viernes, febrero 03, 2023
¿HASTA CUANDO? Algunas anotaciones sobre un libro de Oscar Ariel Cabezas
Redacté estas notas apenas terminé de leer el libro de Cabezas. Cierto sitio se interesó en publicarlas pero a condición de eliminar las referencias al peronismo. No acepté, así que finalmente lo publicó El Porteño. Lo dejo también acá para efectos de archivo más que otra cosa.
Dos personas distintas me recomendaron con entusiasmo
conseguir el nuevo libro de Oscar Ariel Cabezas “¡Quousque Tandem! La
indignación que viene”, publicado por Ediciones Qual Quelle, Santiago, 2022.
Por eso, tras una visita a la librería Alma Negra en Nueva de
Lyon 63 me conseguí un ejemplar y abandoné otras lecturas en curso para leerlo
entero más o menos rápidamente. En estos tiempos los lectores debemos
aprovechar todos los intersticios en que nuestros ojos se pueden posar sobre
las líneas impresas o electrónicas, combatiendo el tiempo muerto de los
desplazamientos en micro y metro, las esperas para almorzar en las pausas del
trabajo asalariado, y aprovechando los momentos de regreso al hogar que siempre
se hacen cortos en medio de las tareas más básicas que hay que cumplir antes de
irse a acostar para reiniciar todo el ciclo al otro día.
El título alude a Cicerón y su famosa diatriba en contra de
Catilina y su conjura del año 63 Antes de Cristo, ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, o sea: “¿Hasta
cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Cabezas escoge esa frase
como representativa de las revueltas globales que están ocurriendo desde algún
tiempo y que, según indica, llegaron para quedarse.
El vaso medio lleno
El libro parte muy bien y es fácil dejarse llevar por su
línea argumentativa. Lo más valioso que en él encontré viene planteado de entrada:
vivimos en un oasis neofascista en que los fascismos ya no son molares
(macropolíticos/estatales) sino que moleculares (Guattari), y los encontramos difuminados
por todas partes, desde el comportamiento agresivo de los pasajeros del metro y
consumidores ávidos de llenar el vacío existencial una y otra vez, hasta en la
invasión de publicidades mientras navegamos por Youtube o hacemos filas para
ser atendidos en un centro de salud. Así, Cabezas se inscribe en la tradición
que a partir de los años setenta diagnostica una mutación del viejo fascismo,
que a pesar de haber sido derrotado en 1945 en su forma clásica, sobrevive
hasta nuestros días como el necesario complemento o aspecto oculto del
capitalismo neoliberal. Esta comprensión del nuevo fascismo fue formulada
claramente por Pasolini, Deleuze/Guattari y Foucault, y ha sido
consistentemente abordada hace poco por Maurizio Lazzarato en uno de los
mejores textos que leí el 2022, “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o
revolución” (Eterna Cadencia, 2020), y entre nosotros por Sergio
Villalobos-Ruminott en su libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a
la revuelta popular” (DobleAeditores, 2021). Cabezas profundiza en el
diagnóstico del “modo de vida neofascista” en que todos estamos insertos, y lo
hace teniendo a la vista la derrota de la Nueva Constitución en el plebiscito
del 4 de septiembre del 2022.
Otro aspecto muy valioso del análisis de Cabezas sobre la
realidad chilena es la cuestión de la producción de una subjetividad de clase
media, que no sería solo un estrato social sino una disposición, “el lugar en
que las aspiraciones se realizan en el pequeño sueño del bienestar económico”,
o la “creencia en el orden, la democracia y los valores del mercado”, el
“devenir subjetivo de los que sostienen el orden desde la negación de los
antagonismos sociales”. Visto así,
agregaría que no es nada casual que una vez que con la complicidad de la
academia neoliberal/posmodernista el viejo marxismo ha sido arrojado al
basurero de la historia, ya nadie hable de las clases sociales propias del
capitalismo (burguesía y proletariado) pues las únicas clases existentes en el
discurso actual son la “clase media” de la que casi todos consideran formar
parte, y la “clase política”, odiada por casi todos, desde extrema derecha a
extrema izquierda.
A diferencia de muchos izquierdistas que se quejan de la
inexistencia de una “verdadera izquierda” e incluso hablan de que en Chile
únicamente existen “dos derechas” (la tradicional y la neo-concertacionista),
Cabezas señala la profunda complicidad entre la izquierda adaptada al
neoliberalismo, desde los tiempos de Aylwin hasta el gobierno de Boric, y esta
producción de subjetividad clasemediera, que produce un tipo de izquierdismo inmanente
y no trascendente al sistema neoliberal, que en otras partes del mundo ha sido
llamado “izquierda woke”.
Se trata a mi juicio de uno de los aportes más fuertes del
libro, pues permite identificar a la izquierda realmente existente como parte
fundamental del orden que Cabezas denomina “capitalocrático”, sin cuyo aporte
la obra de la dictadura iniciada en 1973 no se hubiera desplegado plenamente a
partir de 1989 (los “30 años” contra los que nos levantamos en octubre del
2019), y posteriormente en el actual “retorno a la normalidad” que hemos vivido
desde la pandemia y la neutralización de la revuelta mediante el acuerdo por la
paz, la elección de Boric, y la derrota
electoral de la opción por una Nueva Constitución.
El vaso medio vacío
En este punto es que me veo motivado a señalar algunas
diferencias con Cabezas. A mi juicio, y tal como lo formula el japonés Jun
Fujita Hirose en la conversación con el autor que cierra este libro, existió
una contradicción en la revuelta chilena que por una parte quería destituir a
Piñera y por otra “apechugó con la ‘salida institucional’ propuesta por la
‘democracia’ a la que se oponía con toda fuerza”. La finalidad del acuerdo del
15 de noviembre, propuesto por Piñera y acogido por el grueso de la “clase
política” -con Boric firmando primero a título individual y un PC de Chile que
se negó a firmar pero luego se sumó con entusiasmo al proceso- siempre fue
evidente: desviar y neutralizar la revuelta, salvando el orden del
Estado/Capital de la amenaza más grande que había enfrentado en el último medio
siglo. Si en Cabezas y muchos otros teóricos radicales esa finalidad pasó a
segundo plano cuando se posibilitó mediante el trabajo de la Convención
Constitucional la “superación de la Constitución de Pinochet” y la aprobación
de una plurinacional y verdaderamente democrática, entendida como condición
necesaria aunque no suficiente para una transformación profunda, creo que
existe una gran ambigüedad en la comprensión de la verdadera ligazón entre
capitalismo y democracia, que va mucho más allá del vínculo más notorio entre
democracia representativa y neoliberalismo.
En cuanto a esto, a pesar de la radicalidad de su crítica,
Cabezas se revela como un demócrata allendista que gasta bastante tiempo en
señalar que la revuelta no era “anárquica”, y que de hecho no tiene problemas
en vincular la violencia de octubre con meros montajes policiales e
intervención del lumpenproletariado en incendios y saqueos. Por eso no resulta
extraño que le diga a su interlocutor japonés que fue la pandemia el “verdadero
milagro” que salvó a Piñera de caer e incluso de terminar en la cárcel por las
violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. No señor: Piñera
se salvó el 15 de noviembre de 2019, y quien lo salvó directamente fue el
presidente actual, Gabriel Boric, en cuyo gobierno es un pilar fundamental el
PS: el partido del presidente mártir, Salvador Allende, cuyos correligionarios
en vísperas del cambio de siglo salvaron a su vez a Pinochet de quedarse preso
en Europa.
Ante esta evidencia es que cobra mucho sentido leer al
referido teórico japonés preguntándole a Cabezas “¿por qué los chilenos no
continuaron sus luchas callejeras hasta la caída del gobierno del presidente
Piñera, quien además es uno de los empresarios más beneficiados por el
neoliberalismo chileno, como lo hicieron por ejemplo los argentinos hace 20
años con la consigna ‘Que se vayan todos’? Los chilenos dejaron que Piñera
completara su mandato con toda tranquilidad” (pág. 200). Para Cabezas, como dijimos, la causa de esto
radica en la pandemia, a pesar de toda la evidencia que indica que a partir del
acuerdo del 15 de noviembre las protestas disminuyeron notoria y gradualmente
su fuerza. A su juicio, similar en esto a la de la mayoría de los demócratas e
izquierdistas, la revuelta tenía por objetivo “cambiar la Constitución de 1980”,
y por eso se depositaron grandes ilusiones en un proceso que desde el inicio
estaba destinado a neutralizarla.
Lo cierto es que como aún resulta posible recordar, en los
primeros días la revuelta era destituyente y an-árquica, violencia pura
o divina (en términos benjaminianos), y recién para la concentración masiva del
25 de octubre fue que la pequeña burguesía progresista levantó con fuerza la
consigna de Nueva Constitución, que fue el canal por el cual el deseo
revolucionario y destituyente fue transformado en una mera relegitimación
institucional del Estado. Por lo demás, la Constitución vigente no es pura y simplemente
“la de 1980”, como gustan de creer muchos, sino que el producto de las reformas
acordadas con la Concertación de partidos de la democracia, plebiscitadas en
1989, y de la gran cantidad de reformas posteriores que llevaron a que desde
2005 ostente la firma no de Pinochet sino que de Ricardo Lagos. Lo dramático es que ese discurso, que
invisibiliza el hecho de que la Constitución actual es híbrida (1/3
Pinochet/Guzmán, 1/3 reformas de 1989, 1/3 reformas posteriores), ha
pavimentado el camino a una extrema derecha que se atribuye el 62% del
plebiscito de salida como un triunfo propio que expresa un apoyo a Pinochet,
lectura en que varios críticos de izquierda también han caído.
Más que lucha de clases y revolución social, ciudadanía y
desobediencia civil son los conceptos clave en la mirada de Cabezas, que por lo
mismo se permite criticar la “poca riqueza” del análisis de Héctor Llaitul en
los motivos que dio la CAM para no participar del proceso constituyente,
destacando por contraste la figura de Elisa Loncón, presidenta de la Convención
Constitucional, e incluso elogiando a Jorge Arrate (interlocutor de Llaitul en
un famoso libro que contiene una entrevista entre ambos) como un “político
allendista” y “ciudadano a emular, no sólo para la izquierda, cuya
reconstrucción es urgente, sino para cualquier ciudadnx digno de la condición
pensante de la política entendida como el arte de la lucha por la conquista de
la dignidad” (pág. 142).
¿En serio? A mi no se
me olvida el nefasto rol que Arrate junto a otros miembros del Partido
Socialista cumplieron en los ochenta, siendo protagonistas de la “renovación”
que reconstituyó su viejo partido como un pilar fundamental del orden
neoliberal, y que incluso luego de su viraje a la izquierda donde se acercó al
viejo aparato estalinista del PC de Chile -hoy un mero partido socialdemócrata
a pesar de su nunca desmontado autoritarismo- se definía a sí mismo como
“socialdemócrata” y “eurocomunista” (ver su aporte en el dossier “40 años, 40
historias”, en el sitio de la Biblioteca Nacional). El mismo Félix Guattari,
ultracitado a lo largo del libro de Cabezas, en una conversación sostenida 1977
con los italianos Paolo Bertetto y Bifo donde refieren al eurocomunismo como “un
nuevo tipo de proyecto político fundado sobre el nexo
socialdemocracia-stalinismo que implica la represión de las luchas proletarias”,
diagnostica que “ya no tiene nada que ver con la historia y las
perspectivas del movimiento comunista: incluso está más bien en regresión
respecto a la Internacional Socialista de la preguerra” (Félix Guattari, Deseo
y revolución, Tinta Limón, 2021). Así que no, gracias: no hay nada que emular
en el ciudadano Arrate, si uno aún desea una revolución social anticapitalista
y antiautoritaria. Muy por el contrario.
Con esto llegamos a los puntos que me parecen más débiles del
libro de Cabezas, cuya sofisticación discursiva no oculta lapsus relevantes
como la parte en que refiriéndose a la tendencia natural de la policía hacia el
fascismo en Estados Unidos, señala que “también es una de las más intensas
pulsiones de Carabineros de Chile desde el golpe militar de 1973” (pág. 163).
Cuesta creer que el autor pase por alto el largo historial de masacres y
terrorismo de Estado en que ha incurrido Carabineros desde su fundación en 1927
por el dictador Ibañez, conocido en su tiempo como “el Mussolini del nuevo
mundo”. Pero es cierto que en el imaginario de muchos izquierdistas chilenos,
que más que anticapitalistas son sólo antineoliberales, todo iba muy bien hasta
el 11 de septiembre de 1973, y sólo a partir de ese momento la barbarie
capitalista se ensañó con esta larga y angosta faja de tierra situada entre la
cordillera y el océano Pacífico.
Más llamativo aún resulta cuando califica la fuerza bruta de
la policía chilena como “descerebrada y anárquica”, siendo que toda la
evidencia indica que se trata de una violencia jerárquica altamente organizada,
centralizada y entrenada, que hace tres años acudió sistemáticamente, y no de
manera “espontánea” mediante “excesos individuales”, a la mutilación ocular
como estrategia política represiva, que hasta ahora ha quedado en la más
absoluta impunidad, con una cacareada reforma policial que finalmente quedó en
nada desde que al asumir su mandato el presidente Boric ratificara en su cargo
de General Director a Ricardo Yañez, que para la revuelta ejercía como Director
Nacional de Orden y Seguridad.
Cabezas insiste a lo largo del texto que las revueltas ya no
son modernas y que no expresan ningún “principio de anarquía”, y por el
contrario las entiende como un freno de mano para evitar la captura de las
instituciones democráticas por la capitalocracia. Así, a pesar de su
contundente crítica de la izquierda realmente existente, de las similitudes
discursivas entre Piñera y Boric, y del espectáculo electoral en que se
enfrasca esa izquierda, al final pone sus esperanzas en los “nuevos bárbaros”
hasta que la dignidad “se haga cuerpo en los afectos de una verdadera Asamblea
Constituyente”.
En la conversación con Jun Fujita Hirose aparece una pista
importante para entender las pasiones políticas de Cabezas cuando se lamenta de
que en Chile no exista algo parecido al peronismo, “una máquina
teológica-política que sigue orienta(n)do las luchas en Argentina” (pág. 201).
Muy por el contrario, podríamos decir que el peronismo ha constituido desde sus
inicios hasta ahora un aparato de encuadramiento de los proletarios argentinos
en el Estado, con claros orígenes semifascistas (la admiración de Perón por
Mussolini y Hilter es un dato de la causa, así como su inmediato reconocimiento
a la Junta Militar chilena en 1973, y las visitas oficiales y giras de Evita
Perón con Francisco Franco, para ayudarle a blanquear ante el mundo la versión
española y “nacional-católica” del fascismo clásico). De hecho, el populismo
peronista con sus tentáculos hacia la derecha y la izquierda son un ejemplo
para neofascistas como el ruso Aleksandr Dugin, uno de los gurús de la nueva
extrema derecha actual, y constituye un enorme obstáculo para la autonomía
política y actuación revolucionaria del proletariado argentino. En síntesis,
tal como con Jorge Arrate, no me parece que haya nada que emular ahí.
Por último, no dejan de llamar la atención algunas
imprecisiones relevantes en que incurre el autor. Así, en dos ocasiones señala
que el plebiscito donde se definió la continuidad de Pinochet como presidente
de Chile fue en 1989, siendo que ese evento ocurrió el 5 de octubre de 1988. Lo
que sí ocurrió en 1989 fue el plebiscito donde más del 90% de los votantes
aprobaron la reforma constitucional pactada entre el régimen militar y la
Concertación de Partidos por la Democracia: momento fundacional de los “30
años” contra los que nos rebelamos el 2019, a partir del cual es bastante engañoso
hablar de “la Constitución de los milicos”, que fue el gran argumento de la
izquierda apruebista para aceptar el itinerario electoral definido por la
“clase política” el 15 de noviembre de 1989 y sumarse con entusiasmo a esa
verdadera contrarrevolución democrática-institucional.
También se equivoca al referir que en el 2006 se produjo el
“mochilazo” de los estudiantes secundarios, que según dice continuó “en 2011,
como la revolución pingüina” (pág. 53), y también al recordar la acción de la “dirigente
secundaria” María Música Sepúlveda al arrojar el contenido de un jarro de agua
a la Ministra Mónica Jiménez, a quien identifica como “mujer socialista y de
izquierda (pág. 54)”.
La verdad es que gran parte del legado del movimiento
secundario que irrumpió el 2001 (el verdadero año del “mochilazo”, que se
produjo poco después de las importantes protestas contra una reunión del Banco
Interamericano de Desarrollo, con ocasión delas cuales se articularon una
multiplicidad de colectivos y movimientos anticapitalistas) fue la instalación
de asambleas y vocerías, que rompieron con el modelo burocratizado y jerárquico
de los “dirigentes estudiantiles”, que tanto en la revolución pingüina del 2006
como en el estallido secundario y universitario del 2011 los partidos se
esforzaron en reponer, al punto de que la renovación
izquierdista/concertacionista que hoy nos gobierna llegó de la mano de los
nuevos dirigentes estudiantiles del 2011: Boric, Vallejo y Jackson. Por el
contrario, María Música era parte de la expresión más “anárquica” del
movimiento, cuyos herederos saltaron los torniquetes el 2019, aunque Cabezas lo
niegue explícitamente (“No había nada de anarquismo en el acto de María
Música”, sentencia en esa misma página). Por cierto, la Ministra Jiménez nunca
fue socialista ni de izquierda, sino que demócrata cristiana y parte del
Directorio fundacional de Paz Ciudadana.
Conclusión
Finalmente, considerando sus virtudes y defectos, este libro
es sin duda un aporte importante a la hora de evaluar desde el General Intellect el lugar al que hemos
llegado tres años después de la insurrección de octubre, y los caminos que
siguen abiertos para las revueltas del siglo XXI, que coincidiendo con el autor
estimamos que han llegado para quedarse pero, como ha dicho Lazzarato, nos
plantean la difícil tarea de crear máquinas de guerra revolucionaria y retomar una
“teoría de la revolución” adecuada para el siglo XXI.
Etiquetas: carácter cíclico del capitalismo, comunidades de lucha, democracia/dictadura, lucha de clases, nada mas práctico que una buena teoría, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
miércoles, marzo 09, 2022
El Rasputín de Putin, o ¿Quién cresta es Dugin? Parte 1: La ultraderecha como política de Estado
Tomado de: Francisco Veiga y otros, “Patriotas indignados.
Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, postfascismo y
nazbols”, Alianza, 2019. Foto: Dugin en Argentina.
Queda ahora por abordar otro aspecto fundamental sobre la
figura y significado de Aleksandr Dugin en la Rusia postsoviética: su ascenso a
los círculos del poder hasta convertirse en una de las personalidades de mayor
influencia en el Kremlin como inspirador de la nueva política exterior rusa.
A menudo, los medios de comunicación occidentales han
sugerido paralelismos caricaturescos entre Rasputín y Dugin, basándose más en
lejanos parecidos entre barbas y melenas o en supuestas oscuras influencias que
en comparaciones documentadas. Rasputín nunca fue un asesor del zar Nicolás II
en política exterior, comenzando porque su influencia en la corte la ejercía a
partir de la zarina y sus tendencias pacifistas no tuvieron la suficiente
influencia, de lo cual es buena prueba la participación rusa en la Primera
Guerra Mundial.
Por contraste, Dugin no era el casi analfabeto monje
siberiano con estrafalarias ideas místicas sobre el poder, sino un documentado influencer,
versado en ciencia política y relaciones internacionales, capaz de expresarse
con notable fluidez en varias lenguas extranjeras. La razón básica que explica
la influencia de Dugin sobre Putin es bien lógica: su éxito en homegeneizar y
modernizar las ideas de la ultraderecha rusa hasta darle cierto aspecto de
doctrina nacional «dura». Por otra parte, presentadas como genuinamente rusas
(o más bien «eurasiáticas») sus ideas no estaban en contradicción con las de la
nueva ultraderecha europea de la cual, como se ha visto, bebían generosamente.
Pero todo ello tenía unas claras limitaciones. El programa de
Dugin en su conjunto resultaba demasiado radical y esotérico para un estadista
como Putin cuyo mandato se movía entre el nacionalismo y el pragmatismo. Cierto
era que al presidente le venían bien las propuestas de Dugin como solucionador
de cuadraturas del círculo y sugeridor de ideas y bazas políticas que podían
dar juego en las nuevas estrategias o para justificar algunas ocasionales
acciones políticas internacionales más ambiciosas o belicosas con Occidente.
Pero en 2014, la gestualización extremista de Dugin durante
la crisis del Donbass —quizá intentando desempeñar el papel de un Ilya
Ehrenburg durante la Segunda Guerra Mundial— incitando a los rusos a matar
ucranianos e incluso ir a la guerra contra Estados Unidos, le costó su preciado
puesto en el Departamento de Sociología de la Universidad Estatal de Moscú. Fue
un golpe duro, tras años de labrarse una respetable imagen como académico de
prestigio. Pero fue también una palpable demostración de que el Kremlin era muy
capaz de determinar qué era y qué no era aceptable en términos de narrativa
nacionalista
Previamente a todo ello, cabe recordar que Dugin se reveló
como hombre influyente durante la etapa final del presidente Yeltsin, ya desde
antes de la llegada de Putin al poder. Ocurrió en 1997, con la publicación de
su obra Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia, que
se convirtió en un gran éxito con cuatro ediciones agotadas en poco tiempo.
Pero sobre todo, fue uno de los caballos de batalla políticos de la generación
de halcones militares que intentaban reconstruir la capacidad estratégica rusa
tras los desastres de la era Yeltsin.
Ello explica correctamente el ascenso político de Dugin en
los círculos de poder de la nueva Rusia postsoviética y nacionalista: no como
un oscuro monje místico al estilo de Rasputín y en el entorno de Putin. La
carrera del ideólogo de la nueva ultraderecha rusa se sitúa en el impulso de
los sectores militaristas y ultranacionalistas que se organizaban por su cuenta
ya en época de Yeltsin y como reacción a sus fracasos políticos. Y que, por
supuesto, terminaron llevando a Putin al poder, pero también a Dugin.
Eran personajes como, por ejemplo, Igor Rodionov, ministro de
Defensa en 1996 y 1997, que previamente había sido director de la Academia de
Estado Mayor (1989- 1996);
situado al frente de algunas de las unidades militares soviéticas más duras y
elitistas, así como en las regiones más comprometidas. Todo ello para concluir
como diputado en la Duma Estatal entre 2000 y 2007 en el bloque electoral
Patria, reconvertido en el partido Rusia Justa que en su momento apoyó el
ascenso de Vladímir Putin a la presidencia. En la redacción del texto había
colaborado el coronel-general Leonid Ivashov, jefe del Departamento de Asuntos
Internacionales del Ministerio de Defensa y uno de los cerebros más activos de
la doctrina geoestratégica rusa. Además de ser también un halcón en tiempos de
Yeltsin: fue él quien diseñó y organizó la marcha de los paracaidistas rusos
sobre el aeropuerto de Pristina, en junio 1999, que puso en un brete a las
victoriosas fuerzas de la OTAN que entraban por entonces en Kosovo tras haber
puesto de rodillas a Serbia con una campaña de bombardeo de setenta y ocho
días.
Y Dugin conectaba y se movía por ese mundo con total
naturalidad a partir del hecho de que, como ya se ha mencionado, su padre,
Geliy Alexandrovich Dugin, era coronel-general en el GRU, el servicio de
inteligencia militar; y no fue el único miembro de su familia en pertenecer a
esos círculos.
Al margen de su encaje social e institucional, resulta
evidente que el ensayo de Dugin fue providencial para su tiempo. Gustó en las
Fuerzas Armadas hasta el punto de que se convirtió en libro de texto en la
Academia de Estado Mayor. Y realmente marcó un momento estelar en la recuperación
de las ambiciones rusas de volver a desempeñarse como gran potencia, tendiendo
un puente entre la nostalgia de la era soviética y las ilusiones de la nueva
Rusia nacionalista y eurasiática. Pero sobre todo, él mismo devino una figura
intelectual única, al margen de las ideas que defendía. Lleva razón Vadim
Rossman al escribir que «comparado con los mediocres antiguos ideólogos
soviéticos, Dugin parece un gigante intelectual. Su capacidad para cruzar los
límites interdisciplinarios, para acuñar e introducir términos y nuevas
categorías, y para presentar sus posiciones ideológicas como descubrimientos y
conclusiones a partir de conceptos avanzados de ciencias sociales, resulta
especialmente alarmante e inquietante en la atmósfera actual de una caza de brujas
antiliberal».
Por el camino, su libro Fundamentos de geopolítica se
convirtió en la respuesta a la por entonces celebrada obra del geoestratega
estadounidense Zbigniew Brzezinski: El gran tablero mundial. La
supremacía estadounidense y sus imperios geoestratégicos, que había sido
publicada precisamente en 1997.
Por entonces, Estados Unidos era la única superpotencia con
una capacidad militar y económica a escala global, y en su libro, el antiguo
Consejero de Seguridad del expresidente Jimmy Carter explicaba cuál debería ser
la estrategia global que permitiera mantener su predominancia planetaria. Y,
precisamente, el gran tablero de ajedrez en el cual se debería jugar la gran
partida era el continente eurasiático a caballo de Asia, Europa y Oriente Próximo,
donde Washington debería evitar a toda costa el resurgimiento de una gran
superpotencia rival, fuera esta Rusia o China. Paradójicamente, un año antes de
fallecer, Brzezinski hacía un llamamiento a revisar la estrategia que él mismo
había propuesto veinte años antes. Estados Unidos seguía siendo la mayor
potencia global, pero a causa de los cambios geopolíticos complejos en los
equilibrios regionales, ya no era el poder imperial mundial que buscaba ser en
1997. Influían en ello el surgimiento de Rusia y China como grandes potencias y
la debilidad de Europa. El mundo musulmán, por su parte, también experimentaba
un despertar violento, pero en términos de un proceso poscolonial y de agravios
históricos.
Por lo tanto, en cierto modo, el ruso Dugin le había ganado
la partida al polaco Brzezinski. Sus Fundamentos de geopolítica fue un
libro mucho menos conocido y distribuido que El gran tablero de ajedrez
mundial, pero, a la larga, una parte de sus recomendaciones se fueron
imponiendo.
A toda la insistencia que ponía Brzezinski en anular el poder
de Rusia, le oponía Dugin la crítica al triunfante liberalismo americano. El
enemigo común de Rusia y sus aliados debería ser el atlantismo, los valores
liberales y el control estratégico de Estados Unidos. Para ello, Rusia debería
tender dos ejes: el de Moscú-Berlín, incluyendo también París; y el de
Moscú-Teherán, siendo Irán definido como un aliado clave. El Cáucaso sería
reorganizado en sus fronteras y reintegrado a control ruso, así como Ucrania.
El eje con Berlín y París se justificaría por el hecho de que ambos países eran
de «firme tradición antiatlántica». El Reino Unido debería mantenerse al margen
de Europa continental, y la estabilidad sociopolítica interna de Estados Unidos
habría de ser minada fomentando el separatismo, los conflictos étnicos,
sociales y raciales.
Es interesante considerar que para Dugin no debería
recurrirse a la fuerza militar a menudo, sino a la presión a partir de los
suministros rusos de gas y petróleo —u otros recursos naturales— a terceros
países, así como a la acción conspirativa y hasta subversiva a partir de los
servicios especiales. Explicado así, puede dar la impresión de que Dugin fue el
diseñador en exclusiva de la nueva estrategia rusa hegemonista de la era Putin,
hasta extremos que dejan al presidente poco menos que en el papel de una mera
marioneta, muy en la imagen —tan querida por periodistas y detractores de Putin
en general— de Rasputín manipulando a Nicolás II.
En realidad, Dugin no era el único personaje de ideas
ultranacionalistas que durante el periodo Yeltsin pululaba en torno a la
oposición de línea dura que terminaría llevándolo al retiro. Sergey Kurginyan,
Sergey Naryshkin, Gennadiy Seleznyov —siendo el mismo Dugin asesor de estos
últimos— formaban parte de un extenso panteón de ideológicos y estrategas que
irían a integrarse en Rusia Unida u orbitarían en torno a la ultraderecha y que
de una forma u otra aconsejaban y trazaban planes buscando una salida —«su»
salida— a la deriva del experimento neoliberal de Yelstin. Sin embargo, en 1997
ni siquiera había acontecido el desastre: la victoria de la OTAN en la guerra
de Kosovo —con la consiguiente humillación de la diplomacia rusa— y el colapso
del rublo en la crisis de 1998. En esos años Rusia todavía no había tocado
fondo y las elucubraciones y propuestas de Dugin y otros como él no eran sino
brindis al sol.
Especular con un solo inspirador de la nueva política ultra
rusa resulta bastante insuficiente, y cuando algún autor insiste en ello suele
ser para resaltar la imagen de fanatismo oscurantista de Putin. Timothy Snyder,
por ejemplo, escoge al aristócrata emigrado blanco Ivan Ilyin, filósofo y
teórico de la Unión Militar Rusa (ROVS, por sus siglas en ruso) como inspirador
del nuevo fascismo ruso en el entorno de Putin. Aunque, en efecto, Ilyin fue
uno de los teóricos de los rusos blancos en el exilio, ello no es decir mucho
para la época, dado que fue un movimiento crónicamente débil y disperso. Por lo
demás, continuó militando como monárquico convencido —opción que tras la
abdicación de Nicolás II nunca volvió a tener apoyo entre la gran mayoría de
los rusos— y si bien son innegables sus simpatías hacia el fascismo italiano,
no está claro que las tuviera hacia el nazismo alemán, demasiado biologista y
plebeyo para un filósofo y teólogo aristócrata.
Etiquetas: capitalismo y catástrofe, carácter cíclico del capitalismo, fascist pigs, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
miércoles, diciembre 22, 2021
19 DE DICIEMBRE: ¿EL TRIUNFO DE QUÉ?
Antes de la primera vuelta
presidencial el destacado filósofo de derechas Hugo Herrera anunciaba como lo
más probable el triunfo de Kast, siguiendo un argumento seudo-dialéctico tipo ying y yang, en que el “cambio” expresado en la Convención Constitucional
necesitaba del contrapeso de un gobierno neoconservador:
“La disyuntiva es entre cambio
fundamental (constituyente) acompañado de orden (=Kast), o cambio fundamental
(constituyente) acompañado de todavía más cambios, conducidos, además, por la
pandilla de jóvenes hermosos pero desarraigados, la aglomeración de juventudes
que, allí donde gobierna, introduce, para bien o para mal, todavía más e
insólitas alteraciones”(1).
El meditado análisis telúrico
remataba con esta larga y oscura predicción:
“Todo esto, ciertamente, no importa desconocer -lo digo de nuevo- que la
política es imprevisible, que allí se hace lo que se puede y lo que se puede a
veces es más que aquello que los propios actores imaginaron. Boric podría
dar, por ejemplo, un giro radical al centro, acudiendo a cuadros de la
Concertación, traicionando al Partido Comunista y transformarse en la candidatura
de reformas aparentemente sensatas, claramente empáticas con los grupos
pobres que anhelan crecimiento y especialmente con las masivas y precarias
clases medias emergentes, angustiadas ante el riesgo de devenir pobres: con
todo el arco que incluye "pequeño-burgueses", consumidores de baja
alcurnia, ciudadanos alienados en el mercantil mundo de ahora, "fachos
pobres", etc. Hay que recordar, por lo demás, que ya ha dado antes esos
giros, al sumarse al acuerdo del 15 de noviembre. Kast, de su lado, podría un
día perder la compostura y acentuar sus pretensiones más toscas de Estado
policial. El conflicto mapuche podría escalar, con enfrentamientos masivos
y entonces nadie sabe qué podría ocurrir. O el Norte verse sobrepasado de
inmigrantes y protestas masivas. También cabe que la derecha de “Chile Podemos
+” sufra un colapso en las elecciones parlamentarias y que el ánimo de derrota
termine contaminando la candidatura de marras. Puede ser que aparezca a
último momento algún hecho luctuoso ignorado de alguno de los candidatos o de
alguien muy cercano a ellos. En fin, puede ser, puede ser: que lo inimaginado
acontezca y altere fundamentalmente la situación. Pero, así como van las cosas,
Kast lleva las de ganar” (2).
Lo que finalmente ocurrió tras el
triunfo de Kast en primera vuelta (y el “empate” que se produjo a nivel del
Congreso) incorpora otro aspecto más o menos “inimaginado”, que a mi juicio
terminó siendo el factor clave en el triunfo de Boric en segunda vuelta: el
“octubrismo” casi en pleno se puso en campaña, en las calles y haciendo memes (3),
mientras el “noviembrismo” se extendía dando poderosas señales de moderación
hacia el centro y la ex Concertación, y dejaba en segundo plano las pataletas
de Jadue y el PC y las torpezas ya endémicas del entorno del FA (con la
anticampaña involuntaria realizada primero por Depolo y Oliva, luego por
Lorenzini y Aguilera).
Como resultado, la versión chilena
de PODEMOS que se impuso el 19D es como una especie de Concertación 3.0 que
incluye al PC y al Frente Amplio, y también a “antifas”, feministas e inclusive
sectores de los anarquismos locales que, o vienen votando con entusiasmo hace
años (4),
o se incorporaron a esta actividad
recién ahora y por primera vez en sus vidas.
El octubrismo
salvando al noviembrismo (una vez
más)
Para atraer al octubrismo y su
sector más duro -el bloque negro, así como a la llamada “ultraizquierda” y la izquierda
revolucionaria “tradicional” a lo Chanfreau-, se esgrimió una vez más la
consigna del “antifascismo”.
Ese recurso es el más fuerte con
que se cuenta en estos ambientes. Artillería pesada. Casi el equivalente a
cuando a nivel de política de Estado se declara un estado de sitio o la “guerra
contra un enemigo poderoso que no respeta a nada ni a nadie”.
Fue ultra eficaz. Aunque estos
sectores son pequeños numéricamente, son muy activos, y me atrevo a afirmar que
de ahí salió gran parte del caudal de votos necesarios para apoyar a quien
hasta hace poquito era visto como el peor traidor de nuestra historia reciente,
el “amarillo” que merecía funas, desprecios, ser tratado de “guatón” y hasta ofrecimientos
de “sangre por sangre” (como expresó en su momento un vocero de la ya extinta Lista del Pueblo).
De todos modos, y yendo más allá de
estas subculturas que no por pequeñas han sido poco influyentes a nivel
micropolítico o molecular, todo indica que el mismo pueblo que hizo la
insurrección de octubre no tuvo mayores dudas y asumió que para frenar el
retorno del pinochetismo a La Moneda era necesario ir y votar por Boric. Está
por verse si en el proceso se fue enamorando efectivamente del candidato y lo
que representa, en una especie de versión siglo XXI de “la alegría ya viene”, o
si se entendió el voto sólo como un paso táctico para no retroceder y seguir
luchando.
Por de pronto, el mapa electoral de la Región Metropolitana demostraría que el voto anti-Kast fue un triunfo popular. El voto de derecha quedó arrinconado en sus comunas usuales, de manera más dramática aún que la representación que hicieron en la curiosa “acción de arte” en que “hermosearon” y pusieron pasto a un sector de lo que aún llaman Plaza Baquedano, más pequeño que el resto y apuntando por supuesto hacia el Oriente.
1989: Espero que esto no sea un deja vu
Espero equivocarme pero soy
pesimista: el peso de la memoria de los acontecimientos vividos entre 1988 y 1990
me lleva a eso. En esos tiempos, tanto la abierta claudicación que implicaba
aceptar el itinerario constitucional de Guzmán/Pinochet como votar por el
golpista Aylwin se justificaban en un supuesto “antifascismo”, para poder sacar
a los militares de La Moneda. La campaña
de Aylwin decía “sin miedo, sin odio, sin violencia”. La izquierda agregaba
“sin asco” y mayoritariamente acudió a las urnas a marcar la rayita. Mientras,
el “bloque socialista” caía y el neoliberalismo reinaba sin contrapesos desde
ese simbólico 1989: un 68 pero al revés.
“Hay que optar por mal menor” nos
decían; votar por Aylwin para derrotar a Buchi, “el candidato del continuismo”.
A partir del 11 de marzo de 1990 eso se transformó en “no nos movilicemos mucho
por ahora porque eso le hace olitas al gobierno y los militares podrían volver”.
No se criticó mayormente a Aylwin ni por la Masacre del faro de Apoquindo ni
por crear la Oficina de Seguridad Pública. “Los milicos eran mucho peor, ¿o no?”.
Del “avanzar sin transar” pasamos al avanzar “en la medida de lo posible”, y
así se nos fueron 30 años de vida entre una transacción tras otra, “democracia
de los acuerdos” y una eterna “postdictadura” que aún no se acaba.
Las protestas contra este orden
recién se empezaron a asomar con fuerza el 2001, en un ciclo que con hitos
posteriores como la rebelión pingüina del 2006, los movimientos del 2011,
rebeliones locales (Aysén, Freirina, Chiloé, Magallanes) y explosión feminista
nos llevó a la gran insurrección de octubre de 2019, y después de un Acuerdo
por la paz y la pandemia hemos llegado al complejo momento actual.
El “hecho luctuoso”: la muerte de Lucia Hiriart y los llamados
a no celebrarla tanto
Donde sí le achuntó el oráculo de
Hugo Herrera fue en la parte más extraña de todas, cuando dentro de los
factores que podrían evitar el pronosticado triunfo de Kast señala la
posibilidad de que “aparezca a último
momento algún hecho luctuoso ignorado de alguno de los candidatos o de alguien
muy cercano a ellos”. Cuando leí esto el 6 de noviembre, un escalofrío recorrió
mi espalda pero aunque lo consulté con algunos expertos finalmente no logré
descifrarlo ni concluir nada claro.
La duda se me resolvió inmediatamente durante la tarde del jueves 16 de diciembre cuando leí los anuncios -primero en las “redes sociales” y luego en la mal llamada “prensa”-: “¡Se murió la Vieja!”, todo un omnipresente símbolo del Mal durante toda mi infancia en dictadura, y a la cual tuve el horror de presenciar cara a cara hacia 1981, durante una visita de Pinochet a Punta Arenas. Ella recorría los pasillos de la Zona Franca con luces, cámaras y agentes de la CNI, saludando efusivamente a cuanto niño se le cruzaba. Avanzó hacia donde estábamos mi primo Ernesto y yo, mirándola con espanto, pues a nuestra corta edad de 10 años sabíamos exactamente quién era. Huimos apenas a tiempo para evitar el espantoso apretón de mejillas que daba a los niños y niñas que saludaba.
¡Se
murió la Vieja! La Tirana. Y se murió en plena impunidad, claro que sí. Ya
se sabe que en Chile la responsabilidad por violaciones de derechos humanos es sólo del “perraje” y jamás nunca de los “altos mandos”.
No obstante eso, es claro que con
su muerte finalmente una larga y terrible época la llegado a su fin.
La muerte de tan siniestra figura
de la “dictadura cívico-militar” (y agregaría: empresarial, policial, mediática,
eclesiástica, etc.) no podía sino hacer recordar a todxs qué es exactamente el
pinochetismo, lo que hizo con el país, y la impunidad casi absoluta que han
gozado hasta ahora por sus crímenes y corrupción sistémica.
Sin duda que este “hecho luctuoso”
afectó la carrera presidencial de Kast. No sólo por haber impulsado en la recta
final una ya notoria participación del electorado de izquierdas y progresista
habitual, sino que de la juventud en general y las disidencias, movilizadas no
tanto a favor de Boric sino que “en contra del fascismo”. Además, Kast se vio obligado a desconocer a
la Lucía y con ella a la dictadura de cuyo legado era el más férreo defensor, lo
que lo distinguía de los desganados esfuerzos por “desfascistizarse” que desde
la derecha UDI/RN (creadas en los 80 como sostén del régimen pinochetista) se
habían realizado al rebautizarse como “centro derecha” y ostentar un supuesto
sector liberal (EVOPOLI, Ciudadanos y otros intentos frustrados).
El pinochetista republicano tuvo
que decirle a su ex primera dama: “si te he visto no me acuerdo”. Es algo muy
fuerte. Pero son sacrificios que se hacen como si nada en el mundo de la llamada
realpolitik (ámbito de actuación que
yo prefiero denominar como “política burguesa”), y en esta segunda vuelta vimos
sacrificios y renuncias por lado y lado. Dentro de las versiones de izquierda
quedará en la memoria cómo algunxs demócratas “antifascistas” llamaban desesperadamente
a no celebrar tanto y difundían la ya habitual advertencia de que si sales a la
calle te arriesgas a que la policía te quite el carnet para así evitar que
vayas a votar en defensa de la democracia (5).
La nueva ultraderecha como enemigo interno de Kast
Así que finalmente Boric logró lo
que parecía imposible: acercarse muy al centro, creciendo al mismo tiempo hacia
la extrema izquierda a costa de memes y
mucho chantaje anti-abstencionista. No
hay una encuesta MORI para esto pero, diría que entre el 70 y el 80% de quienes
nunca votan por convicción se arrió la bandera negra por esta vez y se
acercaron a la urna asignada para votar. Algunxs hasta se entusiasmaron en el
proceso. No los culpo. También son cosas de la realpolitik.
Pero un factor que sin duda
contribuyó de manera decisiva a esta derrota electoral de Kast provino de sus
propias filas: los youtubers “patriotas” del rechazo: especie de símil de los
“encapuchados” de ultraizquierda –siempre muy estigmatizados antes de ser
admirados incluso por los progres y la socialdemocracia cuando aparecieron como
“Primera Línea”-, pero en el otro lado del espejo: los ultras de la nueva
derecha.
Johannes Kaiser y Sebastián
Izquierdo hicieron más daño que varios “antifas por el mal menor” juntos. Alguien
decía que los conceptos “machista” y “misógino” no alcanzan para dar cuenta de
los grotescos dichos de estos personajes, uno de los cuales es ahora diputado
de la República. Y eso que de toda la cantidad de barbaridades que han dicho
por años a un ritmo de varias horas por semana, lo que salió a flote era apenas
un par de muestritas de un universo de estupidez y violencia verbal mucho
mayor. Algunos antifascistas se han dedicado a monitorear estas emisiones: es
una labor ingrata pero muy importante de realizar en serio si en verdad nos
preocupara desactivar la reacción y no sólo usar la coartada del “antifascismo”
como imagen movilizadora para hacer que la gente vaya a votar.
El Partido de la Gente: el lema “ni izquierda ni derecha”
como alerta de fascismo old style
El fascismo clásico que se expresó
durante el siglo pasado en el período de entreguerras no apareció como un
fenómeno “de derechas” sino que desconcertando y desafiando la oposición ya
asentada de izquierda y derecha. Por
lo demás, esta distinción que surgió en la Asamblea nacional francesa de 1789
ha permanecido en el tiempo hasta hoy pero ha ido mutando constantemente.
Así, Mussolini elogiaba la anarquía
hacia 1919, y Hitler luego se proclamaba como “anticapitalista”. En ambos casos
esta fachada de no ser “ni de izquierda ni de derecha” se complementaba con un
discurso aparentemente revolucionario, que diferencia al fascismo de lo que es la
derecha tradicional, meramente reaccionaria o conservadora. En este sentido el
fascismo es a la vez arcaico pero modernista. Por eso es que suele confundir
bastante cuando irrumpe, y así es que logra
cumplir una función que la derecha asumida y presentada como tal no puede
hacer: reponer autoritariamente el orden mediante la violencia de un movimiento
de masas, o como dijera alguna vez el fascista español Ramiro Ledezma,
“derrotar revolucionariamente al marxismo”.
No todos los fascismos que han
seguido apareciendo se remiten fielmente a ese modelo, pero una característica
muy reconocible siempre es una jerga “anti-política” y la proclamación de ser
una “tercera posición”. Todo eso lo cumple a cabalidad el Partido de la Gente, y queda por estudiar más en profundidad sus
distintos grupos internos, ideología y composición de clase. Tampoco resulta un
dato irrelevante el que cuenten en sus filas con Gaspar Rivas, diputado electo
que sigue siendo su vínculo con el Movimiento Social Patriota, grupo
neofascista bastante bien organizado que no se declara de derecha, saludó el
estallido del 18-O (6) y no apoyó la opción Rechazo, pero es fuertemente antimigración, antifeminista,
antiliberal y enemigo absoluto de la autonomía mapuche.
Un hecho positivo es que el
supuesto “tercerposicionismo” del PDG se rompió el día antes de las elecciones
cuando su líder apostó ruidosamente por Kast, y perdió. Hay que estar atentos a
como siguen evolucionando sus pugnas internas.
¿"Al fascismo sabremos vencer”?
Tenemos claro que Boric no era
“comunista”, y en verdad ya ni siquiera el Partido Comunista de Chile lo es, pues
hace mucho tiempo que paso a ser un partido socialdemócrata de izquierdas,
parte esencial del Partido del Orden. La
lucha armada contra la dictadura en los 80
a través del FPMR no cambia esta caracterización, de la cual han
renegado tanto el partido como el presidente electo.
Lo que resulta algo más difícil es
caracterizar qué son Kast y el Partido Republicano. Muchos especialistas
debaten sobre si se trataría de extrema derecha, derecha populista radical, o
una forma de neo o protofascismo (7).
En primer lugar, tal como ha
destacado Sergio Grez, más que una “marea reaccionaria” hay que destacar que lo
que hemos visto durante el 2021 es el reordenamiento de la derecha tradicional
sobre su eje pinochetista, liderado por Kast y su partido.
El pinochetismo es sin duda
autoritario y reaccionario, además de moralmente conservador, pero a pesar de
haber sido apoyado por fascistas no resulta tan claro que además del
“terrorismo de Estado” (que comparte con otros regímenes
autoritarios/reaccionarios no necesariamente fascistas) sea posible definir
como fascismo a esto que Hayek calificó alguna vez de “dictadura liberal”. En
su momento el MIR prefería hablar de “dictaduras gorilas” para designar las
juntas militares latinoamericanas. La fraseología “antifascista” fue levantada
por el PC para así justificar la necesidad de una nueva alianza
“frentepopulista”, incluyendo a la DC y los “militares democráticos”, tal cual
explicó claramente su secretario general Luis Corvalán a fines de los 70.
Porque tal como no existe uno sino
que varios fascismos, existen también diversas formas de antifascismo. Para
empezar, el más usual es el que sostienen los demócratas liberales, que han abusado
del concepto “fascismo” desde hace décadas, para estigmatizar a enemigos tan
diversos como el Islam y cualquier forma de oposición crítica a la democracia
capitalista, incluyendo a todas las posiciones revolucionarias. Si durante la
segunda mitad del siglo XX se metió todo eso dentro del saco del
“totalitarismo”, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 los
analistas y políticos gringos rescataron el concepto “fascista” para aplicarlo
contra todos sus enemigos.
La segunda gran variedad de
antifascismo histórico es la de los Frentes Populares: colaboración de clases
entre partidos obreros y burgueses “democráticos”, postergando toda
transformación radical con el pretexto de combatir al fascismo primero. La
fórmula fue probada en Francia, Chile y España, con distintos y desconcertantes
resultados. En España en particular, el Frente Popular se encargó a partir de
julio de 1936 de sepultar primero todas las conquistas revolucionarias,
liquidar a la vanguardia mediante la acción conjunta del estalinismo y el
estado burgués, disolver las milicias y reconstituir el Ejército, para perder definitivamente
la guerra en 1939.
El caso del Frente Popular chileno
desde 1938 es particularmente interesante, pues con la excusa del antifascismo
la izquierda apoyó a Pedro Aguirre Cerda (del Partido Radical) haciendo la
vista gorda respecto del hecho de que había sido Ministro del Interior del
gobierno de Arturo Alessandri durante la Masacre de San Gregorio, ocurrida el
3 y 4 de febrero de 1921 en dicha
oficina salitrera cerca de Antofagasta.
Más sorprendente resulta tener en
cuenta que el fascismo que se pretendía combatir en Chile estaba representado
por el Movimiento Nacional Socialista,
que tras la Matanza del Seguro Obrero, ocurrida justo antes de esas elecciones,
al verse frustrado su intento de golpe de Estado para poner de nuevo al
dictador Ibañez al mando del país, termina dando una voltereta tan grande que
logra con sus votos dar la victoria a Aguirre Cerda. Tras eso los
nacional-socialistas chilenos liderados por Jorge González Von Marées se
incorporaron de facto al Frente Popular, tras cambiarse el nombre a Vanguardia Popular Socialista.
Así y todo, ¡para la historia y
mitología izquierdista tradicional el único traidor de este período fue Gabriel
González Videla!
El “antifascismo” que acabamos de
ver en acción entre la primera y segunda vueltas logró también resultados
sorprendentes: cuando el pueblo votó por Gabriel González Videla en 1946 no
sabía que poco después lo iba a traicionar dictando la “Ley Maldita”. A Gabriel
Boric en cambio se le apoyó sin mayor problema dos años después de haber
traicionado la rebelión popular firmando el Acuerdo del 15N y de haber
impulsado la “ley antibarricadas”. Todo eso parece haber sido perdonado y hasta
resulta de mal gusto y propio de aguafiestas recordarlo ahora, tal como en 1989
a casi nadie la hacía gracia la memoriosa consigna de “no olvidar, Aylwin fue
quien llamó a Pinochet”.
Hay que destacar que a diferencia
de sus votantes, Boric nunca habló de Kast como un fascista. Pero lo más
notable es que pocas horas después de “derrotar al fascismo” el Presidente
electo en su discurso llamó a todos a aportar y colaborar, “también a José
Antonio Kast”. La verdad, no me imagino a los partisanos que derrotaron al
nazi-fascismo hace 70 años con gran costo humano –y no a puros memes- invitando
a fascistas y nazis a colaborar en la reconstrucción de sus países. “No
cuelguen a Mussolini y olvídense de los Juicios de Nuremberg: ellos también tienen
que colaborar porque este nuevo gobierno es de todes”.
Colofón
Hay que oponerse a todas las formas
de reacción. Eso está claro. Pero hay que tener cuidado con activar alertas
antifascistas antes de tiempo, so pena de incurrir finalmente en el cuento de
Pedrito y el lobo.
El antifascismo que nos interesa es
el que es consciente de que el fascismo no se opone a la democracia liberal,
sino que la complementa. Como ha dicho Gilles Dauvé, no existe una alternativa
entre “fascismo y democracia”, pues la dominación capitalista recurre
permanentemente a una mezcla de ambas opciones, enfatizando una u otra según
las necesidades de acumulación y
valorización del capital. Este antifascismo actual, cuyo antecedente de mediano
plazo serían las luchas autónomas de los 80, tiene la potencialidad de ser
diferente a las dos formas previas que he referido. De hecho, quiero creer que
su símbolo -una bandera negra al lado de una bandera roja- expresa su contenido
a la vez anticapitalista y antiautoritario.
Si no asumimos este vínculo y al
fascismo como uno de los subproductos del capitalismo en tiempos de crisis, la
izquierda revolucionaria y el anarquismo estarán condenados a seguir siendo el
vagón de cola de la burguesía progresista y del proyecto de remozamiento
neoliberal que expresa claramente Apruebo Dignidad y sus aliados
neoconcertacionistas.
2.- Ibid. Los destacados son nuestros.
3.- Para un análisis empático del fenómeno ver: https://ficciondelarazon.org/2021/12/10/aldo-bombardiere-castro-memes-por-boric-la-esperanza-transformadora/
4.- Justificando su democratismo en la supuesta flexibilidad de los “principios
anarquistas”. Flexibilidad tan amorfa justificaría hasta la aparición de los
llamados “anarcocapitalistas”, ¿o no?
5.- Consejo: en un control de identidad no es necesario entregar la cédula de
identidad. Basta con cualquier documento oficial.
6.- Esto señalaba la Juventud Social patriota el 19 de octubre de 2019: “Chile
murió con la dictadura pero hoy, renace. Nosotros, el pueblo, somos Chile.
Joven Chileno, toma tu bandera y sal a la calle a reconquistar tu patria, este
es sólo el comienzo de una lucha por todo”. Poco después agregaban llamados a
proteger los negocios de barrio contra “vándalos y anarquistas” (https://twitter.com/jsocialpatriota).
7.- Discrepando de su definición como “extrema derecha”, ver: https://www.pauta.cl/politica/cristobal-rovira-partido-republicano-chile-kast-no-extrema-derecha
Etiquetas: carácter cíclico del capitalismo, democracia/dictadura, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
lunes, marzo 23, 2020
CORONAVIRUS: REPORTES DE CHILE Y FRANCIA (x Evade Chile)
Luego de 5 meses de avances y resistencia, nuestra comunidad de lucha se enfrenta hoy a un nuevo reto. La llegada de la pandemia global al territorio chileno anuncia el cierre de una etapa y el inicio de otra para la insurrección en curso.
La crisis mundial se agudiza, y junto a ella emergen las posibilidades de deshacernos de una vez por todas de los lastres que nos han arrastrado a este abismo. Sabemos que la solidaridad reencontrada al calor de la insurrección ofrecerá sus frutos nuevamente.
Nosotrxs nos volveremos a disolver en la masa insurrecta de la que brotamos y volveremos a brotar.
Esa pandemia tiene varios nombres: patriarcado, capitalismo, dinero, trabajo asalariado, incluso poder, economía política, ilustración, religión, plaga emocional, estupidez, etc. Es la enfermedad que divide y separa a la humanidad en clases, razas, naciones, estratos, privilegiados y desafortunados, nobles ricos y pobres diablos, izquierdas y derechas, etc.
Los Estados, que en las últimas décadas habían pasado de moda, hoy hacen una re-aparición triunfal. Son sus estructuras políticas y militares las únicas que pueden garantizar que las pérdidas no sean totales para los funcionarios del capital. Pero la burbuja esta vez les explotó en la cara.
De un momento a otro, como por acto de magia, los gobiernos del primer mundo nacionalizan empresas, suspenden el pago de cuentas de servicios básicos, aseguran un ingreso universal mínimo a lxs proletarixs, todxs son liberadxs del acuartelamiento escolar o laboral, etc. En el tercer mundo son los grandes capos de los bancos los que salen a condonar deudas, mientras que algunos sindicatos arreglan una rebaja del 50% del sueldo de sus afiliados y los gerentes sacrifican un 25% del suyo. Todo sea por superar esta crisis.
Las medidas parecen coincidir con el nivel de terrorismo mediático y político que presenta esta como la peor catástrofe de los últimos siglos a pesar de que el mundo ha visto situaciones mucho peores, como la muerte de 50 millones de personas de “gripe española” luego de la primera guerra mundial o los 20 millones de yemeníes que actualmente mueren de hambre. ¿Temerá perder su hegemonía Occidente?
La unidad a la que llaman, como siempre, es falsa. Funciona solo mientras gestionan el “aislamiento social” que tantos costos les trae pero que tan conveniente les resulta, al mismo tiempo, frente a una población fundamentalmente indefensa luego de siglos de precarización y empobrecimiento.
Dado que las necesidades de la producción de mercancías nos fuerzan a reunirnos, aunque por mandato nos llamajn a aislarnos, los políticos se esfuerzan en que ahora, y de una vez por todas, se instaure la mediación definitiva de la abstracción vía el internet: teletrabajo, teleducación, telesociabilidad. La pandemia capitalista, hoy disfrazada de “crisis sanitaria”, abre la posibilidad de correr el cerco del dominio de la vida cotidiana haciéndola incluso más estrecha y confinandola al campo de lo digital.
Pero esta crisis mundial no pilló de rodillas ni desprevenido al pueblo que habita el territorio ocupado por el Estado chileno. Lo pilló en pie: sabemos perfectamente que esta crisis no es producto de un nuevo tipo de gripe, sino más bien que el nuevo tipo de gripe es resultado de sus industrias productoras de muerte.
Los expertos apuran sus juicios y culpan de la propagación del virus a la globalización, a los hospitales públicos sin presupuesto, a un “rastro de salvajismo” de los chinos que comen “cosas raras” y trafican especies exóticas, al aumento de la población que supuestamente demanda la destrucción de los ecosistemas globales, lo que a su vez empuja a los animales, vectores de virus que pueden matarnos, a estar más cerca de los humanos, etc. El neurótico es ciego a lo obvio.
Las condiciones materiales que genera la producción industrial, y que vuelven a todo el mundo vulnerable a la catástrofe, están en el origen de esta crisis. En estas latitudes explotan glaciares y desertifican regiones completas; venden el agua y transforman la vivienda en un problema existencial; aniquilan toda la vida del fondo marino y gestionan la salud como un Cartel; hacen de la educación un chiste negro; saquean el territorio entero y vuelan los ojos, matan o encarcelan a quien quiera rebelarse contra esta miseria. Todo el territorio es una “zona de sacrificio”, incluidos sus supuestos sectores privilegiados que viven encandilados por el dinero.
La trama se vuelve aún más espesa. El Poder debe impedir que la pandemia haga explotar su infraestructura y, a la vez, debe aprovechar el tiempo-fuera para montar su show de la normalidad nuevamente. Pero esta vez no hay ninguna garantía de que podrá lograrlo: la situación global impide cualquier certeza respecto del estado de salud de la bestia moribunda. Estamos siendo testigos de una de sus últimas sacudidas, y con ella toda nuestra vida está cambiando más rápido que nunca. Pareciera que todo lo que se necesita es una gran carcajada para abatirla.
Así, mientras las bolsas del mundo se desploman y los grandes empresarios corren a saquear al Estado para que mantenga a flote sus capitales paralizados por la reducción de los actos de compra-venta, esta crisis ha realizado algo que jamás podría haber logrado todo el lobby político: la dramática reducción, aquí y ahora, de las emisiones de gases de efecto invernadero. Solo en China, el freno de la actividad económica de los últimos meses llevó a una disminución equivalente al 6% de las emisiones mundiales. Los expertos, moralmente confundidos, afirman: “parece que esta crisis sanitaria a largo plazo logrará salvar más vidas de las que está quitando”.
Quieren hacernos tragar la píldora de la emergencia —que para nosotrxs es la norma—, intentan separarnos, inyectarnos el miedo del individualista que prefería ahogar las penas en ofertas. Serán las redes de apoyo mutuo las que podrán responder a esta crisis de una forma que erradique para siempre el poder y la legitimidad de los administradores políticos y económicos del mercado, acabando con el modo de reproducción social que los hace necesarios.
Ahora que los escombros de la economía y la política crecen frente a nuestros ojos hasta el cielo, ahora que ha caído el decorado de la vida cotidiana y aterrizamos forzosamente en nuestra existencia para contemplar, ya sin posibilidades de distracción, el estado al que nos ha arrojado la inercia del dinero, se nos presenta una oportunidad única: o nos dejamos aplastar por la basura de una civilización arruinada o nos dejamos llevar por la vida que brota gratuita y profusamente allí donde se desnaturaliza, en los actos, las condiciones existenciales del empobrecimiento soportado en silencio.
La lucha por la liberación saca su fuerza no de la visión del futuro, sino de la visión del pasado. Y ese pasado que tenemos frente a nosotros apesta. Su pestilencia insensibilizó nuestros sentidos durante mucho tiempo. ¿No sería absurdo esperar que los zombies que nos arrojaron a este estado de putrefacción nos lancen un salvavidas?
Todo está por hacerse. Podemos construir en el reverso de las ruinas una vida guiada por la satisfacción inmediata de las necesidades humanas y, al hacerlo, recrear nuestros entornos sacrificados a la acumulación ciega de riqueza abstracta.
El despertar de octubre ha sido la lucha de un pueblo reavivada cada día por salir de este trance, de la pesadilla de lo que sucede y ha sucedido:
No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema.
La maldición divina apoya útilmente al poder. Al menos hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el Marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el terremoto para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus designios y liquidar alegremente a sus rivales políticos con juicios “proto-estalinistas”. No insultaremos a Pombal, por más odioso que sea, comparando su golpe dictatorial con las miserables medidas que el totalitarismo democrático aplica en todo el mundo por la epidemia de coronavirus.
¡Qué cínico es culpar de la propagación del flagelo a la deplorable insuficiencia de los recursos médicos desplegados! Durante decenios, el bien público se ha visto socavado, el sector hospitalario paga el precio de una política que favorece los intereses financieros a expensas de la salud de los ciudadanos. Siempre hay más dinero para los bancos y cada vez menos camas y cuidadores para los hospitales. Qué payasadas ocultarán por más tiempo que esta gestión catastrófica del catastrofismo es inherente al capitalismo financiero mundialmente dominante, y que hoy lucha mundialmente en nombre de la vida, del planeta y de las especies a salvar.
Sin caer en este resurgimiento del castigo divino que es la idea de que la Naturaleza se deshace del Hombre como de una sabandija inoportuna y dañina, no es inútil recordar que durante milenios la explotación de la naturaleza humana y de la naturaleza terrestre ha impuesto el dogma de la anti-physis, de la anti-naturaleza. El libro de Eric Postaire, Les épidémie du xxie siècle [Las epidemias del siglo xxi], publicado en 1997, confirma los desastrosos efectos de la persistente desnaturalización, que vengo denunciando desde hace décadas. Refiriéndose al drama de las “vacas locas” (predicho por Rudolf Steiner ya en 1920), el autor nos recuerda que además de estar indefensos frente a ciertas enfermedades, nos estamos dando cuenta de que el propio progreso científico puede causarlas. En su petición de un enfoque responsable de las epidemias y su tratamiento, incrimina aquello que el prefecto, Claude Gudin, llama la “filosofía de la caja registradora”. Hace la siguiente pregunta: “Si subordinamos la salud de la población a las leyes del lucro, hasta el punto de transformar a los animales herbívoros en carnívoros, ¿no corremos el riesgo de provocar catástrofes fatales para la Naturaleza y la Humanidad?”. Como sabemos, los gobiernos ya han respondido con un SÍ unánime. ¿Qué importa ya que el NO de los intereses financieros siga triunfando cínicamente?
¿Hizo falta el coronavirus para demostrar a los más estrechos de miras que la desnaturalización por razones de rentabilidad tiene consecuencias desastrosas para la salud universal, aquella que gestiona sin parar una Organización Mundial cuyas preciosas estadísticas compensan la desaparición de los hospitales públicos? Existe una clara correlación entre el coronavirus y el colapso del capitalismo global. Al mismo tiempo, parece no menos obvio que lo que encubre e inunda la epidemia de coronavirus es una plaga emocional, un miedo histérico, un pánico que a la vez oculta las deficiencias del tratamiento y perpetúa el mal asustando al paciente. Durante las grandes epidemias de plagas del pasado, la gente hacía penitencia y proclamaba su culpa flagelándose. ¿No les interesa a los administradores de la deshumanización mundial persuadir a la gente de que no hay forma de salir del miserable destino que se les está infligiendo? ¿Que todo lo que les queda es la flagelación de la servidumbre voluntaria? La formidable máquina mediática solo repite la vieja mentira del impenetrable e ineludible decreto celestial donde el dinero desquiciado ha suplantado a los sanguinarios y caprichosos dioses del pasado.
El desencadenamiento de la barbarie policial contra los manifestantes pacíficos ha demostrado ampliamente que la ley militar es lo único que funciona eficazmente. Ahora confina a mujeres, hombres y niños a la cuarentena. ¡Afuera, el ataúd, dentro la televisión, la ventana abierta a un mundo cerrado! Crea las condiciones capaces de agravar el malestar existencial apoyándose en las emociones desgastadas por la angustia, exacerbando la ceguera de la ira impotente.
Pero incluso la mentira da paso al colapso general. La cretinización estatal y populista ha llegado a sus límites. No puede negar que se está llevando a cabo un experimento. La desobediencia civil se está extendiendo y sueña con sociedades radicalmente nuevas porque son radicalmente humanas. La solidaridad libera de su piel de oveja individualista a los individuos que ya no tienen miedo de pensar por sí mismos.
El coronavirus se ha convertido en el signo revelador de la bancarrota del Estado. Al menos esto es un tema de reflexión para las víctimas del confinamiento forzado. Luego de la aparición de mis Modestes propositions aux grévistes [Modestas propuestas a los huelguistas], algunos amigos apuntaron a lo difícil que era recurrir al rechazo colectivo, que sugerí, de pagar impuestos, gravámenes, retenciones fiscales. Sin embargo, ahora la bancarrota comprobada del Estado-estafador es una prueba de la decadencia económica y social que vuelve absolutamente insolventes las pequeñas y medianas empresas, el comercio local, los ingresos modestos, los agricultores familiares e incluso las llamadas profesiones liberales. El colapso del Leviatán ha logrado convencernos más rápido que nuestras resoluciones para derribarlo.
El coronavirus lo ha hecho aún mejor. El cese de las nocividades productivistas ha reducido la contaminación mundial, evita a millones de personas una muerte programada, la naturaleza respira, los delfines vuelven a retozar en Cerdeña, los canales de Venecia, purificados del turismo de masas, vuelven a tener agua clara, la bolsa se derrumba. España resuelve nacionalizar los hospitales privados, como si redescubriera la seguridad social, como si el Estado recordara el Estado de bienestar que destruyó.
Nada puede darse por sentado, todo comienza. La utopía sigue arrastrándose a cuatro patas. Abandonemos a su inanidad celestial los miles de millones de billetes e ideas huecas que circulan sobre nuestras cabezas. Lo importante es “hacer nuestros propios negocios” dejando que la burbuja especuladora se desarme e implosione. ¡Cuidémonos de la falta de audacia y confianza en nosotros!
Nuestro presente no es el confinamiento que nos impone la supervivencia, es la apertura a todas las posibilidades. Es bajo el efecto del pánico que el Estado oligárquico se ve obligado a adoptar medidas que ayer mismo decretó imposibles. Es al llamado de la vida y de la tierra para ser restaurada al que queremos responder. La cuarentena es un tiempo de reflexión. El confinamiento no suprime la presencia de la calle, la reinventa. Déjenme pensar, cum grano salis, que la insurrección de la vida cotidiana tiene virtudes terapéuticas insospechadas.
Raoul Vaneigem
17 de marzo de 2020
Etiquetas: 2020 fin del mundo tal cual lo conocemos, anarquia, capitalismo y catástrofe, carácter cíclico del capitalismo, comunismo, EVADE, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases, Vaneigem
jueves, enero 23, 2020
Presxs/Wuhan/Mala Honda
(The Ex, “Ask the prisoner”, 1989).
Etiquetas: abajo las cárceles del capital, calles para la insurrección, carácter cíclico del capitalismo, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases








