viernes, febrero 03, 2023
¿HASTA CUANDO? Algunas anotaciones sobre un libro de Oscar Ariel Cabezas
Redacté estas notas apenas terminé de leer el libro de Cabezas. Cierto sitio se interesó en publicarlas pero a condición de eliminar las referencias al peronismo. No acepté, así que finalmente lo publicó El Porteño. Lo dejo también acá para efectos de archivo más que otra cosa.
Dos personas distintas me recomendaron con entusiasmo
conseguir el nuevo libro de Oscar Ariel Cabezas “¡Quousque Tandem! La
indignación que viene”, publicado por Ediciones Qual Quelle, Santiago, 2022.
Por eso, tras una visita a la librería Alma Negra en Nueva de
Lyon 63 me conseguí un ejemplar y abandoné otras lecturas en curso para leerlo
entero más o menos rápidamente. En estos tiempos los lectores debemos
aprovechar todos los intersticios en que nuestros ojos se pueden posar sobre
las líneas impresas o electrónicas, combatiendo el tiempo muerto de los
desplazamientos en micro y metro, las esperas para almorzar en las pausas del
trabajo asalariado, y aprovechando los momentos de regreso al hogar que siempre
se hacen cortos en medio de las tareas más básicas que hay que cumplir antes de
irse a acostar para reiniciar todo el ciclo al otro día.
El título alude a Cicerón y su famosa diatriba en contra de
Catilina y su conjura del año 63 Antes de Cristo, ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, o sea: “¿Hasta
cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Cabezas escoge esa frase
como representativa de las revueltas globales que están ocurriendo desde algún
tiempo y que, según indica, llegaron para quedarse.
El vaso medio lleno
El libro parte muy bien y es fácil dejarse llevar por su
línea argumentativa. Lo más valioso que en él encontré viene planteado de entrada:
vivimos en un oasis neofascista en que los fascismos ya no son molares
(macropolíticos/estatales) sino que moleculares (Guattari), y los encontramos difuminados
por todas partes, desde el comportamiento agresivo de los pasajeros del metro y
consumidores ávidos de llenar el vacío existencial una y otra vez, hasta en la
invasión de publicidades mientras navegamos por Youtube o hacemos filas para
ser atendidos en un centro de salud. Así, Cabezas se inscribe en la tradición
que a partir de los años setenta diagnostica una mutación del viejo fascismo,
que a pesar de haber sido derrotado en 1945 en su forma clásica, sobrevive
hasta nuestros días como el necesario complemento o aspecto oculto del
capitalismo neoliberal. Esta comprensión del nuevo fascismo fue formulada
claramente por Pasolini, Deleuze/Guattari y Foucault, y ha sido
consistentemente abordada hace poco por Maurizio Lazzarato en uno de los
mejores textos que leí el 2022, “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o
revolución” (Eterna Cadencia, 2020), y entre nosotros por Sergio
Villalobos-Ruminott en su libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a
la revuelta popular” (DobleAeditores, 2021). Cabezas profundiza en el
diagnóstico del “modo de vida neofascista” en que todos estamos insertos, y lo
hace teniendo a la vista la derrota de la Nueva Constitución en el plebiscito
del 4 de septiembre del 2022.
Otro aspecto muy valioso del análisis de Cabezas sobre la
realidad chilena es la cuestión de la producción de una subjetividad de clase
media, que no sería solo un estrato social sino una disposición, “el lugar en
que las aspiraciones se realizan en el pequeño sueño del bienestar económico”,
o la “creencia en el orden, la democracia y los valores del mercado”, el
“devenir subjetivo de los que sostienen el orden desde la negación de los
antagonismos sociales”. Visto así,
agregaría que no es nada casual que una vez que con la complicidad de la
academia neoliberal/posmodernista el viejo marxismo ha sido arrojado al
basurero de la historia, ya nadie hable de las clases sociales propias del
capitalismo (burguesía y proletariado) pues las únicas clases existentes en el
discurso actual son la “clase media” de la que casi todos consideran formar
parte, y la “clase política”, odiada por casi todos, desde extrema derecha a
extrema izquierda.
A diferencia de muchos izquierdistas que se quejan de la
inexistencia de una “verdadera izquierda” e incluso hablan de que en Chile
únicamente existen “dos derechas” (la tradicional y la neo-concertacionista),
Cabezas señala la profunda complicidad entre la izquierda adaptada al
neoliberalismo, desde los tiempos de Aylwin hasta el gobierno de Boric, y esta
producción de subjetividad clasemediera, que produce un tipo de izquierdismo inmanente
y no trascendente al sistema neoliberal, que en otras partes del mundo ha sido
llamado “izquierda woke”.
Se trata a mi juicio de uno de los aportes más fuertes del
libro, pues permite identificar a la izquierda realmente existente como parte
fundamental del orden que Cabezas denomina “capitalocrático”, sin cuyo aporte
la obra de la dictadura iniciada en 1973 no se hubiera desplegado plenamente a
partir de 1989 (los “30 años” contra los que nos levantamos en octubre del
2019), y posteriormente en el actual “retorno a la normalidad” que hemos vivido
desde la pandemia y la neutralización de la revuelta mediante el acuerdo por la
paz, la elección de Boric, y la derrota
electoral de la opción por una Nueva Constitución.
El vaso medio vacío
En este punto es que me veo motivado a señalar algunas
diferencias con Cabezas. A mi juicio, y tal como lo formula el japonés Jun
Fujita Hirose en la conversación con el autor que cierra este libro, existió
una contradicción en la revuelta chilena que por una parte quería destituir a
Piñera y por otra “apechugó con la ‘salida institucional’ propuesta por la
‘democracia’ a la que se oponía con toda fuerza”. La finalidad del acuerdo del
15 de noviembre, propuesto por Piñera y acogido por el grueso de la “clase
política” -con Boric firmando primero a título individual y un PC de Chile que
se negó a firmar pero luego se sumó con entusiasmo al proceso- siempre fue
evidente: desviar y neutralizar la revuelta, salvando el orden del
Estado/Capital de la amenaza más grande que había enfrentado en el último medio
siglo. Si en Cabezas y muchos otros teóricos radicales esa finalidad pasó a
segundo plano cuando se posibilitó mediante el trabajo de la Convención
Constitucional la “superación de la Constitución de Pinochet” y la aprobación
de una plurinacional y verdaderamente democrática, entendida como condición
necesaria aunque no suficiente para una transformación profunda, creo que
existe una gran ambigüedad en la comprensión de la verdadera ligazón entre
capitalismo y democracia, que va mucho más allá del vínculo más notorio entre
democracia representativa y neoliberalismo.
En cuanto a esto, a pesar de la radicalidad de su crítica,
Cabezas se revela como un demócrata allendista que gasta bastante tiempo en
señalar que la revuelta no era “anárquica”, y que de hecho no tiene problemas
en vincular la violencia de octubre con meros montajes policiales e
intervención del lumpenproletariado en incendios y saqueos. Por eso no resulta
extraño que le diga a su interlocutor japonés que fue la pandemia el “verdadero
milagro” que salvó a Piñera de caer e incluso de terminar en la cárcel por las
violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. No señor: Piñera
se salvó el 15 de noviembre de 2019, y quien lo salvó directamente fue el
presidente actual, Gabriel Boric, en cuyo gobierno es un pilar fundamental el
PS: el partido del presidente mártir, Salvador Allende, cuyos correligionarios
en vísperas del cambio de siglo salvaron a su vez a Pinochet de quedarse preso
en Europa.
Ante esta evidencia es que cobra mucho sentido leer al
referido teórico japonés preguntándole a Cabezas “¿por qué los chilenos no
continuaron sus luchas callejeras hasta la caída del gobierno del presidente
Piñera, quien además es uno de los empresarios más beneficiados por el
neoliberalismo chileno, como lo hicieron por ejemplo los argentinos hace 20
años con la consigna ‘Que se vayan todos’? Los chilenos dejaron que Piñera
completara su mandato con toda tranquilidad” (pág. 200). Para Cabezas, como dijimos, la causa de esto
radica en la pandemia, a pesar de toda la evidencia que indica que a partir del
acuerdo del 15 de noviembre las protestas disminuyeron notoria y gradualmente
su fuerza. A su juicio, similar en esto a la de la mayoría de los demócratas e
izquierdistas, la revuelta tenía por objetivo “cambiar la Constitución de 1980”,
y por eso se depositaron grandes ilusiones en un proceso que desde el inicio
estaba destinado a neutralizarla.
Lo cierto es que como aún resulta posible recordar, en los
primeros días la revuelta era destituyente y an-árquica, violencia pura
o divina (en términos benjaminianos), y recién para la concentración masiva del
25 de octubre fue que la pequeña burguesía progresista levantó con fuerza la
consigna de Nueva Constitución, que fue el canal por el cual el deseo
revolucionario y destituyente fue transformado en una mera relegitimación
institucional del Estado. Por lo demás, la Constitución vigente no es pura y simplemente
“la de 1980”, como gustan de creer muchos, sino que el producto de las reformas
acordadas con la Concertación de partidos de la democracia, plebiscitadas en
1989, y de la gran cantidad de reformas posteriores que llevaron a que desde
2005 ostente la firma no de Pinochet sino que de Ricardo Lagos. Lo dramático es que ese discurso, que
invisibiliza el hecho de que la Constitución actual es híbrida (1/3
Pinochet/Guzmán, 1/3 reformas de 1989, 1/3 reformas posteriores), ha
pavimentado el camino a una extrema derecha que se atribuye el 62% del
plebiscito de salida como un triunfo propio que expresa un apoyo a Pinochet,
lectura en que varios críticos de izquierda también han caído.
Más que lucha de clases y revolución social, ciudadanía y
desobediencia civil son los conceptos clave en la mirada de Cabezas, que por lo
mismo se permite criticar la “poca riqueza” del análisis de Héctor Llaitul en
los motivos que dio la CAM para no participar del proceso constituyente,
destacando por contraste la figura de Elisa Loncón, presidenta de la Convención
Constitucional, e incluso elogiando a Jorge Arrate (interlocutor de Llaitul en
un famoso libro que contiene una entrevista entre ambos) como un “político
allendista” y “ciudadano a emular, no sólo para la izquierda, cuya
reconstrucción es urgente, sino para cualquier ciudadnx digno de la condición
pensante de la política entendida como el arte de la lucha por la conquista de
la dignidad” (pág. 142).
¿En serio? A mi no se
me olvida el nefasto rol que Arrate junto a otros miembros del Partido
Socialista cumplieron en los ochenta, siendo protagonistas de la “renovación”
que reconstituyó su viejo partido como un pilar fundamental del orden
neoliberal, y que incluso luego de su viraje a la izquierda donde se acercó al
viejo aparato estalinista del PC de Chile -hoy un mero partido socialdemócrata
a pesar de su nunca desmontado autoritarismo- se definía a sí mismo como
“socialdemócrata” y “eurocomunista” (ver su aporte en el dossier “40 años, 40
historias”, en el sitio de la Biblioteca Nacional). El mismo Félix Guattari,
ultracitado a lo largo del libro de Cabezas, en una conversación sostenida 1977
con los italianos Paolo Bertetto y Bifo donde refieren al eurocomunismo como “un
nuevo tipo de proyecto político fundado sobre el nexo
socialdemocracia-stalinismo que implica la represión de las luchas proletarias”,
diagnostica que “ya no tiene nada que ver con la historia y las
perspectivas del movimiento comunista: incluso está más bien en regresión
respecto a la Internacional Socialista de la preguerra” (Félix Guattari, Deseo
y revolución, Tinta Limón, 2021). Así que no, gracias: no hay nada que emular
en el ciudadano Arrate, si uno aún desea una revolución social anticapitalista
y antiautoritaria. Muy por el contrario.
Con esto llegamos a los puntos que me parecen más débiles del
libro de Cabezas, cuya sofisticación discursiva no oculta lapsus relevantes
como la parte en que refiriéndose a la tendencia natural de la policía hacia el
fascismo en Estados Unidos, señala que “también es una de las más intensas
pulsiones de Carabineros de Chile desde el golpe militar de 1973” (pág. 163).
Cuesta creer que el autor pase por alto el largo historial de masacres y
terrorismo de Estado en que ha incurrido Carabineros desde su fundación en 1927
por el dictador Ibañez, conocido en su tiempo como “el Mussolini del nuevo
mundo”. Pero es cierto que en el imaginario de muchos izquierdistas chilenos,
que más que anticapitalistas son sólo antineoliberales, todo iba muy bien hasta
el 11 de septiembre de 1973, y sólo a partir de ese momento la barbarie
capitalista se ensañó con esta larga y angosta faja de tierra situada entre la
cordillera y el océano Pacífico.
Más llamativo aún resulta cuando califica la fuerza bruta de
la policía chilena como “descerebrada y anárquica”, siendo que toda la
evidencia indica que se trata de una violencia jerárquica altamente organizada,
centralizada y entrenada, que hace tres años acudió sistemáticamente, y no de
manera “espontánea” mediante “excesos individuales”, a la mutilación ocular
como estrategia política represiva, que hasta ahora ha quedado en la más
absoluta impunidad, con una cacareada reforma policial que finalmente quedó en
nada desde que al asumir su mandato el presidente Boric ratificara en su cargo
de General Director a Ricardo Yañez, que para la revuelta ejercía como Director
Nacional de Orden y Seguridad.
Cabezas insiste a lo largo del texto que las revueltas ya no
son modernas y que no expresan ningún “principio de anarquía”, y por el
contrario las entiende como un freno de mano para evitar la captura de las
instituciones democráticas por la capitalocracia. Así, a pesar de su
contundente crítica de la izquierda realmente existente, de las similitudes
discursivas entre Piñera y Boric, y del espectáculo electoral en que se
enfrasca esa izquierda, al final pone sus esperanzas en los “nuevos bárbaros”
hasta que la dignidad “se haga cuerpo en los afectos de una verdadera Asamblea
Constituyente”.
En la conversación con Jun Fujita Hirose aparece una pista
importante para entender las pasiones políticas de Cabezas cuando se lamenta de
que en Chile no exista algo parecido al peronismo, “una máquina
teológica-política que sigue orienta(n)do las luchas en Argentina” (pág. 201).
Muy por el contrario, podríamos decir que el peronismo ha constituido desde sus
inicios hasta ahora un aparato de encuadramiento de los proletarios argentinos
en el Estado, con claros orígenes semifascistas (la admiración de Perón por
Mussolini y Hilter es un dato de la causa, así como su inmediato reconocimiento
a la Junta Militar chilena en 1973, y las visitas oficiales y giras de Evita
Perón con Francisco Franco, para ayudarle a blanquear ante el mundo la versión
española y “nacional-católica” del fascismo clásico). De hecho, el populismo
peronista con sus tentáculos hacia la derecha y la izquierda son un ejemplo
para neofascistas como el ruso Aleksandr Dugin, uno de los gurús de la nueva
extrema derecha actual, y constituye un enorme obstáculo para la autonomía
política y actuación revolucionaria del proletariado argentino. En síntesis,
tal como con Jorge Arrate, no me parece que haya nada que emular ahí.
Por último, no dejan de llamar la atención algunas
imprecisiones relevantes en que incurre el autor. Así, en dos ocasiones señala
que el plebiscito donde se definió la continuidad de Pinochet como presidente
de Chile fue en 1989, siendo que ese evento ocurrió el 5 de octubre de 1988. Lo
que sí ocurrió en 1989 fue el plebiscito donde más del 90% de los votantes
aprobaron la reforma constitucional pactada entre el régimen militar y la
Concertación de Partidos por la Democracia: momento fundacional de los “30
años” contra los que nos rebelamos el 2019, a partir del cual es bastante engañoso
hablar de “la Constitución de los milicos”, que fue el gran argumento de la
izquierda apruebista para aceptar el itinerario electoral definido por la
“clase política” el 15 de noviembre de 1989 y sumarse con entusiasmo a esa
verdadera contrarrevolución democrática-institucional.
También se equivoca al referir que en el 2006 se produjo el
“mochilazo” de los estudiantes secundarios, que según dice continuó “en 2011,
como la revolución pingüina” (pág. 53), y también al recordar la acción de la “dirigente
secundaria” María Música Sepúlveda al arrojar el contenido de un jarro de agua
a la Ministra Mónica Jiménez, a quien identifica como “mujer socialista y de
izquierda (pág. 54)”.
La verdad es que gran parte del legado del movimiento
secundario que irrumpió el 2001 (el verdadero año del “mochilazo”, que se
produjo poco después de las importantes protestas contra una reunión del Banco
Interamericano de Desarrollo, con ocasión delas cuales se articularon una
multiplicidad de colectivos y movimientos anticapitalistas) fue la instalación
de asambleas y vocerías, que rompieron con el modelo burocratizado y jerárquico
de los “dirigentes estudiantiles”, que tanto en la revolución pingüina del 2006
como en el estallido secundario y universitario del 2011 los partidos se
esforzaron en reponer, al punto de que la renovación
izquierdista/concertacionista que hoy nos gobierna llegó de la mano de los
nuevos dirigentes estudiantiles del 2011: Boric, Vallejo y Jackson. Por el
contrario, María Música era parte de la expresión más “anárquica” del
movimiento, cuyos herederos saltaron los torniquetes el 2019, aunque Cabezas lo
niegue explícitamente (“No había nada de anarquismo en el acto de María
Música”, sentencia en esa misma página). Por cierto, la Ministra Jiménez nunca
fue socialista ni de izquierda, sino que demócrata cristiana y parte del
Directorio fundacional de Paz Ciudadana.
Conclusión
Finalmente, considerando sus virtudes y defectos, este libro
es sin duda un aporte importante a la hora de evaluar desde el General Intellect el lugar al que hemos
llegado tres años después de la insurrección de octubre, y los caminos que
siguen abiertos para las revueltas del siglo XXI, que coincidiendo con el autor
estimamos que han llegado para quedarse pero, como ha dicho Lazzarato, nos
plantean la difícil tarea de crear máquinas de guerra revolucionaria y retomar una
“teoría de la revolución” adecuada para el siglo XXI.
Etiquetas: carácter cíclico del capitalismo, comunidades de lucha, democracia/dictadura, lucha de clases, nada mas práctico que una buena teoría, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
domingo, octubre 16, 2022
A 3 AÑOS DEL “ESTALLIDO SOCIAL” EN CHILE: RESULTADOS Y PERSPECTIVAS. PARTE 2 ½.
Estos son fragmentos de un análisis más amplio que parcialmente sirvió de presentación a una publicación de la que se avisará prontamente su lanzamiento.
Estas son algunas de las partes que quedaron fuera de la versión más ajustada del texto.
Espontaneidad
“Espontáneo, a
Del lat. spontaneus.
1. adj. Voluntario o de propio impulso.
2. adj. Que se produce sin cultivo o sin cuidados del ser humano.
3. adj. Que se produce aparentemente sin causa”
(Diccionario de la Real Academia de la lengua española).
Tal vez ninguna otra
palabra describe mejor la forma en que el acontecimiento desplegado a partir de
unos pocos días antes del 18 de octubre se presentó en sociedad: como un
“estallido”, es decir, una explosión súbita, imprevista, y dispersa. Espontánea.
Es decir, todo lo contrario de una acción colectiva, planificada, orquestada,
dirigida o centralizada. Como
recuerda el historiador Sergio Grez, el movimiento “surgió y se desarrolló de
manera absolutamente espontánea, pues no fue el resultado de una preparación
previa ni de una convocatoria de una suerte de ‘estado mayor’ que, operando
desde las sombras, ejecutara con eximia maestría un plan destinado a provocar
el levantamiento popular”. Por el contrario, y como todos sabemos, las
evasiones masivas iniciadas por estudiantes del Instituto Nacional se
extendieron “como reguero de pólvora” concitando un apoyo masivo el 18-O: “La
respuesta torpe y puramente represiva del gobierno hizo el resto. En cuestión
de horas todo el país estaba involucrado” (1).
Cuando algunos políticos
y periodistas/policías hacían un checklist para determinar si era o no
“desobediencia civil”, lo que se tomaba las calles no era ni la ciudadanía (2) ni tampoco el poder constituyente con que luego la socialdemocracia se
intentaba explicar el acontecimiento. La revuelta que estallaba desde los
liceos y los subterráneos del Metro hacia las calles y plazas era un poder destituyente:
una multiplicidad de cuerpos, de formas de vida que se entrelazaban para
desafiar al Estado y a sus “hombres armados” en las calles y que en el acto de
hacerlo interrumpían el tiempo histórico de la dominación desbordando cualquier
encuadramiento partidista y/o posible recuperación institucional. Eso fue el
inicio mismo de la revuelta de octubre: la reconstitución tan largamente
esperada del pueblo anárquico, sujeto histórico por excelencia de los
momentos de rebelión. Ese pueblo que hace
posible las revueltas y revoluciones, y que luego es enviado de vuelta a su
lugar tras las bambalinas de la historia, cuando la burguesía finalmente consigue
el retorno a la normalidad.
Hablo de pueblo
anárquico para realzar a la vez su carácter de sujeto colectivo y la
espontaneidad de la acción que lo constituye y las formas en que se expresa: anarquía
en un sentido práctico, no ideológico. Y hablo de pueblo pues no coincidía
totalmente con la categoría proletariado, más bien la excedía, puesto
que se trataba de un movimiento popular más amplio y multiclasista, pero sin
duda que el elemento proletario juvenil era parte de su núcleo esencial -aunque
aparecieran como “estudiantes”, “jóvenes”, “marginales”- al menos al inicio,
antes de que la pequeña burguesía ciudadanista y democrática terminara
cooptando la iniciativa, contaminando las ideas y articulando las demandas del
estallido llevándolas al plano institucional, electoral y constituyente (3).
Ese pueblo anárquico
en acción fue lo que asustó a la burguesía al punto de quitarle por semanas la
cordura y el habla, y asustó también a la totalidad del sistema de
representación política (de la extrema derecha a la izquierda del capital), que
demoró un mes completo en poder salir de su estado de pánico para articular
entre el 12 y el 15 de noviembre una “salida” a la crisis que mientras más pasa
el tiempo más se confirma como una gran contrarrevolución
democrático/institucional, digna de un Manual que complemente las viejas
enseñanzas de Joseph De Maistre acerca de cómo se hacen las contrarrevoluciones (4).
Decimos que el movimiento
fue espontáneo no sólo porque no tuvo jefes ni un Estado Mayor que
decidiera el momento y las modalidades del ataque. “Espontáneo” no significa
sólo “salvaje”, como en una huelga salvaje, sino que, tal como caracterizó Marx
al bando o partido proletario de su tiempo, designa a un movimiento que “nace
espontáneamente del suelo de la sociedad moderna”. Como señala Emilio Madrid a
propósito del concepto de espontaneidad, “estos movimientos del proletariado
están totalmente determinados por la situación que esta clase ocupa en el
conjunto de las relaciones sociales fundamentales de la sociedad moderna, y por
una coyuntura particular que, durante un período dado, le proporciona la
ocasión de intervenir en escena” (5).
Los días previos al 18 de
octubre fueron días de agitación y combates en las calles del centro de
Santiago y varias estaciones de metro. La sensación en el ambiente era la
certeza de que el conflicto se iba a profundizar. Como dijeron los comunistas
esotéricos, “sabíamos que existía una tensión que rugía subterráneamente en
nuestra ciudad. Sabíamos que la cuerda podía romperse en cualquier momento.
Sabíamos que algo pasaba: eran numerosos los indicios de que algo estaba
pasando. Nos atrapó, pero no desprevenidos” (6). Las
“condiciones objetivas” estaban ahí hace rato, y a la combatividad y
creatividad que laman “estudiantil” (cuando en verdad se trata del proletariado
juvenil de los Liceos) se unió la aberrante desconexión con la vida del
pueblo e impresionantes niveles de estupidez demostrada por varios voceros del
gobierno, que antes las alzas de pasajes llamaban a levantarse más temprano y
comprar flores, además de sus explicaciones acerca de que “a los estudiantes no
les subimos el pasaje”, razón por la cual señalaban que no se entendía el
porqué de sus protestas...
El resultado de esta
mezcla explosiva fue tan impactante que reverbera hasta hoy: entre el lunes 14
y el viernes 18 de octubre el sujeto colectivo despertó, se levantó, y se vivió
como casi nunca antes el fuego de las barricadas en toda la ciudad, como en las
viejas, abundantes y trágicas revueltas proletarias que han acontecido en estas
mismas calles y sobre las cuales ni en la Escuela ni en la televisión ni en los
partidos políticos te cuentan casi nada.
Precedentes: 1957 y 1888
“Hechos sintomáticos se
produjeron durante la asonada de ayer. Las turbas, en su afán sedicioso, no
respetaron ninguno de los poderes constituidos del Estado. Pretendieron
asaltar La Moneda y atacaron de hecho los edificios en que funcionan
el Congreso Nacional y los superiores Tribunales de Justicia. La
prensa no escapó, tampoco, a este afán destructor…” (La
Nación, 3 de abril de 1957).
La historia no se repite,
pero rima. Dentro de la historia de las revueltas y rebeliones nos
encontraremos con una gran variedad de ejemplos, muy diferentes unas a otras,
pero también hallaremos similitudes asombrosas, al punto que varios
reaccionarios y también los revolucionarios que miran la historia por el espejo
retrovisor analizan las revoluciones a la luz de unos cuantos arquetipos: de
Robespierre a Napoleón, de Lenin a Stalin, revolución de febrero y revolución
de octubre, etc.
Algunas rebeliones que
fueron anticipando el octubre chileno del 2019 fueron las que protagonizaron
los estudiantes secundarios de Santiago en el mochilazo del 2001, la revolución
pingüina del 2006, y las protestas estudiantiles del 2011. Además, se produjo
la “explosión feminista” el 2018, y hubo fuertes rebeliones locales en Magallanes
(2011), Aysén (2012), Freirina (2012), y Chiloé (2016). Además, ese año 2019
hubo rebeliones en Hong Kong, Francia, Ecuador, Colombia, Haití, Bolivia e
Irak, entre otras. Pero en tanto revuelta nacional motivada por aumento de
precios del transporte, apenas empezó octubre siempre tuve en mente los
acontecimientos de marzo y abril de 1957.
Tal como cuento en el
Prólogo al libro de Katerina Nasioka Ciudades en insurrección. Oaxaca 2006,
Atenas 2008 (7),
antes del 18 de octubre habíamos especulado y estudiado junto con amigos y
compañeros esa revuelta chilena ocurrida a finales del segundo gobierno de
Ibañez (1952-1958). En esa ocasión los disturbios comenzaron los últimos días
de marzo en Valparaíso, y se extendieron a Concepción y Santiago, llegando a su
punto más alto en la capital el martes 2 de abril, cuando en respuesta al
asesinato policial de una estudiante la multitud expulsó a Carabineros del
centro, el que fue tomado horas más tarde por los militares.
Ibañez decretó el Estado
de Sitio señalando que era “indispensable para evitar que el vandalismo que ha
sufrido la capital se extienda a otras ciudades”, y advirtiendo que la fuerza
pública tiene “las armas que necesitan para ello: fusiles, ametralladoras y
cañones”, los que “se emplearán para poner fin a la obra vandálica de los
malvados que pretenden producir el caos y la anarquía”. Con harta mejor retórica que Piñera, la
declaración de Ibañez termina afirmando que: “El Gobierno no ataca. Defiende el
orden social y a la violencia ilegítima e irresponsable, opondrá la violencia
legítima y restauradora”.
El saldo fueron decenas
de muertos (ninguno en el bando policial/militar), cientos de presos, y un
descrédito creciente del gobierno, que poco antes de expirar indultó a varios
presos políticos, derogó la Ley de Defensa de la Democracia -conocida como “Ley
Maldita”, dictada por el presidente radical González Videla cuando en 1948 se
subió al carro de la Guerra Fría, expulsando de su gobierno y proscribiendo al
Partido Comunista- y en su reemplazo hizo aprobar la Ley 12.927 de Seguridad
del Estado, vigente y de esporádica aplicación por todos los gobiernos hasta el
día de hoy. Lentamente el pueblo siguió madurando su conciencia y experiencia
organizativa, que se desplegarían con fuerza en la década siguiente, en
crecientes movilizaciones y en el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias,
disipadas las ilusiones en el PS (que apoyó a Ibañez en las elecciones de 1952),
en el PC y en el “frentepopulismo” en que se había empantanado la izquierda
desde 1936 y que finalmente subsistió, renovando desde 1970 la colaboración de
clases bajo la forma de la Unidad Popular y hoy en día bajo la forma de Apruebo
Dignidad.
La revuelta de 1957 nos
obsesionaba bastante, pues sentíamos que a través de alzas del transporte podía
volver a desatarse una insurrección, pero ya en pleno siglo XXI. Así había ocurrido varias veces en Chile, no
sólo en la recordada “revolución de la chaucha” de 1949 -a la cual se refirió
Albert Camus que estaba casualmente de paso en Santiago y que anotó en su
diario: “Día de disturbios y revueltas. Ya ayer hubo manifestaciones. Pero hoy
esto parece un temblor de tierra” (8)-
sino que desde mucho antes, en asonadas como la “huelga de los tranvías” del 29
de abril de 1888 (9).
Esa jornada, como señala
Sergio Grez, “provocó un fuerte impacto en la opinión pública y en las
autoridades. El ‘bajo pueblo’ santiaguino, convocado por la representación
política del movimiento popular organizado, había irrumpido en el centro de la
capital para apoyar una reivindicación que concernía a la defensa de su nivel
de vida. La flamante vanguardia política, el Partido Democrático, constituida
esencialmente por artesanos, obreros calificados y algunos jóvenes
intelectuales escindidos del Partido Radical, había sido sobrepasada por la
acción de las ‘turbas’ de desheredados que impusieron su sello a la
manifestación, transformando un meeting pacífico, respetuoso
del orden y de las leyes, en una explosión de violencia popular que se extendió
desde el centro a los barrios periféricos, produciendo cuantiosos daños a la
propiedad pública y privada”. Mientras una delegación trataba de entregar un
petitorio en la Moneda, un grupo de seis mil personas “entre los cuales habían
muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los
revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de
la Moneda y trató de forzar la entrada” (según informa el expediente judicial (10)).
A partir de ahí, “se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital
durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños
materiales” (11).
La evidencia de que los
tarifazos pueden generar brotes insurreccionales nos hizo estar alertas en
febrero de 2016 ante un tímido pero contundente brote de protestas espontáneas
ante el alza de pasajes del Metro de Santiago, que generó una pronta y
desmedida respuesta policial. Parecía claro que el desajuste al interior del
sistema de transporte de mercancía humana no sería tolerado.
Ya antes, el 2010, habíamos
podido apreciar cómo en Concepción luego del terremoto/maremoto del 27 de
febrero el Estado pareció disolverse brevemente en medio de saqueos masivos y
desórdenes públicos que hicieron declarar estado de excepción y sacar tropas
militares a controlar el orden. Estuvimos alertas a esos signos, pues sabíamos
que en esos momentos se puede vislumbrar lo que hay por debajo de la fachada del
“orden público”, y porque habíamos estudiado atentamente el magnífico libro de
Pedro Milos, Historia y memoria. 2 de abril de 1957 (LOM, 2007),
redactando incluso una breve síntesis sobre dicho acontecimiento en el segundo
y último número de la revista Comunismo Difuso (2011) (12).
Precedentes: 1968, o
¿acaso es esto revolución?
“La historia presenta
pocos ejemplos de un movimiento social de la profundidad del que estalló en
Francia en la primavera de 1968; al menos no ha habido ninguno en el que tantos
cronistas se han puesto de acuerdo para decir que era imprevisible. Esta explosión
ha sido una de las menos imprevisibles de todas. Resulta, sencillamente, que
jamás el conocimiento y la conciencia histórica habían sido tan mistificados” (René
Vienet, Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones).
Las similitudes entre el
1968 francés y el estallido chileno fueron señaladas por no pocas personas. En
parte porque en ambos eventos saltaba a la vista la explosión de creatividad,
la imaginación popular expresada en las paredes, que para muchos es lo más
destacable de mayo del 68, un movimiento que a pesar de su profundidad tras
décadas de tergiversaciones es visto como una mera “rebelión estudiantil”, y no
como la más grande huelga salvaje de la historia. Por eso es que, desde el vórtice de dicho torbellino,
los situacionistas encargaron a Vienet redactar rápidamente un libro sobre lo
que ellos llamaron el “movimiento de las ocupaciones”, seguros como estaban no
sólo de su relevancia global que marcaba “el comienzo de una época”, sino también
de que muy rápidamente se iban a verter toneladas de tinta y saliva sociológica
tergiversando y ocultando aspectos clave de ese gran estallido, para presentarlo
como un superficial fenómeno juvenil y no como “el regreso de la revolución
social” (13).
En efecto, había más de
una similitud entre ambas revueltas, y entre ellas merece destacarse lo que
señala la cita de Vienet que pusimos arriba: acá en Chile, salvo un par de
“intelectuales” como Atria o Mayol que pretendieron haber “profetizado” el
evento, lo cierto es que los políticos profesionales, periodistas, policías y
cronistas en general “no vieron venir” algo que evidentemente estaba en el aire
desde hace mucho tiempo, y que no tomó por sorpresa a los escasos grupos
revolucionarios que aún existían en ese momento.
Los situacionistas
declararon no haber profetizado nada, sino que solamente señalaron lo que ya
estaba allí: “Sencillamente, después de treinta años de miseria que en la
historia de las revoluciones no han contado más que un mes, llegó ese mes de
mayo que resume treinta años” (14).
Otra similitud que me
parece necesario destacar es que luego del acontecimiento de mayo/junio del 68,
los izquierdistas en general se turnaban para señalar que “no fue una
revolución”. Este aspecto es clave, puesto que en Chile se habló de “estallido
social”, “revuelta” o de “rebelión popular”, sobre todo desde la izquierda,
mientras la derecha más extrema tendió a diagnosticarla de inmediato como una
“insurrección”, e incluso como una revolución de nuevo tipo, a la que algunos
llamaron “molecular” (15).
La comparación del octubre chileno con el mayo francés
ha sido tomada por el ya aludido Carlos Peña en La revolución inhallable
para denostar ambas como “seudorevoluciones” o meras “revoluciones culturales”,
motivadas según él y Alain Touraine por el “éxito” del sistema capitalista, y
que por ende no lo impugnan seriamente (16).
Más cerca nuestro, Igor
Goicovic ha dicho que el estallido chileno empezó como revuelta y se transformó
en rebelión, pero que “en ningún caso llegó a ser una revolución” (17), mientras Budrovich y Cuevas
señalan que “la única transformación
revolucionaria que puede preciarse de ser tal es aquella en la cual se supera
el modo de producción basado en el trabajo asalariado y la valorización del
valor” (18). Pero el mismo Goicovic
señala que el modelo de revolución que tuvo a la vista es el francés y el ruso (19) y, por otra parte, la
revolución anticapitalista radical o comunizadora que refieren Budrovich y
Cuevas no es la única forma de revolución posible, y de hecho no ha “triunfado”
hasta ahora en ninguna parte, lo cual no significa que no hayan existido y
sigan existiendo otras muy diversas formas de revoluciones.
Paradójicamente, el concepto
de “revolución” proviene de la denominación que se le da al movimiento de un
astro alrededor de otro, retornando siempre al mismo punto inicial. A partir de
ahí, adoptando un sentido bastante diferente, pasó a designar “una
transformación que hace que no exista retorno al mismo punto”. En ese sentido
el concepto revolución designa lo mismo que la re-vuelta: un movimiento de
retorno a un punto de partida que permite un re-comienzo, una transformación. Como
señala Guattari, la revolución es “un proceso que produce historia, que acaba
con la repetición de las mismas actitudes y de las mismas significaciones”, “una
repetición que cambia algo, una repetición que produce lo irreversible”. La
revolución es siempre imprevisible e imposible de programar. No es un evento,
sino un proceso: “la revolución es procesual o no es revolución” (20). Por eso, cuando se empezaron a instalar placas conmemorativas
por todas partes y a los niños en la escuela se les obligaba a recitar de
memoria la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, “se
trataba de una revolución que ya no tenía un carácter procesual”. A eso
podríamos sumar otro ejemplo notable: cuando el cadáver de Lenin fue momificado
y exhibido en la Plaza Roja era una señal clara de que la revolución rusa
finalmente había dado paso a la contrarrevolución.
Por esto es interesante tener en cuenta que, en 1969,
al publicar el análisis detallado de los hechos del año anterior, sus propios
“resultados y perspectivas”, la Internacional
Situacionista señalaba: “Tras la derrota del movimiento de las
ocupaciones, tanto los que participaron como los que tuvieron que padecerlo se
han planteado a menudo la pregunta: ‘¿Fue una revolución?’. El empleo
extendido, en la prensa y en la vida cotidiana, de un término cobardemente
neutral –‘los acontecimientos’- señala precisamente el retroceso ante la
respuesta, ante la formulación siquiera de la cuestión” (21).
Echando mano a varios ejemplos históricos para
recordar que una revolución que no consigue triunfar sigue siendo pese a ello
una revolución, citando como referencia las revoluciones de 1848, la revolución
rusa de 1905, la española de 1936 y la húngara de 1956, la IS sostiene que: “Todas estas crisis, inacabadas en sus realizaciones
prácticas e incluso en sus contenidos, aportaron sin embargo muchas novedades
radicales y pusieron seriamente en jaque a las sociedades a las que afectaron,
por lo que pueden ser calificadas legítimamente como revoluciones”. Las
revoluciones que no triunfan pueden de todos modos “producir historia”, y no
necesariamente deben ser medidas por la magnitud de la matanza: “Revoluciones
incontestables se han afirmado con choques poco sangrientos, incluso la Comuna
de París que acabaría en masacre, y muchos enfrentamientos civiles han
acumulado miles de muertos sin ser en absoluto revoluciones”.
Revueltas
e insurrecciones, revoluciones y contrarrevoluciones
Las
revueltas son siempre el polo negativo de una revolución: su momento
insurreccional. En este sentido, como destaca Villalobos-Ruminott (22), no existe una verdadera
oposición o dicotomía entre revueltas y revoluciones, a pesar de lo que señala
Furio Jesi en su libro Spartakus. Simbología de la revuelta (23),
cuando refiere que “de acuerdo con el significado habitual de ambas palabras,
la revuelta es un repentino foco de insurrección que puede insertarse dentro de
un diseño estratégico pero que de por sí no implica una estrategia a largo
plazo, y la revolución por el contrario es un complejo estratégico de
movimientos insurreccionales coordinados y orientados relativamente a largo
plazo hacia los objetivos finales”. Visto así, “la revuelta suspende el tiempo
histórico e instaura de golpe un tiempo en el cual todo lo que se cumple vale
por sí mismo, independientemente de sus consecuencias y de sus relaciones con
el complejo de transitoriedad o de perennidad en el que consiste la historia”,
y “la revolución estaría, al contrario, entera y deliberadamente inmersa en el
tiempo histórico” (24).
Pero
el mismo Jesi, al referirse al martirio de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en
1919 durante el aplastamiento de la revolución alemana señala que ese desenlace
escogido conscientemente demostraba la imposibilidad de separar revuelta y
revolución. Si bien Rosa juzgó inoportuno el momento en que estalló la
revuelta, no se disoció del comportamiento de sus compañeros de clase porque
hacerlo “significaba reconocer la fractura entre revolución y revuelta”, y “por
más hostil que fuera la revuelta, Rosa Luxemburgo no aceptaba y no aceptó
considerarla totalmente distinta de la revolución” (25).
Lo
que ocurre es que las revoluciones que son exitosas en establecer un nuevo
orden social, son monumentalizadas en su función de mito fundacional del nuevo
sistema de dominación. En ese punto el momento insurreccional es fetichizado y
finalmente escondido y olvidado, pues si el nuevo orden pretende basarse en el
Derecho no querrá que se le recuerde su origen violento. La violencia fundadora
de derecho se consolida en violencia conservadora de derecho, y la antigua
clase revolucionaria para a ser contrarrevolucionaria.
La
concepción monumentalizada de la revolución parece neutralizar mitologizando su
polo negativo, para concentrarse exclusivamente en la exitosa transformación
del régimen político o del orden social. Esto explica que por una parte se
niegue el carácter de revolución a las revueltas o insurrecciones que por
poderosas que sean no logran hacer caer el antiguo régimen para iniciar uno
nuevo, y que por otra parte se considere como revoluciones a simples golpes de
Estado como las revoluciones militares chilenas de 1924 o 1932, o incluso al 18
de septiembre de 1810, evento en que no hubo sublevación popular alguna sino
sólo maniobras propias de la afirmación política autónoma de la oligarquía
criolla (26).
La
monumentalización del concepto de revolución acarrea un efecto social y
político importante, que consiste en castrar la imaginación radical y el deseo
de transformaciones profundas, propiciando un modelo de sacrificio militante
calcado de las grandes figuras masculinas/patriarcales de los héroes de la
revolución. En comparación a los “grandes hombres” de la Revolución con
mayúscula la importancia de la acción individual y colectiva de todos nosotros
se diluye, pues nunca nuestras revueltas
van a saciar la tremenda ansia de heroicidad que se desprende de la concepción normativa
de los revolucionarios profesionales, que al despreciar todos los procesos que
no se realizan a imagen y semejanza de su propio mito fundacional son los
primeros en olvidar el testamento político de Rosa Luxemburgo, que culmina diciéndole
a los esbirros estúpidos (entre los cuales además de los defensores del
viejo orden yo incluiría a fascistas y estalinistas) que “La revolución, mañana
ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror
vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!” (27).
Muy por el contrario:
para ellos las revoluciones sólo se ubican en el tiempo mítico del pasado
distante de la vieja lucha de clases y en el futuro también mitológico del
“hombre nuevo” y los “nietos liberados”. En el intertanto, dicen que octubre no
pudo ser ni de cerca una revolución porque no tomamos el poder, no hubo
soviets, tampoco lucha armada, y no tuvimos ni de cerca a un Lenin ni a un Che Guevara ni nada que se
parezca a la clásica figura revolucionaria del Gran Timonel (28). En
el mejor de los casos, estos sujetos reconocen de forma despectiva a las
revueltas más recientes en el mundo como “revoluciones de color”. Lo cual
suministra un gran dato: su revolución es gris, en blanco y negro.
Pero
afortunadamente existen otras voces y miradas más frescas. Así, en base a la
experiencia palestina de la
Intifada, Rodrigo Karmy señala que
ese concepto, que literalmente significa “revuelta”, se usa indistintamente con
el de thawra, que designa la “revolución”. Y agrega que, a diferencia de
la revolución rusa que se basó sobre el modelo de la francesa, las revoluciones
de nuestro tiempo serían “revoluciones de final abierto”, como teorizara Hamid
Dabashi en relación a la Primavera árabe: “no se trata de una simple revuelta,
pero tampoco de una revolución consumada, sino de un híbrido que excedió tanto
la noción de revuelta como la de revolución”. En este sentido Karmy responde a
mediados de noviembre de 2019 la interrogante sobre si nuestro octubre se
trataba de una revolución diciendo que “seguramente sí, pero de una revolución
exenta de filosofía de la historia, que sabe que no hay garantías de nada
porque todo arde en el vestíbulo de una historicidad siempre abierta” (29).
Poniendo
en cuestión el concepto progresista-lineal de la revolución, Walter Benjamin
dijo que, si para Marx “las revoluciones son la locomotora de la historia
universal”, tal vez ocurre en realidad algo completamente distinto, y “las
revoluciones son el gesto de agarrar el freno de emergencia que hace el género
humano que viaja en ese tren”. Interrupción y no aceleración del tiempo
histórico del capital: la revolución proletaria y humana no nada a favor de la
corriente, sino que a contracorriente del progreso como catástrofe. Esto nos
hace pensar en la necesidad de revolucionar permanentemente nuestra teoría de
la revolución, pues a fin de cuentas, como señala en otra
parte Sergio Villalobos-Ruminott al referir los aportes de Furio Jesi a la
teoría de la revuelta, todas esas nociones emparentadas (revuelta,
insurrección, levantamiento, huelga general, rebelión, protesta, motín,
asonada, etc.) “constituyen un marco conceptual amplio, y no necesariamente
ajeno a contradicciones, en el que es posible atisbar una relación no
convencional con el tiempo histórico. Es como si cada una de estas nociones quisiera
nombrar un momento de alteración de la concepción lineal y espacializada del
tiempo, favoreciendo una experiencia no convencional de la historia y del ser
en común” (30).
Esto es lo que importa
tener en cuenta, superando la noción historicista y monumentalizada de las
revoluciones modernas, que en nuestro tiempo aún pesan como una presencia
fantasmal que nos hace ningunear las revueltas actuales por no ajustarse a la
concepción normativa del modelo burgués de revolución. No se trata de “revuelta
o revolución”, sino de profundizar y conectar todas las revueltas
transformándolas en una gran revolución.
1.- Grez, Sergio, Contribuciones en torno la
revuelta popular (Chile 2019-2020) en Ignacio Abarca Lizama (compilador),
Editorial Kurü Trewa/Instituto de Estudios Críticos, 2020, p. 121.
2.- Articulada siempre como categoría de exclusión, pues si existen ciudadanos es porque
también existen los no-ciudadanos, la ciudadanía opera siempre en concomitancia
con el poder de un Estado/Nación, respecto al cual el ciudadano dialoga y a la
vez participa como parte del Estado: al votar, una persona “se hace parte” directamente
del aparato de dominación política. Por eso es absurdo hablar de una “revuelta
ciudadana”: los ciudadanos no se revuelven en contra de nada, pues se
entregan voluntariamente dejándose moler en el molino mítico de la democracia.
3.- Un colega que trabaja en instituciones de derechos humanos me decía que con su
pareja estaban ideando un “instrumento” que consistía en una tabla para poder
recoger las distintas demandas de las consignas y paredes, clasificándolas
luego en base a con qué derecho humano específico enlazaba. Yo me preguntaba:
¿y en qué tipo de Declaración o Tratado caben consignas como “Hasta que todo
caiga”, “Cuicxs culiaxs, ¡que arda Providencia!”, “Deja el fuego ser poema”,
“Fui a dejar mi opinión con una piedra” o “Acompáñame a pasar por el caos a ver
si algo en nosotrxs también se enciende”. ¿Derecho de rebelión? No: era la an/arché
como comunismo de la inteligencia y anarquía de los sentidos, lo que Benjamin
llamaba “el verdadero estado de excepción”: In girum imus nocte et consumimur
igni.
4.- De
Maistre proclama al cerrar sus “Consideraciones sobre Francia” (1796) que “el
restablecimiento de la Monarquía, que llaman contrarrevolución, no será una
revolución contraria, sino lo contrario de la revolución”, y agrega: “se acostumbra
dar el nombre de contrarrevolución al movimiento, cualquiera que sea, que ha de
dar muerte a la Revolución; y, puesto que este movimiento será contrario al
otro, habrá que esperar consecuencias opuestas”.
5.- Prefacio del traductor a León Trotsky, Informe de la delegación siberiana,
Ediciones Espartaco Internacional, 2002.
6.- Círculo de Comunistas Esotéricos, Tiempos mejores. Tesis provisionales sobre
la revuelta de octubre de 2019, Santiago, Noviembre de 2019. Disponible en:
https://comunistasesotericos.noblogs.org/files/2020/03/Tiempos-Mejores-1.pdf
7.- Editado
en Chile por Pensamiento y Batalla (2021).
9.- A esa movilización y a la “huelga de la carne en 1905 se ha referido el
historiador Sergio Grez en Una mirada al movimiento popular desde dos
asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905), disponible en: https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D21042%2526ISID%253D730,00.html
10.- Causa
Criminal de Oficio contra Rosamel Salas y otros. Materia: desórdenes públicos
contra la autoridad, Policía de Santiago, 1º Juzgado, Nº1337. Citado por Sergio
Grez, op. cit.
11.- Ibid.
12.- Existe una versión que nuestro amigo y camarada Cristóbal Cornejo subió a El
Ciudadano: https://www.elciudadano.com/organizacion-social/2-de-abril-de-1957-valparaiso-concepcion-y-santiago-insurrectos-por-el-alza-del-transporte/04/02/
Cristóbal vivió intensamente la revuelta chilena del 2011, pero se quitó la
vida en marzo del 2015. De todas formas, en octubre uno podía sentir su
presencia danzante en medio del fuego.
13.- El libro se encuentra disponible en el Archivo Situacionista Hispano: https://sindominio.net/ash/enrages.html
14.- Ibid.
15.- Ver el texto de Daniela Carrasco, “18 de octubre: el inicio de una revolución
molecular”, El Líbero, 6 de noviembre de 2019. Incluida en: La insurrección
chilena desde la mirada de la Fundación Jaime Guzmán (2020), pág. 12. En
Félix Guattari lo “molecular” equivale a la dimensión micropolítica, a
diferencia de lo “molar”. El antiguo nazi devenido ideólogo de la nueva derecha
posfascista Alexis López Tapia también “teorizó” acerca de lo que llamó
“revolución molecular disipada”, llegando incluso a hacer clases sobre el tema ante las fuerzas armadas de
Colombia justo antes del estallido social ocurrido en ese país desde abril del
2021. Y no sólo suministró argumentos a los represores para no dudar en
aplastar la revuelta implacablemente, sino que su teoría fue referida en un
polémico tuit por el ex presidente Álvaro Uribe. En brevísimos cinco
puntos el derechista Uribe resumía la situación y terminaba señalando:
“Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa”, y
pedía fortalecer a las Fuerzas Armadas cuando ya habían asesinado a más de 24
manifestantes.
16.- Se trata de un opúsculo
encargado a Peña por el think tank derechista Centro de Estudios Públicos https://www.cepchile.cl/cep/estudios-publicos/n-151-a-la-180/estudios-publicos-n-158/la-revolucion-inhallable
17.- https://elporteno.cl/igor-goicovic-el-18-de-octubre-y-el-ejercicio-de-la-violencia-politica-popular/
19.- “Estoy utilizando el concepto de ‘revolución’ como lo han utilizado, entre
otros, George Rudé, por ejemplo, para caracterizar la Revolución Francesa de
fines del siglo XVIII, o Eric Hobsbawm, al momento de caracterizar la
Revolución Bolchevique de 1917”.
20.- ¿Revolución?, en: Félix Guattari
y Suely Rolnik. Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid,
Traficantes de sueños 2006, pág. 211.
21.- “El comienzo de una época”, Internacional Situacionista N° 12, septiembre de
1969. Disponible en: https://sindominio.net/ash/is1201.html
22.- “Teoría de la revuelta y revuelta de la teoría”, en: https://www.youtube.com/watch?v=W39xKvVVxrc&ab_channel=SergioVillalobosRuminott
23.- Editado en Argentina por Adriana Hidalgo, 2014.
24.- Furio Jesi, op. cit., pág. 63.
25.- Ibid., pág. 109. Recomiendo leer el comentario de Karmy en el capítulo de Intifada
titulado “Mitología de la revuelta” (Metales Pesados, 2021, págs. 73-96).
26.- El historiador marxista libertario
Luis Vitale decía que el 1810 chileno, que se caracterizó por una escasa
participación del pueblo (sólo 350 personas acompañaron a la primera Junta de
Gobierno el 18 de septiembre en el salón del Consulado), fue solamente una
revolución política separatista, que no perseguía un cambio social estructural
y no realizó ninguna de las tareas de las revoluciones burguesas en Europa, en
las que supuestamente los dirigentes criollos se habrían inspirado. Sólo en la
segunda etapa de esta revolución, luego de la Reconquista española, hubo mayor
participación popular. Ver: https://elporteno.cl/luis-vitale-la-interpretacion-marxista-de-la-independencia-de-chile/
27.- Rosa Luxemburgo, “El orden reina en Berlín”, 14 de enero de 1919. En: https://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm
28.- Los compañeros de Théorie Communiste han profundizado en la crítica de la
concepción normativa del comunismo y la revolución: “el comunismo no es una
norma que permita juzgar cada fase revolucionaria según el grado en que se haya
aproximado a dicha norma ni que permita explicar su fracaso por el hecho de que
no lo haya logrado”, es una “producción histórica de cada uno de los ciclos que
ha marcado la historia de este modo de producción y de la lucha de clases”.
Ver: Théorie
Communiste. De la ultraizquierda a la teoría de la comunicación. Más allá
del programatismo. Traducción de
Federico Corriente. Rosario, Lazo, 2022.
29.- Dabashi (2014), citado por Rodrigo Karmy, “El pueblo quiere iniciar un nuevo
régimen”, en: El porvenir se hereda. Fragmentos de un Chile sublevado, Sangría,
2019, pág. 99-105, disponible como columna en: https://www.eldesconcierto.cl/2019/11/19/el-pueblo-quiere-un-nuevo-regimen/.
30.- Sergio Villalobos-Ruminott, Mito, destrucción y revuelta. Notas sobre Furio
Jesi (2021). En: https://ficciondelarazon.org/2021/01/06/sergio-villalobos-ruminott-mito-destruccion-y-revuelta-notas-sobre-furio-jesi/
Etiquetas: anarquia, comunidades de lucha, revolución social, revuelta permanente, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
martes, diciembre 14, 2021
La historia no se repite pero rima (Parte 2): Alemania 1918/9
Boric ya se parece más a Aylwin que a Ebert, pero el análisis de la revolucion alemana de hace 100 años sirve para esclarecer bien cual es el rol histórico de la socialdemocracia.
Como le comentó Horkheimer a Adorno hacia 1956, "(a los socialdemócratas) no debemos decirles: ustedes no quisieron la dictadura del proletariado, sino: ustedes traicionaron a la humanidad (A&H, Hacia un nuevo manifiesto).
Recomendaciones musicales para acompañar la lectura:
-Kurt Weill/Bertolt Brecht, Das Berliner Requiem (1928).
-Heiner Goebbels con Alfred "23" Harth, Berlin Kudamm 12/4/81.
-Cassiber, Beauty & the Beast (1984).
EL MOVIMIENTO
COMUNISTA EN ALEMANIA DE 1918 A 1922 –EXTRACTO-
(Denis Authier y Gilles Dauvé, presentación a “Ni parlamento ni sindicatos: ¡Los Consejos Obreros! Los comunistas de izquierda en la revolución alemana” )
La revolución
“democrática” de noviembre de 1918
En el otoño de 1918 el
proletariado alemán, inspirado en el ejemplo de los soviets rusos que habían
concluido la paz desde el mes de marzo, soporta cada vez peor las dificultades
materiales impuestas por la prosecución de la guerra, y esto, mientras la
derrota de su país se siente como próxima. Para desactivar el movimiento, el
gobierno recurre el 2 de octubre a dos ministros socialistas. Pero es demasiado
tarde. El amotinamiento de los marinos de Kiel actúa como un detonador: el 4 de
noviembre, éstos, después de haber rehusado librar un último combate contra la
flota inglesa, se hacen dueños de los navíos. Una vez llegados a Kiel, se les
unen los obreros de los arsenales y, con ellos, eligen un Consejo de obreros y
de marinos que toma el poder en la ciudad. Del 4 al 9 de noviembre, las antiguas
estructuras del Estado alemán dinástico y burocrático son dejadas de lado: los
consejos toman el poder en todas las ciudades; Berlín cae el último. Allí, bajo
la presión de una inmensa manifestación, el SPD y el USPD constituyen un
Consejo de los comisarios del pueblo, destituyen al antiguo gobierno imperial,
y el ministro socialdemócrata Scheidemann proclama la República. Así, el SPD
toma el poder gracias a un mar de fondo que él ha tratado de impedir a toda
costa y que ningún otro grupo político, por revolucionario que sea, ha previsto
ni desencadenado. Por lo demás, se apresura a vigilar el mantenimiento del
orden. A este efecto, se firma un armisticio con la Entente (Francia,
Inglaterra), sin condiciones, desde el 11 de noviembre.
Estos consejos, llamados de
obreros y de soldados, que aparecen en todas las ciudades de Alemania, son muy
numerosos, alrededor de 10.000. Agrupan a las diferentes clases de la sociedad
y están copiados, como hemos visto, del modelo de la revolución rusa,
prestigioso incluso para los menos revolucionarios de estos demócratas.
Aparecen de modo espontáneo pero, dominados muy ampliamente por los
social-demócratas derechistas, se revelan en su conjunto inofensivos hacia los
partidos burgueses, excluidos momentáneamente de la escena política. Equivalen
a los comités de salvación nacional, que resuelven los asuntos corrientes en el
lugar de un Estado que ha naufragado pero que ellos se encargarán de reflotar.
Estas estructuras, que celebrarán dos congresos nacionales (diciembre de 1918,
marzo de 1919) – en los que los radicales y los espartaquistas, muy poco
representados, no juegan casi ningún papel – hay que distinguirlas rigurosamente
de los consejos revolucionarios obreros en las empresas, de los que hablan el
KAPD -1-,
la AAUD -2- y otros grupos “izquierdistas”. Por lo demás, este “consejismo” desborda
ampliamente al movimiento obrero: todo el mundo se pone a formar consejos,
sobre cualquier base de agrupamiento social. Así, los profesores, los bomberos,
los policías...
Los consejos dominados por
elementos radicales o “izquierdistas” actúan esencialmente en las grandes
regiones proletarias (Bremen, Hamburgo, el Ruhr, la Alemania central). Así, en
Sajonia oriental (Dresde), Rühle y los obreros revolucionarios abandonan al
cabo de una semana los consejos sostenidos por el SPD -3- y el USPD -4-,
dándose cuenta de que estas organizaciones no quieren más que administrar los
asuntos corrientes antes del restablecimiento de un “Estado normal” en el que
estos dos partidos accederían al poder. Su función es impedir el desarrollo
natural del curso revolucionario.
Así, los actores de la “revolución
democrática” se separan casi inmediatamente en dos campos. El campo capitalista
– cuyo elemento más consciente de los peligros es, como debe ser, “el partido
obrero más poderoso del mundo” – quiere orientar todas las energías hacia la elección
de una Asamblea constituyente. Al estar el Partido socialdemócrata en el poder,
el socialismo no es, pues, más que una cuestión de tiempo y llegará al cabo de
una serie de reformas cada vez más amplias. En esta concepción, los obreros
deben detener toda acción violenta, desordenada, ineficaz, etc., y, por el
contrario, ayudar al nuevo gobierno en su tarea de reconstrucción nacional.
Un primer paso hacia este
porvenir radiante es el acuerdo conocido con el célebre nombre de Arbeitsgemenschaft
(“comunidad de trabajo”), aprobado entre los sindicatos obreros y patronales
(jornada de trabajo de 8 horas, reconocimiento de las secciones sindicales de
empresa, institución de comités paritarios en las grandes empresas, etc.). Es,
ciertamente, la aplicación del programa socialdemócrata, más precisamente el
propuesto por el “revisionista” Bernstein.
Los elementos, minoritarios
aunque bastante numerosos (se los puede estimar en más de un millón), que
quieren efectivamente pasar de la revolución política democrática a la revolución
social, serán tachados de irresponsables, lumpenproletarios, izquierdistas,
tunantes, saqueadores, bárbaros, etc., y todos reunidos bajo el vocablo de
“espartaquistas” en todas partes en que ocurra cualquier cosa, mientras que
éstos no son más que un grupo revolucionario entre otros, y no el más radical.
Los revolucionarios, por su
parte, en general bajo la consigna extremadamente imprecisa de “Todo el poder a
los consejos”, combaten las elecciones a la Asamblea constituyente, entran en
conflicto con la mayoría de los consejos y destruyen los sindicatos en muchos
lugares -5-.
El dinero cogido en las cajas es repartido entre los parados (que son cerca de
un millón al acabar el año); los sindicatos mismos son suplantados (no se puede
decir “reemplazados”, pues es la misma práctica sindical la que es abandonada)
en las zonas revolucionarias por organizaciones de empresa del tipo AAU (Unión
general obrera), efectivamente revolucionarias, es decir, que rechazan el reformismo
y luchan por la dictadura del proletariado, mientras que los hombres de
confianza se contentan con un sindicalismo “duro”, que no deja de ser reformismo.
Los “izquierdistas” militan lo más frecuentemente en las organizaciones de tipo
AAU.
El congreso de
fundación del Partido comunista alemán (KPD-S)
Es convocado a iniciativa del ISD -6- (que entonces tomó el nombre de IKD -7-)
y de una parte de los espartaquistas (Luxemburgo, Levi, Jogisches eran
reticentes al juzgar que no estaban maduras las condiciones). Pero la mayoría
de los delegados no pertenecen a ninguna de estas organizaciones. Representan a
grupos locales formados espontáneamente durante la guerra y después (comités de
acción en las empresas, etc.). Esencialmente, se trata de obreros, jóvenes en
muchos casos, que se han hecho directamente revolucionarios sin haber pasado
por la política o la acción reformista. En absoluto “revolucionarios
profesionales”, representan lo que la sociedad capitalista puede producir de
más radical en su descomposición.
Pero la ausencia de madurez de
estos nuevos militantes y, con ella, el peso del pasado socialdemócrata, pesan
con dureza sobre este congreso: la mayoría se adhiere a una dirección compuesta
por los jefes espartaquistas más prestigiosos (Luxemburgo, Liebknecht,
Jogiches..., social-demócratas de izquierda, de hecho, que no quieren entablar
el combate revolucionario). Se adopta casi sin discusión un programa (¿Qué quiere
Spartacus?) redactado por Luxemburgo que niega de hecho lo que son y lo que
quieren los elementos a la cabeza del movimiento, puesto que declara que
Spartacus – el Partido comunista ahora – no tomará el poder más que cuando “la
mayoría de la clase obrera” esté de acuerdo conscientemente con estos fines y
lo exprese claramente. Visión democrático-espontaneísta que desconoce el
proceso real del agrupamiento de los revolucionarios (Ver la intervención del
kapedista Sachs [Schwab]en el III Congreso de la Internacional comunista sobre
el problema de la táctica, p. 240-246) y los medios por los que toman el poder.
Sin embargo, la mayoría del
congreso se opuso violentamente a los jefes espartaquistas cuando se pasó a
cuestiones de táctica inmediatas: ante todo, las elecciones a la Constituyente.
Los delegados, que querían boicotear estas elecciones, acogieron las argucias
“dialécticas” de Luxemburgo, Levi y consortes a favor de un “parlamentarismo
revolucionario” con ruidosas protestas. Fue Otto Rühle quien hizo el
contrainforme representando la posición del conjunto del congreso.
Las elecciones a la Constituyente
se celebraron después del aplastamiento de las insurrecciones de enero en
Berlín y en otras zonas de Alemania. Por lo demás, en las regiones en las que
la izquierda era fuerte (Berlín, Alemania central, Sajonia, Hamburgo, el Ruhr),
se constató un importante abstencionismo del proletariado en las diversas
elecciones (nacionales, municipales y regionales) a todo lo largo del período
1919-1921.
Tras su fracaso sobre las
elecciones, Luxemburgo maniobró para que el congreso no tomase una posición
análoga sobre la cuestión sindical, que se remitió a una comisión. El KPD no
tomó una resolución oficial clara sobre este tema. Esto no quita que el
conjunto de los miembros del partido obró a continuación por la destrucción de
los sindicatos y contribuyó a la formación de las AAU, o al desarrollo de las
que ya formaba parte. Por otro lado, la izquierda desarrolló en el congreso la
concepción de la Organización unitaria y de la necesidad de acabar con la
separación entre organizaciones “políticas” y organizaciones “económicas” del
proletariado. Para ellos, el KPD (con sus 40.000 miembros en el momento de su
fundación) ya no era un “partido en el sentido tradicional”.
El enfrentamiento de enero de 1919 (primer fracaso de la revolución)
El período comprendido entre
enero y abril de 1919 no es más que una sucesión de insurrecciones y tomas de
poder a escala local, aplastadas muy violentamente por los restos del ejército
alemán que habían escapado al torbellino de la derrota y por los “cuerpos
francos”, organizaciones militares de extrema derecha sostenidas bajo cuerda por
el nuevo gobierno. La represión es dirigida por el Partido socialdemócrata, que
obtiene en diciembre de 1918 la confianza del Congreso de los consejos y
después, en enero de 1919, la del pueblo (por las elecciones a la
Constituyente).
En Berlín, la insurrección de
enero (del 6 al 15) es motivada por la destitución del prefecto de policía
Eichhorn, del USPD (el cual se había proclamado como tal durante los acontecimientos
de noviembre). Los revolucionarios se apoderan de toda la ciudad, pero se
dividen inmediatamente. El USPD, que ha formado un comité insurreccional,
entabla enseguida conversaciones con el Consejo de los comisarios, que ha huido
fuera de Berlín, en lugar de organizar la lucha contra él.
Al principio, Luxemburgo y la
dirección comunista en su conjunto condenan la insurrección, después se unen a
ella pero sin querer tomar el poder (en la línea de ¿Qué quiere Spartacus?,
como queda indicado más arriba). Liebknecht, sin que lo sepa la dirección, toma
parte en el comité insurreccional del USPD, después es obligado a dimitir de
él. Finalmente, la izquierda (proveniente del ISD), no obstante ser fuerte,
participa de modo dirigente en las diversas acciones militares pero no se
decide a actuar por sí misma y a crear lo irreparable; necesitará varios meses
para darse cuenta de ello. De este modo, mientras que las discusiones van a
buen paso entre los insurrectos (y que sus jefes, en su conjunto, minimizan la
insurrección, queriendo reducirla a un elemento de la política tradicional), la
social[1]democracia
(representada por el comisario del pueblo Gustav Noske) establece metódicamente
su plan de reconquista de la capital. La represión ocasiona numerosos muertos
(entre ellos, Luxemburgo y Liebknecht). A pesar de todo, este aplastamiento no
parecerá suficiente y se asestará un nuevo golpe al proletariado berlinés dos
meses después, en los combates de marzo. Estas dos acciones causarán varios
miles de muertos, nada más que en Berlín. Es decir, enseguida más muertos que
durante toda la revolución rusa de 1917.
Al mismo tiempo son aplastados
los poderes proletarios locales: República socialista de Brunswick, República
de los consejos de Bremen, así como las huelgas insurreccionales en el Ruhr y
en Alemania central. En todas partes, los socialistas, a quienes los obreros
revolucionarios dejan libertad de acción, los traicionan, preparando el terreno
antes de la intervención de la fuerza armada. Pero durante los combates la democracia
continúa a pleno rendimiento: nuevas elecciones a los consejos con vistas al II
congreso pan-alemán de estos órganos en marzo de 1919, elecciones a los
parlamentos locales de los diversos Esta[1]dos
de que se compone el Reich alemán. Casi siempre es el SPD quien detenta la
mayoría absoluta, salvo en Sajonia oriental, donde es el USPD.
Pero un solo Estado se muestra
insuficiente para domeñar una Alemania en estado de revolución: Francia ocupa
la orilla izquierda del Rin, y el gobierno de Berlín prefiere no intervenir en
Baviera mientras el movimiento no esté lo bastante dominado. En 1871 Bismarck
había ayudado a Thiers a masacrar a los comuneros, devolviendo las armas
modernas a los soldados que acababa de vencer. En 1918 la Francia victoriosa le
devuelve el favor.
En Baviera es el USPD el que toma
el poder pero no para hasta que organiza elecciones en las que, por lo demás,
no obtiene más que el 2,5% de los votos, el 12 de enero de 1919. A pesar de
todo, el asesinato de su jefe, Kurt Eisner, el 21 de febrero, aclara las
relaciones de fuerza: los consejos toman el poder y la Dieta burguesa acabada
de elegir se dispersa ella sola. Pero los consejos vuelven a pasar el poder a
la Dieta con un gobierno SPD-USPD. Una fracción de este último partido toma
poco después, el 7 de abril, la iniciativa de proclamar la República de los
consejos de Baviera, por arriba. El gobierno socialdemócrata huye a Bamberg y
comienza la guerra civil.
Los consejos se radicalizan, se
desembarazan del USPD: es la segunda República de los consejos en la que participa
el KPD. Los obreros forman un ejército rojo, a expensas de los patronos,
haciéndose pagar las jornadas dedicadas al entrenamiento. No intentan
verdaderamente atacar las relaciones sociales capitalistas, contentándose con
encargarse de la gestión de la sociedad tal cual está e imponer algunas
reformas en su favor.
Son aplastados a principios de
mayo de 1919.
1.- KAPD: Kommunistische Arbeiter Partei Deutschlands (Partido comunista obrero de
Alemania).
2.- AAUD: Allgemeine Arbeiter Union Deutschlands (Unión general obrera de
Alemania).
3.- SPD: Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido socialdemócrata de
Alemania).
4.- USDP: Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido socialista
independiente de Alemania, nacido en 1917 tras la exclusión, por el SPD, de su
izquierda: los espartaquistas forman parte de él, pero no los “Radicales de
izquierda” del Norte de Alemania).
5.- Los sindicatos, blanco de estos ataques de una parte de la clase obrera, lanzan
una campaña de reclutamiento y pasan de un millón de miembros al final de 1918
a siete millones en 1920. Hasta entonces, los sindicatos, compuestos en su
mayor parte por obreros de oficio cualificados (“la aristocracia del trabajo”)
tenían tendencia a cerrar la puerta a la gran masa de los obreros no
cualificados (del tipo “OS”, obrero especialista), multiplicados por el
desarrollo de la industria moderna en Alemania (empresas gigantes con
racionalización del proceso de trabajo). El desarrollo de las organizaciones de
empresa autónomas crea una situación nueva en la que los sindicatos están
dispuestos a recuperar todo lo que puede serlo.
6.- ISD: Internationale Sozialisten Deutschlands (Socialistas internacionales de
Alemania, agrupa a los “radicales de izquierda” opuestos a la dirección
socialista en 1916-1918).
7.- IKD: Internationale Kommunisten Deutschlands (organización que sucedió a los
ISD en 1918).
Etiquetas: Alemania, comunidades de lucha, comunismo, fascist pigs, memoria negra, revolución social, terrorismo de estado



