jueves, septiembre 19, 2024
Lejano Oriente y deseo de revolución.
(Presentación
a El movimiento
estudiantil radical japonés y el Zenkyōtō (1945-1970), de Tomás
Pacheco Márquez, Editorial Banzai/Pensamiento & Batalla, 2024).
“La forma
se presta para expresar el movimiento de la revolución la forma es la
revolución” (J.F. Lyotard)
I
La
historia de la revuelta global de los sesenta ha sido hace ya bastante tiempo reducida
a ciertas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino en París ocurridas en
mayo de 1968. En esta operación de amnesia histórica, se ha logrado hacer olvidar
la dimensión global e internacionalista de un momento revolucionario acéfalo y
multidireccional que logró por un momento poner en jaque al viejo orden del
mundo a ambos lados de la cortina de hierro, en el norte y en el sur del
planeta.
En el
relato que se ha instalado como oficial, jamás se menciona que en Francia los
hechos de mayo gatillaron hacia el mes de junio una huelga general salvaje de
millones de personas en todo el país, de la cual a veces pareciera que nadie se
acuerda, y que fue posible a pesar de la fuerte oposición del aparato sindical
dominado por los estalinistas del P“C” francés. Y a partir de ahí, se suprime también
de la memoria de esos años la centralidad de la lucha de clases, en que por un
breve y hermoso momento el anticapitalismo proletario coincidió con otras
luchas emancipatorias en torno a raza y género, con el movimiento por los
derechos civiles y las luchas de liberación nacional en los antiguos países
coloniales. No por casualidad la chispa que encendió la pradera en muchas
partes del planeta, también en Francia, fueron las acciones en solidaridad con la
resistencia antiimperialista del pueblo de Vietnam.
Pese a
ello, la mayoría de los libros y discursos académicos nos hablan sólo del mayo
de los estudiantes y no del de los obreros, campesinos, dueñas de casa, niños y
niñas, oficinistas y artistas varios que en ese momento se sumaron a esta
crisis total del funcionalismo, en que por varias semanas ya nadie quiso seguir
cumpliendo el rol social asignado. Los situacionistas sabían de eso cuando tan
temprano como en julio de 1968 publicaron su propio relato sobre lo que
llamaron el “movimiento de las ocupaciones” de mayo/junio, anticipando que en
pocos meses se publicarían tantas toneladas de basura sociológica sobre la
“revuelta de los jóvenes” que al cabo de unos cuantos años la dimensión
verdaderamente subversiva del acontecimiento sería prácticamente suprimida de
la memoria colectiva.
La
maniobra fue tan exitosa que hace poco escuché en un conversatorio que cuando
el expositor, un muchacho mexicano que hablaba de las luchas en el Kurdistán,
preguntó a la asistencia qué pasaba en Chile hacia 1968, la repuesta fue clara:
“¡Nada!”. Me retiré luego pensando en que para ese público tan de izquierdas el
crecimiento del MIR, el nacimiento de la VOP, el cúmulo de luchas obreras,
campesinas y estudiantiles que se dieron y la dura represión policial del
gobierno de Frei Montalva no significaban nada de nada: el verdadero y único
acontecimiento para ellos fue la elección de Allende en 1970 y, mil días
después, el golpe de Estado de Pinochet.
Por todo esto
es que recobrar la memoria colectiva de todas esas luchas es una tarea esencial
para quienes nos negamos a sucumbir ante el imperio capitalista de la muerte en
vida, y estamos ya más que aburridos de la mirada ahistórica y derechamente
mitológica de la izquierda tradicional. Este libro de Tomás Pacheco es un
aporte mayúsculo en este sentido, concentrándose en la historia del movimiento
estudiantil desde 1945 (final de la segunda guerra mundial, con la derrota
japonesa e inicio de la ocupación norteamericana), y llegando hasta los momentos
decisivos de la lucha estudiantil en el contexto del “68 japonés”. En efecto,
hasta ahora existen muy pocos libros en español dedicados a analizar el
movimiento revolucionario en Japón de ese período, y predominan visiones acerca
de un exotismo inocente propio de los japoneses y su tendencia a imitar las
formas culturales de occidente, en medio de una sociedad pacífica y conformista
en que no existirían ni revueltas ni
antagonismo social, las que habrían sido totalmente desterradas luego del
destacable “milagro japonés”.
Si hablamos
del “68 japonés” no es de ninguna manera para contribuir a reducir las luchas
de este ciclo solamente a lo que ocurrió en ese año en algunos lugares,
incluyendo la poco conocida historia de lo que pasó en este país asiático. La
denominación “68” funciona para nosotros a estas alturas no tanto como un dato
cronológico sino que más bien como un símbolo que condensa toda la época de lo
que algunos han llamado el “segundo asalto proletario contra la sociedad de
clases”. Este ciclo de luchas que se concentran en el “68” en rigor comenzó
hacia 1965/6, medio siglo después del “primer asalto” de 1917/9 y dos décadas
después del final de la segunda guerra mundial. Alcanzó su punto culminante
entre 1969 y 1971, y ya visiblemente en 1973 genera su propia contrarrevolución,
que comienza muy violentamente con el golpe de Estado en Chile, seguido de la
arremetida global del denominado “neoliberalismo” como fase o modelo actual del
capitalismo occidental, caracterizado en el plano socioeconómico por la
intensificación abierta de las relaciones sociales capitalistas en todos los
planos, y en el plano ideológico y cultural por un “realismo capitalista” que nos
enseña que no hay alternativas a este orden, y que se expresa tanto a nivel de
“sentido común” como en las distintas variedades de posmodernismo academicista
de derecha y de izquierda que hemos sufrido hasta hoy.
En fin: cuando
decimos “68” o incluso “mayo del 68” es un poco en el mismo sentido que las
alusiones que se hacen en Chile a “Octubre del 2019”: un mes y un año cuyo
recuerdo aterroriza tanto a los defensores de este orden que pretenden
conjurarlo condenando al “octubrismo” por todos los medios a su disposición,
que no son pocos. Parafraseando al viejo Debord, jamás volverá a pasar un mes
de mayo (u octubre) sin que se acuerden de nosotros.
II
En mi
caso, siendo un hijo del 71, tuve conocimiento de la intensidad de las
protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue
toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el
documental “Días de furia”, que dentro de su variopinto y exótico contenido
mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del
aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y
represión que se generaban. La voz en off del conductor presentaba el
dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno
aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo):
como diría Walter Benjamin, “la catástrofe es el progreso, el progreso es la
catástrofe”.
Poco
después, aún en la primera mitad de los noventa, di casualmente con el librito
de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición mexicana
de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas
de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la
ultraizquierda japonesa me hice una clara idea del tipo de lucha
antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Si
no fuera por esos hallazgos, no sé cuándo me hubiera enterado de toda la
expresión nipona de las luchas del segundo asalto, pues no es de extrañar que
en los relatos más conocidos sobre el 68 Japón casi no aparece.
Por ejemplo, a lo largo de las
quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el
año que estremeció al mundo”, sólo encontramos en el índice temático dos
alusiones a Japón, aunque bastante significativas: en una se explica a grandes
rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la
segunda se refiere que el Partido “Comunista” japonés (de los más grandes en
esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a
la invasión rusa de Checoslovaquia (no así el P”C” chileno, que inventó la
pedagógica consigna de “checo, entiende, los rusos te defienden”). Ambos
factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales
para entender el contexto social y político que nos hemos propuesto describir,
pues confluyen en la existencia de una amplia contracultura juvenil de
izquierda radical, a la vez anticapitalista y antiautoritaria (la base cultural
de la llamada “Nueva Izquierda”), que se desarrolló con fuerza en algunos de
los países en que los P”C”s y otras expresiones de la izquierda tradicional
socialdemócrata y/o autoritaria aparecían no sólo como parte del “viejo orden”,
sino que también como culturalmente reaccionarias. Gran parte de este nuevo
movimiento surge de la radicalización de las posiciones en contra de la
intervención imperialista en Vietnam, y en el caso japonés, estas protestas
enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que
mantenía Estados Unidos en el archipiélago, desde las cuales ahora se
intervenía directamente en esa guerra.
En este sentido, Kristin Ross -que
tampoco dedica mucho espacio en su excelente libro “Mayo del 68 y sus vidas
posteriores” al contexto japonés-, nos recuerda que gran parte del movimiento
en Francia y el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de
Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria,
junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar en
cambio únicamente su aspecto cultural,
de liberación de las costumbres, en tanto movimiento “generacional”. Ross
destaca la influencia que tuvo en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y
Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido que “la policía no
siempre gana”. Y en efecto, en un momento sus tácticas fueron replicadas (con
variantes, obviamente) por los estudiantes de varias ciudades del mundo, lo
cual creo que se explica en gran medida por efecto de la circulación de
imágenes televisivas de las protestas, con su efecto contagioso que
posteriormente la prensa y TV oficiales se han cuidado de evitar.
En efecto, la especificidad de la
“escena japonesa” en el contexto del 68 global fue la masividad, creatividad y
combatividad de las luchas callejeras. En rigor, estas ya se habrían expresado
en gran estilo ya desde inicios de la década, pero la novedad tecnológica que
aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las
transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público un
sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se daban en todo el globo.
De esta forma, se pudo apreciar en directo y en todo el mundo escenas como las
que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la
CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en japón,
dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren.
Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio
que acercarse a las filas de los manifestantes, para acto seguido unirse a
ellos tomándose de los brazos y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando
magníficamente” y tras despedirse, recién pudo llegar a su automóvil y
dirigirse al aeropuerto.
No cabe duda de la gran fascinación que
causó en occidente la transmisión televisiva y registros fotográficos de
tácticas como la “danza de la serpiente”, la construcción de fortalezas de
madera para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita, y la
indumentaria propia de los estudiantes radicales japoneses (cascos de colores y
garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre
distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados
masivamente para la lucha contra la policía).
John Lennon y Yoko Ono usaron los
típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y fotografiados así mismo
(con casco y puño en alto) aparecen en una famosa entrevista en el periódico
trotskista Red Mole y en el arte de portada del single “Power to the people” de
Lennon, lanzado en marzo de 1971.
Incluso un artista tan aparentemente
poco politizado como Jimi Hendrix, hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de
los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo
de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de
lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los
jóvenes gringos le parecía masoquista, Hendrix lo contrastaba con el de “los
muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en
bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de
acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus
simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales
estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a
hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con
otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza
abierta sin ningún motivo”.
III
Dentro de este escenario, la
investigación de Pacheco parte por explorar el ambiente político a partir de
1945, y la influencia que en ese escenario tiene el Partido “Comunista”
Japonés, la organización política que más peso tiene en el origen del movimiento
estudiantil de posguerra, y que presenta en ciertos momentos de su historia una
deriva a favor de la lucha armada. El
rol del P”C” es realmente importante, y en eso el 68 japonés comparte algunas
características con su equivalente francés, italiano e incluso chileno: países
en que el antiguo partido estalinista tiene una gran influencia política,
social y cultural, a la vez que aparece cada vez más como parte integrante del
“partido del orden”, lo que motiva ya desde fines de los cincuenta el surgimiento
de nuevas corrientes a su izquierda, que oscilan entre el marxismo-leninismo trotskista
o maoísta y las posiciones anti-autoritarias propias de la Nueva Izquierda, y
que terminan fraccionando y disputándose la dirección de la Zengakuren.
El movimiento estudiantil japonés tuvo
un largo proceso de crecimiento y maduración, que no pierde de vista la
vinculación con la lucha de clases, lo que lo constituye en un precursor del
movimiento global que se hace visible a contar del 68, lo cual contrasta notoriamente
con las visiones reduccionistas y eurocéntricas que plantean poco menos que los
movimientos en el resto del mundo imitaban la revuelta del mayo estudiantil francés.
Muy por el contrario, luego de una
larga trayectoria de luchas que incluyó la gran batalla contra la renovación
del tratado de cooperación y seguridad mutua (Anpo) con Estados Unidos en 1960,
a la reactivación de las movilizaciones que se produce desde fines de 1966, las
dos masivas confrontaciones con la policía en las inmediaciones del aeropuerto
de Haneda en octubre y noviembre 1967 (en que se trataba de impedir viajes al
exterior del primer ministro Sato), y las ocupaciones de campus que paralizaron
completamente el sistema universitario durante 1968 y 1969, que fueron en su
momento consideradas como la revuelta estudiantil más grande del mundo. Por eso
es que toda esta historia debería ser bien conocida en un país como Chile, cuyo
movimiento estudiantil ha logrado varias veces sacudir los cimientos del orden
social, tal como destaca Pacheco en su Introducción.
En su detallada revisión, después de
repasar la historia del P”C”J y el surgimiento de la Nueva Izquierda, Pacheco se
concentra sobre todo en el momento a fines de los sesenta en que surge un nuevo
tipo de organización en los campus universitarios. La ya antigua Zengakuren,
desgastada por la lucha de fracciones entre los distintos partidos y sectas de
ultraizquierda, no está a la altura de los nuevos desafíos de la lucha, y en
ese contexto surge el Zenkyoto, un movimiento más asambleario y horizontal organizado
en asambleas de campus, inspirado inicialmente en las ideas de la estudiante
Mitsuko Tokoro, que antes de fallecer prematuramente a inicios de 1968 dejó
escrito el influyente texto “La organización por venir” (1966).
Ferrán de
Vargas, autor del único libro que hasta ahora se ha dedicado en detalle a la
izquierda revolucionaria japonesa en el período que va desde la posguerra a
1972, señala que en ese momento parece haber surgido una “nueva ‘nueva
izquierda’”, que es la que se expresa con fuerza en la llamada “época de la
política” (1966-1971), el momento más álgido de esta historia, cuando la
izquierda revolucionaria movilizaba a alrededor de 300.000 personas en la calle. Y es también en esa época cuando en
vinculación con toda esa agitación social se desarrolla la contracultura
japonesa más interesante, que ha obsesionado a varios melómanos del mundo, como
Julian Cope -que le dedicó el libro Japrocksampler- y a mí mismo -que dediqué
el libro Barricadas a go-go a la escena musical desarrollada en el archipiélago
nipón entre 1968 y 1977. Cuando digo que esta movida era interesante, me
refiero sobre todo a sus formas -y no solo las musicales-, porque John y Yoko
podían ponerse cascos y Hendrix recomendar el uso de escudos y garrotes
mientras los Rolling Stones homenajeaban al “Street fighting man”, pero ¿en qué
otro país un miembro de una banda de rock se unió al Ejército Rojo para
secuestrar un avión?
El final de
esta historia coincide con el inicio de la contrarrevolución neoliberal, cuyo
hito fundacional fue el golpe de Estado en Chile en septiembre de 1973. Para
ese entonces el ciclo de luchas en Japón se había agotado y la nueva izquierda
en sus distintas variedades entró en decadencia, no volviendo a gozar nunca más
del nivel de simpatía y masividad de los tiempos que cubren estas
investigaciones. El “segundo asalto” fue derrotado, y la larga
contrarrevolución con que se le respondió sigue produciendo sus efectos entre
nosotros. Pero esa ya es otra historia.
Julio
Cortés Morales, invierno de 2024
Etiquetas: 68, Ejército Rojo japonés, Japo, lucha armada, lucha de clases, memoria negra
viernes, febrero 03, 2023
¿HASTA CUANDO? Algunas anotaciones sobre un libro de Oscar Ariel Cabezas
Redacté estas notas apenas terminé de leer el libro de Cabezas. Cierto sitio se interesó en publicarlas pero a condición de eliminar las referencias al peronismo. No acepté, así que finalmente lo publicó El Porteño. Lo dejo también acá para efectos de archivo más que otra cosa.
Dos personas distintas me recomendaron con entusiasmo
conseguir el nuevo libro de Oscar Ariel Cabezas “¡Quousque Tandem! La
indignación que viene”, publicado por Ediciones Qual Quelle, Santiago, 2022.
Por eso, tras una visita a la librería Alma Negra en Nueva de
Lyon 63 me conseguí un ejemplar y abandoné otras lecturas en curso para leerlo
entero más o menos rápidamente. En estos tiempos los lectores debemos
aprovechar todos los intersticios en que nuestros ojos se pueden posar sobre
las líneas impresas o electrónicas, combatiendo el tiempo muerto de los
desplazamientos en micro y metro, las esperas para almorzar en las pausas del
trabajo asalariado, y aprovechando los momentos de regreso al hogar que siempre
se hacen cortos en medio de las tareas más básicas que hay que cumplir antes de
irse a acostar para reiniciar todo el ciclo al otro día.
El título alude a Cicerón y su famosa diatriba en contra de
Catilina y su conjura del año 63 Antes de Cristo, ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, o sea: “¿Hasta
cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Cabezas escoge esa frase
como representativa de las revueltas globales que están ocurriendo desde algún
tiempo y que, según indica, llegaron para quedarse.
El vaso medio lleno
El libro parte muy bien y es fácil dejarse llevar por su
línea argumentativa. Lo más valioso que en él encontré viene planteado de entrada:
vivimos en un oasis neofascista en que los fascismos ya no son molares
(macropolíticos/estatales) sino que moleculares (Guattari), y los encontramos difuminados
por todas partes, desde el comportamiento agresivo de los pasajeros del metro y
consumidores ávidos de llenar el vacío existencial una y otra vez, hasta en la
invasión de publicidades mientras navegamos por Youtube o hacemos filas para
ser atendidos en un centro de salud. Así, Cabezas se inscribe en la tradición
que a partir de los años setenta diagnostica una mutación del viejo fascismo,
que a pesar de haber sido derrotado en 1945 en su forma clásica, sobrevive
hasta nuestros días como el necesario complemento o aspecto oculto del
capitalismo neoliberal. Esta comprensión del nuevo fascismo fue formulada
claramente por Pasolini, Deleuze/Guattari y Foucault, y ha sido
consistentemente abordada hace poco por Maurizio Lazzarato en uno de los
mejores textos que leí el 2022, “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o
revolución” (Eterna Cadencia, 2020), y entre nosotros por Sergio
Villalobos-Ruminott en su libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a
la revuelta popular” (DobleAeditores, 2021). Cabezas profundiza en el
diagnóstico del “modo de vida neofascista” en que todos estamos insertos, y lo
hace teniendo a la vista la derrota de la Nueva Constitución en el plebiscito
del 4 de septiembre del 2022.
Otro aspecto muy valioso del análisis de Cabezas sobre la
realidad chilena es la cuestión de la producción de una subjetividad de clase
media, que no sería solo un estrato social sino una disposición, “el lugar en
que las aspiraciones se realizan en el pequeño sueño del bienestar económico”,
o la “creencia en el orden, la democracia y los valores del mercado”, el
“devenir subjetivo de los que sostienen el orden desde la negación de los
antagonismos sociales”. Visto así,
agregaría que no es nada casual que una vez que con la complicidad de la
academia neoliberal/posmodernista el viejo marxismo ha sido arrojado al
basurero de la historia, ya nadie hable de las clases sociales propias del
capitalismo (burguesía y proletariado) pues las únicas clases existentes en el
discurso actual son la “clase media” de la que casi todos consideran formar
parte, y la “clase política”, odiada por casi todos, desde extrema derecha a
extrema izquierda.
A diferencia de muchos izquierdistas que se quejan de la
inexistencia de una “verdadera izquierda” e incluso hablan de que en Chile
únicamente existen “dos derechas” (la tradicional y la neo-concertacionista),
Cabezas señala la profunda complicidad entre la izquierda adaptada al
neoliberalismo, desde los tiempos de Aylwin hasta el gobierno de Boric, y esta
producción de subjetividad clasemediera, que produce un tipo de izquierdismo inmanente
y no trascendente al sistema neoliberal, que en otras partes del mundo ha sido
llamado “izquierda woke”.
Se trata a mi juicio de uno de los aportes más fuertes del
libro, pues permite identificar a la izquierda realmente existente como parte
fundamental del orden que Cabezas denomina “capitalocrático”, sin cuyo aporte
la obra de la dictadura iniciada en 1973 no se hubiera desplegado plenamente a
partir de 1989 (los “30 años” contra los que nos levantamos en octubre del
2019), y posteriormente en el actual “retorno a la normalidad” que hemos vivido
desde la pandemia y la neutralización de la revuelta mediante el acuerdo por la
paz, la elección de Boric, y la derrota
electoral de la opción por una Nueva Constitución.
El vaso medio vacío
En este punto es que me veo motivado a señalar algunas
diferencias con Cabezas. A mi juicio, y tal como lo formula el japonés Jun
Fujita Hirose en la conversación con el autor que cierra este libro, existió
una contradicción en la revuelta chilena que por una parte quería destituir a
Piñera y por otra “apechugó con la ‘salida institucional’ propuesta por la
‘democracia’ a la que se oponía con toda fuerza”. La finalidad del acuerdo del
15 de noviembre, propuesto por Piñera y acogido por el grueso de la “clase
política” -con Boric firmando primero a título individual y un PC de Chile que
se negó a firmar pero luego se sumó con entusiasmo al proceso- siempre fue
evidente: desviar y neutralizar la revuelta, salvando el orden del
Estado/Capital de la amenaza más grande que había enfrentado en el último medio
siglo. Si en Cabezas y muchos otros teóricos radicales esa finalidad pasó a
segundo plano cuando se posibilitó mediante el trabajo de la Convención
Constitucional la “superación de la Constitución de Pinochet” y la aprobación
de una plurinacional y verdaderamente democrática, entendida como condición
necesaria aunque no suficiente para una transformación profunda, creo que
existe una gran ambigüedad en la comprensión de la verdadera ligazón entre
capitalismo y democracia, que va mucho más allá del vínculo más notorio entre
democracia representativa y neoliberalismo.
En cuanto a esto, a pesar de la radicalidad de su crítica,
Cabezas se revela como un demócrata allendista que gasta bastante tiempo en
señalar que la revuelta no era “anárquica”, y que de hecho no tiene problemas
en vincular la violencia de octubre con meros montajes policiales e
intervención del lumpenproletariado en incendios y saqueos. Por eso no resulta
extraño que le diga a su interlocutor japonés que fue la pandemia el “verdadero
milagro” que salvó a Piñera de caer e incluso de terminar en la cárcel por las
violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. No señor: Piñera
se salvó el 15 de noviembre de 2019, y quien lo salvó directamente fue el
presidente actual, Gabriel Boric, en cuyo gobierno es un pilar fundamental el
PS: el partido del presidente mártir, Salvador Allende, cuyos correligionarios
en vísperas del cambio de siglo salvaron a su vez a Pinochet de quedarse preso
en Europa.
Ante esta evidencia es que cobra mucho sentido leer al
referido teórico japonés preguntándole a Cabezas “¿por qué los chilenos no
continuaron sus luchas callejeras hasta la caída del gobierno del presidente
Piñera, quien además es uno de los empresarios más beneficiados por el
neoliberalismo chileno, como lo hicieron por ejemplo los argentinos hace 20
años con la consigna ‘Que se vayan todos’? Los chilenos dejaron que Piñera
completara su mandato con toda tranquilidad” (pág. 200). Para Cabezas, como dijimos, la causa de esto
radica en la pandemia, a pesar de toda la evidencia que indica que a partir del
acuerdo del 15 de noviembre las protestas disminuyeron notoria y gradualmente
su fuerza. A su juicio, similar en esto a la de la mayoría de los demócratas e
izquierdistas, la revuelta tenía por objetivo “cambiar la Constitución de 1980”,
y por eso se depositaron grandes ilusiones en un proceso que desde el inicio
estaba destinado a neutralizarla.
Lo cierto es que como aún resulta posible recordar, en los
primeros días la revuelta era destituyente y an-árquica, violencia pura
o divina (en términos benjaminianos), y recién para la concentración masiva del
25 de octubre fue que la pequeña burguesía progresista levantó con fuerza la
consigna de Nueva Constitución, que fue el canal por el cual el deseo
revolucionario y destituyente fue transformado en una mera relegitimación
institucional del Estado. Por lo demás, la Constitución vigente no es pura y simplemente
“la de 1980”, como gustan de creer muchos, sino que el producto de las reformas
acordadas con la Concertación de partidos de la democracia, plebiscitadas en
1989, y de la gran cantidad de reformas posteriores que llevaron a que desde
2005 ostente la firma no de Pinochet sino que de Ricardo Lagos. Lo dramático es que ese discurso, que
invisibiliza el hecho de que la Constitución actual es híbrida (1/3
Pinochet/Guzmán, 1/3 reformas de 1989, 1/3 reformas posteriores), ha
pavimentado el camino a una extrema derecha que se atribuye el 62% del
plebiscito de salida como un triunfo propio que expresa un apoyo a Pinochet,
lectura en que varios críticos de izquierda también han caído.
Más que lucha de clases y revolución social, ciudadanía y
desobediencia civil son los conceptos clave en la mirada de Cabezas, que por lo
mismo se permite criticar la “poca riqueza” del análisis de Héctor Llaitul en
los motivos que dio la CAM para no participar del proceso constituyente,
destacando por contraste la figura de Elisa Loncón, presidenta de la Convención
Constitucional, e incluso elogiando a Jorge Arrate (interlocutor de Llaitul en
un famoso libro que contiene una entrevista entre ambos) como un “político
allendista” y “ciudadano a emular, no sólo para la izquierda, cuya
reconstrucción es urgente, sino para cualquier ciudadnx digno de la condición
pensante de la política entendida como el arte de la lucha por la conquista de
la dignidad” (pág. 142).
¿En serio? A mi no se
me olvida el nefasto rol que Arrate junto a otros miembros del Partido
Socialista cumplieron en los ochenta, siendo protagonistas de la “renovación”
que reconstituyó su viejo partido como un pilar fundamental del orden
neoliberal, y que incluso luego de su viraje a la izquierda donde se acercó al
viejo aparato estalinista del PC de Chile -hoy un mero partido socialdemócrata
a pesar de su nunca desmontado autoritarismo- se definía a sí mismo como
“socialdemócrata” y “eurocomunista” (ver su aporte en el dossier “40 años, 40
historias”, en el sitio de la Biblioteca Nacional). El mismo Félix Guattari,
ultracitado a lo largo del libro de Cabezas, en una conversación sostenida 1977
con los italianos Paolo Bertetto y Bifo donde refieren al eurocomunismo como “un
nuevo tipo de proyecto político fundado sobre el nexo
socialdemocracia-stalinismo que implica la represión de las luchas proletarias”,
diagnostica que “ya no tiene nada que ver con la historia y las
perspectivas del movimiento comunista: incluso está más bien en regresión
respecto a la Internacional Socialista de la preguerra” (Félix Guattari, Deseo
y revolución, Tinta Limón, 2021). Así que no, gracias: no hay nada que emular
en el ciudadano Arrate, si uno aún desea una revolución social anticapitalista
y antiautoritaria. Muy por el contrario.
Con esto llegamos a los puntos que me parecen más débiles del
libro de Cabezas, cuya sofisticación discursiva no oculta lapsus relevantes
como la parte en que refiriéndose a la tendencia natural de la policía hacia el
fascismo en Estados Unidos, señala que “también es una de las más intensas
pulsiones de Carabineros de Chile desde el golpe militar de 1973” (pág. 163).
Cuesta creer que el autor pase por alto el largo historial de masacres y
terrorismo de Estado en que ha incurrido Carabineros desde su fundación en 1927
por el dictador Ibañez, conocido en su tiempo como “el Mussolini del nuevo
mundo”. Pero es cierto que en el imaginario de muchos izquierdistas chilenos,
que más que anticapitalistas son sólo antineoliberales, todo iba muy bien hasta
el 11 de septiembre de 1973, y sólo a partir de ese momento la barbarie
capitalista se ensañó con esta larga y angosta faja de tierra situada entre la
cordillera y el océano Pacífico.
Más llamativo aún resulta cuando califica la fuerza bruta de
la policía chilena como “descerebrada y anárquica”, siendo que toda la
evidencia indica que se trata de una violencia jerárquica altamente organizada,
centralizada y entrenada, que hace tres años acudió sistemáticamente, y no de
manera “espontánea” mediante “excesos individuales”, a la mutilación ocular
como estrategia política represiva, que hasta ahora ha quedado en la más
absoluta impunidad, con una cacareada reforma policial que finalmente quedó en
nada desde que al asumir su mandato el presidente Boric ratificara en su cargo
de General Director a Ricardo Yañez, que para la revuelta ejercía como Director
Nacional de Orden y Seguridad.
Cabezas insiste a lo largo del texto que las revueltas ya no
son modernas y que no expresan ningún “principio de anarquía”, y por el
contrario las entiende como un freno de mano para evitar la captura de las
instituciones democráticas por la capitalocracia. Así, a pesar de su
contundente crítica de la izquierda realmente existente, de las similitudes
discursivas entre Piñera y Boric, y del espectáculo electoral en que se
enfrasca esa izquierda, al final pone sus esperanzas en los “nuevos bárbaros”
hasta que la dignidad “se haga cuerpo en los afectos de una verdadera Asamblea
Constituyente”.
En la conversación con Jun Fujita Hirose aparece una pista
importante para entender las pasiones políticas de Cabezas cuando se lamenta de
que en Chile no exista algo parecido al peronismo, “una máquina
teológica-política que sigue orienta(n)do las luchas en Argentina” (pág. 201).
Muy por el contrario, podríamos decir que el peronismo ha constituido desde sus
inicios hasta ahora un aparato de encuadramiento de los proletarios argentinos
en el Estado, con claros orígenes semifascistas (la admiración de Perón por
Mussolini y Hilter es un dato de la causa, así como su inmediato reconocimiento
a la Junta Militar chilena en 1973, y las visitas oficiales y giras de Evita
Perón con Francisco Franco, para ayudarle a blanquear ante el mundo la versión
española y “nacional-católica” del fascismo clásico). De hecho, el populismo
peronista con sus tentáculos hacia la derecha y la izquierda son un ejemplo
para neofascistas como el ruso Aleksandr Dugin, uno de los gurús de la nueva
extrema derecha actual, y constituye un enorme obstáculo para la autonomía
política y actuación revolucionaria del proletariado argentino. En síntesis,
tal como con Jorge Arrate, no me parece que haya nada que emular ahí.
Por último, no dejan de llamar la atención algunas
imprecisiones relevantes en que incurre el autor. Así, en dos ocasiones señala
que el plebiscito donde se definió la continuidad de Pinochet como presidente
de Chile fue en 1989, siendo que ese evento ocurrió el 5 de octubre de 1988. Lo
que sí ocurrió en 1989 fue el plebiscito donde más del 90% de los votantes
aprobaron la reforma constitucional pactada entre el régimen militar y la
Concertación de Partidos por la Democracia: momento fundacional de los “30
años” contra los que nos rebelamos el 2019, a partir del cual es bastante engañoso
hablar de “la Constitución de los milicos”, que fue el gran argumento de la
izquierda apruebista para aceptar el itinerario electoral definido por la
“clase política” el 15 de noviembre de 1989 y sumarse con entusiasmo a esa
verdadera contrarrevolución democrática-institucional.
También se equivoca al referir que en el 2006 se produjo el
“mochilazo” de los estudiantes secundarios, que según dice continuó “en 2011,
como la revolución pingüina” (pág. 53), y también al recordar la acción de la “dirigente
secundaria” María Música Sepúlveda al arrojar el contenido de un jarro de agua
a la Ministra Mónica Jiménez, a quien identifica como “mujer socialista y de
izquierda (pág. 54)”.
La verdad es que gran parte del legado del movimiento
secundario que irrumpió el 2001 (el verdadero año del “mochilazo”, que se
produjo poco después de las importantes protestas contra una reunión del Banco
Interamericano de Desarrollo, con ocasión delas cuales se articularon una
multiplicidad de colectivos y movimientos anticapitalistas) fue la instalación
de asambleas y vocerías, que rompieron con el modelo burocratizado y jerárquico
de los “dirigentes estudiantiles”, que tanto en la revolución pingüina del 2006
como en el estallido secundario y universitario del 2011 los partidos se
esforzaron en reponer, al punto de que la renovación
izquierdista/concertacionista que hoy nos gobierna llegó de la mano de los
nuevos dirigentes estudiantiles del 2011: Boric, Vallejo y Jackson. Por el
contrario, María Música era parte de la expresión más “anárquica” del
movimiento, cuyos herederos saltaron los torniquetes el 2019, aunque Cabezas lo
niegue explícitamente (“No había nada de anarquismo en el acto de María
Música”, sentencia en esa misma página). Por cierto, la Ministra Jiménez nunca
fue socialista ni de izquierda, sino que demócrata cristiana y parte del
Directorio fundacional de Paz Ciudadana.
Conclusión
Finalmente, considerando sus virtudes y defectos, este libro
es sin duda un aporte importante a la hora de evaluar desde el General Intellect el lugar al que hemos
llegado tres años después de la insurrección de octubre, y los caminos que
siguen abiertos para las revueltas del siglo XXI, que coincidiendo con el autor
estimamos que han llegado para quedarse pero, como ha dicho Lazzarato, nos
plantean la difícil tarea de crear máquinas de guerra revolucionaria y retomar una
“teoría de la revolución” adecuada para el siglo XXI.
Etiquetas: carácter cíclico del capitalismo, comunidades de lucha, democracia/dictadura, lucha de clases, nada mas práctico que una buena teoría, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
sábado, octubre 16, 2021
La historia no se repite pero rima (parte 1): El debate sobre la revolución (x Engels, 1848)
EL DEBATE DE BERLÍN SOBRE LA
REVOLUCIÓN
[F. Engels ]
COLONIA, 13 DE JUNIO.
Por fin, la Asamblea del Pacto se ha
manifestado sin ambages. Ha desautorizado la revolución y se ha manifestado en
favor de la teoría del pacto (1).
La situación de hecho acerca de la cual debía pronunciarse
era la siguiente:
El 18 de marzo, el rey prometió una Constitución, introdujo
la libertad de prensa con fianzas y, en una serie de propuestas, se manifestó
en el sentido de que la unidad de Alemania debía llevarse
a cabo mediante la absorción de Alemania por Prusia.
Tales fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su
verdadero contenido. El
hecho de que los berlineses se declararan contentos con estas concesiones y se
congregasen ante el Palacio para dar las gracias al rey, demuestra con palpable
claridad la necesidad de la revolución del 18 de marzo. Era necesario revolucionar
no sólo al Estado, sino también a sus ciudadanos. Sólo en una sangrienta lucha
de liberación podían éstos despojarse de su condición de súbditos.
Fue el consabido “malentendido” el que provocó la revolución.
Y no cabe duda de que hubo un malentendido. El ataque de los soldados, la
prolongación de la lucha por espacio de dieciséis horas y la necesidad en que
se vio el pueblo de obligar a las tropas a replegarse, demuestran sobradamente
que el pueblo estaba completamente equivocado con
respecto a las concesiones del 18 de marzo.
Los resultados de la revolución fueron: de una parte, el armamento
del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del pueblo, arrancada de
hecho; de otra parte, el mantenimiento de la monarquía y el ministerio
Camphausen-Hansemann, es decir, el gobierno de los representantes de la alta
burguesía.
Así pues, la revolución llegaba a dos resultados
necesariamente contradictorios. El pueblo había vencido, había conquistado
libertades de carácter claramente democráticas; pero el poder inmediato no
estaba en sus manos, sino en las de la gran burguesía.
En una palabra, la revolución no había terminado. El pueblo
había consentido la formación de un gobierno de grandes burgueses, y los
grandes burgueses revelaron inmediatamente sus tendencias ofreciendo una
alianza a la vieja nobleza prusiana y a la burocracia. Entraron en el
ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.
Por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y al sector
democrático de la población, la alta burguesía, siempre antirrevolucionaria,
selló una alianza ofensiva y defensiva con la reacción.
Los partidos reaccionarios coaligados comenzaron su lucha
contra la democracia al poner en tela de juicio la revolución. Se negó la
victoria del pueblo; se fabricó la famosa lista de los “diecisiete militares
muertos” (2) y se hizo todo lo posible por desacreditar a los combatientes de las
barricadas. Pero las cosas no pararon ahí. El gobierno reunió realmente a la
Dieta que había sido convocada antes de la revolución y construyó a posteriori
el paso legal del absolutismo a la Constitución. Con ello, negaba en redondo la
revolución. Inventó, además, la teoría del pacto, con la que volvía a negar la
revolución, negando al mismo tiempo la soberanía del pueblo.
Se ponía, pues, realmente en tela de juicio la existencia de
la revolución, cosa que podía hacerse porque ésta no era más que una revolución
a medias, el comienzo de un largo movimiento revolucionario.
No podemos entrar aquí a examinar por qué y hasta qué punto
la dominación momentánea de la alta burguesía constituye en Prusia una fase
necesaria de transición hacia la democracia y por qué la alta burguesía se
inclinó hacia la reacción inmediatamente después de entronizarse en el poder.
Nos limitamos, por el momento, a registrar el hecho.
Ahora, la Asamblea del Pacto tenía que manifestar si
reconocía o no la revolución.
Pero, en estas condiciones, reconocer la revolución equivalía
a reconocer el lado democrático de la revolución, frente a la alta burguesía,
que trataba de confiscarla.
Reconocer la revolución significaba cabalmente, en este momento,
admitir que la revolución se había llevado a cabo a medias, reconociendo por
tanto el movimiento democrático, dirigido contra una parte de los resultados de
la revolución. Significaba reconocer que Alemania se halla impulsada por un
movimiento revolucionario, en el que el ministerio Camphausen, la teoría del
pacto, las elecciones indirectas, el poder de los grandes capitalistas y los
productos emanados de la Asamblea misma, aun pudiendo ser puntos inevitables de
transición, no son en modo alguno, los resultados
finales.
Ambas partes llevaron el debate abierto en la Cámara en torno
al reconocimiento de la revolución con gran amplitud y gran interés, pero
manifiestamente con poco ingenio. Resultaría imposible leer algo más aburrido
que estos difusos debates, interrumpidos a cada paso por rumores o por sutilezas
reglamentarias. En vez de las grandes pasiones de la lucha de partidos, una
fría tranquilidad de espíritu, que amenaza con caer a cada paso en el tono de
la plática; en vez del tajante filo de la argumentación, una prolija y confusa
cháchara sobre minucias; en vez de una respuesta categórica, aburridas prédicas
éticas sobre la naturaleza y la esencia de la moral.
Tampoco la izquierda se ha distinguido gran cosa en este debate. (3) La mayoría de sus oradores se repiten unos a otros; ninguno se atreve a ir
directamente al problema y a manifestarse abiertamente en un sentido
revolucionario. Todos temen escandalizar, herir, espantar. Mal estarían las
cosas en Alemania si los combatientes del 18 de marzo no hubiesen dado pruebas
de mayor energía y pasión en la lucha que los señores de la izquierda en su
debate.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 14,14
de junio de 1848]
NOTAS (del traductor Wenceslao Roces):
1.- Teoría del Pacto: la burguesía, representada por Camphausen y Hansemann,
trataba, mediante un pacto con la Corona, de justificar su traición a la
revolución. Este pacto consistía en que la Asamblea Nacional prusiana,
“manteniéndose en el terreno de la legalidad”, se limitara en lo posible a la
instauración de un orden constitucional. (Notas del traductor Wenceslao Roces).
2.- Además de la cifra oficial de quince soldados y dos suboficiales muertos, se
sabía de bastantes más soldados caídos en lucha, sepultados en secreto,
tratando así de negar importancia a los enfrentamientos del 18 de marzo.
3.- Formaban parte de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana, entre otros,
Waldeck, Jacoby, Georg Jung y J. Berends. La Nueva Gaceta Renana criticaba con
frecuencia su actitud vacilante, animándola a proceder con mayor energía y a
recurrir a la lucha extraparlamentaria.
Etiquetas: 1848, Alemania, la historia no se repite pero rima, lucha de clases, teoría revolucionaria
martes, mayo 05, 2020
Desde nuestra celda (x RB/2&3 Dorm)
Etiquetas: 2020 fin del mundo tal cual lo conocemos, anarquia, comunidades de lucha, comunismo, lucha de clases
martes, octubre 08, 2019
Cerro 18/La VOP por Natacha/Cassiber en Japón
La tocamos pero:
1° se equivoca Mogles iniciando de inmediato la parte rápida en batería. No hay caso, hay que parar. Empezamos de nuevo y,
2°: Lautaro parte tocando un acorde de Fa en vez de Re#. Yo toco el Re#, suena terrible, y hasta pienso que de algún modo el bajo se había desafinado, pero como es prestado no lo azoté ni mucho menos así que….Bueno, en fin. Lautaro reconoce su error. Paramos de nuevo, y a la tercera vez si salió. Punk rock. Con comienzos falsos es más divertido.
*: Mi colega doble (por barbón/bajista) de los MA me dice que no fue tan así, que estuvieron vacilando la tocata en algun momento de la tarde.
Demás que a alguno/a/x/es "No les gusta el ruido, definitivamente!":
Etiquetas: Chantiago, free chant, hardcore punk, lucha de clases, psicogeografía
lunes, diciembre 24, 2018
Extraña victoria: 3 postales sobre el último paro portuario
Llegó un momento en que íbamos volviéndonos al sindicato, que algunos cabros empezaron a decir que había orden de desalojo y que los pacos iban a entrar. En el ajetreo de todo lo que pasaba, casi nadie le prestó atención a eso y seguimos intentando retroceder ordenados, cosa de poder quedarnos en el sindicato y que los pacos se fueran.
Pero llegaron como 4 buses de pacos. Llegó un momento en que nos dimos cuenta que en las 4 esquinas del sindicato habían operativos completos: zorrillos, guanacos, micros llenas. Estábamos entero rodeados y éramos pocos en realidad, no más de 50.
Entonces, llegó un momento en que decidimos entrar, bloquear el sindicato y quedarnos adentro.
Pero los pacos se bajaron de las micros, se formaron y comenzaron a avanzar al sindicato. Se pegaron a sus paredes y caminaban como pejesapos por las rocas, bien pegados y mirando para todos lados. Nosotros dimos la alerta y todos los que estábamos dentro nos dijmos que los pacos no iban a entrar.
Primero intentaron abrir la reja pacos a pie, pero recibieron una lluvia de piedras, fierros, escombros y de todo. Nosotros estábamos detrás de la reja, casi cara a cara, les gritábamos de todo y ellos tenían miedo. Los mirábamos a la cara y retrocedían, se daban órdenes entre ellos, avanzaban y volvían a retroceder. Los cabros en los pisos de arriba tenían un diluvio de cosas que caían.
Así que los pacos a pie se fueron, y ahí llegó el zorrillo que empezó a chocar directamente la reja, dimos la voz para arriba para que se prepararan a resistir en los otros pisos porque ya iban a entrar.
Cuando sacaron la reja y reventaron las puertas les seguimos peleando para que no entraran, pero llenaron todo de lacrimógenas. Siguió la pelea en el segundo piso, después en el tercer piso. Les bloqueamos las escaleras con mesas y sillas, pero seguían tirando gas. Ahí fue que subimos al techo.
Cuando estábamos en el techo lo primero que decidimos es que no nos iban a bajar. Íbamos a pelear hasta la muerte, todos estaban decididos a eso. Sabíamos que si nos atrapaban, la lucha se terminaba. No íbamos a dejar que eso pasara.
Nosotros veíamos todo desde arriba, así que vimos cómo la calle se empezaba a llenar de más compañeros que salían de todos lados, por Errázuriz, por Blanco, por Cochrane, por todo el barrio puerto.
En un momento un compañero nos dijo que si nos pillaban nos iban a procesar por molotov, y eran al menos 5 años en la cárcel. Estábamos más que decididos, ninguno iba a caer. Además, nos llegó la información que habían detenidos y que los habían golpeado, que no habían pasado ni a constatar lesiones.
Hasta que un compañero gritó una noticia: ¡hay tres puertos parados!
Ahí nos dimos cuenta de todo: esto ya era un escándalo nacional. Ahí supimos que esto no se iba a quedar así y que ya iban a llegar a ayudarnos. Nos dimos cuenta de que todo dependía de nuestro aguante, y todo el caos que había se convirtió en algarabía, en la moral por el cielo, el pecho inflado como nunca. Abajo en las calles la lucha seguía.
Después llegaron más noticias: eran 7 puertos parados. Supimos que veían bajando universitarios a apoyarnos.
Acordamos el plan de salida: solamente íbamos a bajar con una negociación. No nos íbamos a bajar hasta que no hubiera ni un paco en el sindicato y un montón de gente viniera a recibirnos.
Veíamos las noticias y estábamos en todos lados. Entonces supimos que la Unión Portuaria estaba casi entera paralizada, y que San Antonio también había parado. Nos dimos cuenta entonces que el intento de reventarnos les había fallado, que habíamos resistido, que la lucha seguía. Sacamos en conclusión que todo venía del Gobierno, que la orden la dio la Gobernadora regional y que juntos con los Von Appen habían intentado ponerle fin a la lucha reprimiéndonos, pero les salió el tiro por la culata. ¡Ahora había un Paro Nacional!
Como todos los cabros son buenos para la machina, para inventar maniobras para hacer la pega, rápidamente inventamos un sistema para que nos subieran comida y ropa, porque además sabíamos que los pacos estaban saqueando el casino y no iba a quedar nada. Organizamos el uso de los celulares, para no quedar incomunicados, y todos los compañeros pudieron comunicarse con sus seres queridos, e incluso decidimos grabar un video y enviar un mensaje para afuera.
Nos dijeron que los compañeros del Terminal 2 TCVAL, que ya no estaban en paro, estaban organizando salir a defender el Sindicato. Y así fue. Tipo 11 de la noche, los compañeros que iban saliendo del turno salieron todos en cuadrillas, avanzaron por la Plaza Sotomayor y se dirigieron
por Errázuriz y Blanco, enfrentando a los pacos y haciéndolos retroceder, para llegar al sindicato. La calle entera ya era nuestra.
Después supimos que los dirigentes traidores del sindicato habían ido a mentir, a decir que los trabajadores de Ultraport se estaban agarrando a combos con los de TCVAL, para generar división y que los de TCVAL no apoyaran. Pero nada de eso les resultó, los compañeros declararon de
nuevo el paro en el T2 y se sumaron a la lucha por defender el sindicato. ¡Somos todos portuarios!
En un momento de todo esto, había una concentración de gente en la esquina de Blanco con Sotomayor, y vimos cómo un auto gris apareció rápido, aceleró y atropelló a la gente, salió una persona por los aires y una parte del grupo salió esparcida por la calle. Los compañeros abajo
intentaron detener el auto, le llegó una lluvia de palos y piedras, pero no se trizó ningún vidrio. Mientras aceleraba para arrancar, un zorrillo aceleró contra la gente para cubrirle la salida al auto, que arrancó por Blanco en dirección a la Aduana.
Todos vimos que fue intencional, el tipo les tiró el auto encima. Era gente que nos apoyaba. La rabia que había era tanto, que algunos compañeros estaban decididos a bajar y enfrentarse a los pacos que había en el Sindicato y que se resolviera todo ahí mismo, pasara lo que pasara.
Pero sabíamos que era una provocación. Al rato después supimos que entre las víctimas habían compañeros y también una universitaria, que estaba mal, y la rabia no podía contenerse. En ese momento la Plaza Sotomayor era epicentro de una batalla campal entre cientos de personas y los pacos, que iban y venían por todos lados.
Los gritos desde arriba eran juramentos: ¡les vamos a ganar! ¡a los Von Appen les vamos a ganar! ¡a los pacos les vamos a ganar! ¡al Gobierno les vamos a ganar!
Mientras escuchábamos los cacerolazos en los cerros, y los sindicatos, universitarios y hasta Los Panzers del Wanderers organizaban convertir todo esto en una jornada de lucha organizada, bajando en ese momento al barrio puerto, llamando a estar temprano al otro día, organizando dónde y a qué hora llegar.
Hasta que ocurrió lo que esperábamos: nos dijeron que los paco se iban.
Abajo apareció la prensa, abogados, dirigentes.
Primero desaparecieron los guanacos y zorrillos de la calle, y al rato unas micros vinieron a buscar a los pacos que estaban dentro del sindicato. Bajamos del techo y el casino estaba lleno de compañeros recibiéndonos, todos felices y gritando. En el primer piso habían familiares, amigos, más trabajadores, la calle estaba llena.
Todos supimos entonces que estábamos haciendo historia, que 28 portuarios habíamos resistido el asalto y el sitio de los pacos, que habíamos ganado una batalla, que nos habían intentado reventar pero se tuvieron que retirar, y ahora había un paro nacional.
¡Vamos a ganar! ¡¡¡A los Von Appen les vamos a ganar!!!
¡¡¡Los vamos a doblegar, como sea lo vamos a hacer!!!
"La huelga en el puerto de Valparaíso terminó en el momento en que, al menos en apariencia, la combatividad de los trabajadores estaba en su punto más alto.
¿Terminó por la "traición de los representantes sindicales"? No parece tratarse de eso. Los representantes admiten que la propuesta aceptada es apenas "un poco mejor que la anterior", y si bien hay quienes les reprochan que ésta se ratificó a las 2 de la madrugada en una asamblea donde había sólo 130 personas, también podemos preguntarnos qué les pasa a unos obreros convertidos en foco de atención internacional por su tenacidad, que no asisten a la asamblea más importante del movimiento sin importar a qué hora se haya realizado.
¿Terminó la huelga porque prolongarla habría sido en la práctica boicotear la puesta en escena sentimental-comercial de la navidad y el año nuevo en el puerto, lo cual habría puesto sobre los trabajadores una presión tremenda que tal vez no están dispuestos a sostener? ¿Quizás sienten que eso habría sido llevar las cosas demasiado lejos? Es difícil saberlo sin estar ahí, pero de ser así no creo que nadie debiera sorprenderse mucho. Si han aceptado a Pablo Klimpel como dirigente durante dos años y como vocero en esta huelga, no es precisamente porque en sus corazones se agite una violenta hostilidad hacia los valores dominantes en esta sociedad, ni porque les anime una firme voluntad de ir más allá de las buenas costumbres y de lo políticamente correcto. Si se han ausentado de la asamblea en que debía decidirse la continuación o no de la huelga, dejando todo en manos de sus representantes entre los que hay un vocero adicto al Frente Amplio, no es que estén precisamente intentando llevar este episodio de la lucha de clases a un nivel insurreccional.
La huelga terminó y como resultado los trabajadores recibieron hace unas horas un préstamo (sí, oyeron bien: ¡un préstamo!) de 550 mil pesos, más un "aguinaldo" (un obsequio de navidad hecho por sus patrones) de 75 mil pesos. El próximo lunes recibirían una Giftcard por 250 mil. Para los estibadores este fin de semana no está transcurriendo como cualquier otro, de eso podemos estar seguros, y en los días venideros los veremos ejercer junto con el resto de la ciudadanía su derecho a estresarse haciendo frenéticas compras navideñas de última hora, para soltar la presión una semana después en la catarsis orgiástica de ver esfumarse una cifra más en la contabilidad de los años de miseria y opresión sin sentido.
¿Tienen los trabajadores del puerto merecidas las migajas que sus patrones les han arrojado al suelo para que dejen de voltear los tarros de basura, y asi todos puedan brindar en la misma fiesta, gritando de alegría a la vista de unos explosivos que estallan lejos del suelo? Quién sabe. Augusto Blanqui, que entendía de estas cosas, dijo una vez: "con su duro pan se comerán su duro desengaño".>>
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