lunes, febrero 13, 2023
El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser
La siguiente «reseña»/resumen
del libro de Nancy Fraser Cannibal Capitalism. How Our System Is
Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso,
Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.) hecha por Fernando Lizárraga fue publicada
por lxs compañerxs de Kalewche y me pareció lo suficientemente interesante para
reproducirla íntegramente acá. Sólo los destacados en negrita han sido
agregados para reforzar ciertos puntos que nos parecen clave. La lectura atenta
toma un cierto lapso de tiempo, que se acompaña bien escuchando “Unit Structures” de
la Cecil Taylor Unit (1966).
El capitalismo es un sistema
social caníbal. Devora ritualmente sus propias fuentes de sustento, se alimenta
de seres y recursos que están en su periferia (como un agujero negro canibaliza
a otros cuerpos celestes) y se come a sí mismo como el Uróboro. Con estas
imágenes, Nancy Fraser inicia su nuevo libro: Capitalismo caníbal. Cómo
nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta –y qué
podemos hacer al respecto. A lo largo de seis capítulos, Fraser ofrece una
renovada visión panorámica del capitalismo, sobre coordenadas estructurales e
históricas. Se trata de una mirada muy amplia y general –pero no caprichosa–,
la cual es, vale decirlo, muy bienvenida. Sucede que el culto a lo micro
(síntoma y peste de la posmodernidad) hace que se mire con sospecha cualquier
intento de gran relato. Y Fraser se atreve a brindar precisamente eso: un gran
relato con una nueva gran concepción, tanto del capitalismo (capítulos 2-5)
como de un nuevo socialismo (capítulo 6). Suficiente entonces para quienes
protesten que Fraser no repara en tal o cual detalle, en tal o cual dato, en
tal o cual sutileza, en tal o cual frase tachada en una carta perdida que Marx
le envió a su yerno. Y basta ya, también, de cosas como: “Representaciones de
la lucha de clases en contexto de pandemia en el barrio que está al otro lado
de la vía en la localidad de Sauce Quemado, entre el 1 y el 5 de diciembre de
2020. Una aproximación exploratoria, tentativa y preliminar”. Lo que sigue es,
más bien, un apretado resumen del libro y no una reseña crítica en sentido
estricto (quiero evitarme, también, la insufrible crítica de la crítica
crítica).
Al concebir al capitalismo como
un sistema omnívoro (capítulo 1), Fraser afirma que hace falta ampliar la
concepción tradicional, predominantemente marxista, del capitalismo.
Dirigiéndose a los “ancianos” (elders) del marxismo, les reprocha no
haber incorporado suficientemente los reclamos raciales, ecológicos,
feministas, poscoloniales, etcétera, por lo cual no pudieron captar la
dimensión cabal de la crisis de nuestra época. Es la conocida acusación al
economicismo que se concentra demasiado en el punto de la producción. Al mirar
aquello que está detrás de Marx, Fraser observa que el capitalismo no es un
sistema económico sino mucho más: un “orden social institucionalizado”. En la
teoría marxista ortodoxa, dice Fraser, el capitalismo se define por la
propiedad privada de los medios de producción, la existencia de un mercado
laboral “libre” en un doble sentido (no esclavizado y sin medios de producción
propios), la auto-expansión del valor y el predominio del mecanismo de mercado.
Todo esto es lo que Marx se jactaba de haber revelado tras penetrar en la
“oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: ‘Prohibida la entrada
salvo por negocios’”. Fraser quiere ir más allá de esa sede oculta, curiosear
en lo que hay detrás y revelar que allí están las “condiciones de trasfondo”
sobre las que se erigen los elementos centrales del capitalismo.
Para empezar, hay que determinar
de dónde viene el capital; y aquí, siguiendo a David Harvey, Fraser afirma que
la acumulación primitiva es un proceso que aún continúa. Así, marca un contraste
clave entre la explotación y la expropiación; la primera es el relato visible,
la segunda es la historia invisible. Hay aquí un primer cambio epistémico. El
secreto dentro del secreto es que “detrás de la coerción sublimada del trabajo
asalariado, reside la violencia del robo directo” (p. 8). Marx describió el
proceso de expropiación, pero no lo teorizó suficientemente como condición
permanente de la explotación. Para Fraser, este es el punto nodal: oculto tras
lo oculto está la continua expropiación, como precondición de la explotación.
La explotación, que se hace bajo la apariencia del contrato, es posible gracias
a la confiscación que opera sobre otros. Escribe Fraser: “[l]os trabajadores
doblemente libres transforman las saqueadas ‘materias primas’ con máquinas que
son impulsadas por fuentes de energía confiscadas. Sus salarios se mantienen
bajos gracias a la disponibilidad de alimento producido por trabajadores
rurales endeudados, en tierras que han sido robadas, y de bienes de consumo
producidos en los sweatshops por ‘otros’ no-libres y
dependientes, cuyos costos de reproducción no están totalmente recompensados. La
expropiación, entonces, subyace a la explotación y la vuelve rentable. Lejos de
estar confinada a los inicios del sistema, es un elemento intrínseco de la
sociedad capitalista, tan constitutivo y estructuralmente afincado como la
explotación” (p. 15).
Esta diferenciación entre las dos
«equis» (explotación y expropiación), insiste Fraser, supone una
diferenciación clave en la composición de la estructura y la dinámica de
clases. Por un lado, están los trabajadores explotables y, por otro, los
expropiables. Los primeros gozan de derechos ciudadanos, cierta protección
estatal y disponen de su fuerza de trabajo; los “otros” expropiables, en
cambio, no tienen defensa y pueden ser violentados sin miramientos. Aunque son
todos integrantes de las clases productoras, existen “dos categorías de
persona”: los que simplemente pueden ser explotados y otros que están
destinados a la expropiación. Esta, dice Fraser, es otra línea de fractura
institucionalizada en el capitalismo actual, “estructuralmente enclavada como
aquellas [que existen] entre producción y reproducción, sociedad y naturaleza,
y cuerpo político y economía” (p. 16). Más aún, para la autora, la dupla ex–ex corresponde
casi exactamente a la “línea de color global”, en cuyo Sur conceptual están las
poblaciones racializadas, quienes sufren las mayores opresiones, desposesiones,
genocidios y otras injusticias estructurales del imperialismo (además de
sobrellevar el peso mayor de la huella ecológica del sistema).
El segundo desplazamiento
epistémico va desde la producción social a la reproducción social. Esta última
es, nuevamente, condición de trasfondo de la primera: incluye esencialmente el
trabajo reproductivo, la interacción que produce personas y lazos sociales, y
las tareas de cuidado en general. Esta oculta sede detrás de la oculta sede es
precondición del capitalismo; se despliega fuera del mercado laboral, pero es
necesaria para su existencia. La reproducción social, en suma, es indispensable
para la producción de mercancías. Esta división está profundamente engenerizada
en perjuicio de las mujeres y no es una constante histórica, sino resultado de
la propia dinámica del sistema. El capitalismo caníbal, alega Fraser, no hace
otra cosa que devorar las propias fuentes de la reproducción social, sin
reposición, cancelando así sus propias condiciones de reproducción.
La misma lógica se aplica, en
tercer lugar, a la relación con la naturaleza, la cual es canibalizada como
precondición para la dinámica de producción capitalista. La naturaleza –que
Fraser define en tres acepciones en el capítulo 4– es concebida como una fuente
inagotable de recursos “gratuitos”, capaz de renovarse permanentemente. Marx
oportunamente habló de la fractura metabólica, recuerda Fraser
–quien sigue la obra ecosocialista de John Bellamy Foster y Michael Löwy, entre
otros– y denunció la ineficacia y la depredación en las prácticas agrícolas.
Pero la ruptura se ha hecho más aguda y los cercamientos no cesaron, puesto que
el capitalismo sigue adueñándose y transformando la naturaleza, ya no con muros
sino con patentes de propiedad intelectual. La crisis ecológica que este
derrotero ha generado es evidente y atraviesa los diversos regímenes de
acumulación capitalista en el tiempo. Por último, en el ámbito político, el
capitalismo caníbal también se engulle las normas e instituciones que ha creado
para su propia reproducción. La división entre el poder económico y el poder político
es cada vez mayor, no solo a nivel doméstico sino –y sobre todo– a nivel
internacional, de modo que la gobernanza global en manos de las grandes
corporaciones mina las propias condiciones de reproducción del capital. Y esto
ilumina, enfatiza Fraser, el hecho de que el ámbito político también es una de
las condiciones de trasfondo sobre las que se erige la posibilidad del
capitalismo.
Para Fraser, todas estas
condiciones de trasfondo son “no-económicas” y es preciso situarlas en el
centro de una concepción socialista, a la par de la explotación; en otras
palabras, hay que resituar la narrativa marxiana sobre la explotación junto a
estas cuatro narrativas de trasfondo (expropiación, reproducción social,
ecología y poder político), con lo cual también pueden articularse de un modo
más claro las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, ecológicas,
antiimperialistas y antirracistas. El punto, dice Fraser, consiste en
comprender que el capitalismo no es simplemente un sistema económico, sino
un tipo de sociedad; en rigor, la dimensión económica y mercantilizada es sólo
una parte, ya que la sociedad como totalidad “depende para su existencia de
zonas de no-mercantilización, que el capital canibaliza sistemáticamente” (p.
18). En suma, el capitalismo es un “orden social institucionalizado”
definido por un conjunto de separaciones interrelacionadas
(explotación-expropiación; producción-reproducción; economía-política; mundo
humano-naturaleza).
En función de estos dominios,
cada cual con su propia normatividad, también cambian la dinámica y la forma de
la conflictividad. A través de su historia, en el capitalismo se han librado
siempre “luchas de frontera” (boundary struggles), es decir, en torno a
las delimitaciones de los dominios mencionados. Pero estas zonas no-económicas,
afirma Fraser, no tienen un mero rol funcionalista, en el sentido de
posibilitar la expansión constante del dominio económico y su forma específica
de lucha de clases entre el capital y el trabajo; son dominios
interrelacionados y que a la vez tienen sus propias ontologías de práctica
social e ideas normativas. Y estas normatividades complejas, que son propias
del capitalismo, constituyen zonas de disputa y no siempre con ideas
anticapitalistas, advierte Fraser, ya que no son exteriores al sistema (22-23).
El capitalismo como sociedad tiene una tendencia constitutiva a la propia
desestabilización, esto es, a la crisis permanente y a comerse la cola, como el
Uróboro.
Tenemos entonces, según Fraser,
cuatro contradicciones en el capitalismo: la ecológica, la social, la política
y la racial/imperial, cada una como origen de algún tipo especial de crisis,
cada una vinculada inextricablemente una contradicción estructural entre la
economía y las condiciones de posibilidad del sistema. Nuevamente, recalca
Fraser, el sitio del conflicto es la frontera entre los distintos dominios,
esto es, entre producción y reproducción, economía y política, humanidad y
naturaleza, explotación y expropiación. Las luchas de frontera se dan, a
diferencia de la clásica lucha de clases, sobre el punto de separación de las
zonas no-económicas respecto de la economía. La lucha anticapitalista, enfatiza
Fraser, “es mucho más amplia de lo que los marxistas han supuesto
habitualmente” (p. 25).
Tras esta presentación general,
Fraser analiza con mayor detalle cada una de las formas de canibalización,
desde un eje estructural y un eje histórico, y a partir de una periodización
del capitalismo que distingue cuatro etapas, a saber: capitalismo mercantil,
capitalismo liberal-colonial, capitalismo administrado por el Estado, y
capitalismo neoliberal globalizado o financiero. Como veremos, cada una de las
contradicciones de trasfondo adquiere una forma específica en cada fase del
capitalismo.
En el capítulo 2, Fraser define
al capitalismo como un glotón que se regodea en el castigo sobre los pueblos
racializados y, por ello, afirma que es un sistema estructuralmente racista.
Fraser no ignora la gran tradición de marxismo negro, desde W. E. B. Du Bois
hasta Angela Davis o Cornel West, pero el terreno parece dominado por la ya
prolongada moda postestructuralista. Frente a la pregunta de si el capitalismo
es necesariamente racista, la repuesta de Fraser es que existen bases
estructurales para que así sea y que esto también ha variado a lo largo de la
historia. La base estructural es la combinación de explotación y expropiación.
El marxismo clásico vio con claridad el mecanismo estructural de la explotación
y de la dominación, pero no hizo lo mismo con la opresión racial y su
combinación con los anteriores, alega Fraser. Para la autora, Marx no le dio
suficiente importancia al rol del trabajo no asalariado, no-libre, y
dependiente, como tampoco a las configuraciones políticas que concedían
ciudadanía y derechos a los asalariados, pero no hacía lo propio con otros
agentes a los que les asignaba menor jerarquía. El trabajo dependiente y la
sujeción política, entonces, definen la situación de expropiación. Y esta
última está inextricablemente unida al racismo.
La expropiación, como
confiscación de capacidades y recursos –especialmente en la periferia, pero
también en las periferias internas de los núcleos capitalistas–, puede abarcar
muchos activos: trabajo, tierra, energía, seres humanos con sus órganos y
capacidades reproductivas, etcétera. La lógica de la expropiación es que baja
los costos y aumenta las ganancias de la explotación, al obtener recursos
baratos y brindar medios de subsistencia a bajo costo. Al confiscar a los
sujetos dependientes puede explotar mejor a los trabajadores doblemente libres.
“Detrás de Mánchester está Mississippi”, sentencia Fraser. En este punto, la
política y la economía se entrecruzan para delimitar la línea de color, ya que
son los estados mismos los que confieren ciertos derechos a los trabajadores
libres y los niegan a los sujetos dependientes de las periferias. El sistema
internacional de estados, obviamente, hace su trabajo. Y así, el núcleo en la
geografía imperialista está ocupado por los trabajadores mayoritariamente
blancos mientras que la periferia es el mundo racializado de no-ciudadanos, de
sujetos dependientes. Fraser señala que esta situación también refleja
dinámicas de lucha diferentes, ya que en el núcleo los antiguos campesinos y
artesanos “se convirtieron en ciudadanos-trabajadores explotables a través de
procesos históricos de compromiso de clase, que canalizaron sus luchas por la
emancipación hacia sendas convergentes con los intereses del capital” (pp.
38-39). Los expropiados, en cambio, no llegaron a tal compromiso y fueron
aplastados sin compasión. Esta separación contribuyó a que “la marca de la
‘raza’ [se convirtiera en un] signo de violabilidad” (p. 40).
En este tramo del capítulo 2,
Fraser comienza a situar las contradicciones de trasfondo
(explotación-expropiación, en este caso) dentro de los cuatro regímenes
históricos de acumulación. En tiempos del capitalismo mercantil –entre los
siglos XVI y XVIII–, explica la autora, se produce la expropiación que
corresponde a lo que Marx llamó acumulación primitiva, esto es, la expropiación
violenta de “cuerpos, trabajo, tierra y riqueza mineral” tanto en Europa como
en América y África. En esta etapa, casi todos los trabajadores son
dependientes; aún no ha surgido masivamente el trabajador doblemente libre. En
la era de capitalismo liberal-colonial, las dos «equis» (expropiación y
explotación) se vuelven más distinguibles, con la gran industria, la
consolidación del proletariado industrial en el núcleo y la profundización de
la opresión, expropiación y racialización de la periferia. El mundo queda claramente
dividido entre los sujetos dependientes racializados de la periferia y el
trabajador “blanco” explotable del núcleo. En la era del capitalismo
administrado por el Estado, la combinación de las dos «equis» se torna más
profunda, especialmente con el sistema de pago diferencial a favor de los
blancos, es decir, con una escala salarial dual. En el núcleo, emerge el grupo
que es simplemente explotado, ya que no es expropiado (excepto quizá en parte
de las tareas de cuidado), mientras que la población racializada sigue siendo
expropiada y explotada. En la periferia, los estados poscoloniales mantienen
–con algunas excepciones– los procesos de expropiación pura. Lo novedoso, dice
Fraser, es el surgimiento de casos híbridos de explotación y expropiación, que
preanuncian lo que vendrá en la siguiente etapa del capitalismo.
En efecto, en el actual régimen
de capitalismo financiero (o financierizado, para ser literales), se expande el
híbrido expropiación/explotación y hay un cambio geográfico y demográfico de estos
fenómenos. La herramienta predilecta del nuevo sistema es la deuda o el
endeudamiento, de estados, comunidades y personas. En la periferia, las
poblaciones son expropiadas por nuevas deudas y apropiaciones forzosas; en el
centro, por la precarización del empleo que desprotege nuevamente las tareas de
cuidado, volcándolas otra vez sobre las familias, las comunidades y,
especialmente, las mujeres. Hay, dice Fraser, un “nueva lógica de subjetivación
política” y, en consecuencia, emerge “una nueva figura, formalmente libre, pero
agudamente vulnerable: el trabajador-ciudadano-expropiado-y-explotado”
(p. 49), que ya no está relegado a la periferia, sino que es norma
(racializada) en el régimen de acumulación financiera. Y si bien el borramiento
de la distinción expropiación-explotación pareciera brindar las condiciones
para poner fin al racismo, la concomitante inseguridad existencial masiva es
pasto para la ansiedad y la paranoia que –alentadas de diversas maneras–
exacerban el racismo. Frente a esto, cobra mayor relieve la disociación en las
luchas sociales. Para Fraser, “aquello que se entendía como lucha de clases
era demasiado fácilmente desconectado de las luchas contra el esclavismo, el
imperialismo y el racismo, cuando no dirigido directamente contra ellas” (pp.
49-50); y lo mismo ocurría con las luchas antirracistas, que a menudo
despreciaban las alianzas con las luchas laborales. La propuesta de Fraser, va
de suyo, es unificar las luchas de frontera en su totalidad, de manera que haya
alianzas que se opongan frontalmente al capitalismo en todos sus planos.
El capítulo 3 se centra en el
capitalismo como “tragador del cuidado” e inspecciona “por qué la reproducción
social es un enclave principal de la crisis capitalista”. El punto central aquí
es que el capitalismo se devora las actividades de cuidado –que mantienen
familias, comunidades, sostienen amistades, generan solidaridades, etc.– cuyo
fin último es reponer individuos de la especie, ahora y en las futuras
generaciones. El sistema capitalista se come las energías destinadas
precisamente a reemplazar los individuos que el mismo sistema consume. Y este
es un tema relativamente nuevo, eclipsado por el interés predominante en
aspectos económicos y ecológicos, dice Fraser. Hay un colapso del cuidado (care
crunch) debido a otra contradicción fundamental del capitalismo: la
reproducción social es una condición de trasfondo necesaria para la
acumulación, pero el sistema sólo se ocupa de consumirla y generar repetidas
crisis de cuidado. Aquí se expresa, una vez más, la tendencia inherente del
capitalismo a canibalizar las zonas más allá de lo económico, las zonas
no-económicas o no monetizadas que son condiciones de trasfondo para su
existencia. El capitalismo saca ventaja indebida de esas zonas, generando crisis
tras crisis. Como las tareas de cuidado han recaído históricamente sobre las
mujeres, Fraser advierte sobre la “nube de sentimientos” con que se ha
revestido esta tarea y las diversas invenciones de la femineidad que la
acompañaron. En general, se trata de un problema alojado en la frontera entre
la lógica de la producción y la reproducción.
Al historizar esta contradicción,
Fraser encuentra que, en el capitalismo mercantil, la reproducción social en la
zona núcleo estaba en manos de los mismos agentes que en la sociedad feudal:
las aldeas, los hogares y las redes familiares extensas, pero la conquista en
la periferia efectivamente destrozó estos lazos reproductivos (con sus
correspondientes y tempanas resistencias). Durante el capitalismo
liberal-colonial, mujeres y niños fueron arrastrados al trabajo industrial, con
la consecuente crisis de reposición de mano de obra y el escándalo moral de las
clases medias en torno a la disolución de las familias obreras y la
desexualización de las mujeres proletarias. Fraser subraya que Marx y Engels se
equivocaron al pensar que era el final de la familia trabajadora y el comienzo
de la libertad de las mujeres: en rigor, fue al revés, ya que el sistema
encontró formas de reconfigurar la familia y la dominación masculina. En el
núcleo europeo surgieron, entonces, mecanismos de protección de mujeres y
niños, que sirvieron para estabilizar el proceso reproductivo y “defender la
sociedad frente a la economía”, según la expresión de Karl Polanyi. Así, la
“amadecasificación” (housewifization) y la concepción de la mujer como
“ángel del hogar” vino a brindar cierta estabilidad que, por supuesto, no
alcanzaba a las mujeres pobres y racializadas que no tenían cómo cubrir las
exigencias de la familia victoriana. En la periferia, como siempre, no hubo
contemplaciones y continuó la depredación sin freno. El feminismo naciente se
encontró tironeado entre una protección social insuficiente y una tendencia a
la mercantilización del cuidado. La corriente emancipatoria que buscó superar esta
dicotomía no prosperó en ese momento.
Con la llegada del fordismo y el
capitalismo administrado por el Estado, en la segunda posguerra, las políticas
de bienestar social contribuyeron a proteger al capitalismo contra su propia
tendencia autodestructiva en términos de reproducción social y, a la vez, a
ahuyentar el fantasma de la revolución socialista. En muchos países, el Estado
se hizo cargo de proteger la reproducción y convertir a los hogares en sitios
de alto consumo de productos, con lo cual se dio una combinación de protección
y mercantilización. Si a esto se añade la ampliación de ciudadanía, se tiene un
compromiso de la clase trabajadora con el capital, un avance democrático, una
suerte de “edad dorada” que, lógicamente, funcionaba también sobre exclusiones.
Es que nunca se detuvo la expropiación en la periferia: el Norte Global se
benefició en términos de reproducción social a expensas del Sur Global, que
siguió proveyendo recursos y mano de obra expropiables. Pero las propias
limitaciones del Estado de Bienestar y el surgimiento de la Nueva Izquierda,
con su agenda emancipatoria en diversos ámbitos, pusieron en crisis el régimen
de posguerra y se dio paso al momento del capitalismo financiero. Entonces, se
retrajo la inversión pública en las tareas de cuidado, que volvieron a estar en
manos de familias y comunidades, y las familias se transformaron en espacios de
doble-ingreso (con suerte), que requerían trabajo precario para sostener la
reproducción social. Y en términos de luchas sociales, en este nuevo
escenario, se produce la “fatídica intersección de dos conjuntos de luchas” (p.
69): por un lado, el partido pro-mercado que buscaba la liberalización y
globalización económica; por otro, los nuevos movimientos sociales progresistas
con agendas contrarias a las jerarquías sexuales, raciales, religiosas,
étnicas, etcétera. De esta combinación surgió, alega Fraser, el “neoliberalismo
progresista, el cual celebra ‘la diversidad’, ‘la mertitocracia’ y ‘la
emancipación’ mientras desmantela las protecciones sociales y re-externaliza la
reproducción social. El efecto no sólo es el de abandonar a las poblaciones
indefensas frente las depredaciones del capital sino también el de redefinir la
emancipación en términos de mercado” (p. 69). Los movimientos emancipatorios,
desde los LGBTQ, ambientalistas, antifascistas y multiculturalistas, no fueron
siempre consecuentes y muchas veces prohijaron versiones afines al
neoliberalismo.
En el capítulo 4, Fraser se
concentra en explicar cómo la naturaleza está en las “fauces” del capitalismo y
cómo una ecopolítica necesita ser trans-ambientalista y anticapitalista. El
inicio de este tramo del libro es alentador: muchos movimientos sociales,
feministas, antirracistas, entre otros, están incorporando la cuestión
ambiental en sus reclamos. Hasta la socialdemocracia y sectores del populismo
(incluido el de derecha) se suman a la tendencia. La justicia ambiental está en
la cresta de la ola discursiva. En su análisis de la crisis ambiental, Fraser
apela a un argumento estructural, uno histórico y, finalmente, uno político. El
argumento estructural –sin negar que otros regímenes antiguos y contemporáneos
han sido poco amigables con la naturaleza– afirma que el capitalismo tiene una
tendencia inherente a generar crisis ambientales, ya que, como orden social
institucionalizado, parasita necesariamente los dominios no-económicos –la
infausta relación entre la economía y sus otros– y, entre ellos, la naturaleza
misma. Dice Fraser: “[m]ás que una relación con el trabajo, entonces, el
capital es también una relación con la naturaleza –una relación
caníbal y extractiva, la cual consume cada vez más valor biofísico para apilar
cada vez más ‘valor’, mientras descarta las ‘externalidades’ ecológicas” (p.
83). De este modo, como la naturaleza no puede renovarse ilimitadamente, el
capitalismo siempre está al borde de destruir sus propias condiciones
ecológicas de posibilidad.
En una formulación clave del
capítulo 4, Fraser afirma: “la sociedad capitalista hace que la
‘economía’ dependa de la ‘naturaleza’, mientras las divide ontológicamente.
Al exigir la máxima acumulación del valor, mientras define a la naturaleza como
algo que no forma parte de éste, tal arreglo programa a la economía para desconocer los
costos de reproducción ecológica que genera. Mientras esos costos aumentan
exponencialmente, el efecto es el de desestabilizar los
ecosistemas –y periódicamente alterar por completo el improvisado edificio de
la sociedad capitalista” (p. 84). Son las cuatro “D”: el capitalismo depende,
divide, desconoce y desestabiliza; es el Uróboro que se come su propia cola.
Por supuesto que Fraser no desconoce la existencia de agentes responsables de
todo esto, y por eso mismo enfatiza que las contradicciones reproductivas, de
cuidado, políticas y económicas están interrelacionadas y reclama una
ecopolítica anticapitalista. Asimismo, como en los capítulos previos, realiza
un sistemático trabajo conceptual –define a la naturaleza de tres maneras, las
cuales siempre están presentes– y ofrece una historización de regímenes de
acumulación socioecológica, en base a tres factores: método de extracción de
energía, de recursos y de disposición de residuos. El capitalismo mercantil
corresponde al momento del músculo animal; el capitalismo liberal-colonial al
domino del “rey carbón”; el capitalismo administrado por el Estado a la era del
automóvil; y el capitalismo financiero actual a los nuevos cercamientos
(derechos de propiedad y renovados extractivismos) sobre una naturaleza
financierizada.
Cómo el capitalismo hace una
carnicería con la democracia es el tema del capítulo 5. Tras denunciar el
politicismo de ciertas corrientes postestructuralistas y de la teoría
democrática, Fraser asevera que el capitalismo en todas sus formas siempre
contiene contradicciones que generan crisis políticas. Precisamente, el campo
de lo político, el de los poderes públicos, ha sido una de las condiciones de
posibilidad no-económicas que el propio capitalismo se ha ocupado y se ocupa de
desestabilizar, tanto a nivel de los estados nacionales como en el espacio
geopolítico global. Para Fraser, los poderes políticos son exteriores a la
economía capitalista, y la sociedad capitalista se esfuerza por profundizar
esta separación, haciendo que “lo económico sea no-político y lo político sea
no económico” (p. 121). Al repasar la historia de las crisis capitalistas en
función de los regímenes de acumulación, la autora encuentra una constante: la
puja por el trazado de límites entre los diversos dominios no económicos y la economía,
esto es, las denominadas “luchas de frontera”. En la etapa mercantil, dice la
autora, la separación entre economía y política era sólo parcial debido a la
injerencia del absolutismo sobre los procesos económicos; en la etapa de
liberal-colonial se entronizó el contrato y se clarificó la separación entre
dominios. La lucha de clases en el centro significó logros políticos para los
trabajadores, bajo la condición de que la democracia no se extendiera al lugar
de trabajo. Nada parecido ocurrió en la periferia, donde se mantuvo la
expoliación de las poblaciones subyugadas por el colonialismo. La conocida
crisis de este régimen, que dio paso al capitalismo administrado por el Estado,
implicó un poder público más activo para sostener las condiciones de trasfondo
de reproducción del capital, bajo la creciente hegemonía de Estados Unidos. La
“ciudadanía social” de esta etapa significó la domesticación de las tendencias
más disruptivas, ya que se tomaron medidas para incorporar “estratos
potencialmente revolucionarios, aumentando el valor de su ciudadanía y dándoles
participación [stake] en el sistema” (p. 127). Lo que no cambió, una vez
más, fue la expoliación de la periferia. Y en la etapa final, el capitalismo
financiero reformula la relación economía-política, asestando un doble golpe:
hace que las instituciones políticas sean incapaces de resolver los problemas
de los ciudadanos e independiza a las instituciones globales respecto de los
poderes públicos, en un proceso de des-democratización (que incluyó previamente
grandes derrotas de sindicatos y también de muchos estados que se vieron
compelidos a abandonar, por ejemplo, el control sobres sus monedas). Se
llega, in extremis, a una situación de “gobernanza sin gobierno, lo
cual significa dominación sin la hoja de higuera del consentimiento” (p. 130). En
la fase más reciente del régimen financiero, dice Fraser, se está observando
una crisis de la hegemonía neoliberal. La pérdida de capacidades políticas es
cuestionada por los populismos y las socialdemocracias, en un intento, aunque
con objetivos distintos, de recuperar algo del poder público. En este marco, no
puede dejar de señalarse que el populismo de derecha es una reacción frente a
la “impía alianza” de movimientos sociales ganados por el neoliberalismo para
formar el ya mencionado neoliberalismo progresista.
Por fin, en el capítulo 6, Fraser
afirma que, así como el capitalismo ha retornado al discurso político, lo mismo
ocurre con el socialismo, en el marco de la fractura hegemónica neoliberal. Por
eso mismo, así como aboga por una concepción ampliada del capitalismo, propone
también una concepción ampliada del socialismo, que integre la dimensión
económica con las dimensiones no-económicas, como la reproducción, el cuidado,
la ecología y los poderes públicos. El capitalismo es injusto, irracional y
antidemocrático: el socialismo debe superarlo, siendo justo, racional y
democrático en todas las dimensiones relevantes. Debe ser “un nuevo orden
social que supere no ‘sólo’ la dominación de clase sino también las asimetrías
de género y sexo, la opresión racial/étnica/imperial, y la dominación política
en todos los ámbitos” (p. 151), asumiendo tres tareas fundamentales: redefinir
los límites de los diversos dominios sociales (fijando nuevas prioridades y
creando nuevos diseños institucionales); determinar qué hacer con el excedente
(si es que ha de haber alguno y, si lo hay, cuán grande ha de ser), sabiendo
que a futuro habrá que pagar las cuentas que deja impagas el capitalismo; y
acordar qué espacio darle al mercado (su respuesta es: sin mercado en
la cima, sin mercado en la base, pero quizá algo en el medio; esto es, el
mercado se permite sólo luego de que se determina la asignación macro del
excedente y se asegura la provisión para las necesidades básicas). En suma, el
socialismo “debe convertirse en el nombre de una alternativa genuina al sistema
que está destruyendo el planeta y frustrando nuestras posibilidades de vivir
bien, en libertad y democracia” (p. 157). Más aún, arenga Fraser, “ya es hora
de resolver cómo matar de hambre a la bestia y poner fin de una vez por todas
al capitalismo caníbal” (p. 165).
Fernando Lizárraga
Etiquetas: acumulación originaria del capital, capitalismo y catástrofe, free jazz, Kalewche, nada mas práctico que una buena teoría
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Guerra Civil Global (R. Karmy) // Gonzalo Lira, "Secuestrado y Asesinado por la ONU y el Batallón Azov" (FAKE NEW?!) /// Contra la religión de la muerte
No man can find the war (Tim Buckley)
"La guerra clásica inter-imperialista entre la Federación Rusa y la OTAN –una guerra desigual, por cierto- se desata en Ucrania y configura su temible carácter subsidiario. La nueva guerra –que encuentra en la guerra civil siria su laboratorio- contribuye a la aceleración del incendio global propiciado por la intensificación del nómos del fuego. Ella restituye la nostalgia en las formas de soberanía cuando las dos formas previas de intensificación del nómos del fuego habían intentado difuminarla para siempre. Las imágenes se llenan de tanques sitiando ciudades, muertos, soldados de ejércitos regulares que habían quedado fuera del protagonismo espectacular vuelven con intensidad. No se trata de una guerra contra un enemigo invisible como es el terrorista o el virus, sino de una guerra regular que, sin embargo, se inscribe al interior de la completa irregularidad. Putin intenta expandir el erario del cuerpo estatal ruso como brazo armado de la emergencia euroasiática, la OTAN intenta disimular el momento “implosivo” de los EEUU y el resquebrajamiento de su “protectorado” sobre Europa".
(Rodrigo Karmy, Tesis sobre el fuego)
Durante las últimas horas el ex
agente de inteligencia de las Naciones Unidas, Scott Ritter, afirmó
que el escritor y exdirector chileno, Gonzalo Lira -que había desaparecido en Ucrania el pasado 15 de abril- fue capturado,
torturado y asesinado por soldados ucranianos.
De acuerdo al ex oficial de
inteligencia, el cineasta concretamente habría sido ejecutado por miembros de
la Unidad Kraken, que es parte del Batallón Azov, una de las tendencias nazis
que forman parte de las fuerzas armadas del régimen de Volodímir Zelenski.
"Gonzalo Lira, un
'influencer' chileno de las redes sociales que residía en Kharkov,
Ucrania, y que publicaba contenido en línea crítico con el gobierno ucraniano,
fue secuestrado, torturado y asesinado por la Unidad Kraken, parte del batallón
Azov afiliado a la Seguridad de Ucrania. Servicio (SBU), Occidente está en
silencio", informó Ritter.
Cabe destacar que desde el inicio
de la invasión rusa, el director de la película
chilena Secuestro utilizó su canal
de YouTube para contar lo que sucedía en la guerra entre Rusia y
Ucrania. Acusó al gobierno ucraniano de secuestrar a opositores y sus
soldados de mostrar tendencias nazis, además de cuestionar la cobertura
mediática de los medios occidentales con respecto al conflicto.
Días anteriores a su
desaparición, el 26 de marzo , publicó a través de su cuenta de Twitter lo
siguiente: “¿Quieres saber la verdad sobre el régimen de Zelensky? Googlea
estos nombres: Vlodimir Struk, Denis Kirev, Mijail y Aleksander Kononovich,
Néstor Shufrych, Yan Taksyur, Dmitri Djangiro y Elena Berezhnaya. Si no has
tenido noticias mías en 12 horas o más, pon mi nombre en esta lista”.
Ayer comenzaron a circular rumores de que se le daba por muerto, pero el comunicador reapareció esta mañana en un live en YouTube. Allí, Lira, crítico del gobierno de Volodímir Zelenski, aseguró que se encuentra bien y que fue detenido por los servicios secretos ucranianos. A esto añadió que las autoridades no le dejarían salir de Járkov.
Gonzalo Lira reapareció en un programa en vivo este viernes con Alex Christoforou, en el canal de YouTube de The Duran, luego de que ayer corrieron rumores de que había muerto..
El chileno, que sufre la invasión rusa a Ucrania, aseguró ser en Jarkov y que no puede salir de la ciudad por orden de las autoridades locales.
También en el programa aseguró que fue detenido por el servicio secreto ucraniano y que terceros han utilizado sus perfiles de redes sociales.
“Cualquier cosa que se haya publicado en (mi) YouTube, mi cuenta de Twitter y mi canal de Telegram después del 15 de abril, no lo consideren, no fui yo. No tengo acceso a eso y no lo tengo. todavía no”, dijo.
“No tengo mi celular, ni acceso a mis correos electrónicos. Hice uno nuevo y entonces me comuniqué con mi familia, parientes y les digo que estoy bien”, agregó.
“Estoy bien. Físicamente estoy bien. No tengo nada que decir públicamente excepto que estoy bien y gracias por preocuparte".
Contra la religión de la muerte
"En el momento actual, tras décadas de
crisis capitalista, agotamiento de la hegemonía norteamericana, colapso
ambiental y sanitario, sumado a una cierta hegemonía discursiva del pensamiento
liberal y progresista en versión posmoderna, estamos presenciando múltiples
formas de “retorno de lo reprimido”: discursos y posiciones que habían quedado
debajo de la alfombra se están asomando y haciendo su aporte para convertir en
un enorme basural esta gran época que yo he conocido cuando era aún tan
pequeña -como dijo hace un siglo Karl Kraus- y que volverá a ser pequeña
si es que dura lo bastante.
La ideología flexible y parasitaria
que caracterizó al fascismo desde sus inicios encuentra en el pantano del
posmodernismo nutrientes de gran utilidad para proponer nuevas síntesis y
“alianzas extravagantes”. En medio de la precariedad teórica de la izquierda y
la ultraizquierda en general, nuevas formas de fascismo confusionista pueden
vestirse una vez más de anticapitalismo, generando algún nivel de confusión
entre quienes desde la izquierda están dispuestos a aliarse con quien sea para
combatir enemigos coyunturales.
Pero el fascismo no es una plaga
natural ni una maldición de la naturaleza humana: la fascistización del
mundo es sólo una consecuencia más de la imposibilidad humana de poner fin
a la dictadura de la acumulación eterna del valor de cambio. Como dijo Brecht -a
quien recomiendo que lean puesto que me he topado con personas que lo conocen
solamente por la canción de Silvio Rodríguez en que parte recitando que “Hay
hombres que luchan un día y son buenos…”-, el fascismo es la fase histérica
del capitalismo, y por eso mismo es que es a la vez muy nuevo y muy viejo.
Esta comprensión nos exige deshisterizar el debate, historizando
la relación más amplia entre los fascismos, la dominación estatal y la
explotación capitalista.
Tal como dijo Trotsky poco antes de
la segunda guerra, cuando las condiciones objetivas para la revolución social
ya están maduras, si no se produce la revolución, comienzan a pudrirse. Lo cual
enlaza directamente con la advertencia de Marx en 1848, cuando dijo que la
crisis terminal de un modo de producción puede producir una superación, o un
estancamiento y larga decadencia hacia la muerte. El fascismo puede ser visto
como el fermento que se produce una vez comenzado el estado de descomposición.
Si Benjamin decía que hay que ver en el capitalismo una religión, siendo el capital precisamente una especie de vampiro de “trabajo muerto” que se alimenta de “trabajo vivo” hasta lograr cadaverizar todas las relaciones sociales, debemos concluir que la verdadera “religión de la muerte” es el capitalismo mismo, que ya ha llevado su violencia estructural y sistemática a todos los rincones de un globo terráqueo, que en su colapso amenaza con destruir por completo.
Por eso, como decían los compañeros de la revista Bilan en 1934, “el problema no consiste entonces en afirmar: ¡el fascismo es una amenaza!, ¡levantemos un frente único del antifascismo y de los antifascistas!, sino al contrario determinar las posiciones en torno a las que podrá concentrarse el proletariado en su lucha contra el capitalismo” (1).
Y donde dice “el proletariado”, bien podría decir la humanidad".
Etiquetas: capitalismo y catástrofe, fascist pigs, guerra social, tampoco los muertos estarán seguros cuando el enemigo venza, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
lunes, abril 04, 2022
“DESERTAD” (x Franco "Bifo" Birardi).
Leo las palabras de viejos compañeros
Leo las palabras de viejos compañeros que instan a enviar
armas al pueblo ucraniano que lucha contra el invasor. Como dice Gad Lerner en
un discurso reciente sobre el tema, “estamos caminando descalzos sobre vidrios
rotos”, así que respeto los sentimientos de esos viejos compañeros míos, pero
espero no parecer cínico si los invito a reflexionar sobre el contexto y el
sentido general del proceso del que la guerra de Ucrania es el
catalizador.
Parece que hoy está prohibido pensar. Hay que tomar posición,
hay una guerra de agresión desatada por la Rusia stalino-zarista, y hay una
resistencia que involucra a la gran mayoría del pueblo ucraniano. Lo sé y
parece innegable.
Sin embargo, antes de pronunciarme, si se me permite, me
gustaría conocer el contexto histórico: desde la hambruna que mató millones de
ucranianos en los años de Stalin, hasta el apoyo que la mayoría de los
ucranianos dieron a Hitler durante la guerra, hasta la eliminación de 1,2
millones de judíos por las SS ucranianas, hasta la política de expansión de la
OTAN hacia las fronteras de Rusia.
¿Se me permite estudiar historia, se me permite comprender?
O, queridos viejos compañeros que ahora son intervencionistas, ¿sólo es lícito
tomar una posición, sin comprender, sin saber?
Conocí a esos compañeros míos en las ocupaciones contra la
guerra estadounidense en Vietnam, juntos crecimos en la cultura del
internacionalismo, creyendo que estábamos viviendo el amanecer de una época más
feliz y no, como sabemos ahora, el ocaso de la civilización humana.
Juntos pensábamos que la nación era un concepto brutal y
estúpido, herencia de una era bestial de la que la cultura podía emanciparnos.
Juntos pensamos que la nación era una máscara de depredadores
competidores que envían a los niños a morir para obtener ganancias.
Ingenuamente juntos, pensamos que la cultura podía emancipar
a mujeres y hombres de esa bestialidad. No sabíamos que la cultura estaba
destinada a disolverse a raíz del darwinismo neoliberal que restauró la ley
natural de la selva en la que sólo puede vivir quien sabe matar. No sabíamos
que la bestia estaba destinada a resurgir como un monstruo de dos cabezas que
ahora se muerden entre sí. Las dos cabezas son el globalismo capitalista y el
nacionalismo soberano: de sus mordiscos proliferan pequeños monstruos
nacionales.
Hace veinte años, las multitudes se unieron bajo el grito
patriótico “todos somos estadounidenses”, y agitaron sus pañuelos para saludar
a la gran empresa afgana que finalizó el 21 de agosto de 2021, ya sabemos cómo.
Ahora, las 24 horas del día en las redes unificadas hay una demostración de
heroísmo a través de terceros. La persona interpuesta es el pueblo ucraniano,
incitado, instigado, exaltado por una multitud de simpatizantes emocionados que
siguen agitando sus pañuelos. Pero esta vez el espectáculo puede extenderse a
la audiencia, involucrar al público y aplastar lo poco que queda de la vida
civil.
Vi ‘Invierno de fuego’
Vi Invierno de fuego del director ruso-israelí
Afineevsky. Una película que narra, sin dibujar el contexto nacional e
internacional, la resistencia del pueblo, la solidaridad ciudadana, el orgullo
nacional, la determinación implacable. Aunque me resulta difícil compartir el
nacionalismo como se presenta, entiendo esto: si los ucranianos pudieron
resistir la violencia brutal de los Berkuts de Yanukovych con
sus propias manos, hoy, con las armas que les enviamos, podrán resistir como
leones al ejército de Putin. Y morirán por miles. Y matarán a miles de soldados
rusos, veinteañeros enviados a morir por la locura criminal de Putin.
Nosotros enviamos a los ucranianos al frente. Les prometimos
la OTAN, Europa y la libertad. La libertad de la que goza Julian Assange, de la
que disfrutan los estadounidenses negros y los trabajadores precarios de todo
el mundo. Les prometimos democracia, la que vivieron los griegos en el verano
de 2015.
A cambio de su libertad, les pedimos que mueran por la OTAN,
aunque la llamen Unión Europea.
Pero ahora Zelenski nos llama: “Ucrania está dispuesta a morir
por Europa. Veamos si Europa está lista para morir por Ucrania".
Europa está dispuesta a enviar armas, no a morir. Tampoco
está preparada para encontrarse de la noche a la mañana sin calefacción y sin
gasolina.
Animaremos desde las gradas.
Como en los días de los gladiadores.
Es el momento Anders en la historia del mundo
El culto a la nación, a la raza, ha vuelto por todas partes a
dominar la escena, y lo que se libra en Ucrania es una guerra de Hitler contra
Hitler
Es el momento Anders en
la historia del mundo. En la década de 1960, cuando la bomba atómica se apoderó
de la imaginación, Günther Anders reflexionó sobre los efectos políticos y
psíquicos de esa innovación tecno-militar. Judío, filósofo de educación
heideggeriana, que emigró a América en los años del exterminio de su pueblo,
Anders escribió, en artículos y libros que nunca tuvieron la circulación
merecida, que el Tercer Reich era sólo el ensayo general de un espectáculo que
(él lo dijo) verán nuestros nietos cuando el nazismo esté en todas partes.
Ahora los nietos de Anders son testigos del triunfo del Nuevo Tercer Reich, el
monstruo bicéfalo del supremacismo blanco que no acepta su declive.
Anders fue tratado con cierto desapego por parte de los
académicos: un pesimista, decían de él los ensalzadores de las glorias de la
democracia liberal.
Ahora es evidente: el culto a la nación, a la raza, ha vuelto
por todas partes a dominar la escena, y lo que se libra en Ucrania es una
guerra de Hitler contra Hitler. Guerra interna de exterminio en Occidente.
No es la primera vez que un poder blanco (por ejemplo los
Estados Unidos de América) lanza campañas de exterminio contra poblaciones
indefensas.
Gracias a las sanciones contra Irak en la primera guerra del
Golfo, la mortalidad infantil pasó del 56 por mil en 1990 al 131 por mil en
1999. En 1996, el programa Sixty Minutes entrevistó a la embajadora
estadounidense ante la ONU Madeleine Albright: “Parece que 500.000 niños
iraquíes murieron a causa de los embargos. Es más que Hiroshima. ¿Es un precio
justo a pagar?”. La respuesta fue digna del Putin que ahora vemos en acción:
"Fue una elección muy difícil, pero sí, eso creemos”.
Pero esos muertos eran iraquíes, no pesaban mucho en la
conciencia occidental. Los muertos de Mariupol nos impresionan particularmente
porque la masacre ocurre dentro del mundo blanco, dentro de Occidente, ya que
Rusia es Occidente, en el sentido de que es parte de la raza carnívora.
Lo que es Occidente no está claro. En términos geográficos,
Rusia no forma parte de él. En términos políticos, Occidente es el mundo libre
opuesto a la autocracia. Y, por supuesto, la geopolítica importa, y la política
importa. Pero lo que más importa es la pertenencia cultural al mundo cristiano,
blanco e imperialista. Desde este punto de vista, Rusia es Occidente. Occidente
es la tierra del declive, la tierra del futuro que ahora está en declive. El
futurismo ruso y el futurismo occidental tienen raíces diferentes pero el mismo
significado: expansión. Y tienen la misma suerte: el agotamiento en que ni
siquiera somos capaces de pensar, ya que el culto a la expansión nos ciega, y
nos impide comprender que la expansión ha terminado y que Occidente se está
extinguiendo.
Oeste es Rusia, América, Europa, un mundo de viejos que
exorcizan la demencia con prótesis cognitivas e inteligencia artificial, de
viejos que exorcizan la impotencia con proclamas de exterminio mutuo.
Esta es una guerra dentro de la raza carnívora que no se
resigna a desaparecer, y como Sansón quiere llevarse al planeta entero al
carajo. Aquí estamos en el último acto de la civilización blanca, rusa, europea
americana: la destrucción de la civilización.
Ilimitado es el poder del estúpido
Ilimitado es el poder del estúpido y se dice que ni los
dioses contra él pueden hacer nada.
Macron declaró recientemente que la OTAN está en estado de
muerte cerebral. Sin embargo, se ha levantado y como un zombi ha tomado el
lugar de Europa, destruyendo definitivamente su misión constitutiva. Polonia
es, de hecho, su vanguardia. La Polonia de Kazinski.
Biden ordenó a Alemania que rescindiera el contrato de Nord
Stream. No sabemos cómo terminará la guerra en curso, pero sí sabemos que Biden
ya ganó en este punto. Después de renunciar a Nord Stream, Alemania accede a
armarse. Contra los rusos, de momento, quién sabe mañana.
El poder del estúpido es ilimitado, porque el estúpido está
dispuesto a dañarse a sí mismo para dañar al otro.
La miseria se extenderá, ya que la sociedad tendrá que pagar
los costos de un rearme general. Y el aire será cada vez más irrespirable
No está claro cómo saldremos de esta guerra. En el peor de
los casos no saldremos de ella del todo: en vez de perder (todo), el Autócrata
podría usar toda su fuerza y destruir (todo). En el mejor de los casos, una
ola de nacionalismo fragmentará el continente europeo en un mosaico de
ejércitos fascistas en guerra entre sí y especialmente contra los inmigrantes
no blancos. Las líneas divisorias son borrosas, porque los nacionalistas no
conocen la lógica y no saben nada de universalidad.
No está claro cómo saldremos de esta guerra, pero lo cierto
es que la miseria se extenderá, ya que la sociedad tendrá que pagar los costos
de un rearme general. Y el aire será cada vez más irrespirable: las minas de
carbón están reabriendo para satisfacer la creciente necesidad de energía. El
Holocausto climático se precipitará.
Los gobiernos europeos incitarán a las mujeres a tener hijos
por la patria blanca, pero el cáncer y el asma se extenderán junto con una
pandemia de depresión suicida.
Sometida a una violencia ininterrumpida, la naturaleza ha
recuperado el dominio: la naturaleza desatada de los mares crecientes y los
fuegos devoradores, la naturaleza bélica de los humanos que han convertido la
inteligencia en artificio y ahora son presa de la (il) lógica natural de la
pasión por la identidad. Pasión asesina.
Pero ahora, también pasión suicida.
En un pueblo en la frontera
Una docena de desertores llegan cada noche a un pueblo en la
frontera con Polonia. No quieren quedar atrapados en una guerra de nación,
quizás porque la idea de nación no les convence como no me convence a mí. Miles
de jóvenes rusos huyen a Escandinavia y quién sabe dónde. No quieren ser
reclutados por Putin para ir a matar a sus pares ucranianos, no quieren vivir
en un país donde se persigue la libertad de expresión.
Se llevaron algunas cosas con ellos y se fueron para nunca
volver. Son pocos, malditos como traidores a su patria, pero se van: quizás
están enamorados y no quieren morir, quizás están asustados por el horror y no
quieren matar. En todo caso, mi solidaridad, mi amistad va para ellos. Solo a
ellos. Mi amistad va para todos los que desertan.
A los que desertan de la patria y de la guerra, a los que
desertan del trabajo asalariado, a los que desertan de la procreación, a los
que desertan de la participación política. A aquellos que han entendido que el
cáncer ahora ha devorado el cuerpo y están buscando áreas de supervivencia y
compartir en los márgenes de un mundo que se desintegra rápidamente.
Por todos los demás, rusos y ucranianos, estadounidenses e
italianos, solo siento una compasión desesperada.
(Tomado de https://ctxt.es/es/).
Etiquetas: capitalismo y catástrofe, chanchos culiaos asesinos, chanchos culiaos explotadores, guerra social, reflexión
miércoles, marzo 09, 2022
El Rasputín de Putin, o ¿Quién cresta es Dugin? Parte 1: La ultraderecha como política de Estado
Tomado de: Francisco Veiga y otros, “Patriotas indignados.
Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, postfascismo y
nazbols”, Alianza, 2019. Foto: Dugin en Argentina.
Queda ahora por abordar otro aspecto fundamental sobre la
figura y significado de Aleksandr Dugin en la Rusia postsoviética: su ascenso a
los círculos del poder hasta convertirse en una de las personalidades de mayor
influencia en el Kremlin como inspirador de la nueva política exterior rusa.
A menudo, los medios de comunicación occidentales han
sugerido paralelismos caricaturescos entre Rasputín y Dugin, basándose más en
lejanos parecidos entre barbas y melenas o en supuestas oscuras influencias que
en comparaciones documentadas. Rasputín nunca fue un asesor del zar Nicolás II
en política exterior, comenzando porque su influencia en la corte la ejercía a
partir de la zarina y sus tendencias pacifistas no tuvieron la suficiente
influencia, de lo cual es buena prueba la participación rusa en la Primera
Guerra Mundial.
Por contraste, Dugin no era el casi analfabeto monje
siberiano con estrafalarias ideas místicas sobre el poder, sino un documentado influencer,
versado en ciencia política y relaciones internacionales, capaz de expresarse
con notable fluidez en varias lenguas extranjeras. La razón básica que explica
la influencia de Dugin sobre Putin es bien lógica: su éxito en homegeneizar y
modernizar las ideas de la ultraderecha rusa hasta darle cierto aspecto de
doctrina nacional «dura». Por otra parte, presentadas como genuinamente rusas
(o más bien «eurasiáticas») sus ideas no estaban en contradicción con las de la
nueva ultraderecha europea de la cual, como se ha visto, bebían generosamente.
Pero todo ello tenía unas claras limitaciones. El programa de
Dugin en su conjunto resultaba demasiado radical y esotérico para un estadista
como Putin cuyo mandato se movía entre el nacionalismo y el pragmatismo. Cierto
era que al presidente le venían bien las propuestas de Dugin como solucionador
de cuadraturas del círculo y sugeridor de ideas y bazas políticas que podían
dar juego en las nuevas estrategias o para justificar algunas ocasionales
acciones políticas internacionales más ambiciosas o belicosas con Occidente.
Pero en 2014, la gestualización extremista de Dugin durante
la crisis del Donbass —quizá intentando desempeñar el papel de un Ilya
Ehrenburg durante la Segunda Guerra Mundial— incitando a los rusos a matar
ucranianos e incluso ir a la guerra contra Estados Unidos, le costó su preciado
puesto en el Departamento de Sociología de la Universidad Estatal de Moscú. Fue
un golpe duro, tras años de labrarse una respetable imagen como académico de
prestigio. Pero fue también una palpable demostración de que el Kremlin era muy
capaz de determinar qué era y qué no era aceptable en términos de narrativa
nacionalista
Previamente a todo ello, cabe recordar que Dugin se reveló
como hombre influyente durante la etapa final del presidente Yeltsin, ya desde
antes de la llegada de Putin al poder. Ocurrió en 1997, con la publicación de
su obra Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia, que
se convirtió en un gran éxito con cuatro ediciones agotadas en poco tiempo.
Pero sobre todo, fue uno de los caballos de batalla políticos de la generación
de halcones militares que intentaban reconstruir la capacidad estratégica rusa
tras los desastres de la era Yeltsin.
Ello explica correctamente el ascenso político de Dugin en
los círculos de poder de la nueva Rusia postsoviética y nacionalista: no como
un oscuro monje místico al estilo de Rasputín y en el entorno de Putin. La
carrera del ideólogo de la nueva ultraderecha rusa se sitúa en el impulso de
los sectores militaristas y ultranacionalistas que se organizaban por su cuenta
ya en época de Yeltsin y como reacción a sus fracasos políticos. Y que, por
supuesto, terminaron llevando a Putin al poder, pero también a Dugin.
Eran personajes como, por ejemplo, Igor Rodionov, ministro de
Defensa en 1996 y 1997, que previamente había sido director de la Academia de
Estado Mayor (1989- 1996);
situado al frente de algunas de las unidades militares soviéticas más duras y
elitistas, así como en las regiones más comprometidas. Todo ello para concluir
como diputado en la Duma Estatal entre 2000 y 2007 en el bloque electoral
Patria, reconvertido en el partido Rusia Justa que en su momento apoyó el
ascenso de Vladímir Putin a la presidencia. En la redacción del texto había
colaborado el coronel-general Leonid Ivashov, jefe del Departamento de Asuntos
Internacionales del Ministerio de Defensa y uno de los cerebros más activos de
la doctrina geoestratégica rusa. Además de ser también un halcón en tiempos de
Yeltsin: fue él quien diseñó y organizó la marcha de los paracaidistas rusos
sobre el aeropuerto de Pristina, en junio 1999, que puso en un brete a las
victoriosas fuerzas de la OTAN que entraban por entonces en Kosovo tras haber
puesto de rodillas a Serbia con una campaña de bombardeo de setenta y ocho
días.
Y Dugin conectaba y se movía por ese mundo con total
naturalidad a partir del hecho de que, como ya se ha mencionado, su padre,
Geliy Alexandrovich Dugin, era coronel-general en el GRU, el servicio de
inteligencia militar; y no fue el único miembro de su familia en pertenecer a
esos círculos.
Al margen de su encaje social e institucional, resulta
evidente que el ensayo de Dugin fue providencial para su tiempo. Gustó en las
Fuerzas Armadas hasta el punto de que se convirtió en libro de texto en la
Academia de Estado Mayor. Y realmente marcó un momento estelar en la recuperación
de las ambiciones rusas de volver a desempeñarse como gran potencia, tendiendo
un puente entre la nostalgia de la era soviética y las ilusiones de la nueva
Rusia nacionalista y eurasiática. Pero sobre todo, él mismo devino una figura
intelectual única, al margen de las ideas que defendía. Lleva razón Vadim
Rossman al escribir que «comparado con los mediocres antiguos ideólogos
soviéticos, Dugin parece un gigante intelectual. Su capacidad para cruzar los
límites interdisciplinarios, para acuñar e introducir términos y nuevas
categorías, y para presentar sus posiciones ideológicas como descubrimientos y
conclusiones a partir de conceptos avanzados de ciencias sociales, resulta
especialmente alarmante e inquietante en la atmósfera actual de una caza de brujas
antiliberal».
Por el camino, su libro Fundamentos de geopolítica se
convirtió en la respuesta a la por entonces celebrada obra del geoestratega
estadounidense Zbigniew Brzezinski: El gran tablero mundial. La
supremacía estadounidense y sus imperios geoestratégicos, que había sido
publicada precisamente en 1997.
Por entonces, Estados Unidos era la única superpotencia con
una capacidad militar y económica a escala global, y en su libro, el antiguo
Consejero de Seguridad del expresidente Jimmy Carter explicaba cuál debería ser
la estrategia global que permitiera mantener su predominancia planetaria. Y,
precisamente, el gran tablero de ajedrez en el cual se debería jugar la gran
partida era el continente eurasiático a caballo de Asia, Europa y Oriente Próximo,
donde Washington debería evitar a toda costa el resurgimiento de una gran
superpotencia rival, fuera esta Rusia o China. Paradójicamente, un año antes de
fallecer, Brzezinski hacía un llamamiento a revisar la estrategia que él mismo
había propuesto veinte años antes. Estados Unidos seguía siendo la mayor
potencia global, pero a causa de los cambios geopolíticos complejos en los
equilibrios regionales, ya no era el poder imperial mundial que buscaba ser en
1997. Influían en ello el surgimiento de Rusia y China como grandes potencias y
la debilidad de Europa. El mundo musulmán, por su parte, también experimentaba
un despertar violento, pero en términos de un proceso poscolonial y de agravios
históricos.
Por lo tanto, en cierto modo, el ruso Dugin le había ganado
la partida al polaco Brzezinski. Sus Fundamentos de geopolítica fue un
libro mucho menos conocido y distribuido que El gran tablero de ajedrez
mundial, pero, a la larga, una parte de sus recomendaciones se fueron
imponiendo.
A toda la insistencia que ponía Brzezinski en anular el poder
de Rusia, le oponía Dugin la crítica al triunfante liberalismo americano. El
enemigo común de Rusia y sus aliados debería ser el atlantismo, los valores
liberales y el control estratégico de Estados Unidos. Para ello, Rusia debería
tender dos ejes: el de Moscú-Berlín, incluyendo también París; y el de
Moscú-Teherán, siendo Irán definido como un aliado clave. El Cáucaso sería
reorganizado en sus fronteras y reintegrado a control ruso, así como Ucrania.
El eje con Berlín y París se justificaría por el hecho de que ambos países eran
de «firme tradición antiatlántica». El Reino Unido debería mantenerse al margen
de Europa continental, y la estabilidad sociopolítica interna de Estados Unidos
habría de ser minada fomentando el separatismo, los conflictos étnicos,
sociales y raciales.
Es interesante considerar que para Dugin no debería
recurrirse a la fuerza militar a menudo, sino a la presión a partir de los
suministros rusos de gas y petróleo —u otros recursos naturales— a terceros
países, así como a la acción conspirativa y hasta subversiva a partir de los
servicios especiales. Explicado así, puede dar la impresión de que Dugin fue el
diseñador en exclusiva de la nueva estrategia rusa hegemonista de la era Putin,
hasta extremos que dejan al presidente poco menos que en el papel de una mera
marioneta, muy en la imagen —tan querida por periodistas y detractores de Putin
en general— de Rasputín manipulando a Nicolás II.
En realidad, Dugin no era el único personaje de ideas
ultranacionalistas que durante el periodo Yeltsin pululaba en torno a la
oposición de línea dura que terminaría llevándolo al retiro. Sergey Kurginyan,
Sergey Naryshkin, Gennadiy Seleznyov —siendo el mismo Dugin asesor de estos
últimos— formaban parte de un extenso panteón de ideológicos y estrategas que
irían a integrarse en Rusia Unida u orbitarían en torno a la ultraderecha y que
de una forma u otra aconsejaban y trazaban planes buscando una salida —«su»
salida— a la deriva del experimento neoliberal de Yelstin. Sin embargo, en 1997
ni siquiera había acontecido el desastre: la victoria de la OTAN en la guerra
de Kosovo —con la consiguiente humillación de la diplomacia rusa— y el colapso
del rublo en la crisis de 1998. En esos años Rusia todavía no había tocado
fondo y las elucubraciones y propuestas de Dugin y otros como él no eran sino
brindis al sol.
Especular con un solo inspirador de la nueva política ultra
rusa resulta bastante insuficiente, y cuando algún autor insiste en ello suele
ser para resaltar la imagen de fanatismo oscurantista de Putin. Timothy Snyder,
por ejemplo, escoge al aristócrata emigrado blanco Ivan Ilyin, filósofo y
teórico de la Unión Militar Rusa (ROVS, por sus siglas en ruso) como inspirador
del nuevo fascismo ruso en el entorno de Putin. Aunque, en efecto, Ilyin fue
uno de los teóricos de los rusos blancos en el exilio, ello no es decir mucho
para la época, dado que fue un movimiento crónicamente débil y disperso. Por lo
demás, continuó militando como monárquico convencido —opción que tras la
abdicación de Nicolás II nunca volvió a tener apoyo entre la gran mayoría de
los rusos— y si bien son innegables sus simpatías hacia el fascismo italiano,
no está claro que las tuviera hacia el nazismo alemán, demasiado biologista y
plebeyo para un filósofo y teólogo aristócrata.
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sábado, mayo 29, 2021
DE GABRIELA MISTRAL A CLAUDIO ORREGO: LOS “HUMANISTAS CRISTIANOS” ANTE LA REPRESION POLÍTICA
“Menos cóndor y más huemul” (Gabriela Mistral)
El “humanismo cristiano” -que dice encarnar en Chile hasta
hoy el Partido Demócrata Cristiano- proviene de la evolución política que tuvo
en el período de entreguerras mundiales un sector de la juventud del Partido
Conservador. No deja de sorprender que a su vez, a fines de los 60, la juventud
DC se radicalizara por izquierda dando lugar a la formación de partidos como el
MAPU (del que derivó en los 80 nada menos que el Lautaro) y la Izquierda
Cristiana (que era el partido de Elizalde -jefe actual de lo que queda del PS-,
más o menos hasta 1989).
Hacia 1936, cuando esos jóvenes conservadores disidentes
fundaron la Falange Nacional, Gabriela Mistral era una de las principales
simpatizantes, como demuestra su correspondencia con Frei Montalva (1).
Pese a sus diferencias con el “extremismo de izquierda” -que repudiaba en todas
sus versiones, tanto como al nazi/fascismo (2)-
una anécdota de su paso por Magallanes revela su profunda humanidad.
Relatamos este evento de hace un siglo, para luego contrastar
su actitud con el comportamiento de uno de sus “nietitos” políticos: el actual
candidato a Gobernador de la Región Metropolitana, don Claudio Orrego.
1.- Punta Arenas, 1918
Tal como hoy, hace 100 años el país hervía en agitación
social y política. En el extremo austral los obreros de Puerto Natales se
alzaron en enero de 1919 contra de sus patrones –la Sociedad Explotadora de
Tierra del Fuego y sus capataces ingleses y alemanes-, en una gran insurrección
que fue reprimida con gran despliegue de fuerza policial y militar desde ambos
lados de la frontera chileno-argentina, y con muertos en las filas policiales y
obreras.
En esos parajes extremos de América del Sur Chile y Argentina
no están divididos por cordillera alguna, y tanto el territorio como su gente
se confunden, en una mezcla de orígenes y acentos, que en esos años implicaba
además la adopción de formas muy combativas de organización, con claro
predominio anarquista. Eran los tiempos de la “Patagonia rebelde”, descrita en el
famoso libro de Osvaldo Bayer que fue llevado al cine, y de la acción directa
de anarquistas como Severino de Giovanni y Simón Radowitzky al otro lado de la
cordillera de Los Andes, Efraín Plaza Olmedo y Antonio Ramón Ramón de este lado.
Simón Radowitsky, de origen ucraniano, ajustició al coronel
Ramón Falcón, bajo cuyo mando la policía había reprimido la manifestación del 1
de mayo de 1909 causando varios muertos y heridos, en lo que se ha conocido
como la “Semana Roja”. El 14 de noviembre del mismo año, en una acción
estrictamente individual, arrojó una bomba casera al vehículo en que iba
Falcón, causándole la muerte. Fue capturado tras dispararse al pecho y gritar
“Viva el anarquismo”. Por su acción fue encarcelado, y por temor a fugas se le
envió al presidio más austral del mundo, en la ciudad de Ushuaia, Tierra del
Fuego, donde el límite con Chile más que meramente administrativo es totalmente
imaginario: un conjunto de líneas casi rectas en un mapa.
Ignorando esas fronteras arbitrarias, hasta Ushuaia llegaron dos
anarquistas a rescatarlo en una pequeña embarcación el 7 de noviembre de 1918,
con la cual lograron llegar por el Estrecho de Magallanes hasta a Península de
Brunswick, donde fueron alcanzados cuatro días después por un barco de la
Armada. Fueron apresados pero Simón huyó a nado en esas frías aguas donde un
cuerpo humano no resiste muchos minutos.
En su fuga, Radowitsky llegó a la ciudad de Punta Arenas,
donde la represión militar de la creciente agitación obrera se había tomado las
calles. Toda la región era, a pesar de su extremo aislamiento, era uno de los
lugares de vanguardia del proceso de acumulación del capital, que poco antes y
como condición previa había aniquilado a la casi totalidad de las poblaciones
originarias (kawesqar, selk´nam y yaganes) (3).
Cabe destacar que el aparato represivo de esos años era
bastante original: no sólo las policías colaboraban con el Ejército y la
Armada, sino que se producía una combinación internacional de dichas fuerzas,
con incursiones del Ejército argentino en territorio chileno para colaborar en
la captura y ejecución de revoltosos, y con grupos de “patriotas” que en
colaboración con militares y policías realizaron acciones tales como el
incendio de la Federación Obrera el 27 de julio de 1920. Seis días antes en
Santiago una horda patriotera atacó el local de la FECH, dando inicio a una
fuerte represión policial y judicial contra estudiantes y obreros, producto de
la cual resultó muerto el poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas.
Simón entró a un inmueble, que resultó ser el Liceo de Niñas,
cuya directora era Gabriela Mistral. El hecho es relatado por la pluma del
escrito magallánico Roque Esteban Scarpa en “Desterrada en su patria” (4).
Una síntesis de dicho relato la ofrece Ramón Arriagada en su libro sobre la
insurrección de Puerto Natales (5):
“Cuando dio con tierra
firme en la costa frente a Punta Arenas, Radowitzky llegó a una calle al
costado del Liceo de Niñas, sacó las últimas fuerzas y corrió hacia la última
puerta abierta que encontró. Una de las profesoras del establecimiento venía de
terminar las clases nocturnas de Educación Popular, vio pasear una sombra hacia
el pasillo del interior. Con temor se dirigió al corredor y encontró a un
hombre empapado; tembloroso, con tono desfalleciente, le pidió que lo
escondiera, ya que le estaba buscando”.
La profesora, Laura Rodig, al escuchar que se había fugado de
Ushuaia estuvo dispuesta a ayudarlo. Le solicitó a la directora que terminara
su clase y le explicó lo sucedido y su plan: “Pensaba vestirlo de mujer y
conducirlo a un lugar que recordó como posible refugio”. La respuesta de Gabriela fue clara:
“rotundamente le respondió ‘¡No! Ese hombre no sale a la calle. No sale al
peligro’. Sin haber hablado con él, Gabriela Mistral había intuido: en la
calle, estaban deteniendo a todos los transeúntes. No se trataba de un caso de
justicia común, sino un hecho de cierta trascendencia internacional”. Concluye
Scarpa:
“Corriendo todos los
riesgos, Gabriela lo amparó, sin preguntarle siquiera su nombre, que sólo supo
más tarde, por los comentarios de la prensa, cuando amainó la búsqueda, le
permitió partir”.
Simón fue recapturado y llevado una cárcel flotante, y luego de
regreso a Ushuaia donde se le mantuvo dos años en aislamiento solitario y con
media ración de comida y agua. La rabia estalló entre los obreros anarquistas
de Buenos Aires, donde una huelga en los Talleres Vasena deriva en una gran rebelión
con enfrentamientos. La represión dejó cerca de 700 muertos y decenas de
desparecidos en la llamada “Semana Trágica” (7 al 11 de enero de 1919),
considerada uno de los primeros procesos de terrorismo de Estado en Argentina.
El mismo Gobierno del radical Hipólito Yrigoyen condujo dos años después la
represión y fusilamiento de obreros en huelga en la Patagonia.
Finalmente Radowitsky abandonó el presidio al ser indultado
en 1930, tras 21 años de encierro, y expulsado a Uruguay. En 1936 se alistó en
las Brigadas Internacionales para combatir en la guerra de España.
Gabriela permaneció un tiempo más en Punta Arenas, donde su
amigo Julio Munizaga, abogado y poeta que la había acompañado a la “tierra sin
primavera”, se dedicó a la defensa de varios
de los obreros encarcelados por la insurrección de Natales, los últimos de los
cuales fueron liberados en marzo de 1923.
2.- Santiago, 2017
Un siglo después, un año antes de la “explosión feminista” y
dos antes del “estallido social” de octubre de 2019, el DC Claudio Orrego en su
cargo de Intendente Metropolitano se dedicó a reprimir duramente variadas
formas de protesta social que se estaban incrementando, y recurrió en varias
ocasiones al mecanismo de expulsar a ciudadanos extranjeros por su adhesión a
las ideas del anarquismo.
El Intendente Orrego se apoyó en informes policiales que
indicaban “participación en actividades anti sistémicas de la escena anarco-libertaria
de Chile” (6),
y dando aplicación al Decreto Ley N° 1.094 de la dictadura de Pinochet, que desde
1975 y hasta ahora regulaba la situación de los extranjeros en Chile (7),
dictó sendas órdenes de expulsión.
Este DL establece en su art. 15 N° 1 la prohibición de
ingreso al país de “los que propaguen o fomenten de palabra o por escrito o por
cualquier otro medio, doctrinas que tiendan a destruir o alterar por la
violencia, el orden social del país o su sistema de gobierno, los que estén
sindicados o tengan reputación de ser agitadores o activistas de tales
doctrinas y, en general, los que ejecuten hechos que las leyes chilenas
califiquen de delito contra la seguridad exterior, la soberanía nacional, la
seguridad interior o el orden público del país y los que realicen actos
contrarios a los intereses de Chile o constituyan un peligro para el Estado”.
El caso más conocido fue el del periodista italiano Lorenzo
Spairani, que estaba en Chile desde octubre de 2016 como becario de la Unión
Europea, trabajando con organizaciones
sindicales, y sufrió una “expulsión express” en febrero del año
siguiente, decretada por Orrego, que señaló que su participación en actividades
no especificadas por un Informe secreto, alteraba el orden social y ponía en
peligro al Estado de Chile. La PDI le notificó el decreto de expulsión en su
domicilio, lo detuvo en un cuartel, y en menos de 24 horas lo subió a un avión
con rumbo a Italia.
La Corte Suprema (Amparo Rol 7080-2017) declaró que la
resolución del Intendente Orrego carecía de “motivación fáctica, transformando
el acto administrativo en una mera afirmación de autoridad, sin respaldo, y sin
dar al afectado posibilidad alguna de ejercer sus defensas, lo que resulta
inaceptable en cualquier actuación de la Administración Pública”.
El recurso de amparo fue acogido, así como también otros
recursos presentados por ciudadanos argentinos, peruanos y ecuatorianos que
también fueron expulsados del mismo modo (8).
Colofón
Se aprecia un contraste profundo entre los dos momentos y
acciones que hemos referido: mientras Gabriela no vacila en arriesgar su
libertad y seguridad para salvar la vida del anarquista prófugo, a pesar de no
compartir su ideario ni acciones, al Intendente Orrego no le tiembla la mano
para aplicar la seudo-legislación de la Junta Militar de Gobierno para poder expulsar
ilegal y arbitrariamente a extranjeros que consideraba indeseables por sus
ideas y actividades anarquistas.
¿Qué pasó entremedio con los “humanistas cristianos”? Mucha
agua bajo el puente como para resumirla en este cierre, pero puedo dar fe de
que aún a mediados de los 80 existían muchos jóvenes DC que se unían sin
problemas a las juventudes de izquierda en la protesta contra la dictadura. Se
autodenominaban JDC-R (por “resistencia” o “revolución” (9)),
o “chascones”, por oposición a los DC “guatones” (conservadores y/o más
inclinados a la derecha).
¿Qué habrá sido de ellos después de 1988? ¿Se extinguieron
tal como las facciones más combativas de la Juventud Socialista? Es muy
posible. Mientras tanto, repitamos con Gabriela:
- cóndor (que el final es sólo un “buitre hermoso”, o sea un
carroñero)
+ huemul (animal que casi nadie en Chile ha visto, y que está
en serio peligro de extinción).
NOTAS:
1.- Richard Astudillo, “Gabriela Mistral y la Democracia Cristiana”, Tribuna
Pública, Melipilla, Abril de 2007, pág. 7. En: http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/628/w3-article-267245.html
2.- En una carta de 1940 se queja ante Frei, su amigo y abogado personal, de “venir
a parar en que no hallamos para salvarnos sino la receta nazi, o la fascista, o
la comunistoide, o la cavernaria, ¡cualquiera menos la propia!” (Memorias de
Eduardo Frei Montalva, Correspondencias con Gabriela Mistral y Jacques
Maritain, Planeta, Santiago, 1989. Citada por Astudillo). De todos modos, cabe destacar el carácter
corporativista de la Falange, con influencias de la Falange Española, y su
“tercer-posicionismo” que se refleja claramente en su símbolo: la flecha roja
atravesando dos líneas que representan la derecha y la izquierda.
3.- Ver: Mateo Martinic, “El genocidio selknam: nuevos antecedentes”, Anuario del
Instituto de la Patagonia, vol. 19, 1989/1990; Clara García-Moro,
“Reconstrucción del proceso de extinción de los selknam a través de los libros
misionales”, Anuario del Inst. de la Patagonia, Vol. 21, 1992; Alberto
Harambour, “Soberanía y corrupción. La construcción del Estado y la propiedad
en Patagonia Austral (Argentina y Chile, 1840-1920)”, Historia N° 50, Vol. II,
julio-diciembre 2017. Agradezco a Arturo Castillo Cabezas la recomendación de estos
valiosos materiales.
4.- Editorial
Nascimento, 1977.
5.- Ramón Arriagada, “La rebelión de los tirapiedras. Puerto Natales 1919”,
Ediciones Universidad de Magallanes/Editorial Fiordo Azul, Tercera edición,
2017.
6.- Sobre esta “escena” la policía chilena se viene explayando a lo menos desde los
tiempos del “Caso Bombas” (2009-2012).
7.- En
abril de este año se publicó la nueva ley de extranjería, N° 21.325, que está
en espera de la dictación de su Reglamento para entrar en vigencia.
8.- Ver, por ejemplo, el Rol 1919-2017 de la Corte de Apelaciones de Santiago.
9.- Sólo dos décadas antes Frei Montalva hablaba de una “revolución en libertad”.
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