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viernes, febrero 03, 2023

¿HASTA CUANDO? Algunas anotaciones sobre un libro de Oscar Ariel Cabezas 

Redacté estas notas apenas terminé de leer el libro de Cabezas. Cierto sitio se interesó en publicarlas pero a condición de eliminar las referencias al peronismo. No acepté, así que finalmente lo publicó El Porteño. Lo dejo también acá para efectos de archivo más que otra cosa.


Dos personas distintas me recomendaron con entusiasmo conseguir el nuevo libro de Oscar Ariel Cabezas “¡Quousque Tandem! La indignación que viene”, publicado por Ediciones Qual Quelle, Santiago, 2022.

Por eso, tras una visita a la librería Alma Negra en Nueva de Lyon 63 me conseguí un ejemplar y abandoné otras lecturas en curso para leerlo entero más o menos rápidamente. En estos tiempos los lectores debemos aprovechar todos los intersticios en que nuestros ojos se pueden posar sobre las líneas impresas o electrónicas, combatiendo el tiempo muerto de los desplazamientos en micro y metro, las esperas para almorzar en las pausas del trabajo asalariado, y aprovechando los momentos de regreso al hogar que siempre se hacen cortos en medio de las tareas más básicas que hay que cumplir antes de irse a acostar para reiniciar todo el ciclo al otro día.

El título alude a Cicerón y su famosa diatriba en contra de Catilina y su conjura del año 63 Antes de Cristo, ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, o sea: “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Cabezas escoge esa frase como representativa de las revueltas globales que están ocurriendo desde algún tiempo y que, según indica, llegaron para quedarse.

El vaso medio lleno

El libro parte muy bien y es fácil dejarse llevar por su línea argumentativa. Lo más valioso que en él encontré viene planteado de entrada: vivimos en un oasis neofascista en que los fascismos ya no son molares (macropolíticos/estatales) sino que moleculares (Guattari), y los encontramos difuminados por todas partes, desde el comportamiento agresivo de los pasajeros del metro y consumidores ávidos de llenar el vacío existencial una y otra vez, hasta en la invasión de publicidades mientras navegamos por Youtube o hacemos filas para ser atendidos en un centro de salud. Así, Cabezas se inscribe en la tradición que a partir de los años setenta diagnostica una mutación del viejo fascismo, que a pesar de haber sido derrotado en 1945 en su forma clásica, sobrevive hasta nuestros días como el necesario complemento o aspecto oculto del capitalismo neoliberal. Esta comprensión del nuevo fascismo fue formulada claramente por Pasolini, Deleuze/Guattari y Foucault, y ha sido consistentemente abordada hace poco por Maurizio Lazzarato en uno de los mejores textos que leí el 2022, “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución” (Eterna Cadencia, 2020), y entre nosotros por Sergio Villalobos-Ruminott en su libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular” (DobleAeditores, 2021). Cabezas profundiza en el diagnóstico del “modo de vida neofascista” en que todos estamos insertos, y lo hace teniendo a la vista la derrota de la Nueva Constitución en el plebiscito del 4 de septiembre del 2022.

Otro aspecto muy valioso del análisis de Cabezas sobre la realidad chilena es la cuestión de la producción de una subjetividad de clase media, que no sería solo un estrato social sino una disposición, “el lugar en que las aspiraciones se realizan en el pequeño sueño del bienestar económico”, o la “creencia en el orden, la democracia y los valores del mercado”, el “devenir subjetivo de los que sostienen el orden desde la negación de los antagonismos sociales”.  Visto así, agregaría que no es nada casual que una vez que con la complicidad de la academia neoliberal/posmodernista el viejo marxismo ha sido arrojado al basurero de la historia, ya nadie hable de las clases sociales propias del capitalismo (burguesía y proletariado) pues las únicas clases existentes en el discurso actual son la “clase media” de la que casi todos consideran formar parte, y la “clase política”, odiada por casi todos, desde extrema derecha a extrema izquierda.

A diferencia de muchos izquierdistas que se quejan de la inexistencia de una “verdadera izquierda” e incluso hablan de que en Chile únicamente existen “dos derechas” (la tradicional y la neo-concertacionista), Cabezas señala la profunda complicidad entre la izquierda adaptada al neoliberalismo, desde los tiempos de Aylwin hasta el gobierno de Boric, y esta producción de subjetividad clasemediera, que produce un tipo de izquierdismo inmanente y no trascendente al sistema neoliberal, que en otras partes del mundo ha sido llamado “izquierda woke”.

Se trata a mi juicio de uno de los aportes más fuertes del libro, pues permite identificar a la izquierda realmente existente como parte fundamental del orden que Cabezas denomina “capitalocrático”, sin cuyo aporte la obra de la dictadura iniciada en 1973 no se hubiera desplegado plenamente a partir de 1989 (los “30 años” contra los que nos levantamos en octubre del 2019), y posteriormente en el actual “retorno a la normalidad” que hemos vivido desde la pandemia y la neutralización de la revuelta mediante el acuerdo por la paz, la elección de Boric,  y la derrota electoral de la opción por una Nueva Constitución.



El vaso medio vacío

En este punto es que me veo motivado a señalar algunas diferencias con Cabezas. A mi juicio, y tal como lo formula el japonés Jun Fujita Hirose en la conversación con el autor que cierra este libro, existió una contradicción en la revuelta chilena que por una parte quería destituir a Piñera y por otra “apechugó con la ‘salida institucional’ propuesta por la ‘democracia’ a la que se oponía con toda fuerza”. La finalidad del acuerdo del 15 de noviembre, propuesto por Piñera y acogido por el grueso de la “clase política” -con Boric firmando primero a título individual y un PC de Chile que se negó a firmar pero luego se sumó con entusiasmo al proceso- siempre fue evidente: desviar y neutralizar la revuelta, salvando el orden del Estado/Capital de la amenaza más grande que había enfrentado en el último medio siglo. Si en Cabezas y muchos otros teóricos radicales esa finalidad pasó a segundo plano cuando se posibilitó mediante el trabajo de la Convención Constitucional la “superación de la Constitución de Pinochet” y la aprobación de una plurinacional y verdaderamente democrática, entendida como condición necesaria aunque no suficiente para una transformación profunda, creo que existe una gran ambigüedad en la comprensión de la verdadera ligazón entre capitalismo y democracia, que va mucho más allá del vínculo más notorio entre democracia representativa y neoliberalismo.

En cuanto a esto, a pesar de la radicalidad de su crítica, Cabezas se revela como un demócrata allendista que gasta bastante tiempo en señalar que la revuelta no era “anárquica”, y que de hecho no tiene problemas en vincular la violencia de octubre con meros montajes policiales e intervención del lumpenproletariado en incendios y saqueos. Por eso no resulta extraño que le diga a su interlocutor japonés que fue la pandemia el “verdadero milagro” que salvó a Piñera de caer e incluso de terminar en la cárcel por las violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. No señor: Piñera se salvó el 15 de noviembre de 2019, y quien lo salvó directamente fue el presidente actual, Gabriel Boric, en cuyo gobierno es un pilar fundamental el PS: el partido del presidente mártir, Salvador Allende, cuyos correligionarios en vísperas del cambio de siglo salvaron a su vez a Pinochet de quedarse preso en Europa. 

Ante esta evidencia es que cobra mucho sentido leer al referido teórico japonés preguntándole a Cabezas “¿por qué los chilenos no continuaron sus luchas callejeras hasta la caída del gobierno del presidente Piñera, quien además es uno de los empresarios más beneficiados por el neoliberalismo chileno, como lo hicieron por ejemplo los argentinos hace 20 años con la consigna ‘Que se vayan todos’? Los chilenos dejaron que Piñera completara su mandato con toda tranquilidad” (pág. 200).  Para Cabezas, como dijimos, la causa de esto radica en la pandemia, a pesar de toda la evidencia que indica que a partir del acuerdo del 15 de noviembre las protestas disminuyeron notoria y gradualmente su fuerza. A su juicio, similar en esto a la de la mayoría de los demócratas e izquierdistas, la revuelta tenía por objetivo “cambiar la Constitución de 1980”, y por eso se depositaron grandes ilusiones en un proceso que desde el inicio estaba destinado a neutralizarla.

Lo cierto es que como aún resulta posible recordar, en los primeros días la revuelta era destituyente y an-árquica, violencia pura o divina (en términos benjaminianos), y recién para la concentración masiva del 25 de octubre fue que la pequeña burguesía progresista levantó con fuerza la consigna de Nueva Constitución, que fue el canal por el cual el deseo revolucionario y destituyente fue transformado en una mera relegitimación institucional del Estado. Por lo demás, la Constitución vigente no es pura y simplemente “la de 1980”, como gustan de creer muchos, sino que el producto de las reformas acordadas con la Concertación de partidos de la democracia, plebiscitadas en 1989, y de la gran cantidad de reformas posteriores que llevaron a que desde 2005 ostente la firma no de Pinochet sino que de Ricardo Lagos.  Lo dramático es que ese discurso, que invisibiliza el hecho de que la Constitución actual es híbrida (1/3 Pinochet/Guzmán, 1/3 reformas de 1989, 1/3 reformas posteriores), ha pavimentado el camino a una extrema derecha que se atribuye el 62% del plebiscito de salida como un triunfo propio que expresa un apoyo a Pinochet, lectura en que varios críticos de izquierda también han caído.

Más que lucha de clases y revolución social, ciudadanía y desobediencia civil son los conceptos clave en la mirada de Cabezas, que por lo mismo se permite criticar la “poca riqueza” del análisis de Héctor Llaitul en los motivos que dio la CAM para no participar del proceso constituyente, destacando por contraste la figura de Elisa Loncón, presidenta de la Convención Constitucional, e incluso elogiando a Jorge Arrate (interlocutor de Llaitul en un famoso libro que contiene una entrevista entre ambos) como un “político allendista” y “ciudadano a emular, no sólo para la izquierda, cuya reconstrucción es urgente, sino para cualquier ciudadnx digno de la condición pensante de la política entendida como el arte de la lucha por la conquista de la dignidad” (pág. 142).

¿En serio?  A mi no se me olvida el nefasto rol que Arrate junto a otros miembros del Partido Socialista cumplieron en los ochenta, siendo protagonistas de la “renovación” que reconstituyó su viejo partido como un pilar fundamental del orden neoliberal, y que incluso luego de su viraje a la izquierda donde se acercó al viejo aparato estalinista del PC de Chile -hoy un mero partido socialdemócrata a pesar de su nunca desmontado autoritarismo- se definía a sí mismo como “socialdemócrata” y “eurocomunista” (ver su aporte en el dossier “40 años, 40 historias”, en el sitio de la Biblioteca Nacional). El mismo Félix Guattari, ultracitado a lo largo del libro de Cabezas, en una conversación sostenida 1977 con los italianos Paolo Bertetto y Bifo donde refieren al eurocomunismo como “un nuevo tipo de proyecto político fundado sobre el nexo socialdemocracia-stalinismo que implica la represión de las luchas proletarias”, diagnostica que “ya no tiene nada que ver con la historia y las perspectivas del movimiento comunista: incluso está más bien en regresión respecto a la Internacional Socialista de la preguerra” (Félix Guattari, Deseo y revolución, Tinta Limón, 2021). Así que no, gracias: no hay nada que emular en el ciudadano Arrate, si uno aún desea una revolución social anticapitalista y antiautoritaria. Muy por el contrario.

Con esto llegamos a los puntos que me parecen más débiles del libro de Cabezas, cuya sofisticación discursiva no oculta lapsus relevantes como la parte en que refiriéndose a la tendencia natural de la policía hacia el fascismo en Estados Unidos, señala que “también es una de las más intensas pulsiones de Carabineros de Chile desde el golpe militar de 1973” (pág. 163). Cuesta creer que el autor pase por alto el largo historial de masacres y terrorismo de Estado en que ha incurrido Carabineros desde su fundación en 1927 por el dictador Ibañez, conocido en su tiempo como “el Mussolini del nuevo mundo”. Pero es cierto que en el imaginario de muchos izquierdistas chilenos, que más que anticapitalistas son sólo antineoliberales, todo iba muy bien hasta el 11 de septiembre de 1973, y sólo a partir de ese momento la barbarie capitalista se ensañó con esta larga y angosta faja de tierra situada entre la cordillera y el océano Pacífico.      

Más llamativo aún resulta cuando califica la fuerza bruta de la policía chilena como “descerebrada y anárquica”, siendo que toda la evidencia indica que se trata de una violencia jerárquica altamente organizada, centralizada y entrenada, que hace tres años acudió sistemáticamente, y no de manera “espontánea” mediante “excesos individuales”, a la mutilación ocular como estrategia política represiva, que hasta ahora ha quedado en la más absoluta impunidad, con una cacareada reforma policial que finalmente quedó en nada desde que al asumir su mandato el presidente Boric ratificara en su cargo de General Director a Ricardo Yañez, que para la revuelta ejercía como Director Nacional de Orden y Seguridad.    

Cabezas insiste a lo largo del texto que las revueltas ya no son modernas y que no expresan ningún “principio de anarquía”, y por el contrario las entiende como un freno de mano para evitar la captura de las instituciones democráticas por la capitalocracia. Así, a pesar de su contundente crítica de la izquierda realmente existente, de las similitudes discursivas entre Piñera y Boric, y del espectáculo electoral en que se enfrasca esa izquierda, al final pone sus esperanzas en los “nuevos bárbaros” hasta que la dignidad “se haga cuerpo en los afectos de una verdadera Asamblea Constituyente”.

En la conversación con Jun Fujita Hirose aparece una pista importante para entender las pasiones políticas de Cabezas cuando se lamenta de que en Chile no exista algo parecido al peronismo, “una máquina teológica-política que sigue orienta(n)do las luchas en Argentina” (pág. 201). Muy por el contrario, podríamos decir que el peronismo ha constituido desde sus inicios hasta ahora un aparato de encuadramiento de los proletarios argentinos en el Estado, con claros orígenes semifascistas (la admiración de Perón por Mussolini y Hilter es un dato de la causa, así como su inmediato reconocimiento a la Junta Militar chilena en 1973, y las visitas oficiales y giras de Evita Perón con Francisco Franco, para ayudarle a blanquear ante el mundo la versión española y “nacional-católica” del fascismo clásico). De hecho, el populismo peronista con sus tentáculos hacia la derecha y la izquierda son un ejemplo para neofascistas como el ruso Aleksandr Dugin, uno de los gurús de la nueva extrema derecha actual, y constituye un enorme obstáculo para la autonomía política y actuación revolucionaria del proletariado argentino. En síntesis, tal como con Jorge Arrate, no me parece que haya nada que emular ahí. 

Por último, no dejan de llamar la atención algunas imprecisiones relevantes en que incurre el autor. Así, en dos ocasiones señala que el plebiscito donde se definió la continuidad de Pinochet como presidente de Chile fue en 1989, siendo que ese evento ocurrió el 5 de octubre de 1988. Lo que sí ocurrió en 1989 fue el plebiscito donde más del 90% de los votantes aprobaron la reforma constitucional pactada entre el régimen militar y la Concertación de Partidos por la Democracia: momento fundacional de los “30 años” contra los que nos rebelamos el 2019, a partir del cual es bastante engañoso hablar de “la Constitución de los milicos”, que fue el gran argumento de la izquierda apruebista para aceptar el itinerario electoral definido por la “clase política” el 15 de noviembre de 1989 y sumarse con entusiasmo a esa verdadera contrarrevolución democrática-institucional.

También se equivoca al referir que en el 2006 se produjo el “mochilazo” de los estudiantes secundarios, que según dice continuó “en 2011, como la revolución pingüina” (pág. 53), y también  al recordar la acción de la “dirigente secundaria” María Música Sepúlveda al arrojar el contenido de un jarro de agua a la Ministra Mónica Jiménez, a quien identifica como “mujer socialista y de izquierda (pág. 54)”.

La verdad es que gran parte del legado del movimiento secundario que irrumpió el 2001 (el verdadero año del “mochilazo”, que se produjo poco después de las importantes protestas contra una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo, con ocasión delas cuales se articularon una multiplicidad de colectivos y movimientos anticapitalistas) fue la instalación de asambleas y vocerías, que rompieron con el modelo burocratizado y jerárquico de los “dirigentes estudiantiles”, que tanto en la revolución pingüina del 2006 como en el estallido secundario y universitario del 2011 los partidos se esforzaron en reponer, al punto de que la renovación izquierdista/concertacionista que hoy nos gobierna llegó de la mano de los nuevos dirigentes estudiantiles del 2011: Boric, Vallejo y Jackson. Por el contrario, María Música era parte de la expresión más “anárquica” del movimiento, cuyos herederos saltaron los torniquetes el 2019, aunque Cabezas lo niegue explícitamente (“No había nada de anarquismo en el acto de María Música”, sentencia en esa misma página). Por cierto, la Ministra Jiménez nunca fue socialista ni de izquierda, sino que demócrata cristiana y parte del Directorio fundacional de Paz Ciudadana.

Conclusión

Finalmente, considerando sus virtudes y defectos, este libro es sin duda un aporte importante a la hora de evaluar desde el General Intellect el lugar al que hemos llegado tres años después de la insurrección de octubre, y los caminos que siguen abiertos para las revueltas del siglo XXI, que coincidiendo con el autor estimamos que han llegado para quedarse pero, como ha dicho Lazzarato, nos plantean la difícil tarea de crear máquinas de guerra revolucionaria y retomar una “teoría de la revolución” adecuada para el siglo XXI. 


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domingo, octubre 16, 2022

A 3 AÑOS DEL “ESTALLIDO SOCIAL” EN CHILE: RESULTADOS Y PERSPECTIVAS. PARTE 2 ½.  

 Estos son fragmentos de un análisis más amplio que parcialmente sirvió de presentación a una publicación de la que se avisará prontamente su lanzamiento. 

Estas son algunas de las partes que quedaron fuera de la versión más ajustada del texto.



Espontaneidad

“Espontáneo, a

Del lat. spontaneus.

1. adj. Voluntario o de propio impulso.

2. adj. Que se produce sin cultivo o sin cuidados del ser humano.

3. adj. Que se produce aparentemente sin causa” (Diccionario de la Real Academia de la lengua española).

Tal vez ninguna otra palabra describe mejor la forma en que el acontecimiento desplegado a partir de unos pocos días antes del 18 de octubre se presentó en sociedad: como un “estallido”, es decir, una explosión súbita, imprevista, y dispersa. Espontánea. Es decir, todo lo contrario de una acción colectiva, planificada, orquestada, dirigida o centralizada. Como recuerda el historiador Sergio Grez, el movimiento “surgió y se desarrolló de manera absolutamente espontánea, pues no fue el resultado de una preparación previa ni de una convocatoria de una suerte de ‘estado mayor’ que, operando desde las sombras, ejecutara con eximia maestría un plan destinado a provocar el levantamiento popular”. Por el contrario, y como todos sabemos, las evasiones masivas iniciadas por estudiantes del Instituto Nacional se extendieron “como reguero de pólvora” concitando un apoyo masivo el 18-O: “La respuesta torpe y puramente represiva del gobierno hizo el resto. En cuestión de horas todo el país estaba involucrado” (1).

Cuando algunos políticos y periodistas/policías hacían un checklist para determinar si era o no “desobediencia civil”, lo que se tomaba las calles no era ni la ciudadanía (2) ni tampoco el poder constituyente con que luego la socialdemocracia se intentaba explicar el acontecimiento. La revuelta que estallaba desde los liceos y los subterráneos del Metro hacia las calles y plazas era un poder destituyente: una multiplicidad de cuerpos, de formas de vida que se entrelazaban para desafiar al Estado y a sus “hombres armados” en las calles y que en el acto de hacerlo interrumpían el tiempo histórico de la dominación desbordando cualquier encuadramiento partidista y/o posible recuperación institucional. Eso fue el inicio mismo de la revuelta de octubre: la reconstitución tan largamente esperada del pueblo anárquico, sujeto histórico por excelencia de los momentos de rebelión.  Ese pueblo que hace posible las revueltas y revoluciones, y que luego es enviado de vuelta a su lugar tras las bambalinas de la historia, cuando la burguesía finalmente consigue el retorno a la normalidad.

Hablo de pueblo anárquico para realzar a la vez su carácter de sujeto colectivo y la espontaneidad de la acción que lo constituye y las formas en que se expresa: anarquía en un sentido práctico, no ideológico. Y hablo de pueblo pues no coincidía totalmente con la categoría proletariado, más bien la excedía, puesto que se trataba de un movimiento popular más amplio y multiclasista, pero sin duda que el elemento proletario juvenil era parte de su núcleo esencial -aunque aparecieran como “estudiantes”, “jóvenes”, “marginales”- al menos al inicio, antes de que la pequeña burguesía ciudadanista y democrática terminara cooptando la iniciativa, contaminando las ideas y articulando las demandas del estallido llevándolas al plano institucional, electoral y constituyente (3). 

Ese pueblo anárquico en acción fue lo que asustó a la burguesía al punto de quitarle por semanas la cordura y el habla, y asustó también a la totalidad del sistema de representación política (de la extrema derecha a la izquierda del capital), que demoró un mes completo en poder salir de su estado de pánico para articular entre el 12 y el 15 de noviembre una “salida” a la crisis que mientras más pasa el tiempo más se confirma como una gran contrarrevolución democrático/institucional, digna de un Manual que complemente las viejas enseñanzas de Joseph De Maistre acerca de cómo se hacen las contrarrevoluciones (4).

Decimos que el movimiento fue espontáneo no sólo porque no tuvo jefes ni un Estado Mayor que decidiera el momento y las modalidades del ataque. “Espontáneo” no significa sólo “salvaje”, como en una huelga salvaje, sino que, tal como caracterizó Marx al bando o partido proletario de su tiempo, designa a un movimiento que “nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna”. Como señala Emilio Madrid a propósito del concepto de espontaneidad, “estos movimientos del proletariado están totalmente determinados por la situación que esta clase ocupa en el conjunto de las relaciones sociales fundamentales de la sociedad moderna, y por una coyuntura particular que, durante un período dado, le proporciona la ocasión de intervenir en escena”  (5).

Los días previos al 18 de octubre fueron días de agitación y combates en las calles del centro de Santiago y varias estaciones de metro. La sensación en el ambiente era la certeza de que el conflicto se iba a profundizar. Como dijeron los comunistas esotéricos, “sabíamos que existía una tensión que rugía subterráneamente en nuestra ciudad. Sabíamos que la cuerda podía romperse en cualquier momento. Sabíamos que algo pasaba: eran numerosos los indicios de que algo estaba pasando. Nos atrapó, pero no desprevenidos” (6). Las “condiciones objetivas” estaban ahí hace rato, y a la combatividad y creatividad que laman “estudiantil” (cuando en verdad se trata del proletariado juvenil de los Liceos) se unió la aberrante desconexión con la vida del pueblo e impresionantes niveles de estupidez demostrada por varios voceros del gobierno, que antes las alzas de pasajes llamaban a levantarse más temprano y comprar flores, además de sus explicaciones acerca de que “a los estudiantes no les subimos el pasaje”, razón por la cual señalaban que no se entendía el porqué de sus protestas...

El resultado de esta mezcla explosiva fue tan impactante que reverbera hasta hoy: entre el lunes 14 y el viernes 18 de octubre el sujeto colectivo despertó, se levantó, y se vivió como casi nunca antes el fuego de las barricadas en toda la ciudad, como en las viejas, abundantes y trágicas revueltas proletarias que han acontecido en estas mismas calles y sobre las cuales ni en la Escuela ni en la televisión ni en los partidos políticos te cuentan casi nada.

Precedentes: 1957 y 1888

“Hechos sintomáticos se produjeron durante la asonada de ayer. Las turbas, en su afán sedicioso, no respetaron ninguno de los poderes constituidos del Estado. Pretendieron asaltar La Moneda y atacaron de hecho los edificios en que funcionan el Congreso Nacional y los superiores Tribunales de Justicia. La prensa no escapó, tampoco, a este afán destructor…” (La Nación, 3 de abril de 1957).

La historia no se repite, pero rima. Dentro de la historia de las revueltas y rebeliones nos encontraremos con una gran variedad de ejemplos, muy diferentes unas a otras, pero también hallaremos similitudes asombrosas, al punto que varios reaccionarios y también los revolucionarios que miran la historia por el espejo retrovisor analizan las revoluciones a la luz de unos cuantos arquetipos: de Robespierre a Napoleón, de Lenin a Stalin, revolución de febrero y revolución de octubre, etc. 

Algunas rebeliones que fueron anticipando el octubre chileno del 2019 fueron las que protagonizaron los estudiantes secundarios de Santiago en el mochilazo del 2001, la revolución pingüina del 2006, y las protestas estudiantiles del 2011. Además, se produjo la “explosión feminista” el 2018, y hubo fuertes rebeliones locales en Magallanes (2011), Aysén (2012), Freirina (2012), y Chiloé (2016). Además, ese año 2019 hubo rebeliones en Hong Kong, Francia, Ecuador, Colombia, Haití, Bolivia e Irak, entre otras. Pero en tanto revuelta nacional motivada por aumento de precios del transporte, apenas empezó octubre siempre tuve en mente los acontecimientos de marzo y abril de 1957.

Tal como cuento en el Prólogo al libro de Katerina Nasioka Ciudades en insurrección. Oaxaca 2006, Atenas 2008 (7), antes del 18 de octubre habíamos especulado y estudiado junto con amigos y compañeros esa revuelta chilena ocurrida a finales del segundo gobierno de Ibañez (1952-1958). En esa ocasión los disturbios comenzaron los últimos días de marzo en Valparaíso, y se extendieron a Concepción y Santiago, llegando a su punto más alto en la capital el martes 2 de abril, cuando en respuesta al asesinato policial de una estudiante la multitud expulsó a Carabineros del centro, el que fue tomado horas más tarde por los militares.

Ibañez decretó el Estado de Sitio señalando que era “indispensable para evitar que el vandalismo que ha sufrido la capital se extienda a otras ciudades”, y advirtiendo que la fuerza pública tiene “las armas que necesitan para ello: fusiles, ametralladoras y cañones”, los que “se emplearán para poner fin a la obra vandálica de los malvados que pretenden producir el caos y la anarquía”.  Con harta mejor retórica que Piñera, la declaración de Ibañez termina afirmando que: “El Gobierno no ataca. Defiende el orden social y a la violencia ilegítima e irresponsable, opondrá la violencia legítima y restauradora”.  

El saldo fueron decenas de muertos (ninguno en el bando policial/militar), cientos de presos, y un descrédito creciente del gobierno, que poco antes de expirar indultó a varios presos políticos, derogó la Ley de Defensa de la Democracia -conocida como “Ley Maldita”, dictada por el presidente radical González Videla cuando en 1948 se subió al carro de la Guerra Fría, expulsando de su gobierno y proscribiendo al Partido Comunista- y en su reemplazo hizo aprobar la Ley 12.927 de Seguridad del Estado, vigente y de esporádica aplicación por todos los gobiernos hasta el día de hoy. Lentamente el pueblo siguió madurando su conciencia y experiencia organizativa, que se desplegarían con fuerza en la década siguiente, en crecientes movilizaciones y en el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias, disipadas las ilusiones en el PS (que apoyó a Ibañez en las elecciones de 1952), en el PC y en el “frentepopulismo” en que se había empantanado la izquierda desde 1936 y que finalmente subsistió, renovando desde 1970 la colaboración de clases bajo la forma de la Unidad Popular y hoy en día bajo la forma de Apruebo Dignidad.

La revuelta de 1957 nos obsesionaba bastante, pues sentíamos que a través de alzas del transporte podía volver a desatarse una insurrección, pero ya en pleno siglo XXI.  Así había ocurrido varias veces en Chile, no sólo en la recordada “revolución de la chaucha” de 1949 -a la cual se refirió Albert Camus que estaba casualmente de paso en Santiago y que anotó en su diario: “Día de disturbios y revueltas. Ya ayer hubo manifestaciones. Pero hoy esto parece un temblor de tierra” (8)- sino que desde mucho antes, en asonadas como la “huelga de los tranvías” del 29 de abril de 1888 (9).

Esa jornada, como señala Sergio Grez, “provocó un fuerte impacto en la opinión pública y en las autoridades. El ‘bajo pueblo’ santiaguino, convocado por la representación política del movimiento popular organizado, había irrumpido en el centro de la capital para apoyar una reivindicación que concernía a la defensa de su nivel de vida. La flamante vanguardia política, el Partido Democrático, constituida esencialmente por artesanos, obreros calificados y algunos jóvenes intelectuales escindidos del Partido Radical, había sido sobrepasada por la acción de las ‘turbas’ de desheredados que impusieron su sello a la manifestación, transformando un meeting pacífico, respetuoso del orden y de las leyes, en una explosión de violencia popular que se extendió desde el centro a los barrios periféricos, produciendo cuantiosos daños a la propiedad pública y privada”. Mientras una delegación trataba de entregar un petitorio en la Moneda, un grupo de seis mil personas “entre los cuales habían muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada” (según informa el expediente judicial (10)). A partir de ahí, “se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales” (11).

La evidencia de que los tarifazos pueden generar brotes insurreccionales nos hizo estar alertas en febrero de 2016 ante un tímido pero contundente brote de protestas espontáneas ante el alza de pasajes del Metro de Santiago, que generó una pronta y desmedida respuesta policial. Parecía claro que el desajuste al interior del sistema de transporte de mercancía humana no sería tolerado.

Ya antes, el 2010, habíamos podido apreciar cómo en Concepción luego del terremoto/maremoto del 27 de febrero el Estado pareció disolverse brevemente en medio de saqueos masivos y desórdenes públicos que hicieron declarar estado de excepción y sacar tropas militares a controlar el orden. Estuvimos alertas a esos signos, pues sabíamos que en esos momentos se puede vislumbrar lo que hay por debajo de la fachada del “orden público”, y porque habíamos estudiado atentamente el magnífico libro de Pedro Milos, Historia y memoria. 2 de abril de 1957 (LOM, 2007), redactando incluso una breve síntesis sobre dicho acontecimiento en el segundo y último número de la revista Comunismo Difuso (2011) (12).

Precedentes: 1968, o ¿acaso es esto revolución?

“La historia presenta pocos ejemplos de un movimiento social de la profundidad del que estalló en Francia en la primavera de 1968; al menos no ha habido ninguno en el que tantos cronistas se han puesto de acuerdo para decir que era imprevisible. Esta explosión ha sido una de las menos imprevisibles de todas. Resulta, sencillamente, que jamás el conocimiento y la conciencia histórica habían sido tan mistificados” (René Vienet, Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones).

Las similitudes entre el 1968 francés y el estallido chileno fueron señaladas por no pocas personas. En parte porque en ambos eventos saltaba a la vista la explosión de creatividad, la imaginación popular expresada en las paredes, que para muchos es lo más destacable de mayo del 68, un movimiento que a pesar de su profundidad tras décadas de tergiversaciones es visto como una mera “rebelión estudiantil”, y no como la más grande huelga salvaje de la historia.  Por eso es que, desde el vórtice de dicho torbellino, los situacionistas encargaron a Vienet redactar rápidamente un libro sobre lo que ellos llamaron el “movimiento de las ocupaciones”, seguros como estaban no sólo de su relevancia global que marcaba “el comienzo de una época”, sino también de que muy rápidamente se iban a verter toneladas de tinta y saliva sociológica tergiversando y ocultando aspectos clave de ese gran estallido, para presentarlo como un superficial fenómeno juvenil y no como “el regreso de la revolución social” (13).

En efecto, había más de una similitud entre ambas revueltas, y entre ellas merece destacarse lo que señala la cita de Vienet que pusimos arriba: acá en Chile, salvo un par de “intelectuales” como Atria o Mayol que pretendieron haber “profetizado” el evento, lo cierto es que los políticos profesionales, periodistas, policías y cronistas en general “no vieron venir” algo que evidentemente estaba en el aire desde hace mucho tiempo, y que no tomó por sorpresa a los escasos grupos revolucionarios que aún existían en ese momento.

Los situacionistas declararon no haber profetizado nada, sino que solamente señalaron lo que ya estaba allí: “Sencillamente, después de treinta años de miseria que en la historia de las revoluciones no han contado más que un mes, llegó ese mes de mayo que resume treinta años” (14).

Otra similitud que me parece necesario destacar es que luego del acontecimiento de mayo/junio del 68, los izquierdistas en general se turnaban para señalar que “no fue una revolución”. Este aspecto es clave, puesto que en Chile se habló de “estallido social”, “revuelta” o de “rebelión popular”, sobre todo desde la izquierda, mientras la derecha más extrema tendió a diagnosticarla de inmediato como una “insurrección”, e incluso como una revolución de nuevo tipo, a la que algunos llamaron “molecular” (15).

La comparación del octubre chileno con el mayo francés ha sido tomada por el ya aludido Carlos Peña en La revolución inhallable para denostar ambas como “seudorevoluciones” o meras “revoluciones culturales”, motivadas según él y Alain Touraine por el “éxito” del sistema capitalista, y que por ende no lo impugnan seriamente (16). 

Más cerca nuestro, Igor Goicovic ha dicho que el estallido chileno empezó como revuelta y se transformó en rebelión, pero que “en ningún caso llegó a ser una revolución” (17), mientras Budrovich y Cuevas señalan que “la única transformación revolucionaria que puede preciarse de ser tal es aquella en la cual se supera el modo de producción basado en el trabajo asalariado y la valorización del valor” (18). Pero el mismo Goicovic señala que el modelo de revolución que tuvo a la vista es el francés y el ruso (19) y, por otra parte, la revolución anticapitalista radical o comunizadora que refieren Budrovich y Cuevas no es la única forma de revolución posible, y de hecho no ha “triunfado” hasta ahora en ninguna parte, lo cual no significa que no hayan existido y sigan existiendo otras muy diversas formas de revoluciones.

Paradójicamente, el concepto de “revolución” proviene de la denominación que se le da al movimiento de un astro alrededor de otro, retornando siempre al mismo punto inicial. A partir de ahí, adoptando un sentido bastante diferente, pasó a designar “una transformación que hace que no exista retorno al mismo punto”. En ese sentido el concepto revolución designa lo mismo que la re-vuelta: un movimiento de retorno a un punto de partida que permite un re-comienzo, una transformación. Como señala Guattari, la revolución es “un proceso que produce historia, que acaba con la repetición de las mismas actitudes y de las mismas significaciones”, “una repetición que cambia algo, una repetición que produce lo irreversible”. La revolución es siempre imprevisible e imposible de programar. No es un evento, sino un proceso: “la revolución es procesual o no es revolución” (20). Por eso, cuando se empezaron a instalar placas conmemorativas por todas partes y a los niños en la escuela se les obligaba a recitar de memoria la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, “se trataba de una revolución que ya no tenía un carácter procesual”.  A eso podríamos sumar otro ejemplo notable: cuando el cadáver de Lenin fue momificado y exhibido en la Plaza Roja era una señal clara de que la revolución rusa finalmente había dado paso a la contrarrevolución.

Por esto es interesante tener en cuenta que, en 1969, al publicar el análisis detallado de los hechos del año anterior, sus propios “resultados y perspectivas”, la Internacional Situacionista señalaba: “Tras la derrota del movimiento de las ocupaciones, tanto los que participaron como los que tuvieron que padecerlo se han planteado a menudo la pregunta: ‘¿Fue una revolución?’. El empleo extendido, en la prensa y en la vida cotidiana, de un término cobardemente neutral –‘los acontecimientos’- señala precisamente el retroceso ante la respuesta, ante la formulación siquiera de la cuestión”  (21).

Echando mano a varios ejemplos históricos para recordar que una revolución que no consigue triunfar sigue siendo pese a ello una revolución, citando como referencia las revoluciones de 1848, la revolución rusa de 1905, la española de 1936 y la húngara de 1956, la IS sostiene que:  Todas estas crisis, inacabadas en sus realizaciones prácticas e incluso en sus contenidos, aportaron sin embargo muchas novedades radicales y pusieron seriamente en jaque a las sociedades a las que afectaron, por lo que pueden ser calificadas legítimamente como revoluciones”. Las revoluciones que no triunfan pueden de todos modos “producir historia”, y no necesariamente deben ser medidas por la magnitud de la matanza: “Revoluciones incontestables se han afirmado con choques poco sangrientos, incluso la Comuna de París que acabaría en masacre, y muchos enfrentamientos civiles han acumulado miles de muertos sin ser en absoluto revoluciones”.



Revueltas e insurrecciones, revoluciones y contrarrevoluciones

Las revueltas son siempre el polo negativo de una revolución: su momento insurreccional. En este sentido, como destaca Villalobos-Ruminott (22), no existe una verdadera oposición o dicotomía entre revueltas y revoluciones, a pesar de lo que señala Furio Jesi en su libro Spartakus. Simbología de la revuelta (23), cuando refiere que “de acuerdo con el significado habitual de ambas palabras, la revuelta es un repentino foco de insurrección que puede insertarse dentro de un diseño estratégico pero que de por sí no implica una estrategia a largo plazo, y la revolución por el contrario es un complejo estratégico de movimientos insurreccionales coordinados y orientados relativamente a largo plazo hacia los objetivos finales”. Visto así, “la revuelta suspende el tiempo histórico e instaura de golpe un tiempo en el cual todo lo que se cumple vale por sí mismo, independientemente de sus consecuencias y de sus relaciones con el complejo de transitoriedad o de perennidad en el que consiste la historia”, y “la revolución estaría, al contrario, entera y deliberadamente inmersa en el tiempo histórico” (24).  

Pero el mismo Jesi, al referirse al martirio de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919 durante el aplastamiento de la revolución alemana señala que ese desenlace escogido conscientemente demostraba la imposibilidad de separar revuelta y revolución. Si bien Rosa juzgó inoportuno el momento en que estalló la revuelta, no se disoció del comportamiento de sus compañeros de clase porque hacerlo “significaba reconocer la fractura entre revolución y revuelta”, y “por más hostil que fuera la revuelta, Rosa Luxemburgo no aceptaba y no aceptó considerarla totalmente distinta de la revolución” (25).

Lo que ocurre es que las revoluciones que son exitosas en establecer un nuevo orden social, son monumentalizadas en su función de mito fundacional del nuevo sistema de dominación. En ese punto el momento insurreccional es fetichizado y finalmente escondido y olvidado, pues si el nuevo orden pretende basarse en el Derecho no querrá que se le recuerde su origen violento. La violencia fundadora de derecho se consolida en violencia conservadora de derecho, y la antigua clase revolucionaria para a ser contrarrevolucionaria.

La concepción monumentalizada de la revolución parece neutralizar mitologizando su polo negativo, para concentrarse exclusivamente en la exitosa transformación del régimen político o del orden social. Esto explica que por una parte se niegue el carácter de revolución a las revueltas o insurrecciones que por poderosas que sean no logran hacer caer el antiguo régimen para iniciar uno nuevo, y que por otra parte se considere como revoluciones a simples golpes de Estado como las revoluciones militares chilenas de 1924 o 1932, o incluso al 18 de septiembre de 1810, evento en que no hubo sublevación popular alguna sino sólo maniobras propias de la afirmación política autónoma de la oligarquía criolla (26).

La monumentalización del concepto de revolución acarrea un efecto social y político importante, que consiste en castrar la imaginación radical y el deseo de transformaciones profundas, propiciando un modelo de sacrificio militante calcado de las grandes figuras masculinas/patriarcales de los héroes de la revolución. En comparación a los “grandes hombres” de la Revolución con mayúscula la importancia de la acción individual y colectiva de todos nosotros se diluye,  pues nunca nuestras revueltas van a saciar la tremenda ansia de heroicidad que se desprende de la concepción normativa de los revolucionarios profesionales, que al despreciar todos los procesos que no se realizan a imagen y semejanza de su propio mito fundacional son los primeros en olvidar el testamento político de Rosa Luxemburgo, que culmina diciéndole a los esbirros estúpidos (entre los cuales además de los defensores del viejo orden yo incluiría a fascistas y estalinistas) que “La revolución, mañana ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!” (27).

Muy por el contrario: para ellos las revoluciones sólo se ubican en el tiempo mítico del pasado distante de la vieja lucha de clases y en el futuro también mitológico del “hombre nuevo” y los “nietos liberados”. En el intertanto, dicen que octubre no pudo ser ni de cerca una revolución porque no tomamos el poder, no hubo soviets, tampoco lucha armada, y no tuvimos ni de cerca a un  Lenin ni a un Che Guevara ni nada que se parezca a la clásica figura revolucionaria del Gran Timonel (28). En el mejor de los casos, estos sujetos reconocen de forma despectiva a las revueltas más recientes en el mundo como “revoluciones de color”. Lo cual suministra un gran dato: su revolución es gris, en blanco y negro.

Pero afortunadamente existen otras voces y miradas más frescas. Así, en base a la experiencia palestina de la Intifada, Rodrigo Karmy señala que ese concepto, que literalmente significa “revuelta”, se usa indistintamente con el de thawra, que designa la “revolución”. Y agrega que, a diferencia de la revolución rusa que se basó sobre el modelo de la francesa, las revoluciones de nuestro tiempo serían “revoluciones de final abierto”, como teorizara Hamid Dabashi en relación a la Primavera árabe: “no se trata de una simple revuelta, pero tampoco de una revolución consumada, sino de un híbrido que excedió tanto la noción de revuelta como la de revolución”. En este sentido Karmy responde a mediados de noviembre de 2019 la interrogante sobre si nuestro octubre se trataba de una revolución diciendo que “seguramente sí, pero de una revolución exenta de filosofía de la historia, que sabe que no hay garantías de nada porque todo arde en el vestíbulo de una historicidad siempre abierta” (29).

Poniendo en cuestión el concepto progresista-lineal de la revolución, Walter Benjamin dijo que, si para Marx “las revoluciones son la locomotora de la historia universal”, tal vez ocurre en realidad algo completamente distinto, y “las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de emergencia que hace el género humano que viaja en ese tren”. Interrupción y no aceleración del tiempo histórico del capital: la revolución proletaria y humana no nada a favor de la corriente, sino que a contracorriente del progreso como catástrofe. Esto nos hace pensar en la necesidad de revolucionar permanentemente nuestra teoría de la revolución, pues a fin de cuentas, como señala en otra parte Sergio Villalobos-Ruminott al referir los aportes de Furio Jesi a la teoría de la revuelta, todas esas nociones emparentadas (revuelta, insurrección, levantamiento, huelga general, rebelión, protesta, motín, asonada, etc.) “constituyen un marco conceptual amplio, y no necesariamente ajeno a contradicciones, en el que es posible atisbar una relación no convencional con el tiempo histórico. Es como si cada una de estas nociones quisiera nombrar un momento de alteración de la concepción lineal y espacializada del tiempo, favoreciendo una experiencia no convencional de la historia y del ser en común” (30).

Esto es lo que importa tener en cuenta, superando la noción historicista y monumentalizada de las revoluciones modernas, que en nuestro tiempo aún pesan como una presencia fantasmal que nos hace ningunear las revueltas actuales por no ajustarse a la concepción normativa del modelo burgués de revolución. No se trata de “revuelta o revolución”, sino de profundizar y conectar todas las revueltas transformándolas en una gran revolución.

 

NOTAS:

1.- Grez, Sergio, Contribuciones en torno la revuelta popular (Chile 2019-2020) en Ignacio Abarca Lizama (compilador), Editorial Kurü Trewa/Instituto de Estudios Críticos, 2020, p. 121.

2.- Articulada siempre como categoría de exclusión, pues si existen ciudadanos es porque también existen los no-ciudadanos, la ciudadanía opera siempre en concomitancia con el poder de un Estado/Nación, respecto al cual el ciudadano dialoga y a la vez participa como parte del Estado: al votar, una persona “se hace parte” directamente del aparato de dominación política. Por eso es absurdo hablar de una “revuelta ciudadana”: los ciudadanos no se revuelven en contra de nada, pues se entregan voluntariamente dejándose moler en el molino mítico de la democracia.

3.- Un colega que trabaja en instituciones de derechos humanos me decía que con su pareja estaban ideando un “instrumento” que consistía en una tabla para poder recoger las distintas demandas de las consignas y paredes, clasificándolas luego en base a con qué derecho humano específico enlazaba. Yo me preguntaba: ¿y en qué tipo de Declaración o Tratado caben consignas como “Hasta que todo caiga”, “Cuicxs culiaxs, ¡que arda Providencia!”, “Deja el fuego ser poema”, “Fui a dejar mi opinión con una piedra” o “Acompáñame a pasar por el caos a ver si algo en nosotrxs también se enciende”. ¿Derecho de rebelión? No: era la an/arché como comunismo de la inteligencia y anarquía de los sentidos, lo que Benjamin llamaba “el verdadero estado de excepción”: In girum imus nocte et consumimur igni.

4.- De Maistre proclama al cerrar sus “Consideraciones sobre Francia” (1796) que “el restablecimiento de la Monarquía, que llaman contrarrevolución, no será una revolución contraria, sino lo contrario de la revolución”, y agrega: “se acostumbra dar el nombre de contrarrevolución al movimiento, cualquiera que sea, que ha de dar muerte a la Revolución; y, puesto que este movimiento será contrario al otro, habrá que esperar consecuencias opuestas”.

5.- Prefacio del traductor a León Trotsky, Informe de la delegación siberiana, Ediciones Espartaco Internacional, 2002.

6.- Círculo de Comunistas Esotéricos, Tiempos mejores. Tesis provisionales sobre la revuelta de octubre de 2019, Santiago, Noviembre de 2019. Disponible en: https://comunistasesotericos.noblogs.org/files/2020/03/Tiempos-Mejores-1.pdf

7.- Editado en Chile por Pensamiento y Batalla (2021).

9.- A esa movilización y a la “huelga de la carne en 1905 se ha referido el historiador Sergio Grez en Una mirada al movimiento popular desde dos asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905), disponible en: https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D21042%2526ISID%253D730,00.html

10.- Causa Criminal de Oficio contra Rosamel Salas y otros. Materia: desórdenes públicos contra la autoridad, Policía de Santiago, 1º Juzgado, Nº1337. Citado por Sergio Grez, op. cit.

11.- Ibid.

12.- Existe una versión que nuestro amigo y camarada Cristóbal Cornejo subió a El Ciudadano: https://www.elciudadano.com/organizacion-social/2-de-abril-de-1957-valparaiso-concepcion-y-santiago-insurrectos-por-el-alza-del-transporte/04/02/ Cristóbal vivió intensamente la revuelta chilena del 2011, pero se quitó la vida en marzo del 2015. De todas formas, en octubre uno podía sentir su presencia danzante en medio del fuego.  

13.- El libro se encuentra disponible en el Archivo Situacionista Hispano: https://sindominio.net/ash/enrages.html

14.- Ibid.

15.- Ver el texto de Daniela Carrasco, “18 de octubre: el inicio de una revolución molecular”, El Líbero, 6 de noviembre de 2019. Incluida en: La insurrección chilena desde la mirada de la Fundación Jaime Guzmán (2020), pág. 12. En Félix Guattari lo “molecular” equivale a la dimensión micropolítica, a diferencia de lo “molar”. El antiguo nazi devenido ideólogo de la nueva derecha posfascista Alexis López Tapia también “teorizó” acerca de lo que llamó “revolución molecular disipada”, llegando incluso a hacer clases sobre el tema ante las fuerzas armadas de Colombia justo antes del estallido social ocurrido en ese país desde abril del 2021. Y no sólo suministró argumentos a los represores para no dudar en aplastar la revuelta implacablemente, sino que su teoría fue referida en un polémico tuit por el ex presidente Álvaro Uribe. En brevísimos cinco puntos el derechista Uribe resumía la situación y terminaba señalando: “Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa”, y pedía fortalecer a las Fuerzas Armadas cuando ya habían asesinado a más de 24 manifestantes.

16.- Se trata de un opúsculo encargado a Peña por el think tank derechista Centro de Estudios Públicos https://www.cepchile.cl/cep/estudios-publicos/n-151-a-la-180/estudios-publicos-n-158/la-revolucion-inhallable

19.- “Estoy utilizando el concepto de ‘revolución’ como lo han utilizado, entre otros, George Rudé, por ejemplo, para caracterizar la Revolución Francesa de fines del siglo XVIII, o Eric Hobsbawm, al momento de caracterizar la Revolución Bolchevique de 1917”.

20.- ¿Revolución?, en: Félix Guattari y Suely Rolnik. Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid, Traficantes de sueños 2006, pág. 211.

21.- “El comienzo de una época”, Internacional Situacionista N° 12, septiembre de 1969. Disponible en: https://sindominio.net/ash/is1201.html

22.- “Teoría de la revuelta y revuelta de la teoría”, en: https://www.youtube.com/watch?v=W39xKvVVxrc&ab_channel=SergioVillalobosRuminott

23.- Editado en Argentina por Adriana Hidalgo, 2014.

24.- Furio Jesi, op. cit., pág. 63.

25.- Ibid., pág. 109. Recomiendo leer el comentario de Karmy en el capítulo de Intifada titulado “Mitología de la revuelta” (Metales Pesados, 2021, págs. 73-96).

26.- El historiador marxista libertario Luis Vitale decía que el 1810 chileno, que se caracterizó por una escasa participación del pueblo (sólo 350 personas acompañaron a la primera Junta de Gobierno el 18 de septiembre en el salón del Consulado), fue solamente una revolución política separatista, que no perseguía un cambio social estructural y no realizó ninguna de las tareas de las revoluciones burguesas en Europa, en las que supuestamente los dirigentes criollos se habrían inspirado. Sólo en la segunda etapa de esta revolución, luego de la Reconquista española, hubo mayor participación popular. Ver: https://elporteno.cl/luis-vitale-la-interpretacion-marxista-de-la-independencia-de-chile/

27.- Rosa Luxemburgo, “El orden reina en Berlín”, 14 de enero de 1919. En: https://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm

28.- Los compañeros de Théorie Communiste han profundizado en la crítica de la concepción normativa del comunismo y la revolución: “el comunismo no es una norma que permita juzgar cada fase revolucionaria según el grado en que se haya aproximado a dicha norma ni que permita explicar su fracaso por el hecho de que no lo haya logrado”, es una “producción histórica de cada uno de los ciclos que ha marcado la historia de este modo de producción y de la lucha de clases”. Ver: Théorie Communiste. De la ultraizquierda a la teoría de la comunicación. Más allá del programatismo.  Traducción de Federico Corriente. Rosario, Lazo, 2022.

29.- Dabashi (2014), citado por Rodrigo Karmy, “El pueblo quiere iniciar un nuevo régimen”, en: El porvenir se hereda. Fragmentos de un Chile sublevado, Sangría, 2019, pág. 99-105, disponible como columna en: https://www.eldesconcierto.cl/2019/11/19/el-pueblo-quiere-un-nuevo-regimen/.

30.- Sergio Villalobos-Ruminott, Mito, destrucción y revuelta. Notas sobre Furio Jesi (2021). En: https://ficciondelarazon.org/2021/01/06/sergio-villalobos-ruminott-mito-destruccion-y-revuelta-notas-sobre-furio-jesi/

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martes, diciembre 14, 2021

La historia no se repite pero rima (Parte 2): Alemania 1918/9 


Boric ya se parece más a Aylwin que a Ebert, pero el análisis de la revolucion alemana de hace 100 años sirve para esclarecer bien cual es el rol histórico de la socialdemocracia. 

Como le comentó Horkheimer a Adorno hacia 1956, "(a los socialdemócratas) no debemos decirles: ustedes no quisieron la dictadura del proletariado, sino: ustedes traicionaron a la humanidad (A&H, Hacia un nuevo manifiesto).

Recomendaciones musicales para acompañar la lectura:

-Kurt Weill/Bertolt Brecht, Das Berliner Requiem (1928). 

-Heiner Goebbels con Alfred "23" Harth, Berlin Kudamm 12/4/81.

-Cassiber, Beauty & the Beast (1984).

EL MOVIMIENTO COMUNISTA EN ALEMANIA DE 1918 A 1922 –EXTRACTO-

(Denis Authier y Gilles Dauvé, presentación a “Ni parlamento ni sindicatos: ¡Los Consejos Obreros! Los comunistas de izquierda en la revolución alemana” )

La revolución “democrática” de noviembre de 1918

En el otoño de 1918 el proletariado alemán, inspirado en el ejemplo de los soviets rusos que habían concluido la paz desde el mes de marzo, soporta cada vez peor las dificultades materiales impuestas por la prosecución de la guerra, y esto, mientras la derrota de su país se siente como próxima. Para desactivar el movimiento, el gobierno recurre el 2 de octubre a dos ministros socialistas. Pero es demasiado tarde. El amotinamiento de los marinos de Kiel actúa como un detonador: el 4 de noviembre, éstos, después de haber rehusado librar un último combate contra la flota inglesa, se hacen dueños de los navíos. Una vez llegados a Kiel, se les unen los obreros de los arsenales y, con ellos, eligen un Consejo de obreros y de marinos que toma el poder en la ciudad. Del 4 al 9 de noviembre, las antiguas estructuras del Estado alemán dinástico y burocrático son dejadas de lado: los consejos toman el poder en todas las ciudades; Berlín cae el último. Allí, bajo la presión de una inmensa manifestación, el SPD y el USPD constituyen un Consejo de los comisarios del pueblo, destituyen al antiguo gobierno imperial, y el ministro socialdemócrata Scheidemann proclama la República. Así, el SPD toma el poder gracias a un mar de fondo que él ha tratado de impedir a toda costa y que ningún otro grupo político, por revolucionario que sea, ha previsto ni desencadenado. Por lo demás, se apresura a vigilar el mantenimiento del orden. A este efecto, se firma un armisticio con la Entente (Francia, Inglaterra), sin condiciones, desde el 11 de noviembre.

Estos consejos, llamados de obreros y de soldados, que aparecen en todas las ciudades de Alemania, son muy numerosos, alrededor de 10.000. Agrupan a las diferentes clases de la sociedad y están copiados, como hemos visto, del modelo de la revolución rusa, prestigioso incluso para los menos revolucionarios de estos demócratas. Aparecen de modo espontáneo pero, dominados muy ampliamente por los social-demócratas derechistas, se revelan en su conjunto inofensivos hacia los partidos burgueses, excluidos momentáneamente de la escena política. Equivalen a los comités de salvación nacional, que resuelven los asuntos corrientes en el lugar de un Estado que ha naufragado pero que ellos se encargarán de reflotar. Estas estructuras, que celebrarán dos congresos nacionales (diciembre de 1918, marzo de 1919) – en los que los radicales y los espartaquistas, muy poco representados, no juegan casi ningún papel – hay que distinguirlas rigurosamente de los consejos revolucionarios obreros en las empresas, de los que hablan el KAPD -1-, la AAUD -2- y otros grupos “izquierdistas”. Por lo demás, este “consejismo” desborda ampliamente al movimiento obrero: todo el mundo se pone a formar consejos, sobre cualquier base de agrupamiento social. Así, los profesores, los bomberos, los policías...

Los consejos dominados por elementos radicales o “izquierdistas” actúan esencialmente en las grandes regiones proletarias (Bremen, Hamburgo, el Ruhr, la Alemania central). Así, en Sajonia oriental (Dresde), Rühle y los obreros revolucionarios abandonan al cabo de una semana los consejos sostenidos por el SPD -3- y el USPD -4-, dándose cuenta de que estas organizaciones no quieren más que administrar los asuntos corrientes antes del restablecimiento de un “Estado normal” en el que estos dos partidos accederían al poder. Su función es impedir el desarrollo natural del curso revolucionario.

Así, los actores de la “revolución democrática” se separan casi inmediatamente en dos campos. El campo capitalista – cuyo elemento más consciente de los peligros es, como debe ser, “el partido obrero más poderoso del mundo” – quiere orientar todas las energías hacia la elección de una Asamblea constituyente. Al estar el Partido socialdemócrata en el poder, el socialismo no es, pues, más que una cuestión de tiempo y llegará al cabo de una serie de reformas cada vez más amplias. En esta concepción, los obreros deben detener toda acción violenta, desordenada, ineficaz, etc., y, por el contrario, ayudar al nuevo gobierno en su tarea de reconstrucción nacional.

Un primer paso hacia este porvenir radiante es el acuerdo conocido con el célebre nombre de Arbeitsgemenschaft (“comunidad de trabajo”), aprobado entre los sindicatos obreros y patronales (jornada de trabajo de 8 horas, reconocimiento de las secciones sindicales de empresa, institución de comités paritarios en las grandes empresas, etc.). Es, ciertamente, la aplicación del programa socialdemócrata, más precisamente el propuesto por el “revisionista” Bernstein.

Los elementos, minoritarios aunque bastante numerosos (se los puede estimar en más de un millón), que quieren efectivamente pasar de la revolución política democrática a la revolución social, serán tachados de irresponsables, lumpenproletarios, izquierdistas, tunantes, saqueadores, bárbaros, etc., y todos reunidos bajo el vocablo de “espartaquistas” en todas partes en que ocurra cualquier cosa, mientras que éstos no son más que un grupo revolucionario entre otros, y no el más radical.

Los revolucionarios, por su parte, en general bajo la consigna extremadamente imprecisa de “Todo el poder a los consejos”, combaten las elecciones a la Asamblea constituyente, entran en conflicto con la mayoría de los consejos y destruyen los sindicatos en muchos lugares -5-. El dinero cogido en las cajas es repartido entre los parados (que son cerca de un millón al acabar el año); los sindicatos mismos son suplantados (no se puede decir “reemplazados”, pues es la misma práctica sindical la que es abandonada) en las zonas revolucionarias por organizaciones de empresa del tipo AAU (Unión general obrera), efectivamente revolucionarias, es decir, que rechazan el reformismo y luchan por la dictadura del proletariado, mientras que los hombres de confianza se contentan con un sindicalismo “duro”, que no deja de ser reformismo. Los “izquierdistas” militan lo más frecuentemente en las organizaciones de tipo AAU.

El congreso de fundación del Partido comunista alemán (KPD-S)

Es convocado a iniciativa del ISD -6- (que entonces tomó el nombre de IKD -7-) y de una parte de los espartaquistas (Luxemburgo, Levi, Jogisches eran reticentes al juzgar que no estaban maduras las condiciones). Pero la mayoría de los delegados no pertenecen a ninguna de estas organizaciones. Representan a grupos locales formados espontáneamente durante la guerra y después (comités de acción en las empresas, etc.). Esencialmente, se trata de obreros, jóvenes en muchos casos, que se han hecho directamente revolucionarios sin haber pasado por la política o la acción reformista. En absoluto “revolucionarios profesionales”, representan lo que la sociedad capitalista puede producir de más radical en su descomposición.

Pero la ausencia de madurez de estos nuevos militantes y, con ella, el peso del pasado socialdemócrata, pesan con dureza sobre este congreso: la mayoría se adhiere a una dirección compuesta por los jefes espartaquistas más prestigiosos (Luxemburgo, Liebknecht, Jogiches..., social-demócratas de izquierda, de hecho, que no quieren entablar el combate revolucionario). Se adopta casi sin discusión un programa (¿Qué quiere Spartacus?) redactado por Luxemburgo que niega de hecho lo que son y lo que quieren los elementos a la cabeza del movimiento, puesto que declara que Spartacus – el Partido comunista ahora – no tomará el poder más que cuando “la mayoría de la clase obrera” esté de acuerdo conscientemente con estos fines y lo exprese claramente. Visión democrático-espontaneísta que desconoce el proceso real del agrupamiento de los revolucionarios (Ver la intervención del kapedista Sachs [Schwab]en el III Congreso de la Internacional comunista sobre el problema de la táctica, p. 240-246) y los medios por los que toman el poder.

Sin embargo, la mayoría del congreso se opuso violentamente a los jefes espartaquistas cuando se pasó a cuestiones de táctica inmediatas: ante todo, las elecciones a la Constituyente. Los delegados, que querían boicotear estas elecciones, acogieron las argucias “dialécticas” de Luxemburgo, Levi y consortes a favor de un “parlamentarismo revolucionario” con ruidosas protestas. Fue Otto Rühle quien hizo el contrainforme representando la posición del conjunto del congreso.

Las elecciones a la Constituyente se celebraron después del aplastamiento de las insurrecciones de enero en Berlín y en otras zonas de Alemania. Por lo demás, en las regiones en las que la izquierda era fuerte (Berlín, Alemania central, Sajonia, Hamburgo, el Ruhr), se constató un importante abstencionismo del proletariado en las diversas elecciones (nacionales, municipales y regionales) a todo lo largo del período 1919-1921.

Tras su fracaso sobre las elecciones, Luxemburgo maniobró para que el congreso no tomase una posición análoga sobre la cuestión sindical, que se remitió a una comisión. El KPD no tomó una resolución oficial clara sobre este tema. Esto no quita que el conjunto de los miembros del partido obró a continuación por la destrucción de los sindicatos y contribuyó a la formación de las AAU, o al desarrollo de las que ya formaba parte. Por otro lado, la izquierda desarrolló en el congreso la concepción de la Organización unitaria y de la necesidad de acabar con la separación entre organizaciones “políticas” y organizaciones “económicas” del proletariado. Para ellos, el KPD (con sus 40.000 miembros en el momento de su fundación) ya no era un “partido en el sentido tradicional”.

El enfrentamiento de enero de 1919 (primer fracaso de la revolución)

El período comprendido entre enero y abril de 1919 no es más que una sucesión de insurrecciones y tomas de poder a escala local, aplastadas muy violentamente por los restos del ejército alemán que habían escapado al torbellino de la derrota y por los “cuerpos francos”, organizaciones militares de extrema derecha sostenidas bajo cuerda por el nuevo gobierno. La represión es dirigida por el Partido socialdemócrata, que obtiene en diciembre de 1918 la confianza del Congreso de los consejos y después, en enero de 1919, la del pueblo (por las elecciones a la Constituyente).

En Berlín, la insurrección de enero (del 6 al 15) es motivada por la destitución del prefecto de policía Eichhorn, del USPD (el cual se había proclamado como tal durante los acontecimientos de noviembre). Los revolucionarios se apoderan de toda la ciudad, pero se dividen inmediatamente. El USPD, que ha formado un comité insurreccional, entabla enseguida conversaciones con el Consejo de los comisarios, que ha huido fuera de Berlín, en lugar de organizar la lucha contra él.

Al principio, Luxemburgo y la dirección comunista en su conjunto condenan la insurrección, después se unen a ella pero sin querer tomar el poder (en la línea de ¿Qué quiere Spartacus?, como queda indicado más arriba). Liebknecht, sin que lo sepa la dirección, toma parte en el comité insurreccional del USPD, después es obligado a dimitir de él. Finalmente, la izquierda (proveniente del ISD), no obstante ser fuerte, participa de modo dirigente en las diversas acciones militares pero no se decide a actuar por sí misma y a crear lo irreparable; necesitará varios meses para darse cuenta de ello. De este modo, mientras que las discusiones van a buen paso entre los insurrectos (y que sus jefes, en su conjunto, minimizan la insurrección, queriendo reducirla a un elemento de la política tradicional), la social[1]democracia (representada por el comisario del pueblo Gustav Noske) establece metódicamente su plan de reconquista de la capital. La represión ocasiona numerosos muertos (entre ellos, Luxemburgo y Liebknecht). A pesar de todo, este aplastamiento no parecerá suficiente y se asestará un nuevo golpe al proletariado berlinés dos meses después, en los combates de marzo. Estas dos acciones causarán varios miles de muertos, nada más que en Berlín. Es decir, enseguida más muertos que durante toda la revolución rusa de 1917.

Al mismo tiempo son aplastados los poderes proletarios locales: República socialista de Brunswick, República de los consejos de Bremen, así como las huelgas insurreccionales en el Ruhr y en Alemania central. En todas partes, los socialistas, a quienes los obreros revolucionarios dejan libertad de acción, los traicionan, preparando el terreno antes de la intervención de la fuerza armada. Pero durante los combates la democracia continúa a pleno rendimiento: nuevas elecciones a los consejos con vistas al II congreso pan-alemán de estos órganos en marzo de 1919, elecciones a los parlamentos locales de los diversos Esta[1]dos de que se compone el Reich alemán. Casi siempre es el SPD quien detenta la mayoría absoluta, salvo en Sajonia oriental, donde es el USPD.

Pero un solo Estado se muestra insuficiente para domeñar una Alemania en estado de revolución: Francia ocupa la orilla izquierda del Rin, y el gobierno de Berlín prefiere no intervenir en Baviera mientras el movimiento no esté lo bastante dominado. En 1871 Bismarck había ayudado a Thiers a masacrar a los comuneros, devolviendo las armas modernas a los soldados que acababa de vencer. En 1918 la Francia victoriosa le devuelve el favor.

En Baviera es el USPD el que toma el poder pero no para hasta que organiza elecciones en las que, por lo demás, no obtiene más que el 2,5% de los votos, el 12 de enero de 1919. A pesar de todo, el asesinato de su jefe, Kurt Eisner, el 21 de febrero, aclara las relaciones de fuerza: los consejos toman el poder y la Dieta burguesa acabada de elegir se dispersa ella sola. Pero los consejos vuelven a pasar el poder a la Dieta con un gobierno SPD-USPD. Una fracción de este último partido toma poco después, el 7 de abril, la iniciativa de proclamar la República de los consejos de Baviera, por arriba. El gobierno socialdemócrata huye a Bamberg y comienza la guerra civil.

Los consejos se radicalizan, se desembarazan del USPD: es la segunda República de los consejos en la que participa el KPD. Los obreros forman un ejército rojo, a expensas de los patronos, haciéndose pagar las jornadas dedicadas al entrenamiento. No intentan verdaderamente atacar las relaciones sociales capitalistas, contentándose con encargarse de la gestión de la sociedad tal cual está e imponer algunas reformas en su favor.

Son aplastados a principios de mayo de 1919.




1.- KAPD: Kommunistische Arbeiter Partei Deutschlands (Partido comunista obrero de Alemania).

2.- AAUD: Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands (Unión general obrera de Alemania).

3.- SPD: Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido socialdemócrata de Alemania).

4.- USDP: Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido socialista independiente de Alemania, nacido en 1917 tras la exclusión, por el SPD, de su izquierda: los espartaquistas forman parte de él, pero no los “Radicales de izquierda” del Norte de Alemania).

5.- Los sindicatos, blanco de estos ataques de una parte de la clase obrera, lanzan una campaña de reclutamiento y pasan de un millón de miembros al final de 1918 a siete millones en 1920. Hasta entonces, los sindicatos, compuestos en su mayor parte por obreros de oficio cualificados (“la aristocracia del trabajo”) tenían tendencia a cerrar la puerta a la gran masa de los obreros no cualificados (del tipo “OS”, obrero especialista), multiplicados por el desarrollo de la industria moderna en Alemania (empresas gigantes con racionalización del proceso de trabajo). El desarrollo de las organizaciones de empresa autónomas crea una situación nueva en la que los sindicatos están dispuestos a recuperar todo lo que puede serlo.

6.- ISD: Internationale Sozialisten Deutschlands (Socialistas internacionales de Alemania, agrupa a los “radicales de izquierda” opuestos a la dirección socialista en 1916-1918).

7.- IKD: Internationale Kommunisten Deutschlands (organización que sucedió a los ISD en 1918).


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