martes, abril 01, 2025
CONTRACULTURA Y REVOLUCIÓN
UNAS NOTAS BREVES SOBRE EL 68 GLOBAL Y EL 68 JAPONÉS
Un texto de un tal Miguel Ángel Cerdán subido a El Porteño hace poco se inscribe en la ya larga y lamentable
tradición de escupir sobre las revueltas de 1968 afirmando que “Mayo del 68
mató a la izquierda”. No es nada casual que dicha diatriba haya sido publicada
en España por El Viejo Topo, editorial que desde hace ya un tiempo se ha
dedicado a difundir literatura fascista rojiparda como la del nefasto
“filósofo” italiano Diego Fusaro, autodeclarado discípulo del comunista Gramsci
y del fascista Gentile, at the same time!
Para que vean lo grave y decadente
de esta deriva neofascista y “trumputinista”, debo destacar que EVT publicó una
entrevista al confusionista Fusaro realizada por Carlos X Blanco, autor
de “El marxismo no es de izquierdas”, publicado nada menos que en la Editorial
EAS, donde al igual que Fusaro y Costanzo Preve (otro rojipardo) trata de
vendernos a un Marx idealista, “más conectado e identificado con la tradición
de pensamiento de Aristóteles, del Bien Común y de lo Social, siendo más
un realista aristotélico que un idealista hegeliano”. Por supuesto la Editorial
EAS se dedica a publicar a la crema del neofascismo en versión “Nueva Derecha”.
Basta con ver su catálogo online para reconocer la fina selección de fascistas
que ahí publican.
Como varios antes que él, Cerdán (un
“Catedrático de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Geografía e
Historia”) reduce la revuelta global de los sesenta al “mayo francés”, y
confunde el proceso revolucionario con la contrarrevolución que se activó para
neutralizarlo. En su defensa invoca a Passolini (sic) y advierte que si estás
de acuerdo con su análisis “serás un facha o un putinista o un trumpista o un
prochino, según marque la ocasión”. ¡A confesión de parte!
No tengo tiempo ni ganas de refutar
en detalle a este Catedrático anti-sesentayochista, pero además de
desenmascararlo he decidido liberar dos fragmentos iniciales de un trabajo
sobre la escena musical del 68 japonés, en un afán por situar esos agitados
tiempos en perspectiva y con altura de miras.
“Lo que guiaba a estas energías era
en parte la fuerza de la contracultura, y en ese entonces el motor de la
contracultura era principalmente la música, aunque no sólo la música. Y
podríamos decir que esa música, al igual que la política, ofrecía esta visión
de un mundo liberado. Había una especie de bucle de retroalimentación positiva.
La música alimentaba las luchas; la lucha retroalimentaba la música” (Mark
Fisher)
Premisa: el largo 68 como una revuelta global
La gran revuelta global de los sesenta ha quedado hace ya
bastante tiempo reducida a algunas manifestaciones estudiantiles en el Barrio
Latino de París en mayo de 1968, que luego inspiraron imitaciones en otras
partes del mundo. Se trata de un proceso bastante evidente de manipulación de
la memoria que quedó bien instalado ya en los años ochenta y que se ha seguido
afianzando posteriormente, logrando casi anular el acontecimiento a través de
una amnesia colectiva que se ha esforzado en eliminar de la memoria todo lo que
la revuelta de los sesenta tuvo de intempestivo y revolucionario.
En esta labor, las voces de los “ex líderes” más visibles del
movimiento -que a posteriori han destacado por su exitosa adaptación a los
nuevos roles que les depararon sus biografías cuando el 68 ya era un recuerdo
borroso- confluyen con los esfuerzos de la academia por vaciar esos eventos de
todo contenido radical, eliminando el análisis de clase para imponer una
lectura sociobiológica y culturalista de la rebelión juvenil (o estudiantil),
convirtiendo no sólo al mayo francés sino que a todo ese largo y profundo ciclo
de luchas en el mundo en una mera expresión de deseos de integración que en
cierta forma prefiguraron la gestión neoliberal de la vida que se impuso a
partir de entonces.
Al someter el proceso global a este conjunto de
reduccionismos, se oculta la dimensión global de la revuelta, para fijarse
obsesivamente sólo en el acontecimiento “mayo francés” en su expresión
parisina/estudiantil. Pero no fue por casualidad que tanto en Francia como en
el resto del mundo las protestas masivas que en varios lugares devinieron en
insurrecciones hayan sido detonadas por la oposición masiva a la guerra de
Vietnam. Por supuesto, en la versión
triunfante de este relato, a lo Lipovetsky, esta “revolución sin programa”,
hedonista e individualista, no tiene mucho que ver con las banderas rojas
(anticapitalistas), negras (antiautoritarias) y del Viet Cong (como símbolo de
la lucha anti colonial y anti imperialista) que en mayo/junio de 1968 adornaron
todas las ocupaciones de edificios, en un movimiento contestatario que estuvo
lejos de confinarse a la capital y las principales ciudades y que llegó a su
máxima intensidad con la huelga general de más 10 millones de personas en el
mes de junio.
En contra de esa versión, que sigue siendo la dominante, acá
partimos de la premisa de que lo que llamamos “68” designa una especie de
revolución mundial, a la vez cultural, social y política, que se produjo en la
segunda mitad de la década de los sesenta y reverberó incluso varios años
después de la contrarrevolución también global iniciada hacia 1973 y
consolidada plenamente a inicios de los ochenta y hasta el día de hoy (1). A partir de esa comprensión es que
intentaremos reconstruir la escena musical del 68 en Japón.
Un breve repaso a lo poco que sabemos del 68 japonés
En mi caso, tuve conocimiento de la intensidad de las
protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue
toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el
documental “Días de furia” (Fred Warshofsky, 1980), que dentro de su variopinto
y exótico contenido mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la
construcción del aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta
resistencia y represión que se generaban (2).
La voz en off del conductor Vincent Price presentaba el dramático
registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno
aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo).
Poco después di casualmente con el librito de Bernard Beráud sobre “La
izquierda revolucionaria en el Japón” (edición en español de 1971), donde
entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas de combate
callejero y la evolución de los distintos grupos de la ultraizquierda japonesa
me pude hacer una idea del tipo de lucha antiimperialista y a la vez
antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Pero no es de extrañar que en
los relatos más conocidos sobre el 68, Japón casi no aparezca. Así, en el
famoso libro editado con motivo del vigésimo aniversario del evento por una de
las estrellas más conocidas del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, viaja a
sostener conversaciones con distintas figuras de las luchas de los sesenta, en
Nueva York, Río de Janeiro, Roma, París, Amsterdam, Saint-Nazaire, Francfort
del Meno, País Vasco, y según explica estuvo a punto de incluir a Polonia y
Chile. Pero no menciona a Japón.
Otro ejemplo son las quinientas páginas del best seller
de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el año que estremeció al mundo”. Sólo
encontramos en el índice temático dos alusiones a Japón, aunque significativas:
en una se explica a grandes rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil
de la Zengakuren, y en la segunda el autor refiere que el Partido Comunista
japonés (de los más grandes en esa época, junto al italiano, francés y chileno)
fue uno de los que se opuso a la invasión rusa de Checoslovaquia (3).
Ambos factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son
fundamentales para entender el contexto social y político de la “banda sonora”
que nos hemos propuesto describir, donde confluye esta amplia contracultura
juvenil con las posiciones de una nueva izquierda radical, anticapitalista y
antiautoritaria, que se desarrolló con fuerza en países como Japón, donde los
partidos autoritarios de la izquierda tradicional aparecían claramente como
parte del “viejo orden” a combatir. Además, la Nueva Izquierda se oponía a las
formas culturalmente reaccionarias asociadas a la vieja izquierda.
Kristin Ross tampoco dedica mucho espacio en “Mayo del 68 y
sus vidas posteriores” al contexto japonés, pues está centrada en Francia, pero
insiste en recordarnos que gran parte del movimiento ahí y en el resto del
mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de Vietnam, lo cual tres
décadas después ya había sido suprimido de la memoria, junto con todo el
contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar únicamente su aspecto
cultural, de liberación de las costumbres, movimiento “generacional” e incluso
como una especie de “revolución sexual”.
Ross destaca la influencia que tuvo especialmente en el
movimiento estudiantil de Estados Unidos y Francia el ejemplo de la Zengakuren,
que había aprendido en las calles que “la policía no siempre gana”. La
especificidad japonesa radicaba en que las protestas estudiantiles enlazaban
con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que mantenía
Estados Unidos en el archipiélago, cuya importancia geopolítica y logística
convertía a Japón en un territorio involucrado directamente en la guerra. Como
indica Ferran de Vargas, la “larga década de los 60” en Japón duró por lo menos
de 1958 a 1972, y hacia 1968/9 la relación del movimiento social con la
violencia ya había pasado por varias etapas y aprendizajes.
En el momento más álgido de esas luchas por todo el orbe, lo
que caracterizó a la “escena japonesa” fue en efecto la masividad, creatividad
y combatividad de sus luchas callejeras, que en distintas oleadas y formas
venían produciéndose desde fines de la década anterior. La novedad tecnológica
que aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las
transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público global
un sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se estaban dando en ese
momento. De esta forma, se pudo apreciar en directo escenas como las que ya en
1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la CBS,
cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en Japón, dada
la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren en las
inmediaciones del aeropuerto. Cronkite luego relató que cuando trató de salir
del lugar no tuvo más remedio que acercarse a las filas de los manifestantes, y
unirse a ellas tomándose del brazo y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban
pasando magníficamente”, declaró después, así que tras participar un momento y
despedirse de sus desconocidos anfitriones, recién pudo llegar al automóvil
para dirigirse al aeropuerto.
No cabe duda de la gran fascinación que causó en occidente la
transmisión televisiva y los registros fotográficos de tácticas como la “danza
de la serpiente” (4), la
construcción de fortalezas de madera por parte de los estudiantes y la comunidad
de Sanrizuka como parte de la gran lucha sostenida a partir de 1963 para
combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita (5),
así como la llamativa indumentaria usada por los estudiantes radicales
japoneses en las manifestaciones callejeras: cascos de colores y garrotes, que
en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre distintas
tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados masivamente
para la lucha contra la policía.
John Lennon y su pareja japonesa, la artista de vanguardia
Yoko Ono, usaron los típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y, así
mismo (con casco y puño en alto) aparece el cantante en el arte de su single
“Power to the people”, lanzado en marzo de 1971. Incluso un artista en apariencia poco
politizado como Jimi Hendrix hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de los
estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo de
“dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de lucha
callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los
jóvenes gringos le parece “masoquista”, Hendrix lo contrasta con el de “los
muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en
bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de
acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus
simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales
estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a
hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con
otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza
abierta sin ningún motivo”.
¿Por qué todas estas anécdotas y eventos parecen hoy
totalmente olvidados?
A fines de los sesenta a nivel global la cultura musical de
los jóvenes florecía en una compleja relación entre la creación artística más o
menos genuina y la difusión comercial, explotación y “recuperación” de esas
expresiones por parte de la industria cultural, las radios y las discográficas.
Empleo esta expresión en el sentido que le daba la Internacional Situacionista,
es decir, como un proceso a través del cual el capitalismo espectacular intenta
extraer del movimiento social las energías contestatarias para neutralizarlas y
usarlas a su favor.
Si es posible advertir en las formas musicales y estéticas de
la contracultura de fines de los sesenta cómo se produce un cruce no siempre
pacífico entre alta y baja cultura, música eléctrica y acústica,
experimentación y tradicionalismo, alienación y concientización, en el caso de
Japón se sumaba a eso el hecho de que la ocupación norteamericana generaba
también una mezcla de fascinación y rechazo hacia las formas culturales propias
de la cultura percibida como invasora. Una buena demostración de este rechazo
fueron las airadas protestas de grupos nacionalistas tradicionalistas contra la
gira japonesa de los Beatles en 1966, que obligó a una fuerte presencia
policial con custodia permanente del cuarteto durante todo el evento.
Esta desconfianza hacia las formas occidentales o
norteamericanas también se producía desde la izquierda. Por esos mismos años en
Estados Unidos Bob Dylan era abucheado en el Newport Folk Festival de 1965
y tratado de “judas” por haber “traicionado”
el folk tradicional de protesta e incorporar guitarra eléctrica y banda de rock (6),
mientras en Brasil el cantante Caetano Veloso era abucheado estruendosamente
por el izquierdizado público del Tercer Festival de la Canción Popular en Sao
Paulo en junio de 1968, por haber tenido la idea de presentar la canción “E
proibido prohibir” compartiendo escenario con el conjunto sicodélico Os
Mutantes, que además de su curiosa apariencia personal también portaban
batería, guitarra y bajo eléctricos (7).
Más significativo aún en este desencuentro es lo que contó el
poeta norteamericano Allen Ginsberg en una entrevista del año 1973 con la
revista Gay Sunshine, cuando explica que entre las razones por las que
fue expulsado durante una visita a Cuba en 1965 estuvo el haber propuesto a la
cúpula del partido hacer las gestiones necesarias para que los Beatles tocaran
en la isla. La respuesta que obtuvo de Haydée Santamaría fue: “No tienen
ideología; tratamos de construir una revolución con ideología”. Sumado a su
defensa de la marihuana y la homosexualidad, además de señalar públicamente que
“había rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era guapo”, el
desencuentro le costó la expulsión de la isla, siendo sacado a la fuerza del
Hotel en que se encontraba ante la mirada atónita del poeta chileno Nicanor
Parra. Lo que le hizo concluir a Ginsberg que la ideología a la que se refería
Santamaría era “la ideología de una burocracia policial que persigue a los
maricas” (8).
Más allá de lo anecdótico, lo cierto es que el desencuentro
entre la izquierda y la contracultura fue clave en el desenlace
contrarrevolucionario de los setenta, pues tal como señaló Mark Fisher en su
inconcluso texto Comunismo ácido, “el fracaso de la izquierda después de
los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la
contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos”, lo que facilitó
que las “nuevas corrientes” fueran capturadas por la nueva derecha.
(El
manuscrito se interrumpe aquí)
1.- Algunxs autorxs se pronuncian en este mismo sentido, o al menos en uno similar.
El ejemplo más conocido es el de Wallerstein con Arrighi y Hopkins, que señalan
a 1968 y a 1848 como los dos únicos ejemplos de revoluciones globales, que
“fracasaron históricamente” a la vez que “transformaron el mundo”. Los
italianos Nanni Ballestrini y Primo Moroni se refieren al período 1968-1977
como una “gran ola revolucionaria y creativa, política y existencial”, y el
británico Mark Fisher -siguiendo a Ellen Willis- habla abiertamente de las
aspiraciones de la contracultura de esos años como “una revolución social y
psíquica de magnitud casi inconcebible”. Sobre el 68 latinoamericano como parte
de esa extraña “revolución mundial” que fracasó, podemos referir los trabajos
del uruguayo Raúl Zibechi. Destaquemos de paso que tanto en relación a 1848
como a 1968, la mirada ha estado hasta ahora centrada casi exclusivamente en la
dimensión europea/occidental del proceso. Así, podemos ver en pleno año 2021 a
Matt Colquhoun en su introducción a “Deseo Post-Capitalista” (publicación como
libro de las últimas clases del malogrado Mark Fisher), comentando cosas como
que el álbum “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles (1967),
celebrado por muchos como un momento revolucionario en el pop, para otros se
volvió inmediatamente redundante por “las revueltas sociopolíticas que se
sucedieron en Europa el año siguiente, en mayo de 1968” (el destacado es
mío).
2.- Un fragmento del documental puede ser visto en Youtube bajo el título de “Siege of the Red Fort!”. Sobre la lucha de Sanrizuka existen una serie de films
documentales realizados por Shinsuke Ogawa, varios de ellos disponibles online
en la plataforma MUBI.
3.- No así el PC chileno que, muy lejos de las sensibilidades de la “nueva izquierda”
inventó la pedagógica consigna de: “¡Checo, entiende, los rusos te defienden!”
4.- Esta “danza” consistía en un avance serpenteante mediante bloques de hileras
organizadas de manifestantes tomados de los brazos (el “estilo francés”) y bajo
la dirección de un encargado usando altavoz y silbato. Llegado el momento, la
columna podía aprovechar un punto débil en las líneas de la policía
antidisturbios para abrirse paso por la fuerza rompiendo el cerco represivo. La
táctica fue considerada por los Weathermen en la planificación de los “días de
furia” en Chicago en octubre de 1969.
5.- Existen varios documentales al respecto, como los de Shinsuke Ogawa disponibles
en MUBI
6.- Se
trata de la “Electric Dylan controversy”.
7.- Hay registro de eso: el track “Ambiente do festival (E proibido prohibir)”
(1968). Incluido en el compilado Caetano (Série grandes nomes Vol. 1), 1995.
8.- V/A
(1982), Cónsules de Sodoma Volumen 1. Entrevistas de Gay Sunshine a Allen
Ginsberg, John Giorno y otros, Barcelona,Tusquets editores.
Etiquetas: 1968, fascistología, Japo, perlas de la estupidez humana, revolución social
jueves, enero 26, 2023
Cuando las feministas alemanas se pitearon a Teddy Adorno
Había escuchado algunas versiones sobre este acontecimiento ocurrido en 1969, pero no en el nivel de detalle que da Manuel Sacristán. Lo que yo había escuchado era que las feministas en topless boicotearon su clase diciendo "la institución Adorno ha muerto". La versión de Sacristán enfatiza en el juego de palabras entre Theodor Adorno, alias "Teddy", y "Teddy bear": osito de peluche.
Los dejo con el relato compilado por Salvador López Arnal dentro de una Antología de Sacristán sobre la Escuela de Frankfurt, disponible en rebelion.org :
Manuel Sacristán sobre Adorno y
Horkheimer
En «Sobre Lukács» (en M.
Sacristán, Seis conferencias, op. cit), a propósito de un comentario a la
crítica de Gyorgy Lukács del utopismo irracionalista, Sacristán hizo un
comentario sobre Th. W. Adorno, a quien tradujo y de quien siempre admiró su
estilo intelectual y su inmensa erudición marxiana. Señalo que Lukács, en El
asalto a la razón, había criticado la ideología de los pensadores, supuestamente
de izquierda, que practicaban el pesimismo histórico. En su opinión, el
filósofo húngaro se estaba refiriendo claramente a Adorno. A lo que añadió:
«Otro de esos pensadores de contrabando que mucha gente que se cree de
izquierda lo tiene como autor de cabecera y de izquierda no tiene nada, más que
el saberse a Marx, se sabe a Marx muy bien. Adorno se sabía a Marx así… Yo
muchas veces he admirado como se sabía Adorno a Marx. Sólo que, como Gramsci
dijo muy bien, según se lea El Capital puede ser un libro de cabecera de
burgueses, como ocurrió en la Rusia anterior a la revolución y ése es el caso
de Adorno manifiestamente. No digo en su juventud; en su juventud, Adorno era
un marxista idealista, por así decirlo, pero con muchos elementos de marxismo.
Después de su largo exilio en Estados Unidos, porque era judío y tuvo que huir
de Alemania, cuando volvió, era un conservador.
Cuando el 68, sus estudiantes -entre otros, individuos de tanto talento como
Dutschke, Hermann Ckark, que fue uno que se mató en un accidente de automóvil,
en el 68 mismo, corriendo de Hamburgo a Berlín a una manifestación se pegó un
trastazo que murió en las puertas de Berlín-, cuando estos estudiantes de
Adorno decidieron que había llegado el momento de hacer algo, de hacer algo en
la práctica, Adorno -y disculpar este paréntesis pero es que vale la pena
porque son cosas importantes no sólo para la historia de Europa, sino también
para las precauciones ideológicas que debe tener uno- contestó que la
revolución nunca, que de ninguna manera la revolución. Como ellos insistieron
se marchó a su casa, volvió al cabo de un par de semanas, confiando en que ya
no estarían los revolucionarios, los cuales no estaban, pero estaban las chicas
feministas que se habían quedado. Entonces las chicas feministas le hicieron un
espectáculo terrible, bastante cruel. Adorno, no sé si habéis visto una figura
suya, era un hombre gordo, bajito, casi redondito, muy… así, muy blandito, un
poco fofo, entonces las chicas se desnudaron de cintura para arriba y empezaron
a decir «Adorno es un oso de peluche», que era una burla muy cruel, muy
terrible. El hombre se marchó desesperado a su casa y murió 48 horas después…Yo
creo que murió de muerte psíquica.
Las muertes psíquicas son más frecuentes de lo que podéis pensar siendo
jóvenes. Este hombre se encontró con que lo que era la raíz de su vida, que era
un enorme prestigio entre los estudiantes de izquierda, se hundió de la noche a
la mañana, cuando se encontró con la práctica, cuando no bastaba con decir frases
muy críticas de la cultura burguesa mientras se recibía dineros de la fundación
ésta y de la fundación otra, y perdonad la brutalidad con que hablo. Hablar
mucho contra la cultura burguesa mientras estaba sirviendo a la economía
burguesa y a la política burguesa. Su maestro y colega Horkheimer era consejero
personal de Adenauer y resulta que ahora me lo presentan como marxista. Y [la
editorial] Taurus lo publica como un gran marxista muy importante. Ese sí que
no era dogmático, ¡qué iba a ser dogmático! Era todo lo contrario claro, era un
consejero personal de Adenauer. Menos dogmático que eso…».
Etiquetas: 1968, Adorno, feminismo, feminismo chanta, Frankfurt, perlas de la estupidez humana
lunes, octubre 11, 2021
Poder sin rostro (x Pasolini 1974)
EL VERDADERO FASCISMO Y POR LO TANTO
EL VERDADERO ANTI- FASCISMO*
Pier Paolo Pasolini (“Escritos
Corsarios”, 1975)
¿Qué es la cultura de una nación?
Corrientemente se cree, también por parte de las personas cultas,
que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los
profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.: es decir que es la cultura de
la inteligencia. En cambio no es así. Y no es siquiera la cultura de
las clases dominantes que, precisamente, a través de la lucha de clases, trata
de imponerla al menos formalmente. No es finalmente tampoco la cultura de
la clase dominada, es decir la cultura popular de los obreros
y de los campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas
culturas de clases: es la media de ellas. Y sería por lo tanto abstracta si no
fuese reconocible -o, para decirlo mejor, visible- en lo vivido y en lo
existencial y si no tuviese en consecuencia una dimensión práctica. Durante
siglos, en Italia, estas culturas fueron distinguibles aunque estuvieran históricamente
unificadas. Hoy -casi de golpe, en una especie de Adviento- distinción y unificación
histórica han dejado lugar a una homologación que realiza casi milagrosamente el
sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación?
Evidentemente a un nuevo Poder.
Escribo «Poder» con P mayúscula -cosa que Maurizio Ferrara
tacha de irracionalismo en «L'Unità» (12-6-1974)- sólo porque sinceramente no sé
en qué consiste este nuevo Poder y quien lo representa. Sólo sé, simplemente,
que existe. No lo reconozco más en el Vaticano, ni en los Poderosos
democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco siquiera en la gran
industria, porque ella no está más constituida por un cieno número limitado de grandes
industriales; para mí, al menos, aparece más bien como un todo
(industrialización total) y, además, como un todo no italiano (trasnacionales).
Conozco también, porque lo veo y lo vivo, algunas características
de este nuevo Poder todavía sin rostro; por ejemplo su rechazo del viejo sanfedismo
(1) y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar la Iglesia, su
determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y
subproletarios en pequeños burgueses y, sobre todo su manía, por así decir cósmica,
de realizar hasta el final el «Desarrollo»: producir y consumir.
El identikit de este rostro del nuevo Poder todavía en blanco
atribuye vagamente a él rasgos «modernos», debido a la tolerancia y a una
ideología hedonística perfectamente autosuficiente: pero también rasgos feroces
y sustancialmente represivos. La tolerancia es, en efecto, falsa, porque en
realidad ningún hombre ha debido ser jamás tan normal y conformista como el
consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una decisión de
reordenar todo con un carácter despiadado tal que la historia no ha conocido jamás.
Por lo tanto este nuevo Poder no representado todavía por nadie y debido a una «mutación»
de la clase dominante es, en realidad -si queremos conservar la vieja terminología-
una forma fatal del fascismo. Pero este Poder ha «homologado» también culturalmente
a Italia; se trata por lo tanto de una homologación represiva, aunque obtenida mediante
la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de
la tensión es una espía, aunque sustancialmente anacrónica, de todo esto.
Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como por otra parte
Ferrarotti, en «Paese Sera», 14-6-1974) me acusa de esteticismo, y tiende con
esto a excluirme, a recluirme. Está bien: la mía puede ser la óptica de un
«artista», es decir, como quiere la buena burguesía, de un loco. Pero el hecho,
por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven sin embargo
ahora, en realidad, aunque interIocutoriamente, al Poder nuevo) hayan chantajeado
recíprocamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y del caso Montesi,
puede ser también una buena razón para enloquecer: es decir desacreditar de tal
modo una clase dirigente y una sociedad ante los ojos de un hombre, hasta
hacerla perder el sentido de la oportunidad y de los límites, arrojándolo en un
verdadero estado de «anomia».
Queda dicho además que la óptica de los locos es digna de ser
tomada en cuenta: a menos que se quiera progresar en todo salvo en el problema
de los locos, limitándose cómodamente a mantenerlos lejos.
Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su
conducta. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como
groseramente insinúa F errara), sino porque conocen la semiología. Saben que la
cultura produce códigos; que los códigos producen la conducta; que la conducta
es un lenguaje; y que en un momento histórico en el cual el lenguaje verbal es
completamente convencional y estéril (tecnificado) el lenguaje de la conducta
(física y mímica) asume una importancia decisiva.
Para regresar así al comienzo de nuestro discurso, me parece
que tenemos buenas razones para sostener que la cultura de una nación (en este
caso Italia) está hoy expresada sobre todo a través del lenguaje de la conducta
o el lenguaje físico, más una cierta cantidad -completamente convencional y
extremadamente pobre- del lenguaje verbal.
Es a este nivel de comunicación lingüística que se
manifiestan: a) la mutación antropológica
de los italianos; b) su completa homologación con un único modelo.
Por lo tanto: decidir dejarse crecer los cabellos sobre la
espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer las patillas (en una
evocación predecimonónica); decidir colocarse una venda en la cabeza o
encasquetarse un sombrerito hasta los ojos; decidir si se sueña con un Ferrari o
un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos
de algunos bestseIIers; vestirse con pantalones y mallas prepotentemente a la
última moda; tener relaciones obsesivas con muchachas mantenidas al lado como
un adorno, pero al mismo tiempo, con la pretensión de que sean «libres», etc.,
etc., etc.: todo esto constituye actos culturales.
Ahora todos los
italianos jóvenes cumplen estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico,
son intercambiables; cosa vieja como el mundo, si es limitada a una clase
social, a una categoría: pero el hecho es que todos estos actos culturales y
este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie
podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un
anti-fascista; cosa que todavía era posible en 1968.
Los problemas de un intelectual perteneciente a la inteligencia son
distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque la ideología sea
la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendiesen que
estoy en situación de darme cuenta que, en el caso de que el Desarrollo
sufriese una detención y hubiese una recesión, si los Partidos de Izquierda no
apoyasen al Poder vigente, Italia simplemente se derrumbaría; si en cambio el
desarrollo continuase como ha comenzado, sería sin duda el llamado «compromiso
histórico» el único modo de tratar de corregir aquel Desarrollo, en el sentido indicado
por Berlinguer en su informe al Comité Central del Partido Comunista (ver «L'Unità,
4-6-1974). De todas formas, como a Maurizio Perrara no le competen las «caras»,
a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Más bien, tengo cuando
mucho, el deber de ejercitar sobre ella mi crítica, quijotescamente y quizás de
manera extrema.
¿Cuáles son por lo tanto mis problemas?
He aquí, por ejemplo, uno. En el artículo que ha Suscitado
esta polémica («Corriere della sera», 10-6-1974) decía que los responsables
reales de los atentados de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía
italiana: porque si gobierno y policía hubiesen querido, tales atentados no
hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, en este momento puedo decir que
responsables de estos estragos somos también nosotros, progresistas,
antifascistas, hombres de izquierda. Efectivamente, en todos estos años no
hemos hecho nada:
1) porque hablar de «Atentados políticos» no se convirtiese
en un lugar común y todo se detuviese allí;
2) (y más grave) no hemos hecho nada porque los fascistas no
existieran. Los hemos condenado solamente para gratificar nuestra conciencia
con nuestra indignación; y cuanto más fuerte y petulante era la indignación más
tranquila estaba la conciencia.
En realidad nos hemos
comportado con los fascistas (hablo solamente de los jóvenes) de manera
racista: apresurada y despiadadamente hemos querido creer que ellos estaban predestinados
racialmente a ser fascistas y, frente a esta decisión de su destino, no había nada
que hacer. Y no nos engañemos: todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia,
que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista, ello era puramente
casual, no era más que un gesto, inmotivado e irracional; hubiera bastado quizá
una sola palabra para que ello no sucediese. Pero ninguno de nosotros nunca
habló con ellos o a ellos. Los hemos rápidamente aceptado como representantes
inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes y adolescentes de dieciocho
años, que no sabían nada de nada, y que se habían arrojado de cabeza en la
horrenda aventura por simple desesperación.
Pero no podíamos
distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas: sino de todos los
otros). Y esta es nuestra espantosa justificación.
El Padre Zosima (¡literatura por literatura!) supo en seguida
distinguir, entre todos aquellos que se amontonaban en sus celdas, a Dimitri
Karamazov, el parricida. Entonces se levantó de su silla y fue a prosternarse
delante de él. Y lo hizo (como diría más tarde al Karamazov más joven) porque
Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el mis inhumano
de los dolores.
Pensad (si tenéis el coraje) en aquel muchacho o en aquellos
muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No sería
necesario levantarse e ir a prosternarse delante de ellos? Pero eran jóvenes
con los cabellos largos, o con bigotes tipo comienzos de siglo, tenían en la
cabeza venda o quizás un sombrerito encasquetado hasta los ojos, eran pálidos y
presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos de igual manera, tener
Porsche o Ferrari, o motocicletas para guiarlas como pequeños arcángeles
idiotas con las muchachas ornamentales detrás, sí, pero modernas, y a favor del
divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del desarrollo...
Eran, en suma, jóvenes
como todos los demás: nada los distinguía. Aunque hubiésemos querido no
habríamos podido prosternarnos delante de ellos. Porque el viejo fascismo,
aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras que el
nuevo fascismo -que es completamente distinto- no distingue más: no es
humanísticamente retórico, es pragmático a la americana. Su fin es la reorganización
y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.
* En el
«Corriere della Sera» con el título «El
Poder sin rostro». 24 de junio de 1974
1. Deriva de
«santa fade» y significa una tendencia reaccionaria, antiliberal y clerical,
con raíces históricas muy concretas. (Nota del Traductor.)
Etiquetas: 1968, documentos de cultura, fascist pigs, reflexión
miércoles, junio 03, 2020
2 textos sobre la revuelta en Estados Unidos // CARCAJ // / Public Ayler
Impresionante. Pero no inesperada. Ecos de 1968, que hacen pensar que estamos en el inicio del Tercer Asalto. Ecos de 1919, que nos recuerdan que la revolución proletaria sólo podría ser global. Ecos de 1848, que deberían advertirnos contra las ilusiones de trasformar procesos de revolución social en procesos re-constituyentes.
Va un texto anarquista y otro comunista. ¿La falsa dicotomía se niega a morir?
Y dos canciones:
-Ayler con Pharoah, interpretando Alto y Bajo Egipto a beneficio de los Panteras Negras en 1968 en Nueva York.
-Enemigo Público, Combate al Poder. 1989 (el 68 al revés). Me gusta Public Enemy. No me simpatiza para nada la Nación del Islam obviamente. Pocas veces he visto en un video clip este nivel de efervescencia comunitaria.
Esta foto de P. Slachevsky acompaña en Carcaj el breve reporte psicogeográfico sobre el 1° de mayo en Plaza Dignidad que subimos acá hace poco. Recomendamos una serie de textos que han estado subiendo en Carcaj a modo de etnografías de la cuarentena. En particular destacaría estos cuatro:
http://carcaj.cl/la-marcha-de-las-espaldas-dobladas/ de Constanza Tizzoni
http://carcaj.cl/notas-sobre-tiempos-sombios/ de Jorge Díaz
http://carcaj.cl/el-despotismo-occidental/ del ex miembro de la sección italiana de la I.S., Gianfranco Sanguintti
y,
http://carcaj.cl/normalidad-y-seguridad-a-proposito-del-otra-vez-nuevo-plan-del-gobierno/ de Alejandro Ancalao
Entre muchos otros.
1.-Minneapolis: ahora esta lucha tiene dos lados. Lo que estas manifestaciones significan para la era Covid19 (x Colectivo Crimethinc).
Etiquetas: 1968, 2020 fin del mundo tal cual lo conocemos, anarquia, carcaj, comunismo, free jazz, hip hop, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
martes, diciembre 31, 2019
31 de diciembre. Revuelta/revolución. Lambi.
Etiquetas: 1968, chanchos culiaos asesinos, I.S., memoria negra, reflexión, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases












