Delirio Místico: "A mon seul désir" (Según mi solo deseo)
"La discusión sobre el comunismo no es académica. No es un debate sobre lo que se hará mañana.
Desemboca en, y forma parte de un conjunto de tareas inmediatas y lejanas de las que no es más que un aspecto, un esfuerzo de comprensión teórica" (Gilles Dauvé)
lunes, diciembre 04, 2023
The religion of death: 4 comentarys
Se nos olvidaba: nuestro principal auspiciador, el susodicho, ha encontrado dos almas bondadosas que no sólo leyeron su último opúsculo/mamotreto, sino que además lo comentaron.
Uno de ellos, el compañero Carlos de Valparaíso (o Villa Alemana?), envió su comentario a CIPER.
A su vez, el compañero Miguel desde Concepción redactó algo y lo hizo llegar a Ficción de la Razón.
Finalmente, se redactó también una columna breve sobre el anarcocaquismo, o según se prefiera, ancacap, versión argentina de esta variedad de lo que el compañero Ariel llama "kakismo": si entendí bien, el fascismo des-sacralizado y por tanto tratado como la verdadera mierda que es. Con ustedes: El joker en la Casa Rosada. Clap, clap, clap.
Un consejo de cierre: por favor, recuerden que somos punks. O sea, no escuchen tanto black metal. O al menos resérvenlo para el fin de semana. Sus familiares y vecinos se lo agradecerán.
--
Después de redactar lo anterior, apareció un tercer comentario, en La Boina Ácrata, a cargo de un compañero que estuvo en el lanzamiento en Librería Proyección, junto a Sergio Grez: Mutaciones posfascistas y una crítica al antifascismo.
Y por si fuera poco, en el número 138 (diciembre 2023/enero 2024) de Ciudad de los Césares. Revista de política y cultura alternativas, disponible en algunos kioskos de Santiago centro, Guillermo Andrade realiza una detallada crítica del libro. Es decir, estamos siendo estudiados por nuestro objeto de estudio.
Eso no está en la web, pero asumiendo que es difícil que gasten 4.000 pesos en una publicación de esa calaña, les dejo las dos páginas pertinentes acá mismo.
Historia de un incendio (comentario al libro de S. Rocha)
Servando Rocha, Historia de un incendio. Arte y Revolución
en los tiempos salvajes: de la Comuna de París al advenimiento del punk.
Ediciones La Felguera, 2da edición, 2006.
Casi un best seller alternativo en España, Historia de un incendio reconstruye la historia de los movimientos
culturales subterráneos y de la transgresión cultural desde los Románticos y
los poetas simbolistas, hasta el movimiento punk, pasando por dadaístas y
futuristas (italianos y rusos), letristas y situacionistas, con excursiones a
Fluxus y Maiakovsky, lo Motherfuckers norteamericanos y los King Mob de
Inglaterra, el Grupo Surrealista de Chicago y los social-barbares de Francia, el punk en Tenerife y los nadaístas latinoamericanos, los provos en
Holanda, las acciones armadas de grupos como los Weathermen y la Angry Brigade,
etc.
Se nota que el libro ha sido escrito por un fan: contiene grandes
cantidades de material narrativo e ilustrativo.
Escrito con un entusiasmo que
se echa de menos en otros libros sobre el tema, ofrece una buena
introducción/inventario a la atmósfera del terrorismo cultural del último
centenar de años; pero las relaciones que establece entre los fenómenos son
arbitrarias y atestiguan una falta de comprensión histórica, escaso rigor
intelectual, deficiente asimilación de los aportes más radicales y decisivos de
las corrientes revisadas (por ejemplo, se llega a hablar de “bases ideológicas
situacionistas”, siendo que la IS despreció consistentemente sus propias posibilidades
de recuperación, que operarían precisamente a través de su conversión en
ideología *)
y se encuentran a la largo de estas 500 páginas una gran cantidad de errores
más o menos relevantes. Por ejemplo: se le da muerte a Castoriadis a mediados
de los 60, siendo que podría asegurar que estuvo en Chile por ahí por 1996; se
confunde a Asger Jorn con Jorgen Nash, a Woodstock con Altamont, la alienación
con la alineación (este último tipo de pifias abunda, y podría explicarse tal
vez por una cuestión de “tipeo”, pero el autor alude en alguna parte a que usó
el trabajo de una “correctora”, entonces, no deberíamos perdonárselos).
Con
todos esos defectos, se trata de un texto sumamente interesante, que en cierta
forma parodia u homenajea al libro de Greil Marcus Rastros de Carmín, y, al
igual que éste, se lee muy rápido y deja al lector con ganas de seguir
explorando el subsuelo sobre el que está parada la época.
*: “Quienes
han leído a Marx, saben que su método es una crítica radical de la ideología;
quienes en cambio se han conformado con leer a Stalin, proclaman al marxismo
como la mejor de las ideologías”, IS.
Este Comentario fue incluido en revista Fakxion N° 9, Rancagua, julio-agosto de 2007. El texto en cierta forma parodia el comentario del libro “Rastros de carmín” de Greil Marcus en la “bibliografía crítica” del libro de Anselm Jappé sobre Guy Debord (en español en Anagrama, Barcelona, 1998).
He aprendido mucho leyendo el enorme
libro (por cantidad y calidad de la investigación) de David Toop sobre la
Improvisación en Caja Negra ediciones, que en Argentina cuesta el equivalente de 9 mil pesos chilenos y
acá sufre un incremento considerable hasta llegar al precio de 21 mil pesos.
Toop fija el período que le
interesa explorar como algo que se da hasta los años 70. Es curioso, pero así
es. De hecho el libro de titula así: “En el Maelström. Música, improvisación y
el sueño de libertad antes de 1970”. ¿Podría uno concluir que ese sueño de
libertad es la misma ola revolucionaria que gustamos de fijar entre 1968 y
1977? Creo que sí. Como sea, David Toop exprime una gran cantidad de datos y
traza líneas de comunicación entre esa escena de la llamada Libre Improvisación
y un amplio conjunto de experimentos previos a lo largo del siglo XX.
No lo he terminado y es demasiado
información como para referir aquí. De todos modos, quiero destacar algunos de
los hallazgos interesantes que han ocurrido hasta ahora.
En materia de saxofonismo,
descubrí acá la interesante obra de Joe Harriott, de origen jamaiquino (¿o se dice
jamaicano?) que merece ser contado entre los pioneros de la improvisación en el
jazz a fines de los 50 e inicios de los sesenta, destacando sus albums “FreeForm” (forma libre) y “Movement” (no confundir con el disco del mismo nombre de
Joy, o sea, de New Order). Un detractor de la deriva libre de Joe dijo que no
se podía confundir “la forma libre con la ausencia total de forma”.
Una década antes, el pianista Lennie
Tristano junto a ensambles de discípulos que incluían al saxofonista Lee Konitz,
avanzaban a tientas hacia la oscuridad de la improvisación en experimentos como
Intuición y Digresión. Otras dos tomas de ese mismo evento experimental fueron destruidas
por el sello (Capitol si no me equivoco). O sea, la humanidad no tuvo derecho a
oírlas. Capital vs. humanidad, manifestándose hasta en estos detalles que no
finalmente no son nada pequeños. Afortunadamente el sello Folkways sí que
registró y dio a conocer adecuadamente las improvisaciones percusionísticas de
Baby Dodds.
Pero el saxofonista que aparece
en esas páginas y que más me ha impresionado hasta ahora es John Butcher, quien
ha volcado sus estudios sobre física cuántica a un abordaje del instrumento
centrado en la combinación de digitaciones que generan sobretonos microscópicos
que trabajan sobre el sonido de una manera que realmente no había escuchado
hasta hoy. Súmenle a eso que Butcher maneja perfectamente la técnica de la
respiración circular, y comprenderán como sus posibilidades sonoras parecen infinitas.
Dos contradicciones o tensiones
del movimiento a favor de la improvisación son destacadas por Toop:
1.- Entre quienes sostienes que
la improvisación es el siguiente paso de quienes han dominado sus instrumentos y
técnicas hasta el virtuosismo (Tristano y Harriott son buenos ejemplos entre
varios más), y quienes por el contrario creen en la capacidad expresiva de todo
ser humano y mejor aún si es que el abordaje se hace desde fuera de las
tradiciones musicales ya aceptadas, en la línea del “art brut” teorizado por
Jean Dubuffet, y las tendencias Fluxus manifestadas en la obra de, por
ejemplo, los japoneses del Group Ongaku. Sin ánimo de chacrear en exceso estas
reflexiones, lo cual siempre es un riesgo, creo que la diferencia corresponde grosso
modo a la misma que hemos identificado en “Barricadas a-go-go” entre free jazz
y free chant.
2.- Tensión ya clara hacia 1962-3
entre los improvisadores que desafiando la hegemonía del pop y el rock
prefieren dar la batalla casi exclusivamente con instrumentos acústicos, y
quienes en cambio ponen grandes expectativas en las posibilidades de la
electrónica. MEV (Música Electrónica Viva) me parece un buen ejemplo de esta última
tendencia.
Se me ocurre que sería
interesante co-relacionar ambas tensiones, y así podríamos llegar a 4
variedades de improvisación:
-virtuosa/acústica (Ej.: Anthonny
Braxton) (La influencia de Webern y su indicación “pensato”: “no toque la nota,
sólo piénsela”)
-virtuosa/electro(acústica) (Ej. Richard Teitelbaum y su moog activado por ondas
cerebrales?)
-fluxus-brut/acústica (El “destruyan
sus instrumentos” de Maciunas)
-fluxus-brut/electro(acústica).
Cabría acá la “terapia traumática”
como abordaje violento de las posibilidades de los instrumentos, preconizada
por el compositor comunista Franco Evangelini al mando del Ensamble Nuova Consonanza?
No lo creo, pues ese conjunto lo único “enchufable” que usaba según entiendo
era un órgano Hammond. Sí cabría acá el tipo de experimento que con tanto éxito
comenzó a realizar por esos años el miembro del grupo conocido como Ennio Morricone?
Tal vez. Como sea, el abordaje de Nuova Consonanza es más virtuoso que brutal…y…
No tengo tiempo para señalar nada más por ahora. Y tampoco
resulta necesario luego de esta avalancha de temas.
Nuestro comentarista de libros había escrito y enviado esto hace más de medio año, pero bueno: Nunca es tarde, aunque bien sabemos que el tiempo corre en contra nuestra.
“El fenómeno anarquista (…)
abarca tanto la alteración del orden público para todas las ocasiones que sea
posible, incluidos el concepto de la oportunidad y el desborde a propósito de
las marchas sociales, como los ataques incendiarios, la colocación de bombas y
el editorialismo combativo” (Gonzalo Yusseff, ANI, 2012, citado en Revolución
Hasta el Fin N° 0).
Ya habíamos comentado sobre
“Libros para la revolución” en ANTICAPITAL N° 1. En esa ocasión, nos referimos
a ediciones del momento a cargo de Viejo Topo, Lazo negro (de Argentina), y
Pensamiento y Batalla. Los meses corren, y la actividad editorial subversiva no
se detiene. Al contrario: se incrementa. Algunos “accionistas” separados creen
que la reflexión no sirve para nada. Nosotros sabemos que “sin desarrollo de la
teoría revolucionaria no hay desarrollo de la acción revolucionaria”. Juzgue
Ud. mismo.
La cosa es que se han realizado
recientemente ediciones de obras que durante el siglo XX, en nuestro medio,
casi no circularon (con la posiblemente cuasi única excepción de cierta labor
de difusión realizada por el camarada Laín Díez, que en todo caso se centró en
las vinculaciones anarco-consejistas, y no se relacionó –aparentemente- con la
izquierda comunista italiana)(A esa corriente de ahora en adelante les diré “bordis”,
por Bordiga, tal como a otros les decimos “insus”, “estalinos” o “troskos”).
Entre ellas, tenemos por ejemplo
en los puestos móviles de Quimera ediciones ejemplares bastante gruesos de la
antología del camarada Karl Korsch preparada por el CICA: “K. Korsch: su visión
del marxismo”. Todo adolescente proletario debería tenerlo en la cabecera y la
mochila. Subrayado.
Además, como si eso fuera poco
(el anciano que esto redacta debe declarar que en toda su vida recorriendo
ferias y librerías de viejo, había visto sólo dos veces “Marxismo y filosofía”,
la obra emblema de Korsch: la primera vez la dejé ir, en Valparaíso, aunque
costaba 800 pesos, por no conocer al autor y porque el título me sonó fome en
una época juvenil más “antimarxista”), Quimera nos ofrece por una módica suma
el vol. 1 de “El Apóstata”, un trabajo
sobre Korsch preparado por el ex militante del ala izquierda del PS chileno don
Rafael Kries, cuyo primer tomo se subtitula “El alfaquí reclutado. Notas
biográficas y preámbulos teóricos”.
En la intro Kries refiere que en
los años de hegemonía estalinista con cuea podían acceder a textos de Rosa
Luxemburgo. Y nada más. Nada de Korsch, nada de ningún consejista o marxista crítico
y por ende herético, nada de nada de nada. Sobre la elección del título, el
autor nos dice que “El Faquí o el Alfaquí, -palabra de indudable raíz árabe-,
significa sabio, lector, profesor en el viejo idioma español. Me pareció un
buen nombre para este primer tomo en el que se busca mostrar al hombre, su
pensamiento y circunstancias”.
Ignoro si hay más tomos, y si se
van a ir editando luego.
Los comunistas de consejos (en
nuestra jerga de partido, CdC, sea que se refiera a los comunistas consejistas,
o más mejor con “c” que con “s” para que se entienda que la idea es designar
claramente un órgano: los famosos concejos proletarios que supuestamente este
tipo de comunista intenta crear, y/o que mientras tanto suelen dedicar el grueso de su tiempo a dar consejos
al proletariado, a pretexto de hacer teoría comunista, y entre esos consejos
que le da está el de ni siquiera intentar crear un Partido, sino que sólo
concejos: jajaja, qué broma más idiota. Y me da risa igual. Si la mantengo es
para demostrar que en realidad es bien imbécil decir “soy consejista”, tanto
como decir “soy situacionista”, o sea, fans de la IS o del movimiento histórico
real de los consejos obreros, sin estar efectivamente luchando desde el seno de
alguna expresión proletaria de ese tipo, lo cual sólo será posible en el
momento de la insurrección, que por definición, no es “permanente”. Por lo
demás, esta broma permite plantear sencillamente algo que es verdad: los
comunistas de esta variedad suelen dedicarse a una de estas actividades:
propender en el seno de la clase a crear este tipo de embriones de contrapoder,
o teorizar acerca de eso y tantas otras cuestiones de la teoría comunista), bueno,
decía que los CdC, en cualquiera de sus dos variantes, deben estar de fiesta porque además de contar
con estos materiales que señalaba de uno de sus principales profetas, K.
Korsch, las ediciones del Taller de arquitectura Praxis han ido abriendo el
espacio a la negación total de la especialización “urbanística”, pasando a
editar desde varios libros de Henri Lefebvre (La producción del espacio, El
derecho a la ciudad, Espacio y política), a cosas de la Internacional
Situacionista (de Debord, su ya clásico texto de 1967 más los Comentarios de
1989, y la proyectada y ya entendemos que en curso edición de los 3 tomos que
reúnen todas las publicaciones de la revista francesa de la I.S., siguiendo la
edición de Literatura Gris), a ahora dos valiosísimos libros del verdadero
veterano de la corriente consejista: el camarada Anton Pannekoek. Vale
detenerse acá para explicar los dos libros.
El libro “Los consejos obreros”,
escrito entre 1942 y 1947 (hay una versión completa en marxists.org), podría ser
a Anton Pannekoek lo que “Marxismo y filososía” a Korsch. Junto con su “Lenin
filósofo” -duro ataque a una de las variedades hegemónicas de socialdemocracia
que definieron y de manera contra-revolucionaria el siglo XX, publicado en
Chile a fines de los 40, por Laín Díez)-, debe ser su trabajo más
significativo, y el aporte fundamental a cualquier Biblioteca Socialista
básica, que hasta ahora nunca ha existido (pero que quizás lo que más se le ha
acercado fue el proyecto de Ediciones Mayo 37, de los compañeros del MIL/GAC).
Además de teorizar y sistematizar
la experiencia hasta ese momento (mediados del siglo XX) de las organizaciones
consejistas que se daba el proletariado revolucionario en lucha, acá se expone
lo que vendría siendo la posición consejista clásica sobre temas como el
régimen social imperante tras la revolución de 1917 en Rusia, la transición del
socialismo al comunismo, y la posición a favor de la democracia obrera. En ese
sentido, consejistas y libertarios efectivamente se han destacado por actuar
como los defensores de la democracia real, en oposición a la mera formalidad de
la democracia burguesa, tradición que como veremos después, refleja aún a
nuestro juicio una visión propia de la herencia socialdemócrata en el
movimiento obrero radical, y que es completamente diferente a la negación de la
democracia tal como la concibe Bordiga y algunos de sus discípulos, de Camatte
a Dauvé, y del GCI a
________________________________________ (completel´oración).
El número 2 de la colección
Teoría Política de los compañeros de Taller Praxis está también dedicado al
profesor comunista holandés, pero es una breve antología con un bello título:
“Imaginar, reflexionar, decidir y actuar”. Se trata de 5 textos breves, algunos
bastante conocidos, como los que a raíz del incendio del Reichstag alemán
abordan la cuestión de la violencia revolucionaria, y los actos personales (“El
acto personal”, y “La destrucción como método de lucha”, ambos de 1933), y
otros que abordan fenómenos como el Sindicalismo (1936), que de medio defensivo
de la clase pasó a ser una forma de conciliación/dominación de la misma por la
mediación de sus representantes sindicales, la Nueva Clase Media (1909), y las
diferencias entre propiedad pública y común (1947).
A esos artículos, se agrega otro
gran clásico: Los Consejos Obreros en Alemania, publicado en Barcelona hacia
1973 (disponible en la página del MIL/GAC), y si no me equivoco, fue el único
panfleto de Pannekoek que circuló en España en los años 30, pero tendría que
verificarlo en un libro que no tengo a mano en este momento.
Vean el catálogo de Praxis. Cada
libro parece un ladrillo con el cual podemos ayudar a destruir las vitrinas
espectaculares de esta sociedad muerta.
Para terminar, regresamos a
Quimera ediciones, que acaba de fabricar un verdadero Power Trio:
1-La mistificación democrática,
de Jacques Camatte, con una intro, y agregando los comentarios que en su
momento hizo el GCI en la revista Comunismo.
2-La ilusión democrática, de
Amadeo Bordiga. Esto sí que es relevante: nunca se había editado nada de
Bordiga en Chile (si me equivoco, me avisan). Acá tenemos pocos pero
importantes y diversos textos:
-Una cronología detallada de
Bordiga y su tiempo, elaborada por Agustín Guillamón (autor de “Barricadas en
Barcelona”, imprescindible para entender la revolución española del 36, y para
una correcta formulación de la relación del proletariado con el Estado. Hay
edición argentina de Lazo negro).
-El principio democrático (1922).
-Tesis de la fracción
abstencionista del PSI, y Tesis sobre el parlamentarismo. Se trata de dos
documentos históricos de la izquierda italiana, que obviamente la larga noche
estalinista y SocioDemo ha mantenido lejos de todos nosotros por mucho tiempo.
-¡Para poner los puntos sobre las
íes!, texto más tardío (1952). Muy interesante como contrapunto con tesis más
“modernistas” desarrolladas al interior del PCInternacionalista y que
desembocaron en una escisión. Este texto se subdivide en tesis y contratesis
económicas, políticas, y filosóficas. Excelente para ejercitar lo que los
letristas devenidos situacionistas llamaban boxeo dialéctico.
3.- Materiales para una crítica
de la democracia (antología a cargo de Klinamen/Comunización). Esta es más o
menos conocida, y reúne además de un largo y detallado texto de Dauvé (Crítica
de la autonomía política), y el ya aludido texto de Camatte, materiales de
publicaciones comunistas como Le Brise-Glace, Etcétera y Against Sleep and
Nightmare. Esencial.
Estos 3 documentos fueron presentados en la Plaza Bogotá
hace pocas semanas, en medio de una marea de incomprensión democrática y
pastelismo de plaza pública metropolitana. Si se lo perdió, no importa. Consiga
los libros y léalos.
Comentario de libro: Historia del comunismo en Chile (Sergio Grez).
Sergio Grez, Historia del Comunismo en Chile. La era de Recabarren
(1912-1924). Lom ediciones, 2011.
Una historia del “comunismo” (en
tanto movimiento social) no es lo mismo que la historia del “Partido Comunista”
(en tanto institución). Hasta ahora los intentos de los historiadores iban más
por el segundo aspecto, y en su mayoría habían sido escritas por
funcionarios/militantes del PC de Chile, o por miembros de sectas rivales como
los trotskistas. Nunca insistiremos lo suficiente en este punto: debemos tener
claro que a diferencia de la posición comunista clásica (negación del
capitalismo en tanto sistema de producción de mercancías y del estado en tanto
encarnación del poder separado), todas las formas actuales y pasadas de
“marxismo leninismo” no son sino una variedad izquierdista de socialdemocracia.
Eso incluye al estalinismo, el trotskismo, el maoísmo, y distintas
combinaciones y nuevas versiones de ideologías defensoras del “capitalismo de
estado” (castrismo, chavismo, etc.).
La contribución de Grez es
bastante relevante, por cuanto se concentra sobre todo en el rico escenario
social de lucha de clases existente hace 100 años, y la manera en que la acción
de varios militantes obreros se articuló en la creación primero de la
organización política socialista (que cuajara muy lentamente en el Partido
Obrero Socialista). No podemos perder de vista que a nivel planetario se vivía
la primera gran ofensiva proletaria contra la sociedad capitalista mundial, lo
que por lo general llamamos “el primer asalto”. La investigación de Grez nos
muestra en detalle todo el mundo de las relaciones sociales en que se
constituía el proletariado como fuerza, en general por fuera y en contra del
Estado y la sociedad burguesa, en una verdadera época de oro de la lucha de
clases proletaria. Tanto el POS como luego el PC tenían una ligazón profunda
con la FOCH (Federación Obrera de Chile), al punto que la gran mayoría de los
que entraban a ejercer trabajos en los sectores claves donde esta fuerza se
construía, se afiliaba a ambos (partido y sindicato de clase).
Gran parte del hilo rojo de esta
historia se centra en cómo casi sin mayores deserciones ni escisiones toda esa
organización (el Partido Obrero Socialista) decide ya durante 1921 vincularse a
la Internacional Comunista y pasar a ser su sección chilena, decisión que
formalmente rematan en enero de 1922 en la ciudad de Rancagua una docena de
delegados (no por nada, luego de un congreso de algunos días de duración
celebrado ahí mismo por la FOCH).
Ese evento –que Grez destaca tuvo
más bien un carácter de consagración formal de una decisión colectiva madurada
mucho antes- por décadas fue considerado “fundacional” en la historia del PC de
Chile. Hace un tiempo, con la finalidad bastante discutible de poder celebrar
los 100 años de su organización, decidieron agregarse también los 10 años de
historia previa del POS. Más que dudoso (¡y después Teillier anda diciendo que
los grupos anarquistas tienen un “origen oscuro”!). Pero en fin: se trata del
PC “de Chile”, país que de entrada optó por celebrar su “independencia
nacional” el 18 de septiembre, siendo que para esa fecha en 1810 no estuvo en
la agenda independizarse de nadie, proceso que habría de esperar todavía 8 años
y que por cierto no se decretó en el mes de septiembre sino que un 12 de
febrero.
Esta investigación acude en parte
importante al examen de la prensa socialista/comunista de la época, sobre todo
publicaciones como El Soviet, La Llamarada y El Comunista. Leyéndolas uno confirma la impresión de que ese
partido no es el mismo de los que hoy en día se autodenominan “hijos de
Recabarren”. Se trata de una formación política tan idiosincrática que parece
ser un fenómeno bastante local o regional, una de las expresiones del “primer
asalto proletario contra la sociedad de clases” en estas latitudes, y que está
a años luz de la pretendida “bolchevización” posterior. Incluso es notoria la
actitud de no sometimiento a la Internacional, con la cual obviamente había
intención de coordinarse, pero no de subordinarse a ella (actitud que en cambio
tuvo desde el inicio el PC Argentina, que nunca tuvo ni de lejos la relevancia
del comunismo en Chile, pero que por sus mayores méritos burocráticos resultó premiado
por esto con fondos y con la primera prioridad
para el apoyo material y político desde Moscú). Todas esas características lo
hacen una organización muy diferente a la que resultara de la reconstrucción
prácticamente íntegra del aparato partidario que se asume hacia 1932, ya en
plena era estalinista, y que es la que sigue existiendo formalmente hasta
nuestros días. Entre 1924 y 1929 la decadencia de la organización originaria
llegó hasta el extremo de dividirse en dos PC, uno de los cuales (la facción de
Hidalgo, también conocida como PC disidente) terminó convirtiéndose en la
Izquierda Comunista de Chile, que pocos años después se incorporó casi en su
totalidad al recién formado Partido Socialista. La otra en cambio, bajo el
mando de Lafferte, fue la base de la reestructuración del PC hacia 1932-3, ya
totalmente estalinizado. Poco se ha estudiado sobre esta fase (1929/36) y sobre
el llamado “partido comunista disidente”, cuestión que merecería una
investigación especial.
Una de las mayores diferencias
con el PC posterior salta a la vista en su actitud ante las elecciones. Si bien
participaban en ellas desde los tiempos del POS, lo hacían con una convicción
de la inutilidad de la actuación en la esfera oficial de la “Política”
(burguesa), y la intención declarada era llegar a esas instancias para
negarlas. Por eso decían que “un representante comunista no va al Congreso a
hacer política”, sino que “a destruir, a despedazar con su crítica libre y
severa, la dialéctica jesuítica y sofística de los representantes burgueses; y
a iluminar, con el resplandor de la doctrina comunista, los problemas vitales
que nos acosan. El representante comunista en la Cámara sigue siendo
antiparlamentario, sigue combatiendo al parlamentarismo; y sus ideas no
difieren de las que expresara en vísperas de elecciones, y en su vida privada,
ante sus electores”. Uno podrá creerle o no a Recabarren, autor de esas líneas
publicadas en La Federación Obrera en
Santiago el 7 de abril de 1922, pero lo que está claro es que no se trata del
mismo partido del mismo nombre que hoy en día mantiene una cierta cuota de
parlamentarios y puestos en el Gobierno.
Esta concepción negativa de la
política como esfera propia de la dominación burguesa es lo que parece estar a
la base de la acción y campañas conjuntas que esos comunistas sostenían aún con
las organizaciones anarquistas y anarcosindicalistas, todavía bastante
importantes en el campo proletario de la época. En el plano organizativo, este
Partido se organizaba territorialmente en base a “secciones” y “centros
comunistas”, con bastante autonomía y una concepción más federalista que
“centralista democrática”, nombrando de un Congreso a otro un Comité Ejecutivo
Nacional (que por mucho tiempo estuvo situado en Valparaíso).
De hecho, el comunismo de esa
época parece estar mucho más cerca del anarquismo que de cualquier partido
burgués, aunque en la práctica siempre terminaban pactando con sectores tales
como el Partido Democrático, y hasta con liberales. Otro texto de Recabarren en
1923 define al PC diciendo que “en primer lugar no es ni será jamás un partido
político, puesto que no admitirá nunca relaciones políticas con la clase
capitalista”. Otro comunista, Luis Hernández, escribía desde Valdivia un año
antes que “el comunismo no es política y nosotros tenemos la obligación de
señalar esto a los trabajadores, a fin de que no crean que queremos mantenerlos
siempre bajo una dirección, como pretende mantenerlos la Democracia con aquello
de un gobierno del pueblo, para el pueblo. Queremos que nadie sea dirigido y
llevado por las orejas. Queremos que cada hombre se dirija por sí mismo, y que
las colectividades se dirijan por intermedio de las resoluciones evacuadas de
la soberana voluntad de estas mismas y sin mentores” (La Jornada Comunista, 29
de noviembre de 1922).
Esa orientación “antipolítica”
resulta muy valiosa de rescatar, precisamente porque hace evidente que no es la
misma organización que hoy usurpa ese mismo nombre, y nos demuestra una vez más
que la verdadera autonomía proletaria es comunista y anarquista a la vez.
A pesar de ello, hay que
reconocer que por otro lado la historia del comunismo chileno de esos tiempos
muestra ya desde el inicio una gran debilidad en el plano teórico, donde a
pesar de todo el instinto de clase que estaba detrás de lo que algunos
comunistas de la época entendieron como el surgimiento de un Poder Obrero, el
“marxismo” que llegó a conocerse (y practicarse) era el de la II Internacional,
y luego el de la III ya hegemonizada por el bolchevismo y luego el estalinismo.
Muy sintomático resulta que la primera lucha fraccional que enfrenta el
partido, poco antes del suicidio de Recabarren, no parece obedecer a ninguna disensión
más profunda que una cierta lucha de egos y conflicto generacional en que unos
jóvenes que se sentían más proletarios y “a la izquierda” osaron tildar sus
jefes de “comunistas de campañilla” (en alusión a su carácter de
parlamentarios).
Lanzamiento de "La Mistificación Democrática" de Jacques Camatte, este sábado a las 18 en YO ME LIBRO (Pza. Bogotá)
Presentación a la edición Quimera, Santiago, 2015.
1.- La democracia y su crítica
De entre todas las
necesarias rupturas con el arsenal de conceptos que nos mantiene anclados al
viejo mundo, hay dos que llegaron después de todas y que todavía no hacen su
pleno efecto entre los partidarios de la revolución social: la crítica del
progreso, y la crítica de la democracia.
La crítica del progreso
ha ido llegando de a poco, de la mano principalmente de Walter Benjamin (sobre
todo sus Tesis de filosofía de la historia), y luego por el surgimiento de
corrientes que se denominan a sí mismas como “antidesarrollistas”.
La crítica de la
democracia también se ha ido abriendo espacio muy de a poco. Y es necesario
profundizar ambas para avanzar en la conformación de un campo revolucionario
coherente.
Pero algo es algo. A mediados
de los 80, por situarse en un pasado más o menos reciente, los revolucionarios
viejos que conocí enseñaban que la batalla final ya estaba ganada, y que el comunismo era inevitable, o mera
“cuestión de tiempo”. Por otra parte, en esos años (70 y 80) claramente se
luchaba por “democracia”, más que por el “socialismo”, (para eso sirve el
“antifascismo”), y en el mejor de los casos, se entendía al socialismo como una
“democracia popular”, “democracia social”, o incluso “democracia obrera” -concepto
que por lo demás, en diversas formas concretas, es reivindicado tanto por Rosa
Luxemburgo, los consejistas (o izquierda comunista germano-holandesa), y hasta
por la Internacional Situacionista-.
Los situacionistas, por
ejemplo, saludaban en su recuento del movimiento de las ocupaciones (mayo/junio
de 1968) las banderas rojas y negras en los edificios ocupados, por simbolizar
precisamente la “democracia obrera” (ver “El comienzo de una época”, en IS N°
12, septiembre de 1969).
Herederos algo distanciados
de la IS como el proyecto Enciclopedia de las Nocividades (EdN), al hacer un
balance de lo ocurrido después de 1968 y hasta 1981 (Historia de diez años),
también acuden constantemente revelan a un uso positivo del concepto de
democracia, como característica de la autoactividad proletaria, usualmente
acompañado del adjetivo “total”.
Por citar otro ejemplo
tomado de encima de la mesa, recientemente me encontré en un libro sobre las
cárceles en la transacción democrática española que su autor (encarcelado por 8
años tras el infame montaje policial conocido como caso Scala en Barcelona
1978) se queja de que “la democracia nunca llegó a las cárceles” (Se trata del excelente
libro testimonial de Xavier Cañadas, Entremuros, en Muturreko Burutazioak, editado
el 2012).
Y así, hasta el día de
hoy no es inusual escuchar muchísimas alusiones a que vivimos en una “falsa
democracia”.
Entonces, ¿estamos
nosotros, los anticapitalistas, a favor de la democracia “verdadera”? ¿puede
ser visto el comunismo como una ampliación, profundización o incluso superación
de la democracia?
El que nos estemos
planteando estas preguntas en el año 2015 demuestra lo anteriormente dicho: que la crítica de la
democracia en general, y no solo de la “democracia burguesa”, llegó bastante
tarde a nosotros, y no lo aprendimos de la IS sino que a través de los escritos
de Gilles Dauvé y la obra del Grupo Comunista Internacionalista (sobre todo la
revista Comunismo), los que a su vez nos descubrían los viejos textos de Amadeo
Bordiga y las posiciones de la izquierda
comunista italiana.
En el medio
hispanohablante, creo no equivocarme si digo que fue sólo a través del contacto
directo de los compañeros del MIL con los franceses de Movimiento Comunista y
la librería El Viejo Topo que estas posiciones se conocieron, a partir de los
70. Entre otros esfuerzos por dar a conocer dicha crítica, podemos
mencionar la publicación en 1977 por
Etcétera-correspondencia de la guerra social de un folleto de Bordiga titulado
“La ilusión democrática” (que reúne dos textos de principios de los años 20:
Sobre la cuestión del parlamentarismo, y El principio democrático).
En el caso de Chile,
creo que hasta hoy el tema casi no se ha discutido. Si bien la más conocida
crítica de la democracia viene de la mano del anarquismo más combativo (ese que
en general se plantea ya como abiertamente “antisocial”), a la vez que el
anarquismo más leninoide y derechizado reivindica abiertamente la democracia
directa, cuando no la democracia a secas, y hasta la soberanía de la nación,
parece evidente que aún falta profundizar en la vinculación directa entre la
dominación social del capital y su forma jurídico-política que es la
democracia. Forma que por lo demás no sólo “esconde” sino que más bien se
ajusta plenamente a la generalización de las relaciones sociales capitalistas,
es decir, la imposición de la dictadura del valor.
Porque es precisamente
en las sociedades que generalizan el uso del dinero donde se generaliza la
democracia como forma política. Y es justamente en el capitalismo moderno donde
se busca legitimidad mediante la revitalización de la vieja democracia griega,
interesante truco ideológico que va a la par con el uso interesado de la
mitología de la vieja república romana y la reutilización de las codificaciones
de la fase final del Derecho romano, que como muchos juristas han señalado, se
presta maravillosamente bien para configurar el orden público/privado de la
sociedad burguesa.
Tal vez donde mejor se
aprecia que la democracia es la forma política por excelencia del capitalismo
moderno, es en el surgimiento de la pena de cárcel. En efecto, donde el Antiguo
Régimen distinguía varios tipos de criminalidad y las asociaba a distintos tipos
de penas (infamantes, corporales, pecuniarias), la Modernidad trae consigo la
conversión de todas las infracciones penales a una escala temporal: a tal
infracción, tal cantidad de tiempo de privación de libertad. Algo así hubiera
sido imposible antes de la generalización de la producción de mercancías, y no
resulta exagerado decir que esta forma la burguesía democratizó incluso las
formas punitivas.
2.- Democracia, burocracia, acracia.
El Diccionario de la
real Academia Española incluye dos acepciones de democracia: 1.- Doctrina
política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2.- Predominio
del pueblo en el gobierno político de un Estado.
A estas alturas debiera
ser claro que donde hay democracia no hay acracia, que es precisamente le negación
de todo Estado y Gobierno, incluyendo el pretendido “gobierno del pueblo”.
Los anarquistas, al
igual que los comunistas, superan y destruyen no sólo la democracia burguesa,
sino que la democracia en general. La democracia obrera no basta para señalar
una ruptura con la ideología dominante, y en los hechos vemos que no impide el
que finalmente siempre una burocracia
usurpe el nombre y la supuesta función histórica del proletariado. Por eso
debemos ser claros: cualquier forma de reivindicación de la democracia (aunque
sea bajo la idea de una “democracia socialista”, nombre que hasta Bakunin
eligió en un momento para denominar en su momento a su Alianza), nos impide una
ruptura completa con el nefasto legado de la socialdemocracia, que no sólo es el
“partido burgués para los proletarios” sino que la ideología democrática que
sigue impregnando las ideas y luchas del proletariado.
Mientras los
proletarios e individuos de la especie humana que se rebelan contra la dictadura
del valor sigan creyendo que luchan “por la verdadera democracia”, jamás será
posible romper con el viejo orden del mundo, hacia la comunidad humana
reconciliada consigo misma y con el planeta.
Otra cosa muy distinta
es que si tras las promesas de libertad/igualdad/fraternidad con que se inicia
la fase revolucionaria de la burguesía había contenidos reales que en tanto
quedaban supeditados al desarrollo de la Economía capitalista se revelaban como
ilusorios o incluso como pura ideología. Lo cierto es que si en la
autoactividad humana que se manifiesta embrionariamente en las luchas
proletarias hay una verdadera participación y autonomía individual y colectiva,
precisamente por respeto a ese contenido real emancipatorio que hasta ahora es
sólo un índice de cómo será la sociedad futura es que preferimos no colgarle a
eso la dudosa etiqueta de la democracia.
En el camino de esta
superación crítica de la democracia, no sorprende que encontremos mejores
herramientas en el arsenal del “marxismo revolucionario” o crítico que en las
del anarquismo oficial, que ya en 1936 mostró de una vez y para siempre su
compromiso profundo con la democracia (contracara de la identificación de su
doctrina anarquista con una verdadera ideología).
Por eso es que no
resulta casual que el material que presentamos a continuación provenga de un
tipo particularmente preciso de “marxismo”: las posiciones defendidas desde
Francia por Jacques Camatte desde la publicación “Invariance”, consideradas por
algunos como una posición o agrupación “neobordiguista”, y que han sido un
referente esencial para la “ultraizquierda” post68 y las posiciones comunistas
revolucionarias hasta el día de hoy (influyendo incluso a ciertas corrientes
anarco-primitivistas). Quien quiera adentrarse en el estudio de dicha
corriente, debería acudir al excelente texto de Federico Corriente titulado
“Jacques Cammate y el eslabón perdido de la crítica social contemporánea”.
La versión original del
texto “La mistificación democrática” fue publicada en francés en el Número 6 de
Invariance (1969). La versión en español que ofrecemos a continuación fue
publicada en el número 32 (noviembre de 1992) de la revista Comunismo, del GCI,
que intercalaba a cada tesis el comentario crítico del grupo. En esta ocasión
volvemos a ofrecer ambos pero como textos separados.
Para seguir
profundizando en el tema, recomendamos además la lectura del libro de Miriam
Qarmat “Contra la democracia”, y el libro de Comunización/Klinamen “Materiales
para una crítica de la democracia”.
Así que adelante
compañeros: ¡un esfuerzo más, hacia la ruptura proletaria completa con el
legado de la socialdemocracia! Pues ya sabemos que la revolución no puede ser
parcial, sino que total, y que quienes hacen revoluciones a medias, cavan su
propia tumba.
36+68: 1000. Comentario en "Revolución hasta el fin N° 0".
36+68=1000. Revolución hasta
el fin y otros textos del MIL.
Ediciones Pukayana.
2013.
(Comentario en RHF N° 0:http://hommodolars.org/web/IMG/pdf/Revolucion-hasta-el-fin-01_.pdf )
Dentro de la historia de la lucha
de clases existen bastantes opacidades.
Desde la instalación de
dos bloques que administraban el
mundo, donde la diferencia esencial
se encontraba en el color de las
banderas y no precisamente en el
contenido de las relaciones sociales
que las constituían, se estableció
un silencio respecto a las voces
criticas con lo que se suponía era
la realización de la critica critica:
la URSS y todo el bloque del este.
Quizás a estas alturas patear en el
suelo a ese capitalismo de estado
que se hizo llamar “socialismo real”
pueda resultar poco decoroso, casi
como patear la cabeza de un perro
muerto en la calle.
En este lado del mundo nos enteramos
bastante tarde que durante
esos años en que la humanidad se
preocupaba por el “dedo que apretara
el botón”, existían voces que
se levantaban para combatir en la
practica esa falsa concepción que
hasta el día de hoy se enquista en
las cabezas de muchos proletarios:que el llamado bloque del Este era
lo que Marx había pensado. La izquierda
alemana, italiana, holandesa,
el consejismo, los situacionistas,
socialismo o barbarie, etc. Toda una corriente de pensamiento que
los dos bloques capitalistas intentaron
liquidar. Un conjuro sobre aquello
que venia a desarrollar la critica al
“mundo libre” y los “estados obreros”.
La riqueza de ese pensamiento no la
expondremos aquí. Solo pondremos
el acento en como existió un sector
del proletariado que no petrificó la
crítica para convertirla en ideología,
sino que la siguió desarrollando.
¿Para que hablar de ellos tantas
décadas después? Bueno, no nos
interesa realizar un comentario sobre
alguna obra de museo. La mera
existencia del capitalismo en su periodo
espectacular y el parto de ese
engendro llamado “Socialismo del siglo
XXI” hacen que este pensamiento,
por su propia esencia, no pueda
aquietarse para ser observado.
Para eso resulta importante recuperar
una memoria que lejos de ser
representación de un pasado, ha de
ser crítica viva de un presente que en
sus formas ha cambiado pero no en
lo que lo hace ser lo que es: el capitalismo
como dictadura del valor. De
ahí que la publicación sobre el MIL
sea un potente alimento para el anti
capitalismo comunista-anárquico.
Pero hay que tener cuidado. Si algo
sabe hacer el capital es recuperar lo
subversivo para volverlo una mera
imagen inofensiva, carente de contenido y validando una forma estética
que transgrede los limites precisamente
establecidos para transgredir. Esta
advertencia tiene que ver precisamente
con el libro sobre el MIL. Existe
una película llamada “Salvador”, en
relación a uno de sus integrantes, en
donde se los presenta como luchadores
antifranquistas y todo se centra
en la condena a muerte de Salvador.
Muy lindo. Pero la cuestión es distinta,
con sus contradicciones y aspectos
lúdicos.
Quitada esa romántica visión no les
vamos a dar un resumen del libro.
Tampoco les diremos “léalo y guárdelo
en su pieza”. No. Evite considerar lo
que leerá como un “saber”, una representación
externa. Piénselo, vívalo.
Y planteémonos una de las grandes
problemáticas que podríamos instalar:
la dicotomía entre teoría y práctica.
Y es que el MIL era un grupo
armado, realizaba expropiaciones y
con ello buscaba financiar las luchas
obreras como realizar una biblioteca
socialista. Pero por otro lado desarrollaba
el pensar del proletariado. Es ahí
donde llama la atención para la visión
común que se tiene sobre los grupos
armados. Análisis sobre las huelgas,
la situación en Europa y demases
se coronan con el texto “Revolución
hasta el fin”, donde nos encontramos
con una bella lucidez en el análisis del capitalismo: el desarrollo sin dogma de cuestiones tales como la “mercancía”
o “el proletariado”, la publicidad
y el mercado mundial; resultan
cuestiones vitales para nuestra
propia practica, para nuestro propio
pensamiento.
Con esto no estamos
afirmando que la problemática que
consideramos nos invita el libro se
encuentre solucionada al mencionar
este aspecto de desarrollo “teórico”.
Al revés. El MIL, dicho groseramente,
se componía de algo así
“los teóricos” y “los expropiadores”.
Nuevamente aparece la separación,
esta vez dentro del mismo grupo.
Lo valioso claro esta, es que conformaban
una unidad. Pero dentro
se volvía a reproducir esta dinámica
dicotómica. Entonces por una parte
nos encontramos con una expresión
del proletariado en la que se reunía
la necesidad de la violencia política
como la necesidad del desarrollo de
todo un corpus categorial (para comprender
y actuar sobre las relaciones
capitalistas) que esta en constante
movimiento. Ambas necesidades parecen
petrificarse en ideología cada
vez que algún sector agrupado del
proletariado intenta subvertir el orden
capitalista. Y es que cuando hablamos
de un “desarrollo necesario”
nos referimos a un devenir del ser
proletariado hacia su negación.
Pero
cuando anteponemos voluntades individuales que buscan “organizarse”
en términos cuantitativos, esta
necesidad queda abolida. Es aquí
donde encontramos otro aspecto importante
de la lucha del MIL: liberar
la necesidad del proletariado en su
negación para afirmar su libertad. Lo
que en otras palabras es desarrollar
una crítica practica unitaria.
Pero retomemos lo anterior. El MIL
como unidad es la expresión del
proletariado negándose, si consideramos
las necesidades ya expuestas
como básicas para aquello. (Y lógicamente
admitiendo la simplicidad
del argumento). Pero en su interior reproducía cierta división de tareas.
¿Qué podemos pensar frente a esto?
¿Acaso todos debemos tener la capacidad
de desarrollar la critica como
empuñar un arma? ¿Es posible? ¿O
el proletariado como clase se separa
en tareas pero se mantiene unificado
en su lucha, sin que esto lleve a una
petrificación del todo?
No somos quienes para responder
aquello, quizás si asumir una posición.
Esta problemática no debe dejarnos
pasar por alto un aspecto que puede
derivarse de lo anterior: su auto-disolución.
El grupo decide disolverse
cuando se considera alejado de las
luchas reales. ¿La misma “división”
de tareas puede llevar a un aspecto
inorgánico dentro de la agrupación
que termine en esto? La auto-disolución
de todas maneras resulta valiosa:
cuando actuamos ya por la simple
rutina del actuar y sin un compromiso
con las luchas reales, terminamos
justificando nuestra propia existen cia en lo que hacemos. Es ahí donde
hay que dotarse de nuevas formas de
lucha.
EL MIL es una dislocación, como muchas
otras, en la marcha triunfal del
capitalismo. Pero como tal, es evidencia
que las contradicciones en las que
se sustenta el capital son a su vez el
germen de la expresión de fuerzas que
tienden a su abolición. Esta dislocación
es entonces un momento de la lucha de
clases, y la lucha de clases corroe toda
la historia. Esta anomalía para el capital
es la molesta negación en la cual se
basa para mantenerse con vida pero
que al mismo tiempo es la condición de
su destrucción.