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martes, abril 01, 2025

CONTRACULTURA Y REVOLUCIÓN 

 UNAS NOTAS BREVES SOBRE EL 68 GLOBAL Y EL 68 JAPONÉS




Un texto de un tal Miguel Ángel Cerdán subido a El Porteño hace poco se inscribe en la ya larga y lamentable tradición de escupir sobre las revueltas de 1968 afirmando que “Mayo del 68 mató a la izquierda”. No es nada casual que dicha diatriba haya sido publicada en España por El Viejo Topo, editorial que desde hace ya un tiempo se ha dedicado a difundir literatura fascista rojiparda como la del nefasto “filósofo” italiano Diego Fusaro, autodeclarado discípulo del comunista Gramsci y del fascista Gentile, at the same time!

Para que vean lo grave y decadente de esta deriva neofascista y “trumputinista”, debo destacar que EVT publicó una entrevista al confusionista Fusaro realizada por Carlos X Blanco, autor de “El marxismo no es de izquierdas”, publicado nada menos que en la Editorial EAS, donde al igual que Fusaro y Costanzo Preve (otro rojipardo) trata de vendernos a un Marx idealista, “más conectado e identificado con la tradición de pensamiento de Aristóteles, del Bien Común y de lo Social, siendo más un realista aristotélico que un idealista hegeliano”. Por supuesto la Editorial EAS se dedica a publicar a la crema del neofascismo en versión “Nueva Derecha”. Basta con ver su catálogo online para reconocer la fina selección de fascistas que ahí publican.

Como varios antes que él, Cerdán (un “Catedrático de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia”) reduce la revuelta global de los sesenta al “mayo francés”, y confunde el proceso revolucionario con la contrarrevolución que se activó para neutralizarlo. En su defensa invoca a Passolini (sic) y advierte que si estás de acuerdo con su análisis “serás un facha o un putinista o un trumpista o un prochino, según marque la ocasión”. ¡A confesión de parte!

No tengo tiempo ni ganas de refutar en detalle a este Catedrático anti-sesentayochista, pero además de desenmascararlo he decidido liberar dos fragmentos iniciales de un trabajo sobre la escena musical del 68 japonés, en un afán por situar esos agitados tiempos en perspectiva y con altura de miras.



“Lo que guiaba a estas energías era en parte la fuerza de la contracultura, y en ese entonces el motor de la contracultura era principalmente la música, aunque no sólo la música. Y podríamos decir que esa música, al igual que la política, ofrecía esta visión de un mundo liberado. Había una especie de bucle de retroalimentación positiva. La música alimentaba las luchas; la lucha retroalimentaba la música” (Mark Fisher)

 

Premisa: el largo 68 como una revuelta global

La gran revuelta global de los sesenta ha quedado hace ya bastante tiempo reducida a algunas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino de París en mayo de 1968, que luego inspiraron imitaciones en otras partes del mundo. Se trata de un proceso bastante evidente de manipulación de la memoria que quedó bien instalado ya en los años ochenta y que se ha seguido afianzando posteriormente, logrando casi anular el acontecimiento a través de una amnesia colectiva que se ha esforzado en eliminar de la memoria todo lo que la revuelta de los sesenta tuvo de intempestivo y revolucionario.

En esta labor, las voces de los “ex líderes” más visibles del movimiento -que a posteriori han destacado por su exitosa adaptación a los nuevos roles que les depararon sus biografías cuando el 68 ya era un recuerdo borroso- confluyen con los esfuerzos de la academia por vaciar esos eventos de todo contenido radical, eliminando el análisis de clase para imponer una lectura sociobiológica y culturalista de la rebelión juvenil (o estudiantil), convirtiendo no sólo al mayo francés sino que a todo ese largo y profundo ciclo de luchas en el mundo en una mera expresión de deseos de integración que en cierta forma prefiguraron la gestión neoliberal de la vida que se impuso a partir de entonces.

Al someter el proceso global a este conjunto de reduccionismos, se oculta la dimensión global de la revuelta, para fijarse obsesivamente sólo en el acontecimiento “mayo francés” en su expresión parisina/estudiantil. Pero no fue por casualidad que tanto en Francia como en el resto del mundo las protestas masivas que en varios lugares devinieron en insurrecciones hayan sido detonadas por la oposición masiva a la guerra de Vietnam.   Por supuesto, en la versión triunfante de este relato, a lo Lipovetsky, esta “revolución sin programa”, hedonista e individualista, no tiene mucho que ver con las banderas rojas (anticapitalistas), negras (antiautoritarias) y del Viet Cong (como símbolo de la lucha anti colonial y anti imperialista) que en mayo/junio de 1968 adornaron todas las ocupaciones de edificios, en un movimiento contestatario que estuvo lejos de confinarse a la capital y las principales ciudades y que llegó a su máxima intensidad con la huelga general de más 10 millones de personas en el mes de junio.

En contra de esa versión, que sigue siendo la dominante, acá partimos de la premisa de que lo que llamamos “68” designa una especie de revolución mundial, a la vez cultural, social y política, que se produjo en la segunda mitad de la década de los sesenta y reverberó incluso varios años después de la contrarrevolución también global iniciada hacia 1973 y consolidada plenamente a inicios de los ochenta y hasta el día de hoy (1).  A partir de esa comprensión es que intentaremos reconstruir la escena musical del 68 en Japón.

Un breve repaso a lo poco que sabemos del 68 japonés

En mi caso, tuve conocimiento de la intensidad de las protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el documental “Días de furia” (Fred Warshofsky, 1980), que dentro de su variopinto y exótico contenido mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y represión que se generaban (2). La voz en off del conductor Vincent Price presentaba el dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo). Poco después di casualmente con el librito de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición en español de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la ultraizquierda japonesa me pude hacer una idea del tipo de lucha antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Pero no es de extrañar que en los relatos más conocidos sobre el 68, Japón casi no aparezca. Así, en el famoso libro editado con motivo del vigésimo aniversario del evento por una de las estrellas más conocidas del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, viaja a sostener conversaciones con distintas figuras de las luchas de los sesenta, en Nueva York, Río de Janeiro, Roma, París, Amsterdam, Saint-Nazaire, Francfort del Meno, País Vasco, y según explica estuvo a punto de incluir a Polonia y Chile. Pero no menciona a Japón.

Otro ejemplo son las quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el año que estremeció al mundo”. Sólo encontramos en el índice temático dos alusiones a Japón, aunque significativas: en una se explica a grandes rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la segunda el autor refiere que el Partido Comunista japonés (de los más grandes en esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a la invasión rusa de Checoslovaquia (3). Ambos factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales para entender el contexto social y político de la “banda sonora” que nos hemos propuesto describir, donde confluye esta amplia contracultura juvenil con las posiciones de una nueva izquierda radical, anticapitalista y antiautoritaria, que se desarrolló con fuerza en países como Japón, donde los partidos autoritarios de la izquierda tradicional aparecían claramente como parte del “viejo orden” a combatir. Además, la Nueva Izquierda se oponía a las formas culturalmente reaccionarias asociadas a la vieja izquierda.

Kristin Ross tampoco dedica mucho espacio en “Mayo del 68 y sus vidas posteriores” al contexto japonés, pues está centrada en Francia, pero insiste en recordarnos que gran parte del movimiento ahí y en el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria, junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar únicamente su aspecto cultural, de liberación de las costumbres, movimiento “generacional” e incluso como una especie de “revolución sexual”.

Ross destaca la influencia que tuvo especialmente en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido en las calles que “la policía no siempre gana”. La especificidad japonesa radicaba en que las protestas estudiantiles enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que mantenía Estados Unidos en el archipiélago, cuya importancia geopolítica y logística convertía a Japón en un territorio involucrado directamente en la guerra. Como indica Ferran de Vargas, la “larga década de los 60” en Japón duró por lo menos de 1958 a 1972, y hacia 1968/9 la relación del movimiento social con la violencia ya había pasado por varias etapas y aprendizajes.

En el momento más álgido de esas luchas por todo el orbe, lo que caracterizó a la “escena japonesa” fue en efecto la masividad, creatividad y combatividad de sus luchas callejeras, que en distintas oleadas y formas venían produciéndose desde fines de la década anterior. La novedad tecnológica que aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público global un sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se estaban dando en ese momento. De esta forma, se pudo apreciar en directo escenas como las que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en Japón, dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren en las inmediaciones del aeropuerto. Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio que acercarse a las filas de los manifestantes, y unirse a ellas tomándose del brazo y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando magníficamente”, declaró después, así que tras participar un momento y despedirse de sus desconocidos anfitriones, recién pudo llegar al automóvil para dirigirse al aeropuerto. 

No cabe duda de la gran fascinación que causó en occidente la transmisión televisiva y los registros fotográficos de tácticas como la “danza de la serpiente” (4), la construcción de fortalezas de madera por parte de los estudiantes y la comunidad de Sanrizuka como parte de la gran lucha sostenida a partir de 1963 para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita (5), así como la llamativa indumentaria usada por los estudiantes radicales japoneses en las manifestaciones callejeras: cascos de colores y garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados masivamente para la lucha contra la policía.

John Lennon y su pareja japonesa, la artista de vanguardia Yoko Ono, usaron los típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y, así mismo (con casco y puño en alto) aparece el cantante en el arte de su single “Power to the people”, lanzado en marzo de 1971.  Incluso un artista en apariencia poco politizado como Jimi Hendrix hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los jóvenes gringos le parece “masoquista”, Hendrix lo contrasta con el de “los muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza abierta sin ningún motivo”.

¿Por qué todas estas anécdotas y eventos parecen hoy totalmente olvidados?

A fines de los sesenta a nivel global la cultura musical de los jóvenes florecía en una compleja relación entre la creación artística más o menos genuina y la difusión comercial, explotación y “recuperación” de esas expresiones por parte de la industria cultural, las radios y las discográficas. Empleo esta expresión en el sentido que le daba la Internacional Situacionista, es decir, como un proceso a través del cual el capitalismo espectacular intenta extraer del movimiento social las energías contestatarias para neutralizarlas y usarlas a su favor.

Si es posible advertir en las formas musicales y estéticas de la contracultura de fines de los sesenta cómo se produce un cruce no siempre pacífico entre alta y baja cultura, música eléctrica y acústica, experimentación y tradicionalismo, alienación y concientización, en el caso de Japón se sumaba a eso el hecho de que la ocupación norteamericana generaba también una mezcla de fascinación y rechazo hacia las formas culturales propias de la cultura percibida como invasora. Una buena demostración de este rechazo fueron las airadas protestas de grupos nacionalistas tradicionalistas contra la gira japonesa de los Beatles en 1966, que obligó a una fuerte presencia policial con custodia permanente del cuarteto durante todo el evento.

Esta desconfianza hacia las formas occidentales o norteamericanas también se producía desde la izquierda. Por esos mismos años en Estados Unidos Bob Dylan era abucheado en el Newport Folk Festival de 1965 y  tratado de “judas” por haber “traicionado” el folk tradicional de protesta e incorporar guitarra eléctrica y banda de rock (6), mientras en Brasil el cantante Caetano Veloso era abucheado estruendosamente por el izquierdizado público del Tercer Festival de la Canción Popular en Sao Paulo en junio de 1968, por haber tenido la idea de presentar la canción “E proibido prohibir” compartiendo escenario con el conjunto sicodélico Os Mutantes, que además de su curiosa apariencia personal también portaban batería, guitarra y bajo eléctricos (7).

Más significativo aún en este desencuentro es lo que contó el poeta norteamericano Allen Ginsberg en una entrevista del año 1973 con la revista Gay Sunshine, cuando explica que entre las razones por las que fue expulsado durante una visita a Cuba en 1965 estuvo el haber propuesto a la cúpula del partido hacer las gestiones necesarias para que los Beatles tocaran en la isla. La respuesta que obtuvo de Haydée Santamaría fue: “No tienen ideología; tratamos de construir una revolución con ideología”. Sumado a su defensa de la marihuana y la homosexualidad, además de señalar públicamente que “había rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era guapo”, el desencuentro le costó la expulsión de la isla, siendo sacado a la fuerza del Hotel en que se encontraba ante la mirada atónita del poeta chileno Nicanor Parra. Lo que le hizo concluir a Ginsberg que la ideología a la que se refería Santamaría era “la ideología de una burocracia policial que persigue a los maricas” (8). 

Más allá de lo anecdótico, lo cierto es que el desencuentro entre la izquierda y la contracultura fue clave en el desenlace contrarrevolucionario de los setenta, pues tal como señaló Mark Fisher en su inconcluso texto Comunismo ácido, “el fracaso de la izquierda después de los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos”, lo que facilitó que las “nuevas corrientes” fueran capturadas por la nueva derecha.  

(El manuscrito se interrumpe aquí)




Notas:

1.- Algunxs autorxs se pronuncian en este mismo sentido, o al menos en uno similar. El ejemplo más conocido es el de Wallerstein con Arrighi y Hopkins, que señalan a 1968 y a 1848 como los dos únicos ejemplos de revoluciones globales, que “fracasaron históricamente” a la vez que “transformaron el mundo”. Los italianos Nanni Ballestrini y Primo Moroni se refieren al período 1968-1977 como una “gran ola revolucionaria y creativa, política y existencial”, y el británico Mark Fisher -siguiendo a Ellen Willis- habla abiertamente de las aspiraciones de la contracultura de esos años como “una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”. Sobre el 68 latinoamericano como parte de esa extraña “revolución mundial” que fracasó, podemos referir los trabajos del uruguayo Raúl Zibechi. Destaquemos de paso que tanto en relación a 1848 como a 1968, la mirada ha estado hasta ahora centrada casi exclusivamente en la dimensión europea/occidental del proceso. Así, podemos ver en pleno año 2021 a Matt Colquhoun en su introducción a “Deseo Post-Capitalista” (publicación como libro de las últimas clases del malogrado Mark Fisher), comentando cosas como que el álbum “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles (1967), celebrado por muchos como un momento revolucionario en el pop, para otros se volvió inmediatamente redundante por “las revueltas sociopolíticas que se sucedieron en Europa el año siguiente, en mayo de 1968” (el destacado es mío).

2.- Un fragmento del documental puede ser visto en Youtube bajo el título de “Siege of the Red Fort!”. Sobre la lucha de Sanrizuka existen una serie de films documentales realizados por Shinsuke Ogawa, varios de ellos disponibles online en la plataforma MUBI.

3.- No así el PC chileno que, muy lejos de las sensibilidades de la “nueva izquierda” inventó la pedagógica consigna de: “¡Checo, entiende, los rusos te defienden!”

4.- Esta “danza” consistía en un avance serpenteante mediante bloques de hileras organizadas de manifestantes tomados de los brazos (el “estilo francés”) y bajo la dirección de un encargado usando altavoz y silbato. Llegado el momento, la columna podía aprovechar un punto débil en las líneas de la policía antidisturbios para abrirse paso por la fuerza rompiendo el cerco represivo. La táctica fue considerada por los Weathermen en la planificación de los “días de furia” en Chicago en octubre de 1969. 

5.- Existen varios documentales al respecto, como los de Shinsuke Ogawa disponibles en MUBI

6.- Se trata de la “Electric Dylan controversy”.

7.- Hay registro de eso: el track “Ambiente do festival (E proibido prohibir)” (1968). Incluido en el compilado Caetano (Série grandes nomes Vol. 1), 1995.

8.- V/A (1982), Cónsules de Sodoma Volumen 1. Entrevistas de Gay Sunshine a Allen Ginsberg, John Giorno y otros, Barcelona,Tusquets editores.

 


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domingo, noviembre 05, 2023

INDUSTRIAL NOISE una breve introducción 

 


NOISE

"El noise es una especie que aparece con mayor frecuencia en Japón y en Escandinavia, aunque algunos ejemplares pueden ser avistados en América del Norte y en Europa continental. El noise, que a veces utiliza la improvisación libre como método, es un descendiente lejano del heavy rock y de la tape music (también conocida como musique concréte). Tiende a evitar todo el material musical convencional -melodía, armonía, ritmo con pulso- y privilegia los sonidos electrónicos generados por diversos medios, incluyendo sintetizadores, guitarras eléctricas y micrófonos saturados o estropeados. El noise emplea a menudo el drone como base armónica; una pieza de noise puede ser larga y gradual o corta y de formato canción, con destellos extremos de sonido de alta energía. Alguien podría gritar. Seguramente habrá distorción. El volumen es muy alto.

-¡¿Qué?!

-¡Alto, que está muy alto el volumen!"

(John Corbett, Una guía para escuchar Improvisación Libre, Buenos Aires, Templo en el oído, 2022).


LUJO DE TEXTURAS

"La guitarra es todavía la fuente de ruido privilegiada. Es necesario renovar la percepción de la capacidad que tienen el sintetizador y el sampler  para producir tonos sucios, nocivos. Es necesario también que tenga lugar una toma de conciencia respecto de cuán lejos ha dejado atrás el noise rock a la música contemporánea y al new jazz. La gente debe prestar atención a las posibilidades abiertas por Diamanda Galas y Tim Buckley para la voz humana: escuchar de nuevo Faust, Can, Hendrix, Sun Ra, Cabaret Voltaire, Suicide..."

(Simon Reynolds, "Los poderes del horror. Ruido", en: Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas, Buenos Aires, Caja Negra, 2015).

Me tope con estas dos definiciones del NOISE algo pedantes pero pese a eso (¿o a causa de?) bastante útiles para pensar en estas formas musicales. Pero en verdad estaba buscando alguna definición de "industrial", que para mi podría ser visto tanto como un tipo de noise, basado en máquinas y en las teorías del colectivo Throbbing Gristle (cartílago palpitante: una forma en slang de llamar al pene erecto, o en buen chileno: el pico parado) sobre la cultura industrial, como temporalmente una expresión del llamado post punk: en la única definición que entiendo bien y acepto, el punk como "revolución permanente" (Julian Cope siguiendo a Trotsky y aplicándolo a estas esferas de la alta/baja cultura).  

-¿Por qué andaba pensando eso a estas horas del domingo y desde bien temprano en realidad? 

-Porque la navegación en bandcamp me llevó anoche desde los territorios del metal oscuro a los bastante cercanos del ruido industrial, pasando casi por accidente de los metaleros texanos ochenteros de Militia a los Militia de Bélgica, un colectivo industrial anarquista.

Su obra "Bandera Negra Alzada", de 2000, fue regrabada en el 2016, y está disponible desde el año pasado en el sello austriaco Infinite Fog (Neblina infinita), junto a un nutrido y variado catálogo que incluye desde la sicodelia electrónica de Coil al black metal avantgarde de Gnaw Their Tongues (atentos a todos los proyectos ligados a esta entidad holandesa ideada por Maurice de Jong).

Escuchándola, recordé un poco a los ingleses de Test Dept, y su industrial fuertemente percusivo y a veces hasta bailable, situado desde posiciones anticapitalistas y antiautoritarias y un activismo bastante visible en sus tiempos. 

Imposible superar títulos como "Camarada Piotr Kropotkin", "Mikael Bakunin", "Caos y orden natural", "Boletín Bandera Negra", "Ni Dios ni Amo", o "Movimiento anarquista por la acción directa y colectiva". 

En las partes más declamatorias me recuerdan un poco al The Ex (colectivo musical anarquista de Holanda) de Joggers and Smoggers (1989).

Hablando de Test Dept, recordé que el difunto Markos Pescador había escrito sobre ellos en su ahora re famoso blog k-punk:

"Test Dept se formó en Londres en 1981. Comenzaron como una banda de la segunda ola de la música industrial, que fue la continuación de una primera ola liderada por Throbbing Gristle y Cabaret Voltaire. Con el uso de objetos metálicos encontrados y actuaciones en espacios laborales y logísticos (fábricas abandonadas, centros de distribución), Test Dept ofrecía lo que parecía ser, a simple vista, una interpretación demasiado literal de lo industrial. A través de su implicación en varias luchas en el Reino Unido -incluyendo la huelga de los mineros (1984-1985) y el movimiento anti-impuesto al sufragio (1988-1991)- Test Dept también se comprometió intensamente con la política industrial y postindustrial.

El sonido característico de Test Dept es intensamente percusivo, una música dance convulsiva inspirada en el construccionismo soviético, que se transformó en algo así como el equivalente británico del politizado grupo de hip hop estadounidense Public Enemy.

Los discos son mosaicos sónicos que pulsan con pánico las voces sampleadas de los miembros tories del parlamento contrapuestas a declaraciones desafiantes de militantes de izquierda. 

Uno de los tracks más famosos de Test Dept, "Statement", incluido en el álbum de 1986 The Unacceptable Face of Freedom (El inaceptable rostro de la libertad), incluye al minero Alan Sutcliffe narrando un relato emocionante sobre la brutalidad policial durante la huelga. El track es una obra de ingeniería emocional, una respuesta colectiva a la manipulación de los afectos y el deseo a través de la publicidad, el marketing y la propaganda política. Sutcliffe salió de gira con el grupo: un ejemplo del modo en que las luchas producían no solo nuevas alianzas sino también nuevos espacios sociales, en los que la producción artística dejaba de ser un tema de especialistas de una cierta edad".

(Mark Fisher, Test Dept: donde confluyen el idealismo de izquierda y el modernismo popular, en: K-Punk - Volumen 2 Escritos reunidos e inéditos (Música y política), Buenos Aires, Caja Negra, 2020).

No sé si esa cita sirva como definición de industrial, pero tal vez sea mejor que dar una definición suministrar una idea del contexto de producción de este tipo de arte total.      

-¿Por qué es importante rescatar y difundir las bandas más "compañeras" del estilo industrial? 

En primer lugar, porque hicieron un tipo de arte revolucionario que puede servir de inspiración en nuestros tiempos de lucha. En segundo, porque el estilo industrial ha sido por una parte recuperado como mera brutalidad sin sesos (por ejemplo en la versión metalera a lo Fear Factory), y por otra, al igual que la escena del black metal, suelen pulular una serie de personas abiertamente fascistas o que se dicen apolíticos pero están obsesionados con la imaginería fascista. 



Otra banda industrial del Reino Unido muy política y explícitamente anarquista fue Bourbonese Qualk, de los cuales no sé mucho más que la existencia de un amplio conjunto de grabaciones muy interesantes, de las que les dejaría recomendada una para empezar: Preparing for Power.

Finalizando esta emisión, y entrando en modo "50 años de contrarrevolución", les dejo dos repercusiones del golpe de estado en Chile (el de verdad en 1973, no la rebelión popular del 2019 que ahora los tarados bajo el liderazgo conjunto de Piñera & Micco reinventan como "golpe de estado no tradicional") en la música industrial:

-"Chile al día", de los españoles Esplendor Geométrico, donde samplean la presentación del noticiario hecho por exiliados chilenos desde la RDA.

-"Patria y Libertad", de los siempre sospechosos pero excelentes Genocide Organ, donde samplean la voz de Allende en su discurso triunfal, cuando promete ser "el compañero presidente".

  


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domingo, octubre 16, 2022

A 3 AÑOS DEL “ESTALLIDO SOCIAL” EN CHILE: RESULTADOS Y PERSPECTIVAS. PARTE 2 ½.  

 Estos son fragmentos de un análisis más amplio que parcialmente sirvió de presentación a una publicación de la que se avisará prontamente su lanzamiento. 

Estas son algunas de las partes que quedaron fuera de la versión más ajustada del texto.



Espontaneidad

“Espontáneo, a

Del lat. spontaneus.

1. adj. Voluntario o de propio impulso.

2. adj. Que se produce sin cultivo o sin cuidados del ser humano.

3. adj. Que se produce aparentemente sin causa” (Diccionario de la Real Academia de la lengua española).

Tal vez ninguna otra palabra describe mejor la forma en que el acontecimiento desplegado a partir de unos pocos días antes del 18 de octubre se presentó en sociedad: como un “estallido”, es decir, una explosión súbita, imprevista, y dispersa. Espontánea. Es decir, todo lo contrario de una acción colectiva, planificada, orquestada, dirigida o centralizada. Como recuerda el historiador Sergio Grez, el movimiento “surgió y se desarrolló de manera absolutamente espontánea, pues no fue el resultado de una preparación previa ni de una convocatoria de una suerte de ‘estado mayor’ que, operando desde las sombras, ejecutara con eximia maestría un plan destinado a provocar el levantamiento popular”. Por el contrario, y como todos sabemos, las evasiones masivas iniciadas por estudiantes del Instituto Nacional se extendieron “como reguero de pólvora” concitando un apoyo masivo el 18-O: “La respuesta torpe y puramente represiva del gobierno hizo el resto. En cuestión de horas todo el país estaba involucrado” (1).

Cuando algunos políticos y periodistas/policías hacían un checklist para determinar si era o no “desobediencia civil”, lo que se tomaba las calles no era ni la ciudadanía (2) ni tampoco el poder constituyente con que luego la socialdemocracia se intentaba explicar el acontecimiento. La revuelta que estallaba desde los liceos y los subterráneos del Metro hacia las calles y plazas era un poder destituyente: una multiplicidad de cuerpos, de formas de vida que se entrelazaban para desafiar al Estado y a sus “hombres armados” en las calles y que en el acto de hacerlo interrumpían el tiempo histórico de la dominación desbordando cualquier encuadramiento partidista y/o posible recuperación institucional. Eso fue el inicio mismo de la revuelta de octubre: la reconstitución tan largamente esperada del pueblo anárquico, sujeto histórico por excelencia de los momentos de rebelión.  Ese pueblo que hace posible las revueltas y revoluciones, y que luego es enviado de vuelta a su lugar tras las bambalinas de la historia, cuando la burguesía finalmente consigue el retorno a la normalidad.

Hablo de pueblo anárquico para realzar a la vez su carácter de sujeto colectivo y la espontaneidad de la acción que lo constituye y las formas en que se expresa: anarquía en un sentido práctico, no ideológico. Y hablo de pueblo pues no coincidía totalmente con la categoría proletariado, más bien la excedía, puesto que se trataba de un movimiento popular más amplio y multiclasista, pero sin duda que el elemento proletario juvenil era parte de su núcleo esencial -aunque aparecieran como “estudiantes”, “jóvenes”, “marginales”- al menos al inicio, antes de que la pequeña burguesía ciudadanista y democrática terminara cooptando la iniciativa, contaminando las ideas y articulando las demandas del estallido llevándolas al plano institucional, electoral y constituyente (3). 

Ese pueblo anárquico en acción fue lo que asustó a la burguesía al punto de quitarle por semanas la cordura y el habla, y asustó también a la totalidad del sistema de representación política (de la extrema derecha a la izquierda del capital), que demoró un mes completo en poder salir de su estado de pánico para articular entre el 12 y el 15 de noviembre una “salida” a la crisis que mientras más pasa el tiempo más se confirma como una gran contrarrevolución democrático/institucional, digna de un Manual que complemente las viejas enseñanzas de Joseph De Maistre acerca de cómo se hacen las contrarrevoluciones (4).

Decimos que el movimiento fue espontáneo no sólo porque no tuvo jefes ni un Estado Mayor que decidiera el momento y las modalidades del ataque. “Espontáneo” no significa sólo “salvaje”, como en una huelga salvaje, sino que, tal como caracterizó Marx al bando o partido proletario de su tiempo, designa a un movimiento que “nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna”. Como señala Emilio Madrid a propósito del concepto de espontaneidad, “estos movimientos del proletariado están totalmente determinados por la situación que esta clase ocupa en el conjunto de las relaciones sociales fundamentales de la sociedad moderna, y por una coyuntura particular que, durante un período dado, le proporciona la ocasión de intervenir en escena”  (5).

Los días previos al 18 de octubre fueron días de agitación y combates en las calles del centro de Santiago y varias estaciones de metro. La sensación en el ambiente era la certeza de que el conflicto se iba a profundizar. Como dijeron los comunistas esotéricos, “sabíamos que existía una tensión que rugía subterráneamente en nuestra ciudad. Sabíamos que la cuerda podía romperse en cualquier momento. Sabíamos que algo pasaba: eran numerosos los indicios de que algo estaba pasando. Nos atrapó, pero no desprevenidos” (6). Las “condiciones objetivas” estaban ahí hace rato, y a la combatividad y creatividad que laman “estudiantil” (cuando en verdad se trata del proletariado juvenil de los Liceos) se unió la aberrante desconexión con la vida del pueblo e impresionantes niveles de estupidez demostrada por varios voceros del gobierno, que antes las alzas de pasajes llamaban a levantarse más temprano y comprar flores, además de sus explicaciones acerca de que “a los estudiantes no les subimos el pasaje”, razón por la cual señalaban que no se entendía el porqué de sus protestas...

El resultado de esta mezcla explosiva fue tan impactante que reverbera hasta hoy: entre el lunes 14 y el viernes 18 de octubre el sujeto colectivo despertó, se levantó, y se vivió como casi nunca antes el fuego de las barricadas en toda la ciudad, como en las viejas, abundantes y trágicas revueltas proletarias que han acontecido en estas mismas calles y sobre las cuales ni en la Escuela ni en la televisión ni en los partidos políticos te cuentan casi nada.

Precedentes: 1957 y 1888

“Hechos sintomáticos se produjeron durante la asonada de ayer. Las turbas, en su afán sedicioso, no respetaron ninguno de los poderes constituidos del Estado. Pretendieron asaltar La Moneda y atacaron de hecho los edificios en que funcionan el Congreso Nacional y los superiores Tribunales de Justicia. La prensa no escapó, tampoco, a este afán destructor…” (La Nación, 3 de abril de 1957).

La historia no se repite, pero rima. Dentro de la historia de las revueltas y rebeliones nos encontraremos con una gran variedad de ejemplos, muy diferentes unas a otras, pero también hallaremos similitudes asombrosas, al punto que varios reaccionarios y también los revolucionarios que miran la historia por el espejo retrovisor analizan las revoluciones a la luz de unos cuantos arquetipos: de Robespierre a Napoleón, de Lenin a Stalin, revolución de febrero y revolución de octubre, etc. 

Algunas rebeliones que fueron anticipando el octubre chileno del 2019 fueron las que protagonizaron los estudiantes secundarios de Santiago en el mochilazo del 2001, la revolución pingüina del 2006, y las protestas estudiantiles del 2011. Además, se produjo la “explosión feminista” el 2018, y hubo fuertes rebeliones locales en Magallanes (2011), Aysén (2012), Freirina (2012), y Chiloé (2016). Además, ese año 2019 hubo rebeliones en Hong Kong, Francia, Ecuador, Colombia, Haití, Bolivia e Irak, entre otras. Pero en tanto revuelta nacional motivada por aumento de precios del transporte, apenas empezó octubre siempre tuve en mente los acontecimientos de marzo y abril de 1957.

Tal como cuento en el Prólogo al libro de Katerina Nasioka Ciudades en insurrección. Oaxaca 2006, Atenas 2008 (7), antes del 18 de octubre habíamos especulado y estudiado junto con amigos y compañeros esa revuelta chilena ocurrida a finales del segundo gobierno de Ibañez (1952-1958). En esa ocasión los disturbios comenzaron los últimos días de marzo en Valparaíso, y se extendieron a Concepción y Santiago, llegando a su punto más alto en la capital el martes 2 de abril, cuando en respuesta al asesinato policial de una estudiante la multitud expulsó a Carabineros del centro, el que fue tomado horas más tarde por los militares.

Ibañez decretó el Estado de Sitio señalando que era “indispensable para evitar que el vandalismo que ha sufrido la capital se extienda a otras ciudades”, y advirtiendo que la fuerza pública tiene “las armas que necesitan para ello: fusiles, ametralladoras y cañones”, los que “se emplearán para poner fin a la obra vandálica de los malvados que pretenden producir el caos y la anarquía”.  Con harta mejor retórica que Piñera, la declaración de Ibañez termina afirmando que: “El Gobierno no ataca. Defiende el orden social y a la violencia ilegítima e irresponsable, opondrá la violencia legítima y restauradora”.  

El saldo fueron decenas de muertos (ninguno en el bando policial/militar), cientos de presos, y un descrédito creciente del gobierno, que poco antes de expirar indultó a varios presos políticos, derogó la Ley de Defensa de la Democracia -conocida como “Ley Maldita”, dictada por el presidente radical González Videla cuando en 1948 se subió al carro de la Guerra Fría, expulsando de su gobierno y proscribiendo al Partido Comunista- y en su reemplazo hizo aprobar la Ley 12.927 de Seguridad del Estado, vigente y de esporádica aplicación por todos los gobiernos hasta el día de hoy. Lentamente el pueblo siguió madurando su conciencia y experiencia organizativa, que se desplegarían con fuerza en la década siguiente, en crecientes movilizaciones y en el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias, disipadas las ilusiones en el PS (que apoyó a Ibañez en las elecciones de 1952), en el PC y en el “frentepopulismo” en que se había empantanado la izquierda desde 1936 y que finalmente subsistió, renovando desde 1970 la colaboración de clases bajo la forma de la Unidad Popular y hoy en día bajo la forma de Apruebo Dignidad.

La revuelta de 1957 nos obsesionaba bastante, pues sentíamos que a través de alzas del transporte podía volver a desatarse una insurrección, pero ya en pleno siglo XXI.  Así había ocurrido varias veces en Chile, no sólo en la recordada “revolución de la chaucha” de 1949 -a la cual se refirió Albert Camus que estaba casualmente de paso en Santiago y que anotó en su diario: “Día de disturbios y revueltas. Ya ayer hubo manifestaciones. Pero hoy esto parece un temblor de tierra” (8)- sino que desde mucho antes, en asonadas como la “huelga de los tranvías” del 29 de abril de 1888 (9).

Esa jornada, como señala Sergio Grez, “provocó un fuerte impacto en la opinión pública y en las autoridades. El ‘bajo pueblo’ santiaguino, convocado por la representación política del movimiento popular organizado, había irrumpido en el centro de la capital para apoyar una reivindicación que concernía a la defensa de su nivel de vida. La flamante vanguardia política, el Partido Democrático, constituida esencialmente por artesanos, obreros calificados y algunos jóvenes intelectuales escindidos del Partido Radical, había sido sobrepasada por la acción de las ‘turbas’ de desheredados que impusieron su sello a la manifestación, transformando un meeting pacífico, respetuoso del orden y de las leyes, en una explosión de violencia popular que se extendió desde el centro a los barrios periféricos, produciendo cuantiosos daños a la propiedad pública y privada”. Mientras una delegación trataba de entregar un petitorio en la Moneda, un grupo de seis mil personas “entre los cuales habían muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada” (según informa el expediente judicial (10)). A partir de ahí, “se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales” (11).

La evidencia de que los tarifazos pueden generar brotes insurreccionales nos hizo estar alertas en febrero de 2016 ante un tímido pero contundente brote de protestas espontáneas ante el alza de pasajes del Metro de Santiago, que generó una pronta y desmedida respuesta policial. Parecía claro que el desajuste al interior del sistema de transporte de mercancía humana no sería tolerado.

Ya antes, el 2010, habíamos podido apreciar cómo en Concepción luego del terremoto/maremoto del 27 de febrero el Estado pareció disolverse brevemente en medio de saqueos masivos y desórdenes públicos que hicieron declarar estado de excepción y sacar tropas militares a controlar el orden. Estuvimos alertas a esos signos, pues sabíamos que en esos momentos se puede vislumbrar lo que hay por debajo de la fachada del “orden público”, y porque habíamos estudiado atentamente el magnífico libro de Pedro Milos, Historia y memoria. 2 de abril de 1957 (LOM, 2007), redactando incluso una breve síntesis sobre dicho acontecimiento en el segundo y último número de la revista Comunismo Difuso (2011) (12).

Precedentes: 1968, o ¿acaso es esto revolución?

“La historia presenta pocos ejemplos de un movimiento social de la profundidad del que estalló en Francia en la primavera de 1968; al menos no ha habido ninguno en el que tantos cronistas se han puesto de acuerdo para decir que era imprevisible. Esta explosión ha sido una de las menos imprevisibles de todas. Resulta, sencillamente, que jamás el conocimiento y la conciencia histórica habían sido tan mistificados” (René Vienet, Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones).

Las similitudes entre el 1968 francés y el estallido chileno fueron señaladas por no pocas personas. En parte porque en ambos eventos saltaba a la vista la explosión de creatividad, la imaginación popular expresada en las paredes, que para muchos es lo más destacable de mayo del 68, un movimiento que a pesar de su profundidad tras décadas de tergiversaciones es visto como una mera “rebelión estudiantil”, y no como la más grande huelga salvaje de la historia.  Por eso es que, desde el vórtice de dicho torbellino, los situacionistas encargaron a Vienet redactar rápidamente un libro sobre lo que ellos llamaron el “movimiento de las ocupaciones”, seguros como estaban no sólo de su relevancia global que marcaba “el comienzo de una época”, sino también de que muy rápidamente se iban a verter toneladas de tinta y saliva sociológica tergiversando y ocultando aspectos clave de ese gran estallido, para presentarlo como un superficial fenómeno juvenil y no como “el regreso de la revolución social” (13).

En efecto, había más de una similitud entre ambas revueltas, y entre ellas merece destacarse lo que señala la cita de Vienet que pusimos arriba: acá en Chile, salvo un par de “intelectuales” como Atria o Mayol que pretendieron haber “profetizado” el evento, lo cierto es que los políticos profesionales, periodistas, policías y cronistas en general “no vieron venir” algo que evidentemente estaba en el aire desde hace mucho tiempo, y que no tomó por sorpresa a los escasos grupos revolucionarios que aún existían en ese momento.

Los situacionistas declararon no haber profetizado nada, sino que solamente señalaron lo que ya estaba allí: “Sencillamente, después de treinta años de miseria que en la historia de las revoluciones no han contado más que un mes, llegó ese mes de mayo que resume treinta años” (14).

Otra similitud que me parece necesario destacar es que luego del acontecimiento de mayo/junio del 68, los izquierdistas en general se turnaban para señalar que “no fue una revolución”. Este aspecto es clave, puesto que en Chile se habló de “estallido social”, “revuelta” o de “rebelión popular”, sobre todo desde la izquierda, mientras la derecha más extrema tendió a diagnosticarla de inmediato como una “insurrección”, e incluso como una revolución de nuevo tipo, a la que algunos llamaron “molecular” (15).

La comparación del octubre chileno con el mayo francés ha sido tomada por el ya aludido Carlos Peña en La revolución inhallable para denostar ambas como “seudorevoluciones” o meras “revoluciones culturales”, motivadas según él y Alain Touraine por el “éxito” del sistema capitalista, y que por ende no lo impugnan seriamente (16). 

Más cerca nuestro, Igor Goicovic ha dicho que el estallido chileno empezó como revuelta y se transformó en rebelión, pero que “en ningún caso llegó a ser una revolución” (17), mientras Budrovich y Cuevas señalan que “la única transformación revolucionaria que puede preciarse de ser tal es aquella en la cual se supera el modo de producción basado en el trabajo asalariado y la valorización del valor” (18). Pero el mismo Goicovic señala que el modelo de revolución que tuvo a la vista es el francés y el ruso (19) y, por otra parte, la revolución anticapitalista radical o comunizadora que refieren Budrovich y Cuevas no es la única forma de revolución posible, y de hecho no ha “triunfado” hasta ahora en ninguna parte, lo cual no significa que no hayan existido y sigan existiendo otras muy diversas formas de revoluciones.

Paradójicamente, el concepto de “revolución” proviene de la denominación que se le da al movimiento de un astro alrededor de otro, retornando siempre al mismo punto inicial. A partir de ahí, adoptando un sentido bastante diferente, pasó a designar “una transformación que hace que no exista retorno al mismo punto”. En ese sentido el concepto revolución designa lo mismo que la re-vuelta: un movimiento de retorno a un punto de partida que permite un re-comienzo, una transformación. Como señala Guattari, la revolución es “un proceso que produce historia, que acaba con la repetición de las mismas actitudes y de las mismas significaciones”, “una repetición que cambia algo, una repetición que produce lo irreversible”. La revolución es siempre imprevisible e imposible de programar. No es un evento, sino un proceso: “la revolución es procesual o no es revolución” (20). Por eso, cuando se empezaron a instalar placas conmemorativas por todas partes y a los niños en la escuela se les obligaba a recitar de memoria la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, “se trataba de una revolución que ya no tenía un carácter procesual”.  A eso podríamos sumar otro ejemplo notable: cuando el cadáver de Lenin fue momificado y exhibido en la Plaza Roja era una señal clara de que la revolución rusa finalmente había dado paso a la contrarrevolución.

Por esto es interesante tener en cuenta que, en 1969, al publicar el análisis detallado de los hechos del año anterior, sus propios “resultados y perspectivas”, la Internacional Situacionista señalaba: “Tras la derrota del movimiento de las ocupaciones, tanto los que participaron como los que tuvieron que padecerlo se han planteado a menudo la pregunta: ‘¿Fue una revolución?’. El empleo extendido, en la prensa y en la vida cotidiana, de un término cobardemente neutral –‘los acontecimientos’- señala precisamente el retroceso ante la respuesta, ante la formulación siquiera de la cuestión”  (21).

Echando mano a varios ejemplos históricos para recordar que una revolución que no consigue triunfar sigue siendo pese a ello una revolución, citando como referencia las revoluciones de 1848, la revolución rusa de 1905, la española de 1936 y la húngara de 1956, la IS sostiene que:  Todas estas crisis, inacabadas en sus realizaciones prácticas e incluso en sus contenidos, aportaron sin embargo muchas novedades radicales y pusieron seriamente en jaque a las sociedades a las que afectaron, por lo que pueden ser calificadas legítimamente como revoluciones”. Las revoluciones que no triunfan pueden de todos modos “producir historia”, y no necesariamente deben ser medidas por la magnitud de la matanza: “Revoluciones incontestables se han afirmado con choques poco sangrientos, incluso la Comuna de París que acabaría en masacre, y muchos enfrentamientos civiles han acumulado miles de muertos sin ser en absoluto revoluciones”.



Revueltas e insurrecciones, revoluciones y contrarrevoluciones

Las revueltas son siempre el polo negativo de una revolución: su momento insurreccional. En este sentido, como destaca Villalobos-Ruminott (22), no existe una verdadera oposición o dicotomía entre revueltas y revoluciones, a pesar de lo que señala Furio Jesi en su libro Spartakus. Simbología de la revuelta (23), cuando refiere que “de acuerdo con el significado habitual de ambas palabras, la revuelta es un repentino foco de insurrección que puede insertarse dentro de un diseño estratégico pero que de por sí no implica una estrategia a largo plazo, y la revolución por el contrario es un complejo estratégico de movimientos insurreccionales coordinados y orientados relativamente a largo plazo hacia los objetivos finales”. Visto así, “la revuelta suspende el tiempo histórico e instaura de golpe un tiempo en el cual todo lo que se cumple vale por sí mismo, independientemente de sus consecuencias y de sus relaciones con el complejo de transitoriedad o de perennidad en el que consiste la historia”, y “la revolución estaría, al contrario, entera y deliberadamente inmersa en el tiempo histórico” (24).  

Pero el mismo Jesi, al referirse al martirio de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919 durante el aplastamiento de la revolución alemana señala que ese desenlace escogido conscientemente demostraba la imposibilidad de separar revuelta y revolución. Si bien Rosa juzgó inoportuno el momento en que estalló la revuelta, no se disoció del comportamiento de sus compañeros de clase porque hacerlo “significaba reconocer la fractura entre revolución y revuelta”, y “por más hostil que fuera la revuelta, Rosa Luxemburgo no aceptaba y no aceptó considerarla totalmente distinta de la revolución” (25).

Lo que ocurre es que las revoluciones que son exitosas en establecer un nuevo orden social, son monumentalizadas en su función de mito fundacional del nuevo sistema de dominación. En ese punto el momento insurreccional es fetichizado y finalmente escondido y olvidado, pues si el nuevo orden pretende basarse en el Derecho no querrá que se le recuerde su origen violento. La violencia fundadora de derecho se consolida en violencia conservadora de derecho, y la antigua clase revolucionaria para a ser contrarrevolucionaria.

La concepción monumentalizada de la revolución parece neutralizar mitologizando su polo negativo, para concentrarse exclusivamente en la exitosa transformación del régimen político o del orden social. Esto explica que por una parte se niegue el carácter de revolución a las revueltas o insurrecciones que por poderosas que sean no logran hacer caer el antiguo régimen para iniciar uno nuevo, y que por otra parte se considere como revoluciones a simples golpes de Estado como las revoluciones militares chilenas de 1924 o 1932, o incluso al 18 de septiembre de 1810, evento en que no hubo sublevación popular alguna sino sólo maniobras propias de la afirmación política autónoma de la oligarquía criolla (26).

La monumentalización del concepto de revolución acarrea un efecto social y político importante, que consiste en castrar la imaginación radical y el deseo de transformaciones profundas, propiciando un modelo de sacrificio militante calcado de las grandes figuras masculinas/patriarcales de los héroes de la revolución. En comparación a los “grandes hombres” de la Revolución con mayúscula la importancia de la acción individual y colectiva de todos nosotros se diluye,  pues nunca nuestras revueltas van a saciar la tremenda ansia de heroicidad que se desprende de la concepción normativa de los revolucionarios profesionales, que al despreciar todos los procesos que no se realizan a imagen y semejanza de su propio mito fundacional son los primeros en olvidar el testamento político de Rosa Luxemburgo, que culmina diciéndole a los esbirros estúpidos (entre los cuales además de los defensores del viejo orden yo incluiría a fascistas y estalinistas) que “La revolución, mañana ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!” (27).

Muy por el contrario: para ellos las revoluciones sólo se ubican en el tiempo mítico del pasado distante de la vieja lucha de clases y en el futuro también mitológico del “hombre nuevo” y los “nietos liberados”. En el intertanto, dicen que octubre no pudo ser ni de cerca una revolución porque no tomamos el poder, no hubo soviets, tampoco lucha armada, y no tuvimos ni de cerca a un  Lenin ni a un Che Guevara ni nada que se parezca a la clásica figura revolucionaria del Gran Timonel (28). En el mejor de los casos, estos sujetos reconocen de forma despectiva a las revueltas más recientes en el mundo como “revoluciones de color”. Lo cual suministra un gran dato: su revolución es gris, en blanco y negro.

Pero afortunadamente existen otras voces y miradas más frescas. Así, en base a la experiencia palestina de la Intifada, Rodrigo Karmy señala que ese concepto, que literalmente significa “revuelta”, se usa indistintamente con el de thawra, que designa la “revolución”. Y agrega que, a diferencia de la revolución rusa que se basó sobre el modelo de la francesa, las revoluciones de nuestro tiempo serían “revoluciones de final abierto”, como teorizara Hamid Dabashi en relación a la Primavera árabe: “no se trata de una simple revuelta, pero tampoco de una revolución consumada, sino de un híbrido que excedió tanto la noción de revuelta como la de revolución”. En este sentido Karmy responde a mediados de noviembre de 2019 la interrogante sobre si nuestro octubre se trataba de una revolución diciendo que “seguramente sí, pero de una revolución exenta de filosofía de la historia, que sabe que no hay garantías de nada porque todo arde en el vestíbulo de una historicidad siempre abierta” (29).

Poniendo en cuestión el concepto progresista-lineal de la revolución, Walter Benjamin dijo que, si para Marx “las revoluciones son la locomotora de la historia universal”, tal vez ocurre en realidad algo completamente distinto, y “las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de emergencia que hace el género humano que viaja en ese tren”. Interrupción y no aceleración del tiempo histórico del capital: la revolución proletaria y humana no nada a favor de la corriente, sino que a contracorriente del progreso como catástrofe. Esto nos hace pensar en la necesidad de revolucionar permanentemente nuestra teoría de la revolución, pues a fin de cuentas, como señala en otra parte Sergio Villalobos-Ruminott al referir los aportes de Furio Jesi a la teoría de la revuelta, todas esas nociones emparentadas (revuelta, insurrección, levantamiento, huelga general, rebelión, protesta, motín, asonada, etc.) “constituyen un marco conceptual amplio, y no necesariamente ajeno a contradicciones, en el que es posible atisbar una relación no convencional con el tiempo histórico. Es como si cada una de estas nociones quisiera nombrar un momento de alteración de la concepción lineal y espacializada del tiempo, favoreciendo una experiencia no convencional de la historia y del ser en común” (30).

Esto es lo que importa tener en cuenta, superando la noción historicista y monumentalizada de las revoluciones modernas, que en nuestro tiempo aún pesan como una presencia fantasmal que nos hace ningunear las revueltas actuales por no ajustarse a la concepción normativa del modelo burgués de revolución. No se trata de “revuelta o revolución”, sino de profundizar y conectar todas las revueltas transformándolas en una gran revolución.

 

NOTAS:

1.- Grez, Sergio, Contribuciones en torno la revuelta popular (Chile 2019-2020) en Ignacio Abarca Lizama (compilador), Editorial Kurü Trewa/Instituto de Estudios Críticos, 2020, p. 121.

2.- Articulada siempre como categoría de exclusión, pues si existen ciudadanos es porque también existen los no-ciudadanos, la ciudadanía opera siempre en concomitancia con el poder de un Estado/Nación, respecto al cual el ciudadano dialoga y a la vez participa como parte del Estado: al votar, una persona “se hace parte” directamente del aparato de dominación política. Por eso es absurdo hablar de una “revuelta ciudadana”: los ciudadanos no se revuelven en contra de nada, pues se entregan voluntariamente dejándose moler en el molino mítico de la democracia.

3.- Un colega que trabaja en instituciones de derechos humanos me decía que con su pareja estaban ideando un “instrumento” que consistía en una tabla para poder recoger las distintas demandas de las consignas y paredes, clasificándolas luego en base a con qué derecho humano específico enlazaba. Yo me preguntaba: ¿y en qué tipo de Declaración o Tratado caben consignas como “Hasta que todo caiga”, “Cuicxs culiaxs, ¡que arda Providencia!”, “Deja el fuego ser poema”, “Fui a dejar mi opinión con una piedra” o “Acompáñame a pasar por el caos a ver si algo en nosotrxs también se enciende”. ¿Derecho de rebelión? No: era la an/arché como comunismo de la inteligencia y anarquía de los sentidos, lo que Benjamin llamaba “el verdadero estado de excepción”: In girum imus nocte et consumimur igni.

4.- De Maistre proclama al cerrar sus “Consideraciones sobre Francia” (1796) que “el restablecimiento de la Monarquía, que llaman contrarrevolución, no será una revolución contraria, sino lo contrario de la revolución”, y agrega: “se acostumbra dar el nombre de contrarrevolución al movimiento, cualquiera que sea, que ha de dar muerte a la Revolución; y, puesto que este movimiento será contrario al otro, habrá que esperar consecuencias opuestas”.

5.- Prefacio del traductor a León Trotsky, Informe de la delegación siberiana, Ediciones Espartaco Internacional, 2002.

6.- Círculo de Comunistas Esotéricos, Tiempos mejores. Tesis provisionales sobre la revuelta de octubre de 2019, Santiago, Noviembre de 2019. Disponible en: https://comunistasesotericos.noblogs.org/files/2020/03/Tiempos-Mejores-1.pdf

7.- Editado en Chile por Pensamiento y Batalla (2021).

9.- A esa movilización y a la “huelga de la carne en 1905 se ha referido el historiador Sergio Grez en Una mirada al movimiento popular desde dos asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905), disponible en: https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D21042%2526ISID%253D730,00.html

10.- Causa Criminal de Oficio contra Rosamel Salas y otros. Materia: desórdenes públicos contra la autoridad, Policía de Santiago, 1º Juzgado, Nº1337. Citado por Sergio Grez, op. cit.

11.- Ibid.

12.- Existe una versión que nuestro amigo y camarada Cristóbal Cornejo subió a El Ciudadano: https://www.elciudadano.com/organizacion-social/2-de-abril-de-1957-valparaiso-concepcion-y-santiago-insurrectos-por-el-alza-del-transporte/04/02/ Cristóbal vivió intensamente la revuelta chilena del 2011, pero se quitó la vida en marzo del 2015. De todas formas, en octubre uno podía sentir su presencia danzante en medio del fuego.  

13.- El libro se encuentra disponible en el Archivo Situacionista Hispano: https://sindominio.net/ash/enrages.html

14.- Ibid.

15.- Ver el texto de Daniela Carrasco, “18 de octubre: el inicio de una revolución molecular”, El Líbero, 6 de noviembre de 2019. Incluida en: La insurrección chilena desde la mirada de la Fundación Jaime Guzmán (2020), pág. 12. En Félix Guattari lo “molecular” equivale a la dimensión micropolítica, a diferencia de lo “molar”. El antiguo nazi devenido ideólogo de la nueva derecha posfascista Alexis López Tapia también “teorizó” acerca de lo que llamó “revolución molecular disipada”, llegando incluso a hacer clases sobre el tema ante las fuerzas armadas de Colombia justo antes del estallido social ocurrido en ese país desde abril del 2021. Y no sólo suministró argumentos a los represores para no dudar en aplastar la revuelta implacablemente, sino que su teoría fue referida en un polémico tuit por el ex presidente Álvaro Uribe. En brevísimos cinco puntos el derechista Uribe resumía la situación y terminaba señalando: “Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa”, y pedía fortalecer a las Fuerzas Armadas cuando ya habían asesinado a más de 24 manifestantes.

16.- Se trata de un opúsculo encargado a Peña por el think tank derechista Centro de Estudios Públicos https://www.cepchile.cl/cep/estudios-publicos/n-151-a-la-180/estudios-publicos-n-158/la-revolucion-inhallable

19.- “Estoy utilizando el concepto de ‘revolución’ como lo han utilizado, entre otros, George Rudé, por ejemplo, para caracterizar la Revolución Francesa de fines del siglo XVIII, o Eric Hobsbawm, al momento de caracterizar la Revolución Bolchevique de 1917”.

20.- ¿Revolución?, en: Félix Guattari y Suely Rolnik. Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid, Traficantes de sueños 2006, pág. 211.

21.- “El comienzo de una época”, Internacional Situacionista N° 12, septiembre de 1969. Disponible en: https://sindominio.net/ash/is1201.html

22.- “Teoría de la revuelta y revuelta de la teoría”, en: https://www.youtube.com/watch?v=W39xKvVVxrc&ab_channel=SergioVillalobosRuminott

23.- Editado en Argentina por Adriana Hidalgo, 2014.

24.- Furio Jesi, op. cit., pág. 63.

25.- Ibid., pág. 109. Recomiendo leer el comentario de Karmy en el capítulo de Intifada titulado “Mitología de la revuelta” (Metales Pesados, 2021, págs. 73-96).

26.- El historiador marxista libertario Luis Vitale decía que el 1810 chileno, que se caracterizó por una escasa participación del pueblo (sólo 350 personas acompañaron a la primera Junta de Gobierno el 18 de septiembre en el salón del Consulado), fue solamente una revolución política separatista, que no perseguía un cambio social estructural y no realizó ninguna de las tareas de las revoluciones burguesas en Europa, en las que supuestamente los dirigentes criollos se habrían inspirado. Sólo en la segunda etapa de esta revolución, luego de la Reconquista española, hubo mayor participación popular. Ver: https://elporteno.cl/luis-vitale-la-interpretacion-marxista-de-la-independencia-de-chile/

27.- Rosa Luxemburgo, “El orden reina en Berlín”, 14 de enero de 1919. En: https://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm

28.- Los compañeros de Théorie Communiste han profundizado en la crítica de la concepción normativa del comunismo y la revolución: “el comunismo no es una norma que permita juzgar cada fase revolucionaria según el grado en que se haya aproximado a dicha norma ni que permita explicar su fracaso por el hecho de que no lo haya logrado”, es una “producción histórica de cada uno de los ciclos que ha marcado la historia de este modo de producción y de la lucha de clases”. Ver: Théorie Communiste. De la ultraizquierda a la teoría de la comunicación. Más allá del programatismo.  Traducción de Federico Corriente. Rosario, Lazo, 2022.

29.- Dabashi (2014), citado por Rodrigo Karmy, “El pueblo quiere iniciar un nuevo régimen”, en: El porvenir se hereda. Fragmentos de un Chile sublevado, Sangría, 2019, pág. 99-105, disponible como columna en: https://www.eldesconcierto.cl/2019/11/19/el-pueblo-quiere-un-nuevo-regimen/.

30.- Sergio Villalobos-Ruminott, Mito, destrucción y revuelta. Notas sobre Furio Jesi (2021). En: https://ficciondelarazon.org/2021/01/06/sergio-villalobos-ruminott-mito-destruccion-y-revuelta-notas-sobre-furio-jesi/

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viernes, septiembre 02, 2022

El punto de inflexión de 2019 (Manifiesto Conspiracionista) 

 


La contrarrevolución de 2020 responde a los levantamientos de 2019 | Capítulo del Manifiesto conspiracionista

(tomado de Artillería Inmanente)

1. El punto de inflexión de 2019. 

Digamos que existe un Orden Mundial.

Digamos que un conjunto de poderes —estatales, económicos, geopolíticos o financieros—, aunque compitan en el detalle de sus intereses, tienen un interés fundamental en mantener el orden general, una cierta regularidad, una cierta estabilidad, una cierta previsibilidad, aunque puramente aparente, del curso de los acontecimientos.

Digamos que el punto en que se unen vitalmente es el mantenimiento de la servidumbre universal, que forma la condición común de sus existencias singulares.

Pongámonos ahora en el lugar de cualquiera de estos poderes a finales de 2019, digamos en octubre. ¿Cómo no verse sacudido por el pánico?

El Hong Kong pacífico, financiero, consumista, la ciudad-Estado sin historia, el templo de la nada comercial, el colmo del vacío climatizado donde, antes del movimiento Occupy, habría sido difícil encontrar una idea política suspendida en todos sus interminables centros comerciales.

Hong Kong, entonces, comienza a arder.

Semana tras semana desde febrero de 2019, un movimiento localista terco y seguro de su causa, floreciente, desafía el poder chino. En varios meses reinventa el arte de la revuelta — láseres cegadores, paraguas de protección, conos de extinción y raquetas para granadas lacrimógenas, primeras líneas de lanzallamas, barricadas de estilo inédito. La ciudad queda paralizada constantemente, el aeropuerto es invadido, el parlamento local es ocupado y profanado. Todo ello inspirado expresamente en los chalecos amarillos franceses. Las aplicaciones que servían para ligar sirven en ese momento para componer los «black blocks». Los jóvenes lectores de mangas se ponen a confeccionar sus tácticas en las calles con la misma seriedad que dedicaban a sus estudios de ingeniería algunas semanas antes. El movimiento comparte y debate sus estrategias en un foro donde los habitantes son tan numerosos que la water army1 china de doscientos ochenta mil funcionarios pagados para ocupar el ciberterreno no logran su propósito; y además, sus agentes son tan pésimos que se descubren a sí mismos.

Be water, ésta es una doctrina táctica que ningún amotinador occidental había soñado con tomar prestada de Bruce Lee.

Blossom everywhere —florecer en todas partes— había que pensarlo y, sobre todo, hacerlo.

En noviembre de 2019, la universidad politécnica está ocupada y se defiende con orgullo incluso con arcos de flechas de competición detrás de barricadas en llamas. Cuando la policía al asalto, largamente repelida, finalmente se apodera de los edificios, éstos están vacíos de ocupantes: los estudiantes, guiados por los planos que les facilitaron los arquitectos de la facultad, han conseguido escapar por el alcantarillado mientras los mayores acudían a filtrarlos por varios puntos de las calles de la ciudad en las diferentes salidas con sus placas de hierro fundido. Todo ello acordado de antemano.

Octubre de 2019, Líbano —la antigua Fenicia: lo que no es una menudencia para la historia de una determinada civilización— se rebela y se sustrae a la forma de gobierno más tortuosa, a la institucionalización más formidable del «dividir para reinar mejor»: la República multiconfesional. Y esto gracias a la presión que ejerce sobre las sociedades la inexorable catástrofe climática. Una ola de incendios reveló a la población que sus líderes habían desfalcado las arcas del Estado hasta tal punto que no quedaba ni un valiente Canadair2 en todo el país. Al darse cuenta de que los bosques no tenían ninguna confesión, los habitantes se organizaron para luchar contra los incendios sin preocuparse por sus vinculaciones religiosas. De esta experiencia común extrajeron una lectura compartida de la situación política y de los poderes presentes. El anuncio de un nuevo impuesto a las comunicaciones por WhatsApp, hasta ahora gratuito, prendió fuego a la pólvora de la cleptocracia libanesa. Las diversas «comunidades», todas engañadas, se levantaron juntas contra el cinismo de sus líderes. En octubre de 2019, un Líbano perfectamente inesperado se reveló a la faz del mundo: locales de Hezbolá asaltados, los automóviles de los ministros atacados, los ministerios y las carreteras bloqueados, las plazas ocupadas. Prima de la revuelta del Hirak en Argelia, que desde febrero de 2019 había dejado al régimen aturdido e incapaz de ninguna maniobra a fuerza de verlas frustradas una a una, la insurrección libanesa encontrará también dispuesta contra ella las armas represivas proporcionadas por el Estado francés.

Más aterrador aún, en este maldito mes de octubre de 2019, se levanta a su vez la no menos industriosa, modernista y pacífica Cataluña, la vieja Cataluña que inventó en 1068 la noción moderna de valor, sin la cual el capital probablemente no sería lo que es. El inofensivo pero omnipresente independentismo, con sus asambleas locales, sus comités de defensa de la república y sus informáticos de última generación, está fuera de sus casillas. Como reacción al veredicto del proceso a sus dirigentes juzgados por haber organizado un referéndum convoca una huelga general para «hacer de Cataluña un nuevo Hong Kong», y a su vez bloquea el aeropuerto mediante un ingenioso sistema de mensajería cifrada impulsado bajo el nombre de «Tsunami democrático». Varios días de disturbios, sabotajes y bloqueos por toda Cataluña, luego colosales marchas populares que confluyen durante seis horas de feroces enfrentamientos en la plaza Urquinaona, en pleno corazón de Barcelona, dan un nuevo rostro a la reivindicación secesionista. «Nos hemos quedado sin sonrisas», explican los amotinadores.

El colmo de la maldición, el propio Chile, patria del «milagro económico» de Pinochet y los Chicago Boys, está afectado. En octubre de 2019, gigantescas protestas desencadenadas por el aumento del precio del metro en un contexto de miseria general vienen a prometer que el país, que fue su cuna, también «será la tumba del neoliberalismo». Se declara el estado de emergencia. Por primera vez desde la muerte de Pinochet el ejército se despliega en las calles de Santiago bajo un toque de queda. El presidente Piñera, digno heredero del régimen, declara: «Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin límites». Se rumorea en el ejército que se estaría enfrentando a una «difusa guerra de guerrillas molecular» de tendencia mesiánico-deleuziana a sueldo del comunismo. En respuesta a la represión, la identidad, dirección y datos personales de decenas de miles de policías son filtrados por hackers informáticos. Los motines y las manifestaciones son tan potentes que se debe derogar el estado de emergencia, y se espera ahogarlos mediante la concesión de una nueva Asamblea Constituyente y la redacción de una nueva constitución — menos hayekiana esta vez, ¿quién sabe? Es difícil, sin embargo, no alimentar la impresión de que con Chile estamos ante un ciclo que llega a su fin, una figura que se anuda, una era que se precipita hacia el abismo. Una era precisamente abierta y preservada con todos los instrumentos de la más precisa, la más discreta y la más despiadada de las tramas, fruto de la intriga de varias décadas por parte de todos los partidarios de la «sociedad abierta», los miembros más influyentes de la Sociedad Mont Pelerin, cuya respuesta a la barbarie nazi fue dar a luz la de las dictaduras sudamericanas, pasar del orden de las SS al de los servicios secretos americanos y las guerras quirúrgicas.

Última sincronicidad detestable: el 1 de octubre de 2019, a Irak, cuya alma teníamos razones para creer que estaba carbonizada para siempre después de los horrores infligidos por la invasión, ocupación y las operaciones quirúrgicas estadounidenses, le llega su turno. Manifestaciones de una escala sin precedentes contra la corrupción, la pobreza, el desempleo masivo, la escasez de todo, el manejo sectario-mafioso del país. Ocupación de las plazas. El pueblo, una vez más, «quiere la caída del sistema».

Y en noviembre de 2019, Colombia entra en el baile. Las manifestaciones más grandes en la historia del país, un paro nacional, motines contra la reforma del mercado laboral y de pensiones, los proyectos de privatización, el cuestionamiento del tratado de paz con la guerrilla derrotada, el asesinato de indígenas por grupos paramilitares, las desigualdades sociales, la destrucción ambiental, etc. Caceroladas, enfrentamientos, toque de queda.

El fuego no acaba de avanzar.

El «hemisferio occidental» está amenazado, nada menos.

Todo lo que falta es una insurrección comunalista en Suiza para probar que el mundo está cambiando su base.



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