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miércoles, febrero 04, 2026

ADORACIÓN DE THIN LIZZY (1970-1983) 

 


Llevaba varios meses queriendo escribir una apología absoluta de Thin Lizzy, por considerar que fue la última gran banda de rock and roll, con un claro origen proletario, y porque a pesar de la fama que logró alcanzar hacia fines de los 70, sus aventuras y legado parecen haber sido olvidados en un mundo que celebra a bandas de mierda como Oasis, Coldplay o Green Day.

En mi caso, durante años tuve un solo disco de Lizzy: el clasicazo indiscutido que es Jailbreak, de 1976. Pero lo veía básicamente como un excelente disco de rock pesado. En los últimos años de Liceo (1986/7) había escuchado el Renegade (de 1981), del cual por alguna razón sólo recordaba la canción “Mexican blood”, con sus latinismos un poco ingenuos pero efectivos. Un par de años atrás agregué a mi colección el doble en vivo Live and Dangerous (1978), considerado por muchos uno de los mejores álbums de rock en vivo, pero que al parecer tiene el mismo problema que el Unleashed in the East que por esos mismos años pretendía mostrar a Judas Priest desatándose en vivo en Japón: demasiados retoques que impedirían considerarlos en rigor como registros en vivo. Pero qué importa: ¿quien es uno para criticar a estas máquinas rockeras por tener que enchular un poquito las grabaciones en vivo?. No todo es Free Improv o prog rock, y en el heavy metal y otros estilos del rock es perfectamente válida y deseable la fantasía.

Como sea, fue cuando me traje a casa el Fighting de 1975 cuando me empecé a dar cuenta del verdadero poder y belleza de la banda. En especial por la canción “Wild one”, que contiene tanto belleza poética en la letra e interpretación vocal, como una de las primeras y mejores exhibiciones de la técnica de la “twin guitar”, que ya había sido explorada por los Allman Brothers en EEUU, pero que a mi juicio nadie llevó a mayor perfección expresiva que Thin Lizzy a contar de este disco. En palabras sencillas, la twin guitar consiste en que en vez de haber una separación clara entre una guitarra rítmica y una guitarra solista, ambos roles se van intercalando y además, por sobre todo, en la práctica del solo simultáneo, donde hay una cierta diferencia o intervalo que genera un efecto a la vez melódico y armónico. “Wild One” en ese disco, y “Waiting for an Alibi” en el tremendo álbum Black Rose de 1979 son dos de los mejores ejemplos de esta técnica, según yo. Con el agregado nada menor de que en Black Rose se había incorporado establemente por un tiempo a la banda el viejo amigo Gary Moore (aludido en algunas canciones como Romeo): tremendo guitarrista que en estas canciones muestra una veta bastante fiera, que sería difícil de creer para quienes lo conocen únicamente por su megahit multimillonario “Still got the blues”.  

Llegado a ese punto, me dediqué lento pero seguro a conseguir y apreciar TODA la discografía de Thin Lizzy, que consiste en 12 albums de estudio (de 1971 a 1983), dos dobles en vivo, y un sinfín de compilados.

Emilio de Gorgot, hizo una detallada revisión de todos los discos en la página Jot Down, identificando 40 canciones favoritas que además metió a un playlist en Spotify (¡Lo sé! Todos odian a Spotifuck y dan buenos argumentos para boicotear dicha plataforma).

Considerando que esa pega ya está hecha, me concentraré en una revisión más breve de la gloriosa, bella, inusual e inmortal obra de Thin Lizzy, la mejor banda del mundo en este momento.

1970-1973: Los duros inicios y el lento despegue de la banda como power trio


Thin Lizzy se formó a inicios de los setenta, de los restos de otros proyectos de rock irlandés. Siempre se dice que estaban inspirados en bandas como Cream y la Jimi Hendrix Experience, que llevaron a su máxima expresión el arte del power trío.

En el caso de Thin Lizzy, el trío conformado por el guitarrista Eric Bell, Phil Lynott en bajo y voz, más Brian Downey en batería, creo que siempre existió un elemento específicamente irlandés y callejero/pendenciero en su sonido, desde el primer al último disco de su trayectoria de 13 años. Ese sonido que logran los diferencia del montón de imitadores que abundaron a partir de entonces, y por algo fue que un oído generoso y atento como el de John Peel los apoyó desde el primer momento con apariciones en su programa de radio en la BBC.

El nombre de la banda fue propuesto por el colorín Bell, inspirado en el comic Tin Lizzie, aparentemente sobre una mujer robot. A pesar de que el nombre fue considerado malo por los otros dos, se quedó. Por suerte, porque siempre me ha parecido bueno y un poco misterioso.  

Para mi sorpresa, los fans promedio de Lizzy desprecian considerablemente los 3 discos de larga duración que dejó esta primera época. Me he fijado que en Youtube hay varios videos donde distintos fanáticos se dedican a ordenar de peor a mejor los albums de la banda, y por lo general ponen los 3 primeros LPs como sus menos favoritos, argumentando cosas como que esa formación con Bell “no era todavía propiamente Thin Lizzy”, o que “todavía estaban mirando a los sesenta y no a los setenta”, o cosas por el estilo.

A mí, por el contrario, esos 3 discos me gustan harto. El primero, Thin Lizzy (de 1971, mi año de nacimiento, y que conseguí hace poco a 5 lucas en una edición Decca japonesa en CD en la Disquería 54 del galpón Victor Manuel en el Persa Biobío. Lo interesante es que andaba justo en búsqueda de ese disco en particular, y ahí me estaba esperando para que me lo trajera a casa) parte con el tema “The friendly ranger at Clontarf castle”, en que hay un relato recitado con un tipo de poesía entre mística e ingenua pero no desprovista de humor, que me recuerda vagamente al Odgens´Nut Gone Flake de los Small Faces, o incluso al Marc Bolan de Tyrannosaurus Rex (y recordé que una vez hace más de un cuarto de siglo me dirigí al mismo Galpón del mismo Persa confiando en que el destino pondría en mis manos algo de Bolan/T.Rex, ¡y así fue!). Las 14 canciones de este álbum debut expresan un lenguaje musical de blues rock pero específicamente irlandés, que me hacen pensar que si la música del señor Van Morrison ha sido catalogada de Celtic blues, Thin Lizzy es desde el primer momento un caso bastante único de celtic rock (no confundir con Celtic Frost, y pido disculpas por el chiste tan malo pero que me da tanta risa). En todo caso, si es por hacer el vínculo black metal, debo señalar que el último tema “Things ain´t working out down at the farm” (Las cosas no están funcionando en la granja), que junto a “Look what the wind blew in” (Mira lo que el viento sopló) fue incluido en las primeras sesiones de la BBC dedicadas a Lizzy, fue también incluido en uno de los numerosos programas de radio del bueno de Fenriz (Darkthrone, Isengard, Storm, etc.).

Así que es más que raro que un verdadero fan de Lizzy desprecie este disco, hecho en un glorioso año en que llegaron tantas cosas buenas a este mundo.

1972 trajo el segundo álbum, titulado Shades of a Blue Orphanage (Sombras de un orfanato azul, aunque acá “blue” es más “triste” que azul), también en Decca. La colección de 7 canciones acá es más etérea e incluso experimental que el debut, con canciones largas, percusivas y bastante atípicas, con nombres como “The rise and dear demise of the funky nomadic tribes”. Me cuesta creer que algunos pelmazos no aprecian la originalidad y belleza de este material, que sólo era posible en 1972, es decir, cuatro años después de la revuelta global de 1968 y un año antes de la gran contrarrevolución mundial neoliberal. Mi edición en CD viene engrosada por 9 canciones más, incluyendo el curioso single en cuyo lado A venía “Black boys in the corner”, pero traía el primer gran hit de la banda en el lado B: su hermosa versión del tema tradicional irlandés “Whiskey in the jar”, la historia de un bandolero borracho traicionado por su mujer, con una memorable línea de guitarra y la destacable interpretación vocal del mulato Phil, la última gran estrella del rock and roll.

Pese a que la canción estuvo varias semanas en los rankings, el álbum no vendió ni mierda, y los miembros de la banda tuvieron que ganarse los morlacos haciendo un álbum tributo a Deep Purple, bajo el nombre de Funky Junction. El resultado es bien curioso, y está en Youtube. El problema es que apenas puedo disfrutar las canciones de Deep Purple.  

En 1973 realizan otro gran fracaso musical para Decca records, el álbum Vagabonds of the Western World, tal vez mi más apreciado dentro de esta verdadera trilogía del fracaso. El sonido es un poco más pesado, como en la clásica “The rocker” o “Gonna creep up on you”, pero al mismo tiempo hay hermosas baladas y un delicado uso de melodías vocales, como en “Little girl in Bloom”. Mi CD también incluye el single Whisky/Black boys,  pero ya estoy medio confundido en relación a cual era el listado de canciones original. No me importa. Con sus 57:19 de música, este álbum me parece casi perfecto.

1974-1977: Thin Lizzy como cuarteto y, finalmente, el más que merecido éxito



En 1974 aparece en Phonogram el álbum Nightlife, que marca una evolución importantísima: a partir de ahí y hasta el final la banda será un cuarteto, con dos guitarras. La salida de Bell es suplida por el ataque dual de Scott Gorham y Brian “Robbo” Robertson. Mientras Gorham -un sonriente californiano de pelo largo y liso que había llegado al viejo continente huyendo de la adicción a la heroína- permanece hasta el fin, después de Robbo, que llega a Lizzy con 17 años de edad y un carácter bastante fogoso, pasan al menos tres acompañantes más, como veremos más adelante.

Lo llamativo es que el álbum Vida Nocturna no se caracteriza por la pesadez ni por solos en estilo twin guitar. Por el contrario, es uno de los álbums más suaves de Thin Lizzy. Con la excepción de “Sha-La-La”, que algunos han calificado de proto-speed metal, el estilo de esta colección de canciones es algo así como un tipo de soul, pero con instrumentación rockera. De hecho, en temas como el propio “Night Life”, “Frankie Carroll” y “Dear heart” hay una orquesta que matiza y suaviza aún más el resultado, que a mi me parece totalmente encantador. Coincido con Stephen Thomas Erlewine que en allmusic dice que lo de “vida nocturna” no se refiere a carretear de noche por las calles o bares de la ciudad, a pesar de la portada en que se ve a una pantera negra que se parece mucho a mi gato Albert Panterito acechando los edificios y autopistas de la gran ciudad, sino que más bien a un momento nocturno íntimo, sea en solitario o en pareja, porque “tiene momentos ideales para la contemplación y/o la seducción”. O como dijo Leonard Cohen en la isla de Wight anunciando ya no recuerdo que canción de su maravilloso álbum debut: “esta es música para hacer el amor”. Y sí: no es por cursilería que acá cabe decir “hacer el amor” en vez de “culear”.

En fin, este disco está lleno de grandes canciones desde el inicio con “She knows” y una impecable alternancia de solos de guitarra, la balada “Still in love with you”, donde aparece de invitado el amigo Gary “Romeo” Moore haciendo un solo, el hermoso homenaje a la madre de Philip, “Philomena”, el rock pesado muscular pero para nada rápido de “It´s only money”, la suavidad sensual y pegajosa de “Showdown”, o el delicado y breve folk blues instrumental de “Banshee”, que anticipan de algún modo el rumbo de lo que estaba por venir.

Pero Vida Nocturna fue un nuevo gran fracaso comercial. Emilio de Gorgot dice que este disco se grabó con apuro, y por eso hay bastante material de relleno. Puede ser, aunque mi fanatismo por Thin Lizzy es tan grande que me gustan todas sus canciones y no me atrevería a hablar de relleno. O mejor: si este es material de relleno, es mucho mejor que 1000 discos de rock hechos después de 1983.

Luego de esto ya estamos en 1975, y la misma formación de Lizzy como cuarteto entrega el enorme album llamado Fighting. Ya la portada es notable: los cuatro muchachos visten jeans y poleras, Robbo y Phil muestran el torso semidesnudo, y Brian va enfundado en su chaqueta. Están parados en una especie de callejón, y Phil sostiene un garrote con las dos manos por sobre su cabeza. Un año antes del primer Ramones, dan una lección inolvidable de estética street punk, la que se refuerza con la foto de contratapa, en que están todos con chaquetas negras apoyados sobre un muro de ladrillos, y Robbo sostiene una cadena en sus manos.  En el folleto del CD dicen que Phil estaba encantado con la sensación estridente del disco: “estaba predicando la anarquía”. Aunque en retrospectiva se arrepentía un poco de las fotos: “nos veíamos demasiado punky, demasiado tontitos. No me importa ser punky, pero punk y tonto ya es demasiado”.  

Perdonen que hasta acá sólo me haya centrado en la visual de la banda, pero todos sabemos que en el rock las portadas importan tanto como la música y los textos (de las canciones y del folleto mismo del LP, caset o CD). Y como le dije el otro día a mi sobrino más pequeño -a sus 9 años, un gran fan de Black Sabbath, The Clash y The Ex: “¡Recuerda!¡Lo más importante son las poleras!”, a lo que el niño respondió: “¡Sí, y las chapitas!”.

El caso es que durante una gira por Estados Unidos -lugar donde TL fue varias veces pero en general les pasaron puras desgracias- compartieron escenario con el gran Bob Seger, y así fue como decidieron iniciar el álbum Peleando con un cover de su canción “Rosalie”.  Como detalle curioso debo señalar que Víctor Jara también grabó lo que creyó ser una versión de Seger, con “Las casitas del barrio alto”. Así lo anuncia Jara en un disco en vivo que tengo por ahí. El problema es que en verdad la canción fue grabada y popularizada por Seger en 1963 como “Little Boxes”, pero era una canción de su amiga Malvina Reynolds (por cierto, usada como canción de la serie Weeds).  

Es raro iniciar un álbum con un cover, según De Gorgot la causa de esa decisión fue la inseguridad alcanzada tras cuatro grandes fracasos en ventas. Pero lo cierto es que “Rosalie” le da un toque bien rockero, alegre y proletario. Y a partir de ahí se suceden 9 canciones más, que funcionan muy bien en sí mismas y como un puente hacia el más clásico material de Thin Lizzy que se hizo en los meses posteriores.  El segundo tema es “For those who love to live”, otra historia de un fugitivo, en esta ocasión se trataría de un patas negras, atrapado y colgado por sus pecados. El trabajo de las guitarras comienza a ser realmente notable, logrando una belleza y perfección bastante inusual en medio de un mar de bandas pencas que han poblado y arruinado el rock desde los 70.

No se sorprenderán si les cuento que el quinto álbum de Lizzy fue el quinto fracaso comercial de la banda, que para ese entonces publicaba en Vertigo, filial de Phonogram records.

Una lástima porque pocas veces en el rock uno se topa con materiales tan preciosos como la ya referida “Wild One”, con una exhibición de maestría en la twin guitar, y cuya letra podría hacerlos llorar si la escuchan luego de ser abandonados por un ser amado con cuyo regreso al hogar sueñan aun sabiendo que jamás ocurrirá, o “Suicide”, “Freedom song”...Hay temas más introspectivos como “Fighting my way back”, y el rock pesado se asoma de nuevo al final con “Ballad of a hard man”, pero no sé…la verdad es que todo el disco es tan excelente que no me gustaría perder más tiempo tratando de describir sus canciones por separado. Y no lo había pensado antes, pero a pesar de que hay temas bien pesados, el disco es un poquitín introspectivo y hasta algo depresivo. Pero de esos que si escuchas varias veces durante un bajón anímico, terminan por sacarte de ahí en algún momento indeterminado.  

1976, el año en que entré a primero básico y aprendí a leer, nos brindó el impresionante Jailbreak, imposible de sobrevalorar. Desde el inicio con el tema homónimo y sus tres acordes básicos pero vitales, el sexto álbum de Lizzy es finalmente el que les da la más que merecida fama y los lanza al estrellato por varios años más. Mucha pobre gente sólo ha escuchado “Boys are back in town”, que es gloriosa y hasta fue elogiada por sesudos críticos como Greil Marcus. Pero la magistralidad de este artefacto hace necesario recomendarlo a cada sujeto medianamente interesado en “esa forma de arte degenerado que es el rock” (Lester Bangs dixit, en el folleto de un disco de los Mekons).

Como no tengo palabras (no tengo cannabis hace semanas y recién me estoy sirviendo la primera copa de vino espumante de este caluroso día), los dejo con las de Emilio:

“Este álbum puede ser considerado ya sin ningún tipo de tapujos como una auténtica obra maestra. Repentinamente dan un salto cualitativo de gigantes y llegan casi al pináculo de lo que puede hacerse en su estilo. Combinan melodías y potencia mejor que nunca, y lo hacen tan bien o mejor que cualquier otra banda guitarrera de ese mismo momento. Las canciones de Lynott son ahora mucho más inspiradas y sus letras rayan la perfección. Todo suena en su sitio, y lo que es más importante, cuando escuchamos los cortes por separado son casi invariablemente memorables, todos ellos, uno por uno. La mini-ópera rock Jailbreak supone la explosión de la «era clásica» de Thin Lizzy, en la que grabaron una buena parte de sus mejores canciones. El talento de Phil Lynott estalla y deja atónitos incluso a quienes ya le conocían bien de la escena musical británica. No hay una sola canción de relleno. No hay un fragmento de música que no merezca la pena. Ya no suenan a lo que hacen otros, ahora suenan únicamente a ellos mismos y para colmo ese sonido es instantáneamente reconocible”.

En fin: disco de oro en Inglaterra y Estados Unidos. Empiezan a comparar a Lynott como letrista con Springsteen, lo cual le mosquea un poco porque a pesar de que respeta al Jefe como artista (¿Quién no? Ah: Donald Trump), su verdadera inspiración era Van Morrison.

Y Emilio tiene razón: en este disco cada canción es una obra maestra en sí misma. Pero la que lejos más me emociona de todas es “Romeo y la chica solitaria”, que relata la triste historia de Romeo (Gary Moore) quien le dice a su novia que va a tener que dejarla (¿por ir de gira? No lo sé), y la chica se enamora inmediatamente de otro tipo. Pobre Romeo: “Never judge lovers by good looking covers”, que sería algo así como que no hay que juzgar a los amantes por las apariencias, algo en lo que desde Casanova hasta yo mismo estamos totalmente de acuerdo. El solo de guitarra de Scott Gorham en esta joya de canción es algo que no se puede explicar: lirismo, técnica, concisión, elegancia…todo ahí. Uno de los mejores solos de guitarra eléctrica de la historia, más en sintonía con el mejor folk/jazz que con las explosiones fálicas del rock pichulero a lo Zeppelin/Grand Funk.

Pero la perfección no es sólo musical: Phil ya domina a la perfección el arte de contar en sus letras conmovedoras historias de antihéroes proletarios, al punto que se dice que el mismísimo Bob Dylan declaró que "el tipo es un genio". Con razón la descripçión resumida de Thin Lizzy en allmusic.com destaca la combinación del "rugido de la twin guitar con la poesía de clase obrera de Phil Lynott".

El año 76 es tan activo para Lizzy que antes que casi de inmediato sueltan el LP Johnny the fox, obra maestra que esta al nivel de la anterior, al punto que recuerdo haber leído a alguno de ellos diciendo que bien podrían haber hecho un álbum doble. ¡Me lo imagino! Hubiera sido grandioso, porque JTF no imita a JB, sino que construye a partir de ahí hacia otros territorios sonoros, por ejemplo con algo de funk y soul en el tema homónimo. Alguna vez leí también que ese álbum y en particular la canción “Johnny the Fox meets Jimmy the Weed” fueron sampleados muchas veces por artistas del hip hop en los 80.  Otra de las joyas de este disco es “Fools gold” (El oro de los tontos), que sentimentalmente suena un poco como “Wild One”, pero acá se cuenta una historia de los pobres irlandeses que se vieron forzados a navegar las aguas del mar en busca de mejor suerte en el Nuevo Mundo, o sea, una versión TL del mismo tema que desarrollan magistralmente los Pogues en “Thousands are sailing” (una de sus mejores canciones, de entre la larga lista de himnos que nos dejó MacGowan y sus muchachos).

Para rematar una verdadera era dorada, llega el glorioso año de 1977 y la mejor banda de rock del mundo nos obsequia Bad Reputation, una colección de 9 canciones perfectas, con un sonido bastante característico aportado por la producción de Tony Visconti (colaborador de Bolan y Bowie). No sé como habrán recibido este disco los punk rockers del 77, porque en esos mismos años yo estaba muy ocupado disfrutando a Boney M y Village People, pero Thin Lizzy casi en pleno más algunos miembros de los Sex Pistols formaron la super banda The Greedies, que en 1978 hizo un single navideño apoyado por John Peel desde la radio y con algunas apariciones televisivas que pueden rastrear en la web. Excelente, pues esto demuestra mi teoría de que bandas como T. Rex. Motorhead y Thin Lizzy son precursoras tanto del punk como del metal, pues en definitiva es ni más ni menos que Maximum Rock and Roll.  

En Mala Reputación destacaría la hermosa canción “Southbound”, acerca del agotamiento de la fiebre del oro en el Nuevo Continente, y por sobre todo la maravilla que es “Dancing in the moonlight”, cuyo adolescente protagonista camina feliz bajo la luz de la luna después de encuentros furtivos con su amante, teniendo que mentir a sus padres diciendo que se quedó a dormir donde amigos. En el folleto del CD explican acertadamente que esta canción es una especie de tributo a “Moondance” de Van Morrison, con algo del drama del amor por una mujer mayor que expresa el gran Rod Stewart en “Maggy May” (que según mi amigo Conselheiro fue versionada por los Pogues, los que por cierto también tienen su propia versión de “Whiskey en un jarro”).  

Este álbum llegó al cuarto lugar del ranking británico.

Como detalle curioso, en esta portada no sale Robbo, pues el pastelazo se vio involucrado en una pelea de bar donde le rompieron los tendones con vidrio, debiendo ser reemplazado por Moore para una gira teloneando a Queen. Se dice que Robbo estuvo a punto de perder su puesto en la banda, pero finalmente participó de la grabación del disco, mientras Moore se alejó para centrarse en otros proyectos.

1978-1983: Mala reputación, decadencia, repunte y el colapso final



Después de Bad Reputation, vino el histórico doble álbum en vivo Live and Dangerous, que debe ser el disco más famoso de Lizzy, con su tremenda portada en que se aprecia a Phil cantando con su bajo mientras mantiene las rodillas al nivel del suelo y -por qué no decirlo- destaca su entrepierna enfundada en un pantalón de cuero brillante. A los costados y en segundo plano apreciamos a Robbo y Gorham con sus guitarras. Mientras me sirvo una segunda copa, veo en el folleto que el material fue tomado de la gira de Johnny the Fox en 1976 y de Bad Reputation en 1977. Las 17 canciones (al menos en la versión CD) están tomadas principalmente de ambos discos, con alguna presencia de canciones más antiguas como “Suicide”, “Sha La La” y el cierre con “The rocker”.

Antes del siguiente disco, Black Rose, de 1979, Robbo definitivamente se va de la banda tras un concierto en España durante una caótica gira. Por eso es que la Rosa Negra es el único álbum de Lizzy en que Gary Moore es un miembro estable, que además del guitarrismo aporta con coros que enlazan perfectamente con la voz de Phil.

Tal vez este cambio de dinámica es lo que genera un disco bastante variado estilísticamente, con un primer tema “Do anything you want to” con presencia de timbales y un sonido que por alguna razón me recuerda a la heroína del glam que fue Suzi Quatro. Luego sigue “Toughest Street in town”, donde los muchachos recuerdan sus duros orígenes callejeros y Moore se despacha un solo realmente memorable, mientras los coros tienen algo que ya hubieran querido para sí bandas oi! como Cocksparrer o los Cockney Rejects.  

“Waiting for an Alibi” es otra lumpen historia, en esta ocasión la de Valentino, un apostador compulsivo, y se beneficia de los mejores solos de guitarra que recuerde, incluso en un escalafón superior a los de “Wild One” y “Romeo and the lonely girl”. En “S&M” Phil declara sobre una estructura casi funk su amor a una prostituta en un motel barato. Después homenajea a su hija recién nacida en “Sarah”, y  acto seguido promete abandonar las drogas duras y el copete en “Got to give it up”. Por supuesto que no lo logró…Después viene un tema cuyas secuencias de acordes siempre me han parecido un poco clashianas: “ Get out of here”, a la que sucede la infaltable balada en “With love”, que da paso al grand finale: “Roisin Dubh (Black Rose) a rock legend”, con sus 7:06 de perfección folk rock.

La Rosa Negra llegó al número 2 del ranking británico…superado solamente por…ABBA. Emilio dice que es la segunda gran obra maestra de la banda, y que cuesta decidirse entre ella y Jailbreak.

Y tal vez hasta aquí llega la fase ascendente de Thin Lizzy. Moore se fue después de este disco, y fue reemplazado por una opción más que polémica: Scotty White, guitarrista de sesión y en vivo de…Pink Floyd…O sea, amo a Pink Floyd con Syd Barrett, pero en los 70 la banda ya era una divina mierda, y la opción de meter a Scotty en Lizzy nunca fue tan buena idea (mientras Moore hacía carrera solista y Robbo se incorporó brevemente a Motorhead para grabar el excelente Another perfect day).

Pero bueno: con White y todo, Lizzy seguía siendo Lizzy, y suministró dos albums que están lejos de los mayores momentos de mayor gloria pero también bastante lejos de ser discos derechamente malos. Me refiero a Chinatown (1980) y Renegade (1981). Ambos son discos muy irregulares, pero así y todo es puro Thin Lizzy, aunque se sabe que para la época del Renegado había una cierta confusión de temas con los que estaba haciendo Phil para un disco solista.     

Chinatown parte con “We Will be strong” (Seremos fuertes), una canción que denota cierto cansancio existencial, pero luego “Barrio chino” y “Sweetheart” suben el nivel, con un sonido que es propio de la banda pero en que se nota que ya hemos llegado a los 80. “Killer on the loose” es la más popular del disco, rememorando las andanzas de Jack el Destripador.

Renegade ha sido casi unánimemente considerado como el peor disco de la banda.  A mi me gusta bastante, desde el heavy metal de “Angel of Death” a la canción que da título al disco, pasando por la gran canción que es “Hollywood (Down on your luck)”, la bastante influenciada por ZZ Top “Leave this town”, “Fats”, la ya referida “Mexican blood”, que cuenta una trágica historia de amor, y el final bastante dramático de “It´s getting dangerous”. De hecho, me encanta esa última canción, y por algún tiempo creía que había sido la despedida de Thin Lizzy (como les he contado antes, escuché este álbum en 1986, y en ese momento no sabía que hubo un álbum más después del Renegado). No es un disco redondo, eso está claro. Pero me parece mejor que Chinatown y lo escucho bastante. Por ahí leí a alguien que criticaba que la canción “Renegade” se daba muchas vueltas sin llegar a ninguna parte. Pues bien: esa es la gracia de este manifiesto, según se dice inspirado por la visión que en un momento de la gira por Estados Unidos tuvo Phil, de un motorista que pasó al lado del bus en la carretera, y que tenia dos grandes parches en la espalda: Thin Lizzy y Motorhead. A mi juicio, cuando escucho hablar del muchacho que había renegado de todo y sólo era un rey en la carretera, Phil está hablando de sí mismo. La canción suena distinta al estilo usual de Lizzy, y me atrevería a decir que me recuerda a…Dire Straits. Pero cuando entran las guitarras es otra cosa: classic Lizzy, pero adaptado a la nueva década.  

Las cosas podrían haberse dejado hasta ahí. La banda ya estaba en decadencia, y las adicciones de Lynott y Gorham estaban en su punto más problemático. Echaron al bueno de Snowy White, y en ese punto ocurrió algo sorprendente: incorporaron a un nuevo segundo guitarrista (John Sykes, de Tygers of Pang Tang y posteriormente Whitesnake), además de un tecladista (Darren Wharton, que a los 18 años ya había colaborado en Chinatown), y la banda rejuveneció por última vez, suministrando el -ahora sí- álbum de despedida llamado Thunder and lighting (1983). Muchos lo han visto como un guiño a la nueva ola de heavy metal que reinaba en esos años, cuando se empezaron a desarrollar subgéneros como el thrash, el death y el black metal.  Un poco como lo que hizo Judas Priest con su Painkiller. Y claro: tanto Priest como Lizzy habían sido una gran inspiración para las bandas metaleras. Pero en el caso de Lizzy, yo creo que no son reducibles a etiqueta alguna más allá de la del rock and roll. Lo cual no quita que desde la portada (donde bajo un rayo que cae sobre una guitarra sobre un terreno pedregoso en que asoma un puño provisto de una típica muñequera metalera) hasta el tema homónimo, la estética del heavy metal esté muy presente en este álbum de despedida. Pero no solo eso. Una canción hermosa como “The sun goes down” es casi ambiental, mientras que “Baby please don´t go” es un himno al desamor, algo más rápido y metalero que las sufridas baladas que hacían en los 70.  

Y este sí que fue el final de la banda, aunque hubo una gira de despedida y un nuevo álbum doble en vivo, titulado sencillamente Life, con apariciones de casi todos los guitarristas anteriores y un repaso por el repertorio clásico de la banda además de muchos temas de los tres últimos discos.

Phil Lynott murió a inicios de 1986, y con él se agotó toda una época dorada del rock. El punk rock también estaba muriendo. Surgió la mierda del rock alternativo, no hubo más alternativas al capitalismo neoliberal, el bloque socialista se fue a la mierda, y acá estamos aún los que seguimos pensando con nostalgia en la revuelta de 1968 y toda su excelente banda sonora sin igual.

Es todo.

He dicho.


Post Scriptum:

1.- Además de estos 12 albums de estudio más dobles en vivo, siempre pueden acudir al doble CD editado en 2011 llamado Thin Lizzy at the BBC, que reúne 33 canciones que permiten reconstruir la trayectoria de la banda sin necesidad de acudir a todos los álbums.

2.- Pueden encontrar poleras, tazones, gorros y chapitas de Thin Lizzy exquisitamente diseñadas en La Jaula: Victor Manuel con Placer, Galpón 6, Local 70 B, Persa Biobío. También tienen poleras de Invunche, Millions of Dead Cops, Ornette Coleman, Albert Ayler, y un montón de cosas realmente trve. Además, justo en la esquina de Placer con VM venden unas excelentes micheladas a dos lucas, con cerveza Royal Guard.   

3.- A contar de "Vagabundos del mundo occidental" y hasta "Chinatown", 6 de las portadas de Thin Lizzy fueron confeccionadas por el artista visual irlandés Jim Fitzpatrick, famoso por la imagen más icónica del Che Guevara. Y acá tenemos otro vínculo black metal: Jim diseñó también la portada del Underground Resistance de Darkthrone (2013). Acá pueden ver (y conseguir) esas obras. 

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lunes, noviembre 11, 2024

TRISTE DERIVA POR LO QUE QUEDA DE LA CALLE SAN DIEGO 

 


Un día antes del último fin de semana largo fui a un seminario en la Casa Central de la Universidad de Chile, donde exponían exclusivamente mujeres que se desempeñan como abogadas defensoras de derechos humanos.

Siempre me ha impresionado, las pocas veces que he hecho ingreso a ese edificio, la tremenda soledad de sus pasillos y salas. Ni siquiera para el “acampe” por Palestina cambió tanto esa sensación de frialdad del espacio abierto, poblado casi exclusivamente por funcionarios y guardias.

Al terminar el evento, tras saludar algunas amigas salí sin ningún rumbo fijo.

Miré un rato los puestos de libros ubicados en la calle. Nada muy destacable, excepto la insistencia de los vendedores (extranjeros) en que te lleves algo. Lo cual en mi genera el efecto contrario: ganas de irme sin nada.

Luego caminé por San Diego hacia el sur. Recordaba cuanto me gustaba hacer derivas por ahí cuando llegué a Santiago, a fines de los 80. Encontraba libros marxistas y vinilos a muy bajo precio. Es curioso que ambos productos ahora se encuentran más oficialmente, y ya no son para nada baratos.  

Recordaba haber visto a mediados del 2019 en las pocas verdaderas librerías que quedan en la Galería san Diego algunos títulos interesantes (La escena contemporánea de Mariatégui, Una lectura política de El Capital de Harry Cleaver, y las actas de un seminario sobre Gramsci hecho por académicos pinochetistas en plena dictadura).

La librería en que tenían estos títulos o estaba cerrada o ya no existe más. Me quedó la duda.

En el segundo piso, ya sólo queda la Disco Beat, que don Simón “Tavo” Aliste atiende sólo entre 13 y 15 (o algo así: me lo encontré en el Metro hace poco y eso recuerdo que me dijo).  La otra disquería que quedaba casi al frente no existe hace rato, pero lo peor de todo es que ya no hay librerías con libros de verdad: sólo algunas especializadas en textos jurídicos de los más aburridos, y otras que venden facturas e impresos varios sin valor literario alguno.

Salgo a la calle, y veo el horrible Mall Chino al frente. No me dan ganas de ir a curiosear nada ahí.

Justo afuera de la galería San Diego hay una buena cantidad de libros siendo rematados a 3 mil pesos cada uno. Alcanzo a ver el libro sobre Manuel Gutiérrez, adolescente asesinado por disparos policiales durante las barricadas de agosto del 2011. Pienso llevarlo, pero no puedo.

Sigo caminando. Trato de ver las tiendas de instrumentos musicales. Pero no puedo. Algo me aleja, algo me repele.

Empiezo a sentir algo a lo que verdaderamente le tengo mucho miedo: el espacio por el cual se empieza a asomar la depresión. Trato de mantenerlo siempre lejos, pero sé que está ahí, a veces se acerca y….uno nunca se sabe a donde te podría conducir.

A punto de salir huyendo de ahí, detecto el Masticón: un bar/restaurant de esos que aún se parecen a como era esta calle en los 80. La pienso dos o tres veces, y al final hago ingreso. Pido un schop Heineken y un italiano “falso” (sin vienesa: acá claramente no ofrecen, como en otros lugares, la opción de ponerles, papas fritas, queso o champiñones para el usuario vegetariano). Tanto mejor.

Me pongo a leer las cartas de amor de Rosa Luxemburgo: ella está físicamente muerta hace más de 100 años, pero en sus cartas vive y siente y se expresa como pocos seres en este mundo.

El schop está aguado. El italiano, algo mojado y con palta de bolsa, no real. Pido la cuenta: ni siquiera es barato: sale casi 8 lucas en total, con propina.

Me decido: voy a ir a por el libro de Tania Tamayo sobre Manuel Gutiérrez. Debería tenerlo en mi biblioteca, porque de hecho colaboré un poco con la autora haciendo una lectura atenta a la terminología jurídico/judicial. Tamayo es seria, así que no quería incurrir en los errores usuales de sus colegas periodistas cuando escriben sobre cuestiones judiciales.

Al llegar a esos mesones, veo que un joven ya está colocándolos masivamente en una carretilla, porque son las 20 y todo empieza a cerrar. Le dijo que si tenía por ahí encima el libro “Todos somos Manuel Gutiérrez”. La respuesta: “Puede que sí, puede que no, pero ya cerramos”. Me parece una mierda, tengo las tres lucas en el bolsillo, pero por otro lado lo entiendo, y pienso que el destino no quiso que tuviera ese libro.

Para justificar al destino a posteriori, recuerdo que cuando compartí un panel con Tania Tamayo junto a Nancy Guzmán (otra escritora) de moderadora,  ambas me tiraron algo de mierda por haber dicho que a diferencia de la represión “selectiva” de la dictadura, la estrategia represiva de Piñera durante el estallido del 2019 había sido el uso de la escopeta antidisturbios como una forma de represión “aleatoria”: de cada disparo salían 12 perdigones que dirigidos a una masa de personas, podían impactar a cualquiera.

A esa afirmación le hicieron la siguiente crítica, ambas: “Julio, deberías saber que la represión nunca es aleatoria. Siempre se dirige en contra de los más marginados y desfavorecidos de esta sociedad”. OK. Creo que no entendieron lo que dije. ¿Tal vez me expliqué mal?

Ahora sí que ya me quiero ir a la casa.

Pero me detengo en la esquina, y saco una foto.

El paisaje que desde ahí se observa me lleva a inicios de 1987. Cuando vino el papa Juan Pablo II y los militantes de las Juventudes Comunistas íbamos casi todos los días a hacer mítines relámpago en el centro. El edificio de la esquina con Alameda tenía un gran cartel de la AFP PROVIDA (¡vaya nombre!). Mi Liceo (el A-67) quedaba en las Torres de Fleming, y mi familia estaba viviendo donde amigos en San Bernardo.

Cada día debía levantarme muy temprano para llegar a tiempo a clases, tomando dos micros repletas, pero tras tantos cambios de ciudad y establecimiento preferí quedarme ahí a terminar el Cuarto medio. Además de las reuniones de la jota (dos o tres por semana) teníamos reuniones de la Coordinadora de Organizaciones de Enseñanza Media (COEM), por lo general los lunes en el Campus Oriente de la Universidad Católica. Enjambres de pingüinos/as usábamos libremente las salas para ampliados, reuniones de comisiones, e incluso talleres prácticos de autodefensa, mientras las comisiones de propaganda pintaban lienzos en los patios.

Un día que fui solo a protestar en el centro logré arrancar de las garras policiales por escasos centímetros. Los pacos de esa época no tenían el equipamiento actual, pero eran especialistas en dar lumazos.

La violenta arremetida verde dejó varias personas detenidas en la primera cuadra de San Diego, las que eran ingresadas a palos a un bus estacionado frente al edificio.

En mi desesperación casi sin darme cuenta subí corriendo al estacionamiento del edificio, en el segundo piso. Los carabineros no me siguieron, así que libré. Me quedé escondido por más de un cuarto de hora, y me asomaba disimuladamente para ver qué pasaba:

Al interior del bus, jóvenes de ambos sexos eran puestos como alfombra por el piso. Los policías les pasaban caminando por encima, dando algunos furiosos saltos para causarles más daño, mientras los golpeaban con sus lumas. La gente gritaba de dolor, y yo me sentía bien por haberme salvado de esos malos tratos, y horriblemente por estar presenciando en directo los apremios que ellos estaban sufriendo y que si hubiera corrido un poco más lento estarían siendo aplicados también sobre mi cuerpo adolescente.


Esa esquina se ve casi igual que en esos tiempos. El recuerdo sigue ahí. La brutalidad y el miedo incrustados en el pavimento y en el edificio.    

Me sumerjo en la estación de Metro Universidad de Chile. Alcanzo un asiento en el tren subterráneo, y leo a Rosa, que le dice a su camarada Leo Jogiches en una carta fechada el 20 de marzo de 1893:


“Hoy me levanté temprano y volé hacia ti, pero noté que mis conjeturas nocturnas no eran nada más que un sueño. Así que, si no llegas el miércoles, iré temprano a Ginebra en tren. ¡Ya verás!”  

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miércoles, marzo 27, 2024

LA ÚLTIMA GRAN BANDA DE ROCK AND ROLL 

 


He estado escuchando como loco el álbum Black Rose (1978) de Thin Lizzy, al punto que mi hijo ya se aprendió de memoria dos temas: Toughest Street in Town, rebautizada según la ocasión  como “Brigid Street in town” o “Flaitest sreet in town”, y Waiting for an alibi.

Al principio no me gustaron tanto un par de temas: S&M (sobre su enamoramiento con una prostituta), Sarah (dedicada por Phil Lynott a su hija recién nacida), y Roisin Dubh (Black Rose) a rock legend. Pero a las finales, es un álbum perfecto, redondo, aunque nada se te queda más pegado por días y semanas que los dos temas favoritos que señalé en el párrafo anterior.

El primer tema, “Haz lo que quieras”, tiene un toque como de Suzi Quatro con Gary Glitter, así de glam, pero en versión hard rock: una maravilla, y de ahí enlaza de inmediato La calle más Brígida del pueblo, que tiene unos power chords que podrían haberlos hecho los Cockney Rejects, y de hecho hay todo un toque pub/oi! cuasi punk que lo hace adorable. Leí por ahí que Lynott apoyó totalmente el punk cuando surgió, pero que en la era punk de algún modo su banda se vio como algo anticuada: dinosaurios del rock, aunque dentro del linaje degenerado del rock and roll sostengo que Thin Lizzy debe haber sido la última verdadera gran banda, justo después del eclipse de T. Rex.

De hecho, el productor de Rosa Negra es el gran Tony Visconti, de la fama de T.Rex y Bowie, y se nota su toque mágico.


“Esperando una coartada” es pura poseía callejera típica de Phil, la que ha hecho que en allmusic lo definan como especie de Dylan/Springsteen cantando a la clase obrera en formato de rock pesado. Porque claramente la banda debe haber influenciado a gran parte del heavy metal de fines de los 70, sobre todo por esa twin guitar que es una influencia evidente en Iron Maiden. Las dos guitarras, incluyendo acá al luego muy famoso Gary Moore, se lucen y le dan un toque único. Por cierto: el solo de Moore en el segundo tema es una maravilla.

Al igual que Lemmy y Mötörhead, Phil y Lizzy pueden ser del gusto de punks y metalheads, porque lo que hacen finalmente es ni más ni menos que Maximum Rock and Roll.

Hace poco también leí que Phil y algunos miembros de Sex Pistols armaron una banda ad hoc, The Greedies, que lanzó un single navideño en 1979.


De todos modos, sólo conozco una pequeña parte de la amplia discografía de Thin Lizzy, que creo alcanza la cifra de 14 LPs (incluyendo dos dobles en vivo).   

Cuando tenía 15 años, en 1986, el profesor de música del Liceo, que además me enseñaba guitarra eléctrica, me prestaba harta música, y entremedio una vez me pasó el “Renegade”, de un par de años antes. Era el último álbum, que muchos consideran de lejos el peor. A mi me gusta todavía, con canciones como la que le da título, y “Mexican Blood”. No era el mejor momento de Lizzy, y Phil murió poco después, pero sigue siendo superior a casi todo el “rock” posterior y actual. Según un querido y viejo amigo, en este album Lizzy suena como un Dire Straits más lumpenproletario

Y por ahí por el 2014 tuve que ir varias veces por trabajo a unas audiencias judiciales en la localidad costera de Pichilemu, aún bastante averiada por el maremoto del 2010. La copada agenda del tribunal nos dejaba algunos días libres entremedio, y así casi de causalidad llegué a ver varios conciertos de Lizzy en You Tube matando el tiempo en la habitación del hostal mientras juntaba ánimo para ir pasear por la playa. Me encantaron, y después en el Persa Biobío me compré el CD del Jailbreak (no confundir con la obra de AC/DC del mismo nombre, también excelente), de 1976, producido por John Alcock, y que justo ayer cumplió 48 años.



Para muchos esa es la obra cumbre de la banda. No podría confirmarlo porque me falta escuchar como 10 discos más por lo bajo. Pero sí: es un disco maravilloso, de principio a fin. Todo el mundo debería tener una copia en su casa para homenajear al mulato irlandés. Desde “Jailbreak” hasta “Emerald” el álbum te pasea por el mundo de Lynott, hijo del fugaz encuentro de su madre irlandesa con un marinero de Martinica, anunciando un estallido del que no todos saldrán vivos, paseando entremedio por el oscuro romanticismo de “Romeo y la chica solitaria”, y en el tema seis con lo que Greil Marcus dice que es por definición un verdadero hit veraniego: “The boys are back intown”, o "los chicos están de vuelta en el pueblo",que creo hasta hoy es su canción más exitosa y conocida.   

Greil comenta:

Noten la letra cuando dice “El verano no está muy lejos ahora que los cabros están aquí de vuelta”, con la sorprendente sugestión de que con su mera presencia Los Cabros causan un cambio de estaciones!

Y concluye:

Esta canción no es el producto de la realidad sino que del mito del rock; por medio de encantamientos busca restaurar el lenguaje del rock a la simple realidad capturada sin esfuerzo por los Beach Boys en “I get around”.

That´s right, Greil, y en homenaje a todo esto, voy a abrir una lata de cerveza (siendo justo las 12 en punto; soy un hombre de principios, y (casi) nunca bebo alcohol antes de mediodía).

ADDENDUM I:

Un amigo me hizo ver que en este entrada faltaba un dato importante: esas dos portadas de TL (junto a varias más) las hizo el artista irlandés Jim Fitzpatrick, famoso por su retrato del Che Guevara, y que hizo la portada del glorioso Underground Resistance de los gloriosos Darkthrone.



ADDENDUM II:

Buenos días. Ya mataron a Jesus Christ, pero entiendo que está arreglado que mañana va a resucitar en gran estilo.

Yo tampoco.

Me di cuenta de un par de errores que cometí en mi escrito sobre el poeta Philip Lynott y su vehículo expresivo, la banda de rock pesado Thin Lizzy.

Podría ir y arreglarlos, pero no soy un nazi/estalinista en el uso de la publicidad de masas.

Prefiero ir y asumir mis errores derechamente, y ver si de ello algo se aprende.

"Rosa Negra (una leyenda del rock" no es de 1978 (cuando yo iba en tercero básico) sino de 1979 (cuarto básico, Colegio San Antonio de La Serena. dado que en nuestra insignia decía C.S.A., cuando niños/as de colegios rivales nos veían aparecer espetaban: "¡Ahí vienen los Calzones Sucios Amarillos!". Gran anécdota de infancia en La Serena).

El otro error CRASSo en que incurrí es que dije de memoria que "Renegado" era el último álbum de Thin Lizzy. la verdad es que no: es de 1981, y en 1983 salió el doble en vivo Life y su verdadero último album de estudio: "Rayo y trueno".

Otra cosa interesante es que si bien la crítica no ha tratado muy bien al "Life", y yo tendría que analizarlo antes de opinar (por lo general no me gusta hablar de cosas que no sé), conseguí hace poquito el otro album doble en vivo (me gusta ese formato algo excesivo: Kiss Alive, Gong Live etc., Double Live Gonzo!, etc.) , "Live and Dangerous", de 1978.

Muy buen documento del rock, con una banda legendaria en un buen momento, producción de Toni Visconti, último album con el guitarra Brian Robertson, esta selección de 17 temas vendió 600.000 copias en Inglaterra y llegó al número 2 de los rankings, sólo superado por la banda sonora de "Grease" (o Grease brillantina como recuerdo que le decían por acá).  

Pero así y todo, el disco suena algo cansado, y se dice que es solo 75% en vivo, y la cuarta parte restante es trabajo de retoque en estudio. Nada mal en todo caso. Como se puede apreciar en esta presentación en Australia de "Waiting for an Alibi", hacia 1978 la banda tenía un seguimiento MASIVO: Qué curioso que luego Los Cabros de Thin Lizzy hayan sido casi olvidados.

Y esta versión creo que la mejor representación visual del glamour de esta banda, interpretando, sí, una vez mas, Waiting for an Alibi, en el show de Kenny Everett (1979)..


(Mis paseos por la ciudad me hacen concluir que, dejando de lado lo que pueda o no aparecer en los galpones y pavimentos del Persa Bío Bío, los discos más variados y baratos se encuentran en las diversos locales que aún subsisten de la disquería Punto Musical: donde este CD me costó 7500. A un amigo le costó 9.900, misma edición, en la disquería Billboard. Con los 2.400 de diferencia te puedes comprar al menos dos latones de cerveza Quilmes, Cusqueña o Budweiser. Coors: no. muy aguada y con mal sabor)). 



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lunes, junio 26, 2023

"No teníamos un concepto musical ¿Qué mierda es eso?". En memoria de Peter Brötzmann (6/3/1941-22/6/2023) 

Murió Peter Brötzmann, la "ametralladora" (como le puso Don Cherry tras conocerlo en Alemania a fines de los 60). No tengo mucho que decir en este momento, salvo que tal como ante la noticia de la muerte de Cecil Taylor, Ornette Coleman o Pharoah Sanders siento más dicha que pena: gratitud por haber conocido y apreciado la inmortal obra de este tipo de seres humanos. Más todavía porque sé que murió durante el sueño, en calma, tras haber tenido un colapso en su estado de salud pocas semanas antes. Nunca dejó de soplar su saxo hasta ese momento.

La revista The Wire liberó una larga y excelente entrevista con David Keenan en dos partes. Se incluye una guía de Daniel Spicer para navegar por sus principales discos, además de algunos de sus trabajos visuales. 

La Tercera y Pitchfork hicieron notas que cierran con un dato de mierda: Bill Clinton sería un gran fanático (o "fans" como dicen todos ahora) de Brötz. Ya ¿Y qué? Valdría la pena robarle todos los discos y reemplazárselos por material de Kenny G. y los hermanos Marsalis.

En Rocakaxis me encontré con una entrevista con motivo de su segunda visita a Chile en 2018, donde ante la pregunta algo estereotipada sobre los "conceptos musicales" tras el trabajo del cuarteto Last Exit (con Shannon Jackson en batería, Laswell en bajo y Sharrock en guitarra) responde contando cómo se dio ese encuentro, y que "funcionó y resultó entretenido", rematando con: "No teníamos un concepto musical. ¿Qué mierda es eso?".

Recomiendo acudir a su bandcamp, con 29 de sus alrededor de 50 albums. 

Dentro de ellos me topé con un poderoso dúo de 1987 con el gran Sonny Sharrock, del cual no tenía noticia. 

Me despido para proseguir con los homenajes caseros. Como bien dijo Byron Coley, nunca más veremos a alguien así. Sigue soplando desde el cielo del jazz libre, querido Peter. Nunca te olvidaremos. 

Los dejo con la parte final de un texto que ya había subido acá hace tiempo, con ocasión de su primer concierto en Chile (2016, Sala Master) y al que luego le había hecho un agregado tras el segundo y último concierto (2018, Matucana 100):

Free Europa 68: seamos realistas, dejemos la cagá.

El free jazz europeo pisa un terreno que estuvo en sus inicios asociado a la improvisación y experimentación “blancas”, es decir, a la música proveniente de esa tradición continental y que hoy en día suele quedar encerrada en las instituciones musicales separadas. El jazz “negro” americano, de origen ciertamente más proletario, operó como una fuerte influencia que abrió el camino a nuevos sonidos y enfoques y a la radicalización de todas las opciones por parte de los espíritus más inquietos de Europa (y del resto del mundo, obviamente).

Para Steve Lake, escribiendo en The Wire a mediados de los 80, es recién en 1968 con “Machine Gun”, del Peter Brötzmann Octet, que en rigor se da a luz el primer ejemplar auténtico de jazz “europeo”.

En Machine Gun lo que tenemos es un ataque frontal de saxofones (3: Brotz más Evan Parker y Willem Breuker) que atacan con el apoyo de dos contrabajos (uno de ellos es el maestro Peter Kowald, Q.E.P.D.), dos baterías (¿quien conoce a un tal Hann Bennink?) y un piano (Van Hove), que alcanza niveles de agresividad y alegría que no se conocían, o no al menos en estas tremendas dosis y entremezclados tan acertadamente.

Brötzmann había estado antes asociado al movimiento Fluxus y a otras formas de expresión estética (el fluxus de esos años había llegado a dictaminar: “Músicos: rompan sus instrumentos”), y cuando armó el octeto con el que grabó este deslumbrante álbum editado por FMP (un poco antes había editado su primer álbum, tiernamente titulado “For Adolphe Sax”, en homenaje al inventor de tan bello, vulgar y moderno instrumento) reconocía la influencia más “rockera” (o “eléctrica”) de gente como Jimi Hendrix …No sé si es por eso que este álbum podría calificar hasta como una especie rara de heavy metal o hardcore punk (géneros a los que podríamos decir que anticipa en unos buenos años pero que, a la vez, derrota en su propio terreno, al sobrepasarlos fuertemente en intensidad sin necesidad de enchufar nada). Por lo mismo, es una de las piezas más obvias de “introducción al free jazz” que puede gozar de aceptación entre las huestes melenudas y/o rapadas que por lo general bostezan frente al swing más tradicional (dicho carácter “introductorio” esencial lo tienen también otros álbums comunales de la época, como el “Free Jazz” de Ornette, “Ascension” y “Om” de Coltrane, y el álbum colectivo “NY Eye and ear control” impulsado por el comandante Albert Ayler).

Este artefacto, que fue grabado en pleno Mayo del 68 en Bremen, recientemente ha sido objeto de reedición como “Complete Sessions” gracias a Atavistic: un artefacto que debería ser puesto al alcance de todos los niños y niñas inteligentes, brutos y sensibles de este planeta Tierra.

¿Y tiene esto algo que ver con el Free Jazz Punk Rock? No lo tengo muy claro en términos racionales todavía, pero creo que su energía, radicalidad y abundante humor (entre medio de los bombardeos aéreos y devastación general hay tiempo para líneas melódicas absurdas, bromas dadaístas y hasta un par de ritmos fiesteros) lo constituyen en un álbum maestro que no ha cesado ni cesará de inspirar a varias generaciones de ruidistas subversivos. Eso, además de Herr Brötz himself: muy a su manera, un viejo punk que, luego de Machine Gun, ha mantenido en alto el nivel de brutalidad, lo que le ha valido que muchos críticos y fascistas estéticos lo descalifiquen por su supuesta monotonía/economía de recursos, y que sigue activo hasta el día de hoy.”

- “Hasta el día de hoy”. Eso dijimos hace casi una década. Jamás imaginamos que algunos años después tendríamos a un Brötz de ya más de 70 años soplando como sopla, en Chile.

Fui a verlo con una hermosa acompañante: la chica más linda de toda la sala y varias cuadras a la redonda si es que no de toda la comuna y ciudad. Al llegar, puntuales y con un par de latitas de cerveza helada en el bolso, ya estaba llena la Sala Master, pero nos ubicamos bien en unas sillas altas que tenían a un costado. Cuando la cosa estaba por empezar, me di cuenta de que ni siquiera me había preocupado de la existencia de la banda Full Blast: Marino Pliakas en un bajo con hartos efectos, y Michael Wertmüller sentado a la batería. Después de haber presenciado todo el set, concluí que en rigor ese puro dúo en sí ya valía la pena en extremo, y sobre su “Wall of noise” el saxo de Brötz venía a ser como la guinda de la torta.   

Era raro ver a Brötz tan viejito y encorvado, con una semijoroba, soplando como en los viejos tiempos, aunque tal vez un poquito menos fiero que en 1968 o 1986: el tiempo pasa, y como dice Pavel Oyarzún desde Punta Arenas, en su brillante novela “Barragán” (LOM, 2009) a través de un personaje: “El peor enemigo de un anarquista no es la iglesia ni el Estado, sino el mero paso del puto tiempo”.

No tengo muchas palabras para describir lo que sentimos todos el martes a las 20:30. Por momentos la parte electrónica de la banda (o más bien, el bajo con efectos más la batería) me hacía pensar no en Last Exit, sino que en Fushitsusha (Brötz ha grabado algunos discos con Keiji Haino por cierto) y en un par de ocasiones mi acompañante que goza de un excelente oído hasta mencionó a Corrupted. Con razón uno de los albums de Full Blast, en Atavistic, se llama Black Hole: agujero negro. En esos momentos la música efectivamente parecía un magma que salía desde el centro de la tierra volcánicamente para ir a parar a quien sabe qué punto del espacio exterior, o más bien difuminarse en todas direcciones del mismo.

A Brötzmann lo vi usar el saxo tenor, y dos instrumentos rectos, uno de los cuales imagino era el famoso tarogato o flauta turca. Gracias al cambio de instrumentos había harta variedad sonora que hacía imposible hablar de monotonía, y además los otros dos instrumentistas juntos o por separado tuvieron harto espacio para expresarse. Pero lo que más me sorprendió fue que cuando agarró el tenor y se quedó solito un buen rato, nos entregó el momento de más profundo lirismo en lo que vendría a ser como una especie de balada brotzmanniana. Emocionante. Creo que hasta lagrimeé un poco.

A diferencia de lo que leí por ahí, no usó cuatro tipos de saxofón ("desde el alto y el tenor hasta el barítono y el bajo-, y también utilizando el clarinete y el torogato"): sería bueno que los que escriben comentarios vayan efectivamente a los conciertos y presten atención.

Otro órgano dijo que hubo “1:15 minutos de puro free jazz”. No estoy de acuerdo: esto es otra cosa: una música nueva que desafía probablemente toda definición, y ciertamente que cuando estaban el bajista y el baterista solos o a dúo, no sonaba a "jazz" sino que a música libre nomás...

Pero eso no es tan importante, son sólo etiquetas que uno usa por comodidad y la idea nunca ha sido que ellas determinen ni aplasten el contenido que hay detrás. 

Insisto: no tengo mucho más que decir, excepto que quizás es el mejor concierto que he visto en mi vida hasta ahora.

- Al terminar, algunos entusiastas corrieron a pedir autógrafos a Brötzmann. El viejo firmó algunos pero se veía bien mosqueado con todo eso, y sólo quería guardar sus instrumentos e irse. Así y todo le alcanzó a firmar a mi acompañante el CD del Machine Gun, y Marino Pliakas dedicó el CD de Full Blast en Colonia el 2006 a nuestro hijo, cosa que al otro día llenó de alegría al pequeño melómano.

Como vi que Brötz estaba ya bastante molesto con el acoso, fui a decirle  a Pliakas que por favor le dijera luego lo siguiente: que había alguien que quería darle las gracias por haber mantenido viva la llama de Ayler, y haber acercado su música  a tanta gente. Este brillante bajista (que por lo que ahora sé ha colaborado con varias formaciones del enjambre del ruido libre y desprejuiciado) era bastante simpático. Sonrió y me dijo: “OK, pero ¡mejor anda y dile eso tú mismo! Le va a gustar”. Ante mi reticencia insistió: “It´s OK!”. Entonces fui, pero apenas le empecé a tratar de decir algo saltó una de las mujeres de la organización y me repelió: “Déjenlo tranquilo, está cansado”.

Luego le comenté a mi acompañante que igual entendía perfectamente el cansancio del viejo prócer, a lo que ella replicó: “Si está tan viejo y mañoso mejor que no salga de gira!”. Ja ja. Le encontré algo de razón considerando lo empelotado que se veía el viejo por momentos, pero tras meditarlo un segundo le contesté que tiene todo el derecho de hacerlo, porque a estas alturas ¡Brötzmann es patrimonio de la Humanidad!

POST-SCRIPTUM 2020:

Brötzmann con sus Full Blast vinieron una segunda vez a Chile. No recuerdo el año…creo que fines del 2018.  En Santiago el concierto fue en Matucana 100. En esta ocasión hubo teloneros: los Fuerza Labor, con Edén Carrasco en vientos, Felipe Araya en percusión, y un bajista cuyo nombre he olvidado. Llegamos algo tarde con mi hermosa acompañante porque hubo colapso del transporte público (otra anticipación del 18 de octubre). El concierto se pudo apreciar incluso mejor que el otro. Poco pero entusiasta público (a algunos me los topé días después viendo a Varukers en el Arena Recoleta). 

Esta vez sí pudimos saludar a Peter, que estaba feliz. Le mencioné que gracias a él había descubierto la obra de Ayler, y me mencionó que él había escrito unas notas sobre Albert en el folleto del disco “Die Like a Dog” (subtitulado “fragmentos de la música, vida y muerte de Albert Ayler, junto a Hamid Drake, Toshinoro Kondo y William Parker, Free Music Production CD 64, Berlin, 1994). Le dije que lo tenía, y que pensaba traducirlo alguna vez. Aún no lo he hecho. Ya lo haré.



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domingo, septiembre 25, 2022

Pharoah Sanders (RIP)//Pionera, "Bolsa de piedras" (2022) 

En primer lugar, quería informar que ayer murió uno de los grandes maestros musicales que quedaban, el saxofonista Pharoah Sanders, que inició su trayectoria en la era de la revolución del Free Jazz, tocando junto a otros maestros que ya no están como Sun Ra, Coltrane, Albert Ayler, Don Cherry y varios otros.

Requeriría más tiempo y espacio hablar de Pharoah como es debido. Ayer le mencioné su muerte a un par de punk rockers que no tenían idea de quien era. En fin: el espectáculo necesita mantener separados los nichos del punk con los del jazz, así como la anarquía del comunismo. Por de pronto los dejaré con un artefacto que compila sus primeras grabaciones, de 1963 a 1964:


"In the beginning". Se trataba de 4 CDs que reúnen 45 tracks, incluyendo entrevistas a Pharoah y a Sun Ra (que fue quien le puso el nombre de Faraón).


Su último álbum "Promises" fue editado el año pasado, junto a Floating Points y la orquesta London Symphony. Bien diferente a la furia chisporroteante del tenor con la que se hizo famoso, estos nueve movimientos meditativos quedarán para siempre como una hermosa despedida. 

Entremedio de ambos puntos, no quiero dejar de destacar una de las piezas que más me han impresionado de toda la trayectoria del Faraón: su interpretación de Venus/Alto y Bajo Egipto, junto a Albert Ayler a fines de los sesenta, en un concierto junto a la Sun Ra Arkestra a beneficio de los Panteras Negras. Duelos de tenor que se elevan directamente al cielo del sonido, donde nos estarán esperando a todos quienes los hemos amado profundamente en vida. 23 minutos de puro placer auditivo. 

Y bueno: hecho ya el homenaje a Sanders, los dejo con el reviú detallado del album debut de Pionera, "Bolsa de piedras", banda hispana en que el viejo amigo Katafú se desempeña en las seis cuerdas además de las cuerdas vocales, grabada por el viejo amigo Gomberoff en su Estudio Hukot. Por cierto, veremos a ambos dos viejos amigos en Chile próximamente tocando con Familea Miranda. Están avisados! 


PIONERA, Bolsa de piedras (2022).

Rock se podría traducir por roca pero también por piedra. Una “bolsa de piedras” es una idea poderosa, una imagen de multiplicidad y dureza potenciada por la agrupación forzada dentro del espacio de un envase que convierte un puñado de estas armas naturales que son las piedras en un artefacto de gran impacto y dañosidad.

De hecho, alguna vez escuché a mi padre contar que durante alguna parte de su infancia que vivió en la zona norte de Santiago de Chile, donde no era inusual ver a parroquianos desafiándose a pelear con bolsas de piedras. El primero que le daba al otro un bolsazo en la cabeza ganaba, y había al menos un TEC garantizado en la persona del perdedor. 

En el caso de Pionera, la bolsa que ofrecen es una colección de afiladas y densas piezas de rock pesado inteligente. Lo cual no es una contradicción en sí misma: si bien el hard rock siempre tuvo una veta de autos/chicas/glamour, también desde el inicio del sonido de las catacumbas hubo intérpretes que reflexionaban sobre profundos temas de la existencia humana en el planeta Tierra desde los excitantes sonidos del blues electrificado, como por ejemplo los Blue Öyster Cult, que eran etiquetados como Heavy Metal para sujetos pensantes.

Pionera califica más como banda post-hardcore que como alguna forma actual de heavy metal. Pero es innegable que su sello propio es la pesadez zeppelinesca del sonido con que interpretan sus composiciones que en varias partes me recuerdan lo que en la década de los noventa estaban haciendo bandas como Jawbox y varias más desde el catálogo de Dischord records, por decir algo.

Bolsa de piedras: lo contrario de la caja de bombones góticos que según Mark Fisher era el álbum Pornography de The Cure. Acá no se trata de una colección de chocolatitos sino que de una excelente selección de camotazos, con el tipo de guijarros que resultan perfectos para poner en una resortera y hacerlos impactar contra un carro policial. Si han escuchado en directo ese sonido, se podrán imaginar el tipo de canciones de las que estoy hablando.

El riffage muscular con que se entrelazan los temas es efectivo y de alta precisión, por sobre él las guitarras y las voces van entregando historias llenas de frases que se agarran al vuelo “Soy un lienzo en blanco, una rueda en el presente” nos dicen en “Desde el accidente” (¿una alusión al tema de Melvins de similar nombre?), donde hablan de “volver a nacer en una vida que no es mía”. O sea, también aquí podemos detectar la crítica de la alienación y el extrañamiento como experiencia total y común en la era de la dominación real del capital.

La canción Pionera, que coincide con el nombre de este combo, suena increíblemente pesada pero a la vez fresca, y funciona casi como un homenaje a Led Zeppelin. Es la batería la que cumple acá una función de apisonadora bonhamiana por sobre la cual la banda despliega el resto de sus talentos. Desde los viejos tiempos de mi primera juventud, en que desde mi pieza en el tercer piso de la vivienda familiar azotaba los parlantes con los IV primeros volúmenes y “Houses of the Holy”, que no escuchaba algo así de animoso, a diferencia del cúmulo de bandas que trataron de repetir la fórmula de Zeppelin y fracasó miserablemente en el intento (aunque algunos ganando harto dinero en el proceso).

En “Cierto Bierzo” exploran un tiempo más rápido, que recuerda algunos momentos de Familea Miranda antes de su autoexilio español.

A lo largo del disco las voces aparecen repartidas entre los tres integrantes de la banda: Rubén Martínez (bajo), Rodrigo Rozas (guitarra) y Héctor Bardisa (batería). Reconozco bien la voz de Rozas, por hacerlo escuchado antes en sus “bandas chilenas” (Supersordo -donde cantó, o más bien gritó, pero muy poco-, Niño Símbolo, Agencia Chile del Espacio y Familea Miranda). Su reconocible tono y estilo me siguen recordando por alguna razón a grandes vocalistas chilenos como Pancho Sazo de Congreso, y de algún modo es posible oír a través suyo un rastro del folclor que escuchábamos antiguamente en Chile todos los rockeros de nuestra generación, antes de que ver a Ozzy en la tele tocando en el US Festival 83 nos hiciera olvidar toda esa formación previa.

Mención especial para el excelente sonido de esta grabación que será editada en vinilo. Las canciones fueran grabadas y mezcladas por Milo Gomberoff en el estudio Hukot, en Barcelona.

En “Cachorrito” el trabajo de las voces me recuerda a algunos experimentos del tropicalista Caetano Veloso en Araca Azul (1973), o incluso en el tema Doideca, del álbum Livro (1998). Pero tal vez el tema en que más se luce el sonido de toda esta obra es Droga Mosquito, con una potente voz que nos cuenta bizarra historia mientras la banda alcanza en un momento el nirvana del ruido más intenso, el que sorpresivamente es embellecido por un teclado que nos saca del noise puro, para luego de un par de silencios casi absolutos (“el silencio no existe” decía John Cage) sumergirse de nuevo en el sol negro del “horrible noise”, y rematar con su enigmático coro de “¡Necesito hablarlo!”. En este tema y en otros la voz me recuerda algo del escaso metal español de los ochenta que se alcanzaba a escuchar desde Chile, o sea, Evo, Obús y Barón Rojo.

¿Melvins y Barón Rojo se encuentran con Caetano -que por cierto estuvo exiliado en UK- asaltando el bar en el funeral de John Bonham y se agarran a combos y peñascazos? Algo así podría decir para terminar dando una imagen sintética aunque algo arbitraria de este disco. Pero no me tomen muy en serio en eso. Sí deberían tomar en serio en cambio la recomendación de conseguirlo y escucharlo atentamente, pues es un material de alta precisión y entrega, que llega justo para hacer algo más interesante vivir en estos tiempos de pandemia y contrarrevolución global.

Pionera: High voltage rock´n´roll para seres pensantes y deseantes.


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