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domingo, agosto 04, 2024

Solo la muerte es real: sobre la primera ola del Black Metal (1981-1987) 

 

“SÓLO LA MUERTE ES REAL”: LA PRIMERA OLA DEL BLACK METAL, DE VENOM A CELTIC FROST (1981/1987). Parte 1 (Work In Progress)



“Pensábamos que, a través de esta música y de hacernos más extremos, podíamos volvernos más puros” (Martin Eric Ain, bajista de Hellhammer/Celtic Frost).

Finalmente me atrevo a intentar poner por escrito algo de las profundas investigaciones que he estado realizando en torno al objeto del “metal oscuro”, o si prefieren, “black metal”, partiendo por lo que se ha llegado a entender como su “primera ola”, a inicios de los ochenta.

Si pongo “black metal” entre comillas para hablar de su primera ola, es porque hasta ahora tiendo a pensar que el Black Metal propiamente tal, consciente de sí mismo como un estilo definido y separado de otras variedades de metal extremo, es más bien propio de la llamada “segunda ola”, de fines de los 80/inicios de los 90, que hacia 1993/4 se hizo mundialmente conocida por una seguidilla de actos violentos ocurridos en Escandinavia.

En todo caso, aclaro de entrada que no tengo el nivel de conocimiento y experiencia necesaria en materia de metal (entendido a la vez como música y cultura) como para ser tan tajante en esa afirmación, y tengo presente que distintos exponentes del metal contemporáneo como el famoso Fenriz de los noruegos Darkthrone hablan derechamente de un Black Metal de los 80, organizando incluso compilados y exposiciones que así lo demostrarían.

Hecha esa advertencia, insistiré en que a mi juicio en los 80 estábamos aún frente a un proto o ur Black Metal: un conjunto de bandas que de manera pionera que trabajaron en formas estéticas que ayudaron a definir el estilo que tomaría una forma ya nítida un poco después, más específicamente a inicios de los 90, afirmando un retorno a los valores más oscuros, malignos y verdaderos  -“true”, o “trve”, es un concepto central en la cultura y jerga del BM hasta el día de hoy- de las bandas que los habían precedido, en gran medida como respuesta a la mercantilización del death metal.

Si me excusan lo arbitrario de la analogía, creo que en cierta forma el surgimiento del BM como corriente cultural/musical (anti-ética y anti-estética) es similar a lo que ocurrió en los 60 con el free jazz, que a la vez que abrazaba una estética de vanguardia que lo emparentaba con formas experimentales de música contemporánea “docta”, rescataba del pasado más profundo las raíces africanas del primer jazz, surgido caóticamente en las bandas ambulantes polirítmicas y multifónicas de los negros más pobres de Nueva Orleans (los de piel menos oscura conformaban una afrancesada pequeño burguesía que tocaba en orquestas de tipo europeo). De manera equivalente, a la vez que se reaccionaba contra la aceptación comercial del estilo (jazz o metal), hurgando en el pasado las raíces más profundas y “true”, se proyectaba el estilo original hacia territorios inexplorados para los que no todos estaban preparados.

No resulta casual que tanto el jazz libre de Albert Ayler como el estilo BM en sus variedades más “paganas” hayan sido calificados como “revoluciones conservadoras” (para el caso de Ayler y el free jazz, ver “Conservative revolution’” de W.A. Baldwin en el Jazz Monthly de septiembre de 1967; para el caso del BM, ver “El potencial revolucionario-conservador del Black Metal” de Olena Semenyaka: nada menos que la jefa o más bien vocera del movimiento en torno al neo-nazi Batallón Azov de Ucrania).

Tampoco me parece un detalle el que en ambos casos la búsqueda de la pureza estética haya llevado a formas fascistizantes de negación del otro: por un lado el “racismo inverso” que innegablemente alimentaba las prácticas y la veta más política del free jazz, con varios de sus participantes hostilizando a los músicos blancos (hay varias anécdotas en los libros de Koloda y Wilmer sobre el tema) y acercándose a variedades de “black power” asociadas a grupos tan poco anarco-comunistas como la Nación del Islam, con lo cual coronaban filosóficamente su pretensión de expurgar de su música todos los rastros de la influencia blanca/europea/occidental.

Dos o tres décadas después, encontramos una especie de reflejo de lo anterior en la pretensión racista nórdica de personajes como Varg Vikernes (Burzum) de hacer del BM una expresión musical “blanca”, sin rastro alguno del blues afroamericano que había estado en el origen de todo el rock and roll y especialmente del más pesado (del blues amplificado de Hendrix y Cream en los 60, al pub, glam, punk, hardcore, oi! y la mayoría de las variedades de rock que conocemos). Black power vs. white power, en una rivalidad o inversión complementaria, similar a la que existe entre sionismo y antisemitismo (“Para ser sionista hay que ser un poco antisemita”, decían). Pero me estoy dispersando demasiado, así que regresemos al objeto de este escrito: el “metal negro”.  

En la literatura especializada el rol de pioneros suele ser adjudicado a los ingleses Venom (en rigor, una banda híbrida de fines de los 70, de la que disfrutaban por igual punks, metaleros, skins, pues le cantaban a todo tipo de juventud descarriada), agregando por lo general al proyecto sueco Bathory (el proyecto personal del sueco Quorton,  literalmente un sueco adolescente hijo de su papá productor musical, que gracias a su inestimable ayuda lanzó su histórico debut en 1984), los suizos de Hellhammer (formados en 1982, que mutaron o más bien se auto-sustituyeron por Celtic Frost en 1984), los trabajos iniciales de los alemanes Sodom, y algunos expertos con pergaminos oscuros incluso agregan incluso al primer Slayer (opción con que no estoy tan de acuerdo porque ahí tendríamos que agregar tal vez a Possessed y Exodus, y ya no estaríamos en los territorios específicos del black metal sino más bien en un cruce con el thrash y el death metal).

Bandas que quedan como a medio camino entre este proto Black Metal y el Black Metal propiamente tal serían los noruegos de Mayhem (formados en 1984), los brasileros de Sarcófago, y los suizos de Samael (de 1987, primeros demos al año siguiente y álbum debut Worship him en 1991). De hecho, y un poco en contra de lo que dije hace unos pocos párrafos, la existencia de estas bandas demuestra que en efecto ya existía un BM autoconsciente antes de 1990, el ur-black metal ya constituyéndose como una forma subcultural autónoma.

Es sabido que el “satanismo” de Venom en “In league wih Satan” o su primer álbum Welcome to hell era más pelusón que serio, una imagen más que una filosofía, que una a década después los noruegos escogieron conscientemente tomar en serio para diferenciarse de las versiones más light o meramente decorativas de satanismo que abundaban en el heavy metal en general, y por eso se podría decir que en ese momento pasaron a la acción.

De hecho, si bien está claro que la etiqueta “Black Metal” fue inventada por Venom cuando le dio ese título a su segundo álbum, lanzado en noviembre de 1982, lo cierto es que como ellos mismos dijeron a la prensa musical el título era un chiste, lo primero que se les ocurrió para responder la pregunta acerca de qué clase de música tocaban: “No significaba nada, pero llamó mucho la atención. Ese fue el verdadero punto de inflexión”.  

Re-escuchando este álbum cuatro décadas después, concluyo que musicalmente están más cerca de Mötörhead que del BM de los noventa, con letras entre lumpenescas y fantásticas propias de la llamada New Wave of British Heavy Metal, y que es la imagen satánica de portada más el título lo que le da su carácter pionero del estilo o subgénero. La canción Black Metal es un elogio de la potencia y rebeldía del sonido: “Negra es la noche, peleamos por el metal la potencia de los amplificadores esta lista para explotar”.

“Satán grabó la primera nota, tocamos la campana del caos y el infierno, metal para maníacos puros”, y en el coro se invita a “rendir su alma a los dioses, rock and roll” (algunos traducen “dioses del rock and roll”).

La canción “To hell and back” profundiza la imaginería diabólica, con el relato de un anti héroe que ha va al infierno y regresa, “besando a la reina satánica, viajando a la velocidad de la luz para ver cosas que nadie más ha visto”, y nos invita a viajar con él a esa última morada. Excelente rock and roll en todo caso. Y pegajoso.

El caso de Hellhammer (martillo del infierno) es digno de destacar porque por primera vez creo que la estética satánica/ocultista juega un rol más profundo en su arsenal de demos, portadas, canciones, letras y vestimenta. No en vano varios de los pioneros noruegos tomaron de los suizos inspiración para sus nombres (en Mayhem, de Hellhammer a Euronymous), y el demo Satanic Rites constituye a mi juicio el verdadero modelo para todo lo que vino después.

La banda se forma en 1982 bajo el nombre inicial de Hammerhead (cabeza de martillo: un nombre no-satánico), con Tom Warrior (guitarra) y Steve Warrior (bajo), unos chicos suizos de pueblo, provenientes de la disuelta banda Grave Hill. Entre 1983 produjeron tres demos y un EP, nunca tocaron en vivo, y tras la masacradora crítica que recibió su única producción oficial -el EP Apocalyptic Raids de 1984, en Noise records- se disolvieron, para reconfigurarse de inmediato como un nuevo proyecto de Tom y Martin Ain (el reemplazo final de Steve en bajo) con la banda Celtic Frost, que a partir de 1984 tuvo una meteórica carrera que terminó de forma bastante polémica y desastrosa.

Profundizando la tradición iniciada por sus ídolos Venom, los integrantes de la banda Hellhammer usaban atractivos seudónimos como Denial Fiend, Satanic Slaughter y Slayed Necros (son los acreditados en la contratapa del Apocalyptic Raids en la versión CD digipack del 2020 que tengo en mis manos).



El primer demo, Death Fiend, fue grabado en el búnker bajo un jardín de infantes en donde ensayaba Grave Hill. Poco después fue modificado para pasar a ser el demo Triumph of Death, y en el mismo año de 1983 editaron un demo más, el emblemático Satanic Rites, mi favorito en toda la obra de Hellhammer. 

Lo que define estos demos es un sonido muy crudo, pionero de toda la estética sonora del black metal de la segunda oleada, con una fuerte y notoria influencia del punk rock, que ya se apreciaba claramente en Venom, y que a mi modesto entender ha sido siempre un elemento clave del sonido black metal, que lo aleja de casi todas las otras corrientes del heavy metal y sus derivados, caracterizado por lo virtuoso y sobreproducido. De hecho, en canciones como “Decapitate” la influencia de los ingleses Discharge y su patentado d-beat es evidente, al punto que parece una adaptación de “Hear nothing, see nothing, say nothing”(editada por los ingleses el año anterior), y en los momentos más primitivos de Death/Fiend/Triumph of Detah, parecen un cruce entre el sonido de una banda garage punk de los 60 y el de los pioneros californianos del punk que fueron los Germs de Darby Crash (por ejemplo en las versiones tempranas de su clásico “Forming”, de 1977) .

Lo que resultó y sigue resultando atractivo en la fórmula de Hellhammer esa esa mezcla:  voces con efecto, ultradistorsión y d-beat más riffs diabólicos inspirados en Black Sabbath. Algunos han definido esta nueva variedad de metal que surge antes de 1985, como un cruce entre la agresión y velocidad de Mötörhead (una banda que se consideraba más cercana al punk que al metal) con el tipo de oscuridad ambiental y riffs satánicos propios de Sabbath. El propio Tom Gabriel se muestra muy satisfecho cuando, tras referir la avalancha de críticas negativas que recibió el EP de Hellhammer, cierra su relato en la re-edición 2020 diciendo que pese a ello la banda llegaría posteriormente a ser etiquetada como “el impuro hijo bastardo de Black Sabbath, Mötörhead y Venom”.  

Entender esta filiación nos sirve para dimensionar el enorme legado de Hellhammer. Para eso habría que tener en cuenta que, a pesar de las apariencias, el heavy metal (o “metal clásico”) de los 70 es también un hijo de la contracultura del 68.  Esta evidencia es suprimida tanto por los propios metaleros, que odian a los hippies y la “revolución de las flores” por blandengues, como por los críticos musicales y los estudiosos de las subculturas. Así, mientras desde los estudios culturales de fines de los 70 se presta mucha atención a rastas, punks, mods, skinheads y góticos, la vulgaridad masculina proletaria de los metaleros los mantuvo alejados de ser un objeto de estudio interesante. Este desprecio del metal como “baja cultura” propia de hombres cerveceros de clase blanca puede haber sido funcional en la deriva reaccionaria que ha presentado la subcultura metalera hasta nuestros días, con un odio parido hacia los “social justice warriors” y todo lo políticamente correcto que ha vinculado a gran parte del metal gringo con la Alt-Right.

Esa visión más o menos hegemónica pierde de vista que el rock pesado de los 70 (a veces llamado “heavy metal” o “metal clásico”, pero que a mi juicio es más bien hard rock y punto) es básicamente blues amplificado y distorsionado, y que recién a fines de esa década e inicios de la siguiente es la influencia positiva o negativa del punk, es decir, por contagio o por reacción adversa, la que termina definiendo el sonido del metal hacia el cambio de década. Desde la New Wave of British Heavy Metal, que con Iron Maiden (con Paul Di Anno de vocalista, al que una vez escuché decir que cuando surgió la NWOBHM él estaba bastante entusiasmado con bandas como los UK Subs) a Mötörhead y Venom, exhibía una notoria influencia punk, hasta las distintas variedades posteriores de metal extremo, influenciado evidentemente por la derivación hardcore del punk, que motiva la evidente aceleración que está tras el surgimiento de todas las esas variedades de metal ochentero, partiendo por el thrash.

Una vez más, es Fenriz quien se encarga de remarcar en diversas entrevistas que el supuesto giro hacia el punk de Darkthrone en el siglo XXI no tiene nada de novedoso, pues el metal de los 80 proviene del punk, que bandas como Hellhammer/Celtic Frost se caracterizaron precisamente por trabajar en el límite de ambos estilos, y que incluso el Kill ‘em all de Metallica (1984) es un álbum bastante punk.  

En el caso de Hellhammer, la baja fidelidad del sonido y el formato demo en caset con tapa fotocipada en blanco y negro resulta crucial para toda la estética BM posterior. Quiero detenerme un poco en ese aspecto.

Bill Peel en su libro sobre Black Metal y “red politics” dedica el primer capítulo a la DISTORSIÓN, centrándose en el surgimiento del sonido literalmente reventado de guitarra eléctrica desde que los Kinks en “You really got me” (primera canción de heavy metal según Fenriz, y no me cabe duda de que muchos chascones metaleros ni siquiera la han escuchado o la conocen pero en la versión de Van Halen), los pedales de Jimi Hendrix, David Gilmour y Carlos Santana. Hasta el noise rock de Sonic Youth y Dinosaur Jr. En cuanto al BM, señala que “la relación con la distorsión es similar a la de esas bandas – una combinación de creatividad intencional y circunstancial. Hellhammer, Bathory y Venom, las tres bandas de lo que ahora es conocido como ‘primera ola del black metal’, buscaban hacer música lo más anticomercial posible, abandonando la producción pulida y los tecnicismos en aras de velocidad, crudeza y brutalidad”. El sonido de la “primera oleada” no era totalmente a propósito: “las bandas tenían poca plata, conexiones en la industria o talento virtuoso en sus instrumentos”, lo cual se tradujo en “demos grabados lo más barato que era posible, con productores que no tenían idea de como grabar y mezclar metal y con un estilo de ejecución que las propias bandas describían como primitivo”.   

De hecho, el primer álbum de Venom, Welcome to hell, consiste en unos demos que el sello decidió editar tal cual. La crítica fue implacable, pero así y todo el disco vendió muy bien. Peel cita al crítico Geoff Barton diciendo que el disco “suena no tanto como si hubiera sido grabado en un estudio de grabación, sino que armado en base a trozos de vinilo rayado en la parte de atrás de una estación de gasolina abandonada”. A su vez, Eduardo Rivadavia en allmusic.com al comentar el segundo disco los califica de “un trío de visionarios idiotas de pueblo aferrándose a fuerzas que estaban más allá de su control”. En la medida que la influencia de Venom propulsó la explosión global del metal extremo en 1983, con el surgimiento del thrash, el death y luego el black metal, el trío de idiotas desató fuerzas tan poderosas que en una columna en la revista de música experimental británica The Wire  Joe Stannard señala a Venom como los verdaderos culpables de que el antiguamente despreciado Heavy Metal sea ahora cubierto en sus páginas en sus diversas derivas artísticas que van de Sunn O))) y  Khanate a Earth y OM. La ironía que destaca es que cuando The Wire empezó a ser publicada en 1982, no se dio cobertura alguna al álbum Black Metal, como tampoco al Number of the Beast (debut de Iron Maiden con el vocalista Bruce Dickinson). 26 años y 300 números después el segundo álbum de Venom tuvo al fin la cobertura necesaria en esa sofisticada publicación.

Volviendo a la cuestión de la “primera ola”, Ian Reyes también es de los sostienen que el viejo BM no tiene un sonido propio, pues todavía no era un género, y que es después de esta llamada “primera ola” cuando se da el giro negro (“black turn”), cuando el BM concibe su propia identidad, separada del thrash/death y también de sus predecesores.  En ese punto, según Reyes -siguiendo la teoría subcultural de Dick Hebdige- se produce una especie de invención de sus orígenes, reivindicando precisamente las características originalmente negativas de la estética primitiva de Venom/Bathory/Hellhammer, y convirtiéndolas en un objetivo conscientemente buscado.  Además, para Reyes este giro constituye un fenómeno mundial, no sólo noruego o escandinavo. La existencia ya a fines de los 80 de bandas como los canadienses Blasphemy (formados en 1984 y cuyo influyente primer demo Blood upon the altar salió en 1989) o los brasileros Sarcófago (con tres demos editados en 1986 y su también muy influyente álbum debut I.N.R.I en 1987) parece confirmar ese punto de vista: ambas bandas elevaron los niveles de brutalidad a crudeza de una manera que impresionó a los metaleros extremos de todo el mundo.

Reyes explica la “promesa original” del BM, en su forma más verdadera y cruda, como “una solución fundamentalista a la crisis de pesadez del metal” que se estaba experimentando con su comercialización desde los ochenta. Al rechazar los “valores de producción dominantes”, la nueva subcultura usa sus propios materiales crudos u originarios, encontrándolos en la obra de los que pasaron a ser vistos como predecesores de la “primera ola”: a Venom/Hellhammer/Bathory este autor agrega Mayhem (que también existía desde 1984).

En el caso de Venom, Reyes insiste que según varios críticos la banda era musicalmente muy pobre, lo que sumado a la mala calidad de sus grabaciones influyó en su rápida declinación, tras un éxito inicial que los tuvo entre los números más exitosos del NWOBHM. Pero esta “mala calidad” era la propia de “artistas punk que rechazaban la sofisticación de la música mainstream y querían hacer algo que fuera difícil para el gusto, intentando una verdadera táctica de “pesadización”.

No es causal que Tom Gabriel Warrior haya pasado de ser un fanático convencido de Venom a criticarles su “comercialización”. Según relata el argentino Matías gallardo en Nacidos para arder, una muy entretenida y detallada Historia del Black Metal, cuando pasaron por Suiza, Tom les preguntó tras una rueda de prensa “¿Por qué Black Metal suena tan comercial?”, tras lo cual les arrojó a la mesa una copia del primer demo de Hellhammer.

Entonces, si Hellhammer es la versión radicalizada y extremista de una banda conocida por su simplicidad y crudeza…imaginen en qué tipo de territorio sónico ya estamos entrando. De hecho, si el bueno de Lester Bangs había alcanzado a teorizar a fines de los setenta identificando los pioneros de lo que llamó “horrible noise”, entre Venom y Hellhammer solos podríamos en efecto reconocer el panteón de los precursores de lo que Andy R. Brown llama “ejemplos de de un anti-arte lo-fi avant-garde noise”.

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Por supuesto, no fue eso lo que pensaron los críticos en las revistas metaleras de la época. Si bien los demos circularon harto y fueron apreciados por los fanáticos del metal extremo tal cual eran, otra cosa eran las expectativas que generó el ser fichados por Noise records de Alemania, para sacar lo que terminó siendo el único EP oficial: Apocaliptic Raids. Sin mucho presupuesto, a inicios de 1984 los muchachos suizos se trasladaron a Berlín para visitar por primera vez un estudio de grabación, donde tenían que grabar el mini álbum de cuatro temas y dos temas adicionales para un compilado del sello llamado “Death Metal”.

Cuando Horst Müller, el ingeniero a cargo, les preguntó quién iba a producir el disco, los muchachos orgullosamente y sin tener idea de qué significa eso, contestaron: “¡Nosotros mismos!”. Actitud sin duda muy punk, pero que incidió negativamente en los resultados. Tom y Martin se dieron cuenta de inmediato que la habían cagado, como relata el bajista: “Horst nos hacía sugerencias muy profesionales, pero nosotros no lo escuchábamos (…) Cuando terminamos de grabar y mezclar, nos quisimos morir (…) Al final, cuando las canciones estuvieron terminadas y Tom y yo las escuchamos por primera vez fuera del estudio, nos dimos cuenta de lo que habíamos hecho: sonaban para la mierda”.

Lo mismo opinó el sello, que les dijo que no podrían volver a grabar algo así. Además, el fanzine alemán Rock Power calificó el disco como “lo más terrible, aberrante y atroz que se le permitió grabar a estos ‘músicos’”, mientras desde Inglaterra el crítico Mark Rutherford de la revista Kerrang! opinaba que era “el peor disco que escuché en mi vida”, y Metal Forces le asignó la nota más baja.

Si me disculpan esta nueva digresión comparativa, estas reacciones del establishment metalero me recuerdan las críticas entre airadas y despectivas que generó en los sesenta en el establishment del jazz y sus prestigiosas revistas como la Downbeat la irrupción del free jazz, con grandes basureos a discos como el Ascension de John Coltrane (calificado por un crítico como un “verdadero asalto a mano armada”) o los primeros de Ayler (calificados por el trompetista Kenny Dorham con nota cero).  Creo que el paralelo es interesante: en ambos casos una subcultura que genera sus propios valores, medios impresos y árbitros del gusto excomulga la deriva más radical que convierte al sector más puro y duro del movimiento en una genuina contracultura, con el mismo argumento: “¡no saben tocar!”.

Por su parte, Tom dice en el folleto de la versión CD de Apocalyptic Raids que a pesar de todo el disco llegó a los rankings de Kerrang! en el número 19 de los singles de ese año, y que la tienda que los distribuía por allá los promocionaba diciendo que hacían que en comparación Hellhammer hacía que Venom pareciera Foreigner. Y que en definitiva su estética de bajo presupuesto anticipaba en una década lo que iba a ser el sonido estándar de cualquier disco de black metal futuro.

La explicación que da Martin para esta desastrosa experiencia tiene que ver con la misma búsqueda que está detrás de estilos considerados extremistas o radicales como el free jazz o el noise: “Éramos tan extremistas y estábamos tan dedicados a nuestra música y tan convencidos de que seríamos la banda más extrema y radical de la historia que, incluso aunque nos dieran buenos consejos, no los escuchábamos”.

Este es a la vez el atractivo de la adolescencia, y el límite objetivo a que estas iniciales formas de metal extremo fueran pulcras o virtuosas: a la manera de los jóvenes delincuentes y pandilleros estudiados por el teórico norteamericano de las subculturas Albert Cohen, su actividad es hedonista, no utilitaria, gratuita y consiste básicamente en apelar a la lealtad del grupo de pares mientras desafían el orden adultocéntrico, invirtiendo sus símbolos y valores.

Esta sola explicación “criminológica” o si prefieren, de “sociología de la desviación”, bastaría para explicar por qué los practicantes del verdadero culto que fue el Black Metal noruego de los noventa se tomaban la religión cristiana y sus símbolos más en serio que el grueso de la población de su país, que -según se dice- a pesar de ser un país oficialmente cristiano, van a misa un par de veces al año y no se toman dicha religión tan en serio como sus más feroces negadores, herejes, blasfemos y quemadores de templos.

En el caso de Hellhammer, una de las primeras bandas genuinamente ocultistas y satánicas, el propio Martin, adolescente (menor de edad) al momento de ingresar a la banda, se encarga de explicar que  su familia le dio una estricta crianza católica, leyendo y memorizando fragmentos de la Biblia. Reaccionando frente a eso, se interesó en Aleister Crowley y en “todas esas sociedades ocultistas de finales del siglo XIX y principios del XX inspiradas en la cábala”. Ese conocimiento fue su aporte específico a Hellhammer, más tarde desplegado en mayor medida aún por Celtic Frost.  

Llegados este punto, damos por cerrada la breve y estimulante historia de Hellhammer. La noche del 31 de mayo de 1984, casi tres meses después del viaje a Berlin, Tom y Gabriel decidieron poner fin a la banda, y trabajar en la creación de una nueva.

Aquí, queridos lectores, comienza entonces la historia de una leyenda de los ochenta: ¡Celtic Frost!

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miércoles, noviembre 03, 2021

Loa de Musci / Descomposición de la policía/ Comentario a "Evade" (JC/GC) 


Hay gente que cuando no tiene nada que decir guarda silencio. Hay otros que cuando no tienen nada que decir copian textos ajenos y tratan de hacerlos pasar por propios. 

Los materiales están ahí para ser usados. Eso es cierto. 

Pero el modo de empleo define al usuario y transforma el material para mejor o para peor. 


Parabien o paramal.




Para dar un ejemplo de manipulación creativa, podemos acudir a la sesión completa de 80 minutos del milanés Roberto Musci en 1983: The Loa of Music

En el cruce entre etnomusicología, grabando sonidos en lejanos viajes, y el montaje y modificación posterior en el estudio.

Homenajes a Wilhelm Reich y Harry Partch. El espíritu de ambos pioneros revivido en la magia del vudú sónico de la Música Musciana.

La "obra individual" queda vinculada a infinitos tiempos y espacios, logrando que el oyente viaje y viva varias vidas en cada escucha atenta.

Hay más obras del italiano y amigos como Giovanni Venosta, Luis Bacalov e incluso Ennio Morricone en el muy recomendable sello: Soave.




Recordé algo que me dijo el niño León a fines del 2018, luego de la ejecución de Camilo Catrillanca:

“al final, todo lo que la policía le dice a la gente que no haga porque está mal, lo hacen ellos igual nomás”. “Por ejemplo, matar; por ejemplo, robar”.

Redacté algo en base a ese recuerdo, que tras ser publicado en El Porteño, Radio Villa Francia y La Voz de los que Sobran, quedó acá en Carcaj, acompañado de esta notable foto de @pauloslachevsky

El conversatorio sobre ACABar con la Policía se puede ver también en su página. 



El sábado 23 de octubre se logró apenas pero bien el objetivo de estar en dos actividades la misma tarde.

Los dejo con el comentario de una vecina y compañera al libro gráfico Evade en el Día de las Asambleas Territoriales:

Evade nos hace una invitación a transitar por aquellos túneles de la memoria colectiva de los últimos dos años.

Hace un ejercicio de memoria en el que podemos cerrar los ojos y sentirnos parte de esa masa enorme que se expande y contrae, como si de sístole y diástole se tratara. Convertida en un solo cuerpo del cuál somos células marchantes

Al mismo tiempo nos sumerge en aquella profunda sensación de miedo y horror de transitar por una ciudad asediada por perros del estado.

Navegamos del odio a la alegría, de la emoción al horror, a una hermosa rebeldía teñida del pánico gris de los recuerdos de los tiempos del tirano.

La ambivalencia del deseo cumplido de ver todo arder después de 40 años, liderada por compas de jumper y vestón saltando torniquetes, de incredulidad ante trenes ardiendo a la triste comprensión de que la ley dejo de existir, solo para ellos.  

Las filas de muertos y mutilados narradas desde la primera línea de defensa legal, del terreno entre piedras, barricadas, postones y lacrimógenas nos recuerdan las protestas territoriales, donde entre barricadas, gritos y consignas, se comenzaba a constituir una organización popular sin precedentes. Las historias de las redes empezaron a tener nombres y caras conocidos- Nos acostumbramos al dolor de guata constante, a la sensación de un fierro atravesándonos las entrañas cada vez que se escuchaba ese pa-pa-pa, cerrando los ojos y esperando no escuchar un grito que alertara un herido, un mutilado, un muerto. 

Otra vez somos nosotros los que ponen su carne a las balas, en primera línea, mientras en los sectores lindos de Ñuñoa, los carnavales y música electrónica no logran apagar el ruido de las balas y el humo de las barricadas.

El 18 de octubre volvimos a existir o en el caso de las asambleas territoriales, nos reconocimos, juntamos y atrevimos a soñar con un país más digno “Hasta que la dignidad se haga costumbre decíamos” A dos años del 18 de octubre seguimos siendo nosotros los que pagamos los costes, los cabros en cana mientras la antigua y enquistada clase política celebra haber cambiado las balas por papelinas electorales. Y enterrar la movilización social entre falsos acuerdos de paz.

Finalmente, la lectura del comic nos permite cuestionarnos si realmente era posible evadir y no pagar ¿Podríamos aseverar que no pagamos los costes de la revuelta?


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jueves, noviembre 26, 2020

PASIÓN MELÓMANA Y REVOLUCIÓN: SOBRE EL LIBRO “DISCO PUNK” 

 


-¿Qué cree usted que define al punk?

-Es el espíritu de libertad, de autodescubrimiento, de inmersión en tu propia historia. El punk es un vehículo que empuja a la gente a validarse a sí misma. Lo que hace el punk, según yo lo veo, es exigirte que hables por ti mismo. Y te entrega una forma poética o musical, de arte visual o de escritura, para que lo hagas. Cuando escuchas buenos discos punk, te dicen: ¿te gusta esto? Okey, ¿y ahora qué dices tú? Te exigen una respuesta. Y entonces la gente continúa respondiendo hasta hoy de diferentes maneras. Algunas veces forman bandas, otras veces se vuelven escritores.

(Greil Marcus, entrevistado por Marisol García)

Acaba de ser lanzado este maravilloso artefacto co-escrito por Ricardo Vargas y Emilio Ramón, y editado por Santiago Ander. Recibí mi copia el viernes en la noche, leí en desorden y terminé sus cerca de 270 páginas durante la tarde del lunes.

Lo más gracioso en relación a este artefacto es cómo me fui enterando de a poco de su existencia. 

Durante un ensayo post-cuarentena de mi vieja y resucitada banda Disturbio Menor Olea nos dijo que habían enviado un cuestionario “para un libro sobre el Hardcore”. Lo reenvió por correo y no tuve tiempo de verlo en varias semanas, hasta que un día Olea nos escribió avisando que se acababan los plazos, así que entremedio de mi teletrabajo me dí unos quince minutos para responderlas sintéticamente, imponiéndome de alguna manera la obligación de no ser muy reiterativo respecto de una entrevista detallada que dimos en el 2018 a Gustavo Aracena y el librito sobre DM que editamos con ocasión de nuestro retorno ese mismo año. Craso error, jaja: esta era precisamente la ocasión para entrar en detalles.

Poco después mi hermana Susana me comentó que había respondido preguntas para un texto sobre su antigua banda Díacatorce.  

Nos tomó un par de días darnos cuenta de que era para el mismo libro, y sólo unas cuantas semanas después supe que el proyecto tenía dos autores, uno de los cuales era Ricardo Vargas, viejo compañero de un power trío muy intenso que existió hace década y media y que no mencionaré por respeto al bajo perfil que en cuanto a esa trayectoria este autor mantiene tanto en el libro mismo como en lo que pude ver de su lanzamiento virtual (en los datos que salen en el libro sobre él dice “fue guitarrista y vocalista de algunas desaparecidas bandas punks”, y yo creo que podría armarse un libro sólo con esas hazañas).

Finalmente llegó mi copia (hicieron 80 entrevistas y a cada entrevistado le enviaron una), y el resultado no me sorprende por su calidad pues conozco la pluma y creatividad general de RV, y ya había visto los capítulos sobre DM y Díacatorce, escritos por la no menos virtuosa pluma (o tecla) de Emilio.

Lo que si me sorprendió fue la gran belleza física del artefacto, con su amarillo casi fosforescente y la gran portada que hizo Katafú otro viejo compañero de andanzas etílico-melómanas, con quien además de una gran amistad pude compartir experiencias tan desconocidas y significativas como tocar en Niño Símbolo (con Giorgio exSupersordo en batería), Agencia Chilena del Espacio (con Joselo en las baquetas) y Miedito (el más horrible y ruidoso de los proyectos, donde el sillín lo ocupaba Hugo Manuschevic). Además, Malla de Políticos Muertos realizó en cada uno de los 20 capítulos un dibujo a lápiz de cada una de las 20 portadas del caset o disco en cuestión. Así, el envoltorio resulta tan atractivo como el contenido, como debería ser siempre pero casi nunca se da.

En el lanzamiento virtual RV explicó que la idea era hacer las entrevistas presencialmente, en torno a algunas cervezas. Me llega a dar miedo imaginar esas 20 entrevistas y tratar de calcular la cantidad de litros que se hubieran volcado sobre las sedientas gargantas de los viejos punk rockers, lo que de seguro hubiera sido cubierto por la editorial Santiago Ander y se hubiera podido descontar de las ganancias que de seguro tendrán (el libro en pre-venta se ofrece a 14 mil pesos).

Me entregué frenéticamente a la lectura, partiendo en orden, pues a pesar de haber conocido a algunos miembros de Fiskales y a todos los BBS en pleno no conocía los detalles de sus inicios ni de la grabación de los discos escogidos para este libro. Luego de eso leí en desorden, y dejé a Machuca para el final pues es un capítulo largo y la banda nunca me había gustado ni un poco.

Aprendí un montón de cosas, me reí, viajé al pasado, y como ya estoy algo mayorcito puedo recordar varias décadas. Como llegué a Santiago en 1986 pero me uní a las huestes punk ya iniciados los 90 hay varias historias que sólo conocía muy de oídas, o había misterios totales como quienes eran los Caos o por qué los Pinochet Boys dejaron tan pocas grabaciones.

Me maravilló el capítulo sobre los Jorobados, de quienes siempre escuché referencias a inicios de los 90 por parte de mi amigo y colega Lucho Venegas, mencionado acá de pasada junto a su pareja Gladys (que nos impresionaba en esos años por haber colaborado en la revista argentina Cerdos & Peces). Por ellos pude conocer al famoso Gatica, y además en esos años noventeros fui a ver varias veces a la Agrupación Ciudadanos, que compartía percusionista con los Jorobados.  

Decía que dejé Machuca para el final pues nunca me gustaron. De hecho, recuerdo como una tortura haber tenido que apreciar su set teloneando a los Sex Pistols en la gira del lucro indecente. Pero tras leer este capítulo toda mi vieja opinión se fue a la mierda, y de hecho entendí por qué tantos punk rockers callejeros nos odiaban y nos veían sencillamente como una manga de cuicos culiaos engrupíos con la anarquía y los fanzines en inglés.  Luego de cerrar el libro busqué el primer demo de ellos, “Si tapas tus oídos” y ahí realmente entendí de qué iban. Difícil no impactarse por una canción como “Yo aspiro pegamento”, grabada casi sin instrumentos reales y con una batería programada y así y todo alcanzando altos estándares en materia de velocidad e intensidad HC punk.

Tal vez lo más impresionante en los relatos que forman el libro es la manera en que reconstruye el particular contexto que se dio en los 90, cuando tras el mega-estrellato de Nirvana y la fiebre del rock alternativo a EMI, BMG y otros sellos se les abrió el apetito de Avida Dollars y realizaron toda una campaña de conquista del sonido para promocionar bandas de “rock nacional”. Por supuesto que en esos años los punk rockers que entendíamos al punk como una opción por sobre todo política odiamos por principio todos esos coqueteos y nos dedicamos a armar nuestros propios fanzines y sellos, cuestionando a los que se entregaban a las multinacionales.

La historia vista por dentro es  brutal: desde los mil dólares en efectivo que le dieron a los Peores de Chile  y su rápido y espectacular estrellato que los dejó sin derechos de autor sobre sus propios himnos, hasta la cantidad de tiempo y dinero que se invirtió en hacer sonar más “pop” a una banda callejera como Machuca, ablandando científicamente su sonido original por obra de los Carlos (Fonseca y Cabezas).

Muchos personajes se repiten en estas aventuras, desde el ingeniero en sonido Pelao Corral al mismísimo Katafú, actualmente domiciliado en el viejo continente, y así a la largo de  dos o tres décadas se va tejiendo un denso entramado de redes, relaciones, ideas, influencias, canciones, letras, etc.

En cierta forma este libro es una Historia y Geografía de Chile de los 80 a nuestro tiempo (aunque la única banda más “nueva” son los Ignorantes), percibido desde el lente de la contracultura punketa.

Los relatos intercalan las impresiones de los dos autores con los testimonios de los 80 entrevistados con divagaciones filosóficas que de la nada acuden a ideas de Debord y Foucault, por mencionar a los dos que recuerdo ahora, para ilustrar como "Síndrome Camboya" hablaba de la sociedad del espectáculo, y Pánico luchaba por liberar los cuerpos de la sociedad disciplinaria.   

Otra de las cosas que son centrales en el enfoque de los autores del libro es una especie de nostalgia por la época en que la música no estaba a un clic de distancia y era necesario recorrer toda la ciudad para tratar de conseguir una grabación en caset del disco que el amigo de un amigo se acababa de conseguir. Hay todo un análisis de la economía política de la reproducción musical al inicio del libro, que vale la pena masticar.

En conclusión: consigan el libro y léanlo. Pero no se queden en eso: este debiera ser el primer puntapié y una especie de modelo para seguir escribiendo estas historias. 20 bandas y 20 discos fueron seleccionados, y es difícil no sentirse orgulloso de haber llegado a ese panteón. Creo que cualquier entusiasta del punk rock podría fácilmente mencionar 20 o 40 bandas y discos más que merecerían  un tratamiento similar, pero como se ha dicho desde 1977 por lo menos y como reiteraron Emilio y Ricardo el viernes: HÁGALO UD MISMX!!!!

PS 1: ¿por qué aludo en este título al concepto de revolución? Porque creo que el punk es en sí mismo una revolución, y porque tal cual dijo Ricardo en el lanzamiento, “estamos viviendo un proceso revolucionario”, en el cual -agrego- la entidad que conocemos como “el punk” ha tenido y sigue teniendo una función muy importante.

PS2: vean el instagram de disco punk con sus toneladas de materiales de archivo.

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sábado, abril 04, 2020

"Cuando la bicicleta venció a los tanques" x Cristóbal Cornejo 



Nunca comulgué mucho con las posiciones políticas de la revista La Bicicleta, y la trayectoria posterior de su director lo confirma. De todas maneras, en medio de la larga noche dictatorial me alegraba verla en los kioskos y en las casas de familiares y amigos, y uno se ponía a hojearla con atención, encontrando varios materiales interesantes, partiendo por las graciosas viñetas del antihéroe Super Cifuentes, y reportajes musicales que por lo general se centraban en el Canto Nuevo, pero donde también hubo algunas menciones no tan prejuiciadas respecto del punk (más gracias a las cartas de los lectores que a la línea editorial), harta cobertura a Los Prisioneros (que con “Nunca quedas mal con nadie” ofendían a gran parte de los lectores) y un cancionero de Rock In Rio donde podías aprender a tocar varios éxitos de Iron Maiden, AC/DC y Scorpions.

Lo usual era que sus cancioneros estuvieran dedicados a Silvio Rodríguez, lo cual era bueno y malo. Bueno porque con un par de acordes y harto empeño mucha gente se atrevía a tomar la guitarra y cantar. Malo porque finalmente todos cantaban las mismas canciones, y los carretes ochenteros se transformaban en un festival de imitaciones de Silvio, garantizando conquistas amorosas y encuentros eróticos a los intérpretes, y el aburrimiento de quienes a pesar de ser militantes de juventudes políticas de izquierda preferiríamos haber pasado las veladas en compañía de Black Sabbath o Led Zeppelin.

Subtitulada “Revista chilena de la actividad artística”, su N° 1 apareció en 1978, incluyendo esta declaración de principios:

Queremos expresar a ustedes que hoy nos sentimos formando parte de un ancho proceso cotidiano de transformación del arte y del artista, desde la perspectiva de su función social. (…) Hoy día en Chile, en los más diversos organismos e instituciones, iglesias, poblaciones, clubes y talleres, germina la actividad artística; a veces con dificultad, con mayor o menor apoyo, con irregulares logros o fracasos, es un verdadero movimiento el que surge y se propaga. (…) Es así que nace nuestra revista; un nuevo grupo de trabajo al interior de este movimiento, un grupo con una función específica: entregar un medio de comunicación social para facilitar la difusión de la creación, la reflexión, la crítica; para poder aportar así, a la profundización de esta experiencia que compartimos. La Bicicleta es un proyecto largamente madurado, sin embargo no tiene aún la madurez ni la tendrá en tanto no sea maduro el movimiento artístico del que surge y del que forma parte”.

El último número apareció en 1990. La Bicicleta no siguió pedaleando durante la transacción a la democracia. Antes de la Cerdos & Peces (revista argentina dirigida por e Syms) era el único lugar en que podías leer sobre Fassbinder, Matta y otros próceres de la contracultura.

Aprovechando que Memoria Chilena subió varios números de la revista, quería compartir una breve nota que nuestro querido amigo, camarada, cómplice, amante, músico, periodista, investigador materialista de la realidad, chamán y poeta Cristóbal Cornejo redactara hace ya 6 años, y que fuera incluida en sus “Escritos (Anti) Políticos”, editados póstumamente en marzo de 2016.



“Cuando la bicicleta venció a los tanques”      
    
por Cristóbal Cornejo, El Ciudadano 151, marzo de 2014

Hubo un tiempo en que el arte fue peligroso. Fue arma y estuvo en la mira de las dictaduras. Eduardo Yentzen fue protagonista de la resistencia cultural a Pinochet desde La Bicicleta, una publicación que a puro corazón llegó a ser la revista mensual más leída en Chile, transformándose en trinchera de quienes buscaban devolver los colores a sus vidas.

Lejano parece el tiempo en que difundir arte era como cargar armas, donde había que darle vueltas a la lengua tratando de decir lo inefable. Eduardo Yentzen Peric (61) y su generación se hicieron expertos en el arte de la metáfora, y más aún del camuflaje de los sentidos que debía enfrentar la censura dictatorial mediática. La Bicicleta, así, pedaleó milla a milla, siempre desde la precariedad, transformándose entre 1978 y 1987 en la revista de artes y humanidades más importante, un bastión de la diversidad activa contra la Junta Militar.

Yentzen autoeditó recientemente “Los voz de los setenta: un testimonio sobre la resistencia cultural a la dictadura (1975-1982)”, un relato personal que, sin embargo, “es un soporte para la memoria colectiva”, escrito por un joven que en 1982 cumplía 30 años, cuando La Bicicleta cumplía 27 números publicando colaboraciones nacionales e internacionales de lujo.

Así, desde los espacios de la creación, al amparo de la Iglesia Católica, al calor de las peñas y actividades, y empujada por organizaciones que poco a poco iban reconstituyendo las confianzas, empezó a escribirse la historia de una revista que, desde sus contenidos, fue oasis en medio del desierto, contraparte al plan cultural oficial que esos años preparaba el camino a la instalación de los valores neoliberales; una historia llena de anécdotas tragicómicas, de solidaridad, y aventuras colectivas que permitieron resistir el miedo al terror milico.

Una de esas historias tiene que ver con el concurso literario que -anónima, como suelen ser las obras participantes en un concurso- ganara Mariana Callejas (agente de la Dina), obligando al equipo a definirse: finalmente publicarían a Callejas, luego de un debate que resolvió que se debía premiar obras o personas; decisión que, claramente, traería coletazos.

“Hace poco un lector de La Bicicleta me dijo que en ese momento, siendo estudiante secundario, tomó la posición de consecuencia con los principios democráticos –que es en lo que nosotros sustentamos nuestra decisión- como ética de vida. Eran tiempos complejos, los que nos confrontaron tuvieron buenas razones para ello”, recuerda Yentzen.

Porque no sólo se enfrentaron contra la prensa y la represión: a veces los militantes más antiguos, desde su ortodoxia, no comprendieron sus dinámicas, rechazándolas por “poco claras en sus objetivos políticos”.

“No es que las rechazaran, sino que por su vida exclusivamente clandestina vivieron un aislamiento respecto de las lógicas que se iban dando en la resistencia cultural (filo) legal”, aclara Yentzen. “Estaba la opción de hacerles caso o expresarles que estaban desubicados y proceder en consecuencia, que fue la actitud que yo tuve. Y que fue tolerada”, explica.

Sorprende la diversidad de actores envueltos en la red de La Bicicleta (“debe ser uno de los tiempos más fraternos entre las distintas trincheras que luchaban contra la dictadura”), así como lo ascendente de su impacto en la sociedad chilena, ya que a través de sus contenidos se reflejan los cambios culturales que la ideología dominante iba generando en el ciudadano medio y los análisis que de ello hacían académicos y artistas.

Varias problemáticas se mantienen incólumes al día de hoy. Una de ellos, por ejemplo, es la concentración de los medios, el monopolio de la imprenta y la distribución, la uniformidad ideológica: una herencia dictatorial que la Concertación más que disolver, consolidó.

-Me llama la atención que el punto de inflexión de la revista en 1981 venga dado por la inclusión protagonista de los contenidos musicales, al punto que algunos sectores los criticaron por “haberse vuelto comerciales”…

-Nosotros, tras el primer especial de Silvio a comienzos de 1980, optamos por ser una revista juvenil, y la revista juvenil en Chile se ha anclado siempre en una música, y esa era nuestra música. Y hemos sido sin duda la revista juvenil más profunda en la historia del país, con más temática cultural, más impulsora de los nuevos temas de ecología, valoración de los pueblos originarios, feminismo, etc.

Y lo de ser comercial es un chiste, porque digo en el libro que el sueldo de todo nuestro equipo no alcanzaba para más de pagar el arriendo de una pieza en una casa comunitaria, pagar las cuentas, comer y movilizarse.

-¿Qué opinas de la recurrente caracterización del Canto Nuevo como “llanto nuevo” por su estado anímico y disposición? A propósito, en algún momento imaginé que el título del libro era una respuesta al mensaje de la canción de Los Prisioneros…

-No era una respuesta sino una referencia o contrapunto. Mi motivación fue hacer una declaración pública de que existió una generación o voz de los 70, que era la última de las silenciadas en nuestro rol en esos años. Para mí el Canto Nuevo fue la música de mi vida juvenil, y en el libro declaro que paradójicamente ésta tuvo una intensidad gozosa. Por otro lado, qué onda con que el Canto nuevo expresara dolor, si es quizá el periodo histórico de Chile en que ha habido más de qué dolerse.

-El ‘92 criticabas en tu obra de teatro los incipientes “abusos de poder” que detectabas en la Concertación. ¿Qué reflexión haces luego de cuatro gobiernos que hoy se ve tan cómplices del modelo diseñado por la dictadura?

-Criticar es decir: lo hacen mal, o tienen mala intención. En mi visión las conductas llamadas malas nacen de la debilidad. Esto es difícil de explicar aquí. En la obra de teatro unos fantasmas se le aparecen a un alto dirigente (cualquiera) de la Concertación para decirle que si se interesaba en no caer en abusos de poder, ellos se ofrecían a apoyarlo en poder cumplir ese deseo. Criticar no es útil. Yo ofrezco apoyar a quienes deseen no cometer abuso de poder. Lo podríamos llamar un ‘coaching democrático’.

-¿Tiene sentido para ti para la idea de contracultura en la actualidad?

-Absolutamente, respecto de la cultura neoliberal, respecto de la cultura occidental/racionalista. Tenemos la oportunidad de transformación en grande. A ver si podemos.



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miércoles, junio 12, 2019

Faster and Louder vol. 2: Zero Boys y Hüsker Dü 



F&L era un compilado de Rhino records en CD, dos volúmenes, hecho por ahí por 1993, con una fina selección de una veintena de temas en cada uno pretendiendo y logrando ser una muy buena Introducción al género conocido como Hardcore Punk, con bandas y temas grabados a fines de los 70 y primera mitad de los 80. De Bad Brains a Wipers pasando por Hüsker Dü, Naked Raygun y Negative Approach, a los Subhumans canadienses, los Dicks y los Angry Samoans, los Circle Jerks, Mission of Burma, SSD, los Germs y Wire (?!, sí, raro, pero es por “12XU”). O sea, la época dorada de esta variedad de punk rock.

Compré el vol. 1 en oferta en la extinta Fusión. Lo escuché a morir, y en algún momento lo perdí. Olea compró el vol. 2 también en oferta en la también extinta Feria del Disco. Hace poco me dijo: “cada vez que vienes a mi casa te dedicas a observar ese CD por 15 a 30 minutos así que mejor te lo voy a obsequiar”. ¡Gracias!

Al inicio aparecen dos temas que a mi modesto entender son verdaderas gemas del género HC ponk. Si me preguntaran por qué amo este estilo, respondería mostrando a alto volumen estas dos canciones.

Primero los Zero Boys con “La civilización está muriendo”. El tema está tomado aparentemente de su disco “Círculo Vicioso”, de 1982. Acá podemos verlo interpretado en vivo en una pizzería local de su ciudad. Noten el estilo de vestimenta del hardcore de esa época: ya no era punk 77, y todavía no era el metal-rap del NYHC ni el look abiertamente proto-grunge de las bandas HC de poco después.



Para entender la lírica de este gran tema hay que tener en cuenta que en esos años se acaba de atentar con disparo de pistola contra: John Lennon (con resultado de muerte), y contra el Papa Juan Pablo II y el actor/presidente Ronald Reagan. Por desgracia estos dos últimos no murieron.

[Flashback: en la cocina de la casa de mis abuelos maternos en el cerro Placeres estábamos tomando once cuando de repente en la radio anuncian que Lennon había muerto. Vi la cara de sorpresa y pena de mis tíos. Pero como a esa edad yo ya era un poco odioso, me propuse alegrarme por la noticia [[Digresión dentro del flashback: lo mismo hicieron los Meatmen con Tesco Vee a la cabeza, que hasta compusieron su hit “Uno menos,tres por irse”, que por cierto me parece que venía incluida en el vol. 1 de Faster and Louder!]]. Cuando más pequeño amaba a los Beatles, pero a esa edad ya había quedado asqueado por su popularidad más babosa a nivel de todo el mundo [[[Segunda digresión dentro del flashback: Y lo mismo deben haber sentido los de Half Japanese cuando compusieron “No más Beatlemanía”]]]. Disculpa John. Disculpa Yoko].

Bueno, estábamos en que los Zero Boys supieron reflejar el momento con esta letra:

La civilización está muriendo/Y nadie se da cuenta
La posición del odio/Atascada en el cañón
La civilización está llorando/No vamos a negarlo
Hijo, tenemos un problema/Y algo hay que hacer
Con el Papa/el Presidente/Y la estrella de rock que ganó un montón de plata
Todos tienen algo en común/Ellos saben que no es chistoso que te disparen un balazo
(REPEAT)

¡Esto es poesía urbana!, y lo demás (trovadores y raperos) son pamplinas.

El segundo gran temazo de este compilado es “En una tierra libre”, de los Hüskers, canción de Bob Mould (En Hüsker Dü la composición-vocalización estaba entregada a Mould o a Grant Hart (RIP)). El tema de inicio a su gran disco de 3 temas, seguido por “Complejo Industrial Militar” y “¿Qué es lo que quiero?”, que parafraseando al autor del folleto de F&L hablaban de un sentimiento de desesperación, antes de que la desesperación se convirtiera en un cliché del hardcore. Ja ja: es cierto.

Acá la tenemos en una versión un poco más lenta y cuasi new wave, con Grant Hart viéndose realmente encantador un poco más gordito. A veces unos kilos demás vienen bien. La belleza tiene mil formas (y la fealdad una sola).



La letra es un poco más abstracta pero muy interesante, y puede servir en el marco del “conflicto educacional” de hoy:

El gobierno autoriza la educación
(Me importa una mierda)
Te van a enseñar lo que ellos quieren
(Me importa una mierda)
Saturación de tricolor (*)
(Me importa una mierda)
La única libertad por la que vale la pena luchar es por lo que tú piensas

[Nota *: el original dice “saturación de barras y estrellas” en alusión a la bandera de EEUU; pero acá estoy chilenizando].

¡Tóquenla de nuevo! ¡Volumen en 11! ¡A la mierda el emo, la moda del “postpunk” y los machocore: con el buen y viejo hardcore punk rápido y furioso nos basta y nos sobra y aún tenemos para rato!

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martes, marzo 15, 2016

LAS DOS B: BLACK FLAG Y BIRTHDAY PARTY 


La Bandera Negra en la costa oeste de EEUU. La Fiesta de Cumpleaños en Australia, tierra de los fanáticos de Stooges y MC 5, con expresiones como Radio Birdman y the Saints.

Henry y Nick, dos “vocalistas” que se roban el show un poco en exceso. Ambos terminan de escritos y solistas, con diversos resultados según la época que se considere.

Pero lo verdaderamente básico e impresionante en ambas bandas es el trabajo de los músicos: la dialéctica tensa entre autoactividad libre y consciente y el uso del ruido como vehículo del lado más oscuro y descontrolado, que la voluntad humana no podría ni dominar porque ni siquiera lo soporta muye bien (el enfrentamiento con la Real, carente de todo sentido). El punk rock, el free jazz y ciertas pocas formas de heavy metal tienen esa capacidad para llevaros luego a un “agujero negro” del cual más o menos se sabe como se llega pero nunca se sabe como salir.

"Lo que no te mata te hace más fuerte".

Henry anotaba que quienes hablaban de “hard core” no tenían idea del significado de “hard” (duro, rudo, etc.).

Nick decía que el único policía bueno era el policía muerto, y cantaba borracho en la sangre del papa. Después terminó tocando piano y hablando de dios y el amor romántico. Henry terminó….mmmmmm, no sé. Todos los saben (fue a Irak, tenía un programa de TV, actúa generalmente haciendo de policía, ¿Qué pasó con Police Story y su glorioso “fuck the cops!”?). Pero la verdad, ni siquiera me cae mal el tipo….aunque entiendo el momento de verdad de la corriente de opinión que suscribe que arruinó a Black Flag apenas entró.

Dos bajistas brillantísimos (Tracy Pew con sus trajes de vaquero y un reloj en cada mano; Dukowski y luego Kira). Guitarras realmente fuera de lo que se conocía en el mundo musical de su tiempo. En ambos casos, tal vez el clímax de furia lo alcanzan en los momentos en que en la formación habían dos guitarras. Ambos formados a fines de los 70. Ambos mueren durante más o menos la mitad de los 80. Y dan lugar a una enorme diáspora de bandas y proyectos posteriores: Bad Seeds, Gone, Crime and the City Solution, Dos, SWA, DC 3, Rollins band, These Inmortal Souls, etc.).

Tal vez es válido concluir que no puede haber PUNK ROCK después de esto. (Tal como en rigor no hay JAZZ después de Coltrane y Ayler). El legado se aprecia bien en sus álbums, y los numerosos registros en vivo que han aflorado.


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PS: te escupo en el ojo.

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martes, octubre 27, 2015

ZEUHL MUSIC parte 1: MAGMA 





A mediados de 1986 cursaba 3ro medio en el Liceo Alexander Fleming, o A-67, el mismo donde estudió Hinzpeter, y vivía por ahí cerca, justo cuando las casitas del barrio alto se empiezan a poner medio brígidas sobre todo del 9000 para arriba.

Pasaba mucho tiempo visitando a mi camarada abuelo en el cerro Los Placeres de Valparaíso, residencia siempre grata donde además tenía un muy buen amigo en un tío que había sido naturista, comunista, poeta, y luego decidió que en realidad siempre había sido una mujer, así que finalmente se operó, se cambió el nombre, y se fue a vivir al campo.

Una noche de domingo, al llegar a la casa, mi padre me había dejado un caset con un programa grabado de una de las dos o tres radios que en esos tiempos ponía música experimental de vez en cuando, entre mareas de rock progresivo más convencional. Lo escuché y era MAGMA, el álbum Attahk, de 1978. A mi padre le tincó que me podía interesar cuando el presentador radial dijo que la música de MAGMA no se parecía casi a ninguna otra cosa. Puse el caset, y efectivamente el primer tema (titulado como “los últimos siete minutos”) me pareció bastante extraño e interesante, no así todo el resto del disco (que demoré unos años en valorar). Un año después, yendo al mismo Liceo, pero viviendo en Ñuñoa (lo que me obligaba a grandes desplazamientos en micro en viejos recorridos históricos como la 73 Canal San Carlos, y las O’ Higgins 1 G, H y otra que no recuerdo), combatiendo el insomnio de domingo en la noche prendo una radio con caset  en mano y me topo con algo que realmente me parece indescifrable, violento y bello: era “Ork Alarm”, del álbum Kontarkhosz, de Magma, 1974. Me pierdo Kontarkhosz parte 1, pero alcanzo a escuchar y grabar la parte 2, y el final efímero y etéro llamado “Coltrane sundia”, y que en el idioma magmiano significaría algo así como que Coltrane descanse en paz.

No quedé muy en paz con estos hallazgos. Poco después había logrado que en una disquería  de Providencia me grabaran un par de albums de Magma (en rigor creo que el caset de 90 minutos con Mekanin Destruktiw Kommandoh (1973) en un lado y Kohntarkosz en el otro fue el regalo navideño de mi madre en el año 1987). Junto con otros hallazgos de la época, se material no lo escuchaba siempre a solas conmigo mismo, sino que en amplios piños de amigos. Me acuerdo de un mitómano de Grecia con Los 3 Antonios que afirmaba que magma había estado en Chile a principios de los 80, actuando en vivo en Sábados Gigantes. Claro que sí. Me imagino a Vander con Don Francisco: ¡brillante!

Entremedio, también en la radio  de las noches de domingo pude pillar el segundo álbum, de 1971, 1001 centígrados. Muy interesante.

El que más me impresionó siempre fue el en vivo de 1975, donde el violinista agregado Didier Lockwood se robaba un poco el protagonismo, pero así y todo servía y sigue sirviendo (creo: no lo tengo y no lo he escuchado en décadas) como una buena introducción a lo que el líder y cerebro original de la banda, Cristian Vander, llama “zeuhl music”: una especie de terreno extraño en que habitan rítmicamente el jazz y algo sol/funk, en una forma que para nada es similar a la manera en que otras bandas de rock “blanco” o más bien “gringo” reflejaron la influencia del jazz bajo formas archiconocidas de “fusión”, con una disciplina espartana que recuerda a una mezcla de Orff con Wagner, y voces que a momentos parecen cantar desde el coro de una Iglesia negra, para en otros derechamente invocar espíritus terrible del más allá atrayéndolos al más acá por la vía de tus parlantes.

Una vez estábamos escuchando y cantando Kohntarkosz en vivo (1975) a buen volumen con una decena de amigos y amigas. Los vecinos llamaron a la policía. Hasta me agarré a combos con un vecino particularmente desagradable y además facho. Pero los pacos sólo nos pidieron bajar el volumen y se fueron.

Por supuesto que MAGMA será siempre la banda fundadora y referencia esencial del “estilo”, pero dada su larga y variada trayectoria uno puede ver que ya en una década de trabajo (1969/1979) la banda había dominado y probado diferentes variaciones de su enfoque primigenio y esencial culminando en formas que incluso no temían sonar a “pop”.

En esa época, los pocos fans que conocía se referían entre espantados y fascinados a un álbum abiertamente pop de Magma, llamado Merci (1984), el cual decían que luego de odiar por unas semanas terminabas amando. No recuerdo si llegué a escucharlo alguna vez…

Lo que sí recuerdo es un proyecto paralelo de Vander llamado OFFERING.

(continuará…)

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