David Harvey, Fraser afirma que
la acumulación primitiva es un proceso que aún continúa. Así, marca un contraste
clave entre la explotación y la expropiación; la primera es el relato visible,
la segunda es la historia invisible. Hay aquí un primer cambio epistémico. El
secreto dentro del secreto es que “detrás de la coerción sublimada del trabajo
asalariado, reside la violencia del robo directo” (p. 8). Marx describió el
proceso de expropiación, pero no lo teorizó suficientemente como condición
permanente de la explotación. Para Fraser, este es el punto nodal: oculto tras
lo oculto está la continua expropiación, como precondición de la explotación.
La explotación, que se hace bajo la apariencia del contrato, es posible gracias
a la confiscación que opera sobre otros. Escribe Fraser: “[l]os trabajadores
doblemente libres transforman las saqueadas ‘materias primas’ con máquinas que
son impulsadas por fuentes de energía confiscadas. Sus salarios se mantienen
bajos gracias a la disponibilidad de alimento producido por trabajadores
rurales endeudados, en tierras que han sido robadas, y de bienes de consumo
producidos en los sweatshops por ‘otros’ no-libres y
dependientes, cuyos costos de reproducción no están totalmente recompensados. La
expropiación, entonces, subyace a la explotación y la vuelve rentable. Lejos de
estar confinada a los inicios del sistema, es un elemento intrínseco de la
sociedad capitalista, tan constitutivo y estructuralmente afincado como la
explotación” (p. 15).
Esta diferenciación entre las dos
«equis» (explotación y expropiación), insiste Fraser, supone una
diferenciación clave en la composición de la estructura y la dinámica de
clases. Por un lado, están los trabajadores explotables y, por otro, los
expropiables. Los primeros gozan de derechos ciudadanos, cierta protección
estatal y disponen de su fuerza de trabajo; los “otros” expropiables, en
cambio, no tienen defensa y pueden ser violentados sin miramientos. Aunque son
todos integrantes de las clases productoras, existen “dos categorías de
persona”: los que simplemente pueden ser explotados y otros que están
destinados a la expropiación. Esta, dice Fraser, es otra línea de fractura
institucionalizada en el capitalismo actual, “estructuralmente enclavada como
aquellas [que existen] entre producción y reproducción, sociedad y naturaleza,
y cuerpo político y economía” (p. 16). Más aún, para la autora, la dupla ex–ex corresponde
casi exactamente a la “línea de color global”, en cuyo Sur conceptual están las
poblaciones racializadas, quienes sufren las mayores opresiones, desposesiones,
genocidios y otras injusticias estructurales del imperialismo (además de
sobrellevar el peso mayor de la huella ecológica del sistema).
El segundo desplazamiento
epistémico va desde la producción social a la reproducción social. Esta última
es, nuevamente, condición de trasfondo de la primera: incluye esencialmente el
trabajo reproductivo, la interacción que produce personas y lazos sociales, y
las tareas de cuidado en general. Esta oculta sede detrás de la oculta sede es
precondición del capitalismo; se despliega fuera del mercado laboral, pero es
necesaria para su existencia. La reproducción social, en suma, es indispensable
para la producción de mercancías. Esta división está profundamente engenerizada
en perjuicio de las mujeres y no es una constante histórica, sino resultado de
la propia dinámica del sistema. El capitalismo caníbal, alega Fraser, no hace
otra cosa que devorar las propias fuentes de la reproducción social, sin
reposición, cancelando así sus propias condiciones de reproducción.
La misma lógica se aplica, en
tercer lugar, a la relación con la naturaleza, la cual es canibalizada como
precondición para la dinámica de producción capitalista. La naturaleza –que
Fraser define en tres acepciones en el capítulo 4– es concebida como una fuente
inagotable de recursos “gratuitos”, capaz de renovarse permanentemente. Marx
oportunamente habló de la fractura metabólica, recuerda Fraser
–quien sigue la obra ecosocialista de John Bellamy Foster y Michael Löwy, entre
otros– y denunció la ineficacia y la depredación en las prácticas agrícolas.
Pero la ruptura se ha hecho más aguda y los cercamientos no cesaron, puesto que
el capitalismo sigue adueñándose y transformando la naturaleza, ya no con muros
sino con patentes de propiedad intelectual. La crisis ecológica que este
derrotero ha generado es evidente y atraviesa los diversos regímenes de
acumulación capitalista en el tiempo. Por último, en el ámbito político, el
capitalismo caníbal también se engulle las normas e instituciones que ha creado
para su propia reproducción. La división entre el poder económico y el poder político
es cada vez mayor, no solo a nivel doméstico sino –y sobre todo– a nivel
internacional, de modo que la gobernanza global en manos de las grandes
corporaciones mina las propias condiciones de reproducción del capital. Y esto
ilumina, enfatiza Fraser, el hecho de que el ámbito político también es una de
las condiciones de trasfondo sobre las que se erige la posibilidad del
capitalismo.
Para Fraser, todas estas
condiciones de trasfondo son “no-económicas” y es preciso situarlas en el
centro de una concepción socialista, a la par de la explotación; en otras
palabras, hay que resituar la narrativa marxiana sobre la explotación junto a
estas cuatro narrativas de trasfondo (expropiación, reproducción social,
ecología y poder político), con lo cual también pueden articularse de un modo
más claro las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, ecológicas,
antiimperialistas y antirracistas. El punto, dice Fraser, consiste en
comprender que el capitalismo no es simplemente un sistema económico, sino
un tipo de sociedad; en rigor, la dimensión económica y mercantilizada es sólo
una parte, ya que la sociedad como totalidad “depende para su existencia de
zonas de no-mercantilización, que el capital canibaliza sistemáticamente” (p.
18). En suma, el capitalismo es un “orden social institucionalizado”
definido por un conjunto de separaciones interrelacionadas
(explotación-expropiación; producción-reproducción; economía-política; mundo
humano-naturaleza).
En función de estos dominios,
cada cual con su propia normatividad, también cambian la dinámica y la forma de
la conflictividad. A través de su historia, en el capitalismo se han librado
siempre “luchas de frontera” (boundary struggles), es decir, en torno a
las delimitaciones de los dominios mencionados. Pero estas zonas no-económicas,
afirma Fraser, no tienen un mero rol funcionalista, en el sentido de
posibilitar la expansión constante del dominio económico y su forma específica
de lucha de clases entre el capital y el trabajo; son dominios
interrelacionados y que a la vez tienen sus propias ontologías de práctica
social e ideas normativas. Y estas normatividades complejas, que son propias
del capitalismo, constituyen zonas de disputa y no siempre con ideas
anticapitalistas, advierte Fraser, ya que no son exteriores al sistema (22-23).
El capitalismo como sociedad tiene una tendencia constitutiva a la propia
desestabilización, esto es, a la crisis permanente y a comerse la cola, como el
Uróboro.
Tenemos entonces, según Fraser,
cuatro contradicciones en el capitalismo: la ecológica, la social, la política
y la racial/imperial, cada una como origen de algún tipo especial de crisis,
cada una vinculada inextricablemente una contradicción estructural entre la
economía y las condiciones de posibilidad del sistema. Nuevamente, recalca
Fraser, el sitio del conflicto es la frontera entre los distintos dominios,
esto es, entre producción y reproducción, economía y política, humanidad y
naturaleza, explotación y expropiación. Las luchas de frontera se dan, a
diferencia de la clásica lucha de clases, sobre el punto de separación de las
zonas no-económicas respecto de la economía. La lucha anticapitalista, enfatiza
Fraser, “es mucho más amplia de lo que los marxistas han supuesto
habitualmente” (p. 25).
Tras esta presentación general,
Fraser analiza con mayor detalle cada una de las formas de canibalización,
desde un eje estructural y un eje histórico, y a partir de una periodización
del capitalismo que distingue cuatro etapas, a saber: capitalismo mercantil,
capitalismo liberal-colonial, capitalismo administrado por el Estado, y
capitalismo neoliberal globalizado o financiero. Como veremos, cada una de las
contradicciones de trasfondo adquiere una forma específica en cada fase del
capitalismo.
En el capítulo 2, Fraser define
al capitalismo como un glotón que se regodea en el castigo sobre los pueblos
racializados y, por ello, afirma que es un sistema estructuralmente racista.
Fraser no ignora la gran tradición de marxismo negro, desde W. E. B. Du Bois
hasta Angela Davis o Cornel West, pero el terreno parece dominado por la ya
prolongada moda postestructuralista. Frente a la pregunta de si el capitalismo
es necesariamente racista, la repuesta de Fraser es que existen bases
estructurales para que así sea y que esto también ha variado a lo largo de la
historia. La base estructural es la combinación de explotación y expropiación.
El marxismo clásico vio con claridad el mecanismo estructural de la explotación
y de la dominación, pero no hizo lo mismo con la opresión racial y su
combinación con los anteriores, alega Fraser. Para la autora, Marx no le dio
suficiente importancia al rol del trabajo no asalariado, no-libre, y
dependiente, como tampoco a las configuraciones políticas que concedían
ciudadanía y derechos a los asalariados, pero no hacía lo propio con otros
agentes a los que les asignaba menor jerarquía. El trabajo dependiente y la
sujeción política, entonces, definen la situación de expropiación. Y esta
última está inextricablemente unida al racismo.
La expropiación, como
confiscación de capacidades y recursos –especialmente en la periferia, pero
también en las periferias internas de los núcleos capitalistas–, puede abarcar
muchos activos: trabajo, tierra, energía, seres humanos con sus órganos y
capacidades reproductivas, etcétera. La lógica de la expropiación es que baja
los costos y aumenta las ganancias de la explotación, al obtener recursos
baratos y brindar medios de subsistencia a bajo costo. Al confiscar a los
sujetos dependientes puede explotar mejor a los trabajadores doblemente libres.
“Detrás de Mánchester está Mississippi”, sentencia Fraser. En este punto, la
política y la economía se entrecruzan para delimitar la línea de color, ya que
son los estados mismos los que confieren ciertos derechos a los trabajadores
libres y los niegan a los sujetos dependientes de las periferias. El sistema
internacional de estados, obviamente, hace su trabajo. Y así, el núcleo en la
geografía imperialista está ocupado por los trabajadores mayoritariamente
blancos mientras que la periferia es el mundo racializado de no-ciudadanos, de
sujetos dependientes. Fraser señala que esta situación también refleja
dinámicas de lucha diferentes, ya que en el núcleo los antiguos campesinos y
artesanos “se convirtieron en ciudadanos-trabajadores explotables a través de
procesos históricos de compromiso de clase, que canalizaron sus luchas por la
emancipación hacia sendas convergentes con los intereses del capital” (pp.
38-39). Los expropiados, en cambio, no llegaron a tal compromiso y fueron
aplastados sin compasión. Esta separación contribuyó a que “la marca de la
‘raza’ [se convirtiera en un] signo de violabilidad” (p. 40).
En este tramo del capítulo 2,
Fraser comienza a situar las contradicciones de trasfondo
(explotación-expropiación, en este caso) dentro de los cuatro regímenes
históricos de acumulación. En tiempos del capitalismo mercantil –entre los
siglos XVI y XVIII–, explica la autora, se produce la expropiación que
corresponde a lo que Marx llamó acumulación primitiva, esto es, la expropiación
violenta de “cuerpos, trabajo, tierra y riqueza mineral” tanto en Europa como
en América y África. En esta etapa, casi todos los trabajadores son
dependientes; aún no ha surgido masivamente el trabajador doblemente libre. En
la era de capitalismo liberal-colonial, las dos «equis» (expropiación y
explotación) se vuelven más distinguibles, con la gran industria, la
consolidación del proletariado industrial en el núcleo y la profundización de
la opresión, expropiación y racialización de la periferia. El mundo queda claramente
dividido entre los sujetos dependientes racializados de la periferia y el
trabajador “blanco” explotable del núcleo. En la era del capitalismo
administrado por el Estado, la combinación de las dos «equis» se torna más
profunda, especialmente con el sistema de pago diferencial a favor de los
blancos, es decir, con una escala salarial dual. En el núcleo, emerge el grupo
que es simplemente explotado, ya que no es expropiado (excepto quizá en parte
de las tareas de cuidado), mientras que la población racializada sigue siendo
expropiada y explotada. En la periferia, los estados poscoloniales mantienen
–con algunas excepciones– los procesos de expropiación pura. Lo novedoso, dice
Fraser, es el surgimiento de casos híbridos de explotación y expropiación, que
preanuncian lo que vendrá en la siguiente etapa del capitalismo.
En efecto, en el actual régimen
de capitalismo financiero (o financierizado, para ser literales), se expande el
híbrido expropiación/explotación y hay un cambio geográfico y demográfico de estos
fenómenos. La herramienta predilecta del nuevo sistema es la deuda o el
endeudamiento, de estados, comunidades y personas. En la periferia, las
poblaciones son expropiadas por nuevas deudas y apropiaciones forzosas; en el
centro, por la precarización del empleo que desprotege nuevamente las tareas de
cuidado, volcándolas otra vez sobre las familias, las comunidades y,
especialmente, las mujeres. Hay, dice Fraser, un “nueva lógica de subjetivación
política” y, en consecuencia, emerge “una nueva figura, formalmente libre, pero
agudamente vulnerable: el trabajador-ciudadano-expropiado-y-explotado”
(p. 49), que ya no está relegado a la periferia, sino que es norma
(racializada) en el régimen de acumulación financiera. Y si bien el borramiento
de la distinción expropiación-explotación pareciera brindar las condiciones
para poner fin al racismo, la concomitante inseguridad existencial masiva es
pasto para la ansiedad y la paranoia que –alentadas de diversas maneras–
exacerban el racismo. Frente a esto, cobra mayor relieve la disociación en las
luchas sociales. Para Fraser, “aquello que se entendía como lucha de clases
era demasiado fácilmente desconectado de las luchas contra el esclavismo, el
imperialismo y el racismo, cuando no dirigido directamente contra ellas” (pp.
49-50); y lo mismo ocurría con las luchas antirracistas, que a menudo
despreciaban las alianzas con las luchas laborales. La propuesta de Fraser, va
de suyo, es unificar las luchas de frontera en su totalidad, de manera que haya
alianzas que se opongan frontalmente al capitalismo en todos sus planos.
El capítulo 3 se centra en el
capitalismo como “tragador del cuidado” e inspecciona “por qué la reproducción
social es un enclave principal de la crisis capitalista”. El punto central aquí
es que el capitalismo se devora las actividades de cuidado –que mantienen
familias, comunidades, sostienen amistades, generan solidaridades, etc.– cuyo
fin último es reponer individuos de la especie, ahora y en las futuras
generaciones. El sistema capitalista se come las energías destinadas
precisamente a reemplazar los individuos que el mismo sistema consume. Y este
es un tema relativamente nuevo, eclipsado por el interés predominante en
aspectos económicos y ecológicos, dice Fraser. Hay un colapso del cuidado (care
crunch) debido a otra contradicción fundamental del capitalismo: la
reproducción social es una condición de trasfondo necesaria para la
acumulación, pero el sistema sólo se ocupa de consumirla y generar repetidas
crisis de cuidado. Aquí se expresa, una vez más, la tendencia inherente del
capitalismo a canibalizar las zonas más allá de lo económico, las zonas
no-económicas o no monetizadas que son condiciones de trasfondo para su
existencia. El capitalismo saca ventaja indebida de esas zonas, generando crisis
tras crisis. Como las tareas de cuidado han recaído históricamente sobre las
mujeres, Fraser advierte sobre la “nube de sentimientos” con que se ha
revestido esta tarea y las diversas invenciones de la femineidad que la
acompañaron. En general, se trata de un problema alojado en la frontera entre
la lógica de la producción y la reproducción.
Al historizar esta contradicción,
Fraser encuentra que, en el capitalismo mercantil, la reproducción social en la
zona núcleo estaba en manos de los mismos agentes que en la sociedad feudal:
las aldeas, los hogares y las redes familiares extensas, pero la conquista en
la periferia efectivamente destrozó estos lazos reproductivos (con sus
correspondientes y tempanas resistencias). Durante el capitalismo
liberal-colonial, mujeres y niños fueron arrastrados al trabajo industrial, con
la consecuente crisis de reposición de mano de obra y el escándalo moral de las
clases medias en torno a la disolución de las familias obreras y la
desexualización de las mujeres proletarias. Fraser subraya que Marx y Engels se
equivocaron al pensar que era el final de la familia trabajadora y el comienzo
de la libertad de las mujeres: en rigor, fue al revés, ya que el sistema
encontró formas de reconfigurar la familia y la dominación masculina. En el
núcleo europeo surgieron, entonces, mecanismos de protección de mujeres y
niños, que sirvieron para estabilizar el proceso reproductivo y “defender la
sociedad frente a la economía”, según la expresión de Karl Polanyi. Así, la
“amadecasificación” (housewifization) y la concepción de la mujer como
“ángel del hogar” vino a brindar cierta estabilidad que, por supuesto, no
alcanzaba a las mujeres pobres y racializadas que no tenían cómo cubrir las
exigencias de la familia victoriana. En la periferia, como siempre, no hubo
contemplaciones y continuó la depredación sin freno. El feminismo naciente se
encontró tironeado entre una protección social insuficiente y una tendencia a
la mercantilización del cuidado. La corriente emancipatoria que buscó superar esta
dicotomía no prosperó en ese momento.
Con la llegada del fordismo y el
capitalismo administrado por el Estado, en la segunda posguerra, las políticas
de bienestar social contribuyeron a proteger al capitalismo contra su propia
tendencia autodestructiva en términos de reproducción social y, a la vez, a
ahuyentar el fantasma de la revolución socialista. En muchos países, el Estado
se hizo cargo de proteger la reproducción y convertir a los hogares en sitios
de alto consumo de productos, con lo cual se dio una combinación de protección
y mercantilización. Si a esto se añade la ampliación de ciudadanía, se tiene un
compromiso de la clase trabajadora con el capital, un avance democrático, una
suerte de “edad dorada” que, lógicamente, funcionaba también sobre exclusiones.
Es que nunca se detuvo la expropiación en la periferia: el Norte Global se
benefició en términos de reproducción social a expensas del Sur Global, que
siguió proveyendo recursos y mano de obra expropiables. Pero las propias
limitaciones del Estado de Bienestar y el surgimiento de la Nueva Izquierda,
con su agenda emancipatoria en diversos ámbitos, pusieron en crisis el régimen
de posguerra y se dio paso al momento del capitalismo financiero. Entonces, se
retrajo la inversión pública en las tareas de cuidado, que volvieron a estar en
manos de familias y comunidades, y las familias se transformaron en espacios de
doble-ingreso (con suerte), que requerían trabajo precario para sostener la
reproducción social. Y en términos de luchas sociales, en este nuevo
escenario, se produce la “fatídica intersección de dos conjuntos de luchas” (p.
69): por un lado, el partido pro-mercado que buscaba la liberalización y
globalización económica; por otro, los nuevos movimientos sociales progresistas
con agendas contrarias a las jerarquías sexuales, raciales, religiosas,
étnicas, etcétera. De esta combinación surgió, alega Fraser, el “neoliberalismo
progresista, el cual celebra ‘la diversidad’, ‘la mertitocracia’ y ‘la
emancipación’ mientras desmantela las protecciones sociales y re-externaliza la
reproducción social. El efecto no sólo es el de abandonar a las poblaciones
indefensas frente las depredaciones del capital sino también el de redefinir la
emancipación en términos de mercado” (p. 69). Los movimientos emancipatorios,
desde los LGBTQ, ambientalistas, antifascistas y multiculturalistas, no fueron
siempre consecuentes y muchas veces prohijaron versiones afines al
neoliberalismo.
En el capítulo 4, Fraser se
concentra en explicar cómo la naturaleza está en las “fauces” del capitalismo y
cómo una ecopolítica necesita ser trans-ambientalista y anticapitalista. El
inicio de este tramo del libro es alentador: muchos movimientos sociales,
feministas, antirracistas, entre otros, están incorporando la cuestión
ambiental en sus reclamos. Hasta la socialdemocracia y sectores del populismo
(incluido el de derecha) se suman a la tendencia. La justicia ambiental está en
la cresta de la ola discursiva. En su análisis de la crisis ambiental, Fraser
apela a un argumento estructural, uno histórico y, finalmente, uno político. El
argumento estructural –sin negar que otros regímenes antiguos y contemporáneos
han sido poco amigables con la naturaleza– afirma que el capitalismo tiene una
tendencia inherente a generar crisis ambientales, ya que, como orden social
institucionalizado, parasita necesariamente los dominios no-económicos –la
infausta relación entre la economía y sus otros– y, entre ellos, la naturaleza
misma. Dice Fraser: “[m]ás que una relación con el trabajo, entonces, el
capital es también una relación con la naturaleza –una relación
caníbal y extractiva, la cual consume cada vez más valor biofísico para apilar
cada vez más ‘valor’, mientras descarta las ‘externalidades’ ecológicas” (p.
83). De este modo, como la naturaleza no puede renovarse ilimitadamente, el
capitalismo siempre está al borde de destruir sus propias condiciones
ecológicas de posibilidad.
En una formulación clave del
capítulo 4, Fraser afirma: “la sociedad capitalista hace que la
‘economía’ dependa de la ‘naturaleza’, mientras las divide ontológicamente.
Al exigir la máxima acumulación del valor, mientras define a la naturaleza como
algo que no forma parte de éste, tal arreglo programa a la economía para desconocer los
costos de reproducción ecológica que genera. Mientras esos costos aumentan
exponencialmente, el efecto es el de desestabilizar los
ecosistemas –y periódicamente alterar por completo el improvisado edificio de
la sociedad capitalista” (p. 84). Son las cuatro “D”: el capitalismo depende,
divide, desconoce y desestabiliza; es el Uróboro que se come su propia cola.
Por supuesto que Fraser no desconoce la existencia de agentes responsables de
todo esto, y por eso mismo enfatiza que las contradicciones reproductivas, de
cuidado, políticas y económicas están interrelacionadas y reclama una
ecopolítica anticapitalista. Asimismo, como en los capítulos previos, realiza
un sistemático trabajo conceptual –define a la naturaleza de tres maneras, las
cuales siempre están presentes– y ofrece una historización de regímenes de
acumulación socioecológica, en base a tres factores: método de extracción de
energía, de recursos y de disposición de residuos. El capitalismo mercantil
corresponde al momento del músculo animal; el capitalismo liberal-colonial al
domino del “rey carbón”; el capitalismo administrado por el Estado a la era del
automóvil; y el capitalismo financiero actual a los nuevos cercamientos
(derechos de propiedad y renovados extractivismos) sobre una naturaleza
financierizada.
Cómo el capitalismo hace una
carnicería con la democracia es el tema del capítulo 5. Tras denunciar el
politicismo de ciertas corrientes postestructuralistas y de la teoría
democrática, Fraser asevera que el capitalismo en todas sus formas siempre
contiene contradicciones que generan crisis políticas. Precisamente, el campo
de lo político, el de los poderes públicos, ha sido una de las condiciones de
posibilidad no-económicas que el propio capitalismo se ha ocupado y se ocupa de
desestabilizar, tanto a nivel de los estados nacionales como en el espacio
geopolítico global. Para Fraser, los poderes políticos son exteriores a la
economía capitalista, y la sociedad capitalista se esfuerza por profundizar
esta separación, haciendo que “lo económico sea no-político y lo político sea
no económico” (p. 121). Al repasar la historia de las crisis capitalistas en
función de los regímenes de acumulación, la autora encuentra una constante: la
puja por el trazado de límites entre los diversos dominios no económicos y la economía,
esto es, las denominadas “luchas de frontera”. En la etapa mercantil, dice la
autora, la separación entre economía y política era sólo parcial debido a la
injerencia del absolutismo sobre los procesos económicos; en la etapa de
liberal-colonial se entronizó el contrato y se clarificó la separación entre
dominios. La lucha de clases en el centro significó logros políticos para los
trabajadores, bajo la condición de que la democracia no se extendiera al lugar
de trabajo. Nada parecido ocurrió en la periferia, donde se mantuvo la
expoliación de las poblaciones subyugadas por el colonialismo. La conocida
crisis de este régimen, que dio paso al capitalismo administrado por el Estado,
implicó un poder público más activo para sostener las condiciones de trasfondo
de reproducción del capital, bajo la creciente hegemonía de Estados Unidos. La
“ciudadanía social” de esta etapa significó la domesticación de las tendencias
más disruptivas, ya que se tomaron medidas para incorporar “estratos
potencialmente revolucionarios, aumentando el valor de su ciudadanía y dándoles
participación [stake] en el sistema” (p. 127). Lo que no cambió, una vez
más, fue la expoliación de la periferia. Y en la etapa final, el capitalismo
financiero reformula la relación economía-política, asestando un doble golpe:
hace que las instituciones políticas sean incapaces de resolver los problemas
de los ciudadanos e independiza a las instituciones globales respecto de los
poderes públicos, en un proceso de des-democratización (que incluyó previamente
grandes derrotas de sindicatos y también de muchos estados que se vieron
compelidos a abandonar, por ejemplo, el control sobres sus monedas). Se
llega, in extremis, a una situación de “gobernanza sin gobierno, lo
cual significa dominación sin la hoja de higuera del consentimiento” (p. 130). En
la fase más reciente del régimen financiero, dice Fraser, se está observando
una crisis de la hegemonía neoliberal. La pérdida de capacidades políticas es
cuestionada por los populismos y las socialdemocracias, en un intento, aunque
con objetivos distintos, de recuperar algo del poder público. En este marco, no
puede dejar de señalarse que el populismo de derecha es una reacción frente a
la “impía alianza” de movimientos sociales ganados por el neoliberalismo para
formar el ya mencionado neoliberalismo progresista.
Por fin, en el capítulo 6, Fraser
afirma que, así como el capitalismo ha retornado al discurso político, lo mismo
ocurre con el socialismo, en el marco de la fractura hegemónica neoliberal. Por
eso mismo, así como aboga por una concepción ampliada del capitalismo, propone
también una concepción ampliada del socialismo, que integre la dimensión
económica con las dimensiones no-económicas, como la reproducción, el cuidado,
la ecología y los poderes públicos. El capitalismo es injusto, irracional y
antidemocrático: el socialismo debe superarlo, siendo justo, racional y
democrático en todas las dimensiones relevantes. Debe ser “un nuevo orden
social que supere no ‘sólo’ la dominación de clase sino también las asimetrías
de género y sexo, la opresión racial/étnica/imperial, y la dominación política
en todos los ámbitos” (p. 151), asumiendo tres tareas fundamentales: redefinir
los límites de los diversos dominios sociales (fijando nuevas prioridades y
creando nuevos diseños institucionales); determinar qué hacer con el excedente
(si es que ha de haber alguno y, si lo hay, cuán grande ha de ser), sabiendo
que a futuro habrá que pagar las cuentas que deja impagas el capitalismo; y
acordar qué espacio darle al mercado (su respuesta es: sin mercado en
la cima, sin mercado en la base, pero quizá algo en el medio; esto es, el
mercado se permite sólo luego de que se determina la asignación macro del
excedente y se asegura la provisión para las necesidades básicas). En suma, el
socialismo “debe convertirse en el nombre de una alternativa genuina al sistema
que está destruyendo el planeta y frustrando nuestras posibilidades de vivir
bien, en libertad y democracia” (p. 157). Más aún, arenga Fraser, “ya es hora
de resolver cómo matar de hambre a la bestia y poner fin de una vez por todas
al capitalismo caníbal” (p. 165).
Fernando Lizárraga
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