lunes, marzo 23, 2020
CORONAVIRUS: REPORTES DE CHILE Y FRANCIA (x Evade Chile)
Luego de 5 meses de avances y resistencia, nuestra comunidad de lucha se enfrenta hoy a un nuevo reto. La llegada de la pandemia global al territorio chileno anuncia el cierre de una etapa y el inicio de otra para la insurrección en curso.
La crisis mundial se agudiza, y junto a ella emergen las posibilidades de deshacernos de una vez por todas de los lastres que nos han arrastrado a este abismo. Sabemos que la solidaridad reencontrada al calor de la insurrección ofrecerá sus frutos nuevamente.
Nosotrxs nos volveremos a disolver en la masa insurrecta de la que brotamos y volveremos a brotar.
Esa pandemia tiene varios nombres: patriarcado, capitalismo, dinero, trabajo asalariado, incluso poder, economía política, ilustración, religión, plaga emocional, estupidez, etc. Es la enfermedad que divide y separa a la humanidad en clases, razas, naciones, estratos, privilegiados y desafortunados, nobles ricos y pobres diablos, izquierdas y derechas, etc.
Los Estados, que en las últimas décadas habían pasado de moda, hoy hacen una re-aparición triunfal. Son sus estructuras políticas y militares las únicas que pueden garantizar que las pérdidas no sean totales para los funcionarios del capital. Pero la burbuja esta vez les explotó en la cara.
De un momento a otro, como por acto de magia, los gobiernos del primer mundo nacionalizan empresas, suspenden el pago de cuentas de servicios básicos, aseguran un ingreso universal mínimo a lxs proletarixs, todxs son liberadxs del acuartelamiento escolar o laboral, etc. En el tercer mundo son los grandes capos de los bancos los que salen a condonar deudas, mientras que algunos sindicatos arreglan una rebaja del 50% del sueldo de sus afiliados y los gerentes sacrifican un 25% del suyo. Todo sea por superar esta crisis.
Las medidas parecen coincidir con el nivel de terrorismo mediático y político que presenta esta como la peor catástrofe de los últimos siglos a pesar de que el mundo ha visto situaciones mucho peores, como la muerte de 50 millones de personas de “gripe española” luego de la primera guerra mundial o los 20 millones de yemeníes que actualmente mueren de hambre. ¿Temerá perder su hegemonía Occidente?
La unidad a la que llaman, como siempre, es falsa. Funciona solo mientras gestionan el “aislamiento social” que tantos costos les trae pero que tan conveniente les resulta, al mismo tiempo, frente a una población fundamentalmente indefensa luego de siglos de precarización y empobrecimiento.
Dado que las necesidades de la producción de mercancías nos fuerzan a reunirnos, aunque por mandato nos llamajn a aislarnos, los políticos se esfuerzan en que ahora, y de una vez por todas, se instaure la mediación definitiva de la abstracción vía el internet: teletrabajo, teleducación, telesociabilidad. La pandemia capitalista, hoy disfrazada de “crisis sanitaria”, abre la posibilidad de correr el cerco del dominio de la vida cotidiana haciéndola incluso más estrecha y confinandola al campo de lo digital.
Pero esta crisis mundial no pilló de rodillas ni desprevenido al pueblo que habita el territorio ocupado por el Estado chileno. Lo pilló en pie: sabemos perfectamente que esta crisis no es producto de un nuevo tipo de gripe, sino más bien que el nuevo tipo de gripe es resultado de sus industrias productoras de muerte.
Los expertos apuran sus juicios y culpan de la propagación del virus a la globalización, a los hospitales públicos sin presupuesto, a un “rastro de salvajismo” de los chinos que comen “cosas raras” y trafican especies exóticas, al aumento de la población que supuestamente demanda la destrucción de los ecosistemas globales, lo que a su vez empuja a los animales, vectores de virus que pueden matarnos, a estar más cerca de los humanos, etc. El neurótico es ciego a lo obvio.
Las condiciones materiales que genera la producción industrial, y que vuelven a todo el mundo vulnerable a la catástrofe, están en el origen de esta crisis. En estas latitudes explotan glaciares y desertifican regiones completas; venden el agua y transforman la vivienda en un problema existencial; aniquilan toda la vida del fondo marino y gestionan la salud como un Cartel; hacen de la educación un chiste negro; saquean el territorio entero y vuelan los ojos, matan o encarcelan a quien quiera rebelarse contra esta miseria. Todo el territorio es una “zona de sacrificio”, incluidos sus supuestos sectores privilegiados que viven encandilados por el dinero.
La trama se vuelve aún más espesa. El Poder debe impedir que la pandemia haga explotar su infraestructura y, a la vez, debe aprovechar el tiempo-fuera para montar su show de la normalidad nuevamente. Pero esta vez no hay ninguna garantía de que podrá lograrlo: la situación global impide cualquier certeza respecto del estado de salud de la bestia moribunda. Estamos siendo testigos de una de sus últimas sacudidas, y con ella toda nuestra vida está cambiando más rápido que nunca. Pareciera que todo lo que se necesita es una gran carcajada para abatirla.
Así, mientras las bolsas del mundo se desploman y los grandes empresarios corren a saquear al Estado para que mantenga a flote sus capitales paralizados por la reducción de los actos de compra-venta, esta crisis ha realizado algo que jamás podría haber logrado todo el lobby político: la dramática reducción, aquí y ahora, de las emisiones de gases de efecto invernadero. Solo en China, el freno de la actividad económica de los últimos meses llevó a una disminución equivalente al 6% de las emisiones mundiales. Los expertos, moralmente confundidos, afirman: “parece que esta crisis sanitaria a largo plazo logrará salvar más vidas de las que está quitando”.
Quieren hacernos tragar la píldora de la emergencia —que para nosotrxs es la norma—, intentan separarnos, inyectarnos el miedo del individualista que prefería ahogar las penas en ofertas. Serán las redes de apoyo mutuo las que podrán responder a esta crisis de una forma que erradique para siempre el poder y la legitimidad de los administradores políticos y económicos del mercado, acabando con el modo de reproducción social que los hace necesarios.
Ahora que los escombros de la economía y la política crecen frente a nuestros ojos hasta el cielo, ahora que ha caído el decorado de la vida cotidiana y aterrizamos forzosamente en nuestra existencia para contemplar, ya sin posibilidades de distracción, el estado al que nos ha arrojado la inercia del dinero, se nos presenta una oportunidad única: o nos dejamos aplastar por la basura de una civilización arruinada o nos dejamos llevar por la vida que brota gratuita y profusamente allí donde se desnaturaliza, en los actos, las condiciones existenciales del empobrecimiento soportado en silencio.
La lucha por la liberación saca su fuerza no de la visión del futuro, sino de la visión del pasado. Y ese pasado que tenemos frente a nosotros apesta. Su pestilencia insensibilizó nuestros sentidos durante mucho tiempo. ¿No sería absurdo esperar que los zombies que nos arrojaron a este estado de putrefacción nos lancen un salvavidas?
Todo está por hacerse. Podemos construir en el reverso de las ruinas una vida guiada por la satisfacción inmediata de las necesidades humanas y, al hacerlo, recrear nuestros entornos sacrificados a la acumulación ciega de riqueza abstracta.
El despertar de octubre ha sido la lucha de un pueblo reavivada cada día por salir de este trance, de la pesadilla de lo que sucede y ha sucedido:
No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema.
La maldición divina apoya útilmente al poder. Al menos hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el Marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el terremoto para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus designios y liquidar alegremente a sus rivales políticos con juicios “proto-estalinistas”. No insultaremos a Pombal, por más odioso que sea, comparando su golpe dictatorial con las miserables medidas que el totalitarismo democrático aplica en todo el mundo por la epidemia de coronavirus.
¡Qué cínico es culpar de la propagación del flagelo a la deplorable insuficiencia de los recursos médicos desplegados! Durante decenios, el bien público se ha visto socavado, el sector hospitalario paga el precio de una política que favorece los intereses financieros a expensas de la salud de los ciudadanos. Siempre hay más dinero para los bancos y cada vez menos camas y cuidadores para los hospitales. Qué payasadas ocultarán por más tiempo que esta gestión catastrófica del catastrofismo es inherente al capitalismo financiero mundialmente dominante, y que hoy lucha mundialmente en nombre de la vida, del planeta y de las especies a salvar.
Sin caer en este resurgimiento del castigo divino que es la idea de que la Naturaleza se deshace del Hombre como de una sabandija inoportuna y dañina, no es inútil recordar que durante milenios la explotación de la naturaleza humana y de la naturaleza terrestre ha impuesto el dogma de la anti-physis, de la anti-naturaleza. El libro de Eric Postaire, Les épidémie du xxie siècle [Las epidemias del siglo xxi], publicado en 1997, confirma los desastrosos efectos de la persistente desnaturalización, que vengo denunciando desde hace décadas. Refiriéndose al drama de las “vacas locas” (predicho por Rudolf Steiner ya en 1920), el autor nos recuerda que además de estar indefensos frente a ciertas enfermedades, nos estamos dando cuenta de que el propio progreso científico puede causarlas. En su petición de un enfoque responsable de las epidemias y su tratamiento, incrimina aquello que el prefecto, Claude Gudin, llama la “filosofía de la caja registradora”. Hace la siguiente pregunta: “Si subordinamos la salud de la población a las leyes del lucro, hasta el punto de transformar a los animales herbívoros en carnívoros, ¿no corremos el riesgo de provocar catástrofes fatales para la Naturaleza y la Humanidad?”. Como sabemos, los gobiernos ya han respondido con un SÍ unánime. ¿Qué importa ya que el NO de los intereses financieros siga triunfando cínicamente?
¿Hizo falta el coronavirus para demostrar a los más estrechos de miras que la desnaturalización por razones de rentabilidad tiene consecuencias desastrosas para la salud universal, aquella que gestiona sin parar una Organización Mundial cuyas preciosas estadísticas compensan la desaparición de los hospitales públicos? Existe una clara correlación entre el coronavirus y el colapso del capitalismo global. Al mismo tiempo, parece no menos obvio que lo que encubre e inunda la epidemia de coronavirus es una plaga emocional, un miedo histérico, un pánico que a la vez oculta las deficiencias del tratamiento y perpetúa el mal asustando al paciente. Durante las grandes epidemias de plagas del pasado, la gente hacía penitencia y proclamaba su culpa flagelándose. ¿No les interesa a los administradores de la deshumanización mundial persuadir a la gente de que no hay forma de salir del miserable destino que se les está infligiendo? ¿Que todo lo que les queda es la flagelación de la servidumbre voluntaria? La formidable máquina mediática solo repite la vieja mentira del impenetrable e ineludible decreto celestial donde el dinero desquiciado ha suplantado a los sanguinarios y caprichosos dioses del pasado.
El desencadenamiento de la barbarie policial contra los manifestantes pacíficos ha demostrado ampliamente que la ley militar es lo único que funciona eficazmente. Ahora confina a mujeres, hombres y niños a la cuarentena. ¡Afuera, el ataúd, dentro la televisión, la ventana abierta a un mundo cerrado! Crea las condiciones capaces de agravar el malestar existencial apoyándose en las emociones desgastadas por la angustia, exacerbando la ceguera de la ira impotente.
Pero incluso la mentira da paso al colapso general. La cretinización estatal y populista ha llegado a sus límites. No puede negar que se está llevando a cabo un experimento. La desobediencia civil se está extendiendo y sueña con sociedades radicalmente nuevas porque son radicalmente humanas. La solidaridad libera de su piel de oveja individualista a los individuos que ya no tienen miedo de pensar por sí mismos.
El coronavirus se ha convertido en el signo revelador de la bancarrota del Estado. Al menos esto es un tema de reflexión para las víctimas del confinamiento forzado. Luego de la aparición de mis Modestes propositions aux grévistes [Modestas propuestas a los huelguistas], algunos amigos apuntaron a lo difícil que era recurrir al rechazo colectivo, que sugerí, de pagar impuestos, gravámenes, retenciones fiscales. Sin embargo, ahora la bancarrota comprobada del Estado-estafador es una prueba de la decadencia económica y social que vuelve absolutamente insolventes las pequeñas y medianas empresas, el comercio local, los ingresos modestos, los agricultores familiares e incluso las llamadas profesiones liberales. El colapso del Leviatán ha logrado convencernos más rápido que nuestras resoluciones para derribarlo.
El coronavirus lo ha hecho aún mejor. El cese de las nocividades productivistas ha reducido la contaminación mundial, evita a millones de personas una muerte programada, la naturaleza respira, los delfines vuelven a retozar en Cerdeña, los canales de Venecia, purificados del turismo de masas, vuelven a tener agua clara, la bolsa se derrumba. España resuelve nacionalizar los hospitales privados, como si redescubriera la seguridad social, como si el Estado recordara el Estado de bienestar que destruyó.
Nada puede darse por sentado, todo comienza. La utopía sigue arrastrándose a cuatro patas. Abandonemos a su inanidad celestial los miles de millones de billetes e ideas huecas que circulan sobre nuestras cabezas. Lo importante es “hacer nuestros propios negocios” dejando que la burbuja especuladora se desarme e implosione. ¡Cuidémonos de la falta de audacia y confianza en nosotros!
Nuestro presente no es el confinamiento que nos impone la supervivencia, es la apertura a todas las posibilidades. Es bajo el efecto del pánico que el Estado oligárquico se ve obligado a adoptar medidas que ayer mismo decretó imposibles. Es al llamado de la vida y de la tierra para ser restaurada al que queremos responder. La cuarentena es un tiempo de reflexión. El confinamiento no suprime la presencia de la calle, la reinventa. Déjenme pensar, cum grano salis, que la insurrección de la vida cotidiana tiene virtudes terapéuticas insospechadas.
Raoul Vaneigem
17 de marzo de 2020
Etiquetas: 2020 fin del mundo tal cual lo conocemos, anarquia, capitalismo y catástrofe, carácter cíclico del capitalismo, comunismo, EVADE, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases, Vaneigem
martes, marzo 03, 2020
Tiempos Mejores/En el Metro/Vaneigem y la Comuna en las insurrecciones del siglo XXI
En este espacio virtual dejamos algunas anotaciones de lo que la experiencia subterránea del mal o bien llamado transporte público generaba en unx, de las que escarbando un poco en este caos organizado he re-encontrado estas tres o cuatro o tal vez cinco que re-presento a lxs eventuales lectorxs en el año cero de nuestra revolución:
Martes 17 de septiembre de 2019
Suicidios en el Metro
H.D. Thoreau me dijo esta mañana en el metro (leía un volumen pequeño llamado "Una vida salvaje y desobediente") que el mejor momento creativo es en la mañana. No estoy tan seguro, pues a veces me ha dado por escribir fluidamente entre las 23 y las 01. Pero lo entiendo.
La lucha contra la represión impuesta por el Poder no se da solo en la calle, sino también dentro de nosotrxs mismxs. El juego putrefacto de la política nos divide internamente y externamente nos obliga a elegir un bando. El problema es que sus bandos nos son más que espejismos. Tal como en un casino, sus ofertas políticas están programadas para que la casa siempre gane.
Desde luego que ya no cedemos tan fácilmente a este embrujo. Las Asambleas Territoriales Autónomas son una respuesta directa a la farsa que nos quieren hacer tragar desde arriba: que toda la realidad se reduce a elegir entre izquierda o derecha, apruebo o rechazo. Allí donde el viejo mundo se atrinchera en la avaricia y el egoísmo, los territorios rebeldes a lo largo de todo Chile cuajan en la creación de una nueva de forma de vida que ya no espera más sobrevivir de las migajas que dejan tras su paso los patrones de fundo.
La lucha de las mujeres, y de todxs aquellxs que no caben en las clasificaciones higiénicas del capital, es otra de las razones por las que los funcionarios del orden de cosas tiemblan. A diferencia de quienes ven con temor su propio reflejo de muerte en las ruinas que dejan a su paso, nosotras reconocemos en ellas la posibilidad de hacer surgir por primera vez la vida. Y estamos dispuestas a llevarla hasta el final.
El pueblo puja por nacer libre de sus cadenas. Esta liberación es un despertar internacional que moviliza a la humanidad a rescatar la tierra que habita, a honrar la naturaleza que le da sustento, a superar el sentido común patriarcal que nos somete a roles y relaciones de poder y violencia, a evadir definitivamente la lógica autodestructiva de la economía política, a realizar todos nuestros potenciales aquí y ahora.
La concreción del reino de la libertad vivida nos deja cada vez más claro que la realización de nuestras potencias no se encuentra en el detritus del capital vestido de democracia totalitaria, sino en el horizonte del porvenir a ganar. Ninguna pseudo-satisfacción de un triunfo ciudadanista nos podrá hacer olvidar esto. ¡Nuestra lucha no es por “correr el cerco”, sino por hacerlo estallar por los aires!
Estamos en el equilibrio inestable del statu quo. El poder opresivo, firme sobre sus posiciones, no está dispuesto a ceder ni un poco. Teme un cambio de rumbo. Este cambio está al alcance de la sublevación popular que burla al Estado y, con la firmeza de una rabia justa, afirma su determinación de continuar sin descanso su lucha.
A primera vista, el statu quo juega a favor del Estado y de sus patrocinadores. La intransigencia de los gobernantes apunta a divulgar en el público la imagen de una fortaleza inamovible que nada hará tambalear. Su propaganda despierta el espectro de la desesperación que aún persigue el recuerdo de las revueltas perdidas. Apuestan por la fatiga, cuentan con el amargo “qué sentido tiene” para mandar a los insurgentes de vuelta a la perrera. ¡Nuestros enemigos se equivocan dos veces!
La solidez del Estado solo es superficial. Su poder de decisión es falso, está en manos de un poder financiero mundial que poco a poco lo reemplaza. Muchos ciudadanos franceses culpan a la Comisión Europea y la hacen responsable de sus desgracias. Le reprochan imponer restricciones presupuestarias a los gobiernos “elegidos democráticamente”, que arruinan el sector público, empobrecen, matan. Esto es olvidar que las autoridades europeas no son en sí mismas más que un instrumento de las mafias financieras internacionales. Ellas son nuestro verdadero enemigo, como se lo reveló a los chilenos el asesino económico Milton Friedman. Sin embargo, por más temibles que todavía sean, los administradores de un mercado del que son a la vez amos y esclavos, muestran cada vez menos poder real y cada vez más poder ficticio, una autoridad cuya puesta en escena está destinada a fascinarnos como la serpiente fascina a su presa. Pero hemos demostrado que ya no somos presas y que estamos revocando la depredación. Ellos, en cambio, están librando una guerra de vendedores ambulantes. A la vez presas y depredadores, se agotan en rivalidades competitivas y se hacen pedazos unos a otros por un hueso donde pronto no quedará nada que roer. Porque el Estado y las autoridades supranacionales son acechados por el inevitable colapso de un sistema donde el dinero da vueltas en círculos, reproduciéndose solo a sí mismo, no es más que una forma virtual llamada a devorarse a sí misma devorando todo a su paso.
Unos dirigentes cada vez más tontos, unas y unos insurgentes cada vez más inteligentes. La bancarrota rentabilizada del sistema mercantil no solo provoca la destrucción de la tierra y sus especies, sino que ocasiona un deterioro mental que año tras año debilita a los administradores de la decadencia universal. Estos son incapaces de evitar que una formidable ola insurreccional rompa el asalto de sus empresas mortíferas. ¿Te preguntas sobre el efecto de pasar del viejo mundo al nuevo? Está ocurriendo lentamente frente a tus propios ojos. Los jefes de Estado y los gobernantes son vencidos por la senescencia a medida que se esclerosa su nervio de la guerra, mientras que la insurrección popular y la desobediencia civil demuestran día a día una inteligencia que la apertura a la vida nunca deja de estimular
Lo alto se pudre, lo bajo revive. Los individuos autónomos muestran una creatividad que dirige la ofensiva desde dos ángulos. Mientras que los análisis críticos, los recursos legales, los sabotajes y los hostigamientos mediante el ridículo denuncian las estafas de un Olimpo de opereta, en la base se multiplican y expanden las asambleas locales y regionales que se enfrentan directamente al problema de la generosidad humana en una sociedad de cálculo egoísta. Este combate a la vez plural y unitario, nutre la resolución de lxs insurgentes, su determinación de “no renunciar a nada”. Aquí la vida reivindica su prioridad absoluta sobre la economía del lucro.
La creación de nuevas condiciones de existencia es una prioridad. La ruina de nuestras conquistas sociales y los dictados que el capitalismo y su democracia totalitaria nos asestan, dan una idea del caos al que pretende precipitarnos. Recordemos lo que le pasó a Grecia. A pesar de contar con el apoyo de una mayoría popular que la instaba a abandonar la Unión Europea, el gobierno griego de Tsipras dio marcha atrás y tomó una decisión opuesta a la voluntad del pueblo. Cedió a un chantaje abiertamente declarado: “Si no aceptan las medidas de austeridad que preconizamos, se irán de Europa, no tendrán dinero, no tendrán con qué pagar los salarios, mantener las escuelas, los transportes, los hospitales. Après nous le déluge!”. Tsipras tuvo que ceder porque la sociedad griega no estaba preparada para evitar el cataclismo programado. ¿No resulta inquietante que no estemos aprendiendo las lecciones de este desastre anunciado? ¿No deberíamos emplear nuestra energía en sentar las bases de micro-sociedades capaces de responder a los desafíos del caos y de la absurdidad devastadora, de lo que nos da un anticipo el estado de los sectores hospitalario, alimentario y energético?
El mayor peligro que enfrentamos es la falta de audacia. Es no tener confianza en nuestras propias capacidades, es subestimar nuestra inventiva. Esperar soluciones del Estado nos condena a vegetar en su cadáver podrido. ¿Cómo olvidar que la ley del lucro, que determina todas las leyes del sistema, consiste en recuperar con una mano lo que se ha dado con la otra? Dialogar con el Estado es entrar en la boca del monstruo.
Lo importante no es tanto romperlo con nuestros golpes como sustituirlo por un conjunto de micro-sociedades humanas en las que se emplee la libertad de vivir para experimentar la riqueza de su diversidad y armonizar sus opciones contradictorias.
El fraude del referéndum. En Francia, lxs insurgentes exigen un Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC). El gobierno no quiere oír hablar de ello, excepto en forma de lo que llama un Referéndum de Iniciativa Compartida (RIP, por sus siglas en francés) del que obviamente tendría el control. Al mismo tiempo, el propio gobierno muestra su desprecio por los referendos rechazando una petición de más de un millón de personas que se oponen a la venta del aeropuerto de París al sector privado. En Chile, se está gestando el mismo fraude. El gobierno propone sustituir la constitución de Pinochet recurriendo a la farsa electoral y a sus manipulaciones tradicionales. ¿El objetivo? Imponer desde arriba una constitución que servirá para legalizar el control del capitalismo sobre los recursos del país. ¿No estamos cansados de presenciar una vez más este truco de magia que, en nombre del pueblo, confiere plenos poderes al mercado? ¿Cómo ratificar una constitución popular que de ningún modo está escrita directamente por el pueblo, por las asambleas de barrios y territoriales?
La lucha por la calidad de la vida se burla de la dictadura de los cifras, de la medida, de la mayoría. La cifra es la medida del poder. Reina a través de la cantidad porque reina sobre unos objetos, sobre un pila anónima de mercancías. Hoy estamos descubriendo la perspectiva inversa. La calidad anula la dictadura del número. La calidad de la vida se burla de las cuentas presupuestarias que la reducen a un elemento del lucro. La calidad es la autenticidad vivida. Es así como puede mostrar su interés por lo que le concierne y su desinterés por las guerras competitivas que las mafias mundialistas libran entre sí. Nos interesa evitar las consecuencias de estas guerras, cuyas víctimas son siempre los de abajo.
En sus aspectos más visibles, la guerrilla pacífica moviliza a cientos de miles de partisanos de la desobediencia civil. Más allá de la mentira mediática que asegura que los manifestantes se agotan, que su número disminuye, ni en Francia, ni en Chile, ni en Líbano, ni en Sudán, ni en Algeria, ni en Irán ceden en el frente de las demandas. No se confunden de enemigo, su voluntad no se debilita. El adversario es la máquina del lucro que aplasta la vida, la lucha es la de la vida que se niega a ser aplastada.
El fenómeno está ganando profundidad, afecta los modos de pensamiento y comportamiento. Cada vez más individuos redescubren las alegrías de la solidaridad y están tomando conciencia de que la realidad vivida no tiene nada en común con la realidad contable, presupuestaria, estadística que se urde en estos lugares altos que, de hecho, no son más que las mazmorras del mercado.
Ni dirigentes ni representantes autoproclamados. Más allá de los jefes, las asambleas auto-organizadas excluyen a los aparatos políticos y sindicales y a quienes quieren ser sus delegados. Los miembros de estas asambleas, por otra parte, están preparados para discutir a título personal con todos los individuos, militantes y no-militantes, sin importar sus opiniones religiosas e ideológicas. De hecho, creen que la lucha social por una sociedad más humana y generosa prevalece sobre las representaciones del mundo que cada persona construye según su historia particular. No llaman a renunciar a las convicciones personales, sino a superarlas, es decir, a resituarlas en unas condiciones que permitirán negarlas en su forma antigua y preservarlas en su forma nueva. Tolerancia para todas las ideas, intolerancia para todo acto inhumano.
La Comuna es el lugar de la vida reencontrada. Es un ágora de libertad donde todas las opiniones tienen la ventaja de ser expresadas, escuchadas y concretarse en forma de decisiones colectivas. ¿Por qué? Porque inicialmente reúne a un pequeño número de personas que se conocen o están empezando a conocerse. Tienen el privilegio de ocupar un territorio que es conocido, donde pueden intervenir con pleno conocimiento de causa. Tienen la ventaja de estar en una proximidad a la que la federación de comunas presta una distancia crítica, una conciencia afinada.
Cada comuna es la base de una multitud de entidades similares. Su federación formará un tejido social capaz de suplantar un Estado que no deja de degradar las condiciones de existencia. Es aquí, en el terreno de nuestra existencia cotidiana, que nuestra creatividad tiene la mejor oportunidad de derrotar al imperialismo estatal y mercantil. El ser humano siempre se ha doblado sin romperse. Basta de inclinar la cabeza, es el fin de este mundo donde, como dijo Chamfort, el corazón solo tiene la opción de romperse o endurecerse.
La lucha de la Comuna es la lucha de la generosidad humana contra la dictadura del lucro. No vamos a tolerar que el capitalismo mundial y el cálculo egoísta contaminen nuestro ambiente y nuestra conciencia humana. La ayuda a los más pobres le atañe a las asambleas populares, no a la fría jurisdicción estatal y sus proxenetas xenófobos, racistas y sexistas. El impulso de solidaridad trae consigo una sensación irrefrenable e insólita: la vida va tan rápido que ya no tenemos tiempo para morir. La insurrección es una cura de salud.
La mujer está al frente de la lucha por los seres humanos. Ahí está su unidad. Es una unidad reivindicativa que amenaza la tradición machista y los resurgimientos patriarcales. No es de extrañar que el poder trate de fragmentarla en categorías para enfrentarlas unas con otras y para “dividir y reinar”. Tratar a la mujer como una abstracción permite, en efecto, hacerle asumir unos roles y funciones que antes estaban reservados al patriarcado. El sentido humano no está presente con la misma intensidad en la mujer policía, la torturadora, la especuladora, la militar, la mafiosa, la autócrata y en la insurgente que lucha por la emancipación igualitaria de hombres y mujeres. Pero dondequiera que el núcleo de humanidad no haya desaparecido por completo, ¿por qué no confiar en la vida para superar la coraza opresiva?
La Comuna es nuestro territorio, nuestra existencia ahí es legal. Tiene esta legalidad natural que el Estado sustituyó por una legalidad que nada nos obliga a reconocer. ¿No ha vuelto caduco el contrato social por el que se comprometía, a cambio de retenciones fiscales, a garantizarnos escuelas, hospitales, transportes y medios de subsistencia? A esto hay que agregar las medidas arbitrarias que atentan contra la dignidad humana y que su totalitarismo democrático multiplica. ¿No es evidente, por lo tanto, que estamos en la legalidad y que el Estado, de facto, está en una ilegalidad que, desde el punto de vista de sus propias leyes, nos autoriza a proscribirlo? Sin embargo, la estructura municipal que ha implantado sigue en pie. Hace del alcalde un funcionario sumiso a su autoridad. Atrapado entre la representación del Estado y la representación de la población local, navega entre la honestidad, la corrupción, la modestia del portavoz y la arrogancia del edil entronizado. ¿Cómo pueden coexistir las asambleas de autogestión, sin negarse a sí mismas, en el marco de una organización municipal subordinada al Estado? Cada territorio en proceso de liberación tiene sus propias formas de lucha.
¿Cuáles relaciones con el municipio tradicional? Nadie ignora que la experiencia de la democracia directa marca una ruptura con los modos de votación que nos impone el ritual electoral. A diferencia del voto organizado por el clientelismo político, la Comuna es la emanación de las asambleas de proximidad. Los problemas que abordan son problemas concretos que surgen para las personas de un pueblo, de un barrio urbano, de la región circundante, donde su federación presta una visión global, mundial, a las decisiones tomadas localmente. Estas provienen de un entorno donde cada uno está preocupado y sabe de qué habla. Concretizan una práctica de vida, no una práctica de la ideología. El municipio es una antena, está menos atento a los ciudadanos que al Estado que los gobierna. Pero para nosotros, la Comuna es un mundo llamado a erradicar la mundialización del lucro.
El tambor de la unidad resuena en todas partes. ¿Qué unidad? Llamar a la unidad y a la convergencia de las luchas es tomar las cosas al revés. Las declaraciones abstractas, por muy generosas que sean, son señuelos. Toman el viejo camino de las buenas intenciones. La esperanza no cesa de tropezar de triunfalismo en derrotismo. ¿Vamos a alistarnos una vez más en estos frentes que se supone que deben movilizar la energía de todos y de todas contra lo que solo lleva una de las máscaras de la opresión global? Durante la Revolución Española, Berneri emitió esta advertencia: “Solo la lucha anticapitalista puede oponerse al fascismo. La trampa del antifascismo significa abandonar los principios de la revolución social”. Y añadió: “La revolución debe ganarse en el terreno social y no en el militar”. ¿Cuál es la fuerza poética de los chalecos amarillos y las asambleas auto-organizadas? El hecho de que ponen en primer plano problemas económicos, sociales y psicológicos de los que nadie puede escapar en estos tiempos de mutación (permacultura, prohibición de los pesticidas, bloqueo de los circuitos mercantiles, erradicación de los problemas petroquímicos y nucleares, exploración energética, reactivación del tejido rural y urbano, ruptura con el fetichismo del dinero, reconstrucción de la educación, guerrilla llevada a cabo según el principio “Nunca destruyas a una persona y nunca dejes de destruir lo que la deshumaniza”).
La verdadera unidad es la lucha por la mejor vida.
La desobediencia civil es un derecho imprescriptible dondequiera que reine el derecho a oprimir. La redacción de una carta nacida de las Comunas y de sus asambleas podría garantizar el principio y sentar las bases de la legalidad de una democracia que su poesía práctica libere para siempre del dominio estatal y mercantil. ¡Abajo la república de los negocios! ¡Larga vida a la república del sentido humano!
Raoul Vaneigem,
25 de febrero de 2020
Etiquetas: comunismo difuso?, EVADE, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases, Vaneigem
viernes, febrero 14, 2020
DANZAS DE FUEGO/SODA POP CHANTA/OTRA DE VANEIGEM
Soda Pop Rip Off se traduciría así como bebida cola barata, o imitación de bebida de fantasía. En el CD el álbum era seguido de tres temas de su primer single: ¿Qué clase de monstruo eres tú?
La experiencia de reconocimiento colectivo de la creciente miseria en la que están sumidas nuestras vidas y la conciencia de que no tendría que ser así han catalizado un estallido de ira cuyo impacto amenaza con derribar los cimientos de la forma de organización social que nos empobrece. Tal como a principios del siglo xx se observó una primera ofensiva proletaria contra la sociedad capitalista mundial y una segunda ola de contestación alrededor de los 70, hoy estamos ante lo que parece ser la tercera. A propósito de esto, planteamos las siguientes preguntas al camarada Raoul Vaneigem:
> ¿Están las masas insurrectas en Chile y Francia, así como en todos los otros territorios insurgentes del planeta, más cerca de despojarse del lastre del viejo mundo y alcanzar la libertad de lo que estaban hacia el año 1968? Dicho de otra forma, ¿qué tan distintas o similares son las condiciones que anuncian la vida y que propagan la muerte, hoy y entonces, en estos territorios?
> Como bien sabes, quienes prendieron la chispa de la insurrección en Chile son parte de una generación de jóvenes que perdió el miedo acumulado por los años de dictadura militar y “transición democrática”. A la luz de tu experiencia de vida, ¿qué puedes decirle a las jóvenes generaciones insurrectas de hoy?
Lo que sigue es su respuesta. Esperamos que su lectura pueda nutrir debates que nos impulsen a avanzar con más determinación en la creación de otros mundos de relaciones por fuera de los roles que impone el dinero. La nueva vida ya los está creando sin esperar ningún “Proceso Constituyente”: es la solidaridad inmediata contra el gobierno de la razón utilitaria, el derroche de creatividad anónimo y colectivo, aquí y ahora, en las calles, los barrios, las plazas, el metro, las tomas. Esto, que es lo que temen los funcionarios del Capital, nos da energía, cambia lo que hacemos, lo que sentimos, lo que pensamos.
La verdadera libertad es la libertad vivida. Los filósofos de la Ilustración se dieron cuenta de esto. Diderot, Holbach, Rousseau, Voltaire habían grabado la evidencia de esto en la memoria universal y antes que ellos los principales pensadores del renacimiento, Montaigne, La Boétie, Rabelais, Castellion (a quien le debemos las palabras “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”).
Si bien la lucha por la libertad está presente en muchos países europeos, es particularmente aguda en Francia. A partir de los siglos xi y xii, se multiplican e intensifican las insurrecciones comunalistas. Su objetivo es liberar a las ciudades de la autoridad tiránica de la clase aristocrática, cuyos ingresos provienen principalmente de los campesinos, los siervos que trabajan sus tierras. Los nobles no tienen intención de dejar que escapen de su control estas “comunas” que generan nuevas fuentes de ingresos. Artesanos, comerciantes, tejedores, pequeños productores son el fermento de un capitalismo emergente. Ellos se enfrentan a la nobleza y al régimen feudal que dificulta su expansión.
Un rumor riega su rastro de pólvora: “El aire de las ciudades te hace libre”. Este contribuirá a identificar a esta burguesía, cuyo nombre extrajo del burgo (ciudad) un ideal de libertad que, de hecho, es su ideología. Dado que pronto queda claro que esta burguesía, a su vez, ejerce una opresión sobre la clase de los trabajadores que explota despiadadamente, como lo atestigua La complainte des tisseuses de soie [Queja de las tejedoras de seda] de Chrétien de Troyes (1135-1190).
Aunque el poder de la burguesía no deja de crecer y continua oprimiendo a las clases trabajadoras, su lucha contra la arrogancia aristocrática mantiene —voluntaria e involuntariamente— un espíritu de subversión y de reivindicación que perfora con sendos golpes la coraza y los muros del régimen del derecho divino, haciendo que se tambalee la ciudadela del poder aristocrático. Esto explica el carácter contradictorio de la revolución francesa de 1789: por un lado, la tremenda expansión de una libertad que se revela como el verdadero devenir de la humanidad; por otro, la terrible mistificación que consiste en reducir la libertad a la libre circulación de los bienes y las personas tratadas indistintamente como unas mercancías.
Después de haber decapitado a la monarquía del derecho divino, el librecambio instaura una monarquía del lucro incluso más inhumana que el despotismo feudal. Los girondinos y los jacobinos preparan el camino para una forma de monarquismo desacralizado, un bonapartismo donde el progreso de la industrialización requiere la esclavitud del mayor número de personas. En esta línea se inscriben los dos regímenes que mejor ilustran la barbarie de nuestra historia: el nazismo, donde el Hombre se convierte en objeto puro; el bolchevismo, donde, en nombre de la emancipación del Hombre, el sueño comunista se convierte en una pesadilla.
Entre la fascinación de estos dos extremos, el ideal político occidental ha perpetuado una forma diluida de este jacobinismo que las conquistas de Napoleón habían implantado en toda Europa. Es una mezcla de burocracia tentacular y de teatro ciudadano donde el progresismo y el conservadurismo son objeto de una puesta en escena confeccionada según lo que dicta la moda. El pueblo insurgente debe saber que si perturba el espectáculo entrando en él, solo tendrá el lugar reservado a un cadáver.
Ni dictadura absoluta, ni expresión de la voluntad del pueblo, ¿qué otra cosa es este monstruo engendrado por la rapacidad financiera sino el totalitarismo democrático?
Con la excepción de un breve gobierno del pueblo por el pueblo que la Comuna de París había tratado de promover, el capitalismo jamás ha aflojado su control, solo lo ha modernizado. Las luchas sociales han sido suficientemente eficaces como para hacer que los administradores del lucro le arrojen unas cuantas limosnas a los indignados, pero insuficientes para que la amenaza de una erradicación total los haga temblar.
Al mismo tiempo que Robespierre hizo decapitar a Olympes de Gouges, que luchaba por los derechos de la mujer, la Revolución francesa promulgó en su famosa Declaración una versión formal de los Derechos del Hombre. El hecho de que estos derechos han sido y siguen siendo burlados por la mayoría de los gobiernos los engrandeció con un espíritu de subversión que el Estado se ha apresurado a diluir e institucionalizar.
En la guerra de guerrillas en Francia contra la ocupación nazi y sus numerosos colaboradores, se formó el Consejo de la Resistencia. Este es el organismo responsable de dirigir y coordinar los diversos movimientos insurreccionales, incluidas todas las tendencias políticas. El Consejo está compuesto por representantes de la prensa, por sindicatos y por miembros de partidos hostiles al gobierno de Vichy desde mediados de 1943. Su programa, adoptado en marzo de 1944, preveía un “plan de acción inmediata” (es decir, de acciones de resistencia), pero también incluía una lista de reformas sociales y económicas para aplicar en cuanto se liberara el territorio.
No hay que hacerse ilusiones. El objetivo de estas reformas es evitar una conflagración revolucionaria hecha posible por el armamento de las facciones sediciosas. El Partido Comunista francés trabajó para romper los impulsos revolucionarios del pueblo armado y le entregó, para apaciguarlo, un conjunto de ventajas que se inscriben en la línea de la res publica que surgió de la Primera República francesa. Esto es lo que constituirá para los franceses el “bien público”, destinado a mejorar la existencia del mayor número de personas.
La mayoría de los países europeos adoptaron rápidamente estas medidas en materia de salud, apoyo a la familia, prestaciones de desempleo, protección para los trabajadores, alimentación de calidad y educación para todos y todas. No existen ni en Chile ni en la mayor parte del mundo. Sin embargo, en el colmo de la absurdidad, es en esta ausencia, en este vacío humanitario, que el gobierno francés, obedeciendo las leyes mundiales del lucro, ve un modelo a imitar, un objetivo a alcanzar.
Este liquida las conquistas sociales para venderlas a los intereses privados, arruina los hospitales públicos, suprime los trenes y las escuelas, apoya la industria agro-alimentaria que envenena los alimentos, implanta en el desprecio de los ciudadanos sus problemas energéticos y burocráticos, incita a consumir más y más mientras aumenta el empobrecimiento. Sobre todo, aplasta la alegría de vivir bajo la presión de una lúgubre desesperanza. En todas partes el lucro marca el ritmo de la danza macabra de una muerte rentabilizada.
Una respuesta inesperada ha llegado espontáneamente tanto de Chile como de Francia. Ahora es un mismo pueblo que, más allá de las especificidades de la evolución histórica, se encuentra enfrentando los mismos problemas, las mismas preguntas. Además, ¿no escuchamos propagarse por todo el mundo estas preguntas planteadas por la resistencia y la auto-organización insurreccional e interesar a los países más diversos?
¿Acaso no en todas partes el pueblo está tomando conciencia de la vida que lleva en su interior y de la muerte a la que el Estado lo condena, “el más frío de los monstruos fríos”?
Mi percepción del movimiento de los chalecos amarillos en Francia es mi opinión personal. No es más que un testimonio que se ha apoderado de mi entusiasmo personal. ¿Por qué? Porque desde mi adolescencia no hay día que pase en que no haya aspirado a tal inversión del orden de las cosas. Cada quien es libre de extraer del revoltijo de mis ideas lo que le parezca pertinente y rechazar lo que no le sirve.
La aparición del movimiento informal y espontáneo de los chalecos amarillos marcó el despertar de una conciencia a la vez social y existencial que no había salido de su letargo desde el disparo de advertencia de mayo de 1968.
Aunque no logró poner en práctica el proyecto de una autogestión de la vida cotidiana, la tendencia más radical del movimiento de las ocupaciones de mayo de 1968 podría presumir, sin embargo, de haber contribuido a un auténtico cambio de las mentalidades y los comportamientos. Una toma de conciencia, cuyos efectos apenas comienzan a concretarse hoy en día, marcó un punto de no retorno en la historia de la humanidad. Creó una situación que, por muy expuesta que esté a regresiones episódicas, nunca volverá atrás; los hombres todavía tardan en ponerse de acuerdo sobre esto, pero no hay una sola mujer que no esté convencida de ello en su carne.
La espesura del silencio mantenido deliberadamente exige repetir incansablemente una verdad que el martilleo de las mentiras no consigue romper. La denuncia de los situacionistas del welfare state —del estado de bienestar consumista, de la felicidad vendida en cuotas— asestó un golpe mortal a las virtudes y los comportamientos impuestos durante milenios y tenidos por verdades inquebrantables: el poder jerárquico, el respeto a la autoridad, el patriarcado, el miedo y el desprecio a las mujeres y a la naturaleza, la veneración al ejército, la obediencia religiosa e ideológica, la rivalidad, la competencia, la depredación, el sacrificio, la necesidad del trabajo. Surgió entonces la idea de que la vida real no podía confundirse con esta supervivencia que rebaja el destino de las mujeres y de los hombres al de una bestia de carga y una bestia de presa.
Se creía que esta radicalidad había desaparecido, arrastrada por las rivalidades internas, las luchas de poder y el sectarismo contestatario; la vimos sofocada por el gobierno y por el Partido Comunista, en lo que fue su última victoria. Sobre todo, esta fue devorada, es cierto, por la impresionante ola de un consumismo triunfante, la misma ola que el creciente empobrecimiento ahora está secando de manera lenta pero segura.
Debe hacerse justicia a la colonización consumista: popularizó la desacralización de los viejos valores más rápido que décadas de libre pensamiento. La impostura de la liberación, propugnada por el hedonismo de supermercado, propagaba una abundancia y diversidad de productos y opciones que solo tenían un inconveniente, el de pagarse a la salida. Esto dio lugar a un modelo de democracia en el que las ideologías se suprimen en favor de los candidatos, cuyas campañas promocionales se llevaron a cabo utilizando las técnicas publicitarias más eficaces. El clientelismo y la mórbida atracción del poder acabaron arruinando un pensamiento que los últimos gobiernos no temen exhibir en su espantoso deterioro.
¿Dónde estamos hoy? Nunca antes Francia había experimentado un movimiento insurreccional tan persistente, tan innovador, tan festivo. Nunca antes habíamos visto a tantos individuos deshacerse de su individualismo, hacer caso omiso de sus opciones religiosas, ideológicas, caracteriales, rechazar a los jefes y líderes autoproclamados, rechazar la influencia de los aparatos sindicales y políticos. Qué placer escuchar al Estado deplorar que los chalecos amarillos no tienen líderes que puedan ser agarrados por las orejas como los conejos. El pueblo no ha olvidado: cada vez que una organización ha pretendido gestionar sus intereses, lo ha atrapado, abusado de él y destruido.
Las reivindicaciones corporativistas han generado una rabia que se ha generalizado, pues más allá de la barbarie represiva, del desprecio, de la provocación de un gobierno de ladrones, lo que se señala no es otra cosa que el sistema mundial que en nombre del lucro está saqueando la vida y el planeta.
En las calles se encuentran, uno al lado del otro, los conductores de trenes, autobuses y metro, los abogados, los recolectores de basura, los bailarines de la ópera, los trabajadores del alcantarillado, los escolares, los estudiantes, los profesores, los investigadores, la policía científica —una pequeña facción de policías que se niegan a la función de asesinos que sus jefes les asignan—, los trabajadores de los sectores del “gas y la electricidad”, los funcionarios gubernamentales encargados de los impuestos y las tasas, las pequeñas y medianas empresas prisioneras de la rapacidad del fisco, los bomberos —muy a menudo en primera línea de los enfrentamientos con los pacos [flics]—, los empleados de Radio-France, el personal de los hospitales, donde los ahorros presupuestarios indiscutiblemente matan a los pacientes demasiado pobres para pagarse el hospital privado.
Unos vecinos que nunca se habían hablado se descubren redescubriendo la solidaridad. Al igual que en las operaciones de resistencia contra el nazismo, existe un acoso sistemático a los “colaboradores”. Los ministros, los notables y sus sirvientes ya no abandonan sus guaridas sin arriesgarse a sucumbir no bajo el fuego de armas mortales, sino bajo los tomates del ridículo, de la burla y del humor corrosivo.
Se está produciendo una mutación en el seno de las insurrecciones nacionales e internacionales. A la fase de rabia ciega, que se enfrenta cara a cara con la intransigencia del poder y de sus fuerzas armadas, debe seguir ahora una fase de rabia lúcida capaz de socavar el Estado desde la base. Ahora se trata de que la legitimidad de una voluntad popular reemplace la autoridad que el Estado ha usurpado mediante una farsa electoral. Un Estado que hoy no es más que el instrumento de los intereses privados gestionados por las multinacionales.
Estamos siendo testigos de una impresionante inversión de perspectiva. La libertad, finalmente devuelta a su autenticidad, está decidida a destruir la economía del librecambio que una vez la inspiró de manera involuntaria y formal, antes de sofocarla bajo el creciente peso de su tiranía. Esta es la revancha de la libertad vivida contra las libertades del lucro.
La tierra, cuyo libre goce reivindicamos, no es una abstracción, no es una representación mítica. Es el lugar de nuestra existencia, es el pueblo, el barrio, la ciudad, la región donde luchamos contra un sistema económico y social que nos impide vivir allí. Dado que solo podemos esperar la mentira y el garrote de las instancias estatales, ahora nos toca a nosotros “hacer nuestros negocios” deshaciéndonos del mundo de los negocios.
Depende de nosotros sentar las bases sociales y existenciales de una sociedad que rompa el yugo de la destrucción rentabilizada. Depende de nosotros atrevernos a invertir nuestra rabia y nuestra creatividad en Comunas donde nuestra existencia se reinvente al calor de la generosidad y la solidaridad humanas. ¡Qué importan los errores y los tanteos! Es una tarea de largo aliento federar internacionalmente un gran número de pequeñas colectividades que tienen la incomparable ventaja de actuar directamente sobre el entorno en el que se encuentran.
Dejemos de abordar los problemas desde arriba. Desde las alturas de la abstracción solo se vierten las cifras que nos deshumanizan, nos convierten en objetos, nos reducen al estado de mercancía. La política de la gran mayoría siempre crea un caos que exige la Orden Negra de la muerte. El cielo de las ideas ya no debe ser la negación de nuestras realidades vividas.
La verdad hace que la canción de la vida se escuche en todas partes. La dimensión humana es una cualidad, no una cantidad. El individuo se convierte en colectivo cuando la poesía de uno irradia para todos.
Nuestro bien público es la tierra. Es nuestra verdadera patria y estamos decididos a expulsar a los invasores mercantiles que la mutilan descuartizándola en cuotas de mercado. Nuestra libertad es una e indivisible.
Raoul Vaneigem,
31 de enero de 2020
Etiquetas: anti punk, anti-arte, antifarándula, hardcore punk, punk rock, rock (no punk), rock pichulero, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases, Vaneigem
jueves, enero 23, 2020
"Todo comienza aquí y ahora": carta de Raoul Vaneigem para la región chilena
Todo comienza aquí y ahora
Hasta ahora el capitalismo solo ha vacilado debido a sus crisis de desarrollo interno, a sus flujos de crecimiento y decrecimiento. Ha progresado de quiebra en quiebra. Solo hemos logrado derribarlo en ocasiones muy breves en las que el pueblo se ha hecho cargo de su propio destino.
Afirmarlo no es jugar a los profetas: hemos entrado en una era donde la coyuntura histórica favorece el desarrollo del devenir humano, el renacimiento de una vida ebria de libertad.
¡Basta de muros de lamentos! Son demasiados los himnos fúnebres que socavan silenciosamente el discurso anticapitalista y le dan un trasfondo de derrota.
No niego el interés de los observatorios del desastre. El repertorio de luchas se inscribe en la voluntad de romper la globalización financiera y establecer una internacional del género humano. Solo espero que se añadan los avances experimentales, los proyectos de vida y las contribuciones científicas, cuya poesía individual y colectiva marcan demasiado discretamente sus territorios.
Reivindicar los derechos de la subjetividad es un acto solitario y solidario. Nada es más estimulante que ver a los individuos liberarse de su individualismo cuando el ser se libera del tener. ¿Tomará tiempo? Sin duda, pero aprender a vivir es aprender a romper la línea de tiempo y a desterrar del presente el retorno del pasado donde se profundizan los abismos del futuro.
Un devenir mantenido en estado fetal durante diez mil años resurge como un objeto del pasado que vemos elevarse desde las profundidades de la tierra.
Es una brizna de paja en la carreta de heno del oscurantismo universal. Una chispa ínfima le ha prendido fuego. El mundo entero está en llamas.
Es suficiente para mi júbilo ver afirmarse en esta insurrección plebeya una radicalidad cuya conciencia no he dejado de afinar. Es una cuestión de mi propia vida añadir unas gotas de agua al océano de solidaridad festiva que bate bajo mis ventanas. Porque el pueblo ya no es una muchedumbre ciega, sino un grupo de individuos decididos a escapar del embrutecimiento individualista; es una mayoría de anónimos protegida de la reificación por su estatus de sujeto. Han revocado su condición de objetos, han desertado del rebaño cuantitativamente manipulable por los tribunales de derecha e izquierda.
Una vez escribí: «La vida es una ola, su reflujo no es la muerte, es la reanudación de su impulso, el soplo de su vuelo». De esta manera manifestaba mi rechazo a la influencia mortífera que tan servilmente consentimos. Invito aquí a reflexionar sobre las implicaciones que reviste la observación para las prácticas de autodefensa que aplican la creciente potencia poética de las insurrecciones mundiales.
La tierra es nuestro territorio. Ese territorio tiene las dimensiones de nuestra existencia personal. Es local y es global, pues no pasa ni un solo instante sin que intentemos desentrañar, en nosotros y en el mundo, las alegrías que nos caen y las desgracias que nos agobian. Estamos constantemente moviéndonos entre lo que nos hace vivir y lo que nos mata.
Solo en el individualista (ese cretino convertido de sujeto en objeto) la preocupación por sí mismo se convierte en mirarse el ombligo, el cálculo egoísta prevalece sobre la generosidad solidaria, la libertad ficticia se enrola en las cohortes de la servidumbre voluntaria y la resignación resentida.
Ocupar el territorio de nuestra existencia es aprender a vivir no a sobrevivir. De ahí la pregunta: ¿cómo vivir sin romper el yugo de las multinacionales de la muerte?
Coger la afición de la insurrección permanente. Los tiempos de la vida no son los de la economía. El capitalismo ha caído en la trampa de la rentabilidad a corto plazo. Nuestra determinación vital juega a largo plazo.
Resistir, azotar las finanzas con golpes repetidos, multiplicar las zonas de gratuidad forman parte de una guerrilla de hostigamiento que requiere más ingenio que violencia (como lo demuestra el levantamiento de los peajes de las autopistas, el libre paso en las cajas de los supermercados, el bloqueo de la economía).
El Estado fuera de la ley. El capitalismo y su policía estatal no nos darán un regalo. Combatirán el surgimiento de las zonas donde se desterrará la opresión estatal y la reificación mercantil. Saben que lo sabemos y creen que nos harán arrastrarnos débilmente bajo la amenaza de sus grandes batallones.
Sin embargo, su jactancia los ciega. Lo que nos dan es, en efecto, un regalo. Nos entregan nada menos que una razón que anula la razón de Estado. El gobierno recurre a la dictadura para reformar, para remodelar la democracia con golpes de garrotes y de mentiras. Así pone en contra de sí el derecho inalienable a la dignidad humana. Justifica la desobediencia civil como un recurso legítimo contra la inhumanidad.
Sí, nuestro derecho a vivir ahora garantiza la legitimidad del pueblo insurgente.
Este derecho proscribe la ley del Estado que lo ignora.
La autodefensa es parte de la auto-organización. Ella nos pone frente a una alternativa: dejarla desarmada es un acto suicida, militarizarla la mata. Nuestro único recurso es innovar, superar la dualidad de los contrarios, la oposición entre el pacifismo y la guerrilla. El experimento está en marcha, acaba de empezar.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), como cualquier ejército, tiene una estructura vertical. Sin embargo, su función es garantizar la libertad y horizontalidad de las asambleas en las que los individuos toman colectivamente las decisiones que se consideran mejores por todos y para todos. Las mujeres han obtenido, por voto democrático, la garantía de que el EZLN intervendrá solo a título defensivo, nunca con fines ofensivos. La mera presencia de una fuerza armada ha sido suficiente hasta la fecha para disuadir al gobierno de aplastar a los zapatistas mediante el uso del ejército y los paramilitares. Nada ha sido jugado, todo se juega constantemente.
La situación de Rojava es diferente. La guerra librada por la internacional del lucro ha condenado a la resistencia popular a responder en el terreno del enemigo, con sus armas tradicionales. Era un estado de emergencia. Sin embargo, el lugar preponderante de las mujeres, la voluntad de fundar comunas liberadas del comunitarismo, el rechazo de la política empresarial y la primacía otorgada al ser humano auguran una renovación radical de los modos de lucha.
Evidentemente, estos ejemplos no son un modelo para nosotros, pero podemos aprender lecciones de su carácter experimental.
Federar las luchas. Lo que más cruelmente falta en las insurrecciones que se están extendiendo gradualmente sobre nuestra tierra, que está amenazada por todas partes, es una coordinación internacional. Si el nacimiento del movimiento zapatista no fue sofocado en el acto, esto se debió a una movilización inmediata de las conciencias. Una onda de choque sacudió la apatía general.
Aunque el movimiento de los chalecos amarillos arrancó a la inteligencia popular de un largo letargo, el alboroto mediático, el martilleo del discurso estereotipado, de la neolengua que invierte el significado de las palabras, han recuperado la ventaja y han aumentado considerablemente la eficacia de la máquina de cretinización. Se podría haber asumido que una ola de indignación y protesta global —un «Yo acuso» universal— habría liberado a Julien Assange y protegido a los denunciantes. El espesor del silencio ha demostrado que la era de los asesinos se está instalando discretamente. El cementerio es el modelo social programado. ¿Vamos a tolerarlo?
¡Ni triunfalismo ni derrotismo! La vida ha emitido un grito que no se extinguirá. Solo necesitamos propagar su conciencia por los cuatro rincones del mundo. Poseemos una potencia creadora inagotable. Tiene el poder de suplantar, con los ritmos de la vida recién descubierta, la aburrida danza macabra donde se pudre lo vivo.
Al despojarnos de nuestros medios de existencia, el Estado ya no nos protege del crimen, es el crimen. Nuestra legitimidad es derribarlo. La defensa de la vida, de la naturaleza, del sentido humano lo implica.
¿Abatirlo? No. Cuando el proyecto se concibe de esta manera se empaña con una connotación militar y fanfarrona cuyos ejemplos pasados nos llaman a ser cautelosos. ¿No sería mejor vaciarlo desde adentro, para recoger y hacerse cargo de este bien público1 cuyas conquistas se suponía que debía garantizar y que ha vendido a los intereses privados? De eso se trata la Comuna. ¿No?
Cada cual es libre de diseccionar desde arriba al Estado y al sistema mafioso del cual es el brazo opresivo. Bajo el bisturí de la precisión analítica, hemos visto multiplicarse una serie de revelaciones y denuncias que desnudan al rey hasta el extremo de su inhumanidad transhumanista.
Estas señalan con el dedo las obras bajas urdidas en los bastidores dorados del teatro elíseo. Muestran cómo la realidad forjada por los explotadores tiende, por la enormidad de su mentira, a reemplazar la realidad que viven los explotados. Cómo somos reclutados a la fuerza en un mundo al revés donde solo somos peones manipulados por cretinos.
Estas son acusaciones implacables contra el Estado, pero el Estado las empujará con el pie hasta que no se lo cortemos.
El gobierno legisla sin tener en cuenta el sufrimiento del pueblo de la misma manera que los aficionados a las corridas de toros omiten el dolor animal. Por mi parte, solo puedo rebelarme frente a la inocencia oprimida. Siempre he optado por erradicar la miseria de la experiencia —empezando por la mía— para abolir, atacándolo desde abajo, el sistema que la causa desde arriba.
¡Bajemos a nuestra tierra! El escándalo no está ahí arriba, donde los consternados sociólogos y economistas examinan la acumulación de inmundicias, sino aquí, en la base de la pirámide, está en el hecho de que estamos dejando en manos de incompetentes y estafadores áreas que nos afectan de cerca: la educación, la salud, el clima, el medio ambiente, la seguridad, las finanzas, los transportes, la difícil situación de los desfavorecidos y de los migrantes.
Nuestro empobrecimiento paga el precio de las guerras del petróleo, las incursiones de depredación de cobre, de tungsteno, de tierras raras, de plantas capturadas por patentes farmacéuticas. ¿Vamos a seguir financiando con nuestros impuestos y contribuciones la extracción de nuestros recursos y la prohibición de gestionar su uso?
Las cifras de negocios y sus administradores se burlan de las escuelas igual que de las camas y los tratamientos que necesita el hospital. Aquí estamos boquiabiertos frente a la infame inhumanidad que los gobernantes cubren en el cilicio acolchado de su arrogancia. ¿Qué debemos hacer con sus discursos contra la violencia, la violación y la pedofilia ahora que la depredación, base de la economía, se predica en todas partes y se le propina a los niños con el palmetazo de la competencia comercial y la pugna?
¿A qué grado innoble de esclavitud consentida debe descender un pueblo para aceptar que los ricos administradores de su miseria lo despojen de esta existencia, de esta familia, de este ambiente que es capaz de administrar por sí mismo? La bancarrota del Estado es la victoria pírrica de las multinacionales del «lucro a pura pérdida». Depende de nosotros jugar, y jugar a favor de la vida es dejarla ganar.
¿Qué debemos hacer con sus ministerios y burocracias cuya misión es demostrar que el enriquecimiento de los ricos mejora la condición de los pobres; que el progreso social consiste en reducir las pensiones, los subsidios de desempleo, las estaciones, los trenes, las escuelas, los hospitales, la calidad de los alimentos?
¿Cuándo vamos a reapropiarnos de lo que pertenece a la humanidad y está a nuestro alcance? Dado que este bien público es el que nos toca más de cerca, es parte de nuestra existencia, de nuestra familia, de nuestro entorno.
En oposición a las instituciones pretendidamente dirigentes, erigimos como exigencia absoluta que la libertad humana revoque las libertades del lucro, que la vida importe más que la economía, que el objeto manipulado ceda el paso al sujeto, que el trabajador, producto y productor de la desgracia, aprenda a convertirse en el creador del mundo creando su propio destino.
Los contaminadores e incendiarios del planeta utilizan la ecología como detergente para lavar el dinero sucio. Mientras tanto, en el bar de la mentira cotidiana, los consumidores brindan por las medidas a favor del clima, mientras que a diez metros de casa luchan contra los pesticidas, contra las industrias (Seveso), contra los perjuicios del lucro. ¿Cómo no podemos ver esto como una prueba de que nuestras luchas son locales e internacionales?
El pueblo, el barrio, la región no necesitan de un ministerio para promulgar una prohibición de las empresas tóxicas desde el momento en que basan en nuevas prácticas y experimentos, como la permacultura, la reinvención de productos útiles, agradables y de calidad.
Promover los transportes gratuitos es una respuesta plausible a la privatización de los ferrocarriles y los entramados viales por medio de la estafa gubernamental.
La autoconstrucción es capaz de echar por tierra la especulación inmobiliaria. La estimulación de la búsqueda de fuentes de energías no contaminantes (¿central solar?) Es capaz de eliminar el petróleo, la energía nuclear y el gas de esquisto. En cuanto al ministerio de la educación concentracional, no resistirá a las escuelas de la vida que las iniciativas individuales y familiares propagan por todas partes.
No es nuestro problema dejar el mercantilismo fuera o no del euro. La verdadera cuestión es prever la desaparición del dinero y diseñar cooperativas que promuevan el intercambio de bienes y servicios ya sea que utilicen o no una moneda no acumulable. El hecho de que estas soluciones, que son practicables en entidades pequeñas, luego se federen a nivel regional e internacional, marcará un punto de inflexión decisivo en el curso de la organización tradicional de las cosas.
Hasta ahora ha sido privilegiada la cantidad. El único razonamiento fue en términos de los grandes grupos. El reino de la mayoría, de las cifras, de las estadísticas impuso un desorden en las multitudes gregarias donde el orden represivo aparecía ilusoriamente como un factor de equilibrio.
Vivir la Comuna. La Comuna autogestionada es el poder del pueblo por el pueblo. Así como la estructura familiar patriarcal fue la base del Estado, sagrado o profano, la Comuna y sus asambleas autogestionadas harán latir el corazón de la generosidad individual. Así como la religión fue una vez el falso corazón de un mundo sin corazón, ahora la vida humana imprime su ritmo al mundo nuevo. Abandona el viejo a la agotadora taquicardia de las especulaciones bursátiles.
La insurrección pacífica es una guerra de guerrillas desmilitarizada. Debe tener como base y objetivo la auto-organización de las comunas autónomas. Antes que la autoridad del amo nuestro enemigo más temible es la resignación de los esclavos. La abolición del Estado como órgano de represión requiere el creciente desarrollo de la desobediencia civil. La resistencia, la obstinación y el ingenio de los chalecos amarillos me sugirieron que la determinación para enfrentar la violencia de la represión estatal y para mantenerse firme sin caer en el izquierdismo paramilitar, el retro-bolchevismo y otras palinodias guevaristas debería llamarse «pacifismo insurreccional» o «insurrección pacífica».
Evitar los encuentros cara a cara con el poder represivo del enemigo implica nuevos ángulos de enfoque en el tratamiento de los conflictos. Hasta ahora, el enfoque más efectivo es la resolución firme y fluctuante de los chalecos amarillos. Es su manera de intervenir donde no se espera, de golpear, de acosar, de aparecer, de alejarse y de ser omnipresente. Una inventiva inusual y sorprendente es lo que los convierte en un «cuchillo sin mango cuya hoja ha desaparecido». Como lo expresó poéticamente un insurgente: «No disparamos con un arma, disparamos con nuestra alma».
Raoul Vaneigem
12 de enero de 2020
1.Es importante que precise lo que en Francia se entiende por “bien público”. El bien público es lo que en latín se llama res publica, de donde procede la palabra “república”. Pero lo importante no reside aquí. El “bien público” forma parte de una fase histórica del desarrollo capitalista, en la época en la que era todavía capaz de apaciguar al pueblo lanzándole migajas.
Es preciso saber que el movimiento de resistencia que había luchado contra la ocupación nazi representaba un peligro una vez obtenida la victoria contra Alemania. Para evitar la amenaza de una revolución, el Estado francés otorgó al “Consejo de la resistencia” una serie de medidas para desactivar el riesgo de conflagración: subsidio de desempleo, seguridad social que permitía el acceso a los cuidados médicos, garantía de una jubilación hacia los 50 años, subsidios familiares, salarios regulados, derecho de huelga, relativa libertad de expresión. A lo que hay que añadir un funcionamiento correcto de los transportes, de los hospitales, etc. Todas estas reformas mejoraron la supervivencia de la clase popular al mismo tiempo que mantenían su sumisión. Son estas conquistas sociales, obtenidas al precio de luchas reivindicativas, que hoy en día forman este “bien público” y es precisamente este bien público el que el Estado, mano derecha de las multinacionales, está vendiendo al sector privado. Es todo un sistema de supervivencia que se ve amenazado. La lucha contra la liquidación del sistema de las pensiones de jubilación constituye un detalle emblemático. Nos recuerda que la existencia de la mayoría consiste en trabajar hasta la muerte y morir buscando trabajo. Esto es algo que ya no queremos. Y recuerda también de qué manera se adquirió esta miserable reforma. Por un movimiento de resistencia que hostigó al ocupante nazi y que se había prometido hostigar al capitalismo pretendidamente demócrata que había cogido la delantera. Lo que este movimiento de resistencia no hizo en la segunda parte de los años 40 del pasado siglo, lo puede hacer hoy. No con los fusiles de una guerrilla urbana, cuyos resultados ya conocemos, sino mediante un hostigamiento clandestino del enemigo, mediante los golpes infligidos a la máquina de triturar que el lucro pone en movimiento contra nosotros. Es la poesía insurreccional, individual y colectiva, la que destruirá a los zombis que nos gobiernan perforando la billetera que tienen en lugar de corazón.
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