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jueves, septiembre 19, 2024

Lejano Oriente y deseo de revolución. 

 

(Presentación a El movimiento estudiantil radical japonés y el Zenkyōtō (1945-1970), de Tomás Pacheco Márquez, Editorial Banzai/Pensamiento & Batalla, 2024).

“La forma se presta para expresar el movimiento de la revolución la forma es la revolución” (J.F. Lyotard)


I

La historia de la revuelta global de los sesenta ha sido hace ya bastante tiempo reducida a ciertas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino en París ocurridas en mayo de 1968. En esta operación de amnesia histórica, se ha logrado hacer olvidar la dimensión global e internacionalista de un momento revolucionario acéfalo y multidireccional que logró por un momento poner en jaque al viejo orden del mundo a ambos lados de la cortina de hierro, en el norte y en el sur del planeta.

En el relato que se ha instalado como oficial, jamás se menciona que en Francia los hechos de mayo gatillaron hacia el mes de junio una huelga general salvaje de millones de personas en todo el país, de la cual a veces pareciera que nadie se acuerda, y que fue posible a pesar de la fuerte oposición del aparato sindical dominado por los estalinistas del P“C” francés. Y a partir de ahí, se suprime también de la memoria de esos años la centralidad de la lucha de clases, en que por un breve y hermoso momento el anticapitalismo proletario coincidió con otras luchas emancipatorias en torno a raza y género, con el movimiento por los derechos civiles y las luchas de liberación nacional en los antiguos países coloniales. No por casualidad la chispa que encendió la pradera en muchas partes del planeta, también en Francia, fueron las acciones en solidaridad con la resistencia antiimperialista del pueblo de Vietnam.

Pese a ello, la mayoría de los libros y discursos académicos nos hablan sólo del mayo de los estudiantes y no del de los obreros, campesinos, dueñas de casa, niños y niñas, oficinistas y artistas varios que en ese momento se sumaron a esta crisis total del funcionalismo, en que por varias semanas ya nadie quiso seguir cumpliendo el rol social asignado. Los situacionistas sabían de eso cuando tan temprano como en julio de 1968 publicaron su propio relato sobre lo que llamaron el “movimiento de las ocupaciones” de mayo/junio, anticipando que en pocos meses se publicarían tantas toneladas de basura sociológica sobre la “revuelta de los jóvenes” que al cabo de unos cuantos años la dimensión verdaderamente subversiva del acontecimiento sería prácticamente suprimida de la memoria colectiva. 

La maniobra fue tan exitosa que hace poco escuché en un conversatorio que cuando el expositor, un muchacho mexicano que hablaba de las luchas en el Kurdistán, preguntó a la asistencia qué pasaba en Chile hacia 1968, la repuesta fue clara: “¡Nada!”. Me retiré luego pensando en que para ese público tan de izquierdas el crecimiento del MIR, el nacimiento de la VOP, el cúmulo de luchas obreras, campesinas y estudiantiles que se dieron y la dura represión policial del gobierno de Frei Montalva no significaban nada de nada: el verdadero y único acontecimiento para ellos fue la elección de Allende en 1970 y, mil días después, el golpe de Estado de Pinochet.

Por todo esto es que recobrar la memoria colectiva de todas esas luchas es una tarea esencial para quienes nos negamos a sucumbir ante el imperio capitalista de la muerte en vida, y estamos ya más que aburridos de la mirada ahistórica y derechamente mitológica de la izquierda tradicional. Este libro de Tomás Pacheco es un aporte mayúsculo en este sentido, concentrándose en la historia del movimiento estudiantil desde 1945 (final de la segunda guerra mundial, con la derrota japonesa e inicio de la ocupación norteamericana), y llegando hasta los momentos decisivos de la lucha estudiantil en el contexto del “68 japonés”. En efecto, hasta ahora existen muy pocos libros en español dedicados a analizar el movimiento revolucionario en Japón de ese período, y predominan visiones acerca de un exotismo inocente propio de los japoneses y su tendencia a imitar las formas culturales de occidente, en medio de una sociedad pacífica y conformista en que no existirían ni revueltas  ni antagonismo social, las que habrían sido totalmente desterradas luego del destacable “milagro japonés”.

Si hablamos del “68 japonés” no es de ninguna manera para contribuir a reducir las luchas de este ciclo solamente a lo que ocurrió en ese año en algunos lugares, incluyendo la poco conocida historia de lo que pasó en este país asiático. La denominación “68” funciona para nosotros a estas alturas no tanto como un dato cronológico sino que más bien como un símbolo que condensa toda la época de lo que algunos han llamado el “segundo asalto proletario contra la sociedad de clases”. Este ciclo de luchas que se concentran en el “68” en rigor comenzó hacia 1965/6, medio siglo después del “primer asalto” de 1917/9 y dos décadas después del final de la segunda guerra mundial. Alcanzó su punto culminante entre 1969 y 1971, y ya visiblemente en 1973 genera su propia contrarrevolución, que comienza muy violentamente con el golpe de Estado en Chile, seguido de la arremetida global del denominado “neoliberalismo” como fase o modelo actual del capitalismo occidental, caracterizado en el plano socioeconómico por la intensificación abierta de las relaciones sociales capitalistas en todos los planos, y en el plano ideológico y cultural por un “realismo capitalista” que nos enseña que no hay alternativas a este orden, y que se expresa tanto a nivel de “sentido común” como en las distintas variedades de posmodernismo academicista de derecha y de izquierda que hemos sufrido hasta hoy.

En fin: cuando decimos “68” o incluso “mayo del 68” es un poco en el mismo sentido que las alusiones que se hacen en Chile a “Octubre del 2019”: un mes y un año cuyo recuerdo aterroriza tanto a los defensores de este orden que pretenden conjurarlo condenando al “octubrismo” por todos los medios a su disposición, que no son pocos. Parafraseando al viejo Debord, jamás volverá a pasar un mes de mayo (u octubre) sin que se acuerden de nosotros.


II

En mi caso, siendo un hijo del 71, tuve conocimiento de la intensidad de las protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el documental “Días de furia”, que dentro de su variopinto y exótico contenido mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y represión que se generaban. La voz en off del conductor presentaba el dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo): como diría Walter Benjamin, “la catástrofe es el progreso, el progreso es la catástrofe”.

Poco después, aún en la primera mitad de los noventa, di casualmente con el librito de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición mexicana de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la ultraizquierda japonesa me hice una clara idea del tipo de lucha antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Si no fuera por esos hallazgos, no sé cuándo me hubiera enterado de toda la expresión nipona de las luchas del segundo asalto, pues no es de extrañar que en los relatos más conocidos sobre el 68 Japón casi no aparece.

Por ejemplo, a lo largo de las quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el año que estremeció al mundo”, sólo encontramos en el índice temático dos alusiones a Japón, aunque bastante significativas: en una se explica a grandes rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la segunda se refiere que el Partido “Comunista” japonés (de los más grandes en esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a la invasión rusa de Checoslovaquia (no así el P”C” chileno, que inventó la pedagógica consigna de “checo, entiende, los rusos te defienden”). Ambos factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales para entender el contexto social y político que nos hemos propuesto describir, pues confluyen en la existencia de una amplia contracultura juvenil de izquierda radical, a la vez anticapitalista y antiautoritaria (la base cultural de la llamada “Nueva Izquierda”), que se desarrolló con fuerza en algunos de los países en que los P”C”s y otras expresiones de la izquierda tradicional socialdemócrata y/o autoritaria aparecían no sólo como parte del “viejo orden”, sino que también como culturalmente reaccionarias. Gran parte de este nuevo movimiento surge de la radicalización de las posiciones en contra de la intervención imperialista en Vietnam, y en el caso japonés, estas protestas enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que mantenía Estados Unidos en el archipiélago, desde las cuales ahora se intervenía directamente en esa guerra.

En este sentido, Kristin Ross -que tampoco dedica mucho espacio en su excelente libro “Mayo del 68 y sus vidas posteriores” al contexto japonés-, nos recuerda que gran parte del movimiento en Francia y el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria, junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar en cambio únicamente su  aspecto cultural, de liberación de las costumbres, en tanto movimiento “generacional”. Ross destaca la influencia que tuvo en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido que “la policía no siempre gana”. Y en efecto, en un momento sus tácticas fueron replicadas (con variantes, obviamente) por los estudiantes de varias ciudades del mundo, lo cual creo que se explica en gran medida por efecto de la circulación de imágenes televisivas de las protestas, con su efecto contagioso que posteriormente la prensa y TV oficiales se han cuidado de evitar.

En efecto, la especificidad de la “escena japonesa” en el contexto del 68 global fue la masividad, creatividad y combatividad de las luchas callejeras. En rigor, estas ya se habrían expresado en gran estilo ya desde inicios de la década, pero la novedad tecnológica que aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público un sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se daban en todo el globo. De esta forma, se pudo apreciar en directo y en todo el mundo escenas como las que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en japón, dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren. Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio que acercarse a las filas de los manifestantes, para acto seguido unirse a ellos tomándose de los brazos y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando magníficamente” y tras despedirse, recién pudo llegar a su automóvil y dirigirse al aeropuerto. 

No cabe duda de la gran fascinación que causó en occidente la transmisión televisiva y registros fotográficos de tácticas como la “danza de la serpiente”, la construcción de fortalezas de madera para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita, y la indumentaria propia de los estudiantes radicales japoneses (cascos de colores y garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados masivamente para la lucha contra la policía).

John Lennon y Yoko Ono usaron los típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y fotografiados así mismo (con casco y puño en alto) aparecen en una famosa entrevista en el periódico trotskista Red Mole y en el arte de portada del single “Power to the people” de Lennon, lanzado en marzo de 1971.  

Incluso un artista tan aparentemente poco politizado como Jimi Hendrix, hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los jóvenes gringos le parecía masoquista, Hendrix lo contrastaba con el de “los muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza abierta sin ningún motivo”.


III

Dentro de este escenario, la investigación de Pacheco parte por explorar el ambiente político a partir de 1945, y la influencia que en ese escenario tiene el Partido “Comunista” Japonés, la organización política que más peso tiene en el origen del movimiento estudiantil de posguerra, y que presenta en ciertos momentos de su historia una deriva a favor de la lucha armada.  El rol del P”C” es realmente importante, y en eso el 68 japonés comparte algunas características con su equivalente francés, italiano e incluso chileno: países en que el antiguo partido estalinista tiene una gran influencia política, social y cultural, a la vez que aparece cada vez más como parte integrante del “partido del orden”, lo que motiva ya desde fines de los cincuenta el surgimiento de nuevas corrientes a su izquierda, que oscilan entre el marxismo-leninismo trotskista o maoísta y las posiciones anti-autoritarias propias de la Nueva Izquierda, y que terminan fraccionando y disputándose la dirección de la Zengakuren.

El movimiento estudiantil japonés tuvo un largo proceso de crecimiento y maduración, que no pierde de vista la vinculación con la lucha de clases, lo que lo constituye en un precursor del movimiento global que se hace visible a contar del 68, lo cual contrasta notoriamente con las visiones reduccionistas y eurocéntricas que plantean poco menos que los movimientos en el resto del mundo imitaban la revuelta del mayo estudiantil francés.

Muy por el contrario, luego de una larga trayectoria de luchas que incluyó la gran batalla contra la renovación del tratado de cooperación y seguridad mutua (Anpo) con Estados Unidos en 1960, a la reactivación de las movilizaciones que se produce desde fines de 1966, las dos masivas confrontaciones con la policía en las inmediaciones del aeropuerto de Haneda en octubre y noviembre 1967 (en que se trataba de impedir viajes al exterior del primer ministro Sato), y las ocupaciones de campus que paralizaron completamente el sistema universitario durante 1968 y 1969, que fueron en su momento consideradas como la revuelta estudiantil más grande del mundo. Por eso es que toda esta historia debería ser bien conocida en un país como Chile, cuyo movimiento estudiantil ha logrado varias veces sacudir los cimientos del orden social, tal como destaca Pacheco en su Introducción.    

En su detallada revisión, después de repasar la historia del P”C”J y el surgimiento de la Nueva Izquierda, Pacheco se concentra sobre todo en el momento a fines de los sesenta en que surge un nuevo tipo de organización en los campus universitarios. La ya antigua Zengakuren, desgastada por la lucha de fracciones entre los distintos partidos y sectas de ultraizquierda, no está a la altura de los nuevos desafíos de la lucha, y en ese contexto surge el Zenkyoto, un movimiento más asambleario y horizontal organizado en asambleas de campus, inspirado inicialmente en las ideas de la estudiante Mitsuko Tokoro, que antes de fallecer prematuramente a inicios de 1968 dejó escrito el influyente texto “La organización por venir” (1966).

Ferrán de Vargas, autor del único libro que hasta ahora se ha dedicado en detalle a la izquierda revolucionaria japonesa en el período que va desde la posguerra a 1972, señala que en ese momento parece haber surgido una “nueva ‘nueva izquierda’”, que es la que se expresa con fuerza en la llamada “época de la política” (1966-1971), el momento más álgido de esta historia, cuando la izquierda revolucionaria movilizaba a alrededor de 300.000 personas en la calle.  Y es también en esa época cuando en vinculación con toda esa agitación social se desarrolla la contracultura japonesa más interesante, que ha obsesionado a varios melómanos del mundo, como Julian Cope -que le dedicó el libro Japrocksampler- y a mí mismo -que dediqué el libro Barricadas a go-go a la escena musical desarrollada en el archipiélago nipón entre 1968 y 1977. Cuando digo que esta movida era interesante, me refiero sobre todo a sus formas -y no solo las musicales-, porque John y Yoko podían ponerse cascos y Hendrix recomendar el uso de escudos y garrotes mientras los Rolling Stones homenajeaban al “Street fighting man”, pero ¿en qué otro país un miembro de una banda de rock se unió al Ejército Rojo para secuestrar un avión?  

El final de esta historia coincide con el inicio de la contrarrevolución neoliberal, cuyo hito fundacional fue el golpe de Estado en Chile en septiembre de 1973. Para ese entonces el ciclo de luchas en Japón se había agotado y la nueva izquierda en sus distintas variedades entró en decadencia, no volviendo a gozar nunca más del nivel de simpatía y masividad de los tiempos que cubren estas investigaciones. El “segundo asalto” fue derrotado, y la larga contrarrevolución con que se le respondió sigue produciendo sus efectos entre nosotros. Pero esa ya es otra historia.

 

Julio Cortés Morales, invierno de 2024



ESCUCHAR la Lista de Reproducción de Barricades a go-go (Japón 68-77). 

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viernes, febrero 03, 2023

¿HASTA CUANDO? Algunas anotaciones sobre un libro de Oscar Ariel Cabezas 

Redacté estas notas apenas terminé de leer el libro de Cabezas. Cierto sitio se interesó en publicarlas pero a condición de eliminar las referencias al peronismo. No acepté, así que finalmente lo publicó El Porteño. Lo dejo también acá para efectos de archivo más que otra cosa.


Dos personas distintas me recomendaron con entusiasmo conseguir el nuevo libro de Oscar Ariel Cabezas “¡Quousque Tandem! La indignación que viene”, publicado por Ediciones Qual Quelle, Santiago, 2022.

Por eso, tras una visita a la librería Alma Negra en Nueva de Lyon 63 me conseguí un ejemplar y abandoné otras lecturas en curso para leerlo entero más o menos rápidamente. En estos tiempos los lectores debemos aprovechar todos los intersticios en que nuestros ojos se pueden posar sobre las líneas impresas o electrónicas, combatiendo el tiempo muerto de los desplazamientos en micro y metro, las esperas para almorzar en las pausas del trabajo asalariado, y aprovechando los momentos de regreso al hogar que siempre se hacen cortos en medio de las tareas más básicas que hay que cumplir antes de irse a acostar para reiniciar todo el ciclo al otro día.

El título alude a Cicerón y su famosa diatriba en contra de Catilina y su conjura del año 63 Antes de Cristo, ¿Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, o sea: “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”. Cabezas escoge esa frase como representativa de las revueltas globales que están ocurriendo desde algún tiempo y que, según indica, llegaron para quedarse.

El vaso medio lleno

El libro parte muy bien y es fácil dejarse llevar por su línea argumentativa. Lo más valioso que en él encontré viene planteado de entrada: vivimos en un oasis neofascista en que los fascismos ya no son molares (macropolíticos/estatales) sino que moleculares (Guattari), y los encontramos difuminados por todas partes, desde el comportamiento agresivo de los pasajeros del metro y consumidores ávidos de llenar el vacío existencial una y otra vez, hasta en la invasión de publicidades mientras navegamos por Youtube o hacemos filas para ser atendidos en un centro de salud. Así, Cabezas se inscribe en la tradición que a partir de los años setenta diagnostica una mutación del viejo fascismo, que a pesar de haber sido derrotado en 1945 en su forma clásica, sobrevive hasta nuestros días como el necesario complemento o aspecto oculto del capitalismo neoliberal. Esta comprensión del nuevo fascismo fue formulada claramente por Pasolini, Deleuze/Guattari y Foucault, y ha sido consistentemente abordada hace poco por Maurizio Lazzarato en uno de los mejores textos que leí el 2022, “El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución” (Eterna Cadencia, 2020), y entre nosotros por Sergio Villalobos-Ruminott en su libro “Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular” (DobleAeditores, 2021). Cabezas profundiza en el diagnóstico del “modo de vida neofascista” en que todos estamos insertos, y lo hace teniendo a la vista la derrota de la Nueva Constitución en el plebiscito del 4 de septiembre del 2022.

Otro aspecto muy valioso del análisis de Cabezas sobre la realidad chilena es la cuestión de la producción de una subjetividad de clase media, que no sería solo un estrato social sino una disposición, “el lugar en que las aspiraciones se realizan en el pequeño sueño del bienestar económico”, o la “creencia en el orden, la democracia y los valores del mercado”, el “devenir subjetivo de los que sostienen el orden desde la negación de los antagonismos sociales”.  Visto así, agregaría que no es nada casual que una vez que con la complicidad de la academia neoliberal/posmodernista el viejo marxismo ha sido arrojado al basurero de la historia, ya nadie hable de las clases sociales propias del capitalismo (burguesía y proletariado) pues las únicas clases existentes en el discurso actual son la “clase media” de la que casi todos consideran formar parte, y la “clase política”, odiada por casi todos, desde extrema derecha a extrema izquierda.

A diferencia de muchos izquierdistas que se quejan de la inexistencia de una “verdadera izquierda” e incluso hablan de que en Chile únicamente existen “dos derechas” (la tradicional y la neo-concertacionista), Cabezas señala la profunda complicidad entre la izquierda adaptada al neoliberalismo, desde los tiempos de Aylwin hasta el gobierno de Boric, y esta producción de subjetividad clasemediera, que produce un tipo de izquierdismo inmanente y no trascendente al sistema neoliberal, que en otras partes del mundo ha sido llamado “izquierda woke”.

Se trata a mi juicio de uno de los aportes más fuertes del libro, pues permite identificar a la izquierda realmente existente como parte fundamental del orden que Cabezas denomina “capitalocrático”, sin cuyo aporte la obra de la dictadura iniciada en 1973 no se hubiera desplegado plenamente a partir de 1989 (los “30 años” contra los que nos levantamos en octubre del 2019), y posteriormente en el actual “retorno a la normalidad” que hemos vivido desde la pandemia y la neutralización de la revuelta mediante el acuerdo por la paz, la elección de Boric,  y la derrota electoral de la opción por una Nueva Constitución.



El vaso medio vacío

En este punto es que me veo motivado a señalar algunas diferencias con Cabezas. A mi juicio, y tal como lo formula el japonés Jun Fujita Hirose en la conversación con el autor que cierra este libro, existió una contradicción en la revuelta chilena que por una parte quería destituir a Piñera y por otra “apechugó con la ‘salida institucional’ propuesta por la ‘democracia’ a la que se oponía con toda fuerza”. La finalidad del acuerdo del 15 de noviembre, propuesto por Piñera y acogido por el grueso de la “clase política” -con Boric firmando primero a título individual y un PC de Chile que se negó a firmar pero luego se sumó con entusiasmo al proceso- siempre fue evidente: desviar y neutralizar la revuelta, salvando el orden del Estado/Capital de la amenaza más grande que había enfrentado en el último medio siglo. Si en Cabezas y muchos otros teóricos radicales esa finalidad pasó a segundo plano cuando se posibilitó mediante el trabajo de la Convención Constitucional la “superación de la Constitución de Pinochet” y la aprobación de una plurinacional y verdaderamente democrática, entendida como condición necesaria aunque no suficiente para una transformación profunda, creo que existe una gran ambigüedad en la comprensión de la verdadera ligazón entre capitalismo y democracia, que va mucho más allá del vínculo más notorio entre democracia representativa y neoliberalismo.

En cuanto a esto, a pesar de la radicalidad de su crítica, Cabezas se revela como un demócrata allendista que gasta bastante tiempo en señalar que la revuelta no era “anárquica”, y que de hecho no tiene problemas en vincular la violencia de octubre con meros montajes policiales e intervención del lumpenproletariado en incendios y saqueos. Por eso no resulta extraño que le diga a su interlocutor japonés que fue la pandemia el “verdadero milagro” que salvó a Piñera de caer e incluso de terminar en la cárcel por las violaciones de derechos humanos cometidas durante su mandato. No señor: Piñera se salvó el 15 de noviembre de 2019, y quien lo salvó directamente fue el presidente actual, Gabriel Boric, en cuyo gobierno es un pilar fundamental el PS: el partido del presidente mártir, Salvador Allende, cuyos correligionarios en vísperas del cambio de siglo salvaron a su vez a Pinochet de quedarse preso en Europa. 

Ante esta evidencia es que cobra mucho sentido leer al referido teórico japonés preguntándole a Cabezas “¿por qué los chilenos no continuaron sus luchas callejeras hasta la caída del gobierno del presidente Piñera, quien además es uno de los empresarios más beneficiados por el neoliberalismo chileno, como lo hicieron por ejemplo los argentinos hace 20 años con la consigna ‘Que se vayan todos’? Los chilenos dejaron que Piñera completara su mandato con toda tranquilidad” (pág. 200).  Para Cabezas, como dijimos, la causa de esto radica en la pandemia, a pesar de toda la evidencia que indica que a partir del acuerdo del 15 de noviembre las protestas disminuyeron notoria y gradualmente su fuerza. A su juicio, similar en esto a la de la mayoría de los demócratas e izquierdistas, la revuelta tenía por objetivo “cambiar la Constitución de 1980”, y por eso se depositaron grandes ilusiones en un proceso que desde el inicio estaba destinado a neutralizarla.

Lo cierto es que como aún resulta posible recordar, en los primeros días la revuelta era destituyente y an-árquica, violencia pura o divina (en términos benjaminianos), y recién para la concentración masiva del 25 de octubre fue que la pequeña burguesía progresista levantó con fuerza la consigna de Nueva Constitución, que fue el canal por el cual el deseo revolucionario y destituyente fue transformado en una mera relegitimación institucional del Estado. Por lo demás, la Constitución vigente no es pura y simplemente “la de 1980”, como gustan de creer muchos, sino que el producto de las reformas acordadas con la Concertación de partidos de la democracia, plebiscitadas en 1989, y de la gran cantidad de reformas posteriores que llevaron a que desde 2005 ostente la firma no de Pinochet sino que de Ricardo Lagos.  Lo dramático es que ese discurso, que invisibiliza el hecho de que la Constitución actual es híbrida (1/3 Pinochet/Guzmán, 1/3 reformas de 1989, 1/3 reformas posteriores), ha pavimentado el camino a una extrema derecha que se atribuye el 62% del plebiscito de salida como un triunfo propio que expresa un apoyo a Pinochet, lectura en que varios críticos de izquierda también han caído.

Más que lucha de clases y revolución social, ciudadanía y desobediencia civil son los conceptos clave en la mirada de Cabezas, que por lo mismo se permite criticar la “poca riqueza” del análisis de Héctor Llaitul en los motivos que dio la CAM para no participar del proceso constituyente, destacando por contraste la figura de Elisa Loncón, presidenta de la Convención Constitucional, e incluso elogiando a Jorge Arrate (interlocutor de Llaitul en un famoso libro que contiene una entrevista entre ambos) como un “político allendista” y “ciudadano a emular, no sólo para la izquierda, cuya reconstrucción es urgente, sino para cualquier ciudadnx digno de la condición pensante de la política entendida como el arte de la lucha por la conquista de la dignidad” (pág. 142).

¿En serio?  A mi no se me olvida el nefasto rol que Arrate junto a otros miembros del Partido Socialista cumplieron en los ochenta, siendo protagonistas de la “renovación” que reconstituyó su viejo partido como un pilar fundamental del orden neoliberal, y que incluso luego de su viraje a la izquierda donde se acercó al viejo aparato estalinista del PC de Chile -hoy un mero partido socialdemócrata a pesar de su nunca desmontado autoritarismo- se definía a sí mismo como “socialdemócrata” y “eurocomunista” (ver su aporte en el dossier “40 años, 40 historias”, en el sitio de la Biblioteca Nacional). El mismo Félix Guattari, ultracitado a lo largo del libro de Cabezas, en una conversación sostenida 1977 con los italianos Paolo Bertetto y Bifo donde refieren al eurocomunismo como “un nuevo tipo de proyecto político fundado sobre el nexo socialdemocracia-stalinismo que implica la represión de las luchas proletarias”, diagnostica que “ya no tiene nada que ver con la historia y las perspectivas del movimiento comunista: incluso está más bien en regresión respecto a la Internacional Socialista de la preguerra” (Félix Guattari, Deseo y revolución, Tinta Limón, 2021). Así que no, gracias: no hay nada que emular en el ciudadano Arrate, si uno aún desea una revolución social anticapitalista y antiautoritaria. Muy por el contrario.

Con esto llegamos a los puntos que me parecen más débiles del libro de Cabezas, cuya sofisticación discursiva no oculta lapsus relevantes como la parte en que refiriéndose a la tendencia natural de la policía hacia el fascismo en Estados Unidos, señala que “también es una de las más intensas pulsiones de Carabineros de Chile desde el golpe militar de 1973” (pág. 163). Cuesta creer que el autor pase por alto el largo historial de masacres y terrorismo de Estado en que ha incurrido Carabineros desde su fundación en 1927 por el dictador Ibañez, conocido en su tiempo como “el Mussolini del nuevo mundo”. Pero es cierto que en el imaginario de muchos izquierdistas chilenos, que más que anticapitalistas son sólo antineoliberales, todo iba muy bien hasta el 11 de septiembre de 1973, y sólo a partir de ese momento la barbarie capitalista se ensañó con esta larga y angosta faja de tierra situada entre la cordillera y el océano Pacífico.      

Más llamativo aún resulta cuando califica la fuerza bruta de la policía chilena como “descerebrada y anárquica”, siendo que toda la evidencia indica que se trata de una violencia jerárquica altamente organizada, centralizada y entrenada, que hace tres años acudió sistemáticamente, y no de manera “espontánea” mediante “excesos individuales”, a la mutilación ocular como estrategia política represiva, que hasta ahora ha quedado en la más absoluta impunidad, con una cacareada reforma policial que finalmente quedó en nada desde que al asumir su mandato el presidente Boric ratificara en su cargo de General Director a Ricardo Yañez, que para la revuelta ejercía como Director Nacional de Orden y Seguridad.    

Cabezas insiste a lo largo del texto que las revueltas ya no son modernas y que no expresan ningún “principio de anarquía”, y por el contrario las entiende como un freno de mano para evitar la captura de las instituciones democráticas por la capitalocracia. Así, a pesar de su contundente crítica de la izquierda realmente existente, de las similitudes discursivas entre Piñera y Boric, y del espectáculo electoral en que se enfrasca esa izquierda, al final pone sus esperanzas en los “nuevos bárbaros” hasta que la dignidad “se haga cuerpo en los afectos de una verdadera Asamblea Constituyente”.

En la conversación con Jun Fujita Hirose aparece una pista importante para entender las pasiones políticas de Cabezas cuando se lamenta de que en Chile no exista algo parecido al peronismo, “una máquina teológica-política que sigue orienta(n)do las luchas en Argentina” (pág. 201). Muy por el contrario, podríamos decir que el peronismo ha constituido desde sus inicios hasta ahora un aparato de encuadramiento de los proletarios argentinos en el Estado, con claros orígenes semifascistas (la admiración de Perón por Mussolini y Hilter es un dato de la causa, así como su inmediato reconocimiento a la Junta Militar chilena en 1973, y las visitas oficiales y giras de Evita Perón con Francisco Franco, para ayudarle a blanquear ante el mundo la versión española y “nacional-católica” del fascismo clásico). De hecho, el populismo peronista con sus tentáculos hacia la derecha y la izquierda son un ejemplo para neofascistas como el ruso Aleksandr Dugin, uno de los gurús de la nueva extrema derecha actual, y constituye un enorme obstáculo para la autonomía política y actuación revolucionaria del proletariado argentino. En síntesis, tal como con Jorge Arrate, no me parece que haya nada que emular ahí. 

Por último, no dejan de llamar la atención algunas imprecisiones relevantes en que incurre el autor. Así, en dos ocasiones señala que el plebiscito donde se definió la continuidad de Pinochet como presidente de Chile fue en 1989, siendo que ese evento ocurrió el 5 de octubre de 1988. Lo que sí ocurrió en 1989 fue el plebiscito donde más del 90% de los votantes aprobaron la reforma constitucional pactada entre el régimen militar y la Concertación de Partidos por la Democracia: momento fundacional de los “30 años” contra los que nos rebelamos el 2019, a partir del cual es bastante engañoso hablar de “la Constitución de los milicos”, que fue el gran argumento de la izquierda apruebista para aceptar el itinerario electoral definido por la “clase política” el 15 de noviembre de 1989 y sumarse con entusiasmo a esa verdadera contrarrevolución democrática-institucional.

También se equivoca al referir que en el 2006 se produjo el “mochilazo” de los estudiantes secundarios, que según dice continuó “en 2011, como la revolución pingüina” (pág. 53), y también  al recordar la acción de la “dirigente secundaria” María Música Sepúlveda al arrojar el contenido de un jarro de agua a la Ministra Mónica Jiménez, a quien identifica como “mujer socialista y de izquierda (pág. 54)”.

La verdad es que gran parte del legado del movimiento secundario que irrumpió el 2001 (el verdadero año del “mochilazo”, que se produjo poco después de las importantes protestas contra una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo, con ocasión delas cuales se articularon una multiplicidad de colectivos y movimientos anticapitalistas) fue la instalación de asambleas y vocerías, que rompieron con el modelo burocratizado y jerárquico de los “dirigentes estudiantiles”, que tanto en la revolución pingüina del 2006 como en el estallido secundario y universitario del 2011 los partidos se esforzaron en reponer, al punto de que la renovación izquierdista/concertacionista que hoy nos gobierna llegó de la mano de los nuevos dirigentes estudiantiles del 2011: Boric, Vallejo y Jackson. Por el contrario, María Música era parte de la expresión más “anárquica” del movimiento, cuyos herederos saltaron los torniquetes el 2019, aunque Cabezas lo niegue explícitamente (“No había nada de anarquismo en el acto de María Música”, sentencia en esa misma página). Por cierto, la Ministra Jiménez nunca fue socialista ni de izquierda, sino que demócrata cristiana y parte del Directorio fundacional de Paz Ciudadana.

Conclusión

Finalmente, considerando sus virtudes y defectos, este libro es sin duda un aporte importante a la hora de evaluar desde el General Intellect el lugar al que hemos llegado tres años después de la insurrección de octubre, y los caminos que siguen abiertos para las revueltas del siglo XXI, que coincidiendo con el autor estimamos que han llegado para quedarse pero, como ha dicho Lazzarato, nos plantean la difícil tarea de crear máquinas de guerra revolucionaria y retomar una “teoría de la revolución” adecuada para el siglo XXI. 


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sábado, octubre 16, 2021

La historia no se repite pero rima (parte 1): El debate sobre la revolución (x Engels, 1848) 

 


EL DEBATE DE BERLÍN SOBRE LA REVOLUCIÓN

[F. Engels ]

COLONIA, 13 DE JUNIO. 

Por fin, la Asamblea del Pacto se ha manifestado sin ambages. Ha desautorizado la revolución y se ha manifestado en favor de la teoría del pacto (1).

La situación de hecho acerca de la cual debía pronunciarse era la siguiente:

El 18 de marzo, el rey prometió una Constitución, introdujo la libertad de prensa con fianzas y, en una serie de propuestas, se manifestó en el sentido de que la unidad de Alemania debía llevarse a cabo mediante la absorción de Alemania por Prusia.

Tales fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su verdadero contenido. El hecho de que los berlineses se declararan contentos con estas concesiones y se congregasen ante el Palacio para dar las gracias al rey, demuestra con palpable claridad la necesidad de la revolución del 18 de marzo. Era necesario revolucionar no sólo al Estado, sino también a sus ciudadanos. Sólo en una sangrienta lucha de liberación podían éstos despojarse de su condición de súbditos.

Fue el consabido “malentendido” el que provocó la revolución. Y no cabe duda de que hubo un malentendido. El ataque de los soldados, la prolongación de la lucha por espacio de dieciséis horas y la necesidad en que se vio el pueblo de obligar a las tropas a replegarse, demuestran sobradamente que el pueblo estaba completamente equivocado con respecto a las concesiones del 18 de marzo.

Los resultados de la revolución fueron: de una parte, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del pueblo, arrancada de hecho; de otra parte, el mantenimiento de la monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, el gobierno de los representantes de la alta burguesía.

Así pues, la revolución llegaba a dos resultados necesariamente contradictorios. El pueblo había vencido, había conquistado libertades de carácter claramente democráticas; pero el poder inmediato no estaba en sus manos, sino en las de la gran burguesía.

En una palabra, la revolución no había terminado. El pueblo había consentido la formación de un gobierno de grandes burgueses, y los grandes burgueses revelaron inmediatamente sus tendencias ofreciendo una alianza a la vieja nobleza prusiana y a la burocracia. Entraron en el ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.

Por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y al sector democrático de la población, la alta burguesía, siempre antirrevolucionaria, selló una alianza ofensiva y defensiva con la reacción.

Los partidos reaccionarios coaligados comenzaron su lucha contra la democracia al poner en tela de juicio la revolución. Se negó la victoria del pueblo; se fabricó la famosa lista de los “diecisiete militares muertos” (2) y se hizo todo lo posible por desacreditar a los combatientes de las barricadas. Pero las cosas no pararon ahí. El gobierno reunió realmente a la Dieta que había sido convocada antes de la revolución y construyó a posteriori el paso legal del absolutismo a la Constitución. Con ello, negaba en redondo la revolución. Inventó, además, la teoría del pacto, con la que volvía a negar la revolución, negando al mismo tiempo la soberanía del pueblo.

Se ponía, pues, realmente en tela de juicio la existencia de la revolución, cosa que podía hacerse porque ésta no era más que una revolución a medias, el comienzo de un largo movimiento revolucionario.

No podemos entrar aquí a examinar por qué y hasta qué punto la dominación momentánea de la alta burguesía constituye en Prusia una fase necesaria de transición hacia la democracia y por qué la alta burguesía se inclinó hacia la reacción inmediatamente después de entronizarse en el poder. Nos limitamos, por el momento, a registrar el hecho.

Ahora, la Asamblea del Pacto tenía que manifestar si reconocía o no la revolución.

Pero, en estas condiciones, reconocer la revolución equivalía a reconocer el lado democrático de la revolución, frente a la alta burguesía, que trataba de confiscarla.

Reconocer la revolución significaba cabalmente, en este momento, admitir que la revolución se había llevado a cabo a medias, reconociendo por tanto el movimiento democrático, dirigido contra una parte de los resultados de la revolución. Significaba reconocer que Alemania se halla impulsada por un movimiento revolucionario, en el que el ministerio Camphausen, la teoría del pacto, las elecciones indirectas, el poder de los grandes capitalistas y los productos emanados de la Asamblea misma, aun pudiendo ser puntos inevitables de transición, no son en modo alguno, los resultados finales.

Ambas partes llevaron el debate abierto en la Cámara en torno al reconocimiento de la revolución con gran amplitud y gran interés, pero manifiestamente con poco ingenio. Resultaría imposible leer algo más aburrido que estos difusos debates, interrumpidos a cada paso por rumores o por sutilezas reglamentarias. En vez de las grandes pasiones de la lucha de partidos, una fría tranquilidad de espíritu, que amenaza con caer a cada paso en el tono de la plática; en vez del tajante filo de la argumentación, una prolija y confusa cháchara sobre minucias; en vez de una respuesta categórica, aburridas prédicas éticas sobre la naturaleza y la esencia de la moral.

Tampoco la izquierda se ha distinguido gran cosa en este debate. (3) La mayoría de sus oradores se repiten unos a otros; ninguno se atreve a ir directamente al problema y a manifestarse abiertamente en un sentido revolucionario. Todos temen escandalizar, herir, espantar. Mal estarían las cosas en Alemania si los combatientes del 18 de marzo no hubiesen dado pruebas de mayor energía y pasión en la lucha que los señores de la izquierda en su debate.

[Neue Rheinische Zeitung, núm. 14,14 de junio de 1848]



NOTAS (del traductor Wenceslao Roces):

1.- Teoría del Pacto: la burguesía, representada por Camphausen y Hansemann, trataba, mediante un pacto con la Corona, de justificar su traición a la revolución. Este pacto consistía en que la Asamblea Nacional prusiana, “manteniéndose en el terreno de la legalidad”, se limitara en lo posible a la instauración de un orden constitucional. (Notas del traductor Wenceslao Roces).

2.- Además de la cifra oficial de quince soldados y dos suboficiales muertos, se sabía de bastantes más soldados caídos en lucha, sepultados en secreto, tratando así de negar importancia a los enfrentamientos del 18 de marzo.

3.- Formaban parte de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana, entre otros, Waldeck, Jacoby, Georg Jung y J. Berends. La Nueva Gaceta Renana criticaba con frecuencia su actitud vacilante, animándola a proceder con mayor energía y a recurrir a la lucha extraparlamentaria.

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martes, mayo 05, 2020

Desde nuestra celda (x RB/2&3 Dorm) 



En 1871 lo que hoy se conoce como Europa era un lugar muy distinto, y no solo por la cantidad de artefactos tecnológicos disponibles o la densidad de sus ciudades, el propio tejido social tenía una cualidad distinta. Ese año una de sus capitales más importante fue protagonista de una radical transformación del tiempo-espacio; tuvo lugar una Comuna revolucionaria de la que emanó un potencial humano que hasta entonces había sido violentamente contenido. Para los actuales habitantes de Chile es muy fácil reconocer el contenido más profundo de ese evento porque acaban de vivir algo muy parecido. Una de las tantas cosas que emanó del corazón de ese fructífero año de revoluciones fue el poema que pronto se transformaría en el himno de La Internacional.

Ese canto, que aún hoy es celebrado, anunciaba una toma de consciencia muy particular. La mirada que esta consciencia exige para que su visión pueda ser asimilada es escasa en nuestros tiempos. No es una consciencia visual o de datos, ni siquiera científica. Gustave Courbet, Eugene Pottier y August Blanqui, todos miembros activos de la Comuna, fueron testimonios vivos de esto. La realidad estaba un tanto menos fragmentada, y todo indica que habían muchas menos capas de maquillaje y narrativas enturbiando la percepción de las que nos atormentan hoy. Fue en ese contexto, y luego de un intenso periodo de incubación, que nació al mundo la clase trabajadora internacional como organismo auto-consciente y con un sentido (dialéctico) universal.

La dominación en la sociedad capitalista debe ser estrictamente diferenciada de la dominación en el mundo feudal. Con la mercantilización de la tierra, los productores en la sociedad moderna pierden cualquier conexión directa con esta y son separados de sus medios originales de producción; en cambio, los siervos todavía estaban estrechamente ligados a la tierra. En consecuencia, todos los individuos modernos están constantemente obligados a vender su propia fuerza de trabajo, la única mercancía que tienen, a otra persona, y así se vuelven jornaleros que sufren del extrañamiento de su propia actividad. Según Marx, esta transformación de la relación entre los humanos y la tierra es decisiva para entender la especificidad del modo de producción capitalista.[1]

El himno hacía referencia directa al programa de esta clase, que hasta entonces se expresaba como una unidad cohesionada —solo Dios sabe cuánto fraccionamiento y aglutinamiento forzoso le ha seguido a ese primer impulso vital. El objetivo era realizar un sueño ancestral: la clase trabajadora, que al ser despojada totalmente de su autodeterminación había entrado en contacto con una consciencia profunda, transhistórica, despojada de toda ideología física, intelectual y espiritual, traía la buena nueva de la disolución de todas las clases que dividen a la humanidad artificialmente para construir una comunidad humana igualitaria, auto-consciente, cooperativa, solidaria, etc. Este sueño recurrente en la historia humana civilizada se expresaba de forma global por primera vez. Hasta los últimos confines del mundo, como la Patagonia, se unían al grito de liberación.

La unidad originaria con la tierra desapareció con el colapso de la dominación personal precapitalista. Su resultado es la enajenación de la naturaleza, de la actividad, del ser genérico y de otras personas, o dicho en términos más simples, la enajenación moderna surge de la total aniquilación de la “faceta afectiva” de la producción. Cuando la tierra se vuelve una mercancía, se modifica radicalmente la relación entre los humanos y la tierra, y se reorganiza en aras de la producción de riqueza capitalista. Luego de la universalización de la producción de mercancías en toda la sociedad, el conjunto de la producción no se dirige principalmente a la satisfacción de necesidades personales concretas, sino solo a la valorización del capital. Siguiendo la nueva racionalidad de la producción, el capitalista simplemente no permite que los trabajadores realicen su trabajo a su antojo, antes bien, de acuerdo con su “sucio egoísmo”, transforma activamente todo el proceso de producción de tal manera que la actividad humana es completamente sometida a una dominación reificada, sin consideración por la autonomía del trabajo y la seguridad material.[2]

La lógica ilustrada y patriarcal reduce cualquier cosa que se acerque a un pensamiento así de poético a lo que comúnmente se conoce como utopía, un concepto hasta ahora muy mal utilizado y subvalorado en la mayoría de los casos[3]. ¿Qué es eso de que todos tengan condiciones de vida digna y libertad de elegir qué hacer con su tiempo? Quizá por razones karmáticas, ha habido en nuestra historia un momento de inercia mucho más fuerte en lo que tiende a dividir, ya sea sociedades o individuos. Entonces ese sueño aún no llegó a concretarse, y hoy estamos aquí, siendo testigos de lo que probablemente fue el 1º de Mayo menos concurrido desde la masacre de Chicago. Las cosas han cambiado tanto desde entonces que en algunos lugares del primer mundo grupos de civiles entraron a los edificios de gobierno fuertemente armados a exigir que se les deje volver a trabajar. En Chile, uno de los jefes del cartel Matte lo sintetizó perfectamente: “el crecimiento económico va a ser un imperativo ético”. Mientras tanto, en las calles de Santiago la policía nos recordó que no dejan de innovar sacando a las calles sus nuevos camiones antidisturbios, equipados con altoparlantes que comunican a todo volumen robóticas órdenes a los manifestantes: “las personas que se están manifestando de manera violenta son una minoría, aléjese de ellos y manténgase en una zona segura. Esta manifestación está siendo registrada con tecnología disponible por carabineros. Recuerde que este material luego puede ser considerado como evidencia…”.

Diariamente usamos energías inconmensurables, como durante el sueño. Lo que hacemos y pensamos está lleno con el ser de nuestros padres y ancestros. Un simbolismo incomprensible nos esclaviza sin ceremonia. Algunas veces, al despertar recordamos un sueño. De esta forma, excepcionales rayos de intuición iluminan las ruinas de nuestras energías que el tiempo pasa por alto.

No se puede insistir suficiente respecto de la importancia de los sueños. El hecho de que la vida se nos aparezca como una pesadilla más seguido que como un sueño es otro recordatorio de esto.

Cuando la investigación psicoanalítica puso luz sobre la importancia de los sueños, la misma comunidad científica que hoy dicta la narrativa oficial sobre la realidad rápidamente acusó la iniciativa de ser nada más que “un censurable hobby, anticientífico y con una peligrosa tendencia hacia el misticismo”. Vivimos negando un tercio de nuestras vidas. ¿Puede ser esta la reacción del “hombre moderno” contra la exagerada importancia que sus ancestros daban a los fenómenos oníricos?

Reconstruir el pasado no es un tarea que pueda tomarse a la ligera, pero sería un error hacer vista gorda del hecho de que las generaciones que nos preceden soñaron tal como lo hacemos nosotros. Sabemos que prestaban gran atención a los sueños y que en muchos casos eran considerados herramientas prácticas que se utilizaban en la vida cotidiana, algunas veces incluso para “predecir el futuro”. En la Grecia antigua y otras civilizaciones del este, habría sido imposible organizar una campaña militar sin intérpretes oníricos tal como hoy los ejércitos no invaden territorio enemigo sin antes consultar imágenes satelitales.

Alejandro Magno siempre viajó con un comité de onirocríticos. Después de varios días de intentar el asedio a la ciudad de Tiro —en aquellos días todavía una isla— Alejandro estaba a punto de darse por vencido cuando una noche soñó que un sátiro bailaba victoriosamente. Su vidente y onirocrítico más cercano interpretó esto como un buen augurio, lo que le dio a Alejandro la confianza necesaria para atacar una vez más y finalmente conquistar la ciudad.

Quien se haya enamorado mientras duerme, quien haya sido visitado por algún amigo o familiar que ya no existe, o incluso quien se haya despertado de un salto en medio de una angustia abrumadora, etc., jamás cuestionaría el poder de los sueños. Dicen que los sueños vienen del estómago, ¿tenemos una digestión lo suficientemente buena durante el día como para irnos a dormir cada noche y realmente descansar? Un estómago mental lento. Las cosas se mueven rápido y vivimos endeudados, ¿cuántas de esas deudas las pagamos mientras dormimos? Quizá esta es la razón por la que con tanta facilidad también subestimamos los sueños diurnos.

No importa cuánto salario obtengan los trabajadores, este no les permite escapar de su miseria absoluta. La exclusión total de la riqueza objetiva se mantiene como la caracterización esencial de la situación del trabajador bajo el modo de producción capitalista y su causa fundamental es la enajenación de la naturaleza.[4]

Nos acostumbramos a la frustración tan rápido como nos acostumbramos a un trabajo o a relaciones que nos dañan. Nuestros vigilantes son prehistóricos, y cada vez es más fácil sucumbir a la rutina de las razones. Por eso es tan necesario celebrar a los surrealistas de todos los siglos y realizar actos surrealistas en nuestra vida cotidiana. ¿Quién no ha soñado con un mundo mejor? El organismo debe despertar sus capacidades creativas para mantenerse vivo, y los sueños son una fuente inagotable de creatividad. Cualquiera que haya pasado por la Plaza Dignidad, o cualquiera de las otras zonas temporalmente autónomas que brotaron durante la insurrección reciente en Chile, tuvo una experiencia de eso más allá de las palabras.

Qué bien se nos ha dado el encadenarnos al lenguaje. El Ego, por ejemplo, va tirando sus anclas casi siempre a través de narrativas —y de gestos, como hemos visto. Y qué rígidas pueden volverse las cosas cuando se limitan al lenguaje estructurado y estructurante de esas narrativas. Les debemos total devoción y las seguimos como una ley, como el conjunto de reglas interiores que regían a Don Quijote. ¿Qué tan libres somos de salir de nuestra prisión mental? ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados?





RB / 2&3Dorm
2 de mayo



[1] Ver Karl Marx’s Ecosocialism de Kohei Saito, disponible en inglés aquí
(https://libcom.org/files/[Kohei_Saito]_Karl_Marx_s_Ecosocialism__Capital,_N(z-lib.org).epub.pdf)
[2] Idem, Saito.
[3] Ver Estudios sobre la utopía en la sociedad arruinada (primera parte), 2&3DORM #2, disponible aquí (http://www.dosytresdorm.org/2&3DNUMERO2_Web.pdf)
[4] Idem, Saito

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martes, octubre 08, 2019

Cerro 18/La VOP por Natacha/Cassiber en Japón 


Cerro 18


Cuando llegué a Santiago en 1986 (“el año decisivo”) viví unos meses en Cuarto Centenario con Fleming, casi al lado de la casa en Fuenteovejuna que fue masacrada por la CNI como réplica por el ajusticimiento de Carol Urzúa. Comuna de Las Condes, justo un par de cuadras más al cerro empezaban las poblaciones de Colon 9000. Gran contraste. Al Liceo Fleming llegaba más gente de esas poblaciones que cuicos de fina cepa. Pero quedaba todo bastante cerca.

Sabía que había zonas proletarias incluso en la ricachona comuna de Lo Barnechea, pero no las conocía. Casi nunca me he asomado  mucho más “arriba” del centro de Providencia, y las pocas veces que he pasado en auto o bus por las zonas más ABC 1 la verdad es que parece ser otro país distinto. Una especie de Miami, según dicen (nunca he estado ahí).

EL sábado pasado fuimos bordeando el cerro, y nos perdimos, pero finalmente llegamos a Cerro 18 en Lo Barnechea. Me causó una extraña sensación a mí que soy porteño, ver aparecer cerros llenos de casas que me hacían creer que de repente habíamos llegado a Valparaíso.

Preguntamos el camino a una pareja de jóvenes que va caminando y nos dicen”¿van a la tocata?”. Unas vueltas por el cerro y nos topamos con la cancha donde es la tocata de lanzamiento de los Mapuche Anarko. Los conocimos una vez que con Disturbio fuimos a ensayar a una sala de Miguel Vadca. Y al Miguel lo conocemos desde 1996 por lo menos, en las tocatas del viejo Taller Sol.

Nos bajamos del vehículo con los instrumentos. Se escucha punk rock a buen volumen. Una señora dice: “No es música, es puro ruido”. “Sí, pura bulla” le contesta un vecino.

El ruido era el último tema de Vadca, y llegamos justo a tiempo para tocar nosotros.

Llevábamos unas horas juntos, grabando en casa de Lautaro el otro tema nuevo que tenemos “Sala de espera”, o “Waiting room” según él, con lo que quedaría como (otro) homenaje a Fugazi (además de “Song N° 13”, ja). Dos fines de semana antes grabamos ahí mismo “Como antes”.

Subimos al escenario, donde hay luces y humo. Casi nunca he tocado en medio de esos efectos. No me molestan para nada, pero…es un poco extraño. En short, polera del Art Ensamble y camisa rojinegra soy la persona más desabrigada en el lugar, ya de noche, y con algo de frío. Recuerdo una entrevista a un ecoextremista que dice que hay que acostumbrarse a sentir el frío. En eso estamos de acuerdo.

El sonido no está nada mal, y tengo puesto el bajo de Tessie Stranger, un modelo japonés. Arrancamos con “Como antes”. Luego las usuales del set de 1997, entremedio la recién grabada “Sala de espera” en la que Lautaro deja una vuelta entera de la primera parte sin guitarra, porque hoy sólo grabamos bajo/batería y voz. Entra y queda muy bien. Mucha gente ni siquiera sabe que somos una banda antigua, y parece que este tema es de los que más gustan según el aplausómetro. Obvio que es el tema más “actual”.

Alguien pide “Lúcido”. Habíamos hablado de dejar de tocarla. A mí me gusta harto el tema, y la parte semi dub que le agregamos el año pasado, pero a pesar de todos nuestros esfuerzos comunicativos, no hay caso en quitarle su carácter de “himno straight edge”.

La tocamos pero:

1° se equivoca Mogles iniciando de inmediato la parte rápida en batería. No hay caso, hay que parar. Empezamos de nuevo y,

2°: Lautaro parte tocando un acorde de Fa en vez de Re#. Yo toco el Re#, suena terrible,  y hasta pienso que de algún modo el bajo se había desafinado, pero como es prestado no lo azoté ni mucho menos así que….Bueno, en fin. Lautaro reconoce su error. Paramos de nuevo, y a  la tercera vez si salió. Punk rock. Con comienzos falsos es más divertido.

Olea da agradecimientos, cuenta que justo hoy 5 de octubre es el aniversario del retorno de DM y desde la sede de al lado gritan: “Nos cagaron todo el cumpleaños” (*).

“9 vueltas”, “No soy cómplice”, lástima que no traje mi Big Muff, terminamos, y bajamos de la tarima a compartir con la gente apiñada en cancha y gradas. No es tanta, unas cuantas decenas, pero el ambiente es ideal. Venden cerveza, jote, folletos, poleras, y papas fritas de verdad. Tocan finalmente los Mapuche Anarko. Buen set, poderosas canciones, y un correcto sentimiento antiyuta expresado de manera clara y contundente.

Bajo la reja donde termina la cancha  en que estamos se ve una cancha verde muy amplia, y me informan que es ni más ni menos que el Colegio Nido de Águilas.

Nos vamos justo cuando comienza Matute Joins. Debo ir a buscar a mi cría humana. Mis colegas guitarrista y vocalista me acompañan a la casa donde finalizamos la jornada con un poco de cerveza, y escuchando a los Residents, Scritti Politti y los Sex Pistols.

*: Mi colega doble (por barbón/bajista) de los MA me dice que no fue tan así, que estuvieron vacilando la tocata en algun momento de la tarde.

Demás que a alguno/a/x/es "No les gusta el ruido, definitivamente!":

Buenas noches.
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Finalmente, se lanza mañana este importante libro que viene a aportar más luz sobre lo que fue la Vanguardia Organizada del Pueblo, formada en 1968, en voz de una de sus participantes. Hay dos lanzamiento más: en la Nuevo Amanecer, y entiendo que en la ciudad de Arica.
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Cassiber en Japón. Ningún dato adicional, pero podría ser la misma grabación de 1992 que en una edición doble circula incluyendo los remixes de Otomo Yoshihide/Ground Zero.

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lunes, diciembre 24, 2018

Extraña victoria: 3 postales sobre el último paro portuario 


Extraña…”Victoria” (?)
3 postales sobre el paro portuario:

(2018)

1.- Relato de un participante de la lucha en Valparaíso

Tomamos la decisión de que íbamos a salir igual a la calle, para mantener encendida la lucha y que todos se dieran cuenta que no íbamos a parar noche y día. Pero la idea era prender el fuego y volverse al sindicato, no íbamos a pelear con los pacos ni nada.

Llegó un momento en que íbamos volviéndonos al sindicato, que algunos cabros empezaron a decir que había orden de desalojo y que los pacos iban a entrar. En el ajetreo de todo lo que pasaba, casi nadie le prestó atención a eso y seguimos intentando retroceder ordenados, cosa de poder quedarnos en el sindicato y que los pacos se fueran.

Pero llegaron como 4 buses de pacos. Llegó un momento en que nos dimos cuenta que en las 4 esquinas del sindicato habían operativos completos: zorrillos, guanacos, micros llenas. Estábamos entero rodeados y éramos pocos en realidad, no más de 50.

Entonces, llegó un momento en que decidimos entrar, bloquear el sindicato y quedarnos adentro.

Pero los pacos se bajaron de las micros, se formaron y comenzaron a avanzar al sindicato. Se pegaron a sus paredes y caminaban como pejesapos por las rocas, bien pegados y mirando para todos lados. Nosotros dimos la alerta y todos los que estábamos dentro nos dijmos que los pacos no iban a entrar.

Primero intentaron abrir la reja pacos a pie, pero recibieron una lluvia de piedras, fierros, escombros y de todo. Nosotros estábamos detrás de la reja, casi cara a cara, les gritábamos de todo y ellos tenían miedo. Los mirábamos a la cara y retrocedían, se daban órdenes entre ellos, avanzaban y volvían a retroceder. Los cabros en los pisos de arriba tenían un diluvio de cosas que caían.

Así que los pacos a pie se fueron, y ahí llegó el zorrillo que empezó a chocar directamente la reja, dimos la voz para arriba para que se prepararan a resistir en los otros pisos porque ya iban a entrar.

Cuando sacaron la reja y reventaron las puertas les seguimos peleando para que no entraran, pero llenaron todo de lacrimógenas. Siguió la pelea en el segundo piso, después en el tercer piso. Les bloqueamos las escaleras con mesas y sillas, pero seguían tirando gas. Ahí fue que subimos al techo.

Cuando estábamos en el techo lo primero que decidimos es que no nos iban a bajar. Íbamos a pelear hasta la muerte, todos estaban decididos a eso. Sabíamos que si nos atrapaban, la lucha se terminaba. No íbamos a dejar que eso pasara.

Mientras que todo eso pasaba varios compañeros dieron la voz de alarma a los demás sindicatos y a todos los que apoyaban, y los cabros que se habían quedado afuera empezaron a organizar más protestas en la calle.

Nosotros veíamos todo desde arriba, así que vimos cómo la calle se empezaba a llenar de más compañeros que salían de todos lados, por Errázuriz, por Blanco, por Cochrane, por todo el barrio puerto.

En un momento un compañero nos dijo que si nos pillaban nos iban a procesar por molotov, y eran al menos 5 años en la cárcel. Estábamos más que decididos, ninguno iba a caer. Además, nos llegó la información que habían detenidos y que los habían golpeado, que no habían pasado ni a constatar lesiones.

Hasta que un compañero gritó una noticia: ¡hay tres puertos parados!

Ahí nos dimos cuenta de todo: esto ya era un escándalo nacional. Ahí supimos que esto no se iba a quedar así y que ya iban a llegar a ayudarnos. Nos dimos cuenta de que todo dependía de nuestro aguante, y todo el caos que había se convirtió en algarabía, en la moral por el cielo, el pecho inflado como nunca. Abajo en las calles la lucha seguía.

Después llegaron más noticias: eran 7 puertos parados. Supimos que veían bajando universitarios a apoyarnos.

Acordamos el plan de salida: solamente íbamos a bajar con una negociación. No nos íbamos a bajar hasta que no hubiera ni un paco en el sindicato y un montón de gente viniera a recibirnos.

Veíamos las noticias y estábamos en todos lados. Entonces supimos que la Unión Portuaria estaba casi entera paralizada, y que San Antonio también había parado. Nos dimos cuenta entonces que el intento de reventarnos les había fallado, que habíamos resistido, que la lucha seguía. Sacamos en conclusión que todo venía del Gobierno, que la orden la dio la Gobernadora regional y que juntos con los Von Appen habían intentado ponerle fin a la lucha reprimiéndonos, pero les salió el tiro por la culata. ¡Ahora había un Paro Nacional!

Como todos los cabros son buenos para la machina, para inventar maniobras para hacer la pega, rápidamente inventamos un sistema para que nos subieran comida y ropa, porque además sabíamos que los pacos estaban saqueando el casino y no iba a quedar nada. Organizamos el uso de los celulares, para no quedar incomunicados, y todos los compañeros pudieron comunicarse con sus seres queridos, e incluso decidimos grabar un video y enviar un mensaje para afuera.

Nos dijeron que los compañeros del Terminal 2 TCVAL, que ya no estaban en paro, estaban organizando salir a defender el Sindicato. Y así fue. Tipo 11 de la noche, los compañeros que iban saliendo del turno salieron todos en cuadrillas, avanzaron por la Plaza Sotomayor y se dirigieron
por Errázuriz y Blanco, enfrentando a los pacos y haciéndolos retroceder, para llegar al sindicato. La calle entera ya era nuestra.

Después supimos que los dirigentes traidores del sindicato habían ido a mentir, a decir que los trabajadores de Ultraport se estaban agarrando a combos con los de TCVAL, para generar división y que los de TCVAL no apoyaran. Pero nada de eso les resultó, los compañeros declararon de
nuevo el paro en el T2 y se sumaron a la lucha por defender el sindicato. ¡Somos todos portuarios!

En un momento de todo esto, había una concentración de gente en la esquina de Blanco con Sotomayor, y vimos cómo un auto gris apareció rápido, aceleró y atropelló a la gente, salió una persona por los aires y una parte del grupo salió esparcida por la calle. Los compañeros abajo
intentaron detener el auto, le llegó una lluvia de palos y piedras, pero no se trizó ningún vidrio. Mientras aceleraba para arrancar, un zorrillo aceleró contra la gente para cubrirle la salida al auto, que arrancó por Blanco en dirección a la Aduana.

Todos vimos que fue intencional, el tipo les tiró el auto encima. Era gente que nos apoyaba. La rabia que había era tanto, que algunos compañeros estaban decididos a bajar y enfrentarse a los pacos que había en el Sindicato y que se resolviera todo ahí mismo, pasara lo que pasara.

Pero sabíamos que era una provocación. Al rato después supimos que entre las víctimas habían compañeros y también una universitaria, que estaba mal, y la rabia no podía contenerse. En ese momento la Plaza Sotomayor era epicentro de una batalla campal entre cientos de personas y los pacos, que iban y venían por todos lados.

Los gritos desde arriba eran juramentos: ¡les vamos a ganar! ¡a los Von Appen les vamos a ganar! ¡a los pacos les vamos a ganar! ¡al Gobierno les vamos a ganar!

Mientras escuchábamos los cacerolazos en los cerros, y los sindicatos, universitarios y hasta Los Panzers del Wanderers organizaban convertir todo esto en una jornada de lucha organizada, bajando en ese momento al barrio puerto, llamando a estar temprano al otro día, organizando dónde y a qué hora llegar.

Hasta que ocurrió lo que esperábamos: nos dijeron que los paco se iban.
Abajo apareció la prensa, abogados, dirigentes.

Primero desaparecieron los guanacos y zorrillos de la calle, y al rato unas micros vinieron a buscar a los pacos que estaban dentro del sindicato. Bajamos del techo y el casino estaba lleno de compañeros recibiéndonos, todos felices y gritando. En el primer piso habían familiares, amigos, más trabajadores, la calle estaba llena.

Todos supimos entonces que estábamos haciendo historia, que 28 portuarios habíamos resistido el asalto y el sitio de los pacos, que habíamos ganado una batalla, que nos habían intentado reventar pero se tuvieron que retirar, y ahora había un paro nacional.

¡Vamos a ganar! ¡¡¡A los Von Appen les vamos a ganar!!!
¡¡¡Los vamos a doblegar, como sea lo vamos a hacer!!!

(1903)

2.- Comunicado publicado en sitio ComunidaddeLucha (traducido al inglés en Ediciones Inéditos).

Agitación en los Puertos de $hile

Más de un mes se mantuvieron en huelga lxs trabajadorxs portuarixs en Valparaíso, en conflicto directo con la empresa TPS, por exigencias en materia de turnos, seguridad laboral y mejoras salariales. Ante la negativa patronal a responder los petitorios, los medios de lucha fueron continuamente radicalizándose a la par de una represión estatal cada vez más dura, llegando al violento desalojo del sindicato de estibadores de la ciudad.

Históricamente, los puertos chilenos han visto desarrollarse un fuerte movimiento obrero, que a menudo ha desbordado las formas de lucha sindicales para combatir a la patronal. Su posición clave en la economía capitalista, en el corazón del flujo de grandes volúmenes de mercancías entre $hile y el resto del mundo, les hace ser vistos con temor por el empresariado local, especialmente por aquel que controla los puertos, por lo que el Estado (que es siempre el Estado de la clase dominante) a través de su policía se apura en reprimir y aislar todo conflicto en este sector. Por otra parte, el mismo factor hace también de estos hermanxs de clase un blanco para las maniobras políticas de quienes, con un discurso izquierdista, y concibiendo al socialismo como una forma alternativa de gestión capitalista, juzgan la importancia de ciertos sectores del proletariado no por su negatividad radical entre sus propias vidas y la producción de valor, sino por el rol que juegan dentro de la economía capitalista. Pero serán las mismas necesidades de la lucha por afirmar los genuinos intereses de nuestra clase las que harán frente a la represión y a la manipulación: la tenacidad en el combate de lxs portuarixs en Valparaíso y la rabia frente a la represión desatada, despierta la solidaridad activa en todos los puertos del país, que se rodean de barricadas y ven proliferar ataques a la policía.

En cada conflicto abierto entre los intereses inmediatos del proletariado y las necesidades de acumulación de la clase capitalista, se expresa nuestra potencialidad revolucionaria. La lucha trae a la superficie la negación profunda y radical de todo este sistema de muerte. Así, a partir de un petitorio considerado “local”, la extensión de la solidaridad proletaria y del enfrentamiento directo con la represión estatal abre grietas por las que se afirma la autonomía de nuestra clase y la necesidad de combatir ya no por mejoras particulares, que solo extienden nuestra agonía en la sociedad del capital, sino por una nueva comunidad humana sin explotación ni dominación de ningún tipo. Para esto, el movimiento debe ser eficaz tanto en combatir a la represión del Estado, sin miramientos ni respeto por la legalidad burguesa, así como en evitar la manipulación por parte de diversas fracciones políticas que no son más que agentes del Capital presentadas como “defensoras de los derechos de los trabajadores”.

El mismo movimiento debe sacudirse también de todo ropaje reaccionario, del discurso nacionalista, de la identidad obrerista, y de la tentación de personificar en los rostros más detestables la responsabilidad exclusiva de lo que es la imposición de toda una relación social. No es posible que, si los empresarios acusan a estas movilizaciones de dañar la economía nacional, la defensa oficial de los sectores movilizados se plantee en el mismo lenguaje de nuestros amos, tratando de convencerlos de que “en realidad sí queremos a nuestra patria y estas luchas afirman la economía” o de reclamar un “empresariado consciente”. ¡A no caer en estas trampas! No tenemos ningún interés en servir a ningún país. Todas las fronteras fueron gestadas para mayor beneficio de sus clases dominantes. Y es precisamente contra la Economía misma, que subordina toda nuestra existencia como proletarixs a su perpetuación, que nuestras luchas deben alzarse.

¡SOLIDARIDAD CON LOS PROLETARIXS QUE INCENDIAN LOS PUERTOS AFIRMANDO SUS NECESIDADES HUMANAS!
¡A DESARROLLAR Y AFIRMAR LA AUTONOMÍA DE CLASE CONTRA TODOS LOS AGENTES DEL CAPITAL!
¡LAS LUCHAS PROLETARIAS DE HOY SON LA PRE-FIGURACIÓN DE LAS LUCHAS DEL MAÑANA!


3.- Texto anónimo difundido justo tras terminar abruptamente el paro por un acuerdo entre sindicato, gobierno y empleadores.


"La huelga en el puerto de Valparaíso  terminó en el momento en que, al menos en apariencia, la combatividad de los trabajadores estaba en su punto más alto.


¿Terminó por desgaste? Puede que hubiese desgaste y que haya sido difícil percibirlo en medio de tantas expresiones de alegre combatividad transmitidas en video por las redes sociales.

¿Terminó por la "traición de los representantes sindicales"? No parece tratarse de eso. Los representantes admiten que la propuesta aceptada es apenas "un poco mejor que la anterior", y si bien hay quienes les reprochan que ésta se ratificó a las 2 de la madrugada en una asamblea donde había sólo 130 personas, también podemos preguntarnos qué les pasa a unos obreros convertidos en foco de atención internacional por su tenacidad, que no asisten a la asamblea más importante del movimiento sin importar a qué hora se haya realizado.

¿Terminó la huelga porque prolongarla habría sido en la práctica boicotear la puesta en escena sentimental-comercial de la navidad y el año nuevo en el puerto, lo cual habría puesto sobre los trabajadores una presión tremenda que tal vez no están dispuestos a sostener? ¿Quizás sienten que eso habría sido llevar las cosas demasiado lejos? Es difícil saberlo sin estar ahí, pero de ser así no creo que nadie debiera sorprenderse mucho. Si han aceptado a Pablo Klimpel como dirigente durante dos años y como vocero en esta huelga, no es precisamente porque en sus corazones se agite una violenta hostilidad hacia los valores dominantes en esta sociedad, ni porque les anime una firme voluntad de ir más allá de las buenas costumbres y de lo políticamente correcto. Si se han ausentado de la asamblea en que debía decidirse la continuación o no de la huelga, dejando todo en manos de sus representantes entre los que hay un vocero adicto al Frente Amplio, no es que estén precisamente intentando llevar este episodio de la lucha de clases a un nivel insurreccional.

La huelga terminó y como resultado los trabajadores recibieron hace unas horas un préstamo (sí, oyeron bien: ¡un préstamo!) de 550 mil pesos, más un "aguinaldo" (un obsequio de navidad hecho por sus patrones) de 75 mil pesos. El próximo lunes recibirían una Giftcard por 250 mil. Para los estibadores este fin de semana no está transcurriendo como cualquier otro, de eso podemos estar seguros, y en los días venideros los veremos ejercer junto con el resto de la ciudadanía su derecho a estresarse haciendo frenéticas compras navideñas de última hora, para soltar la presión una semana después en la catarsis orgiástica de ver esfumarse una cifra más en la contabilidad de los años de miseria y opresión sin sentido.

¿Tienen los trabajadores del puerto merecidas las migajas que sus patrones les han arrojado al suelo para que dejen de voltear los tarros de basura, y asi todos puedan brindar en la misma fiesta, gritando de alegría a la vista de unos explosivos que estallan lejos del suelo? Quién sabe. Augusto Blanqui, que entendía de estas cosas, dijo una vez: "con su duro pan se comerán su duro desengaño".>>

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