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martes, abril 01, 2025

CONTRACULTURA Y REVOLUCIÓN 

 UNAS NOTAS BREVES SOBRE EL 68 GLOBAL Y EL 68 JAPONÉS




Un texto de un tal Miguel Ángel Cerdán subido a El Porteño hace poco se inscribe en la ya larga y lamentable tradición de escupir sobre las revueltas de 1968 afirmando que “Mayo del 68 mató a la izquierda”. No es nada casual que dicha diatriba haya sido publicada en España por El Viejo Topo, editorial que desde hace ya un tiempo se ha dedicado a difundir literatura fascista rojiparda como la del nefasto “filósofo” italiano Diego Fusaro, autodeclarado discípulo del comunista Gramsci y del fascista Gentile, at the same time!

Para que vean lo grave y decadente de esta deriva neofascista y “trumputinista”, debo destacar que EVT publicó una entrevista al confusionista Fusaro realizada por Carlos X Blanco, autor de “El marxismo no es de izquierdas”, publicado nada menos que en la Editorial EAS, donde al igual que Fusaro y Costanzo Preve (otro rojipardo) trata de vendernos a un Marx idealista, “más conectado e identificado con la tradición de pensamiento de Aristóteles, del Bien Común y de lo Social, siendo más un realista aristotélico que un idealista hegeliano”. Por supuesto la Editorial EAS se dedica a publicar a la crema del neofascismo en versión “Nueva Derecha”. Basta con ver su catálogo online para reconocer la fina selección de fascistas que ahí publican.

Como varios antes que él, Cerdán (un “Catedrático de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia”) reduce la revuelta global de los sesenta al “mayo francés”, y confunde el proceso revolucionario con la contrarrevolución que se activó para neutralizarlo. En su defensa invoca a Passolini (sic) y advierte que si estás de acuerdo con su análisis “serás un facha o un putinista o un trumpista o un prochino, según marque la ocasión”. ¡A confesión de parte!

No tengo tiempo ni ganas de refutar en detalle a este Catedrático anti-sesentayochista, pero además de desenmascararlo he decidido liberar dos fragmentos iniciales de un trabajo sobre la escena musical del 68 japonés, en un afán por situar esos agitados tiempos en perspectiva y con altura de miras.



“Lo que guiaba a estas energías era en parte la fuerza de la contracultura, y en ese entonces el motor de la contracultura era principalmente la música, aunque no sólo la música. Y podríamos decir que esa música, al igual que la política, ofrecía esta visión de un mundo liberado. Había una especie de bucle de retroalimentación positiva. La música alimentaba las luchas; la lucha retroalimentaba la música” (Mark Fisher)

 

Premisa: el largo 68 como una revuelta global

La gran revuelta global de los sesenta ha quedado hace ya bastante tiempo reducida a algunas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino de París en mayo de 1968, que luego inspiraron imitaciones en otras partes del mundo. Se trata de un proceso bastante evidente de manipulación de la memoria que quedó bien instalado ya en los años ochenta y que se ha seguido afianzando posteriormente, logrando casi anular el acontecimiento a través de una amnesia colectiva que se ha esforzado en eliminar de la memoria todo lo que la revuelta de los sesenta tuvo de intempestivo y revolucionario.

En esta labor, las voces de los “ex líderes” más visibles del movimiento -que a posteriori han destacado por su exitosa adaptación a los nuevos roles que les depararon sus biografías cuando el 68 ya era un recuerdo borroso- confluyen con los esfuerzos de la academia por vaciar esos eventos de todo contenido radical, eliminando el análisis de clase para imponer una lectura sociobiológica y culturalista de la rebelión juvenil (o estudiantil), convirtiendo no sólo al mayo francés sino que a todo ese largo y profundo ciclo de luchas en el mundo en una mera expresión de deseos de integración que en cierta forma prefiguraron la gestión neoliberal de la vida que se impuso a partir de entonces.

Al someter el proceso global a este conjunto de reduccionismos, se oculta la dimensión global de la revuelta, para fijarse obsesivamente sólo en el acontecimiento “mayo francés” en su expresión parisina/estudiantil. Pero no fue por casualidad que tanto en Francia como en el resto del mundo las protestas masivas que en varios lugares devinieron en insurrecciones hayan sido detonadas por la oposición masiva a la guerra de Vietnam.   Por supuesto, en la versión triunfante de este relato, a lo Lipovetsky, esta “revolución sin programa”, hedonista e individualista, no tiene mucho que ver con las banderas rojas (anticapitalistas), negras (antiautoritarias) y del Viet Cong (como símbolo de la lucha anti colonial y anti imperialista) que en mayo/junio de 1968 adornaron todas las ocupaciones de edificios, en un movimiento contestatario que estuvo lejos de confinarse a la capital y las principales ciudades y que llegó a su máxima intensidad con la huelga general de más 10 millones de personas en el mes de junio.

En contra de esa versión, que sigue siendo la dominante, acá partimos de la premisa de que lo que llamamos “68” designa una especie de revolución mundial, a la vez cultural, social y política, que se produjo en la segunda mitad de la década de los sesenta y reverberó incluso varios años después de la contrarrevolución también global iniciada hacia 1973 y consolidada plenamente a inicios de los ochenta y hasta el día de hoy (1).  A partir de esa comprensión es que intentaremos reconstruir la escena musical del 68 en Japón.

Un breve repaso a lo poco que sabemos del 68 japonés

En mi caso, tuve conocimiento de la intensidad de las protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el documental “Días de furia” (Fred Warshofsky, 1980), que dentro de su variopinto y exótico contenido mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y represión que se generaban (2). La voz en off del conductor Vincent Price presentaba el dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo). Poco después di casualmente con el librito de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición en español de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la ultraizquierda japonesa me pude hacer una idea del tipo de lucha antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Pero no es de extrañar que en los relatos más conocidos sobre el 68, Japón casi no aparezca. Así, en el famoso libro editado con motivo del vigésimo aniversario del evento por una de las estrellas más conocidas del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, viaja a sostener conversaciones con distintas figuras de las luchas de los sesenta, en Nueva York, Río de Janeiro, Roma, París, Amsterdam, Saint-Nazaire, Francfort del Meno, País Vasco, y según explica estuvo a punto de incluir a Polonia y Chile. Pero no menciona a Japón.

Otro ejemplo son las quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el año que estremeció al mundo”. Sólo encontramos en el índice temático dos alusiones a Japón, aunque significativas: en una se explica a grandes rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la segunda el autor refiere que el Partido Comunista japonés (de los más grandes en esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a la invasión rusa de Checoslovaquia (3). Ambos factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales para entender el contexto social y político de la “banda sonora” que nos hemos propuesto describir, donde confluye esta amplia contracultura juvenil con las posiciones de una nueva izquierda radical, anticapitalista y antiautoritaria, que se desarrolló con fuerza en países como Japón, donde los partidos autoritarios de la izquierda tradicional aparecían claramente como parte del “viejo orden” a combatir. Además, la Nueva Izquierda se oponía a las formas culturalmente reaccionarias asociadas a la vieja izquierda.

Kristin Ross tampoco dedica mucho espacio en “Mayo del 68 y sus vidas posteriores” al contexto japonés, pues está centrada en Francia, pero insiste en recordarnos que gran parte del movimiento ahí y en el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria, junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar únicamente su aspecto cultural, de liberación de las costumbres, movimiento “generacional” e incluso como una especie de “revolución sexual”.

Ross destaca la influencia que tuvo especialmente en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido en las calles que “la policía no siempre gana”. La especificidad japonesa radicaba en que las protestas estudiantiles enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que mantenía Estados Unidos en el archipiélago, cuya importancia geopolítica y logística convertía a Japón en un territorio involucrado directamente en la guerra. Como indica Ferran de Vargas, la “larga década de los 60” en Japón duró por lo menos de 1958 a 1972, y hacia 1968/9 la relación del movimiento social con la violencia ya había pasado por varias etapas y aprendizajes.

En el momento más álgido de esas luchas por todo el orbe, lo que caracterizó a la “escena japonesa” fue en efecto la masividad, creatividad y combatividad de sus luchas callejeras, que en distintas oleadas y formas venían produciéndose desde fines de la década anterior. La novedad tecnológica que aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público global un sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se estaban dando en ese momento. De esta forma, se pudo apreciar en directo escenas como las que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en Japón, dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren en las inmediaciones del aeropuerto. Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio que acercarse a las filas de los manifestantes, y unirse a ellas tomándose del brazo y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando magníficamente”, declaró después, así que tras participar un momento y despedirse de sus desconocidos anfitriones, recién pudo llegar al automóvil para dirigirse al aeropuerto. 

No cabe duda de la gran fascinación que causó en occidente la transmisión televisiva y los registros fotográficos de tácticas como la “danza de la serpiente” (4), la construcción de fortalezas de madera por parte de los estudiantes y la comunidad de Sanrizuka como parte de la gran lucha sostenida a partir de 1963 para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita (5), así como la llamativa indumentaria usada por los estudiantes radicales japoneses en las manifestaciones callejeras: cascos de colores y garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados masivamente para la lucha contra la policía.

John Lennon y su pareja japonesa, la artista de vanguardia Yoko Ono, usaron los típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y, así mismo (con casco y puño en alto) aparece el cantante en el arte de su single “Power to the people”, lanzado en marzo de 1971.  Incluso un artista en apariencia poco politizado como Jimi Hendrix hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los jóvenes gringos le parece “masoquista”, Hendrix lo contrasta con el de “los muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza abierta sin ningún motivo”.

¿Por qué todas estas anécdotas y eventos parecen hoy totalmente olvidados?

A fines de los sesenta a nivel global la cultura musical de los jóvenes florecía en una compleja relación entre la creación artística más o menos genuina y la difusión comercial, explotación y “recuperación” de esas expresiones por parte de la industria cultural, las radios y las discográficas. Empleo esta expresión en el sentido que le daba la Internacional Situacionista, es decir, como un proceso a través del cual el capitalismo espectacular intenta extraer del movimiento social las energías contestatarias para neutralizarlas y usarlas a su favor.

Si es posible advertir en las formas musicales y estéticas de la contracultura de fines de los sesenta cómo se produce un cruce no siempre pacífico entre alta y baja cultura, música eléctrica y acústica, experimentación y tradicionalismo, alienación y concientización, en el caso de Japón se sumaba a eso el hecho de que la ocupación norteamericana generaba también una mezcla de fascinación y rechazo hacia las formas culturales propias de la cultura percibida como invasora. Una buena demostración de este rechazo fueron las airadas protestas de grupos nacionalistas tradicionalistas contra la gira japonesa de los Beatles en 1966, que obligó a una fuerte presencia policial con custodia permanente del cuarteto durante todo el evento.

Esta desconfianza hacia las formas occidentales o norteamericanas también se producía desde la izquierda. Por esos mismos años en Estados Unidos Bob Dylan era abucheado en el Newport Folk Festival de 1965 y  tratado de “judas” por haber “traicionado” el folk tradicional de protesta e incorporar guitarra eléctrica y banda de rock (6), mientras en Brasil el cantante Caetano Veloso era abucheado estruendosamente por el izquierdizado público del Tercer Festival de la Canción Popular en Sao Paulo en junio de 1968, por haber tenido la idea de presentar la canción “E proibido prohibir” compartiendo escenario con el conjunto sicodélico Os Mutantes, que además de su curiosa apariencia personal también portaban batería, guitarra y bajo eléctricos (7).

Más significativo aún en este desencuentro es lo que contó el poeta norteamericano Allen Ginsberg en una entrevista del año 1973 con la revista Gay Sunshine, cuando explica que entre las razones por las que fue expulsado durante una visita a Cuba en 1965 estuvo el haber propuesto a la cúpula del partido hacer las gestiones necesarias para que los Beatles tocaran en la isla. La respuesta que obtuvo de Haydée Santamaría fue: “No tienen ideología; tratamos de construir una revolución con ideología”. Sumado a su defensa de la marihuana y la homosexualidad, además de señalar públicamente que “había rumores de que Raúl Castro era gay y que el Che Guevara era guapo”, el desencuentro le costó la expulsión de la isla, siendo sacado a la fuerza del Hotel en que se encontraba ante la mirada atónita del poeta chileno Nicanor Parra. Lo que le hizo concluir a Ginsberg que la ideología a la que se refería Santamaría era “la ideología de una burocracia policial que persigue a los maricas” (8). 

Más allá de lo anecdótico, lo cierto es que el desencuentro entre la izquierda y la contracultura fue clave en el desenlace contrarrevolucionario de los setenta, pues tal como señaló Mark Fisher en su inconcluso texto Comunismo ácido, “el fracaso de la izquierda después de los sesenta tuvo mucho que ver con su repudio hacia los sueños desatados por la contracultura, y con su incapacidad para implicarse en ellos”, lo que facilitó que las “nuevas corrientes” fueran capturadas por la nueva derecha.  

(El manuscrito se interrumpe aquí)




Notas:

1.- Algunxs autorxs se pronuncian en este mismo sentido, o al menos en uno similar. El ejemplo más conocido es el de Wallerstein con Arrighi y Hopkins, que señalan a 1968 y a 1848 como los dos únicos ejemplos de revoluciones globales, que “fracasaron históricamente” a la vez que “transformaron el mundo”. Los italianos Nanni Ballestrini y Primo Moroni se refieren al período 1968-1977 como una “gran ola revolucionaria y creativa, política y existencial”, y el británico Mark Fisher -siguiendo a Ellen Willis- habla abiertamente de las aspiraciones de la contracultura de esos años como “una revolución social y psíquica de magnitud casi inconcebible”. Sobre el 68 latinoamericano como parte de esa extraña “revolución mundial” que fracasó, podemos referir los trabajos del uruguayo Raúl Zibechi. Destaquemos de paso que tanto en relación a 1848 como a 1968, la mirada ha estado hasta ahora centrada casi exclusivamente en la dimensión europea/occidental del proceso. Así, podemos ver en pleno año 2021 a Matt Colquhoun en su introducción a “Deseo Post-Capitalista” (publicación como libro de las últimas clases del malogrado Mark Fisher), comentando cosas como que el álbum “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles (1967), celebrado por muchos como un momento revolucionario en el pop, para otros se volvió inmediatamente redundante por “las revueltas sociopolíticas que se sucedieron en Europa el año siguiente, en mayo de 1968” (el destacado es mío).

2.- Un fragmento del documental puede ser visto en Youtube bajo el título de “Siege of the Red Fort!”. Sobre la lucha de Sanrizuka existen una serie de films documentales realizados por Shinsuke Ogawa, varios de ellos disponibles online en la plataforma MUBI.

3.- No así el PC chileno que, muy lejos de las sensibilidades de la “nueva izquierda” inventó la pedagógica consigna de: “¡Checo, entiende, los rusos te defienden!”

4.- Esta “danza” consistía en un avance serpenteante mediante bloques de hileras organizadas de manifestantes tomados de los brazos (el “estilo francés”) y bajo la dirección de un encargado usando altavoz y silbato. Llegado el momento, la columna podía aprovechar un punto débil en las líneas de la policía antidisturbios para abrirse paso por la fuerza rompiendo el cerco represivo. La táctica fue considerada por los Weathermen en la planificación de los “días de furia” en Chicago en octubre de 1969. 

5.- Existen varios documentales al respecto, como los de Shinsuke Ogawa disponibles en MUBI

6.- Se trata de la “Electric Dylan controversy”.

7.- Hay registro de eso: el track “Ambiente do festival (E proibido prohibir)” (1968). Incluido en el compilado Caetano (Série grandes nomes Vol. 1), 1995.

8.- V/A (1982), Cónsules de Sodoma Volumen 1. Entrevistas de Gay Sunshine a Allen Ginsberg, John Giorno y otros, Barcelona,Tusquets editores.

 


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jueves, enero 26, 2023

Cuando las feministas alemanas se pitearon a Teddy Adorno 

 Había escuchado algunas versiones sobre este acontecimiento ocurrido en 1969, pero no en el nivel de detalle que da Manuel Sacristán. Lo que yo había escuchado era que las feministas en topless boicotearon su clase diciendo "la institución Adorno ha muerto". La versión de Sacristán enfatiza en el juego de palabras entre Theodor Adorno, alias "Teddy", y "Teddy bear": osito de peluche.

Los dejo con el relato compilado por Salvador López Arnal dentro de una Antología de Sacristán sobre la Escuela de Frankfurt, disponible en rebelion.org :


Manuel Sacristán sobre Adorno y Horkheimer

En «Sobre Lukács» (en M. Sacristán, Seis conferencias, op. cit), a propósito de un comentario a la crítica de Gyorgy Lukács del utopismo irracionalista, Sacristán hizo un comentario sobre Th. W. Adorno, a quien tradujo y de quien siempre admiró su estilo intelectual y su inmensa erudición marxiana. Señalo que Lukács, en El asalto a la razón, había criticado la ideología de los pensadores, supuestamente de izquierda, que practicaban el pesimismo histórico. En su opinión, el filósofo húngaro se estaba refiriendo claramente a Adorno. A lo que añadió:


«Otro de esos pensadores de contrabando que mucha gente que se cree de izquierda lo tiene como autor de cabecera y de izquierda no tiene nada, más que el saberse a Marx, se sabe a Marx muy bien. Adorno se sabía a Marx así… Yo muchas veces he admirado como se sabía Adorno a Marx. Sólo que, como Gramsci dijo muy bien, según se lea El Capital puede ser un libro de cabecera de burgueses, como ocurrió en la Rusia anterior a la revolución y ése es el caso de Adorno manifiestamente. No digo en su juventud; en su juventud, Adorno era un marxista idealista, por así decirlo, pero con muchos elementos de marxismo. Después de su largo exilio en Estados Unidos, porque era judío y tuvo que huir de Alemania, cuando volvió, era un conservador.


Cuando el 68, sus estudiantes -entre otros, individuos de tanto talento como Dutschke, Hermann Ckark, que fue uno que se mató en un accidente de automóvil, en el 68 mismo, corriendo de Hamburgo a Berlín a una manifestación se pegó un trastazo que murió en las puertas de Berlín-, cuando estos estudiantes de Adorno decidieron que había llegado el momento de hacer algo, de hacer algo en la práctica, Adorno -y disculpar este paréntesis pero es que vale la pena porque son cosas importantes no sólo para la historia de Europa, sino también para las precauciones ideológicas que debe tener uno- contestó que la revolución nunca, que de ninguna manera la revolución. Como ellos insistieron se marchó a su casa, volvió al cabo de un par de semanas, confiando en que ya no estarían los revolucionarios, los cuales no estaban, pero estaban las chicas feministas que se habían quedado. Entonces las chicas feministas le hicieron un espectáculo terrible, bastante cruel. Adorno, no sé si habéis visto una figura suya, era un hombre gordo, bajito, casi redondito, muy… así, muy blandito, un poco fofo, entonces las chicas se desnudaron de cintura para arriba y empezaron a decir «Adorno es un oso de peluche», que era una burla muy cruel, muy terrible. El hombre se marchó desesperado a su casa y murió 48 horas después…Yo creo que murió de muerte psíquica.


Las muertes psíquicas son más frecuentes de lo que podéis pensar siendo jóvenes. Este hombre se encontró con que lo que era la raíz de su vida, que era un enorme prestigio entre los estudiantes de izquierda, se hundió de la noche a la mañana, cuando se encontró con la práctica, cuando no bastaba con decir frases muy críticas de la cultura burguesa mientras se recibía dineros de la fundación ésta y de la fundación otra, y perdonad la brutalidad con que hablo. Hablar mucho contra la cultura burguesa mientras estaba sirviendo a la economía burguesa y a la política burguesa. Su maestro y colega Horkheimer era consejero personal de Adenauer y resulta que ahora me lo presentan como marxista. Y [la editorial] Taurus lo publica como un gran marxista muy importante. Ese sí que no era dogmático, ¡qué iba a ser dogmático! Era todo lo contrario claro, era un consejero personal de Adenauer. Menos dogmático que eso…».



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lunes, octubre 11, 2021

Poder sin rostro (x Pasolini 1974) 

 


EL VERDADERO FASCISMO Y POR LO TANTO EL VERDADERO ANTI- FASCISMO*

Pier Paolo Pasolini (“Escritos Corsarios”, 1975)

¿Qué es la cultura de una nación?

Corrientemente se cree, también por parte de las personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.: es decir que es la cultura de la inteligencia. En cambio no es así. Y no es siquiera la cultura de las clases dominantes que, precisamente, a través de la lucha de clases, trata de imponerla al menos formalmente. No es finalmente tampoco la cultura de la clase dominada, es decir la cultura popular de los obreros y de los campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es la media de ellas. Y sería por lo tanto abstracta si no fuese reconocible -o, para decirlo mejor, visible- en lo vivido y en lo existencial y si no tuviese en consecuencia una dimensión práctica. Durante siglos, en Italia, estas culturas fueron distinguibles aunque estuvieran históricamente unificadas. Hoy -casi de golpe, en una especie de Adviento- distinción y unificación histórica han dejado lugar a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.

Escribo «Poder» con P mayúscula -cosa que Maurizio Ferrara tacha de irracionalismo en «L'Unità» (12-6-1974)- sólo porque sinceramente no sé en qué consiste este nuevo Poder y quien lo representa. Sólo sé, simplemente, que existe. No lo reconozco más en el Vaticano, ni en los Poderosos democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. No lo reconozco siquiera en la gran industria, porque ella no está más constituida por un cieno número limitado de grandes industriales; para mí, al menos, aparece más bien como un todo (industrialización total) y, además, como un todo no italiano (trasnacionales).

Conozco también, porque lo veo y lo vivo, algunas características de este nuevo Poder todavía sin rostro; por ejemplo su rechazo del viejo sanfedismo (1) y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar campesinos y subproletarios en pequeños burgueses y, sobre todo su manía, por así decir cósmica, de realizar hasta el final el «Desarrollo»: producir y consumir.

El identikit de este rostro del nuevo Poder todavía en blanco atribuye vagamente a él rasgos «modernos», debido a la tolerancia y a una ideología hedonística perfectamente autosuficiente: pero también rasgos feroces y sustancialmente represivos. La tolerancia es, en efecto, falsa, porque en realidad ningún hombre ha debido ser jamás tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, esconde evidentemente una decisión de reordenar todo con un carácter despiadado tal que la historia no ha conocido jamás. Por lo tanto este nuevo Poder no representado todavía por nadie y debido a una «mutación» de la clase dominante es, en realidad -si queremos conservar la vieja terminología- una forma fatal del fascismo. Pero este Poder ha «homologado» también culturalmente a Italia; se trata por lo tanto de una homologación represiva, aunque obtenida mediante la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una espía, aunque sustancialmente anacrónica, de todo esto.

Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como por otra parte Ferrarotti, en «Paese Sera», 14-6-1974) me acusa de esteticismo, y tiende con esto a excluirme, a recluirme. Está bien: la mía puede ser la óptica de un «artista», es decir, como quiere la buena burguesía, de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que sirven sin embargo ahora, en realidad, aunque interIocutoriamente, al Poder nuevo) hayan chantajeado recíprocamente a propósito de las financiaciones a los Partidos y del caso Montesi, puede ser también una buena razón para enloquecer: es decir desacreditar de tal modo una clase dirigente y una sociedad ante los ojos de un hombre, hasta hacerla perder el sentido de la oportunidad y de los límites, arrojándolo en un verdadero estado de «anomia».

Queda dicho además que la óptica de los locos es digna de ser tomada en cuenta: a menos que se quiera progresar en todo salvo en el problema de los locos, limitándose cómodamente a mantenerlos lejos.

Hay ciertos locos que miran las caras de la gente y su conducta. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como groseramente insinúa F errara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; que los códigos producen la conducta; que la conducta es un lenguaje; y que en un momento histórico en el cual el lenguaje verbal es completamente convencional y estéril (tecnificado) el lenguaje de la conducta (física y mímica) asume una importancia decisiva.

Para regresar así al comienzo de nuestro discurso, me parece que tenemos buenas razones para sostener que la cultura de una nación (en este caso Italia) está hoy expresada sobre todo a través del lenguaje de la conducta o el lenguaje físico, más una cierta cantidad -completamente convencional y extremadamente pobre- del lenguaje verbal.

Es a este nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) la mutación antropológica de los italianos; b) su completa homologación con un único modelo.

Por lo tanto: decidir dejarse crecer los cabellos sobre la espalda, o cortarse los cabellos y dejarse crecer las patillas (en una evocación predecimonónica); decidir colocarse una venda en la cabeza o encasquetarse un sombrerito hasta los ojos; decidir si se sueña con un Ferrari o un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos bestseIIers; vestirse con pantalones y mallas prepotentemente a la última moda; tener relaciones obsesivas con muchachas mantenidas al lado como un adorno, pero al mismo tiempo, con la pretensión de que sean «libres», etc., etc., etc.: todo esto constituye actos culturales.

Ahora todos los italianos jóvenes cumplen estos actos idénticos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; cosa vieja como el mundo, si es limitada a una clase social, a una categoría: pero el hecho es que todos estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, un obrero de un estudiante, un fascista de un anti-fascista; cosa que todavía era posible en 1968.

Los problemas de un intelectual perteneciente a la inteligencia son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque la ideología sea la misma. Quisiera que mis actuales opositores de izquierda comprendiesen que estoy en situación de darme cuenta que, en el caso de que el Desarrollo sufriese una detención y hubiese una recesión, si los Partidos de Izquierda no apoyasen al Poder vigente, Italia simplemente se derrumbaría; si en cambio el desarrollo continuase como ha comenzado, sería sin duda el llamado «compromiso histórico» el único modo de tratar de corregir aquel Desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al Comité Central del Partido Comunista (ver «L'Unità, 4-6-1974). De todas formas, como a Maurizio Perrara no le competen las «caras», a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Más bien, tengo cuando mucho, el deber de ejercitar sobre ella mi crítica, quijotescamente y quizás de manera extrema.

¿Cuáles son por lo tanto mis problemas?

He aquí, por ejemplo, uno. En el artículo que ha Suscitado esta polémica («Corriere della sera», 10-6-1974) decía que los responsables reales de los atentados de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si gobierno y policía hubiesen querido, tales atentados no hubieran ocurrido. Es un lugar común. Y bien, en este momento puedo decir que responsables de estos estragos somos también nosotros, progresistas, antifascistas, hombres de izquierda. Efectivamente, en todos estos años no hemos hecho nada:

1) porque hablar de «Atentados políticos» no se convirtiese en un lugar común y todo se detuviese allí;

2) (y más grave) no hemos hecho nada porque los fascistas no existieran. Los hemos condenado solamente para gratificar nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuanto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila estaba la conciencia.

En realidad nos hemos comportado con los fascistas (hablo solamente de los jóvenes) de manera racista: apresurada y despiadadamente hemos querido creer que ellos estaban predestinados racialmente a ser fascistas y, frente a esta decisión de su destino, no había nada que hacer. Y no nos engañemos: todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista, ello era puramente casual, no era más que un gesto, inmotivado e irracional; hubiera bastado quizá una sola palabra para que ello no sucediese. Pero ninguno de nosotros nunca habló con ellos o a ellos. Los hemos rápidamente aceptado como representantes inevitables del Mal. Y quizás eran adolescentes y adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían arrojado de cabeza en la horrenda aventura por simple desesperación.

Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los otros extremistas: sino de todos los otros). Y esta es nuestra espantosa justificación.

El Padre Zosima (¡literatura por literatura!) supo en seguida distinguir, entre todos aquellos que se amontonaban en sus celdas, a Dimitri Karamazov, el parricida. Entonces se levantó de su silla y fue a prosternarse delante de él. Y lo hizo (como diría más tarde al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el mis inhumano de los dolores.

Pensad (si tenéis el coraje) en aquel muchacho o en aquellos muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No sería necesario levantarse e ir a prosternarse delante de ellos? Pero eran jóvenes con los cabellos largos, o con bigotes tipo comienzos de siglo, tenían en la cabeza venda o quizás un sombrerito encasquetado hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era vestirse a la moda, todos de igual manera, tener Porsche o Ferrari, o motocicletas para guiarlas como pequeños arcángeles idiotas con las muchachas ornamentales detrás, sí, pero modernas, y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del desarrollo...

Eran, en suma, jóvenes como todos los demás: nada los distinguía. Aunque hubiésemos querido no habríamos podido prosternarnos delante de ellos. Porque el viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía: mientras que el nuevo fascismo -que es completamente distinto- no distingue más: no es humanísticamente retórico, es pragmático a la americana. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo.

* En el «Corriere della Sera» con el título «El Poder sin rostro». 24 de junio de 1974

1. Deriva de «santa fade» y significa una tendencia reaccionaria, antiliberal y clerical, con raíces históricas muy concretas. (Nota del Traductor.)

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miércoles, junio 03, 2020

2 textos sobre la revuelta en Estados Unidos // CARCAJ // / Public Ayler 


Impresionante. Pero no inesperada. Ecos de 1968, que hacen pensar que estamos en el inicio del Tercer Asalto. Ecos de 1919, que nos recuerdan que la revolución proletaria sólo podría ser global. Ecos de 1848, que deberían advertirnos contra las ilusiones de trasformar procesos de revolución social en procesos re-constituyentes.

Va un texto anarquista y otro comunista. ¿La falsa dicotomía se niega a morir?

Y dos canciones:

-Ayler con Pharoah, interpretando Alto y Bajo Egipto a beneficio de los Panteras Negras en 1968 en Nueva York.

-Enemigo Público, Combate al Poder. 1989 (el 68 al revés). Me gusta Public Enemy. No me simpatiza para nada la Nación del Islam obviamente. Pocas veces he visto en un video clip este nivel de efervescencia comunitaria.


Esta foto de P. Slachevsky acompaña en Carcaj el breve reporte psicogeográfico sobre el 1° de mayo en Plaza Dignidad que subimos acá hace poco. Recomendamos una serie de textos que han estado subiendo en Carcaj a modo de etnografías de la cuarentena. En particular destacaría estos cuatro:

http://carcaj.cl/la-marcha-de-las-espaldas-dobladas/ de Constanza Tizzoni

http://carcaj.cl/notas-sobre-tiempos-sombios/ de Jorge Díaz

http://carcaj.cl/el-despotismo-occidental/ del ex miembro de la sección italiana de la I.S., Gianfranco Sanguintti

y,

http://carcaj.cl/normalidad-y-seguridad-a-proposito-del-otra-vez-nuevo-plan-del-gobierno/ de Alejandro Ancalao

Entre muchos otros.


1.-Minneapolis: ahora esta lucha tiene dos lados. Lo que estas manifestaciones significan para la era Covid19 (x Colectivo Crimethinc). 

Las manifestaciones de esta semana en Minneapolis marcaron un hito histórico en la era COVID-19. Como discutimos en marzo, hay algunas cosas por las que vale la pena arriesgarse a morir. Perpetuar el capitalismo no es una de ellas. Pero algunos de nosotros enfrentamos amenazas aún más mortales que el COVID-19. Vale la pena arriesgar nuestras vidas para luchar por un mundo en el que nadie sea asesinado de la forma en que lo fue George Floyd, y lo que está sucediendo en Minneapolis muestra que la gente está lista para hacerlo.

Incluso antes de que se produjera la pandemia, los Estados Unidos eran un barril de pólvora, con desigualdades en rápida escalada que polarizaban la población. Desde marzo, hemos experimentado un desempleo sin precedentes históricos junto con riesgos letales que se han distribuido entre la población según las mismas líneas de raza y clase que las disparidades preexistentes. El gobierno ha inventado miles de millones de dólares para verterlos en los bolsillos de los ejecutivos, dejando a la gente corriente en la estacada; las empresas están obligando a los que aún tienen trabajo a arriesgar sus vidas diariamente, al tiempo que introducen nuevas tecnologías de vigilancia y tratan de acelerar el ritmo de la automatización. En resumen, se nos está tratando como un excedente de población que debe ser controlado por la violencia del Estado y sacrificado por el virus.

Los políticos de todo el espectro político son cómplices de esto. Algunos confían más en la fuerza bruta para estabilizar la situación, otros en una gestión más racional, pero nadie que ostente el poder tiene un plan real sobre cómo abordar los factores sistémicos que nos han traído aquí en primer lugar. En el mejor de los casos, toman prestada la retórica y los temas de debate de las campañas que nosotros iniciamos, mostrando -como lo hizo el disparo de la policía en Minneapolis- que la única forma de ver el cambio social es si tomamos medidas de base para llevarlo a cabo por la fuerza.

Sin embargo, hasta el 26 de mayo, la principal línea divisoria en los Estados Unidos parecía estar entre los partidarios de Trump, que quieren fingir que no hay una pandemia en curso, y los demócratas, que quieren ser vistos como los cautelosos y responsables sin abordar los factores que nos obligan a ponernos en riesgo. El espectáculo de los enfrentamientos entre un movimiento ”astroturfista”1 de extrema derecha que exigía “reabrir” la economía y los inusuales agentes de policía que defendían las medidas de cierre de los estados sirvió para limitar el discurso político a la elección tonta entre el tipo de “libertad” que defienden los capitalistas y los supremacistas blancos por un lado y el tipo de “seguridad” que los estados totalitarios siempre prometen proporcionar por el otro.

La valiente resistencia al control policial en Minneapolis los días 26 y 27 de mayo en respuesta al brutal asesinato de George Floyd muestra que un gran número de personas están dispuestas a oponerse al gobierno y a la policía incluso afrontando un gran riesgo para ellas mismas. Estamos escuchando las voces de la parte de la población que ha permanecido en silencio estos últimos dos meses -aquellos que no son ni liberales ricos ni conservadores lameculos- y esto demuestra que juntos, somos lo suficientemente poderosos para interrumpir el statu quo.

Los acontecimientos de Minneapolis ampliarán la imaginación colectiva de lo posible, la cual se ha contraído dolorosamente en los últimos años. Cambiarán el discurso sobre cómo se producen los cambios sociales. Ha quedado claro que suplicar a los que tienen el poder por medios electorales es un callejón sin salida. Intentar hacer el cambio por la fuerza es una apuesta, pero es la única opción realista que queda.

Es significativo que la movilización que nos llevó a atravesar este umbral fue una respuesta a la violencia policial contra los negros, iniciada por aquellos en el extremo receptor de la supremacía blanca y todos los demás vectores de la opresión. Como observamos a finales de 2017, los levantamientos contra la violencia policial que tuvieron lugar en todo el país desde Ferguson hasta Baltimore y más allá, prácticamente cesaron tras la elección de Donald Trump. La razón por la que esto sucedió no está clara, pero ciertamente no ha sido porque la violencia policial haya disminuido de alguna manera. El levantamiento en Minneapolis pone de nuevo en juego todas las deudas no resueltas de aquella época, pero en un contexto totalmente diferente, en el que mucha más gente se ha radicalizado, la sociedad está mucho más polarizada, y cada vez está más claro para todos que -ya sea por las balas de la policía, por el COVID-19 o por el cambio climático global- nuestras vidas están en juego.

Los enfrentamientos en Minneapolis dominan las noticias desde Grecia hasta Chile. Para bien o para mal, los Estados Unidos ocupan un lugar central en la atención global- y gracias a la pandemia, todos en el mundo están experimentando presiones similares. Especialmente en el los paises del Sur -Brasil, Indonesia, Sudáfrica- donde un gran número de personas experimentan la misma brutalidad que se impone a personas como George Floyd. La rebelión en Minneapolis ofrecerá un ejemplo que otros emularán en los próximos meses.

¿Cómo responderá la clase dirigente? En los Estados Unidos, Trump y sus partidarios acusarán a los demócratas de no poder controlar los estados que gobiernan, usando esto para avivar el miedo racista entre los beneficiarios del privilegio blanco. Los Centro democratas reclamarán que este tipo de disturbios suceden cuando el estado de derecho no es respetado en la Casa Blanca, con la esperanza de recuperar el poder a nivel nacional - aunque Minnesota está bajo el gobierno Demócrata en este momento, y la ley siempre ha sido un instrumento de la supremacía blanca. La izquierda institucional se presentará como intermediaria, ofreciendo sacarnos de la calle y controlarnos a cambio de algunas concesiones.

Es de esperar que, en un momento en que el propio Estado se está fracturando en facciones rivales, ninguno de estos grupos tenga el capital político que necesita para llevar a cabo una represión estatal masiva sin correr el riesgo de ser abandonado por los demás. Parece que a cada facción le gustaría que los otros fueran los responsables dehacerse cargo de la situación. En cualquier caso, Trump ya no es el único que domina el ciclo de noticias. Ahora esta guerra tiene dos lados.

Hace sólo una semana, algunos elementos de la extrema derecha trataron de enmarcarse de ser ”anti-policía” debido a las protestas de “reapertura”. Anoche, en Minneapolis, los milicianos armados expresaron la incómoda posición de que apoyaban las protestas pero se oponían al saqueo- una contradicción que se hace flagrantemente evidente en cuanto se nota en qué dirección apuntan sus armas. El aparente asesinato de un manifestante en Minneapolis anoche por un vigilante que defendía una tienda debería dejar suficientemente claro que los vigilantes y los policías son lo mismo: asesinos- ya sea con o sin uniforme.

¿Y qué debemos hacer nosotros? Deberíamos hablar claramente con todos los que nos escuchen acerca de por qué la gente se pone de pie. Deberíamos compartir habilidades sobre cómo mantenernos seguros unos a otros en la calle. Deberíamos fortalecer nuestras redes y prepararnos para participar en eventos similares en todo el mundo. Deberiamos resistir todos los esfuerzos para dividir a los que actúan juntos en solidaridad contra la violencia policial, especialmente las teorías de conspiración sobre los agitadores externos. Debemos explicar una vez más por qué el vandalismo y el saqueo son tácticas de protesta efectivas y legítimas. Cada vez que la gente se levanta contra el estado policial, deberíamos mostrarnos solidarios, preparados para correr los mismos riesgos que aquellos a los que apoyamos. Sobre todo, deberíamos compartir visiones de un mundo sin opresión, sin jerarquías, sin policía, ni prisiones, ni vigilancia, y demostrar estrategias a través de las cuales crearlo.

No le debemos nada a la policía que se ha aprovechado de la pandemia para asesinar a los negros de forma aún más flagrante que antes. Ellos nunca tuvieron la intencion de cuidarnos. No le debemos nada a los multimillonarios que se han aprovechado de la pandemia para embolsarse más dinero del estado y acaparar el mercado con sus monopolios. La vida para su economía significa la muerte para nosotros. No le debemos nada a los políticos que apenas han levantado un dedo para proteger nuestra salud o vivienda. Ellos han tenido su oportunidad. Tenemos que cambiarlo todo nosotros mismos.

El orden dominante está condenado. Tarde o temprano ha de colapsar. Concentrar riqueza y poder en cada vez menos manos es insostenible. La única pregunta es si lo aboliremos antes de que nos mate a todos y diezme el planeta. El tiempo es corto. Las vidas que pensábamos que estaban por delante de nosotros ya nos han sido arrebatadas. Depende de nosotros crear otro futuro.

Gracias a todos los que en Minneapolis y Los Ángeles arriesgaron su libertad -y tal vez sus vidas- anoche para demostrar que el asesinato de George Floyd es inaceptable.

Nota del traductor: Astroturfing es un término referido a campañas de relaciones públicas en el ámbito de la propaganda electoral y los anuncios comerciales que pretenden dar una impresión de espontaneidad, como nacida de una fuerte relación con el entorno social. El nombre proviene de un doble juego de palabras en inglés, partiendo del concepto de grassroots (literalmente “raíz de hierba”, figurativamente “de base”). Este concepto sirve para calificar a los movimientos «con base social», que surgen «de abajo», de la interacción de los miembros de una comunidad. Por otro lado, AstroTurf es una conocida marca estadounidense de césped artificial, cuyos productos están diseñados para parecer hierba natural. Así, astroturfing hace referencia a esa artificialidad, a esa falsa base social de ciertas campañas comerciales.



2.- Sobre Minneapolis: Brutalidad policial y lucha de clases (Intransigence, Internationalist worker´s group y Klasbatalo).

1. Watts en 1965, Los Ángeles en 1992, Ferguson en 2014. Rodney King, Mike Brown, Sandra Bland, Tamir Rice.
Los acontecimientos en Minneapolis son otra adición a un problema histórico y sistémico. Además de sufrir el desempleo en una tasa doblemente mayor a la de sus compañer@s blanc@s (un número consistente desde los años 50), el proletariado negro es desproporcionadamente atacado por la violencia policial, sin que parezca haber un final a la vista para el aumento en el número de muertos. Sin embargo, la clase se muestra, una vez más, combativa en estos momentos terribles. L@s trabajador@s negr@s de América, junto con el resto del proletariado que se solidariza con ell@s, se toman las calles y hacen retroceder la represión estatal. Nada ha cambiado. En 1965, al igual que en 2020, la policía mata, y la clase responde en desafío al torcido orden social por el que asesinan. La lucha continúa.

2. Aunque la clase trabajadora negra se ve afectada de manera desproporcionada por la brutalidad policial en los Estados Unidos, su opresión está finalmente enraizada en su posición de clase.
George Floyd no es más que uno de l@s miles de afroamerican@s que son brutalmente asesinad@s por la policía cada año. Aunque estos actos de violencia institucional tienen una motivación racial, es innegable que la fuerza policial existe como herramienta del Estado para defender los intereses de la burguesía. Si bien es importante destacar la dinámica racial que existe dentro de los diferentes subgrupos de la clase trabajadora, así como las luchas particulares que cada grupo enfrenta, es igualmente importante reconocer nuestros intereses compartidos como trabajador@s explotad@s por la clase capitalista. L@s trabajadores no-negr@s deben ser solidarios con l@s trabajador@s negr@s que protestan en Minneapolis y otras ciudades de los Estados Unidos. L@s trabajador@s de todos los colores deben organizarse desde una perspectiva de clase en su lucha por la liberación, ya que un ataque a un sector de la clase trabajadora es un ataque a tod@s nosotr@s.

3. "Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder" - Karl Marx, 1870
En cuanto a las ideas racistas, nacionalistas y chovinistas dentro de la clase trabajadora, Marx comentó "es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder". En efecto, ya sea en Inglaterra en 1870, o en América en 2020, para l@s Jef@s el racismo es fundamentalmente una estrategia para dividir y dominar. L@s capitalistas son felices cuando sus demagogos reaccionarios llenan los oídos de l@s trabajador@s blanc@s con ideas nacionalistas, para que se identifiquen con el jefe y el gobierno antes que con sus compañer@s de clase. Bajo el lema "último contratado, primer despedido", el proletariado negro ha sido llevado a un grado extremo de precariedad. Mientras tanto, l@s trabajador@s blanc@s han sido engañad@s por la trampa de sus jefes. Con un sector de su clase siendo atacado al extremo, ahora deben aceptar los trabajos deficientes y mal pagados ofrecidos por l@s capitalistas.

4. Los negocios son negocios, grandes o pequeños.
Durante el último siglo, la pequeña burguesía ha utilizado la idea del "negocio familiar" para evocar un sentido de comunidad, uno que es necesario apoyar, especialmente en tiempos de dificultades económicas. Las pequeñas empresas siempre han tratado de distanciarse de las grandes corporaciones en lo que respecta a la explotación de la que participan, mientras que simultáneamente aspiran a los ideales burgueses. Los negocios de pequeños propietarios representan particularmente el ideal del sueño americano, representando a l@s trabajador@s inmigrantes que vinieron a América para un nuevo comienzo. Esta exitosa historia de "desde los harapos a la riqueza" es utilizada para justificar su explotación de l@s trabajador@s. La violenta respuesta de los dueños de pequeños negocios durante los disturbios de Minneapolis deja claro el hecho de que la pequeña burguesía siempre arrojará a l@s trabajador@s bajo el autobús para defender sus propios intereses de clase. El simple hecho de criticar a la policía mientras se manifiestan bajo el disfraz de "solidaridad con las personas de color" para apoyar a las empresas propiedad de minorías, es un intento de colaboracionismo entre clases que oculta el corazón de la explotación capitalista. En su lugar, l@s trabajador@s deben organizarse desde una perspectiva de clase.

5. En luchas anteriores contra la clase capitalista y su estado, l@s trabajador@s han coordinado huelgas en solidaridad con movimientos más grandes.
L@s conductor@s de autobús en Minneapolis se han negado a ayudar a la policía en el transporte de l@s manifestantes arrestad@s. L@s trabajador@s de toda la ciudad han comenzado a organizar una resistencia a las medidas violentas tomadas contra las protestas, paralizando su fuerza de trabajo. No deberían detenerse allí. Debemos agitar para seguir interrumpiendo el trabajo y resistir todos los esfuerzos del Estado para reprimir violentamente a l@s manifestantes, no sólo en Minneapolis, sino a través de los Estados Unidos. L@s trabajador@s esenciales, como los de Amazon o Instacart, pueden aprovechar aún más su poder llamando a huelgas en solidaridad con las protestas. En tiempos de crisis intensa, la organización en todas las industrias y sectores impulsa la toma de consciencia de que es la clase trabajadora la única que tiene el poder de transformar la sociedad.

6. La brutalidad policial sólo puede resolverse con la abolición de la policía.
Cuando la policía comete un asesinato descarado, a menudo se exigen una serie de reformas para evitar que los asesinatos continúen. Ya se trate de cámaras corporales, de formación adicional o de supervisión comunitaria, el objetivo es que la policía no aterrorice y asesine a las personas que supuestamente "protegen y sirven". El problema de este enfoque es que las fuerzas policiales sólo existen para aterrorizar y asesinar en nombre del capital. La única manera de tener un mundo en el que la policía ya no mate a la gente por ser negra es tener un mundo sin policía.

7. La rebelión urbana necesita transformarse en una revolución mundial.
Aunque nos encanta ver las batallas callejeras con policías y comisarías en llamas, la tendencia de estas revueltas es que se debilitan después de algunas semanas en la medida en que se restaura el orden y se reconstruyen las estructuras opresivas. Para que el poder de l@s capitalistas y sus mercenari@s sea verdaderamente desafiado y abolido, lo que se necesita es un partido de clase, internacional y revolucionario. Un partido de este tipo sería una herramienta en manos de la clase obrera para organizarse y dirigir su rabia reprimida no solamente a derribar el Estado racista, sino a construir poder proletario y comunismo.

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martes, diciembre 31, 2019

31 de diciembre. Revuelta/revolución. Lambi. 




“Toda revuelta es batalla, pero una batalla en que se elige participar deliberadamente (…) El concepto de revolución permanente revela –más que una duración ininterrumpida de la revuelta en el tiempo histórico- la voluntad de poder suspender en cualquier momento el tiempo histórico para encontrar refugio colectivo en el espacio y en el tiempo simbólicos de la revuelta” (Furio Jesi, Spartakus. Simbología de la revuelta).

Revuelta, insurrección, rebelión, revolución….conceptos técnicos harto mejores que el “estallido” o “crisis social”.

El fascista Kast dice en una entrevista reciente (¿notaron que tras dos meses de susto ahora todos los fascistas y reaccionarios están sacando la voz y amenazando por redes sociales?) que esto no fue un “estallido social” sino que un “estallido de violencia”. En eso el despreciable burgués que es José Antonio (vaya nombre más facho) tiene razón. Y es lo que no quieren reconocer ninguno de los sectores políticos oficiales, ni los bienpensantes ciudadanos constituyentes/constituidos e instituciones burocráticas de “derechos humanos”, que nos insisten en que sólo es legítima y protegida por el Derecho la “protesta pacífica”.

Un panfleto anarquista que vi en la zona cero la segunda semana de la revuelta lo decía bien claro: “¡sólo con violencia revolucionaria la hicimos temblar!” (entiendo que se refería a la burguesía).

Llegará un momento en que sus libros de historia nos van a tratar de hacer olvidar que el plebiscito de abril del 2020 sólo fue posible como respuesta urgente al estallido de violencia revolucionaria proletaria/popular  que empezó el 17/8 de octubre y que todavía no se ha agotado.

No hay mucho más que decir sobre el tema de la violencia revolucionaria. Si quieren perder su tiempo vean el debate entre el veterano autonomista italiano “Bifo” y la filósofa Lucy Oporto, que nos trata a todos de “lumpenconsumistas” y “escoria”.

Más interesante para un balance provisional de todo lo que hemos vivido me parece profundizar la comparación que ya algunxs han destacado entre este proceso y mayo/junio del 68 en Francia.

La Internacional Situacionista en el último N° de su revista, publicado en septiembre de 1969, hace ese balance, en un texto titulado “El comienzo de una época”.

En primer lugar, explican en breve qué fue y significó el proceso:

“La mayor huelga general que haya paralizado nunca la economía de un país industrial avanzado y la primera huelga general salvaje de la historia, ocupaciones revolucionarias y esbozos de democracia directa, la eliminación cada vez más completa del poder estatal durante más de dos semanas, la verificación de toda la teoría revolucionaria y el principio de su realización parcial aquí o allá, la experiencia más importante del movimiento proletario moderno que está en vías de constituirse en todos los países de forma acabada y el modelo a superar a partir de entonces -todo esto fue esencialmente el movimiento francés de mayo del 68, esta fue ya su victoria”.

Este proceso se vivió también en Primavera, y también se dijo que vino a hacer historia luego de 30 años de puro estancamiento:

“En marzo de 1966 escribimos en el nº 10 de Internationale Situationniste: ‘lo que hay de aparentemente osado en muchas de nuestras afirmaciones lo enunciamos con la seguridad de ver a continuación una demostración histórica de irrecusable peso’. No puede decirse mejor.

Naturalmente, nosotros no profetizamos nada. Señalamos lo que estaba ya allí: las condiciones materiales de una nueva sociedad se daban desde hacía tiempo, la vieja sociedad de clases se mantenía en todas partes modernizando considerablemente su opresión y desarrollando cada vez más contradicciones, el movimiento proletario vencido volvía para lanzar un segundo asalto más consciente y total. Muchos pensaban todo esto que la historia y el presente ponían en evidencia, y algunos lo decían, pero de forma abstracta y por tanto en el vacío: sin eco, sin posibilidad de intervención. El mérito de los situacionistas consistió sencillamente en reconocer y designar los nuevos puntos de aplicación de la revuelta en la sociedad moderna (que no excluyen en absoluto, sino que por el contrario restablecen los antiguos): urbanismo, espectáculo, ideología, etc. Debido a que esta tarea se cumplió radicalmente, estuvo en disposición de suscitar a veces, o de reforzar bastante al menos, ciertos casos de revuelta práctica. Ello no quedó sin eco: la crítica sin concesiones había tenido escasos portadores en los izquierdismos de la época anterior. Si muchas personas hicieron lo que nosotros escribimos, es porque nosotros habíamos escrito esencialmente lo negativo que habíamos vivido nosotros y muchos otros antes. Lo que salió así a la luz de la conciencia en primavera de 1968 no fue otra cosa que lo que dormía en esa noche de la "sociedad espectacular" cuyos Sonidos y Luces mostraban un eterno decorado positivo. Nosotros "cohabitamos con lo negativo" según el programa que formulamos en 1962 (cf. I.S. 7). No detallamos nuestros méritos para ser aplaudidos, sino para clarificar en la medida de lo posible a otros que vayan a actuar en el mismo sentido.

Quienes cerraban los ojos a esta "crítica en lucha" no contemplaban en la forma inquebrantable de la dominación moderna más que su propia renuncia. Su "realismo" antiutópico no era más real que una comisaría de policía, como tampoco los edificios de la Sorbona son más reales que lo que hacen con ellos los incendiarios o los "katangais". Cuando los fantasmas subterráneos de la revolución total se alzaran y extendieran su poder por todo el país, todos los poderes del viejo mundo parecerían ilusiones fantasmáticas disipándose en el gran día. Sencillamente, después de treinta años de miseria que en la historia de las revoluciones no han contado más que un mes, llegó ese mes de mayo que resume treinta años”.

Acá en Chile tampoco hubo que “profetizar” nada, pero es evidente ahora a la luz de los hechos que había anticipaciones importantes, como los dos textos de Comunidad de Lucha destacados en la edición especial sobre Revueltas en Chile y Ecuador del boletín rosarino La Oveja Negra.



La IS discute además el tema de si mayo del 68, movimiento cuya derrota proclaman abiertamente, había sido o no una revolución, teniendo para eso en cuento diversas experiencias de los siglos XIX y XX.

“Tras la derrota del movimiento de las ocupaciones, tanto los que participaron como los que tuvieron que padecerlo se han planteado a menudo la pregunta: "¿Fue una revolución?". El empleo extendido, en la prensa y en la vida cotidiana, de un término cobardemente neutral -"los acontecimientos"- señala precisamente el retroceso ante la respuesta, ante la formulación siquiera de la cuestión. Hay que enfocar tal cuestión en su verdadera perspectiva histórica. El "éxito" o el "fracaso" de una revolución, referencia trivial de periodistas y gobernantes, no puede servir de criterio por la simple razón de que aparte de las burguesas nunca ha triunfado ninguna revolución: no ha abolido las clases. La revolución proletaria no se ha hecho hasta ahora en ninguna parte, pero el proceso práctico a través del cual se manifiesta su proyecto ha producido ya al menos una decena de momentos revolucionarios de extremada importancia histórica a los que se reconoce el nombre de revoluciones. Nunca se ha expresado en ellos el contenido total de la revolución proletaria, pero se trata en cada ocasión de una interrupción esencial del orden socioeconómico dominante y de la aparición de nuevas formas y nuevas concepciones de la vida real, fenómenos diversos que sólo pueden comprenderse y juzgarse en su significación de conjunto, inseparable ella misma del devenir histórico que pueda tener. De todos los criterios parciales utilizados para reconocer o no el nombre de revolución a un período problemático del poder estatal, el más perverso es seguramente el que juzga en base a si el régimen político vigente cayó o se mantuvo. Este criterio, muy utilizado después de mayo por los pensadores de izquierdas, es el mismo que permite a los informativos calificar día a día de revolución cualquier putsch militar que haya cambiado en un año el régimen de Brasil, de Ghana, de Irak o de donde sea. Pero la revolución de 1905 no derribó al poder zarista, que sólo hizo algunas concesiones provisionales. La revolución española de 1936 no suprimió formalmente el poder político existente: surgía por lo demás de un alzamiento proletario comenzado para defender la República contra Franco. Y la revolución húngara de 1956 no abolió el gobierno burocrático-liberal de Nagy. Si tenemos en cuenta otras limitaciones dignas de ser señaladas, el movimiento húngaro fue en muchos aspectos una sublevación nacional contra una dominación extranjera, y ese carácter de resistencia nacional, aunque menos importante en la Comuna, tuvo sin embargo un papel en sus orígenes. Ésta no suplantó el poder de Thiers más que en la afueras de París. Y el soviet de San Petersburgo en 1905 no llegó siquiera a controlar la capital. Todas estas crisis, inacabadas en sus realizaciones prácticas e incluso en sus contenidos, aportaron sin embargo muchas novedades radicales y pusieron seriamente en jaque a las sociedades a las que afectaron, por lo que pueden ser calificadas legítimamente como revoluciones. En cuanto a pretender juzgar las revoluciones por la magnitud de la matanza que entrañan, esta visión romántica no merece ser discutida. Revoluciones incontestables se han afirmado con choques poco sangrientos, incluso la Comuna de París que acabaría en masacre, y muchos enfrentamientos civiles han acumulado miles de muertos sin ser en absoluto revoluciones. Generalmente no son las revoluciones las que son sangrientas, sino la reacción y la opresión que se han opuesto a ellas en un segundo momento. Es sabido que el número de muertos en el movimiento de mayo dio lugar a una polémica sobre la cual los mantenedores del orden, provisionalmente tranquilos, no dejan de insistir. La verdad oficial es que no hubo más de cinco muertos que fallecieron instantáneamente, entre ellos sólo un policía. Todos los que lo afirman añaden que es una suerte inverosímil. Lo que aumenta bastante la inverosimilitud científica es que no se admitió nunca que uno solo de los numerosos heridos graves pudiese morir en los días siguientes: esta suerte singular no se debió sin embargo a la rapidez del socorro quirúrgico, sobre todo durante la noche de Gay-Lussac. Por otra parte, si era muy conveniente en aquel momento una sencilla manipulación para subestimar el número de muertos para un gobierno en situación desesperada, lo ha seguido siendo después por razones diferentes. Pero finalmente, en conjunto, las pruebas retrospectivas del carácter revolucionario del movimiento de las ocupaciones son tan incuestionables como lo que arrojó al rostro del mundo existiendo: la prueba de que llegó a esbozar una legitimidad nueva es que el régimen restablecido en junio nunca osó perseguir, para lograr la seguridad interior del Estado, a los responsables de acciones manifiestamente ilegales que le habían despojado parcialmente de su autoridad, o sea de sus edificios. Pero lo más evidente, para aquellos que conocen la historia de nuestro siglo, es esto: todo lo que los estalinianos hicieron por combatir sin descanso el movimiento demuestra que la revolución estaba allí”.

Y por último, el paralelo más evidente. La explosión de creatividad en las calles:

“El movimiento de ocupaciones era el retorno repentino del proletariado como clase histórica, extendido a la mayoría de los asalariados de la sociedad moderna y apuntando siempre a la abolición efectiva de las clases y del salariado. Este movimiento era el redescubrimiento de la historia colectiva e individual, la asunción de una intervención posible sobre la historia y de un acontecimiento irreversible, con la sensación de que "nada sería ya como antes". La gente contemplaba divertida la existencia extrañada que había llevado ocho horas antes, su supervivencia superada. Era la crítica generalizada de todas las alienaciones, de todas las ideologías y del conjunto de la antigua organización de la vida real, la pasión por la generalización, por la unificación. En ese proceso se negaba la propiedad, cada uno se sentía en todas partes en su casa. El deseo reconocido de diálogo, de expresión integralmente libre, el placer de la verdadera comunidad habían encontrado su terreno en los edificios abiertos al encuentro y en la lucha común: el teléfono, que figuraba entre los escasos medios técnicos que aún funcionaban, y el ir y venir de tantos mensajeros y viajeros, en París y en todo el país, entre locales ocupados, fábricas y asambleas, comportaban este uso real de la comunicación. El movimiento de ocupaciones era evidentemente el rechazo del trabajo alienado; y por tanto la fiesta, el juego, la presencia real de los hombres y del tiempo. Era también el rechazo de toda autoridad, de toda especialización, de toda desposesión jerárquica; rechazo del estado, y por tanto de los partidos y de los sindicatos, así como de los sociólogos y de los profesores, de la moral represiva y de la medicina. Todos aquellos a los que el movimiento había despertado con una cadena fulminante de acontecimientos -"Rápido", decía uno de los eslóganes, tal vez el más bello, escritos en los muros- despreciaban radicalmente sus antiguas condiciones de existencia, y por tanto a quienes habían procurado mantenerlas, las estrellas de la televisión y los urbanistas. A medida que se desmoronaban las ilusiones estalinianas con sus edulcorantes diversos, de Castro a Sartre, todas las mentiras rivales y solidarias de la época caían en ruinas. La solidaridad internacional volvió a aparecer espontáneamente, muchos trabajadores extranjeros se lanzaron a la lucha y gran cantidad de revolucionarios de Europa acudieron a Francia. La participación de las mujeres en todas las formas de lucha es un signo esencial de su profundidad revolucionaria. La liberación de las costumbres dio un gran paso. El movimiento era también la crítica, todavía parcialmente ilusoria, de la mercancía (en su inepto disfraz sociológico de "sociedad de consumo") y un rechazo del arte que no se reconocía todavía como su negación histórica (en la pobre fórmula abstracta "la imaginación al poder", que ignoraba los medios para poner en práctica ese poder, para reinventarlo, y que al carecer de poder, carecía también de imaginación). El odio a los recuperadores declarado en todas partes no llegaba todavía el conocimiento teórico-práctico del modo de eliminarlos: neoartistas y neodirigentes políticos, neoespectadores del movimiento que les reclamaba. Aunque la crítica del espectáculo de la no-vida no era todavía su superación revolucionaria, la tendencia "espontáneamente consejista" de la sublevación de mayo se anticipó a casi todos los medios concretos, entre ellos la conciencia teórica y organizacional, que le hubiesen permitido traducirse en poder y ser el único poder”.



(Foto: FFEE reprimen homenaje a Mauricio Fredes y rompen la animita instalada en Irene Morales con Alameda)

Mauricio Fredes, el Lambi, fue sepultado hoy, en un hermoso y masivo funeral. Hasta siempre Lambi. Hoy el fuego de la noche se encenderá por tí, por Abel, por Alex y por todxs los que ya no están. Nada ha terminado. La lucha sigue.

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