Delirio Místico: "A mon seul désir" (Según mi solo deseo)
"La discusión sobre el comunismo no es académica. No es un debate sobre lo que se hará mañana.
Desemboca en, y forma parte de un conjunto de tareas inmediatas y lejanas de las que no es más que un aspecto, un esfuerzo de comprensión teórica" (Gilles Dauvé)
sábado, mayo 29, 2021
DE GABRIELA MISTRAL A CLAUDIO ORREGO: LOS “HUMANISTAS CRISTIANOS” ANTE LA REPRESION POLÍTICA
“Menos cóndor y más huemul” (Gabriela Mistral)
El “humanismo cristiano” -que dice encarnar en Chile hasta
hoy el Partido Demócrata Cristiano- proviene de la evolución política que tuvo
en el período de entreguerras mundiales un sector de la juventud del Partido
Conservador. No deja de sorprender que a su vez, a fines de los 60, la juventud
DC se radicalizara por izquierda dando lugar a la formación de partidos como el
MAPU (del que derivó en los 80 nada menos que el Lautaro) y la Izquierda
Cristiana (que era el partido de Elizalde -jefe actual de lo que queda del PS-,
más o menos hasta 1989).
Hacia 1936, cuando esos jóvenes conservadores disidentes
fundaron la Falange Nacional, Gabriela Mistral era una de las principales
simpatizantes, como demuestra su correspondencia con Frei Montalva (1).
Pese a sus diferencias con el “extremismo de izquierda” -que repudiaba en todas
sus versiones, tanto como al nazi/fascismo (2)-
una anécdota de su paso por Magallanes revela su profunda humanidad.
Relatamos este evento de hace un siglo, para luego contrastar
su actitud con el comportamiento de uno de sus “nietitos” políticos: el actual
candidato a Gobernador de la Región Metropolitana, don Claudio Orrego.
1.- Punta Arenas, 1918
Tal como hoy, hace 100 años el país hervía en agitación
social y política. En el extremo austral los obreros de Puerto Natales se
alzaron en enero de 1919 contra de sus patrones –la Sociedad Explotadora de
Tierra del Fuego y sus capataces ingleses y alemanes-, en una gran insurrección
que fue reprimida con gran despliegue de fuerza policial y militar desde ambos
lados de la frontera chileno-argentina, y con muertos en las filas policiales y
obreras.
En esos parajes extremos de América del Sur Chile y Argentina
no están divididos por cordillera alguna, y tanto el territorio como su gente
se confunden, en una mezcla de orígenes y acentos, que en esos años implicaba
además la adopción de formas muy combativas de organización, con claro
predominio anarquista. Eran los tiempos de la “Patagonia rebelde”, descrita en el
famoso libro de Osvaldo Bayer que fue llevado al cine, y de la acción directa
de anarquistas como Severino de Giovanni y Simón Radowitzky al otro lado de la
cordillera de Los Andes, Efraín Plaza Olmedo y Antonio Ramón Ramón de este lado.
Simón Radowitsky, de origen ucraniano, ajustició al coronel
Ramón Falcón, bajo cuyo mando la policía había reprimido la manifestación del 1
de mayo de 1909 causando varios muertos y heridos, en lo que se ha conocido
como la “Semana Roja”. El 14 de noviembre del mismo año, en una acción
estrictamente individual, arrojó una bomba casera al vehículo en que iba
Falcón, causándole la muerte. Fue capturado tras dispararse al pecho y gritar
“Viva el anarquismo”. Por su acción fue encarcelado, y por temor a fugas se le
envió al presidio más austral del mundo, en la ciudad de Ushuaia, Tierra del
Fuego, donde el límite con Chile más que meramente administrativo es totalmente
imaginario: un conjunto de líneas casi rectas en un mapa.
Ignorando esas fronteras arbitrarias, hasta Ushuaia llegaron dos
anarquistas a rescatarlo en una pequeña embarcación el 7 de noviembre de 1918,
con la cual lograron llegar por el Estrecho de Magallanes hasta a Península de
Brunswick, donde fueron alcanzados cuatro días después por un barco de la
Armada. Fueron apresados pero Simón huyó a nado en esas frías aguas donde un
cuerpo humano no resiste muchos minutos.
En su fuga, Radowitsky llegó a la ciudad de Punta Arenas,
donde la represión militar de la creciente agitación obrera se había tomado las
calles. Toda la región era, a pesar de su extremo aislamiento, era uno de los
lugares de vanguardia del proceso de acumulación del capital, que poco antes y
como condición previa había aniquilado a la casi totalidad de las poblaciones
originarias (kawesqar, selk´nam y yaganes) (3).
Cabe destacar que el aparato represivo de esos años era
bastante original: no sólo las policías colaboraban con el Ejército y la
Armada, sino que se producía una combinación internacional de dichas fuerzas,
con incursiones del Ejército argentino en territorio chileno para colaborar en
la captura y ejecución de revoltosos, y con grupos de “patriotas” que en
colaboración con militares y policías realizaron acciones tales como el
incendio de la Federación Obrera el 27 de julio de 1920. Seis días antes en
Santiago una horda patriotera atacó el local de la FECH, dando inicio a una
fuerte represión policial y judicial contra estudiantes y obreros, producto de
la cual resultó muerto el poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas.
Simón entró a un inmueble, que resultó ser el Liceo de Niñas,
cuya directora era Gabriela Mistral. El hecho es relatado por la pluma del
escrito magallánico Roque Esteban Scarpa en “Desterrada en su patria” (4).
Una síntesis de dicho relato la ofrece Ramón Arriagada en su libro sobre la
insurrección de Puerto Natales (5):
“Cuando dio con tierra
firme en la costa frente a Punta Arenas, Radowitzky llegó a una calle al
costado del Liceo de Niñas, sacó las últimas fuerzas y corrió hacia la última
puerta abierta que encontró. Una de las profesoras del establecimiento venía de
terminar las clases nocturnas de Educación Popular, vio pasear una sombra hacia
el pasillo del interior. Con temor se dirigió al corredor y encontró a un
hombre empapado; tembloroso, con tono desfalleciente, le pidió que lo
escondiera, ya que le estaba buscando”.
La profesora, Laura Rodig, al escuchar que se había fugado de
Ushuaia estuvo dispuesta a ayudarlo. Le solicitó a la directora que terminara
su clase y le explicó lo sucedido y su plan: “Pensaba vestirlo de mujer y
conducirlo a un lugar que recordó como posible refugio”.La respuesta de Gabriela fue clara:
“rotundamente le respondió ‘¡No! Ese hombre no sale a la calle. No sale al
peligro’. Sin haber hablado con él, Gabriela Mistral había intuido: en la
calle, estaban deteniendo a todos los transeúntes. No se trataba de un caso de
justicia común, sino un hecho de cierta trascendencia internacional”. Concluye
Scarpa:
“Corriendo todos los
riesgos, Gabriela lo amparó, sin preguntarle siquiera su nombre, que sólo supo
más tarde, por los comentarios de la prensa, cuando amainó la búsqueda, le
permitió partir”.
Simón fue recapturado y llevado una cárcel flotante, y luego de
regreso a Ushuaia donde se le mantuvo dos años en aislamiento solitario y con
media ración de comida y agua. La rabia estalló entre los obreros anarquistas
de Buenos Aires, donde una huelga en los Talleres Vasena deriva en una gran rebelión
con enfrentamientos. La represión dejó cerca de 700 muertos y decenas de
desparecidos en la llamada “Semana Trágica” (7 al 11 de enero de 1919),
considerada uno de los primeros procesos de terrorismo de Estado en Argentina.
El mismo Gobierno del radical Hipólito Yrigoyen condujo dos años después la
represión y fusilamiento de obreros en huelga en la Patagonia.
Finalmente Radowitsky abandonó el presidio al ser indultado
en 1930, tras 21 años de encierro, y expulsado a Uruguay. En 1936 se alistó en
las Brigadas Internacionales para combatir en la guerra de España.
Gabriela permaneció un tiempo más en Punta Arenas, donde su
amigo Julio Munizaga, abogado y poeta que la había acompañado a la “tierra sin
primavera”, se dedicó ala defensa de varios
de los obreros encarcelados por la insurrección de Natales, los últimos de los
cuales fueron liberados en marzo de 1923.
2.- Santiago, 2017
Un siglo después, un año antes de la “explosión feminista” y
dos antes del “estallido social” de octubre de 2019, el DC Claudio Orrego en su
cargo de Intendente Metropolitano se dedicó a reprimir duramente variadas
formas de protesta social que se estaban incrementando, y recurrió en varias
ocasiones al mecanismo de expulsar a ciudadanos extranjeros por su adhesión a
las ideas del anarquismo.
El Intendente Orrego se apoyó en informes policiales que
indicaban “participación en actividades anti sistémicas de la escena anarco-libertaria
de Chile” (6),
y dando aplicación al Decreto Ley N° 1.094 de la dictadura de Pinochet, que desde
1975 y hasta ahora regulaba la situación de los extranjeros en Chile (7),
dictó sendas órdenes de expulsión.
Este DL establece en su art. 15 N° 1 la prohibición de
ingreso al país de “los que propaguen o fomenten de palabra o por escrito o por
cualquier otro medio, doctrinas que tiendan a destruir o alterar por la
violencia, el orden social del país o su sistema de gobierno, los que estén
sindicados o tengan reputación de ser agitadores o activistas de tales
doctrinas y, en general, los que ejecuten hechos que las leyes chilenas
califiquen de delito contra la seguridad exterior, la soberanía nacional, la
seguridad interior o el orden público del país y los que realicen actos
contrarios a los intereses de Chile o constituyan un peligro para el Estado”.
El caso más conocido fue el del periodista italiano Lorenzo
Spairani, que estaba en Chile desde octubre de 2016 como becario de la Unión
Europea, trabajando con organizacionessindicales, y sufrió una “expulsión express” en febrero del año
siguiente, decretada por Orrego, que señaló que su participación en actividades
no especificadas por un Informe secreto, alteraba el orden social y ponía en
peligro al Estado de Chile. La PDI le notificó el decreto de expulsión en su
domicilio, lo detuvo en un cuartel, y en menos de 24 horas lo subió a un avión
con rumbo a Italia.
La Corte Suprema (Amparo Rol 7080-2017) declaró que la
resolución del Intendente Orrego carecía de “motivación fáctica, transformando
el acto administrativo en una mera afirmación de autoridad, sin respaldo, y sin
dar al afectado posibilidad alguna de ejercer sus defensas, lo que resulta
inaceptable en cualquier actuación de la Administración Pública”.
El recurso de amparo fue acogido, así como también otros
recursos presentados por ciudadanos argentinos, peruanos y ecuatorianos que
también fueron expulsados del mismo modo (8).
Colofón
Se aprecia un contraste profundo entre los dos momentos y
acciones que hemos referido: mientras Gabriela no vacila en arriesgar su
libertad y seguridad para salvar la vida del anarquista prófugo, a pesar de no
compartir su ideario ni acciones, al Intendente Orrego no le tiembla la mano
para aplicar la seudo-legislación de la Junta Militar de Gobierno para poder expulsar
ilegal y arbitrariamente a extranjeros que consideraba indeseables por sus
ideas y actividades anarquistas.
¿Qué pasó entremedio con los “humanistas cristianos”? Mucha
agua bajo el puente como para resumirla en este cierre, pero puedo dar fe de
que aún a mediados de los 80 existían muchos jóvenes DC que se unían sin
problemas a las juventudes de izquierda en la protesta contra la dictadura. Se
autodenominaban JDC-R (por “resistencia” o “revolución” (9)),
o “chascones”, por oposición a los DC “guatones” (conservadores y/o más
inclinados a la derecha).
¿Qué habrá sido de ellos después de 1988? ¿Se extinguieron
tal como las facciones más combativas de la Juventud Socialista? Es muy
posible. Mientras tanto, repitamos con Gabriela:
- cóndor (que el final es sólo un “buitre hermoso”, o sea un
carroñero)
+ huemul (animal que casi nadie en Chile ha visto, y que está
en serio peligro de extinción).
2.- En una carta de 1940 se queja ante Frei, su amigo y abogado personal, de “venir
a parar en que no hallamos para salvarnos sino la receta nazi, o la fascista, o
la comunistoide, o la cavernaria, ¡cualquiera menos la propia!” (Memorias de
Eduardo Frei Montalva, Correspondencias con Gabriela Mistral y Jacques
Maritain, Planeta, Santiago, 1989. Citada por Astudillo). De todos modos, cabe destacar el carácter
corporativista de la Falange, con influencias de la Falange Española, y su
“tercer-posicionismo” que se refleja claramente en su símbolo: la flecha roja
atravesando dos líneas que representan la derecha y la izquierda.
3.- Ver: Mateo Martinic, “El genocidio selknam: nuevos antecedentes”, Anuario del
Instituto de la Patagonia, vol. 19, 1989/1990; Clara García-Moro,
“Reconstrucción del proceso de extinción de los selknam a través de los libros
misionales”, Anuario del Inst. de la Patagonia, Vol. 21, 1992; Alberto
Harambour, “Soberanía y corrupción. La construcción del Estado y la propiedad
en Patagonia Austral (Argentina y Chile, 1840-1920)”, Historia N° 50, Vol. II,
julio-diciembre 2017. Agradezco a Arturo Castillo Cabezas la recomendación de estos
valiosos materiales.
4.- Editorial
Nascimento, 1977.
5.- Ramón Arriagada, “La rebelión de los tirapiedras. Puerto Natales 1919”,
Ediciones Universidad de Magallanes/Editorial Fiordo Azul, Tercera edición,
2017.
6.- Sobre esta “escena” la policía chilena se viene explayando a lo menos desde los
tiempos del “Caso Bombas” (2009-2012).
7.- En
abril de este año se publicó la nueva ley de extranjería, N° 21.325, que está
en espera de la dictación de su Reglamento para entrar en vigencia.
8.- Ver, por ejemplo, el Rol 1919-2017 de la Corte de Apelaciones de Santiago.
9.- Sólo dos décadas antes Frei Montalva hablaba de una “revolución en libertad”.
Salió Rozas y quedó a cargo otro General contra el cual se formularon cargos en el sumario de la Contraloría General de la República.
Lo primero que hizo fue salir a decir que en Chile no hay violaciones a los derechos humanos.
Tal como ningún gobierno ha reconocido jamás la existencia de presos políticos.
La estrategia popular callejera ha variado. No más concentraciones en Plaza Dignidad, ahora se avanza por la Alameda hacia La Moneda, acordonada por COP a lo menos desde el Paseo Ahumada.
Los COP resisten un rato, y luego avanzan conquistando cuadra por cuadra gracias a sus millonarios vehículos nuevos.
Obligan a la multitud a llegar hasta el cerro Huelén, desde donde se realiza ataques simultáneos a los COP. Y se avanza de nuevo hacia el centro.
La escopeta ya no se usa mucho, cediendo el lugar al terrorismo de la represión química. Humo, gases, agua que causa quemaduras...
Va "El terrorismo de Estado", de Mariana Zegers:
El terrorismo de Estado
Anda suelto por las calles
En cuarteles y tribunales
Se pasea desfilando
El terrorismo de Estado
En la bolsa tiene acciones
Y allí tranza sinrazones
Por poder y por dinero
A este Estado traicionero
¡Fraguaremos maldiciones!
Escuchamos por los medios
Que son hechos aislados
¿Acaso creen que estamos
Ciegos, sordos sin remedio?
No vivimos en un predio
Aislado de este mundo,
Y aunque Chile sea un fundo
Que pertenece a unos pocos
Su poder, así lo invoco
Cayó a un pozo bien profundo
Y así como Víctor cantaba
Al señor politiquero
Que aunque bien le ponga esmero
La culpa el agua no lava.
Las manos ensangrentadas
Que han manchado nuestra historia
Allí están en la memoria
De un pueblo que se levanta
De un pueblo que aquí se planta
En contra e´ su falsa gloria
Refundar parece poco
La palabra queda corta
Y la risa no conforta
Que d´ espanto me acogoto.
Nos van tratar de locxs
Por querer cambiarlo todo
Y dirán que no es el modo
Pero quién entiende el suyo
Este mar que es un murmullo
Hoy resiste codo a codo
El Terrorismo de Estado
Hizo su entrada en la Plaza
Pero hace tiempo que caza
Anda con su brazo armado.
Pa´ violar derechos humanos
A ellos los adoctrinan
Sin cuestionar asesinan
A un pueblo que se rebela
Y robando hasta que duela
Muestran su labor mezquina
La historia de explotación
De horrores y de matanzas
Pronto su final alcanza
No hallará su redención.
Por la gran devastación
Que hoy las naciones eluden
Es que todo el mundo intuye
Que lo cierto es que la Tierra
Se defiende como fiera
¡Y las pulgas se sacude!
Hace exactamente cien años el país vivía una gran agitación
obrera, estudiantil y popular. Frente a ella las clases dominantes esgrimieron
recursos típicos de la contra-revolución: por una parte, exacerbar el
“patriotismo” haciendo desde el 15 de julio el amago de movilizar tropas para
una guerra contra Perú, en la farsa conocida como la “guerra de don Ladislao” (en
homenaje al Ministro de Guerra del presidente Sanfuentes).
Además, se desató una fuerte represión contra los “subversivos”,
que por oponerse a esta maniobra eran acusados de estar “vendidos al oro
peruano”. Como suele pasar en estos casos -y sigue ocurriendo hasta el día de
hoy-, esa represión se ejerció tanto a través del aparato represivo oficial
(policía, militares, jueces, cárceles) como mediante la acción de grupos de
civiles que encontraban vía libre para ejercer su labor parapolicial.
El 21 de julio una horda de la llamada “juventud dorada”
(jóvenes reaccionarios de la clase alta) atacó e incendió el local de la
Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) en la primera
cuadra del Paseo Ahumada.
En los días posteriores se vino la arremetida judicial,
encarcelando a cerca de mil personas en lo que se conoció como el “proceso a
los subversivos”, al cual se refiere entre otros la notable pluma del abogado
Carlos Vicuña en su libro “La tiranía en Chile”.
El 25 de julio la policía llegó a la casa donde vivía José
Domingo Gómez Rojas junto a su madre y su hermano menor Antuco, de 12 años. Conocido
como “el poeta cohete”, este joven de 24 años era al mismo tiempo: estudiante
de Derecho en la Universidad de Chile y de Castellano en el Pedagógico, profesor
que hacía clases gratuitas en un Liceo nocturno, oficial dactilógrafo de la
Municipalidad de Santiago, participante activo en la FECH, la Federación Obrera
de Chile, y la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional.
En 1913, contando apenas con 17 años de edad, había publicado
el libro “Rebeldías líricas” (disponible íntegramente en el sitio web de
Memoria Chilena, en una edición de 1940), el único que alcanzó a publicar en su
corta vida.
El libro es profundo y hace erizar los pelos. Sus breves y
sencillos poemas parecen armas. Tienen un enorme impulso antiautoritario y
rebelde que en cierta forma es la resultante del personal y único cruce que en
su biografía tuvieron el anarquismo de principios de siglo -con un tono más
stirneriano y nietzscheano que materialista histórico- y una vertiente mística
que proviene de la tradición no católica-romana del cristianismo, que se
amalgaman en versos como los de este fragmento de su poema “Renegación”:
Yo, hijo de este siglo
hipócrita y canalla
reniego de mi siglo y salgo a la batalla
con gritos de amenaza y ayes de rebelión
y son mis cantos rojos, como la dinamita
y como mis dolores, como mi ansia infinita,
como mi sed eterna de eterna redención.
El anarquismo de hace 100 años, que en Chile era prominente
antes de la formación de los grandes partidos de la izquierda autoritaria y/o
burocrática en los años 20 y 30, fue una gran herramienta para la organización
y la autoconciencia del pueblo desde el Norte grande a la Patagonia. Y en todas
partes fue severamente reprimido.
Pero si tenemos en cuenta que José Domingo era un activo
anarquista pero tambiénmilitaba en las
juventudes radicales, y que como ya señalamos no era ateo ni agnóstico sino que
un espíritu libre, abiertamente místico y singularmente cristiano, podríamos
imaginar que en las filas anárquicas de estos tiempos había una considerable
variedad de posiciones y no la gris uniformidad que asociamos ahora al
anarquismo más tradicional.
José Domingo era un conocido agitador en su tiempo. Declamaba
por horas ante las masas su volcánica poesía-cohete en medio de las enormes
concentraciones que se realizaban en esos tiempos agitados en la Alameda.
Incursionó en la práctica del “mítin relámpago” llevando una silla a la salida
de fábricas para poder hablar y luego huir de la policía gracias al apoyo de la
multitud.
Suponemos que por todas esas razones la policía lo fue a
buscar, siguiendo instrucciones de un turbio magistrado, bajo el pretexto de
aparecer mencionado en un acta incautada en un local de la Industrial Workers
of the World (o “wobblies”, una corriente sindical organizada de gran presencia
en Estados Unidos, con posiciones entre el anarquismo y el sindicalismo
revolucionario, y que en ese entonces tenía una activa presencia en la región
chilena). Se dice que al momento de ser detenido Gómez Rojas no entendía muy
bien qué estaba pasando.
Desde el inicio el juez Astorquiza se ensañó con él, y en vez
de enviarlo junto a sus amigos a la Penitenciaría de Santiago (que aún sigue
ahí en Pedro Montt, a cuadras del metro Rondizzoni) ordenó que lo encerraran en
la Cárcel Pública (que ya no existe, y estaba situada en General Mackenna,
desde donde en enero de 1990 se fugaron 49 presos políticos y donde poco
después pude ver y saludar por última vez a Marco Ariel Antonioletti en una corta
visita carcelaria, sin sospechar que sería asesinado por el Estado poco
después, el 14 de noviembre del año del “retorno de la democracia”).
Cuando el juez interrogó a Gómez Rojas, le preguntó de
entrada si era anarquista. La inesperada respuesta del poeta lo descolocó: “No
tengo, señor Ministro, suficiente disciplina moral para pretender ese título,
que nunca mereceré”.
Astorquiza lo amenaza entonces con dejarle caer todo el rigor
de la Ley de Seguridad Interior del Estado (que todavía existe y se aplica,
aunque en su forma actual: la Ley 12.927, de 1958, varias veces modificada y
aplicada hasta nuestros días, incuso contra estudiantes secundarios, pero jamás
contra gremios poderosos y reaccionarios como el de los camioneros). Gómez
Rojas le recomienda: “No hagamos teatro, señor Ministro”. El magistrado
enfurece y ordena que lo envíen a aislamiento a la celda 462, incomunicado, a
pan y agua.
Tras salir del aislamiento es trasladado junto a los demás
“subversivos” a la Penitenciaría, hasta que en una inspección judicial
realizada el 29 de agosto Astorquiza seindigna al verlo fumar en el patio de la cárcel. José Domingo le hace
ver que él también está fumando, no un cigarrillo sino que un habano. El juez lo
golpea en el rostro y ordena que lo regresen a la Cárcel Pública, donde de
nuevo lo someten a formas extremas de aislamiento, e incluso le quitan la
posibilidad de acceder a papel y lápiz.
José Domingo no se deja doblegar. Raya en la pared de su
celda el que tal vez haya sido de lejos se poema más famoso en la juventud de
la época:
La juventud, amor, lo
que se quiere,
ha de irse con nosotros. ¡Miserere!
La belleza del mundo y lo que fuere
morirá en el futuro. ¡Miserere!
La tierra misma lentamente muere
con los astros lejanos. ¡Miserere!
Y hasta quizás la muerte que nos hiere
también tendrá su muerte. ¡Miserere!
Astorquiza se mantiene inflexible, y dice que el poeta se
está “haciendo el loco”.
José Domingo contrae difteria y meningitis. El 21 de
septiembre lo envían a la Casa de Orates, donde muere el 29.
A su funeral asistieron cincuenta mil personas, cuando en
Santiago vivían quinientos mil. Pocos días después salió el primer número de
Claridad, la revista de la FECH, casi enteramente dedicado a su compañero
caído.
José Domingo
siguió viviendo en las páginas de las novelas de los amigos quienes alentó a
escribir: Manuel Rojas y José Santos González Vera, entre varios más.
La plazoleta en Pío Nono frente a la Escuela de Derecho
llevaba su nombre y puedo dar fe de que al menos desde 1988 hasta algún momento
que no recuerdo bien estaba emplazada ahí una gran una piedra roja en homenaje
a Gómez Rojas. Me temo que fue quitada cuando se decidió rebautizar esa plaza
con el nombre de Juan Pablo II hacia el año 2009, maniobra urbanística que
originalmente incluía la idea de posicionar en ese lugar una estatua del Papa
polaco.
Recientemente se publicó una excelente Antología de Gómez
Rojas por las Ediciones Universidad Diego Portales, con selección de poemas a
cargo de Adán Méndez y un valioso prólogo de Nicolás Vidal. Si bien la
antología se tituló “Rebeldías líricas”, aparecen sólo cinco poemas del libro
del mismo nombre, y el grueso de la obra se concentra en las Elegías (1935),
además de otros hallazgos como apariciones en una pequeña antología de poetas
chilenos de 1917 y la revista Los Diez (1916).
No hay persona a quien le haya mostrado esta antología que no
haya quedado profundamente impactada por su vida y obra. Lo cual es una buena
manera de llevar a la práctica la afirmación de que nada ni nadie está olvidado,
aunque ya haya transcurrido un siglo.
¿Como ACABar con la policía? Convocatoria revista Carcaj.cl septiembre/octubre 2020
en vez de “te amo” di a la mierda la policía / en vez de “los fuegos del cielo” di a la mierda la policía, no digas “reclutamiento” no digas “trotsky” di que se joda la policía en vez de “despertador”, di a la mierda la policía en vez de “mi traslado diario” en vez de “sistema electoral” en vez de “viento solar sin fin” di que se joda la policía
(ACAB: una canción de cuna, Sean Bonney)
La yuta, los pacos, los tiras, la jura, los cerdos, los tombos, ¡están por todas partes! La mayoría de nuestras experiencias sociales parecen hoy estar permeadas, contabilizadas o cuadriculadas por ellos; sus zonas de intervención, sus medios de vigilancia y sus métodos de represión se han hecho cada vez más intensos; el paqueo se ha vuelto masivo y generalizado. Tanto así que uno casi llega a olvidar que se trata de una invención reciente: la policía no siempre tuvo su lugar en la historia de las sociedades.
¿Cómo fue que la promesa de la polis, la ciudad libre y autoorganizada, se convirtió en una pesadilla policial? ¿En qué momento se hizo más fácil imaginar una sociedad sin capitalismo que una sociedad sin policías?
¿Y qué es la policía, en todo caso? ¿Qué entendemos cuando la nombramos? ¿La violencia legítima del Estado? ¿Una banda narco-criminal institucionalizada? ¿El brazo armado de la élite, destinado a asegurar el orden de dominación y los procesos de acumulación capitalista? ¿Es una institución, una función, una técnica de gobierno sobre los cuerpos?
Una constante del pensamiento vigilado nos ha querido convencer de que la policía se justifica, de una vez y para siempre, en una función impostergable: evitar el crimen. Pero el crimen no es tanto lo que la policía viene a combatir, como su materia prima y su producto. Por eso una campaña de carabineros podía hace poco proclamar “somos la frontera entre la ciudadanía y la delincuencia”: porque de lo que se trata, ante todo, es de asegurar que esa frontera exista. Hacerla emerger, marcarla y controlarla. Lo que cambió realmente con la aparición de la policía no fue, entonces, una verdadera disminución en la tasa del crimen, sino algo en la organización más íntima del Estado: el descubrimiento de una verdadera industria en torno a la distribución, asignación y “prevención” del delito. La ciencia de la policía es desde entonces inseparable de una demonología de las figuras del criminal, en la que la discriminación racial, la diferenciación sexual y la subordinación de clase son los marcadores fundamentales.
No se trata simplemente de que la policía discrimine, no es solo que sea racista: la yuta es una verdadera fábrica de la segregación, una máquina de producción de abusos y desigualdades. Por eso, la violencia descontrolada, los asesinatos, violaciones, torturas; los llamados elegantemente “excesos” en el uso de la fuerza, nunca serán “hechos aislados” ni simples errores en la ejecución de algún protocolo, sino que son los efectos de una condición muy precisa que le permite a la policía desatar la violencia en múltiples formas y con total impunidad, mientras la justicia que imparta deje en claro su carácter de clase.
Por eso la cuestión decisiva, el límite de cualquier teoría revolucionaria o insurgente, quizá siga siendo en el fondo el problema de cómo defendernos. ¿Qué hacer frente al monopolio de las armas y la violencia? E incluso, ¿es posible pensar la abolición de la policía? ¿Cómo acabar con los pacos? ¿O acaso serán estas otras preguntas inútiles, y habrá que resignarse a seguir mencionando para siempre alguna que otra necesidad de reformar, desmilitarizar, o democratizar la institución policial?
Si hasta ahora amplios sectores de la población podían vivir con la idea de que el copamiento policial no les concernía, porque no eran afroamericanos en Estados Unidos, Mapuche en Wallmapu o pobladores de la Legua, hoy se ha hecho evidente que esos territorios de presencia policial intensiva operan como grandes laboratorios de una arremetida contrainsurreccional en curso, lista para ampliarse en cualquier coyuntura crítica, ya se llame octubre, coronavirus o hambre.
Así, como era de esperar, y en continuidad con la cacería humana que tuvo lugar como respuesta represiva a la insurrección de octubre -por la cual aún hoy hay más de 2.500 personas encarceladas y cerca de 400 mutiladxs-, un considerable reforzamiento del aparato policial ha ido teniendo lugar estos últimos meses, marcado por el gasto exorbitante en armamento y equipos de alta tecnología, un proyecto de reforma al sistema de inteligencia, leyes de protección especial a los pacos, y un gran paquete de leyes represivas que vienen tramitándose desde el año pasado. Mientras, en las calles el toque de queda se extiende noche a noche, y el peso de todas esas noches cae sobre Wallmapu llenándose de milicos; cae sobre lxs presxs, las hortaliceras, las comunidades asediadas, los territorios devastados por el extractivismo neoliberal, y cae como represión continua a toda forma de protesta u organización social, incluso contra las ollas comunes y centros de acopio que se levantan para hacerle frente al hambre en las poblaciones; cae brutalmente la noche policial sobre Alejandro Treuquil, Macarena Valdés, y todxs lxs George Floyd de las periferias del mundo, asesinadxs sin cámaras presentes ni tiempo para gritar “no puedo respirar”, que parece ser el único grito posible en un mundo de mascarillas, apestado de lacrimógenas y del olor a putrefacción del capitalismo.
La presencia policial es asfixiante; la policía misma es un monstruo de confinamiento. De ahí que el modelo privilegiado de sociedad policial sea la cárcel. Y el hecho de que el encierro domiciliario se convierta hoy en un modo de vida masivo muestra justamente la consolidación de las formas policiales de organizar el mundo. De lo que se trata para la policía es de que todo esté en su lugar; impedir la posibilidad del encuentro. Todo el discurso de la seguridad por el que llenan las ciudades de pacos, drones y de cámaras, no es sino una gran guerra contra la imprevisible química de los cuerpos que se juntan, se comunican, se organizan.
Lo que está detrás de esa guerra preventiva es, en el fondo, el mismo presupuesto antropológico sobre el que descansa la existencia de la policía: que su presencia es necesaria para la convivencia colectiva; que si no fuera por ella nos terminaríamos matando unxs a otrxs. En ese sentido, ¿no es siempre la solución policial una especie de montaje?
Sin embargo, la idea de presenciapolicial, y el proyecto de una institución como cuerpo de la violencia legítima del Estado, ya ni siquiera nos da una imagen completa de lo que es la policía. Ésta se ha vuelto hipertrófica y descarnada. Primero fueron sus cuerpos los que comenzaron a acumular prótesis, más cubiertos que tortuga ninja, armados hasta los dientes, acoplados a un guanaco, una tanqueta o un zorrillo: el cuerpo de la policía comenzó a robotizarse, a vestirse cada vez más a lo robocop. Pero en nuestros días la policía se ha sofisticado hasta el punto de poder prescindir de cuerpo y de lugar físico, saltándose los protocolos de la presencia. La comisaría virtual está, de algún modo, en todas partes. Solo se necesita tener -y esto es lo fundamental- una buena conexión a internet. Todo un entramado de sistemas de televigilancia, algoritmos y plataformas arman hoy la red de una tecnopolicía en la que el dogma del orden público parece haberse aliado definitivamente con el culto del beneficio privado.
¿Cómo es que la policía ha conseguido capturar y canalizar los deseos colectivos de justicia, protección, o castigo del crimen? ¿Cómo comenzamos por enfrentarnos al propio paco inscrito en nuestros deseos y en nuestras prácticas? ¿Qué sería a partir de allí crearse cuerpos y relaciones no policiales? ¿Qué otros horizontes posibles se abren a partir de las recientes (y las no tan recientes) experiencias de creación y posterior desmantelamiento de zonas autónomas y libres de policías?
¿Y cómo afirmar una vida colectiva contra toda policía, contra el jefe-paco, el marido-paco y el papá-paco? ¿Cómo resistir al paqueo en todas sus formas a través de otras prácticas y escrituras?
Les extendemos estas preguntas y reflexiones, como una invitación a crear, escribir y resistir en estos tiempos de copamiento policial,
+poesía -policía
Carcaj
Convocatoria:
Carcaj es una revista cultural abierta a participación. Recibimos artículos, ensayos, poemas, crónicas, cuentos y material gráfico.
Las contribuciones para la presente convocatoria -«Cómo ACABar con la policía»- serán recepcionadas hasta el domingo 18 de Octubre.
Durante todo el resto del año recibimos colaboraciones no sujetas a las convocatorias temáticas.
¿Cómo colaborar?
Nuestros ejes temáticos son el arte, la literatura y el pensamiento crítico, en su relación a la cultura y la sociedad.
Los textos enviados para su publicación no deben exceder las 8 páginas (ocupando como referencia un documento Word, letra Times New Roman 12, interlineado simple) y deben ser enviados en un archivo de edición de texto (es decir, no en PDF).
Los textos deben, idealmente, venir acompañados de una breve reseña biográfica de la o del autora/or, que no exceda las 5 líneas.
Si quieres colaborar puedes enviarnos tus textos, traducciones o imágenes a:
X las Cabezas Parlantes (Byrne, Wymouth, Harrison, Frantz) ,
con Eno en los “tratamientos” (el tema aparece en el álbum: Miedo a la música,
grabado en 1979 en la casa de Chris F. y Tina W., y editado por Sire el mismo
año).
En vivo en Roma. El camarógrafo parece obsesionarse con
mostrar a Tina Weymouth desde la posterioridad. 1980. ¿Aun un año de alegría colectiva? Aún faltan 4 para 1984.
Adrián Belew en la guitarra con tratamientos varios. Venía
de trabajar con Zappa y King Crimson.
Acá vamos. Siguiendo con la serie canciones sobre ciudades
(antes de eso vimos a The Ex con “soon all cities”, ¿se acuerdan?).
Piensen en Londres,
una ciudad pequeña
Es oscura, oscura de
día
La gente duerme,
duerme de día
Si es que ellos quieren,
si es que quieren
Estoy revisándolas
Me las estoy figurando
Hay cosas buenas y
cosas malas
Encuentra una ciudad
Encuentra una ciudad
para vivir
Hay un montón de ricachones
en Birmingham
Un montón de fantasmas
en un montón de casas
Mira ahí!...Una
fábrica de hielo seco
Un buen lugar para
pensar
Bajando El Paso las
cosas se expanden un buen poco
La gente no tiene idea
de en qué mundo está
Suben al Norte y bajan
de regreso al Sur
Y todavía no tienen
idea del mundo en que viven
Me olvidé de mencionar
Memphis, olvidé mencionar a
Allen Ginsberg en Cuba (con Nicanor Parra). Entrevista a Gay Sunshine (1973).
Allen Ginsberg fue entrevistado
por Allen Young para la revista Gay Sunshine, 1973. Hay un libro en dos tomos
llamado “Cónsules de Sodoma” donde se reúnen las mejores entrevistas de dicha
publicación setentera, incluyendo la que a mi juicio es la mejor de todas: la
entrevista a William S. Burroughs.
En esta entrevista Ginsberg
relata de manera muy significativa algunos pormenores de su viaje a la que
muchos aún quieren ver como “Cuba revolucionaria”, de la cual fue expulsado por
ser persona non grata para la
burocracia policial disfrazada de marxista. En su relato nos toparemos con una
tímida aparición del recientemente fallecido Nicanor Parra, que aparentemente
tampoco se llevó muy bien con dicho aparato, pero al menos no llegó a ser
expulsado de la isla. Con todo, pese al trato suministrado, Ginsberg no pudo
evitar la tentación izquierdista de seguir apoyando la “revolución cubana”,
porque al igual que el 99% de los izquierdistas, no comprendía el carácter
capitalista y en ningún caso socialista de la misma.
YOUNG: En 1965, circulaban varias
historias sobre tu visita y tu salida de Cuba. Me gustaría saber más acerca de
lo que hiciste y dijiste en Cuba, y qué fue lo que hizo que finalmente te
deportaran.
GINSBERG: Bueno, lo peor que dije fue
que había oído rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era
guapo. Lo más sustancial fue que preguntaba por qué, hasta 1965, la política
sobre la marihuana había sido tan desastrosa y tan poco científica. No acepté
la respuesta que me dieron, según la cual los soldados de Batista la usaban
para ponerse en onda y, en ese estado, disparar contra ellos; no creí que eso
fuera verdad. Mirando retrospectivamente, no parece que viniera al caso que
la necesitaran, pero al mismo tiempo tampoco parece que viniera al caso
prohibirla. Perseguían a los homosexuales dentro de los grupos de teatro, que
en aquella época estaban orientados principalmente hacia lo gay. En vez de
encontrar una salida para eso, trataron de acabar con ello enviando a todo el
mundo a cortar caña. Este fue un intento de humillarlos, recurrieron a la caña
para humillarlos en lugar de integrarlos, y no se habló del asunto en los
periódicos. Fue una campaña secreta, donde todos los acólitos de la Liga de
Juventudes Comunistas del Partido, muchachos patrioteros, como las nixonettes,
por así decirlo, acusaban todo el mundo que no era de su agrado ser marica.
No estaba bien visto llevar barbas y
pelo largo, a pesar de que ése fuera el estilo característico de Castro y de
los libertadores de la calle principal, conocida como La Rampa. La policía
detenía a las personas y las arrestaba por llevar pelo largo, acusadas de
existencialistas y degeneradas. Un grupo de chicos jóvenes, miembros de un
grupo de poetas que yo conocía, "El Puente", eran molestados por la
policía; no les permitían publicar y los llamaban maricas. Una noche, todo el
grupo de escritores del Encuentro Interamericano, auspiciado por La Casa de las
Américas, fue al teatro a escuchar un concierto de música feeling. Allí se nos unió un grupo de jóvenes poetas. Cuando
abandonaron el teatro, todos fueron detenidos por la policía, arrestados y
amonestados por andar con extranjeros. Algunos de estos jóvenes poetas estaban
traduciendo mi obra.
Bueno, ahí teníamos toda esa burocracia
policial en Cuba, extremadamente dura, y con una actitud muy rígida con
respecto a toda esa cultura basada en las barbas; en la revolución sexual, en
el intercambio y la homosexualidad. En otras palabras, no existía una verdadera
revolución cultural; básicamente aún existía una mentalidad católica. Como en
muchos países comunistas, los acólitos partidistas y los policías burócratas
eran como los secuaces del alcalde Daley: patrioteros culigordos, chapados a la
antigua. Conservadores egoístas, que de ningún modo eran comunistas de corazón,
controlaban cada vez más las burocracias de la policía y de la inmigración; y
se ponían frenéticos con los que follaban con los ojos abiertos, oían a los
Beatles, leían libros interesantes como los de Genet, y peleaban en Bahía
Cochinos contra los americanos. Incluso los que habían estado en la sierra con
Castro mantenían una actitud muy reservada en cuanto a fumar hierba. La
prensa era aburrida, estaba monolíticamente controlada, y los reporteros me
recordaban mucho a los farisaicos reporteros del "Daily News", en
cuanto a sus opiniones y argumentos. Seguí hablando allí, tal como lo hacia
aquí, sobre mi posición antiautoritaria. Pero mi sentimiento básico era de
simpatía hacia la Revolución. Tenía amigos que vivían allá, fui huésped
invitado y formé parte del jurado en un concurso literario donde ¡me limité a
cerrar la boca! Lo peor era lo que se
decía de la homosexualidad y el reto a la posición oficial sobre el tema.
Castro había adoptado una posición oficial con un discurso en la Universidad,
en el cual atacó la homosexualidad. La llamó degenerada o anormal. Lo veía cómo
una cábala, tal vez una conspiración. Creo que elogió la Liga de Juventudes
Comunistas por delatar a los maricas.
Yo le sugerí a Haydée Santamaría que
invitasen a los Beatles y obtuve esta respuesta: "No tienen ideología;
tratamos de construir una revolución con ideología". Bueno, eso está bien,
pero ¿cuál era la ideología que proponían? ¿Una burocracia policial que persiguiera
a los maricas? Creo que están gastando una gran cantidad de energía en eso.
Algunos de esos "maricas" habían sido los mejores revolucionarios
—gente que peleó en Bahía Cochinos de Playa Girón— Yo me acosté con un joven
poeta a escondidas. Un día me fumé un porro mientras caminaba a lo largo de una
calle sombreada con un compañero barbudo que me dijo que había estado en las
montañas con Castro, y que ahí habían fumado. Pero hasta ahí llegó mi
"conducta criminal".
Creo que uno de los resultados más brillantes e interesantes obtenidos por la
Liberación Gay en Cuba fue la confrontación con la burocracia policial
represiva y conservadora. Creo que la confrontación entre la Brigada Venceremos
y la Liberación Gay, que muestra el bloqueo mental cubano frente al tema de la
homosexualidad, es una de las cosas más provechosas hechas por el Movimiento a
escala internacional. Al menos trajo la pregunta a un primer plano de la
conciencia. La gente del Movimiento fue allí para ofrecerse, no tanto por
confrontar a los cubanos, sino por averiguar lo que estaba pasando. Ellos eran
obviamente favorables al cambio y a la Revolución. Puesto que se trataba de un
grupo de Liberación Gay, la prensa derechista y capitalista no podía sacar
ventaja de la confrontación y avergonzar a Cuba, por que entonces ¡tendrían que
haber apoyado al Movimiento! Así que el Movimiento tenía el toro por los
cuernos, dentro de un contexto de confraternidad, de reto a la mentalidad
machista y represiva cubana, de un modo constructivo. No creo que el Partido
Comunista de allá reaccionara muy bien. ¿Cuál fue el resultado?
YOUNG: Entretanto, la Brigada ha adoptado la política de excluir a la gente del
Movimiento. Hubo una Quinta Brigada que no incluía gente de la Liberacion Gay
Desde entonces, los cubanos han inventado una elaborada definición política de
la homosexualidad, denominándola "patología social". La gente de la
Brigada Venceremos, pro cubana, ha mantenido relaciones hostiles con el
Movimiento Radical de Liberación Gay. Numerosos miembros de la Nueva Izquierda,
que antes sentían simpatía por Cuba, han reducido sus expresiones de adhesión
hacia Cuba por la cuestión gay. Los cubanos han forzado a muchas personas a
elegir entre la Revolución y movimiento de Liberación Gay, y están bastante sorprendidos
de encontrarse con gente que escoge a los gays.
GINSBERG: Al principio cuando Castro hizo su revolución, dijo que era una
revolución marxista, pero aún sigue siendo una revolución humanista. Si es una
revolución humanista, no pueden atacar a los homosexuales. De otra forma, sería
una contradicción. Creo que es importante apoyar cualquier alejamiento del
imperialismo norteamericano, de su excesivo consumismo, así como de cualquier
modelo de independencia del dominio psicológico norteamericano. Pero
naturalmente la razón es precisamente la de volver a ser humanos e
independientes.
Si la definición de humano e independiente significa apoyar ese punto de vista
hacia la sexualidad —el punto de vista monoteísta y católico—, entonces sería
aconsejable que los radicales norteamericanos por lo menos se dieran cuenta de
que, en la situación cubana, están tratando con seres humanos y no con
autoridades divinas. Estoy dispuesto a aceptar que la revolución cubana
representa un auténtico alivio de la dominación capitalista de la mafia sobre
la anterior sociedad cubana corrompida, así como una liberación del dominio de
Norteamérica.
En otras palabras, creo que la revolución cubana es importante y que debe ser
apoyada. Ellos mismos, lo aprenderán dentro de poco. De todos modos, verán el
fin del mundo y terminarán por aceptar el pelo largo y la pansexualidad.
Tendrán que adoptarlo como política estatal antes de que dejen de existir,
simplemente para aliviar su problema de superpoblación. Creo que los gays están
bregando desde una oposición de gran fuerza, porque su posición se basa en
ancestrales reglas de conducta mamífera, de necesidad ecológica con respecto al
futuro y al reconocimiento de una humanidad común. Por lo tanto, creo que los
gays pueden darse el lujo de decir: "Ahhh"..
Vi allá muchas otras cosas relacionadas con la persecución cultural. Me
interesé por la santería (cultos afrocubanos). Fui con un grupo de escritores a
casa de un santero, en las afueras de La Habana, para asistir a una ceremonia
Congo y también a una Yoruba. En mitad de la ceremonia, llegó la policía;
pidieron el nombre y el domicilio de todos, y todo el mundo fue maltratado.
Alegaron que había que tener un permiso para cualquier tipo de reunión de más
de diez o doce personas pasada cierta hora, y aun a cualquier hora en una
residencia privada. Ellos sabían perfectamente quiénes éramos; había allí
representantes de La Casa de las Américas. Otra vez teníamos a la burocracia
policial contra la cultura.
Uno de los motivos de orgullo en Cuba era la aceptación de la herencia racial
africana. La religión de la santería era uno de los más importantes y
ancestrales rituales tribales que había resistido a la Iglesia cristiana de los
blancos, ¡y ahí estaban, interrumpiendo aquella ceremonia! Al parecer, existía
un intento por desactivar la práctica de la santería, porque era vista como una
autoridad espiritual que rivalizaba con la del Estado.
Una mañana, hacia el final de mi
estancia en Cuba, me encontraba en la habitación del hotel cuando tres
silenciosos soldados uniformados entraron en compañía de un oficial. Este dijo
que era el jefe de inmigración, que tenía que hacer mis maletas y que sería
deportado en el próximo avión a Praga. Pregunté si habían informado a La Casa
de las Américas y me contestaron que no, que ya habría tiempo de sobra. No me
permitieron telefonear a La Casa, que era mi anfitriona, y me llevaron a la
planta baja. En el vestíbulo, le grité a Nicanor Parra que estaba siendo
deportado y que ellos debían ponerse en contacto con La Casa de las Américas y
avisarles. Me llevaron en coche al aeropuerto. En el camino, pregunté por qué
me deportaban. El oficial contestó: "Por quebrantar las leyes de
Cuba".. Y yo volví a preguntar: "¿Qué leyes?". El dijo:
"Pregúnteselo a usted mismo.
Su respuesta era como la respuesta que me dio el decano MacKnight en la
Universidad de Columbia cuando me echaron a patadas por haberme quedado una
noche en mi habitación con Jack Kerouac. ¡Y no habíamos hecho el amor! Tan sólo
dormimos allí porque Kerouac no tenía dónde quedarse aquella noche.
No fui a quejarme a gritos a la revista "Time" de que había sido
injustamente echado a empujones de Cuba. Me limité a concederles el beneficio
de la duda, dando por sentado que yo era como un peón de ajedrez, Se trataba de
una lucha entre los grupos liberales y la burocracia militar. Me di cuenta
también de que mientras más presionara Estados Unidos a Cuba, más poder
adquirían los militares del ala derechista, la burocracia policial, los
acólitos del Partido. El problema real era aliviar la presión ejercida por
Norteamérica, terminar con el embargo en vez de "culpar" a la
Revolución, a Castro o al marxismo —a pesar de que sigo creyendo que Castro no
tuvo mucho tacto con el tema de la homosexualidad; hubo excesiva insensibilidad
y negligencia machista por su parte.
YOUNG: Cuando estuve allá en 1971 en la conferencia de periodistas, asistí a
una recepción junto a una gran piscina. Todo el mundo se arremolinaba en torno
a Fidel, el disfrutaba, enrollándose en animada charla con distintas personas.
Yo me sentía muy fuera de lugar. Era el único varón que no llevaba pelo corto,
traje y corbata, con excepción de algunos africanos que vestían trajes típicos.
La idea de meterme a la fuerza en un tumulto para hablar con un hombre famoso
no era lo mío.
Decidí charlar con otras personas. Hablé con un comandante muy destacado, un
tío negro que había peleado con Fidel en la Sierra y que estaba en el Comité
Central. Karen Wald, una americana que nos acompañaba, le preguntó su opinión
sobre el machismo. Y él dijo: "Vaya, hombre, es fabuloso". Hasta el
día de hoy no he podido dilucidar si le estaba tomando el pelo o si su reacción
obedecía a una verdad profunda: que el machismo es algo muy importante y
apreciado por el hombre cubano.
GINSBERG: Al fin y al cabo la cuestión se reduce al problema del machismo
—tanto aquí, en los Estados Unidos, como allá— desde el punto de vista de las
tácticas revolucionarias. De hecho, la Liberación Gay tiene en cierto sentido
un enfoque adecuado para la gente heterosexual con ideas acomodaticias de clase
media acerca del poder, sea cual sea el cañón de donde salgan.
Control preventivo de identidad/reglamento de peatones (Jarry)
Observando el devenir del famoso proyecto presentado por la Nueva Mayoría sobre agenda corta antidelincuencia, tenemos acá el texto del "control preventivo de identidad" aprobado en términos generales por el Senado.
Leerlo me hizo recordar un texto de Alfred Jarry que agregó a su brillante texto breve "El peatón atropellador", publicado en 1901.
No estamos muy lejos de eso:
Artículo 12.- En cumplimiento de las
funciones de resguardo del orden y la seguridad pública, y sin perjuicio de lo
señalado en el artículo 85 del Código Procesal Penal, los funcionarios
policiales señalados en el artículo 83 del mismo Código podrán controlar la
identidad de cualquier persona en el lugar en que se encontrare, por cualquier
medio de identificación expedido por la autoridad pública, como cédula de identidad,
licencia de conducir y pasaporte. El funcionario policial deberá otorgar a la
persona las facilidades para identificarse.
En la práctica de la identificación se
deberán respetar la igualdad de trato y no discriminación arbitraria.
En el ejercicio de esta facultad los
funcionarios policiales deberán exhibir su placa e identificarse. Si la persona
se niega a acreditar su identidad o si habiendo recibido las facilidades del
caso no le fuere posible hacerlo, la policía la conducirá a la unidad policial
más cercana para fines de identificación.
El conjunto de procedimientos detallados
precedentemente no deberá extenderse por más de cuatro horas, transcurridas las
cuales deberá ser puesta en libertad. En caso de que la persona mantenga
órdenes de detención pendientes, la policía procederá a su detención, de
conformidad a lo establecido en el artículo 129 del Código Procesal Penal.
Las Policías deberán elaborar un
procedimiento estandarizado de reclamo para ser implementado en cada unidad
policial, que permita a aquellas personas que estimaren haber sido objeto del
ejercicio arbitrario del control de identidad del presente artículo, formular
su reclamo de conformidad con las normas administrativas, sin perjuicio de la
responsabilidad penal que procediere.
Además, dichas instituciones deberán publicar
bimensualmente en su página web estadísticas de la cantidad de reclamos
formulados en virtud del inciso anterior, desagregada por sexo, edad y
nacionalidad. La misma información, además de los avances y resultados de
dichos reclamos, deberá ser remitida al Ministerio del Interior y Seguridad
Pública.
También deberán publicar semestralmente el
número de controles de identidad practicados en virtud del presente artículo,
desagregados por sexo, edad y nacionalidad.
Junto con lo anterior, a lo menos
semestralmente las Policías deberán dar cuenta al Ministerio del Interior y
Seguridad Pública de la frecuencia y lugares en que se concentra la mayor
cantidad de controles de identidad por sexo, edad y nacionalidad. Asimismo,
deberán informar la cantidad de detenciones por flagrancia que dieren origen en
virtud de su práctica, desagregada por tipo de delito y las variables antes
señaladas, de conformidad a lo dispuesto en la ley N°20.502.
--
Reglamento:
Artículo primero
El permiso de circulación del
peatón sólo será exigible a las personas menores: niños, mujeres y hombres que
aún no hayan cumplido con su servicio militar. Es sabido que éste último fue
instituido principalmente para inculcar al hombre los primeros rudimentos de la
marcha a pie.
Artículo segundo
El peatón de la edad requerida o
debidamente autorizado, provisto de los aparatos de alarma reglamentarios, será
precedido (a inspiración de la ley que rige los autos sin caballos de
Inglaterra) a cincuenta pasos por un peón caminero, juramentado, agitando una
banderita o una linterna roja; y seguido, a la misma distancia, por un guardián
de la paz esgrimiendo con frenesí una banderita o una linterna verde.
Artículo tercero
El peatón de corta edad, siendo
justamente sospechoso de propensión a desarrollar una velocidad exagerada, sólo
será admitido en la vía pública, sin perjuicio de las garantías precitadas, con
una correa.
Artículo cuarto
Una única banderita colectiva podrá
bastar al peatón en grupo; sin embargo, como no conviene que la seguridad
pública se vea comprometida por una tolerancia tan amplia, este grupo deberá
ser precedido por una música de calidad arbitraria pero lo suficientemente
ruidosa para ser oída a quinientos metros; además, cada individuo deberá llevar
una alarma detonante.
(Alfred Jarry, Apéndice a “El peatón atropellador”, 1901).
Somos de los que sostienen que
Ret Marut y B. Traven son la misma persona.
Fue el editor de la publicación Der
Ziegelbrenner en la Alemania revolucionaria proletaria de hace 100 años.
Luego escribió montones de
excelentes libros, la mayoría de ellos en México. El barco de la muerte. El
tesoro de Sierra madre. La rebelión de los colgados…etcétera.
Quimantú editó “La rebelión…” en
1972, y decía ser la primera edición chilena de dicho misterioso autor. Pese a
que en la introducción de Vicente Reyes citan al autor diciendo que la B. no es
por Bruno ni por Ben ni Benno, en la página 3 al lado del título dice Bruno
Traven.
Reyes toma con reserva lo que a
nuestro juicio es claro, cuando alude a “la tesis de que el escritor vivió en
Alemania en la época de la Primera Guerra Mundialbajo el nombre de Ret Marut,
de que desarrolló intensa actividad revolucionaria durante los efímeros Soviets
de 1919 en Baviera y de que emigró a América bajo otro nombre, perseguido por
la policía, en los años 20”.
En España, los compas de Etcétera
(correspondencia de la guerra social) editaron un breve pero interesante
folleto de nuestro héroe proletario, “Diplomáticos”, acompañándolo de esta
breve presentación:
“B. Traven fue un autor oculto. Varios libros se han
dedicado a indagar acerca de quien se escondía tras los diferentes sinónimos
que utilizó a lo largo de su vida (Ret Marut, Traven Tosvan, Croves,...). En
cualquier caso, se trataba de una ocultación consecuente en alguien que opinaba
que un escritor no debería tener otra biografía que sus libros.
Activista político durante la segunda década de este siglo, se vio obligado
a abandonar Alemania para evitar la represión que se desencadenó contra los
revolucionarios que, de un modo u otro, habían participado en la República de
los Consejos de Baviera (1919). Se instala en Chiapas (México), donde
desarrolla una continuada actividad literaria hasta su muerte en 1969. Sus
cenizas fueron esparcidas en la selva de Chiapas.
El conjunto de la obra de Traven es una constante fustigación de los vicios
de la civilización: el dinero, la ambición de poder y riqueza, el nacionalismo,
las fronteras, la burocracia, la contradictoria voluntad de sumisión, etc.; y
una resuelta defensa de los indígenas de la región de Chiapas, donde se
localizan la mayor parte de sus relatos.
De su extensa obra, escasamente difundida en España, se pueden destacar El
barco de los muertos, El tesoro de Sierra Madre, que sirvió para el guión
de la película del mismo nombre dirigida por John Houston, El puente en la
selva, La carreta, y El árbol de los colgados”.
A continuación, el texto:
Bajo el reinado del dictador
Porfirio Díaz no quedaban en Méjico ni bandidos ni rebeldes ni salteadores de
trenes. Porfirio Díaz había limpiado el país de rebeldes de una manera muy
sencilla y perfectamente dictatorial: había prohibido a los periódicos que
publicaran ni una sola palabra sobre asaltos a mano armada a no ser que se lo
pidiera de manera expresa el gobierno. Podía suceder que en un momento dado, a
Porfirio Díaz le interesara que se hablara de ataques a trenes y de
bandolerismo. Para esto mandaba a un general con tropas al lugar para
utilizarlo con el objetivo político concreto de mantenerse en el poder. A él se
debería el mérito de haber acabado con los bandidos. Lo que conllevaba para
este general algunos flecos que podían cifrarse en decenas de miles de dólares.
Una vez que el general había solucionado el problema -y embolsado el dinero que
los comerciantes de la región debían pagar para financiar la guerra contra los
malhechores según las cuentas que les presentaba el mismo general- todo el
mundo se hacía eco de que el gran estadista Porfirio Díaz había, una vez más,
limpiado con mano dura el país de malhechores y que los capitales extranjeros
estaban tan seguros en Méjico como en los mismísimos cofres del Banco de
Inglaterra. Algunas decenas de malhechores habían hallado la muerte, muchos de
estos “malhechores” no eran otra cosa que simples trabajadores agrícolas que se
habían manifestado contra la opresión de los latifundistas. Los periódicos
publicaban una lista de unos cincuenta nombres de otros tantos malhechores
pasados por las armas para ayudar al general a cobrar su parte. Estos nombres
parecían reales. El único inconveniente era que se habían sacado de sepulturas
antiguas o simplemente se habían inventado. En aquella época se desaparecía en
Méjico de manera más fácil que hoy en día: financieros, directivos o ingenieros
de grandes compañías norteamericanas eran secuestrados en las montañas bajo la
amenaza de ser cortados a trocitos si no se pagaba en un plazo de seis días el
dinero de su rescate. Porfirio Díaz pagaba siempre el rescate con la intención
de que la prensa norteamericana no se enterara y para evitar que los capitales
extranjeros se asustaran. Además se daba a la persona liberada una suma “arreglada”
por el mal rato pasado y para comprar su silencio. Pero Porfirio Díaz no sacaba
este dinero de su bolsillo ya que si hubiera actuado de esta manera no hubiera
sido digno de la reputación que tenía de administrar el tesoro del Estado con
un extraordinario sentido del ahorro. Para esto hacía pagar a las mismas
compañías norteamericanas el desembolso que había hecho en provecho de las
mismas -o mejor dicho, en beneficio de sus empleados liberados. Vendía a un
precio alto, a estas compañías, concesiones particulares o tierras comunitarias
que quitaba a los indios. De esta manera hacía dos nuevos amigos partidarios de
su dictadura. Uno era esta compañía americana favorecida, otro, el gran
terrateniente mejicano para el que la supresión de las tierras comunitarias se
traducía en un nuevo contingente de ilotes obligados a trabajar por tres
centavos “de sol a sol”.
Lo que no cuentan los periódicos,
no existe. Y más en el extranjero. Esta es la razón por la que un país puede
continuar gozando de buena reputación. Todos los dictadores utilizan la misma
receta. Hoy, como entonces, todos los periódicos de Méjico se hallan, sin
ninguna excepción, en manos de los conservadores, en manos de los que
pertenecen a esta clase que saluda la dictadura de Porfirio Díaz como “la edad
de oro de Méjico”. Como esta clase empieza ahora a tambalearse en Méjico a
causa de los golpes recibidos por parte del proletariado indio o semi-indio,
sus periódicos están llenos de historias de malhechores, de rebeldes y de
ataques a los trenes; aplaude cualquier despreciable asesino o infame general
con tal de que sea capaz de originar problemas al gobierno actual. En el Méjico
de hoy, si hacemos caso a estos periódicos, diariamente se halla en peligro la
gran libertad de prensa. Sin embargo, bajo la dictadura de Porfirio Díaz no se
hablaba nunca de esta amenaza, aunque existiera, para no hablar de los
malhechores. Ya que entonces existía la verdadera y justa libertad de prensa,
la única que vale la pena, la que está al servicio de la clase capitalista y
sólo se tolera si se halla a su servicio. Aunque Porfirio Díaz eliminó todos
los malhechores con este método sencillo y eficaz, sucedía que pasaban cosas
desagradables que amenazaban con derrumbar su impresionante edificio -este
edificio tan bonito y racional que ni un Potemkin hubiera sido capaz de
construir.
Se iba a firmar un nuevo tratado
comercial entre Méjico y los Estados Unidos -a no ser que fuera una ampliación
del anterior. Ante asuntos de tal envergadura, Porfirio Díaz se consideraba
invariablemente como un gran hombre de Estado, persuadido de ser en todo
momento el más astuto; pero al final, si se analizaba bien el tratado en
cuestión y sus consecuencias, siempre era Méjico el que salía perjudicado.
El gobierno de los Estados Unidos
envió a uno de sus mejores diplomáticos en materia de comercio; ya que Méjico
ha sido considerado por parte de los Americanos como uno de los países más
importantes en lo que respecta a las relaciones comerciales con los Estados
Unidos. Méjico será para la eternidad -incluso más en el futuro que en el
pasado- el país más importante para los Estados Unidos. Más importante que la
totalidad de Europa. Porfirio Díaz, con el propósito de dorarle la píldora que
le iba a hacer tragar al diplomático del gobierno norteamericano y también para
demostrarle el grado de opulencia de Méjico y de sus habitantes – de hecho la
clase superior representa sólo un cero cinco por ciento de la población –
ricos, cultivados y civilizados, organizó una recepción en honor de su
invitado.
Pocos hombres han sabido organizar
fiestas como Porfirio Díaz. La fiesta que organizó en 1910 para celebrar el
“Centenario” de la independencia mejicana se cuenta entre las fiestas públicas
más fastuosas que jamás se hayan organizado en el continente americano, o
incluso en el planeta. Todo brillaba con un oro destinado a deslumbrar a los
visitantes de los países extranjeros. Nunca se ha calculado cuántos millones de
dólares costó esta fiesta al pueblo mejicano. Los invitados no podían mirar
otra cosa que no fuera esta fachada cubierta de oro. Se habían tomado todas las
precauciones, con gran habilidad, para que ningún extranjero se diera cuenta de
lo que había escondido detrás: el noventa y cinco por ciento del pueblo
mejicano vestía harapos, el noventa y cinco por ciento de la población andaba
sin botas ni zapatos, el noventa y cinco por ciento del pueblo sobrevivía a
base de tortillas, frijoles, chile, pulca y té hecho con hojas de árboles, más
del noventa y cinco por ciento de la gente no sabía leer y aún menos escribir
su nombre. ¿En qué lugar semejante fiesta hubiera podido celebrarse en el
conjunto del mundo civilizado?
¿En qué quedaban los faustos de un
príncipe Potemkin comparados con los de Porfirio Díaz? Era como la música de un
pobre músico de pueblo comparada con los cobres ensordecedores de una orquesta.
Y el jefe de esta orquesta se hacía colgar de su pecho, para estas ocasiones,
tal cantidad de condecoraciones y medallas que sesenta vagones de mercancías no
hubieran sido suficientes para transportarlas. Esto sí que era una verdadera
edad de oro.
Hay que reconocer que Porfirio
Díaz era un experto en fiestas: Y la que dio en aquella ocasión en honor de
este diplomático norteamericano algunos años antes sólo fue como el aperitivo
de la actual explosión ostentatoria.
Se desarrolló en Méjico en el
castillo de Chapultepec. Este castillo fue prácticamente abandonado después de
la Revolución. Muy de vez en cuando se celebra alguna fiesta, ya que el pueblo
mejicano tiene otras prioridades que ocuparse de festejos. De hecho, el
castillo no es otra cosa que un museo para turistas extranjeros interesados en
ver la cama de la emperatriz Carlota y de comprobar si no era demasiado dura
para ella. Era también la residencia de verano del emperador de los Aztecas, de
quien todavía puede verse el baño, debidamente restaurado. Aunque el castillo
es la residencia oficial del presidente de la República mejicana, después de la
Revolución raramente pernoctan allí. El presidente Calles nunca lo ha
utilizado, vive en las proximidades en una casa modesta.
Pero durante la época de Porfirio
Díaz se llevaba un gran tren de vida y mucho jolgorio en el castillo de
Chapultepec. Quería mantener contenta a la aristocracia, poco numerosa pero
cómodamente instalada, y darle satisfacciones para mantenerse en el poder, de
la misma manera que otros dictadores se hacen apoyar por el Papa cuando los
capitalistas empiezan a darse cuenta de que sus negocios peligran y que una
dictadura tiene también ciertos inconvenientes. Sólo la crema de la alta
sociedad de Méjico fue invitada a la fiesta dada en honor de este diplomático
con el fin de reforzar la impresión de elegancia, de civilización, de cultura y
de opulencia de los mejicanos. Por doquier resplandecían los uniformes de los
generales. En el centro, Porfirio Díaz en persona, cubierto, recargado y lleno
de galones y condecoraciones de oro, parecía un mono sabio interpretando el
papel principal de una opereta burlesca en el fondo de cualquier fabuloso país
de los Balcanes. Las mujeres iban sobrecargadas de joyas, como los expositores
que hay en las vitrinas de los joyeros de una de las calles más elegantes de
París entre las dos y las seis de la tarde. En resumen, era la sociedad más
escogida de la que podía presumir Porfirio Díaz.
No era la primera vez que este
diplomático norteamericano debía negociar y ratificar un tratado comercial con
un país extranjero. Algún tiempo antes había concluido de manera satisfactoria
este mismo tipo de tratado entre Inglaterra y su país. Durante esta
negociación, sin que ni él ni el gobierno norteamericano se dieran cuenta,
Inglaterra se había llevado la mejor parte, como en todos estos negocios.
Deseoso de distinguir y honrar a este diplomático norteamericano por el buen
trabajo, deseoso de hipnotizarlo durante el tiempo de la firma del tratado y la
ratificación por los parlamentos de ambos países, el rey de Inglaterra le
recibió en audiencia privada; dado que no podía concederle ningún título
nobiliario -no era la manera de seducir a un buen republicano norteamericano-
le regaló un reloj de oro cubierto de diamantes, con una aduladora dedicatoria
a su gloria y adornado con el monograma de Eduardo VII rey de Inglaterra y
emperador de las Indias.
El diplomático estaba muy
orgulloso de este reloj, como cualquier norteamericano se sentiría orgulloso,
como buen republicano, de que un rey le coloque cualquier condecoración en el
ojal de su vestido, ya que esto se traduce en una gran noticia para todos los
periódicos americanos.
Durante la fiesta, el diplomático,
de manera absolutamente natural, hizo admirar su reloj a don Porfirio. Este se
sintió halagado por el hecho de que el gobierno americano enviara a Méjico un
diplomático de tan alto rango, distinguido de tal manera por el rey de
Inglaterra, para negociar un nuevo tratado comercial: era la demostración de
que se le tenía por alguien muy importante, digno de ser tratado en pie de
igualdad con un monarca. Era una manera de atraerse a Porfirio Díaz y hacerlo
acomodaticio en todo, rasgo bien conocido por todos los gobiernos extranjeros y
sus diplomáticos y del que se aprovechaban sin rubor, para desgracia del pueblo
mejicano. Porfirio Díaz no era otra cosa que un advenedizo, como la mayoría de
dictadores y un hombre a quien la aristocracia de su país no consideraba como
alguien suyo, ya fuera por su origen, su familia, su educación, su fortuna o
sus cualidades. La cualidad que tenía más desarrollada era la vanidad.
Observando el reloj, pensaba en la
manera cómo iba a superar el regalo del rey de Inglaterra, para que todo el mundo
oyera hablar de él y llegara dicha noticia a todos lados.
El reloj se convirtió,
evidentemente, en el punto de mira de todos los generales presentes y objeto de
unánime admiración.
Una vez finalizada la ceremonia de
los saludos y demás formalidades de presentación, se dirigieron hacia el gran
banquete en el que se pronunciaron cuidados discursos relativos a las
excelentes relaciones que Méjico mantenía con los Estados Unidos y con el resto
de países del mundo y durante los cuales los diplomáticos presentes asintieron
fervorosamente dado lo que valoraban esta Edad de Oro de Méjico, y aún más, a
aquel que era para ellos su único responsable, o sea don Porfirio.
Una vez finalizado el banquete, la
atención se dirigió hacia el baile de gala, organizado como se hacía en las
recepciones de los ministros plenipotenciarios en París. Don Porfirio
despreciaba todo lo mejicano o indio y admiraba todo lo que olía a perfume
francés o se parecía a la corte de Viena. Esta admiración, a veces daba como
resultado una completa inactividad, véase como ejemplo la ópera de Méjico.
Durante una pausa en el baile, el
diplomático americano se dio cuenta, de repente, que su precioso reloj no se
hallaba donde lo había dejado. Después de haber repasado cuidadosamente todos
los bolsillos de su traje, no lo encontró. Un examen más preciso le hizo
descubrir que habían cortado muy delicadamente la cadenita de oro a la que
estaba unido el reloj, y como descubrieron más tarde los detectives, con la
ayuda de unas tijeras de uñas.
El diplomático americano tenía
suficiente tacto como para saber que no se debe provocar ningún incidente por
la desaparición de un reloj de oro ordinario durante una fiesta diplomática
como aquella. Como mucho se avisa al maestro de ceremonias. Si se recupera el
reloj muy bien, y si no, se pasan los gastos al ministerio de Asuntos
Exteriores. Son cosas que suceden de manera más habitual de lo que puede
imaginar cualquiera que no haya sido invitado nunca a una recepción
diplomática; ya que los diplomáticos tienen también, más a menudo de lo que
pudiera imaginarse, problemas de dinero que se ven obligados a resolver con
métodos algo distintos a los que deberían regir en los bailes diplomáticos. Los
diplomáticos son humanos. Y cuando el trabajo consiste en enredar hábilmente al
prójimo -y a menudo a todo un pueblo- no es difícil para alguien que es
intrigante mirar para sí. Durante las recepciones diplomáticas se pierden
suficientes collares de perlas, brazaletes de diamantes y relojes de oro que
justifican suficientemente la existencia de “cajas negras” en el ministerio de
Asuntos Exteriores. Las mujeres de los diplomáticos no poseen todas el
suficiente tacto, ni dinero, ni recursos como para resignarse a la pérdida.
Poco les importa la carrera de su marido cuando el collar vale diez mil dólares
y amenazan con organizar un escándalo y avisar a la prensa.
¿Qué le queda hacer al Ministerio?
Restituirle el collar.
Pero el reloj del que hablamos no
podía sustituirse. Que un diplomático otorgue tan poca importancia a un regalo
ofrecido en propia mano por el rey de Inglaterra llegando a perderlo es casi un
crimen de lesa majestad, capaz de hundir su carrera y su honor.
No se le puede suponer a un
diplomático americano el mismo tacto que a un diplomático francés, inglés o
ruso. El francés vería en ello una ocasión para disertar sobre el arte y la
manera de perder uno su reloj y saldría del apuro mediante una respuesta
espiritual de una finura y elegancia tales que más bien le serviría en su
carrera que lo contrario. Pero nos hallamos en un medio de principiantes y
aprendices de donde proviene el alboroto que estamos narrando. Dicho de otra
manera, este diplomático pretendía imponerse en sus círculos gracias al reloj.
Sin el reloj no tenía nada que probara que había sido honrado con una audiencia
privada por el rey de Inglaterra. Nadie se toma la molestia de guardar todos
los periódicos con la finalidad de confirmar esta afirmación. En el club,
nadie. Por otro lado es fácil hacerse escribir un artículo laudatorio por un
aprendiz en un periódico por dos dólares.
El diplomático norteamericano se
dirigió directamente a don Porfirio con la arrogancia brutal que caracteriza a
su pueblo, y le solicitó una entrevista mediante su secretario que hablaba
español.
“Disculpe, don Porfirio, le dijo,
siento molestarle, pero acaban de robarme en este mismo lugar, en la sala de
baile, el reloj que me regaló el rey de Inglaterra.”
Don Porfirio ni tan siquiera
parpadeó, ni se puso a gritar: “¡Es imposible!” o “Usted debe estar
equivocado”, dado que conocía a sus parroquianos y sabía mejor que nadie que
los bandidos, eliminados en los periódicos, no lo habían sido en otras partes.
Si hubiera pretendido eliminarlos habría tenido que empezar fusilando a todos
sus generales, gobernadores, alcaldes, procuradores y secretarios de Estado. Y
si hubiera hecho fusilar a todos los malhechores que había en su reino, no
hubiera quedado ni un solo mejicano para gobernar, ya que la clase dominante se
veía empujada por su insaciable avaricia y la clase dominada por el hecho de su
terrible miseria.
Porfirio Díaz se apresuró a
contestar: “ No se preocupe, Excelencia, se trata evidentemente de sólo una
broma. Le doy mi palabra de honor que su reloj estará otra vez entre sus manos
en menos de cuarenta y ocho horas.”
Palabra de honor del presidente.
Porfirio Díaz podía, con total tranquilidad dar su palabra de honor ya que,
como maestro de todos los malhechores y espabilados, era mejor conocedor que
cualquiera de todos sus golpes y trampas. Porfirio Díaz, él mismo genial estafador
en todos los negocios que no fueran los del tirón, no tardaría mucho en
encontrar el reloj.
Acabó despidiéndose del
diplomático con todo tipo de palabras corteses, sin citar para nada el
incidente. Pero en cuanto no estuvo rodeado más que por sus familiares, don
Porfirio se dejó llevar por una cólera negra, una de estas cóleras de las que
sólo él era capaz, la cólera de un dictador cuya impostura está a punto de ser
descubierta.
“El viejo vuelve a tener su
crisis” murmuraban los sirvientes asustados, temblando al pensar en lo que les
esperaba en cuanto acabara el baile. Eran más temibles los excesos de cólera
del dictador que los terremotos. Era más brutal que un viejo gato salvaje
enfurecido.
De una cosa estaba completamente
convencido: de que el autor del robo era y no podía ser otra cosa que mejicano.
Y él sabía cómo había que tratar a los mejicanos “espabilados”.
Si el autor había sido alguien del
servicio, era ya demasiado tarde para pensar que la corte de detectives
presente en el salón fuera capaz de impedir que saliera del castillo. Si el
personal de servicio era el autor del robo, los detectives no servían para
nada: el reloj ya habría salido del castillo durante este tiempo. También había
podido ser un detective el autor del robo. No se podía estar seguro de que no
se apropiaran de algo que se encontraran. Porfirio Díaz había incorporado entre
los detectives un gran número de malhechores, autores de tirones, asaltantes de
caminos con el convencimiento de que los propios malhechores son mejores perseguidores
de ellos mismos que la gente honesta.
Era poco probable que se hubieran
arrancado los diamantes o que se hubiera sacado el marco para venderlo de
manera más fácil, ya que esto le hacía perder gran parte de su valor. Había que
prever que limarían la inscripción grabada antes de venderlo. Sin esta
inscripción era evidente que perdía todo valor para el diplomático. Don
Porfirio hubiera podido encontrar sin ninguna dificultad un reloj de oro con
diamantes incrustados si esto hubiera podido convencer al diplomático, pero tal
como estaban las cosas de lo que se trataba era de recuperar aquel reloj.
La furia que invadió a Don
Porfirio no tenía su origen en el temor a no poder solucionar este asunto.
Desde su perspectiva esta tarea le era perfectamente asumible. No, lo que le
sumergía en esta rabia era otra cosa.
Con el robo del reloj era como si
hubieran levantado el barniz de su resplandeciente fachada dejando a la vista
la miseria cubierta de yeso que constituía la verdad.
Por todo el mundo corría la voz de
que el gran hombre de Estado Porfirio Díaz había limpiado de manera total y
duradera el país de bandidos y malhechores y que, con mano firme, había hecho
una limpieza incomparable y nunca vista en ninguna otra parte. Si se hubiera
hecho caso a los reportajes de la época parecía como si se pudiera ir de un
lado a otro de Méjico con dos sacos llenos de escudos de oro atados a los lados
de la silla de montar y llegar al final del viaje con otro saco suplementario a
cada lado. Esto era cierto de alguna manera. Un capitalista americano que
entrara en Méjico por El Paso con cincuenta mil dólares en cheques podía salir
del país seis semanas más tarde llevándose cien mil dólares; el excedente
provendría del provecho conseguido durante este breve espacio de tiempo sobre
las espaldas del pueblo mejicano con la ayuda de Porfirio Díaz. Pero, hablando
claro, era mucho más peligroso viajar por el país en la época de Porfirio Díaz
llevando algo de valor o dinero sin protección militar que hoy en día. Y esta
misma protección militar se hacía la reflexión de que era más inteligente
ponerse bajo la protección del dinero que debía ella misma proteger. De esta
manera se enteraba uno rápidamente -cuando el asunto no podía solucionarlo el
gobierno a gusto de todos mediante una transacción privada- que el convoy había
desaparecido en un pantano o había sido víctima de un corrimiento de tierras.
Pero si era posible robar un reloj
de oro del bolsillo de un diplomático norteamericano tan importante durante el
transcurso de una fiesta dada en su honor en el interior de una sala del
castillo de Chapultepec, y si por consiguiente no se podía garantizar la
propiedad de un dignatario diplomático durante una fiesta celebrada en su honor
en Méjico, entonces se tambaleaba completamente todo el entramado de mentiras
en el que se sustentaba la dictadura. Si los malhechores ocupaban puestos tan
cercanos al trono del dictador, ¿qué debía ser el resto del país? Bastaba que
este suceso apareciera en todas las gacetas americanas para que todo el mundo
se diera cuenta de que la mano de acero del gran hombre de Estado llamado
Porfirio Díaz no era otra cosa que un decorado de cartón y que los grandes
capitalistas extranjeros harían bien en ser muy prudentes antes de invertir en
Méjico.
El diplomático tenía la palabra de
honor del dictador de que no se trataba de otra cosa que de una broma. Por esto
no soltó palabra del asunto ante los representantes de la prensa: sólo le
quedaba esperar -estaba obligado a ello- a ver de qué manera Porfirio Díaz
cumplía su palabra y cómo lo hacía. Este último estaba convencido de que, según
las costumbres diplomáticas, el americano no divulgaría nada a la prensa de su
país durante el tiempo en que el incidente estuviera bajo la palabra de honor
del dictador.
Aquella misma noche, Porfirio Díaz
convocó al jefe de la policía para planear la manera de recuperar el reloj sin
tener que recurrir a un anuncio en la prensa.
La manera de tratar el caso es
ilustrativo de la diferencia entre los hombres que gestionaban los asuntos bajo
la dictadura de Porfirio Díaz y los que estuvieron al timón del barco mejicano
después de la Revolución y la condujeron a trancas y barrancas contra viento y
marea.
El presidente Calles, que gobernó
después, hubiera dado un plazo de seis horas al jefe de la policía para
encontrar el reloj. O bien, algo completamente real pues lo utilizó con algunos
generales -hubiera reprendido al jefe de la policía como a un chiquillo e
incluso a lo mejor le hubiera propinado dos bofetadas antes de destituirlo de
su cargo y enviarlo como medida disciplinaria a cualquier lugar recóndito de la
República si servía todavía para ello; o, sino, le hubiera pagado un viaje de
descanso por Europa con la firme recomendación de no volver a poner los pies en
Méjico.
También Porfirio Díaz abroncaba
sin miramientos a generales y otros dignatarios, pero sólo corría este riesgo
cuando estaba seguro de que aquel a quien reprendía carecía de partidarios por
lo que nadie podía perjudicarle. Comparado con otros dictadores, Díaz era
cobarde. Prefería tirar de los cables a escondidas, gobernar a base de intrigas
y colocar en primera línea otros hombres en los que pudiera descansar.
A Calles no le hubiera preocupado
en absoluto ver que los periódicos del día siguiente contaban esta historia. Se
hubiera reído tanto como todo el pueblo mejicano o norteamericano. Hubiera
dicho con sus bruscos modales: “¿Por qué este burro se ha dejado robar el reloj
del bolsillo por un gringo?”. Que sepa que está en Méjico en donde en todas las
estaciones de tren hay, de manera muy visible, una pancarta que reza: “Cuidado
con los carteristas”. Si este tonto no conoce lo suficiente este país, no tenía
que haber venido y debía haberse quedado en su casa. Yo no puedo firmar un
tratado con un inútil así” Y a los periodistas les hubiera dicho: “Os dais
cuenta de qué gentuza mantenemos en Méjico. Bien, pues, voy a agarrarlo fuerte
y le meteré un petardo en el trasero de mucho cuidado!” A continuación hubiera
destituido a todos los jefes de distrito de la policía, una docena de
procuradores y dos docenas de jueces y “¡Que esto explote!”.
Este método conocido como de
puñetazo a la americana, sin miramientos, sin vuelta atrás, ofensivo y
salpicado de un espíritu agresivo era tan extraño a un carácter débil como el
de Porfirio Díaz como las diferentes marcas de whisky escocés son familiares a
un cura presbiteriano que las conoce tan bien como los cuatro Evangelios.
Al día siguiente se empezó a
rastrear todo el territorio mejicano en búsqueda del reloj robado.
El jefe de la policía se trasladó
a Belén, la gran cárcel de preventivos de Méjico. Es allí donde son conducidos
todos los malhechores de los dos sexos pendientes de juicio. El jefe de policía
reunió a todos los presos y les dijo: “Ayer por la tarde alguien robó un reloj,
está incrustado de diamantes. En el interior de la tapa hay gravada una
inscripción en inglés. Esta dedicatoria lleva el monograma de Eduardo VII.
Ahora son las siete de la mañana. Si este reloj está encima del despacho del
director de la cárcel antes de las siete de la tarde seréis todos puestos en
libertad y a ninguno de vosotros se le perseguirá por las causas por las que se
os ha ingresado en Belén. El que devuelva el reloj no deberá decir su nombre,
podrá irse como llegó; nadie le pedirá cuentas de cómo el reloj llegó a sus
manos; y no se le detendrá ni por el reloj ni por cualquier otro delito
cometido antes de las siete de esta mañana. Al contrario, recibirá de manos del
director una recompensa de doscientos pesos de oro. Os vamos a dar a cada uno
un papel, un sobre y lápices. En estas cartas podéis escribir lo que queráis,
no serán censuradas. Y nadie de la dirección se quedará con las señas. Dentro
de una hora vendrán unos carteros a quienes daréis las cartas en persona. Estos
carteros llevaran las cartas a su dirección bajo el sello del secreto
profesional. Aquí tengo la orden certificada, firmada por Don Porfirio, yo
mismo y por el director de la cárcel. Este certificado tiene fuerza de ley
hasta las siete y media de esta tarde.
El discurso del jefe de la policía
y el certificado que transcribía palabra por palabra su elocución probaban
hasta qué punto Don Porfirio conocía bien a sus malhechores y bandidos. Si el
reloj estaba en manos de cualquier carterista o ratero habitual, no había
ninguna duda que el reloj sería devuelto a las siete o antes.
En Méjico, como en todas partes,
los chorizos y encubridores se conocen bien entre ellos. De manera individual
no quiere decir que cada uno los conozca a todos, pero conoce bien a una
veintena, está al corriente de las guaridas, de las cantinas, peluquerías o
refugios que frecuenta esta veintena, conoce a sus amiguitas y todo lo que
lleva en su conciencia. Cada uno de esta veintena conoce otros tantos
desconocidos por el primero. Tenían la certidumbre -y en esto ni don Porfirio
ni el jefe de la policía habían errado en sus cálculos- que este discurso
llegaría a conocimiento de todos los delincuentes y encubridores de Méjico en
pocas horas. Las cartas que los prisioneros habían dirigido fuera de control a
sus acólitos en libertad contenían todo aquello que un prisionero lleva en el
corazón desde tiempo atrás. Podían leerse pasajes como los siguientes:
“Escucha, querido Pedro, o tú vas a casa de esta especie de crápula de chorizo
de Gómez y preguntas con amenaza dónde está el reloj y que debe traerlo, o yo
le explico al procurador que tú estabas metido en el golpe de casa del señor
Balsa y que fuiste tú quien te llevaste la mejor parte. No veo porque me tengo
que comer yo todo el marrón por el simple hecho de haber sido pillado en el
“volador” -mercado de los ladrones- con el traje piojoso que conseguí”. En otra
carta: “Mi querida, mi muy querida Josefina. Sabes perfectamente como
languidezco por ti. Si le rompí la cabeza a aquel tipo en la calle Bucareli
aquella noche, fue porque quería su dinero, lo necesitaba, aquel dinero fue
para comprarte el vestido de seda verde y los bonitos zapatos acharolados para
que fueras la más bonita cuando vamos a bailar al baile Méjico en casa de María
Redonda. Te quiero tanto, mi querida Josefina, que no te lo puedes imaginar, y
si se encuentra el reloj, esta tarde estaré fuera de la cárcel. Ve enseguida a
casa de Jerónima, es una puta gorda que trabaja en la calle Perú, pero déjalo
por esta vez. Vive con esta patrote, Emilio, que debe saber donde está el
reloj, y sólo debes decirle a Emilio que si no trae el reloj en el plazo de
cuatro horas yo voy a hablar y voy a decir que le vi darle dos golpes al
“tecolote”, al policía, en la Moneda, que el “tecolote” está todavía en el
hospital y todavía nadie sabe quien lo ha quemado, pero yo lo diré si no
devuelve el reloj antes de cuatro horas y si lo dice tendrá doscientos pesos
del director por decirlo. Y si Emilio no sabe nada del reloj, ve enseguida a
casa de Angélica que es una puta reconsagrada y ella sabrá decirte quien tiene
el reloj”.
Otra carta aún: “Querido Lorenzo,
tú sabes muy bien quién tiene el reloj que robaron al bastardo este mal criado
ya que tu eres quien coloca bien los bolos en su sitio en el juego de bolos del
castillo de Chapultepec, y que es tu primo Carlos, el que trabaja en la sala de
billar, quien lo ha hecho, y que si no me ayudas a salir de aquí no tendrás
nada que hacer con mi hermana Anita y haré que te coman los huesos hasta que te
quedes estirado, ya que sabes perfectamente donde está el reloj, ya que lo has
visto, y entonces diré a mi hermana Anita que eres un buen tipo y que no andas
detrás de las chicas, esto yo lo sé”.
Todos los prisioneros sin
excepción escribieron su carta y todas las cartas se dirigieron a la dirección
indicada en menos de una hora a través de los carteros sin pasar por
inspección, según se había prometido.
Para gran pesar de los prisioneros
y mucho más para Porfirio Díaz, el reloj no apareció a la hora fijada. El
método que Díaz había utilizado tan a menudo en casos aparentemente
desesperados con éxito, fracasó esta vez.
Más adelante se dijo en Méjico que
el reloj sí que apareció con este método, con la ayuda de los prisioneros, y
que se les puso a todos en libertad tal como se les había prometido. Pero esto
no es cierto. Este rumor sólo se puso en circulación para esconder la verdad.
Como el reloj no apareció a las siete de la tarde, Porfirio Díaz llegó al
convencimiento de que no había sido robado por los delincuentes ordinarios y
que no se hallaba en manos de los encubridores. Llegó a la conclusión, y con
razón, que el que tenía en su posesión el reloj, aunque tuviera necesidad de
dinero, no la tenía con tanta premura que se viera obligado a venderlo
enseguida. Era alguien capaz de darle su justo valor al reloj y que esperaba el
tiempo necesario para poderlo vender de la manera más ventajosa en el mercado
de antigüedades.
Una vez excluidos los malhechores
habituales, Porfirio Díaz se fijó en otro estrato de delincuentes. No los que
se hallaban en primera fila, sino más bien los que seguían a los delincuentes
ordinarios y asaltantes de los caminos importantes tanto en moralidad como en
sangre fría para actuar en la primera ocasión que se les presentara.
Don Porfirio convocó para última
hora de la tarde a todos los generales que habían asistido a la fiesta
diplomática para adornarla de uniformes lustrosos. Tenía la lista de estos
generales y de esta manera pudo constatar que se presentaron todos a la
audiencia.
Hubo, sin embargo, un general de
división que no fue, que excusó su presencia. Excusa que fue aceptada por don
Porfirio ya que se trataba de un servicio urgente que no podía posponerse.
Díaz lanzó a los generales
reunidos este discurso: “Caballeros, todos visteis ayer en el castillo el reloj
que me enseñó el diplomático americano. Este reloj desapareció en el castillo.
Creo que algún soldado de guardia o bien uno de los escoltas que os acompañaban
lo ha encontrado. Es preciso que este reloj esté en mis manos mañana por la
mañana a las diez. Si aparece a dicha hora, recibiréis cada uno de vosotros,
caballeros, una indemnización especial de mil dólares como recompensa por
vuestro esfuerzo. Además os beneficiaréis de mi gratitud. No hace falta decir
que en este caso debéis demostrar la mayor discreción de que seáis capaces, ya
que se trata de evitar que ni la más mínima mancha salpique a nuestro glorioso
ejército. Os dejo toda la autonomía para decidir por vosotros mismos la suerte
reservada al malhechor. ¡Gracias, caballeros!”.
Cualquiera que conozca Méjico,
sabe que un soldado mejicano de grado inferior puede tener todos los defectos y
vicios, hasta el punto de matar a su rival sin vacilar -sobretodo si se trata
de asuntos del corazón. El soldado mejicano roba. Es verdad. Pero sólo se lleva
lo que sus generales y sus numerosos superiores jerárquicos le dejan, nada más.
En cuestión de moralidad, valor, honor, amor a su país, lealtad, está muy por
encima de sus generales. Es utilizado por los generales infames y traidores
para combatir y asesinar a sus hermanos, sus padres, sus hijos y sus compañeros
alistados en otros regimientos. En realidad, nunca sabe si sirve a generales
rebeldes o a tropas que se mantienen fieles al régimen. Pelea porque juró
fidelidad a su general, por que posee una fidelidad desconocida incluso por su
general. Si sus generales provocan una revuelta militar con el pretexto de
liberar al país presa de los tiranos y los bolcheviques, es sólo la excusa que
les sirve para pillar los bancos y comercios y, posteriormente, colocar el
producto de sus rapiñas en un lugar seguro de los Estados Unidos, antes que las
tropas que permanecieron fieles les cacen y no les dejen llegar a los confines
de tan basto territorio. Con generales de esta calaña, se debe considerar que
el hombre se ve obligado a servirlos y obedecerles como si fuera el soldado más
valeroso, el más fiel y el más desinteresado de todos los ejércitos del mundo.
Porfirio Díaz sabía muy bien, al
igual que los generales reunidos, que los simples soldados acusados podían
tener todos los defectos y todos los vicios, pero que había una cosa que no
eran: carteristas.
Es por esta razón que Díaz era
consciente de que estaba anunciando algo falso para averiguar la verdad. De
hecho, cuando se pierde la guerra es culpa de los simples soldados; siempre son
los simples soldados, los proletarios, los que se han equivocado, que han
perdido la moral, que han prestado un oído complaciente a los demagogos y a los
apóstoles de la paz y que no tienen amor a la patria. Nunca es culpa de los
generales incompetentes, de los políticos esclerosados, de diplomáticos
cansados y descerebrados, de aprovechados insaciables. El culpable siempre es
el soldado, el proletario. Pero cuando se gana la guerra, entonces se debe
únicamente a los generales competentes, a los prudentes hombres de estado, a
los diplomáticos perspicaces. Es a los generales, diplomáticos y hombres de
estado a quienes se atribuyen todos los honores que llenan todas las historias
universales y los libros escolares. La recompensa, para el soldado de a pie se
traduce en un desfile que el trabajador de los arsenales, como oveja resignada,
hambriento, piojoso, lisiado, puede ver pasar detrás de una barrera de policías
blandiendo sus porras para que los generales tengan su porción de “Vivas” y de insignias
estrelladas locamente agitadas.
Los generales sabían bien que
Porfirio Díaz no tomaba en serio la idea de que uno de los soldados de la
guardia o de los escoltas que les acompañaban estuviera en posesión del reloj.
En realidad todos lo generales sabían lo que Porfirio Díaz pensaba de ellos, de
la misma manera que él sabía lo que pensaban de él: maestro y discípulos
agarrados de pies, puños y uñas sobre el pobre país rico.
Al día siguiente, a las diez,
todavía no había aparecido el reloj. Por un instante, sólo por un instante Díaz
se inquietó: ¿Acaso se había equivocado en sus cálculos? Enseguida pensó en el
general de división que excusó su presencia alegando que tenía un asunto
importante fuera de la capital, en Tlalpan.
Díaz mandó llamar con urgencia a
este general de división. Una vez estuvo ante él, lo observó un momento y le
espetó de manera seca: “Divisionario, dame el reloj del diplomático americano”.
Sin pestañear ni mostrar la más
mínima contrariedad, el general pasó su mano bajo la túnica, buscó un poco en
los bolsillos interiores y sacó el reloj. Se adelantó como dos pasos hacia el
dictador y se lo dio, diciéndole: “A sus apreciables órdenes, don Porfirio, a
sus órdenes muy queridas.”
Porfirio Díaz cogió el reloj y lo
colocó ante sí encima del despacho. Sintió que debía pronunciar algunas
palabra, así que dijo: “Divisionario, no lo entiendo... hum... ¿Por qué?"
A lo que el divisionario contestó
sin vacilar: “Porfirio, temía que lo cogieras, así que pensé que era mejor que
fuera yo, ya que tú puedes comprarte uno más fácilmente que yo”.
La prueba de que Porfirio Díaz era
más listo que muchos de los que querían arruinarlo quieren admitir, es que
administró el asunto no añadiendo nada a la respuesta del divisionario.
Ya sé que es difícil admitir que
Díaz hubiera podido dedicarse al vulgar robo del tirón. En cualquier caso no
durante los últimos cinco años de su reinado, en los que su poder empezó a
tambalear.
Sin embargo hay que decir una
cosa.
Porfirio Díaz tuvo que contentar
al diplomático, tratarle amicalmente y devolverle su buen humor para que este
episodio permaneciera oculto. Pues Porfirio Díaz estaba más preocupado por el
buen nombre de su corte que muchos potentados de Europa. Y para calmar y
complacer al diplomático se vio obligado durante la negociación del tratado
comercial a hacer concesiones que, evidentemente, tuvo que pagar el pueblo
mejicano, pero que supusieron para el diplomático el honor de ser tratado como
uno de los más hábiles en la historia de los Estados Unidos.