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sábado, noviembre 07, 2020

Masayoshi Urabe, Un bruto/Encuentros cercanos con el control de identidad 

Masayoshi Urabe tiene un impresionante album doble, A Brute. Usa el saxo alto de una manera que no tiene similitudes frmales al menos con el estilo de Kaoru Abe, pero sí que opera al mismo nivel de radicalidad, sobre todo en el uso de todo el cuerpo, y caracterizándose tal vez por la centralidad que le otorga a los silencios.

"Un bruto" no está en youtube, pero hay bastantes buenos materiales como este concierto solista en Shinjuku el 2010 o su performance "Anarquismo Dual", de 2001, junto a Mukai Chie.


Ya está lista la segunda parte del especial ACAB en revista Carcaj.

Va una contribución. ¿Para qué sirve? Si se pregunta eso, no la lea.

ENCUENTROS CERCANOS CON EL CONTROL DE IDENTIDAD

Introducción: los dos controles

Actualmente la policía cuenta con dos herramientas para poder retener a una persona en la vía pública y exigirle que se identifique.

La primera, que existe desde 1998, es el control de identidad a secas, que la policía suele denominar “investigativo” porque está regulado en el artículo 85 del Código Procesal Penal. De acuerdo a este tipo de control se puede solicitar a cualquier persona, desde los 14 años de edad en adelante, que se identifique ante ella con documentos oficiales (cédula de identidad, pasaporte, carnet de conducir). Los motivos, que no sólo autorizan sino que obligan a los funcionarios de Carabineros e Investigaciones a realizar este control, han ido aumentando en el tiempo, luego de varias modificaciones legales, y son hoy en día los siguientes: 1.- si es que consideran que hay indicios de que se podría haber cometido un delito o estar a punto de cometerlo, 2.- si creen que alguien puede suministrar informaciones sobre un delito ya ocurrido 3.- si una persona se encuentra encapuchada, y 4.- cuando tengan cualquier antecedente de que alguien podría tener órdenes de detención pendientes.

Las facultades que le entrega el Código Procesal Penal a las policías permiten no sólo el exigir documentos, sino que además mientras realizan este procedimiento pueden registrar las vestimentas, equipaje y vehículo de la persona controlada. Si la persona no colabora, sea por negarse a identificarse o a ser registrada, es posible que la conduzcan hasta un recinto policial, hasta por 8 horas, aunque la ley es clara en señalar que la persona no está detenida, así que no podría ser mantenida en calabozos ni en el mismo espacio con detenidos. Cualquier infracción de las policías a esta normativa sería constitutiva del delito del artículo 255 del Código Penal, conocido como “abuso a particulares”.

La segunda forma es el control preventivo de identidad, creado y regulado en el artículo 12 de la Ley 20.931 (la segunda “agenda corta antidelincuencia” de Bachelet, del año 2016).

Este control puede ser aplicado a cualquier persona mayor de 18 años, sin necesidad de ningún indicio ni supuesto, con el único límite de no poder revisar bolsos ni poder conducir a la persona a una comisaría. Como contrapartida, esa misma Ley obliga a las policías a crear un “procedimiento estandarizado de reclamo” y al Ministerio del Interior a publicar trimestralmente cifras detalladas para poder analizar posibles abusos y aplicación discriminatoria de estos controles. Ninguna de esas obligaciones se ha cumplido íntegramente.

Cabe destacar a pesar de su semejanza,  ni siquiera la “detención por sospecha” -regulada en el antiguo Código de Procedimiento Penal y que existió entre 1906 y 1998- era tan arbitraria como este control preventivo, pues tenía dos supuestos que aunque eran muy vagos apuntaban a cuestiones tales como andar a deshoras, en circunstancias que hagan presumir malas intenciones, con disfraz, y/o no dar una explicación razonable del comportamiento sospechoso. Por eso es que con mucha razón se ha dicho que el control preventivo es una auténtica “detención sin sospecha”.

A continuación refiero tres casos de aplicación del control de identidad propiamente tal, porque sirven para analizar las formas en que en concreto se aplica el sistema penal, y porque discutir casos podría servir para defenderse de posibles actuaciones abusivas.

Y no es que crea que en sí mismo el Derecho sirva para frenar o evitar la violencia policial, de hecho, ni siquiera es muy apto para sancionarla, pero tal como recomendó Joe Strummer, es mejor si “conoces tus derechos” (The Clash, Combat Rock, 1982).

CASO 1: VILLA FRANCIA, CONTROL SIN INDICIOS

Corría el verano del año 2014 y en la Villa Francia se realizaba una interesante actividad cultural con exposiciones, música en vivo, danza, teatro y comida. Al retirarnos con familia y amistades vemos a lo lejos a un chico y una chica que también se iban yendo, parados al lado de un radiopatrulla desde el que se había bajado un carabinero. Me acerco a preguntar qué pasa, y el funcionario me dice: “el que está cargo es él”, mientras apunta al que está al volante.

Me presento como abogado, él se baja, le consulto si están realizando un control de identidad, y responde afirmativamente. Cuando le pregunto cuál era el indicio en que se basaban para realizarlo me responde: “Ah: es que ella anda sin carnet”. Le digo: “Pero me imagino que de eso se dieron cuenta una vez que se lo pidieron. Lo que yo quiero saber es el por qué”.

El funcionario responde: “Tengo entendido que nosotros podemos realizar controles discrecionalmente, a quien queramos”.

Por suerte ando trayendo el Código Procesal Penal. La intuición fundada de que podía pasar algo así me hizo poner en mi mochila ese instrumento de trabajo. Se lo muestro muy bien subrayado en el artículo 85: “Los funcionarios policiales señalados en el artículo 83 deberán, además, sin orden previa de los fiscales, solicitar la identificación de cualquier persona en los casos fundados, en que, según las circunstancias, estimaren que existen indicios de que ella hubiere cometido o intentado cometer un crimen, simple delito o falta; de que se dispusiere a cometerlo; de que pudiere suministrar informaciones útiles para la indagación de un crimen, simple delito o falta; o en el caso de la persona que se encapuche o emboce para ocultar, dificultar o disimular su identidad”.

El policía lo lee atentamente, y al terminar me dice: “Abogado, ¿esto es así, cierto?”

Respondo: “Es lo que dice el legislador, en la versión actual del Código,  por eso quiero saber… ¿en cuál supuesto se encontraban estos dos jóvenes cuando ustedes les pidieron los carnet?”.

El funcionario guarda silencio, me pide el Código y entra al radiopatrulla, donde hay dos o tres funcionarios más. Cierran la puerta. Al rato la abre y me pregunta quién soy yo. Le paso mi carnet, cuya parte posterior indica que soy abogado, cosa que me vi obligado a hacer al renovar carnet hace mucho tiempo, dada la tendencia natural de la policía a no creer que alguien con barba y pelo largo en jeans y polera posea en efecto dicho título sagrado, cuya obtención en la Excelentísima Corte Suprema de la República de Chile está condicionada a jurar por Dios y los Santos Evangelios.

Cierran la puerta de nuevo. Se produce un largo silencio en que veo a los dos chicos y el resto de las personas muy atentas esperando el desenlace de esta defensa en terreno. Combato el leve nerviosismo que esta gestión me causa escuchando atentamente el canto de chincoles y chercanes que a esa hora de la tarde dan un hermoso concierto en los árboles de la Villa. Alcanzo a recordar que al gran jazzista Eric Dolphy (1928-1964) le gustaba tocar sus aerófonos en compañía de los cantos de estas pequeñas criaturas… La muerte de Dophy fue tan extraña como la de Hendrix (asesinado por el racismo de los enfermeros que lo atendieron y lo sentaron mal en la ambulancia) o Albert Ayler (todavía no sabemos qué fue lo que hizo que terminara flotando en el río), y podría decir que si bien no lo mató la policía, fue de todos modos una víctima del sistema: “Dolphy colapsó en el escenario en Berlín y fue llevado a un hospital. Los médicos del hospital no tenían idea de que Dolphy era diabético y con una visión estereotipada de los músicos de jazz relacionados con el abuso de drogas, pensaron que se trataba de una sobredosis. Lo dejaron en una cama de hospital para que las drogas siguieran su curso”.

Salvo esa discreta sinfonía hay un silencio absoluto.

La policía estudia el texto. Todos esperan. Todos miran.

Pasa así una pequeña eternidad cuando de repente se abre la puerta y sin bajarse del carro el policía nos dice: “Joven, abogado: aquí están sus carnets. Buenas tardes”. Aceleran y se retiran en el vehículo policial a una velocidad discreta.

La ley cambió un poco desde ese entonces: ahora el artículo 85 ahora exige que exista “algún indicio”, así que por estar en singular y no en plural bastaría con uno solo, aunque en este caso no había ninguno. Además desde el 2016 se creó además el control preventivo de identidad (artículo 12 de la Ley 20.931), que no requiere de indicios de ningún tipo y ahora sí puede hacerse de manera totalmente discrecional, como creía el policía en Villa Francia esa tarde, anticipando en cierta forma esta modificación legal que ahora se expresa en la coexistencia de los dos tipos de control.

CASO 2: ESTUDIANTES SANTIAGUINOS, CONTROL CON INDICIO DUDOSO, DERIVA EN DETENCIÓN Y ES DECLARADO ILEGAL POR JUEZ DE GARANTÍA

En marzo del 2012 se realizó una gran marcha estudiantil que daba continuidad al movimiento del 2011. Dentro de los numerosos detenidos de ese día, había tres estudiantes de una Universidad privada ubicada en pleno Santiago Centro que habían sido controlados con revisión de bolsos antes del inicio de la manifestación, encontrándoseles diversos elementos que para la policía ameritaron convertir el control de identidad en detención por flagrancia.

Lo curioso fue lo que posteriormente decidió la Fiscalía, pues tanto un estudiante que portaba una honda como una estudiante que tenía dos botellas con pintura fueron dejados en libertad después de unas cuantas horas, bajo el “apercibimiento” del artículo 26 del Código Procesal Penal (figura que se aplica cuando los delitos son tan leves que no ameritan en rigor una detención, y por eso las personas son dejadas en libertad luego de señalar un domicilio).

El tercer estudiante, a quien se le había encontrado en la mochila un envase plástico conteniendo una pequeña cantidad de amoniaco, quedó detenido para pasar al otro día al primer bloque de audiencias de control de detención en el 7° Juzgado de Garantía (Santiago Centro), bajo la imputación de haber cometido una infracción a la Ley de Control de Armas y Explosivos.

En la audiencia donde se controló la detención hicimos ver junto a mi defendido que el gas conocido como amoniaco (NH3) tiene una sola finalidad en estos contextos: inhalarlo para despejar las vías respiratorias y poder respirar en medio de la gran nube de gas lacrimógeno que usa Carabineros para disolver las manifestaciones. Así que lejos de ser una herramienta ofensiva, es un elemento meramente defensivo, mucho más eficaz por cierto que echarse agua en el rostro (lo que empeora notablemente los efectos de los gases), o comprar limones a los vendedores ambulantes que se instalan en las calles ante estas contingencias.

Pero más importante que convencer de eso al juez, que creía hasta ese momento que el amoniaco servía para hacer bombas y arrojarlas a la policía, fue dar lectura al parte policial que informaba que el control de identidad se había efectuado en razón de que estos tres estudiantes habían procedido a “gritas consignas a viva voz”, causando con eso una “alteración del orden público” en la calle en que se encontraban.

Una vez demostrado en base al mismo parte policial y otros antecedentes que los estudiantes estaban en la acera, por donde centenares de personas se desplazaban con lienzos y en medio de diversos cánticos al punto de inicio de la marcha convocada en Plaza Italia, lo que tornaba el “indicio” en algo bastante  ridículo, el juez de garantía procedió a declarar ilegal la detención, y el fiscal fue razonable y dejó las cosas hasta ahí. Destaco esto porque a partir de las modificaciones introducidas al CPP en el 2008 por la primera “agenda corta anti-delincuencia” (promovida por el primer gobierno de Bachelet) se permite a la Fiscalía formalizar cargos contra una persona a pesar de que su detención haya sido declarada ilegal).     

Como sea, a pesar de lo absurdo de las acusaciones, el estudiante –que no había tenido contacto previo con el sistema penal- estuvo detenido por más de 24 horas.

CASO 3: MERODEADORES CON ASPECTO ANARQUISTA, CONTROL CON INDICIO DUDOSO, DERIVA EN DETENCIÓN Y ES VALIDADO POR JUEZA DE GARANTÍA

En mayo del 2014 se realiza un Conversatorio en un Centro Social Ocupado de la comuna de Pudahuel. Carabineros se mantiene cerca realizando controles de identidad toda la tarde a cualquier persona que parezca ir yendo o retornando de la actividad. En uno de ellos, realizado a dos personas que iban caminando junto a sus bicicletas, encuentran dentro de la mochila de una de ellas un cortaplumas pequeño.

El control se convierte en detención por delito flagrante de “porte de arma blanca” (art. 288 bis del Código Penal). Se trata de un delito bien curioso, inventado en el año 2004, porque el propio texto legal señala que el porte está penalizado sólo si es que no se logra “justificarlo razonablemente”. La justificación en este caso no es aceptada: se usa para desmontar la cámara si resulta necesario hacer reparaciones a la bicicleta.

En la audiencia de control de detención, al otro día en la tarde, reviso el parte policial: “La Central de Comunicaciones de Carabineros fue alertada mediante un llamado anónimo de que merodeaban por el sector dos personas con bicicletas y aspecto anarquista”.

Como ya se ha quedado claro recientemente con el caso de dos personas que estuvieron encarceladas gracias a un “testigo reservado” que dijo que habían quemado un bus, todas esas actuaciones “anónimas” suelen encubrir las andanzas de la propia Inteligencia policial.

En este caso, tratamos de que se declarara la ilegalidad de la detención, cuestionando el que el andar caminando por ahí con “aspecto anarquista” puedo constituir un indicio serio de los que exige el artículo 85. Además, ¿en qué consiste ese aspecto anarquista? ¿En qué se diferencia del aspecto marxista, rastafari,  animalista, o….? No tiene ninguna lógica más allá que la de criminalizar visualmente a un conjunto de “contraculturas” que la policía y un sector de la sociedad han construido como sospechosas de disidencia política radical. Se trata ni más ni menos que de una nueva forma de detención por sospecha.

La Jueza de Garantía señala que no le gustan las denuncias anónimas, y que en efecto controlar a alguien por su aspecto es una detención por sospecha, pero que…el parte indica de todos modos que los jóvenes andaban “merodeando”, y que eso sería para ella lo que configura el indicio de que tal vez querían cometer un delito, por lo cual procedió a declarar la legalidad de la detención.

Merodear según el Diccionario es: “vagar por las inmediaciones de algún lugar”. Así que tengan cuidado si les gusta caminar a la deriva, o asegúrense de presentar un aspecto de ciudadano respetable, amante de la ley y el orden, la explotación y la dominación.




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sábado, septiembre 05, 2020

¿Como ACABar con la policía? Convocatoria revista Carcaj.cl septiembre/octubre 2020 

 en vez de “te amo” di a la mierda la policía / en vez de
“los fuegos del cielo” di a la mierda la policía, no digas
“reclutamiento” no digas “trotsky” di que se joda la policía
en vez de “despertador”, di a la mierda la policía
en vez de “mi traslado diario” en vez de
“sistema electoral” en vez de “viento solar sin fin” di que se joda la policía
(ACAB: una canción de cuna, Sean Bonney)
La yuta, los pacos, los tiras, la jura, los cerdos, los tombos, ¡están por todas partes! La mayoría de nuestras experiencias sociales parecen hoy estar permeadas, contabilizadas o cuadriculadas por ellos; sus zonas de intervención, sus medios de vigilancia y sus métodos de represión se han hecho cada vez más intensos; el paqueo se ha vuelto masivo y generalizado. Tanto así que uno casi llega a olvidar que se trata de una invención reciente: la policía no siempre tuvo su lugar en la historia de las sociedades. 
¿Cómo fue que la promesa de la polis, la ciudad libre y autoorganizada, se convirtió en una pesadilla policial? ¿En qué momento se hizo más fácil imaginar una sociedad sin capitalismo que una sociedad sin policías?
¿Y qué es la policía, en todo caso? ¿Qué entendemos cuando la nombramos? ¿La violencia legítima del Estado? ¿Una banda narco-criminal institucionalizada? ¿El brazo armado de la élite, destinado a asegurar el orden de dominación y los procesos de acumulación capitalista? ¿Es una institución, una función, una técnica de gobierno sobre los cuerpos?
Una constante del pensamiento vigilado nos ha querido convencer de que la policía se justifica, de una vez y para siempre, en una función impostergable: evitar el crimen. Pero el crimen no es tanto lo que la policía viene a combatir, como su materia prima y su producto. Por eso una campaña de carabineros podía hace poco proclamar “somos la frontera entre la ciudadanía y la delincuencia”:  porque de lo que se trata, ante todo, es de asegurar que esa frontera exista. Hacerla emerger, marcarla y controlarla. Lo que cambió realmente con la aparición de la policía no fue, entonces, una verdadera disminución en la tasa del crimen, sino algo en la organización más íntima del Estado: el descubrimiento de una verdadera industria en torno a la distribución, asignación y “prevención” del delito. La ciencia de la policía es desde entonces inseparable de una demonología de las figuras del criminal, en la que la discriminación racial, la diferenciación sexual y la subordinación de clase son los marcadores fundamentales. 
No se trata simplemente de que la policía discrimine, no es solo que sea racista: la yuta es una verdadera fábrica de la segregación, una máquina de producción de abusos y desigualdades. Por eso, la violencia descontrolada, los asesinatos, violaciones, torturas; los llamados elegantemente “excesos” en el uso de la fuerza, nunca serán “hechos aislados” ni simples errores en la ejecución de algún protocolo, sino que son los efectos de una condición muy precisa que le permite a la policía desatar la violencia en múltiples formas y con total impunidad, mientras la justicia que imparta deje en claro su carácter de clase.
Por eso la cuestión decisiva, el límite de cualquier teoría revolucionaria o insurgente, quizá siga siendo en el fondo el problema de cómo defendernos. ¿Qué hacer frente al monopolio de las armas y la violencia? E incluso, ¿es posible pensar la abolición de la policía? ¿Cómo acabar con los pacos? ¿O acaso serán estas otras preguntas inútiles, y habrá que resignarse a seguir mencionando para siempre alguna que otra necesidad de reformar, desmilitarizar, o democratizar la institución policial? 
Si hasta ahora amplios sectores de la población podían vivir con la idea de que el copamiento policial no les concernía, porque no eran afroamericanos en Estados Unidos, Mapuche en Wallmapu o pobladores de la Legua, hoy se ha hecho evidente que esos territorios de presencia policial intensiva operan como grandes laboratorios de una arremetida contrainsurreccional en curso, lista para ampliarse en cualquier coyuntura crítica, ya se llame octubre, coronavirus o hambre.  
Así, como era de esperar, y en continuidad con la cacería humana que tuvo lugar como respuesta represiva a la insurrección de octubre -por la cual aún hoy hay más de 2.500 personas encarceladas y cerca de 400 mutiladxs-, un considerable reforzamiento del aparato policial ha ido teniendo lugar estos últimos meses, marcado por el gasto exorbitante en armamento y equipos de alta tecnología, un proyecto de reforma al sistema de inteligencia, leyes de protección especial a los pacos, y un gran paquete de leyes represivas que vienen tramitándose desde el año pasado. Mientras, en las calles el toque de queda se extiende noche a noche, y el peso de todas esas noches cae sobre Wallmapu llenándose de milicos; cae sobre lxs presxs, las hortaliceras, las comunidades asediadas, los territorios devastados por el extractivismo neoliberal, y cae como represión continua a toda forma de protesta u organización social, incluso contra las ollas comunes y centros de acopio que se levantan para hacerle frente al hambre en las poblaciones; cae brutalmente la noche policial sobre Alejandro Treuquil, Macarena Valdés, y todxs lxs George Floyd de las periferias del mundo, asesinadxs sin cámaras presentes ni tiempo para gritar “no puedo respirar”, que parece ser el único grito posible en un mundo de mascarillas, apestado de lacrimógenas y del olor a putrefacción del capitalismo.
La presencia policial es asfixiante; la policía misma es un monstruo de confinamiento. De ahí que el modelo privilegiado de sociedad policial sea la cárcel. Y el hecho de que el encierro domiciliario se convierta hoy en un modo de vida masivo muestra justamente la consolidación de las formas policiales de organizar el mundo. De lo que se trata para la policía es de que todo esté en su lugar; impedir la posibilidad del encuentro. Todo el discurso de la seguridad por el que llenan las ciudades de pacos, drones y de cámaras, no es sino una gran guerra contra la imprevisible química de los cuerpos que se juntan, se comunican, se organizan. 
Lo que está detrás de esa guerra preventiva es, en el fondo, el mismo presupuesto antropológico sobre el que descansa la existencia de la policía: que su presencia es necesaria para la convivencia colectiva; que si no fuera por ella nos terminaríamos matando unxs a otrxs. En ese sentido, ¿no es siempre la solución policial una especie de montaje?
Sin embargo, la idea de presencia policial, y el proyecto de una institución como cuerpo de la violencia legítima del Estado, ya ni siquiera nos da una imagen completa de lo que es la policía. Ésta se ha vuelto hipertrófica y descarnada. Primero fueron sus cuerpos los que comenzaron a acumular prótesis, más cubiertos que tortuga ninja, armados hasta los dientes, acoplados a un guanaco, una tanqueta o un zorrillo: el cuerpo de la policía comenzó a robotizarse, a vestirse cada vez más a lo robocop. Pero en nuestros días la policía se ha sofisticado hasta el punto de poder prescindir de cuerpo y de lugar físico, saltándose los protocolos de la presencia. La comisaría virtual está, de algún modo, en todas partes. Solo se necesita tener -y esto es lo fundamental- una buena conexión a internet. Todo un entramado de sistemas de televigilancia, algoritmos y plataformas arman hoy la red de una tecnopolicía en la que el dogma del orden público parece haberse aliado definitivamente con el culto del beneficio privado. 
¿Cómo es que la policía ha conseguido capturar y canalizar los deseos colectivos de justicia, protección, o castigo del crimen? ¿Cómo comenzamos por enfrentarnos al propio paco inscrito en nuestros deseos y en nuestras prácticas? ¿Qué sería a partir de allí crearse cuerpos y relaciones no policiales? ¿Qué otros horizontes posibles se abren a partir de las recientes (y las no tan recientes) experiencias de creación y posterior desmantelamiento de zonas autónomas y libres de policías?
¿Y cómo afirmar una vida colectiva contra toda policía, contra el jefe-paco, el marido-paco y el papá-paco? ¿Cómo resistir al paqueo en todas sus formas a través de otras prácticas y escrituras? 
Les extendemos estas preguntas y reflexiones, como una invitación a crear, escribir y resistir en estos tiempos de copamiento policial,
+poesía
-policía
Carcaj

Convocatoria:
Carcaj es una revista cultural abierta a participación. Recibimos artículos, ensayos, poemas, crónicas, cuentos y material gráfico. 
Las contribuciones para la presente convocatoria -«Cómo ACABar con la policía»- serán recepcionadas hasta el domingo 18 de Octubre.
Durante todo el resto del año recibimos colaboraciones no sujetas a las convocatorias temáticas.
¿Cómo colaborar?
Nuestros ejes temáticos son el arte, la literatura y el pensamiento crítico, en su relación a la cultura y la sociedad.
Los textos enviados para su publicación no deben exceder las 8 páginas (ocupando como referencia un documento Word, letra Times New Roman 12, interlineado simple) y deben ser enviados en un archivo de edición de texto (es decir, no en PDF). 
Los textos deben, idealmente, venir acompañados de una breve reseña biográfica de la o del autora/or, que no exceda las 5 líneas.
Si quieres colaborar puedes enviarnos tus textos, traducciones o imágenes a:
revistacarcaj@gmail.com
Los textos recibidos serán evaluados por el comité editorial de la revista que decidirá de su publicación

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miércoles, junio 03, 2020

2 textos sobre la revuelta en Estados Unidos // CARCAJ // / Public Ayler 


Impresionante. Pero no inesperada. Ecos de 1968, que hacen pensar que estamos en el inicio del Tercer Asalto. Ecos de 1919, que nos recuerdan que la revolución proletaria sólo podría ser global. Ecos de 1848, que deberían advertirnos contra las ilusiones de trasformar procesos de revolución social en procesos re-constituyentes.

Va un texto anarquista y otro comunista. ¿La falsa dicotomía se niega a morir?

Y dos canciones:

-Ayler con Pharoah, interpretando Alto y Bajo Egipto a beneficio de los Panteras Negras en 1968 en Nueva York.

-Enemigo Público, Combate al Poder. 1989 (el 68 al revés). Me gusta Public Enemy. No me simpatiza para nada la Nación del Islam obviamente. Pocas veces he visto en un video clip este nivel de efervescencia comunitaria.


Esta foto de P. Slachevsky acompaña en Carcaj el breve reporte psicogeográfico sobre el 1° de mayo en Plaza Dignidad que subimos acá hace poco. Recomendamos una serie de textos que han estado subiendo en Carcaj a modo de etnografías de la cuarentena. En particular destacaría estos cuatro:

http://carcaj.cl/la-marcha-de-las-espaldas-dobladas/ de Constanza Tizzoni

http://carcaj.cl/notas-sobre-tiempos-sombios/ de Jorge Díaz

http://carcaj.cl/el-despotismo-occidental/ del ex miembro de la sección italiana de la I.S., Gianfranco Sanguintti

y,

http://carcaj.cl/normalidad-y-seguridad-a-proposito-del-otra-vez-nuevo-plan-del-gobierno/ de Alejandro Ancalao

Entre muchos otros.


1.-Minneapolis: ahora esta lucha tiene dos lados. Lo que estas manifestaciones significan para la era Covid19 (x Colectivo Crimethinc). 

Las manifestaciones de esta semana en Minneapolis marcaron un hito histórico en la era COVID-19. Como discutimos en marzo, hay algunas cosas por las que vale la pena arriesgarse a morir. Perpetuar el capitalismo no es una de ellas. Pero algunos de nosotros enfrentamos amenazas aún más mortales que el COVID-19. Vale la pena arriesgar nuestras vidas para luchar por un mundo en el que nadie sea asesinado de la forma en que lo fue George Floyd, y lo que está sucediendo en Minneapolis muestra que la gente está lista para hacerlo.

Incluso antes de que se produjera la pandemia, los Estados Unidos eran un barril de pólvora, con desigualdades en rápida escalada que polarizaban la población. Desde marzo, hemos experimentado un desempleo sin precedentes históricos junto con riesgos letales que se han distribuido entre la población según las mismas líneas de raza y clase que las disparidades preexistentes. El gobierno ha inventado miles de millones de dólares para verterlos en los bolsillos de los ejecutivos, dejando a la gente corriente en la estacada; las empresas están obligando a los que aún tienen trabajo a arriesgar sus vidas diariamente, al tiempo que introducen nuevas tecnologías de vigilancia y tratan de acelerar el ritmo de la automatización. En resumen, se nos está tratando como un excedente de población que debe ser controlado por la violencia del Estado y sacrificado por el virus.

Los políticos de todo el espectro político son cómplices de esto. Algunos confían más en la fuerza bruta para estabilizar la situación, otros en una gestión más racional, pero nadie que ostente el poder tiene un plan real sobre cómo abordar los factores sistémicos que nos han traído aquí en primer lugar. En el mejor de los casos, toman prestada la retórica y los temas de debate de las campañas que nosotros iniciamos, mostrando -como lo hizo el disparo de la policía en Minneapolis- que la única forma de ver el cambio social es si tomamos medidas de base para llevarlo a cabo por la fuerza.

Sin embargo, hasta el 26 de mayo, la principal línea divisoria en los Estados Unidos parecía estar entre los partidarios de Trump, que quieren fingir que no hay una pandemia en curso, y los demócratas, que quieren ser vistos como los cautelosos y responsables sin abordar los factores que nos obligan a ponernos en riesgo. El espectáculo de los enfrentamientos entre un movimiento ”astroturfista”1 de extrema derecha que exigía “reabrir” la economía y los inusuales agentes de policía que defendían las medidas de cierre de los estados sirvió para limitar el discurso político a la elección tonta entre el tipo de “libertad” que defienden los capitalistas y los supremacistas blancos por un lado y el tipo de “seguridad” que los estados totalitarios siempre prometen proporcionar por el otro.

La valiente resistencia al control policial en Minneapolis los días 26 y 27 de mayo en respuesta al brutal asesinato de George Floyd muestra que un gran número de personas están dispuestas a oponerse al gobierno y a la policía incluso afrontando un gran riesgo para ellas mismas. Estamos escuchando las voces de la parte de la población que ha permanecido en silencio estos últimos dos meses -aquellos que no son ni liberales ricos ni conservadores lameculos- y esto demuestra que juntos, somos lo suficientemente poderosos para interrumpir el statu quo.

Los acontecimientos de Minneapolis ampliarán la imaginación colectiva de lo posible, la cual se ha contraído dolorosamente en los últimos años. Cambiarán el discurso sobre cómo se producen los cambios sociales. Ha quedado claro que suplicar a los que tienen el poder por medios electorales es un callejón sin salida. Intentar hacer el cambio por la fuerza es una apuesta, pero es la única opción realista que queda.

Es significativo que la movilización que nos llevó a atravesar este umbral fue una respuesta a la violencia policial contra los negros, iniciada por aquellos en el extremo receptor de la supremacía blanca y todos los demás vectores de la opresión. Como observamos a finales de 2017, los levantamientos contra la violencia policial que tuvieron lugar en todo el país desde Ferguson hasta Baltimore y más allá, prácticamente cesaron tras la elección de Donald Trump. La razón por la que esto sucedió no está clara, pero ciertamente no ha sido porque la violencia policial haya disminuido de alguna manera. El levantamiento en Minneapolis pone de nuevo en juego todas las deudas no resueltas de aquella época, pero en un contexto totalmente diferente, en el que mucha más gente se ha radicalizado, la sociedad está mucho más polarizada, y cada vez está más claro para todos que -ya sea por las balas de la policía, por el COVID-19 o por el cambio climático global- nuestras vidas están en juego.

Los enfrentamientos en Minneapolis dominan las noticias desde Grecia hasta Chile. Para bien o para mal, los Estados Unidos ocupan un lugar central en la atención global- y gracias a la pandemia, todos en el mundo están experimentando presiones similares. Especialmente en el los paises del Sur -Brasil, Indonesia, Sudáfrica- donde un gran número de personas experimentan la misma brutalidad que se impone a personas como George Floyd. La rebelión en Minneapolis ofrecerá un ejemplo que otros emularán en los próximos meses.

¿Cómo responderá la clase dirigente? En los Estados Unidos, Trump y sus partidarios acusarán a los demócratas de no poder controlar los estados que gobiernan, usando esto para avivar el miedo racista entre los beneficiarios del privilegio blanco. Los Centro democratas reclamarán que este tipo de disturbios suceden cuando el estado de derecho no es respetado en la Casa Blanca, con la esperanza de recuperar el poder a nivel nacional - aunque Minnesota está bajo el gobierno Demócrata en este momento, y la ley siempre ha sido un instrumento de la supremacía blanca. La izquierda institucional se presentará como intermediaria, ofreciendo sacarnos de la calle y controlarnos a cambio de algunas concesiones.

Es de esperar que, en un momento en que el propio Estado se está fracturando en facciones rivales, ninguno de estos grupos tenga el capital político que necesita para llevar a cabo una represión estatal masiva sin correr el riesgo de ser abandonado por los demás. Parece que a cada facción le gustaría que los otros fueran los responsables dehacerse cargo de la situación. En cualquier caso, Trump ya no es el único que domina el ciclo de noticias. Ahora esta guerra tiene dos lados.

Hace sólo una semana, algunos elementos de la extrema derecha trataron de enmarcarse de ser ”anti-policía” debido a las protestas de “reapertura”. Anoche, en Minneapolis, los milicianos armados expresaron la incómoda posición de que apoyaban las protestas pero se oponían al saqueo- una contradicción que se hace flagrantemente evidente en cuanto se nota en qué dirección apuntan sus armas. El aparente asesinato de un manifestante en Minneapolis anoche por un vigilante que defendía una tienda debería dejar suficientemente claro que los vigilantes y los policías son lo mismo: asesinos- ya sea con o sin uniforme.

¿Y qué debemos hacer nosotros? Deberíamos hablar claramente con todos los que nos escuchen acerca de por qué la gente se pone de pie. Deberíamos compartir habilidades sobre cómo mantenernos seguros unos a otros en la calle. Deberíamos fortalecer nuestras redes y prepararnos para participar en eventos similares en todo el mundo. Deberiamos resistir todos los esfuerzos para dividir a los que actúan juntos en solidaridad contra la violencia policial, especialmente las teorías de conspiración sobre los agitadores externos. Debemos explicar una vez más por qué el vandalismo y el saqueo son tácticas de protesta efectivas y legítimas. Cada vez que la gente se levanta contra el estado policial, deberíamos mostrarnos solidarios, preparados para correr los mismos riesgos que aquellos a los que apoyamos. Sobre todo, deberíamos compartir visiones de un mundo sin opresión, sin jerarquías, sin policía, ni prisiones, ni vigilancia, y demostrar estrategias a través de las cuales crearlo.

No le debemos nada a la policía que se ha aprovechado de la pandemia para asesinar a los negros de forma aún más flagrante que antes. Ellos nunca tuvieron la intencion de cuidarnos. No le debemos nada a los multimillonarios que se han aprovechado de la pandemia para embolsarse más dinero del estado y acaparar el mercado con sus monopolios. La vida para su economía significa la muerte para nosotros. No le debemos nada a los políticos que apenas han levantado un dedo para proteger nuestra salud o vivienda. Ellos han tenido su oportunidad. Tenemos que cambiarlo todo nosotros mismos.

El orden dominante está condenado. Tarde o temprano ha de colapsar. Concentrar riqueza y poder en cada vez menos manos es insostenible. La única pregunta es si lo aboliremos antes de que nos mate a todos y diezme el planeta. El tiempo es corto. Las vidas que pensábamos que estaban por delante de nosotros ya nos han sido arrebatadas. Depende de nosotros crear otro futuro.

Gracias a todos los que en Minneapolis y Los Ángeles arriesgaron su libertad -y tal vez sus vidas- anoche para demostrar que el asesinato de George Floyd es inaceptable.

Nota del traductor: Astroturfing es un término referido a campañas de relaciones públicas en el ámbito de la propaganda electoral y los anuncios comerciales que pretenden dar una impresión de espontaneidad, como nacida de una fuerte relación con el entorno social. El nombre proviene de un doble juego de palabras en inglés, partiendo del concepto de grassroots (literalmente “raíz de hierba”, figurativamente “de base”). Este concepto sirve para calificar a los movimientos «con base social», que surgen «de abajo», de la interacción de los miembros de una comunidad. Por otro lado, AstroTurf es una conocida marca estadounidense de césped artificial, cuyos productos están diseñados para parecer hierba natural. Así, astroturfing hace referencia a esa artificialidad, a esa falsa base social de ciertas campañas comerciales.



2.- Sobre Minneapolis: Brutalidad policial y lucha de clases (Intransigence, Internationalist worker´s group y Klasbatalo).

1. Watts en 1965, Los Ángeles en 1992, Ferguson en 2014. Rodney King, Mike Brown, Sandra Bland, Tamir Rice.
Los acontecimientos en Minneapolis son otra adición a un problema histórico y sistémico. Además de sufrir el desempleo en una tasa doblemente mayor a la de sus compañer@s blanc@s (un número consistente desde los años 50), el proletariado negro es desproporcionadamente atacado por la violencia policial, sin que parezca haber un final a la vista para el aumento en el número de muertos. Sin embargo, la clase se muestra, una vez más, combativa en estos momentos terribles. L@s trabajador@s negr@s de América, junto con el resto del proletariado que se solidariza con ell@s, se toman las calles y hacen retroceder la represión estatal. Nada ha cambiado. En 1965, al igual que en 2020, la policía mata, y la clase responde en desafío al torcido orden social por el que asesinan. La lucha continúa.

2. Aunque la clase trabajadora negra se ve afectada de manera desproporcionada por la brutalidad policial en los Estados Unidos, su opresión está finalmente enraizada en su posición de clase.
George Floyd no es más que uno de l@s miles de afroamerican@s que son brutalmente asesinad@s por la policía cada año. Aunque estos actos de violencia institucional tienen una motivación racial, es innegable que la fuerza policial existe como herramienta del Estado para defender los intereses de la burguesía. Si bien es importante destacar la dinámica racial que existe dentro de los diferentes subgrupos de la clase trabajadora, así como las luchas particulares que cada grupo enfrenta, es igualmente importante reconocer nuestros intereses compartidos como trabajador@s explotad@s por la clase capitalista. L@s trabajadores no-negr@s deben ser solidarios con l@s trabajador@s negr@s que protestan en Minneapolis y otras ciudades de los Estados Unidos. L@s trabajador@s de todos los colores deben organizarse desde una perspectiva de clase en su lucha por la liberación, ya que un ataque a un sector de la clase trabajadora es un ataque a tod@s nosotr@s.

3. "Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder" - Karl Marx, 1870
En cuanto a las ideas racistas, nacionalistas y chovinistas dentro de la clase trabajadora, Marx comentó "es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder". En efecto, ya sea en Inglaterra en 1870, o en América en 2020, para l@s Jef@s el racismo es fundamentalmente una estrategia para dividir y dominar. L@s capitalistas son felices cuando sus demagogos reaccionarios llenan los oídos de l@s trabajador@s blanc@s con ideas nacionalistas, para que se identifiquen con el jefe y el gobierno antes que con sus compañer@s de clase. Bajo el lema "último contratado, primer despedido", el proletariado negro ha sido llevado a un grado extremo de precariedad. Mientras tanto, l@s trabajador@s blanc@s han sido engañad@s por la trampa de sus jefes. Con un sector de su clase siendo atacado al extremo, ahora deben aceptar los trabajos deficientes y mal pagados ofrecidos por l@s capitalistas.

4. Los negocios son negocios, grandes o pequeños.
Durante el último siglo, la pequeña burguesía ha utilizado la idea del "negocio familiar" para evocar un sentido de comunidad, uno que es necesario apoyar, especialmente en tiempos de dificultades económicas. Las pequeñas empresas siempre han tratado de distanciarse de las grandes corporaciones en lo que respecta a la explotación de la que participan, mientras que simultáneamente aspiran a los ideales burgueses. Los negocios de pequeños propietarios representan particularmente el ideal del sueño americano, representando a l@s trabajador@s inmigrantes que vinieron a América para un nuevo comienzo. Esta exitosa historia de "desde los harapos a la riqueza" es utilizada para justificar su explotación de l@s trabajador@s. La violenta respuesta de los dueños de pequeños negocios durante los disturbios de Minneapolis deja claro el hecho de que la pequeña burguesía siempre arrojará a l@s trabajador@s bajo el autobús para defender sus propios intereses de clase. El simple hecho de criticar a la policía mientras se manifiestan bajo el disfraz de "solidaridad con las personas de color" para apoyar a las empresas propiedad de minorías, es un intento de colaboracionismo entre clases que oculta el corazón de la explotación capitalista. En su lugar, l@s trabajador@s deben organizarse desde una perspectiva de clase.

5. En luchas anteriores contra la clase capitalista y su estado, l@s trabajador@s han coordinado huelgas en solidaridad con movimientos más grandes.
L@s conductor@s de autobús en Minneapolis se han negado a ayudar a la policía en el transporte de l@s manifestantes arrestad@s. L@s trabajador@s de toda la ciudad han comenzado a organizar una resistencia a las medidas violentas tomadas contra las protestas, paralizando su fuerza de trabajo. No deberían detenerse allí. Debemos agitar para seguir interrumpiendo el trabajo y resistir todos los esfuerzos del Estado para reprimir violentamente a l@s manifestantes, no sólo en Minneapolis, sino a través de los Estados Unidos. L@s trabajador@s esenciales, como los de Amazon o Instacart, pueden aprovechar aún más su poder llamando a huelgas en solidaridad con las protestas. En tiempos de crisis intensa, la organización en todas las industrias y sectores impulsa la toma de consciencia de que es la clase trabajadora la única que tiene el poder de transformar la sociedad.

6. La brutalidad policial sólo puede resolverse con la abolición de la policía.
Cuando la policía comete un asesinato descarado, a menudo se exigen una serie de reformas para evitar que los asesinatos continúen. Ya se trate de cámaras corporales, de formación adicional o de supervisión comunitaria, el objetivo es que la policía no aterrorice y asesine a las personas que supuestamente "protegen y sirven". El problema de este enfoque es que las fuerzas policiales sólo existen para aterrorizar y asesinar en nombre del capital. La única manera de tener un mundo en el que la policía ya no mate a la gente por ser negra es tener un mundo sin policía.

7. La rebelión urbana necesita transformarse en una revolución mundial.
Aunque nos encanta ver las batallas callejeras con policías y comisarías en llamas, la tendencia de estas revueltas es que se debilitan después de algunas semanas en la medida en que se restaura el orden y se reconstruyen las estructuras opresivas. Para que el poder de l@s capitalistas y sus mercenari@s sea verdaderamente desafiado y abolido, lo que se necesita es un partido de clase, internacional y revolucionario. Un partido de este tipo sería una herramienta en manos de la clase obrera para organizarse y dirigir su rabia reprimida no solamente a derribar el Estado racista, sino a construir poder proletario y comunismo.

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