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lunes, febrero 13, 2023

El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser 

 


La siguiente «reseña»/resumen del libro de Nancy Fraser Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso, Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.) hecha por Fernando Lizárraga fue publicada por lxs compañerxs de Kalewche y me pareció lo suficientemente interesante para reproducirla íntegramente acá. Sólo los destacados en negrita han sido agregados para reforzar ciertos puntos que nos parecen clave. La lectura atenta toma un cierto lapso de tiempo, que se acompaña bien escuchando “Unit Structures” de la Cecil Taylor Unit (1966).

El capitalismo es un sistema social caníbal. Devora ritualmente sus propias fuentes de sustento, se alimenta de seres y recursos que están en su periferia (como un agujero negro canibaliza a otros cuerpos celestes) y se come a sí mismo como el Uróboro. Con estas imágenes, Nancy Fraser inicia su nuevo libro: Capitalismo caníbal. Cómo nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta –y qué podemos hacer al respecto. A lo largo de seis capítulos, Fraser ofrece una renovada visión panorámica del capitalismo, sobre coordenadas estructurales e históricas. Se trata de una mirada muy amplia y general –pero no caprichosa–, la cual es, vale decirlo, muy bienvenida. Sucede que el culto a lo micro (síntoma y peste de la posmodernidad) hace que se mire con sospecha cualquier intento de gran relato. Y Fraser se atreve a brindar precisamente eso: un gran relato con una nueva gran concepción, tanto del capitalismo (capítulos 2-5) como de un nuevo socialismo (capítulo 6). Suficiente entonces para quienes protesten que Fraser no repara en tal o cual detalle, en tal o cual dato, en tal o cual sutileza, en tal o cual frase tachada en una carta perdida que Marx le envió a su yerno. Y basta ya, también, de cosas como: “Representaciones de la lucha de clases en contexto de pandemia en el barrio que está al otro lado de la vía en la localidad de Sauce Quemado, entre el 1 y el 5 de diciembre de 2020. Una aproximación exploratoria, tentativa y preliminar”. Lo que sigue es, más bien, un apretado resumen del libro y no una reseña crítica en sentido estricto (quiero evitarme, también, la insufrible crítica de la crítica crítica).

Al concebir al capitalismo como un sistema omnívoro (capítulo 1), Fraser afirma que hace falta ampliar la concepción tradicional, predominantemente marxista, del capitalismo. Dirigiéndose a los “ancianos” (elders) del marxismo, les reprocha no haber incorporado suficientemente los reclamos raciales, ecológicos, feministas, poscoloniales, etcétera, por lo cual no pudieron captar la dimensión cabal de la crisis de nuestra época. Es la conocida acusación al economicismo que se concentra demasiado en el punto de la producción. Al mirar aquello que está detrás de Marx, Fraser observa que el capitalismo no es un sistema económico sino mucho más: un “orden social institucionalizado”. En la teoría marxista ortodoxa, dice Fraser, el capitalismo se define por la propiedad privada de los medios de producción, la existencia de un mercado laboral “libre” en un doble sentido (no esclavizado y sin medios de producción propios), la auto-expansión del valor y el predominio del mecanismo de mercado. Todo esto es lo que Marx se jactaba de haber revelado tras penetrar en la “oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: ‘Prohibida la entrada salvo por negocios’”. Fraser quiere ir más allá de esa sede oculta, curiosear en lo que hay detrás y revelar que allí están las “condiciones de trasfondo” sobre las que se erigen los elementos centrales del capitalismo.

Para empezar, hay que determinar de dónde viene el capital; y aquí, siguiendo a David Harvey, Fraser afirma que la acumulación primitiva es un proceso que aún continúa. Así, marca un contraste clave entre la explotación y la expropiación; la primera es el relato visible, la segunda es la historia invisible. Hay aquí un primer cambio epistémico. El secreto dentro del secreto es que “detrás de la coerción sublimada del trabajo asalariado, reside la violencia del robo directo” (p. 8). Marx describió el proceso de expropiación, pero no lo teorizó suficientemente como condición permanente de la explotación. Para Fraser, este es el punto nodal: oculto tras lo oculto está la continua expropiación, como precondición de la explotación. La explotación, que se hace bajo la apariencia del contrato, es posible gracias a la confiscación que opera sobre otros. Escribe Fraser: “[l]os trabajadores doblemente libres transforman las saqueadas ‘materias primas’ con máquinas que son impulsadas por fuentes de energía confiscadas. Sus salarios se mantienen bajos gracias a la disponibilidad de alimento producido por trabajadores rurales endeudados, en tierras que han sido robadas, y de bienes de consumo producidos en los sweatshops por ‘otros’ no-libres y dependientes, cuyos costos de reproducción no están totalmente recompensados. La expropiación, entonces, subyace a la explotación y la vuelve rentable. Lejos de estar confinada a los inicios del sistema, es un elemento intrínseco de la sociedad capitalista, tan constitutivo y estructuralmente afincado como la explotación” (p. 15).

Esta diferenciación entre las dos «equis» (explotación y expropiación), insiste Fraser, supone una diferenciación clave en la composición de la estructura y la dinámica de clases. Por un lado, están los trabajadores explotables y, por otro, los expropiables. Los primeros gozan de derechos ciudadanos, cierta protección estatal y disponen de su fuerza de trabajo; los “otros” expropiables, en cambio, no tienen defensa y pueden ser violentados sin miramientos. Aunque son todos integrantes de las clases productoras, existen “dos categorías de persona”: los que simplemente pueden ser explotados y otros que están destinados a la expropiación. Esta, dice Fraser, es otra línea de fractura institucionalizada en el capitalismo actual, “estructuralmente enclavada como aquellas [que existen] entre producción y reproducción, sociedad y naturaleza, y cuerpo político y economía” (p. 16). Más aún, para la autora, la dupla ex–ex corresponde casi exactamente a la “línea de color global”, en cuyo Sur conceptual están las poblaciones racializadas, quienes sufren las mayores opresiones, desposesiones, genocidios y otras injusticias estructurales del imperialismo (además de sobrellevar el peso mayor de la huella ecológica del sistema).

El segundo desplazamiento epistémico va desde la producción social a la reproducción social. Esta última es, nuevamente, condición de trasfondo de la primera: incluye esencialmente el trabajo reproductivo, la interacción que produce personas y lazos sociales, y las tareas de cuidado en general. Esta oculta sede detrás de la oculta sede es precondición del capitalismo; se despliega fuera del mercado laboral, pero es necesaria para su existencia. La reproducción social, en suma, es indispensable para la producción de mercancías. Esta división está profundamente engenerizada en perjuicio de las mujeres y no es una constante histórica, sino resultado de la propia dinámica del sistema. El capitalismo caníbal, alega Fraser, no hace otra cosa que devorar las propias fuentes de la reproducción social, sin reposición, cancelando así sus propias condiciones de reproducción.

La misma lógica se aplica, en tercer lugar, a la relación con la naturaleza, la cual es canibalizada como precondición para la dinámica de producción capitalista. La naturaleza –que Fraser define en tres acepciones en el capítulo 4– es concebida como una fuente inagotable de recursos “gratuitos”, capaz de renovarse permanentemente. Marx oportunamente habló de la fractura metabólica, recuerda Fraser –quien sigue la obra ecosocialista de John Bellamy Foster y Michael Löwy, entre otros– y denunció la ineficacia y la depredación en las prácticas agrícolas. Pero la ruptura se ha hecho más aguda y los cercamientos no cesaron, puesto que el capitalismo sigue adueñándose y transformando la naturaleza, ya no con muros sino con patentes de propiedad intelectual. La crisis ecológica que este derrotero ha generado es evidente y atraviesa los diversos regímenes de acumulación capitalista en el tiempo. Por último, en el ámbito político, el capitalismo caníbal también se engulle las normas e instituciones que ha creado para su propia reproducción. La división entre el poder económico y el poder político es cada vez mayor, no solo a nivel doméstico sino –y sobre todo– a nivel internacional, de modo que la gobernanza global en manos de las grandes corporaciones mina las propias condiciones de reproducción del capital. Y esto ilumina, enfatiza Fraser, el hecho de que el ámbito político también es una de las condiciones de trasfondo sobre las que se erige la posibilidad del capitalismo.

Para Fraser, todas estas condiciones de trasfondo son “no-económicas” y es preciso situarlas en el centro de una concepción socialista, a la par de la explotación; en otras palabras, hay que resituar la narrativa marxiana sobre la explotación junto a estas cuatro narrativas de trasfondo (expropiación, reproducción social, ecología y poder político), con lo cual también pueden articularse de un modo más claro las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, ecológicas, antiimperialistas y antirracistas. El punto, dice Fraser, consiste en comprender que el capitalismo no es simplemente un sistema económicosino un tipo de sociedad; en rigor, la dimensión económica y mercantilizada es sólo una parte, ya que la sociedad como totalidad “depende para su existencia de zonas de no-mercantilización, que el capital canibaliza sistemáticamente” (p. 18). En suma, el capitalismo es un “orden social institucionalizado” definido por un conjunto de separaciones interrelacionadas (explotación-expropiación; producción-reproducción; economía-política; mundo humano-naturaleza).

En función de estos dominios, cada cual con su propia normatividad, también cambian la dinámica y la forma de la conflictividad. A través de su historia, en el capitalismo se han librado siempre “luchas de frontera” (boundary struggles), es decir, en torno a las delimitaciones de los dominios mencionados. Pero estas zonas no-económicas, afirma Fraser, no tienen un mero rol funcionalista, en el sentido de posibilitar la expansión constante del dominio económico y su forma específica de lucha de clases entre el capital y el trabajo; son dominios interrelacionados y que a la vez tienen sus propias ontologías de práctica social e ideas normativas. Y estas normatividades complejas, que son propias del capitalismo, constituyen zonas de disputa y no siempre con ideas anticapitalistas, advierte Fraser, ya que no son exteriores al sistema (22-23). El capitalismo como sociedad tiene una tendencia constitutiva a la propia desestabilización, esto es, a la crisis permanente y a comerse la cola, como el Uróboro.

Tenemos entonces, según Fraser, cuatro contradicciones en el capitalismo: la ecológica, la social, la política y la racial/imperial, cada una como origen de algún tipo especial de crisis, cada una vinculada inextricablemente una contradicción estructural entre la economía y las condiciones de posibilidad del sistema. Nuevamente, recalca Fraser, el sitio del conflicto es la frontera entre los distintos dominios, esto es, entre producción y reproducción, economía y política, humanidad y naturaleza, explotación y expropiación. Las luchas de frontera se dan, a diferencia de la clásica lucha de clases, sobre el punto de separación de las zonas no-económicas respecto de la economía. La lucha anticapitalista, enfatiza Fraser, “es mucho más amplia de lo que los marxistas han supuesto habitualmente” (p. 25).

Tras esta presentación general, Fraser analiza con mayor detalle cada una de las formas de canibalización, desde un eje estructural y un eje histórico, y a partir de una periodización del capitalismo que distingue cuatro etapas, a saber: capitalismo mercantil, capitalismo liberal-colonial, capitalismo administrado por el Estado, y capitalismo neoliberal globalizado o financiero. Como veremos, cada una de las contradicciones de trasfondo adquiere una forma específica en cada fase del capitalismo.

En el capítulo 2, Fraser define al capitalismo como un glotón que se regodea en el castigo sobre los pueblos racializados y, por ello, afirma que es un sistema estructuralmente racista. Fraser no ignora la gran tradición de marxismo negro, desde W. E. B. Du Bois hasta Angela Davis o Cornel West, pero el terreno parece dominado por la ya prolongada moda postestructuralista. Frente a la pregunta de si el capitalismo es necesariamente racista, la repuesta de Fraser es que existen bases estructurales para que así sea y que esto también ha variado a lo largo de la historia. La base estructural es la combinación de explotación y expropiación. El marxismo clásico vio con claridad el mecanismo estructural de la explotación y de la dominación, pero no hizo lo mismo con la opresión racial y su combinación con los anteriores, alega Fraser. Para la autora, Marx no le dio suficiente importancia al rol del trabajo no asalariado, no-libre, y dependiente, como tampoco a las configuraciones políticas que concedían ciudadanía y derechos a los asalariados, pero no hacía lo propio con otros agentes a los que les asignaba menor jerarquía. El trabajo dependiente y la sujeción política, entonces, definen la situación de expropiación. Y esta última está inextricablemente unida al racismo.

La expropiación, como confiscación de capacidades y recursos –especialmente en la periferia, pero también en las periferias internas de los núcleos capitalistas–, puede abarcar muchos activos: trabajo, tierra, energía, seres humanos con sus órganos y capacidades reproductivas, etcétera. La lógica de la expropiación es que baja los costos y aumenta las ganancias de la explotación, al obtener recursos baratos y brindar medios de subsistencia a bajo costo. Al confiscar a los sujetos dependientes puede explotar mejor a los trabajadores doblemente libres. “Detrás de Mánchester está Mississippi”, sentencia Fraser. En este punto, la política y la economía se entrecruzan para delimitar la línea de color, ya que son los estados mismos los que confieren ciertos derechos a los trabajadores libres y los niegan a los sujetos dependientes de las periferias. El sistema internacional de estados, obviamente, hace su trabajo. Y así, el núcleo en la geografía imperialista está ocupado por los trabajadores mayoritariamente blancos mientras que la periferia es el mundo racializado de no-ciudadanos, de sujetos dependientes. Fraser señala que esta situación también refleja dinámicas de lucha diferentes, ya que en el núcleo los antiguos campesinos y artesanos “se convirtieron en ciudadanos-trabajadores explotables a través de procesos históricos de compromiso de clase, que canalizaron sus luchas por la emancipación hacia sendas convergentes con los intereses del capital” (pp. 38-39). Los expropiados, en cambio, no llegaron a tal compromiso y fueron aplastados sin compasión. Esta separación contribuyó a que “la marca de la ‘raza’ [se convirtiera en un] signo de violabilidad” (p. 40).

En este tramo del capítulo 2, Fraser comienza a situar las contradicciones de trasfondo (explotación-expropiación, en este caso) dentro de los cuatro regímenes históricos de acumulación. En tiempos del capitalismo mercantil –entre los siglos XVI y XVIII–, explica la autora, se produce la expropiación que corresponde a lo que Marx llamó acumulación primitiva, esto es, la expropiación violenta de “cuerpos, trabajo, tierra y riqueza mineral” tanto en Europa como en América y África. En esta etapa, casi todos los trabajadores son dependientes; aún no ha surgido masivamente el trabajador doblemente libre. En la era de capitalismo liberal-colonial, las dos «equis» (expropiación y explotación) se vuelven más distinguibles, con la gran industria, la consolidación del proletariado industrial en el núcleo y la profundización de la opresión, expropiación y racialización de la periferia. El mundo queda claramente dividido entre los sujetos dependientes racializados de la periferia y el trabajador “blanco” explotable del núcleo. En la era del capitalismo administrado por el Estado, la combinación de las dos «equis» se torna más profunda, especialmente con el sistema de pago diferencial a favor de los blancos, es decir, con una escala salarial dual. En el núcleo, emerge el grupo que es simplemente explotado, ya que no es expropiado (excepto quizá en parte de las tareas de cuidado), mientras que la población racializada sigue siendo expropiada y explotada. En la periferia, los estados poscoloniales mantienen –con algunas excepciones– los procesos de expropiación pura. Lo novedoso, dice Fraser, es el surgimiento de casos híbridos de explotación y expropiación, que preanuncian lo que vendrá en la siguiente etapa del capitalismo.

En efecto, en el actual régimen de capitalismo financiero (o financierizado, para ser literales), se expande el híbrido expropiación/explotación y hay un cambio geográfico y demográfico de estos fenómenos. La herramienta predilecta del nuevo sistema es la deuda o el endeudamiento, de estados, comunidades y personas. En la periferia, las poblaciones son expropiadas por nuevas deudas y apropiaciones forzosas; en el centro, por la precarización del empleo que desprotege nuevamente las tareas de cuidado, volcándolas otra vez sobre las familias, las comunidades y, especialmente, las mujeres. Hay, dice Fraser, un “nueva lógica de subjetivación política” y, en consecuencia, emerge “una nueva figura, formalmente libre, pero agudamente vulnerable: el trabajador-ciudadano-expropiado-y-explotado” (p. 49), que ya no está relegado a la periferia, sino que es norma (racializada) en el régimen de acumulación financiera. Y si bien el borramiento de la distinción expropiación-explotación pareciera brindar las condiciones para poner fin al racismo, la concomitante inseguridad existencial masiva es pasto para la ansiedad y la paranoia que –alentadas de diversas maneras– exacerban el racismo. Frente a esto, cobra mayor relieve la disociación en las luchas sociales. Para Fraser, “aquello que se entendía como lucha de clases era demasiado fácilmente desconectado de las luchas contra el esclavismo, el imperialismo y el racismo, cuando no dirigido directamente contra ellas” (pp. 49-50); y lo mismo ocurría con las luchas antirracistas, que a menudo despreciaban las alianzas con las luchas laborales. La propuesta de Fraser, va de suyo, es unificar las luchas de frontera en su totalidad, de manera que haya alianzas que se opongan frontalmente al capitalismo en todos sus planos.

El capítulo 3 se centra en el capitalismo como “tragador del cuidado” e inspecciona “por qué la reproducción social es un enclave principal de la crisis capitalista”. El punto central aquí es que el capitalismo se devora las actividades de cuidado –que mantienen familias, comunidades, sostienen amistades, generan solidaridades, etc.– cuyo fin último es reponer individuos de la especie, ahora y en las futuras generaciones. El sistema capitalista se come las energías destinadas precisamente a reemplazar los individuos que el mismo sistema consume. Y este es un tema relativamente nuevo, eclipsado por el interés predominante en aspectos económicos y ecológicos, dice Fraser. Hay un colapso del cuidado (care crunch) debido a otra contradicción fundamental del capitalismo: la reproducción social es una condición de trasfondo necesaria para la acumulación, pero el sistema sólo se ocupa de consumirla y generar repetidas crisis de cuidado. Aquí se expresa, una vez más, la tendencia inherente del capitalismo a canibalizar las zonas más allá de lo económico, las zonas no-económicas o no monetizadas que son condiciones de trasfondo para su existencia. El capitalismo saca ventaja indebida de esas zonas, generando crisis tras crisis. Como las tareas de cuidado han recaído históricamente sobre las mujeres, Fraser advierte sobre la “nube de sentimientos” con que se ha revestido esta tarea y las diversas invenciones de la femineidad que la acompañaron. En general, se trata de un problema alojado en la frontera entre la lógica de la producción y la reproducción.

Al historizar esta contradicción, Fraser encuentra que, en el capitalismo mercantil, la reproducción social en la zona núcleo estaba en manos de los mismos agentes que en la sociedad feudal: las aldeas, los hogares y las redes familiares extensas, pero la conquista en la periferia efectivamente destrozó estos lazos reproductivos (con sus correspondientes y tempanas resistencias). Durante el capitalismo liberal-colonial, mujeres y niños fueron arrastrados al trabajo industrial, con la consecuente crisis de reposición de mano de obra y el escándalo moral de las clases medias en torno a la disolución de las familias obreras y la desexualización de las mujeres proletarias. Fraser subraya que Marx y Engels se equivocaron al pensar que era el final de la familia trabajadora y el comienzo de la libertad de las mujeres: en rigor, fue al revés, ya que el sistema encontró formas de reconfigurar la familia y la dominación masculina. En el núcleo europeo surgieron, entonces, mecanismos de protección de mujeres y niños, que sirvieron para estabilizar el proceso reproductivo y “defender la sociedad frente a la economía”, según la expresión de Karl Polanyi. Así, la “amadecasificación” (housewifization) y la concepción de la mujer como “ángel del hogar” vino a brindar cierta estabilidad que, por supuesto, no alcanzaba a las mujeres pobres y racializadas que no tenían cómo cubrir las exigencias de la familia victoriana. En la periferia, como siempre, no hubo contemplaciones y continuó la depredación sin freno. El feminismo naciente se encontró tironeado entre una protección social insuficiente y una tendencia a la mercantilización del cuidado. La corriente emancipatoria que buscó superar esta dicotomía no prosperó en ese momento.

Con la llegada del fordismo y el capitalismo administrado por el Estado, en la segunda posguerra, las políticas de bienestar social contribuyeron a proteger al capitalismo contra su propia tendencia autodestructiva en términos de reproducción social y, a la vez, a ahuyentar el fantasma de la revolución socialista. En muchos países, el Estado se hizo cargo de proteger la reproducción y convertir a los hogares en sitios de alto consumo de productos, con lo cual se dio una combinación de protección y mercantilización. Si a esto se añade la ampliación de ciudadanía, se tiene un compromiso de la clase trabajadora con el capital, un avance democrático, una suerte de “edad dorada” que, lógicamente, funcionaba también sobre exclusiones. Es que nunca se detuvo la expropiación en la periferia: el Norte Global se benefició en términos de reproducción social a expensas del Sur Global, que siguió proveyendo recursos y mano de obra expropiables. Pero las propias limitaciones del Estado de Bienestar y el surgimiento de la Nueva Izquierda, con su agenda emancipatoria en diversos ámbitos, pusieron en crisis el régimen de posguerra y se dio paso al momento del capitalismo financiero. Entonces, se retrajo la inversión pública en las tareas de cuidado, que volvieron a estar en manos de familias y comunidades, y las familias se transformaron en espacios de doble-ingreso (con suerte), que requerían trabajo precario para sostener la reproducción social. Y en términos de luchas sociales, en este nuevo escenario, se produce la “fatídica intersección de dos conjuntos de luchas” (p. 69): por un lado, el partido pro-mercado que buscaba la liberalización y globalización económica; por otro, los nuevos movimientos sociales progresistas con agendas contrarias a las jerarquías sexuales, raciales, religiosas, étnicas, etcétera. De esta combinación surgió, alega Fraser, el “neoliberalismo progresista, el cual celebra ‘la diversidad’, ‘la mertitocracia’ y ‘la emancipación’ mientras desmantela las protecciones sociales y re-externaliza la reproducción social. El efecto no sólo es el de abandonar a las poblaciones indefensas frente las depredaciones del capital sino también el de redefinir la emancipación en términos de mercado” (p. 69). Los movimientos emancipatorios, desde los LGBTQ, ambientalistas, antifascistas y multiculturalistas, no fueron siempre consecuentes y muchas veces prohijaron versiones afines al neoliberalismo.

En el capítulo 4, Fraser se concentra en explicar cómo la naturaleza está en las “fauces” del capitalismo y cómo una ecopolítica necesita ser trans-ambientalista y anticapitalista. El inicio de este tramo del libro es alentador: muchos movimientos sociales, feministas, antirracistas, entre otros, están incorporando la cuestión ambiental en sus reclamos. Hasta la socialdemocracia y sectores del populismo (incluido el de derecha) se suman a la tendencia. La justicia ambiental está en la cresta de la ola discursiva. En su análisis de la crisis ambiental, Fraser apela a un argumento estructural, uno histórico y, finalmente, uno político. El argumento estructural –sin negar que otros regímenes antiguos y contemporáneos han sido poco amigables con la naturaleza– afirma que el capitalismo tiene una tendencia inherente a generar crisis ambientales, ya que, como orden social institucionalizado, parasita necesariamente los dominios no-económicos –la infausta relación entre la economía y sus otros– y, entre ellos, la naturaleza misma. Dice Fraser: “[m]ás que una relación con el trabajo, entonces, el capital es también una relación con la naturaleza –una relación caníbal y extractiva, la cual consume cada vez más valor biofísico para apilar cada vez más ‘valor’, mientras descarta las ‘externalidades’ ecológicas” (p. 83). De este modo, como la naturaleza no puede renovarse ilimitadamente, el capitalismo siempre está al borde de destruir sus propias condiciones ecológicas de posibilidad.

En una formulación clave del capítulo 4, Fraser afirma: “la sociedad capitalista hace que la ‘economía’ dependa de la ‘naturaleza’, mientras las divide ontológicamente. Al exigir la máxima acumulación del valor, mientras define a la naturaleza como algo que no forma parte de éste, tal arreglo programa a la economía para desconocer los costos de reproducción ecológica que genera. Mientras esos costos aumentan exponencialmente, el efecto es el de desestabilizar los ecosistemas –y periódicamente alterar por completo el improvisado edificio de la sociedad capitalista” (p. 84). Son las cuatro “D”: el capitalismo depende, divide, desconoce y desestabiliza; es el Uróboro que se come su propia cola. Por supuesto que Fraser no desconoce la existencia de agentes responsables de todo esto, y por eso mismo enfatiza que las contradicciones reproductivas, de cuidado, políticas y económicas están interrelacionadas y reclama una ecopolítica anticapitalista. Asimismo, como en los capítulos previos, realiza un sistemático trabajo conceptual –define a la naturaleza de tres maneras, las cuales siempre están presentes– y ofrece una historización de regímenes de acumulación socioecológica, en base a tres factores: método de extracción de energía, de recursos y de disposición de residuos. El capitalismo mercantil corresponde al momento del músculo animal; el capitalismo liberal-colonial al domino del “rey carbón”; el capitalismo administrado por el Estado a la era del automóvil; y el capitalismo financiero actual a los nuevos cercamientos (derechos de propiedad y renovados extractivismos) sobre una naturaleza financierizada.

Cómo el capitalismo hace una carnicería con la democracia es el tema del capítulo 5. Tras denunciar el politicismo de ciertas corrientes postestructuralistas y de la teoría democrática, Fraser asevera que el capitalismo en todas sus formas siempre contiene contradicciones que generan crisis políticas. Precisamente, el campo de lo político, el de los poderes públicos, ha sido una de las condiciones de posibilidad no-económicas que el propio capitalismo se ha ocupado y se ocupa de desestabilizar, tanto a nivel de los estados nacionales como en el espacio geopolítico global. Para Fraser, los poderes políticos son exteriores a la economía capitalista, y la sociedad capitalista se esfuerza por profundizar esta separación, haciendo que “lo económico sea no-político y lo político sea no económico” (p. 121). Al repasar la historia de las crisis capitalistas en función de los regímenes de acumulación, la autora encuentra una constante: la puja por el trazado de límites entre los diversos dominios no económicos y la economía, esto es, las denominadas “luchas de frontera”. En la etapa mercantil, dice la autora, la separación entre economía y política era sólo parcial debido a la injerencia del absolutismo sobre los procesos económicos; en la etapa de liberal-colonial se entronizó el contrato y se clarificó la separación entre dominios. La lucha de clases en el centro significó logros políticos para los trabajadores, bajo la condición de que la democracia no se extendiera al lugar de trabajo. Nada parecido ocurrió en la periferia, donde se mantuvo la expoliación de las poblaciones subyugadas por el colonialismo. La conocida crisis de este régimen, que dio paso al capitalismo administrado por el Estado, implicó un poder público más activo para sostener las condiciones de trasfondo de reproducción del capital, bajo la creciente hegemonía de Estados Unidos. La “ciudadanía social” de esta etapa significó la domesticación de las tendencias más disruptivas, ya que se tomaron medidas para incorporar “estratos potencialmente revolucionarios, aumentando el valor de su ciudadanía y dándoles participación [stake] en el sistema” (p. 127). Lo que no cambió, una vez más, fue la expoliación de la periferia. Y en la etapa final, el capitalismo financiero reformula la relación economía-política, asestando un doble golpe: hace que las instituciones políticas sean incapaces de resolver los problemas de los ciudadanos e independiza a las instituciones globales respecto de los poderes públicos, en un proceso de des-democratización (que incluyó previamente grandes derrotas de sindicatos y también de muchos estados que se vieron compelidos a abandonar, por ejemplo, el control sobres sus monedas). Se llega, in extremis, a una situación de “gobernanza sin gobierno, lo cual significa dominación sin la hoja de higuera del consentimiento” (p. 130). En la fase más reciente del régimen financiero, dice Fraser, se está observando una crisis de la hegemonía neoliberal. La pérdida de capacidades políticas es cuestionada por los populismos y las socialdemocracias, en un intento, aunque con objetivos distintos, de recuperar algo del poder público. En este marco, no puede dejar de señalarse que el populismo de derecha es una reacción frente a la “impía alianza” de movimientos sociales ganados por el neoliberalismo para formar el ya mencionado neoliberalismo progresista.

Por fin, en el capítulo 6, Fraser afirma que, así como el capitalismo ha retornado al discurso político, lo mismo ocurre con el socialismo, en el marco de la fractura hegemónica neoliberal. Por eso mismo, así como aboga por una concepción ampliada del capitalismo, propone también una concepción ampliada del socialismo, que integre la dimensión económica con las dimensiones no-económicas, como la reproducción, el cuidado, la ecología y los poderes públicos. El capitalismo es injusto, irracional y antidemocrático: el socialismo debe superarlo, siendo justo, racional y democrático en todas las dimensiones relevantes. Debe ser “un nuevo orden social que supere no ‘sólo’ la dominación de clase sino también las asimetrías de género y sexo, la opresión racial/étnica/imperial, y la dominación política en todos los ámbitos” (p. 151), asumiendo tres tareas fundamentales: redefinir los límites de los diversos dominios sociales (fijando nuevas prioridades y creando nuevos diseños institucionales); determinar qué hacer con el excedente (si es que ha de haber alguno y, si lo hay, cuán grande ha de ser), sabiendo que a futuro habrá que pagar las cuentas que deja impagas el capitalismo; y acordar qué espacio darle al mercado (su respuesta es: sin mercado en la cima, sin mercado en la base, pero quizá algo en el medio; esto es, el mercado se permite sólo luego de que se determina la asignación macro del excedente y se asegura la provisión para las necesidades básicas). En suma, el socialismo “debe convertirse en el nombre de una alternativa genuina al sistema que está destruyendo el planeta y frustrando nuestras posibilidades de vivir bien, en libertad y democracia” (p. 157). Más aún, arenga Fraser, “ya es hora de resolver cómo matar de hambre a la bestia y poner fin de una vez por todas al capitalismo caníbal” (p. 165).

Fernando Lizárraga

 

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jueves, abril 21, 2022

Guerra Civil Global (R. Karmy) // Gonzalo Lira, "Secuestrado y Asesinado por la ONU y el Batallón Azov" (FAKE NEW?!) /// Contra la religión de la muerte 

 No man can find the war (Tim Buckley)


"La guerra clásica inter-imperialista entre la Federación Rusa y la OTAN –una guerra desigual, por cierto- se desata en Ucrania y configura su temible carácter subsidiario. La nueva guerra –que encuentra en la guerra civil siria su laboratorio- contribuye a la aceleración del incendio global propiciado por la intensificación del nómos del fuego. Ella restituye la nostalgia en las formas de soberanía cuando las dos formas previas de intensificación del nómos del fuego habían intentado difuminarla para siempre. Las imágenes se llenan de tanques sitiando ciudades, muertos, soldados de ejércitos regulares que habían quedado fuera del protagonismo espectacular vuelven con intensidad. No se trata de una guerra contra un enemigo invisible como es el terrorista o el virus, sino de una guerra regular que, sin embargo, se inscribe al interior de la completa irregularidad. Putin intenta expandir el erario del cuerpo estatal ruso como brazo armado de la emergencia euroasiática, la OTAN intenta disimular el momento “implosivo” de los EEUU y el resquebrajamiento de su “protectorado” sobre Europa".

(Rodrigo Karmy, Tesis sobre el fuego)



Durante las últimas horas el ex agente de inteligencia de las Naciones Unidas, Scott Ritter, afirmó que el escritor y exdirector chileno, Gonzalo Lira -que había desaparecido en Ucrania el pasado 15 de abril- fue capturado, torturado y asesinado por soldados ucranianos.

De acuerdo al ex oficial de inteligencia, el cineasta concretamente habría sido ejecutado por miembros de la Unidad Kraken, que es parte del Batallón Azov, una de las tendencias nazis que forman parte de las fuerzas armadas del régimen de Volodímir Zelenski.

"Gonzalo Lira, un 'influencer' chileno de las redes sociales que residía en Kharkov, Ucrania, y que publicaba contenido en línea crítico con el gobierno ucraniano, fue secuestrado, torturado y asesinado por la Unidad Kraken, parte del batallón Azov afiliado a la Seguridad de Ucrania. Servicio (SBU), Occidente está en silencio", informó Ritter.

Cabe destacar que desde el inicio de la invasión rusa, el director de la película chilena Secuestro utilizó su canal de YouTube para contar lo que sucedía en la guerra entre Rusia y Ucrania. Acusó al gobierno ucraniano de secuestrar a opositores y sus soldados de mostrar tendencias nazis, además de cuestionar la cobertura mediática de los medios occidentales con respecto al conflicto.

Días anteriores a su desaparición, el 26 de marzo , publicó a través de su cuenta de Twitter lo siguiente: “¿Quieres saber la verdad sobre el régimen de Zelensky? Googlea estos nombres: Vlodimir Struk, Denis Kirev, Mijail y Aleksander Kononovich, Néstor Shufrych, Yan Taksyur, Dmitri Djangiro y Elena Berezhnaya. Si no has tenido noticias mías en 12 horas o más, pon mi nombre en esta lista”.

(https://www.encancha.cl/enlahora/nacional/2022/4/20/exagente-onu-afirma-que-gonzalo-lira-fue-capturado-torturado-asesinado-por-soldados-ucranianos-154995.html)

ACTUALIZACIÓN AL VIERNES 22/4/22:

Ayer comenzaron a circular rumores de que se le daba por muerto, pero el comunicador reapareció esta mañana en un live en YouTube. Allí, Lira, crítico del gobierno de Volodímir Zelenski, aseguró que se encuentra bien y que fue detenido por los servicios secretos ucranianos. A esto añadió que las autoridades no le dejarían salir de Járkov.

Gonzalo Lira reapareció en un programa en vivo este viernes con Alex Christoforou, en el canal de YouTube de The Duran, luego de que ayer corrieron rumores de que había muerto..

El chileno, que sufre la invasión rusa a Ucrania, aseguró ser en Jarkov y que no puede salir de la ciudad por orden de las autoridades locales.

También en el programa aseguró que fue detenido por el servicio secreto ucraniano y que terceros han utilizado sus perfiles de redes sociales.

“Cualquier cosa que se haya publicado en (mi) YouTube, mi cuenta de Twitter y mi canal de Telegram después del 15 de abril, no lo consideren, no fui yo. No tengo acceso a eso y no lo tengo. todavía no”, dijo.

“No tengo mi celular, ni acceso a mis correos electrónicos. Hice uno nuevo y entonces me comuniqué con mi familia, parientes y les digo que estoy bien”, agregó.

“Estoy bien. Físicamente estoy bien. No tengo nada que decir públicamente excepto que estoy bien y gracias por preocuparte".

(https://velobrooklyn.com/estoy-bien-el-chileno-gonzalo-lira-reaparece-en-vivo-tras-ser-dado-por-muerto-nacional/)

Contra la religión de la muerte

"En el momento actual, tras décadas de crisis capitalista, agotamiento de la hegemonía norteamericana, colapso ambiental y sanitario, sumado a una cierta hegemonía discursiva del pensamiento liberal y progresista en versión posmoderna, estamos presenciando múltiples formas de “retorno de lo reprimido”: discursos y posiciones que habían quedado debajo de la alfombra se están asomando y haciendo su aporte para convertir en un enorme basural esta gran época que yo he conocido cuando era aún tan pequeña -como dijo hace un siglo Karl Kraus- y que volverá a ser pequeña si es que dura lo bastante.

La ideología flexible y parasitaria que caracterizó al fascismo desde sus inicios encuentra en el pantano del posmodernismo nutrientes de gran utilidad para proponer nuevas síntesis y “alianzas extravagantes”. En medio de la precariedad teórica de la izquierda y la ultraizquierda en general, nuevas formas de fascismo confusionista pueden vestirse una vez más de anticapitalismo, generando algún nivel de confusión entre quienes desde la izquierda están dispuestos a aliarse con quien sea para combatir enemigos coyunturales.

Pero el fascismo no es una plaga natural ni una maldición de la naturaleza humana: la fascistización del mundo es sólo una consecuencia más de la imposibilidad humana de poner fin a la dictadura de la acumulación eterna del valor de cambio. Como dijo Brecht -a quien recomiendo que lean puesto que me he topado con personas que lo conocen solamente por la canción de Silvio Rodríguez en que parte recitando que “Hay hombres que luchan un día y son buenos…”-, el fascismo es la fase histérica del capitalismo, y por eso mismo es que es a la vez muy nuevo y muy viejo. Esta comprensión nos exige deshisterizar el debate, historizando la relación más amplia entre los fascismos, la dominación estatal y la explotación capitalista.

Tal como dijo Trotsky poco antes de la segunda guerra, cuando las condiciones objetivas para la revolución social ya están maduras, si no se produce la revolución, comienzan a pudrirse. Lo cual enlaza directamente con la advertencia de Marx en 1848, cuando dijo que la crisis terminal de un modo de producción puede producir una superación, o un estancamiento y larga decadencia hacia la muerte. El fascismo puede ser visto como el fermento que se produce una vez comenzado el estado de descomposición.

Si Benjamin decía que hay que ver en el capitalismo una religión, siendo el capital precisamente una especie de vampiro de “trabajo muerto” que se alimenta de “trabajo vivo” hasta lograr cadaverizar todas las relaciones sociales, debemos concluir que la verdadera “religión de la muerte” es el capitalismo mismo, que ya ha llevado su violencia estructural y sistemática a todos los rincones de un globo terráqueo, que en su colapso amenaza con destruir por completo. 

Por eso, como decían los compañeros de la revista Bilan en 1934, “el problema no consiste entonces en afirmar: ¡el fascismo es una amenaza!, ¡levantemos un frente único del antifascismo y de los antifascistas!, sino al contrario determinar las posiciones en torno a las que podrá concentrarse el proletariado en su lucha contra el capitalismo (1)

Y donde dice “el proletariado”, bien podría decir la humanidad".

J.C.M.

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lunes, abril 04, 2022

“DESERTAD” (x Franco "Bifo" Birardi). 

 


Leo las palabras de viejos compañeros 

Leo las palabras de viejos compañeros que instan a enviar armas al pueblo ucraniano que lucha contra el invasor. Como dice Gad Lerner en un discurso reciente sobre el tema, “estamos caminando descalzos sobre vidrios rotos”, así que respeto los sentimientos de esos viejos compañeros míos, pero espero no parecer cínico si los invito a reflexionar sobre el contexto y el sentido general del proceso del que la guerra de Ucrania es el catalizador. 

Parece que hoy está prohibido pensar. Hay que tomar posición, hay una guerra de agresión desatada por la Rusia stalino-zarista, y hay una resistencia que involucra a la gran mayoría del pueblo ucraniano. Lo sé y parece innegable.

Sin embargo, antes de pronunciarme, si se me permite, me gustaría conocer el contexto histórico: desde la hambruna que mató millones de ucranianos en los años de Stalin, hasta el apoyo que la mayoría de los ucranianos dieron a Hitler durante la guerra, hasta la eliminación de 1,2 millones de judíos por las SS ucranianas, hasta la política de expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia.

¿Se me permite estudiar historia, se me permite comprender? O, queridos viejos compañeros que ahora son intervencionistas, ¿sólo es lícito tomar una posición, sin comprender, sin saber?

Conocí a esos compañeros míos en las ocupaciones contra la guerra estadounidense en Vietnam, juntos crecimos en la cultura del internacionalismo, creyendo que estábamos viviendo el amanecer de una época más feliz y no, como sabemos ahora, el ocaso de la civilización humana.

Juntos pensábamos que la nación era un concepto brutal y estúpido, herencia de una era bestial de la que la cultura podía emanciparnos.

Juntos pensamos que la nación era una máscara de depredadores competidores que envían a los niños a morir para obtener ganancias.

Ingenuamente juntos, pensamos que la cultura podía emancipar a mujeres y hombres de esa bestialidad. No sabíamos que la cultura estaba destinada a disolverse a raíz del darwinismo neoliberal que restauró la ley natural de la selva en la que sólo puede vivir quien sabe matar. No sabíamos que la bestia estaba destinada a resurgir como un monstruo de dos cabezas que ahora se muerden entre sí. Las dos cabezas son el globalismo capitalista y el nacionalismo soberano: de sus mordiscos proliferan pequeños monstruos nacionales.

Hace veinte años, las multitudes se unieron bajo el grito patriótico “todos somos estadounidenses”, y agitaron sus pañuelos para saludar a la gran empresa afgana que finalizó el 21 de agosto de 2021, ya sabemos cómo. Ahora, las 24 horas del día en las redes unificadas hay una demostración de heroísmo a través de terceros. La persona interpuesta es el pueblo ucraniano, incitado, instigado, exaltado por una multitud de simpatizantes emocionados que siguen agitando sus pañuelos. Pero esta vez el espectáculo puede extenderse a la audiencia, involucrar al público y aplastar lo poco que queda de la vida civil. 

Vi ‘Invierno de fuego’

Vi Invierno de fuego del director ruso-israelí Afineevsky. Una película que narra, sin dibujar el contexto nacional e internacional, la resistencia del pueblo, la solidaridad ciudadana, el orgullo nacional, la determinación implacable. Aunque me resulta difícil compartir el nacionalismo como se presenta, entiendo esto: si los ucranianos pudieron resistir la violencia brutal de los Berkuts de Yanukovych con sus propias manos, hoy, con las armas que les enviamos, podrán resistir como leones al ejército de Putin. Y morirán por miles. Y matarán a miles de soldados rusos, veinteañeros enviados a morir por la locura criminal de Putin.

Nosotros enviamos a los ucranianos al frente. Les prometimos la OTAN, Europa y la libertad. La libertad de la que goza Julian Assange, de la que disfrutan los estadounidenses negros y los trabajadores precarios de todo el mundo. Les prometimos democracia, la que vivieron los griegos en el verano de 2015.

A cambio de su libertad, les pedimos que mueran por la OTAN, aunque la llamen Unión Europea.

Pero ahora Zelenski nos llama: “Ucrania está dispuesta a morir por Europa. Veamos si Europa está lista para morir por Ucrania".

Europa está dispuesta a enviar armas, no a morir. Tampoco está preparada para encontrarse de la noche a la mañana sin calefacción y sin gasolina.

Animaremos desde las gradas.

Como en los días de los gladiadores.  

Es el momento Anders en la historia del mundo

El culto a la nación, a la raza, ha vuelto por todas partes a dominar la escena, y lo que se libra en Ucrania es una guerra de Hitler contra Hitler

Es el momento Anders en la historia del mundo. En la década de 1960, cuando la bomba atómica se apoderó de la imaginación, Günther Anders reflexionó sobre los efectos políticos y psíquicos de esa innovación tecno-militar. Judío, filósofo de educación heideggeriana, que emigró a América en los años del exterminio de su pueblo, Anders escribió, en artículos y libros que nunca tuvieron la circulación merecida, que el Tercer Reich era sólo el ensayo general de un espectáculo que (él lo dijo) verán nuestros nietos cuando el nazismo esté en todas partes. Ahora los nietos de Anders son testigos del triunfo del Nuevo Tercer Reich, el monstruo bicéfalo del supremacismo blanco que no acepta su declive.

Anders fue tratado con cierto desapego por parte de los académicos: un pesimista, decían de él los ensalzadores de las glorias de la democracia liberal.

Ahora es evidente: el culto a la nación, a la raza, ha vuelto por todas partes a dominar la escena, y lo que se libra en Ucrania es una guerra de Hitler contra Hitler. Guerra interna de exterminio en Occidente.

No es la primera vez que un poder blanco (por ejemplo los Estados Unidos de América) lanza campañas de exterminio contra poblaciones indefensas.

Gracias a las sanciones contra Irak en la primera guerra del Golfo, la mortalidad infantil pasó del 56 por mil en 1990 al 131 por mil en 1999. En 1996, el programa Sixty Minutes entrevistó a la embajadora estadounidense ante la ONU Madeleine Albright: “Parece que 500.000 niños iraquíes murieron a causa de los embargos. Es más que Hiroshima. ¿Es un precio justo a pagar?”. La respuesta fue digna del Putin que ahora vemos en acción: "Fue una elección muy difícil, pero sí, eso creemos”.

Pero esos muertos eran iraquíes, no pesaban mucho en la conciencia occidental. Los muertos de Mariupol nos impresionan particularmente porque la masacre ocurre dentro del mundo blanco, dentro de Occidente, ya que Rusia es Occidente, en el sentido de que es parte de la raza carnívora.

Lo que es Occidente no está claro. En términos geográficos, Rusia no forma parte de él. En términos políticos, Occidente es el mundo libre opuesto a la autocracia. Y, por supuesto, la geopolítica importa, y la política importa. Pero lo que más importa es la pertenencia cultural al mundo cristiano, blanco e imperialista. Desde este punto de vista, Rusia es Occidente. Occidente es la tierra del declive, la tierra del futuro que ahora está en declive. El futurismo ruso y el futurismo occidental tienen raíces diferentes pero el mismo significado: expansión. Y tienen la misma suerte: el agotamiento en que ni siquiera somos capaces de pensar, ya que el culto a la expansión nos ciega, y nos impide comprender que la expansión ha terminado y que Occidente se está extinguiendo.

Oeste es Rusia, América, Europa, un mundo de viejos que exorcizan la demencia con prótesis cognitivas e inteligencia artificial, de viejos que exorcizan la impotencia con proclamas de exterminio mutuo.

Esta es una guerra dentro de la raza carnívora que no se resigna a desaparecer, y como Sansón quiere llevarse al planeta entero al carajo. Aquí estamos en el último acto de la civilización blanca, rusa, europea americana: la destrucción de la civilización. 

Ilimitado es el poder del estúpido

Ilimitado es el poder del estúpido y se dice que ni los dioses contra él pueden hacer nada.

Macron declaró recientemente que la OTAN está en estado de muerte cerebral. Sin embargo, se ha levantado y como un zombi ha tomado el lugar de Europa, destruyendo definitivamente su misión constitutiva. Polonia es, de hecho, su vanguardia. La Polonia de Kazinski.

Biden ordenó a Alemania que rescindiera el contrato de Nord Stream. No sabemos cómo terminará la guerra en curso, pero sí sabemos que Biden ya ganó en este punto. Después de renunciar a Nord Stream, Alemania accede a armarse. Contra los rusos, de momento, quién sabe mañana.

El poder del estúpido es ilimitado, porque el estúpido está dispuesto a dañarse a sí mismo para dañar al otro.

La miseria se extenderá, ya que la sociedad tendrá que pagar los costos de un rearme general. Y el aire será cada vez más irrespirable

No está claro cómo saldremos de esta guerra. En el peor de los casos no saldremos de ella del todo: en vez de perder (todo), el Autócrata podría usar toda su fuerza y ​​destruir (todo). En el mejor de los casos, una ola de nacionalismo fragmentará el continente europeo en un mosaico de ejércitos fascistas en guerra entre sí y especialmente contra los inmigrantes no blancos. Las líneas divisorias son borrosas, porque los nacionalistas no conocen la lógica y no saben nada de universalidad.

No está claro cómo saldremos de esta guerra, pero lo cierto es que la miseria se extenderá, ya que la sociedad tendrá que pagar los costos de un rearme general. Y el aire será cada vez más irrespirable: las minas de carbón están reabriendo para satisfacer la creciente necesidad de energía. El Holocausto climático se precipitará.

Los gobiernos europeos incitarán a las mujeres a tener hijos por la patria blanca, pero el cáncer y el asma se extenderán junto con una pandemia de depresión suicida.

Sometida a una violencia ininterrumpida, la naturaleza ha recuperado el dominio: la naturaleza desatada de los mares crecientes y los fuegos devoradores, la naturaleza bélica de los humanos que han convertido la inteligencia en artificio y ahora son presa de la (il) lógica natural de la pasión por la identidad. Pasión asesina.

Pero ahora, también pasión suicida. 

En un pueblo en la frontera

Una docena de desertores llegan cada noche a un pueblo en la frontera con Polonia. No quieren quedar atrapados en una guerra de nación, quizás porque la idea de nación no les convence como no me convence a mí. Miles de jóvenes rusos huyen a Escandinavia y quién sabe dónde. No quieren ser reclutados por Putin para ir a matar a sus pares ucranianos, no quieren vivir en un país donde se persigue la libertad de expresión.

Se llevaron algunas cosas con ellos y se fueron para nunca volver. Son pocos, malditos como traidores a su patria, pero se van: quizás están enamorados y no quieren morir, quizás están asustados por el horror y no quieren matar. En todo caso, mi solidaridad, mi amistad va para ellos. Solo a ellos. Mi amistad va para todos los que desertan.

A los que desertan de la patria y de la guerra, a los que desertan del trabajo asalariado, a los que desertan de la procreación, a los que desertan de la participación política. A aquellos que han entendido que el cáncer ahora ha devorado el cuerpo y están buscando áreas de supervivencia y compartir en los márgenes de un mundo que se desintegra rápidamente.

Por todos los demás, rusos y ucranianos, estadounidenses e italianos, solo siento una compasión desesperada.

(Tomado de https://ctxt.es/es/). 

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miércoles, marzo 09, 2022

El Rasputín de Putin, o ¿Quién cresta es Dugin? Parte 1: La ultraderecha como política de Estado 

 


Tomado de: Francisco Veiga y otros, “Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, postfascismo y nazbols”, Alianza, 2019. Foto: Dugin en Argentina. 

Queda ahora por abordar otro aspecto fundamental sobre la figura y significado de Aleksandr Dugin en la Rusia postsoviética: su ascenso a los círculos del poder hasta convertirse en una de las personalidades de mayor influencia en el Kremlin como inspirador de la nueva política exterior rusa.

A menudo, los medios de comunicación occidentales han sugerido paralelismos caricaturescos entre Rasputín y Dugin, basándose más en lejanos parecidos entre barbas y melenas o en supuestas oscuras influencias que en comparaciones documentadas. Rasputín nunca fue un asesor del zar Nicolás II en política exterior, comenzando porque su influencia en la corte la ejercía a partir de la zarina y sus tendencias pacifistas no tuvieron la suficiente influencia, de lo cual es buena prueba la participación rusa en la Primera Guerra Mundial.

Por contraste, Dugin no era el casi analfabeto monje siberiano con estrafalarias ideas místicas sobre el poder, sino un documentado influencer, versado en ciencia política y relaciones internacionales, capaz de expresarse con notable fluidez en varias lenguas extranjeras. La razón básica que explica la influencia de Dugin sobre Putin es bien lógica: su éxito en homegeneizar y modernizar las ideas de la ultraderecha rusa hasta darle cierto aspecto de doctrina nacional «dura». Por otra parte, presentadas como genuinamente rusas (o más bien «eurasiáticas») sus ideas no estaban en contradicción con las de la nueva ultraderecha europea de la cual, como se ha visto, bebían generosamente.

Pero todo ello tenía unas claras limitaciones. El programa de Dugin en su conjunto resultaba demasiado radical y esotérico para un estadista como Putin cuyo mandato se movía entre el nacionalismo y el pragmatismo. Cierto era que al presidente le venían bien las propuestas de Dugin como solucionador de cuadraturas del círculo y sugeridor de ideas y bazas políticas que podían dar juego en las nuevas estrategias o para justificar algunas ocasionales acciones políticas internacionales más ambiciosas o belicosas con Occidente.

Pero en 2014, la gestualización extremista de Dugin durante la crisis del Donbass —quizá intentando desempeñar el papel de un Ilya Ehrenburg durante la Segunda Guerra Mundial— incitando a los rusos a matar ucranianos e incluso ir a la guerra contra Estados Unidos, le costó su preciado puesto en el Departamento de Sociología de la Universidad Estatal de Moscú. Fue un golpe duro, tras años de labrarse una respetable imagen como académico de prestigio. Pero fue también una palpable demostración de que el Kremlin era muy capaz de determinar qué era y qué no era aceptable en términos de narrativa nacionalista

Previamente a todo ello, cabe recordar que Dugin se reveló como hombre influyente durante la etapa final del presidente Yeltsin, ya desde antes de la llegada de Putin al poder. Ocurrió en 1997, con la publicación de su obra Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia, que se convirtió en un gran éxito con cuatro ediciones agotadas en poco tiempo. Pero sobre todo, fue uno de los caballos de batalla políticos de la generación de halcones militares que intentaban reconstruir la capacidad estratégica rusa tras los desastres de la era Yeltsin.

Ello explica correctamente el ascenso político de Dugin en los círculos de poder de la nueva Rusia postsoviética y nacionalista: no como un oscuro monje místico al estilo de Rasputín y en el entorno de Putin. La carrera del ideólogo de la nueva ultraderecha rusa se sitúa en el impulso de los sectores militaristas y ultranacionalistas que se organizaban por su cuenta ya en época de Yeltsin y como reacción a sus fracasos políticos. Y que, por supuesto, terminaron llevando a Putin al poder, pero también a Dugin.

Eran personajes como, por ejemplo, Igor Rodionov, ministro de Defensa en 1996 y 1997, que previamente había sido director de la Academia de Estado Mayor (1989- 1996); situado al frente de algunas de las unidades militares soviéticas más duras y elitistas, así como en las regiones más comprometidas. Todo ello para concluir como diputado en la Duma Estatal entre 2000 y 2007 en el bloque electoral Patria, reconvertido en el partido Rusia Justa que en su momento apoyó el ascenso de Vladímir Putin a la presidencia. En la redacción del texto había colaborado el coronel-general Leonid Ivashov, jefe del Departamento de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa y uno de los cerebros más activos de la doctrina geoestratégica rusa. Además de ser también un halcón en tiempos de Yeltsin: fue él quien diseñó y organizó la marcha de los paracaidistas rusos sobre el aeropuerto de Pristina, en junio 1999, que puso en un brete a las victoriosas fuerzas de la OTAN que entraban por entonces en Kosovo tras haber puesto de rodillas a Serbia con una campaña de bombardeo de setenta y ocho días.

Y Dugin conectaba y se movía por ese mundo con total naturalidad a partir del hecho de que, como ya se ha mencionado, su padre, Geliy Alexandrovich Dugin, era coronel-general en el GRU, el servicio de inteligencia militar; y no fue el único miembro de su familia en pertenecer a esos círculos.

Al margen de su encaje social e institucional, resulta evidente que el ensayo de Dugin fue providencial para su tiempo. Gustó en las Fuerzas Armadas hasta el punto de que se convirtió en libro de texto en la Academia de Estado Mayor. Y realmente marcó un momento estelar en la recuperación de las ambiciones rusas de volver a desempeñarse como gran potencia, tendiendo un puente entre la nostalgia de la era soviética y las ilusiones de la nueva Rusia nacionalista y eurasiática. Pero sobre todo, él mismo devino una figura intelectual única, al margen de las ideas que defendía. Lleva razón Vadim Rossman al escribir que «comparado con los mediocres antiguos ideólogos soviéticos, Dugin parece un gigante intelectual. Su capacidad para cruzar los límites interdisciplinarios, para acuñar e introducir términos y nuevas categorías, y para presentar sus posiciones ideológicas como descubrimientos y conclusiones a partir de conceptos avanzados de ciencias sociales, resulta especialmente alarmante e inquietante en la atmósfera actual de una caza de brujas antiliberal».

Por el camino, su libro Fundamentos de geopolítica se convirtió en la respuesta a la por entonces celebrada obra del geoestratega estadounidense Zbigniew Brzezinski: El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperios geoestratégicos, que había sido publicada precisamente en 1997.

Por entonces, Estados Unidos era la única superpotencia con una capacidad militar y económica a escala global, y en su libro, el antiguo Consejero de Seguridad del expresidente Jimmy Carter explicaba cuál debería ser la estrategia global que permitiera mantener su predominancia planetaria. Y, precisamente, el gran tablero de ajedrez en el cual se debería jugar la gran partida era el continente eurasiático a caballo de Asia, Europa y Oriente Próximo, donde Washington debería evitar a toda costa el resurgimiento de una gran superpotencia rival, fuera esta Rusia o China. Paradójicamente, un año antes de fallecer, Brzezinski hacía un llamamiento a revisar la estrategia que él mismo había propuesto veinte años antes. Estados Unidos seguía siendo la mayor potencia global, pero a causa de los cambios geopolíticos complejos en los equilibrios regionales, ya no era el poder imperial mundial que buscaba ser en 1997. Influían en ello el surgimiento de Rusia y China como grandes potencias y la debilidad de Europa. El mundo musulmán, por su parte, también experimentaba un despertar violento, pero en términos de un proceso poscolonial y de agravios históricos.

Por lo tanto, en cierto modo, el ruso Dugin le había ganado la partida al polaco Brzezinski. Sus Fundamentos de geopolítica fue un libro mucho menos conocido y distribuido que El gran tablero de ajedrez mundial, pero, a la larga, una parte de sus recomendaciones se fueron imponiendo.

A toda la insistencia que ponía Brzezinski en anular el poder de Rusia, le oponía Dugin la crítica al triunfante liberalismo americano. El enemigo común de Rusia y sus aliados debería ser el atlantismo, los valores liberales y el control estratégico de Estados Unidos. Para ello, Rusia debería tender dos ejes: el de Moscú-Berlín, incluyendo también París; y el de Moscú-Teherán, siendo Irán definido como un aliado clave. El Cáucaso sería reorganizado en sus fronteras y reintegrado a control ruso, así como Ucrania. El eje con Berlín y París se justificaría por el hecho de que ambos países eran de «firme tradición antiatlántica». El Reino Unido debería mantenerse al margen de Europa continental, y la estabilidad sociopolítica interna de Estados Unidos habría de ser minada fomentando el separatismo, los conflictos étnicos, sociales y raciales.

Es interesante considerar que para Dugin no debería recurrirse a la fuerza militar a menudo, sino a la presión a partir de los suministros rusos de gas y petróleo —u otros recursos naturales— a terceros países, así como a la acción conspirativa y hasta subversiva a partir de los servicios especiales. Explicado así, puede dar la impresión de que Dugin fue el diseñador en exclusiva de la nueva estrategia rusa hegemonista de la era Putin, hasta extremos que dejan al presidente poco menos que en el papel de una mera marioneta, muy en la imagen —tan querida por periodistas y detractores de Putin en general— de Rasputín manipulando a Nicolás II.

En realidad, Dugin no era el único personaje de ideas ultranacionalistas que durante el periodo Yeltsin pululaba en torno a la oposición de línea dura que terminaría llevándolo al retiro. Sergey Kurginyan, Sergey Naryshkin, Gennadiy Seleznyov —siendo el mismo Dugin asesor de estos últimos— formaban parte de un extenso panteón de ideológicos y estrategas que irían a integrarse en Rusia Unida u orbitarían en torno a la ultraderecha y que de una forma u otra aconsejaban y trazaban planes buscando una salida —«su» salida— a la deriva del experimento neoliberal de Yelstin. Sin embargo, en 1997 ni siquiera había acontecido el desastre: la victoria de la OTAN en la guerra de Kosovo —con la consiguiente humillación de la diplomacia rusa— y el colapso del rublo en la crisis de 1998. En esos años Rusia todavía no había tocado fondo y las elucubraciones y propuestas de Dugin y otros como él no eran sino brindis al sol.

Especular con un solo inspirador de la nueva política ultra rusa resulta bastante insuficiente, y cuando algún autor insiste en ello suele ser para resaltar la imagen de fanatismo oscurantista de Putin. Timothy Snyder, por ejemplo, escoge al aristócrata emigrado blanco Ivan Ilyin, filósofo y teórico de la Unión Militar Rusa (ROVS, por sus siglas en ruso) como inspirador del nuevo fascismo ruso en el entorno de Putin. Aunque, en efecto, Ilyin fue uno de los teóricos de los rusos blancos en el exilio, ello no es decir mucho para la época, dado que fue un movimiento crónicamente débil y disperso. Por lo demás, continuó militando como monárquico convencido —opción que tras la abdicación de Nicolás II nunca volvió a tener apoyo entre la gran mayoría de los rusos— y si bien son innegables sus simpatías hacia el fascismo italiano, no está claro que las tuviera hacia el nazismo alemán, demasiado biologista y plebeyo para un filósofo y teólogo aristócrata.

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sábado, mayo 29, 2021

DE GABRIELA MISTRAL A CLAUDIO ORREGO: LOS “HUMANISTAS CRISTIANOS” ANTE LA REPRESION POLÍTICA 

 

“Menos cóndor y más huemul” (Gabriela Mistral)

El “humanismo cristiano” -que dice encarnar en Chile hasta hoy el Partido Demócrata Cristiano- proviene de la evolución política que tuvo en el período de entreguerras mundiales un sector de la juventud del Partido Conservador. No deja de sorprender que a su vez, a fines de los 60, la juventud DC se radicalizara por izquierda dando lugar a la formación de partidos como el MAPU (del que derivó en los 80 nada menos que el Lautaro) y la Izquierda Cristiana (que era el partido de Elizalde -jefe actual de lo que queda del PS-, más o menos hasta 1989).

Hacia 1936, cuando esos jóvenes conservadores disidentes fundaron la Falange Nacional, Gabriela Mistral era una de las principales simpatizantes, como demuestra su correspondencia con Frei Montalva (1). Pese a sus diferencias con el “extremismo de izquierda” -que repudiaba en todas sus versiones, tanto como al nazi/fascismo (2)- una anécdota de su paso por Magallanes revela su profunda humanidad.

Relatamos este evento de hace un siglo, para luego contrastar su actitud con el comportamiento de uno de sus “nietitos” políticos: el actual candidato a Gobernador de la Región Metropolitana, don Claudio Orrego.

1.- Punta Arenas, 1918

Tal como hoy, hace 100 años el país hervía en agitación social y política. En el extremo austral los obreros de Puerto Natales se alzaron en enero de 1919 contra de sus patrones –la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego y sus capataces ingleses y alemanes-, en una gran insurrección que fue reprimida con gran despliegue de fuerza policial y militar desde ambos lados de la frontera chileno-argentina, y con muertos en las filas policiales y obreras.

En esos parajes extremos de América del Sur Chile y Argentina no están divididos por cordillera alguna, y tanto el territorio como su gente se confunden, en una mezcla de orígenes y acentos, que en esos años implicaba además la adopción de formas muy combativas de organización, con claro predominio anarquista. Eran los tiempos de la “Patagonia rebelde”, descrita en el famoso libro de Osvaldo Bayer que fue llevado al cine, y de la acción directa de anarquistas como Severino de Giovanni y Simón Radowitzky al otro lado de la cordillera de Los Andes, Efraín Plaza Olmedo y Antonio Ramón Ramón de este lado.   

Simón Radowitsky, de origen ucraniano, ajustició al coronel Ramón Falcón, bajo cuyo mando la policía había reprimido la manifestación del 1 de mayo de 1909 causando varios muertos y heridos, en lo que se ha conocido como la “Semana Roja”. El 14 de noviembre del mismo año, en una acción estrictamente individual, arrojó una bomba casera al vehículo en que iba Falcón, causándole la muerte. Fue capturado tras dispararse al pecho y gritar “Viva el anarquismo”. Por su acción fue encarcelado, y por temor a fugas se le envió al presidio más austral del mundo, en la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego, donde el límite con Chile más que meramente administrativo es totalmente imaginario: un conjunto de líneas casi rectas en un mapa.

Ignorando esas fronteras arbitrarias, hasta Ushuaia llegaron dos anarquistas a rescatarlo en una pequeña embarcación el 7 de noviembre de 1918, con la cual lograron llegar por el Estrecho de Magallanes hasta a Península de Brunswick, donde fueron alcanzados cuatro días después por un barco de la Armada. Fueron apresados pero Simón huyó a nado en esas frías aguas donde un cuerpo humano no resiste muchos minutos.

En su fuga, Radowitsky llegó a la ciudad de Punta Arenas, donde la represión militar de la creciente agitación obrera se había tomado las calles. Toda la región era, a pesar de su extremo aislamiento, era uno de los lugares de vanguardia del proceso de acumulación del capital, que poco antes y como condición previa había aniquilado a la casi totalidad de las poblaciones originarias (kawesqar, selk´nam y yaganes) (3).

Cabe destacar que el aparato represivo de esos años era bastante original: no sólo las policías colaboraban con el Ejército y la Armada, sino que se producía una combinación internacional de dichas fuerzas, con incursiones del Ejército argentino en territorio chileno para colaborar en la captura y ejecución de revoltosos, y con grupos de “patriotas” que en colaboración con militares y policías realizaron acciones tales como el incendio de la Federación Obrera el 27 de julio de 1920. Seis días antes en Santiago una horda patriotera atacó el local de la FECH, dando inicio a una fuerte represión policial y judicial contra estudiantes y obreros, producto de la cual resultó muerto el poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas.

Simón entró a un inmueble, que resultó ser el Liceo de Niñas, cuya directora era Gabriela Mistral. El hecho es relatado por la pluma del escrito magallánico Roque Esteban Scarpa en “Desterrada en su patria” (4). Una síntesis de dicho relato la ofrece Ramón Arriagada en su libro sobre la insurrección de Puerto Natales (5):

“Cuando dio con tierra firme en la costa frente a Punta Arenas, Radowitzky llegó a una calle al costado del Liceo de Niñas, sacó las últimas fuerzas y corrió hacia la última puerta abierta que encontró. Una de las profesoras del establecimiento venía de terminar las clases nocturnas de Educación Popular, vio pasear una sombra hacia el pasillo del interior. Con temor se dirigió al corredor y encontró a un hombre empapado; tembloroso, con tono desfalleciente, le pidió que lo escondiera, ya que le estaba buscando”.

La profesora, Laura Rodig, al escuchar que se había fugado de Ushuaia estuvo dispuesta a ayudarlo. Le solicitó a la directora que terminara su clase y le explicó lo sucedido y su plan: “Pensaba vestirlo de mujer y conducirlo a un lugar que recordó como posible refugio”.  La respuesta de Gabriela fue clara: “rotundamente le respondió ‘¡No! Ese hombre no sale a la calle. No sale al peligro’. Sin haber hablado con él, Gabriela Mistral había intuido: en la calle, estaban deteniendo a todos los transeúntes. No se trataba de un caso de justicia común, sino un hecho de cierta trascendencia internacional”. Concluye Scarpa:

“Corriendo todos los riesgos, Gabriela lo amparó, sin preguntarle siquiera su nombre, que sólo supo más tarde, por los comentarios de la prensa, cuando amainó la búsqueda, le permitió partir”.

Simón fue recapturado y llevado una cárcel flotante, y luego de regreso a Ushuaia donde se le mantuvo dos años en aislamiento solitario y con media ración de comida y agua. La rabia estalló entre los obreros anarquistas de Buenos Aires, donde una huelga en los Talleres Vasena deriva en una gran rebelión con enfrentamientos. La represión dejó cerca de 700 muertos y decenas de desparecidos en la llamada “Semana Trágica” (7 al 11 de enero de 1919), considerada uno de los primeros procesos de terrorismo de Estado en Argentina. El mismo Gobierno del radical Hipólito Yrigoyen condujo dos años después la represión y fusilamiento de obreros en huelga en la Patagonia.

Finalmente Radowitsky abandonó el presidio al ser indultado en 1930, tras 21 años de encierro, y expulsado a Uruguay. En 1936 se alistó en las Brigadas Internacionales para combatir en la guerra de España.

Gabriela permaneció un tiempo más en Punta Arenas, donde su amigo Julio Munizaga, abogado y poeta que la había acompañado a la “tierra sin primavera”, se dedicó a  la defensa de varios de los obreros encarcelados por la insurrección de Natales, los últimos de los cuales fueron liberados en marzo de 1923.  



2.- Santiago, 2017

Un siglo después, un año antes de la “explosión feminista” y dos antes del “estallido social” de octubre de 2019, el DC Claudio Orrego en su cargo de Intendente Metropolitano se dedicó a reprimir duramente variadas formas de protesta social que se estaban incrementando, y recurrió en varias ocasiones al mecanismo de expulsar a ciudadanos extranjeros por su adhesión a las ideas del anarquismo.

El Intendente Orrego se apoyó en informes policiales que indicaban “participación en actividades anti sistémicas de la escena anarco-libertaria de Chile” (6), y dando aplicación al Decreto Ley N° 1.094 de la dictadura de Pinochet, que desde 1975 y hasta ahora regulaba la situación de los extranjeros en Chile (7), dictó sendas órdenes de expulsión.

Este DL establece en su art. 15 N° 1 la prohibición de ingreso al país de “los que propaguen o fomenten de palabra o por escrito o por cualquier otro medio, doctrinas que tiendan a destruir o alterar por la violencia, el orden social del país o su sistema de gobierno, los que estén sindicados o tengan reputación de ser agitadores o activistas de tales doctrinas y, en general, los que ejecuten hechos que las leyes chilenas califiquen de delito contra la seguridad exterior, la soberanía nacional, la seguridad interior o el orden público del país y los que realicen actos contrarios a los intereses de Chile o constituyan un peligro para el Estado”.

El caso más conocido fue el del periodista italiano Lorenzo Spairani, que estaba en Chile desde octubre de 2016 como becario de la Unión Europea, trabajando con organizaciones  sindicales, y sufrió una “expulsión express” en febrero del año siguiente, decretada por Orrego, que señaló que su participación en actividades no especificadas por un Informe secreto, alteraba el orden social y ponía en peligro al Estado de Chile. La PDI le notificó el decreto de expulsión en su domicilio, lo detuvo en un cuartel, y en menos de 24 horas lo subió a un avión con rumbo a Italia.      

La Corte Suprema (Amparo Rol 7080-2017) declaró que la resolución del Intendente Orrego carecía de “motivación fáctica, transformando el acto administrativo en una mera afirmación de autoridad, sin respaldo, y sin dar al afectado posibilidad alguna de ejercer sus defensas, lo que resulta inaceptable en cualquier actuación de la Administración Pública”.

El recurso de amparo fue acogido, así como también otros recursos presentados por ciudadanos argentinos, peruanos y ecuatorianos que también fueron expulsados del mismo modo (8).

Colofón

Se aprecia un contraste profundo entre los dos momentos y acciones que hemos referido: mientras Gabriela no vacila en arriesgar su libertad y seguridad para salvar la vida del anarquista prófugo, a pesar de no compartir su ideario ni acciones, al Intendente Orrego no le tiembla la mano para aplicar la seudo-legislación de la Junta Militar de Gobierno para poder expulsar ilegal y arbitrariamente a extranjeros que consideraba indeseables por sus ideas y actividades anarquistas.

¿Qué pasó entremedio con los “humanistas cristianos”? Mucha agua bajo el puente como para resumirla en este cierre, pero puedo dar fe de que aún a mediados de los 80 existían muchos jóvenes DC que se unían sin problemas a las juventudes de izquierda en la protesta contra la dictadura. Se autodenominaban JDC-R (por “resistencia” o “revolución” (9)), o “chascones”, por oposición a los DC “guatones” (conservadores y/o más inclinados a la derecha).

¿Qué habrá sido de ellos después de 1988? ¿Se extinguieron tal como las facciones más combativas de la Juventud Socialista? Es muy posible. Mientras tanto, repitamos con Gabriela:

- cóndor (que el final es sólo un “buitre hermoso”, o sea un carroñero)

+ huemul (animal que casi nadie en Chile ha visto, y que está en serio peligro de extinción).


NOTAS:

1.- Richard Astudillo, “Gabriela Mistral y la Democracia Cristiana”, Tribuna Pública, Melipilla, Abril de 2007, pág. 7. En: http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/628/w3-article-267245.html

2.- En una carta de 1940 se queja ante Frei, su amigo y abogado personal, de “venir a parar en que no hallamos para salvarnos sino la receta nazi, o la fascista, o la comunistoide, o la cavernaria, ¡cualquiera menos la propia!” (Memorias de Eduardo Frei Montalva, Correspondencias con Gabriela Mistral y Jacques Maritain, Planeta, Santiago, 1989. Citada por Astudillo).  De todos modos, cabe destacar el carácter corporativista de la Falange, con influencias de la Falange Española, y su “tercer-posicionismo” que se refleja claramente en su símbolo: la flecha roja atravesando dos líneas que representan la derecha y la izquierda.

3.- Ver: Mateo Martinic, “El genocidio selknam: nuevos antecedentes”, Anuario del Instituto de la Patagonia, vol. 19, 1989/1990; Clara García-Moro, “Reconstrucción del proceso de extinción de los selknam a través de los libros misionales”, Anuario del Inst. de la Patagonia, Vol. 21, 1992; Alberto Harambour, “Soberanía y corrupción. La construcción del Estado y la propiedad en Patagonia Austral (Argentina y Chile, 1840-1920)”, Historia N° 50, Vol. II, julio-diciembre 2017. Agradezco a Arturo Castillo Cabezas la recomendación de estos valiosos materiales.   

4.- Editorial Nascimento, 1977.

5.- Ramón Arriagada, “La rebelión de los tirapiedras. Puerto Natales 1919”, Ediciones Universidad de Magallanes/Editorial Fiordo Azul, Tercera edición, 2017.

6.- Sobre esta “escena” la policía chilena se viene explayando a lo menos desde los tiempos del “Caso Bombas” (2009-2012).

7.- En abril de este año se publicó la nueva ley de extranjería, N° 21.325, que está en espera de la dictación de su Reglamento para entrar en vigencia.

8.- Ver, por ejemplo, el Rol 1919-2017 de la Corte de Apelaciones de Santiago.

9.- Sólo dos décadas antes Frei Montalva hablaba de una “revolución en libertad”.

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