jueves, septiembre 19, 2024
Lejano Oriente y deseo de revolución.
(Presentación
a El movimiento
estudiantil radical japonés y el Zenkyōtō (1945-1970), de Tomás
Pacheco Márquez, Editorial Banzai/Pensamiento & Batalla, 2024).
“La forma
se presta para expresar el movimiento de la revolución la forma es la
revolución” (J.F. Lyotard)
I
La
historia de la revuelta global de los sesenta ha sido hace ya bastante tiempo reducida
a ciertas manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino en París ocurridas en
mayo de 1968. En esta operación de amnesia histórica, se ha logrado hacer olvidar
la dimensión global e internacionalista de un momento revolucionario acéfalo y
multidireccional que logró por un momento poner en jaque al viejo orden del
mundo a ambos lados de la cortina de hierro, en el norte y en el sur del
planeta.
En el
relato que se ha instalado como oficial, jamás se menciona que en Francia los
hechos de mayo gatillaron hacia el mes de junio una huelga general salvaje de
millones de personas en todo el país, de la cual a veces pareciera que nadie se
acuerda, y que fue posible a pesar de la fuerte oposición del aparato sindical
dominado por los estalinistas del P“C” francés. Y a partir de ahí, se suprime también
de la memoria de esos años la centralidad de la lucha de clases, en que por un
breve y hermoso momento el anticapitalismo proletario coincidió con otras
luchas emancipatorias en torno a raza y género, con el movimiento por los
derechos civiles y las luchas de liberación nacional en los antiguos países
coloniales. No por casualidad la chispa que encendió la pradera en muchas
partes del planeta, también en Francia, fueron las acciones en solidaridad con la
resistencia antiimperialista del pueblo de Vietnam.
Pese a
ello, la mayoría de los libros y discursos académicos nos hablan sólo del mayo
de los estudiantes y no del de los obreros, campesinos, dueñas de casa, niños y
niñas, oficinistas y artistas varios que en ese momento se sumaron a esta
crisis total del funcionalismo, en que por varias semanas ya nadie quiso seguir
cumpliendo el rol social asignado. Los situacionistas sabían de eso cuando tan
temprano como en julio de 1968 publicaron su propio relato sobre lo que
llamaron el “movimiento de las ocupaciones” de mayo/junio, anticipando que en
pocos meses se publicarían tantas toneladas de basura sociológica sobre la
“revuelta de los jóvenes” que al cabo de unos cuantos años la dimensión
verdaderamente subversiva del acontecimiento sería prácticamente suprimida de
la memoria colectiva.
La
maniobra fue tan exitosa que hace poco escuché en un conversatorio que cuando
el expositor, un muchacho mexicano que hablaba de las luchas en el Kurdistán,
preguntó a la asistencia qué pasaba en Chile hacia 1968, la repuesta fue clara:
“¡Nada!”. Me retiré luego pensando en que para ese público tan de izquierdas el
crecimiento del MIR, el nacimiento de la VOP, el cúmulo de luchas obreras,
campesinas y estudiantiles que se dieron y la dura represión policial del
gobierno de Frei Montalva no significaban nada de nada: el verdadero y único
acontecimiento para ellos fue la elección de Allende en 1970 y, mil días
después, el golpe de Estado de Pinochet.
Por todo esto
es que recobrar la memoria colectiva de todas esas luchas es una tarea esencial
para quienes nos negamos a sucumbir ante el imperio capitalista de la muerte en
vida, y estamos ya más que aburridos de la mirada ahistórica y derechamente
mitológica de la izquierda tradicional. Este libro de Tomás Pacheco es un
aporte mayúsculo en este sentido, concentrándose en la historia del movimiento
estudiantil desde 1945 (final de la segunda guerra mundial, con la derrota
japonesa e inicio de la ocupación norteamericana), y llegando hasta los momentos
decisivos de la lucha estudiantil en el contexto del “68 japonés”. En efecto,
hasta ahora existen muy pocos libros en español dedicados a analizar el
movimiento revolucionario en Japón de ese período, y predominan visiones acerca
de un exotismo inocente propio de los japoneses y su tendencia a imitar las
formas culturales de occidente, en medio de una sociedad pacífica y conformista
en que no existirían ni revueltas ni
antagonismo social, las que habrían sido totalmente desterradas luego del
destacable “milagro japonés”.
Si hablamos
del “68 japonés” no es de ninguna manera para contribuir a reducir las luchas
de este ciclo solamente a lo que ocurrió en ese año en algunos lugares,
incluyendo la poco conocida historia de lo que pasó en este país asiático. La
denominación “68” funciona para nosotros a estas alturas no tanto como un dato
cronológico sino que más bien como un símbolo que condensa toda la época de lo
que algunos han llamado el “segundo asalto proletario contra la sociedad de
clases”. Este ciclo de luchas que se concentran en el “68” en rigor comenzó
hacia 1965/6, medio siglo después del “primer asalto” de 1917/9 y dos décadas
después del final de la segunda guerra mundial. Alcanzó su punto culminante
entre 1969 y 1971, y ya visiblemente en 1973 genera su propia contrarrevolución,
que comienza muy violentamente con el golpe de Estado en Chile, seguido de la
arremetida global del denominado “neoliberalismo” como fase o modelo actual del
capitalismo occidental, caracterizado en el plano socioeconómico por la
intensificación abierta de las relaciones sociales capitalistas en todos los
planos, y en el plano ideológico y cultural por un “realismo capitalista” que nos
enseña que no hay alternativas a este orden, y que se expresa tanto a nivel de
“sentido común” como en las distintas variedades de posmodernismo academicista
de derecha y de izquierda que hemos sufrido hasta hoy.
En fin: cuando
decimos “68” o incluso “mayo del 68” es un poco en el mismo sentido que las
alusiones que se hacen en Chile a “Octubre del 2019”: un mes y un año cuyo
recuerdo aterroriza tanto a los defensores de este orden que pretenden
conjurarlo condenando al “octubrismo” por todos los medios a su disposición,
que no son pocos. Parafraseando al viejo Debord, jamás volverá a pasar un mes
de mayo (u octubre) sin que se acuerden de nosotros.
II
En mi
caso, siendo un hijo del 71, tuve conocimiento de la intensidad de las
protestas japonesas de los sesenta por dos hechos fortuitos. El primero fue
toparme en la televisión abierta de trasnoche a inicios de los noventa con el
documental “Días de furia”, que dentro de su variopinto y exótico contenido
mostraba imágenes de la lucha de Sanrizuka contra la construcción del
aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio, y la violenta resistencia y
represión que se generaban. La voz en off del conductor presentaba el
dramático registro como una confrontación entre el mañana (construir un moderno
aeropuerto) y el ayer (la lucha de los campesinos y estudiantes por impedirlo):
como diría Walter Benjamin, “la catástrofe es el progreso, el progreso es la
catástrofe”.
Poco
después, aún en la primera mitad de los noventa, di casualmente con el librito
de Bernard Beráud sobre “La izquierda revolucionaria en el Japón” (edición mexicana
de 1971), donde entremedio de las detalladas explicaciones sobre las tácticas
de combate callejero y la evolución de los distintos grupos de la
ultraizquierda japonesa me hice una clara idea del tipo de lucha
antiimperialista y a la vez antiestalinista que se llevaba a cabo por allá. Si
no fuera por esos hallazgos, no sé cuándo me hubiera enterado de toda la
expresión nipona de las luchas del segundo asalto, pues no es de extrañar que
en los relatos más conocidos sobre el 68 Japón casi no aparece.
Por ejemplo, a lo largo de las
quinientas páginas del best seller de Mark Kurlansky sobre 1968 como “el
año que estremeció al mundo”, sólo encontramos en el índice temático dos
alusiones a Japón, aunque bastante significativas: en una se explica a grandes
rasgos en qué consistía el movimiento estudiantil de la Zengakuren, y en la
segunda se refiere que el Partido “Comunista” japonés (de los más grandes en
esa época, junto al italiano, francés y chileno) fue uno de los que se opuso a
la invasión rusa de Checoslovaquia (no así el P”C” chileno, que inventó la
pedagógica consigna de “checo, entiende, los rusos te defienden”). Ambos
factores sólo son esbozados en el relato de Kurlansky, pero son fundamentales
para entender el contexto social y político que nos hemos propuesto describir,
pues confluyen en la existencia de una amplia contracultura juvenil de
izquierda radical, a la vez anticapitalista y antiautoritaria (la base cultural
de la llamada “Nueva Izquierda”), que se desarrolló con fuerza en algunos de
los países en que los P”C”s y otras expresiones de la izquierda tradicional
socialdemócrata y/o autoritaria aparecían no sólo como parte del “viejo orden”,
sino que también como culturalmente reaccionarias. Gran parte de este nuevo
movimiento surge de la radicalización de las posiciones en contra de la
intervención imperialista en Vietnam, y en el caso japonés, estas protestas
enlazaban con todo un movimiento previo de oposición a las bases militares que
mantenía Estados Unidos en el archipiélago, desde las cuales ahora se
intervenía directamente en esa guerra.
En este sentido, Kristin Ross -que
tampoco dedica mucho espacio en su excelente libro “Mayo del 68 y sus vidas
posteriores” al contexto japonés-, nos recuerda que gran parte del movimiento
en Francia y el resto del mundo estaba centrado en la oposición a la guerra de
Vietnam, lo cual tres décadas después ya había sido suprimido de la memoria,
junto con todo el contenido anticapitalista de la revuelta, para destacar en
cambio únicamente su aspecto cultural,
de liberación de las costumbres, en tanto movimiento “generacional”. Ross
destaca la influencia que tuvo en el movimiento estudiantil de Estados Unidos y
Francia el ejemplo de la Zengakuren, que había aprendido que “la policía no
siempre gana”. Y en efecto, en un momento sus tácticas fueron replicadas (con
variantes, obviamente) por los estudiantes de varias ciudades del mundo, lo
cual creo que se explica en gran medida por efecto de la circulación de
imágenes televisivas de las protestas, con su efecto contagioso que
posteriormente la prensa y TV oficiales se han cuidado de evitar.
En efecto, la especificidad de la
“escena japonesa” en el contexto del 68 global fue la masividad, creatividad y
combatividad de las luchas callejeras. En rigor, estas ya se habrían expresado
en gran estilo ya desde inicios de la década, pero la novedad tecnológica que
aportó 1968 fue la incorporación en los medios de comunicación de las
transmisiones en directo por televisión satelital, lo que dio al público un
sentido de simultaneidad de los eventos y luchas que se daban en todo el globo.
De esta forma, se pudo apreciar en directo y en todo el mundo escenas como las
que ya en 1960 había registrado el periodista Walter Cronkite y un equipo de la
CBS, cuando el presidente Eisenhower decidió finalmente no aterrizar en japón,
dada la presencia de decenas de miles de manifestantes de la Zengakuren.
Cronkite luego relató que cuando trató de salir del lugar no tuvo más remedio
que acercarse a las filas de los manifestantes, para acto seguido unirse a
ellos tomándose de los brazos y gritando “Banzai! Banzai!”. “Lo estaban pasando
magníficamente” y tras despedirse, recién pudo llegar a su automóvil y
dirigirse al aeropuerto.
No cabe duda de la gran fascinación que
causó en occidente la transmisión televisiva y registros fotográficos de
tácticas como la “danza de la serpiente”, la construcción de fortalezas de
madera para combatir contra la construcción del aeropuerto de Narita, y la
indumentaria propia de los estudiantes radicales japoneses (cascos de colores y
garrotes, que en verdad habían sido implementados primero en las peleas entre
distintas tendencias dentro de los campus universitarios antes de ser usados
masivamente para la lucha contra la policía).
John Lennon y Yoko Ono usaron los
típicos cascos Zengakuren en presentaciones en vivo y fotografiados así mismo
(con casco y puño en alto) aparecen en una famosa entrevista en el periódico
trotskista Red Mole y en el arte de portada del single “Power to the people” de
Lennon, lanzado en marzo de 1971.
Incluso un artista tan aparentemente
poco politizado como Jimi Hendrix, hizo en 1970 comparaciones entre la lucha de
los estudiantes norteamericanos, caracterizadas por la no-violencia al extremo
de “dejarse abrir la cabeza” por las porras de la policía, y las tácticas de
lucha callejera de los estudiantes japoneses. Mientras el comportamiento de los
jóvenes gringos le parecía masoquista, Hendrix lo contrastaba con el de “los
muchachos en Japón” que “se compran cascos, forman escuadrones y van en
bloques, así. Tienen todo lo necesario. Tienen sus escudos. Llevan soportes de
acero. Tienes que tener todas esas cosas”. Y no deja dudas acerca de sus
simpatías cuando remata con un “me gustaría ver a todos esos chavales
estadounidenses con cascos y grandes escudos romanos para hacer lo que van a
hacer. ¡Juntos de verdad! Si te vas a meter en eso, mejor que lo hagas con
otros. Toma nota, porque estoy harto de ver estadounidenses con la cabeza
abierta sin ningún motivo”.
III
Dentro de este escenario, la
investigación de Pacheco parte por explorar el ambiente político a partir de
1945, y la influencia que en ese escenario tiene el Partido “Comunista”
Japonés, la organización política que más peso tiene en el origen del movimiento
estudiantil de posguerra, y que presenta en ciertos momentos de su historia una
deriva a favor de la lucha armada. El
rol del P”C” es realmente importante, y en eso el 68 japonés comparte algunas
características con su equivalente francés, italiano e incluso chileno: países
en que el antiguo partido estalinista tiene una gran influencia política,
social y cultural, a la vez que aparece cada vez más como parte integrante del
“partido del orden”, lo que motiva ya desde fines de los cincuenta el surgimiento
de nuevas corrientes a su izquierda, que oscilan entre el marxismo-leninismo trotskista
o maoísta y las posiciones anti-autoritarias propias de la Nueva Izquierda, y
que terminan fraccionando y disputándose la dirección de la Zengakuren.
El movimiento estudiantil japonés tuvo
un largo proceso de crecimiento y maduración, que no pierde de vista la
vinculación con la lucha de clases, lo que lo constituye en un precursor del
movimiento global que se hace visible a contar del 68, lo cual contrasta notoriamente
con las visiones reduccionistas y eurocéntricas que plantean poco menos que los
movimientos en el resto del mundo imitaban la revuelta del mayo estudiantil francés.
Muy por el contrario, luego de una
larga trayectoria de luchas que incluyó la gran batalla contra la renovación
del tratado de cooperación y seguridad mutua (Anpo) con Estados Unidos en 1960,
a la reactivación de las movilizaciones que se produce desde fines de 1966, las
dos masivas confrontaciones con la policía en las inmediaciones del aeropuerto
de Haneda en octubre y noviembre 1967 (en que se trataba de impedir viajes al
exterior del primer ministro Sato), y las ocupaciones de campus que paralizaron
completamente el sistema universitario durante 1968 y 1969, que fueron en su
momento consideradas como la revuelta estudiantil más grande del mundo. Por eso
es que toda esta historia debería ser bien conocida en un país como Chile, cuyo
movimiento estudiantil ha logrado varias veces sacudir los cimientos del orden
social, tal como destaca Pacheco en su Introducción.
En su detallada revisión, después de
repasar la historia del P”C”J y el surgimiento de la Nueva Izquierda, Pacheco se
concentra sobre todo en el momento a fines de los sesenta en que surge un nuevo
tipo de organización en los campus universitarios. La ya antigua Zengakuren,
desgastada por la lucha de fracciones entre los distintos partidos y sectas de
ultraizquierda, no está a la altura de los nuevos desafíos de la lucha, y en
ese contexto surge el Zenkyoto, un movimiento más asambleario y horizontal organizado
en asambleas de campus, inspirado inicialmente en las ideas de la estudiante
Mitsuko Tokoro, que antes de fallecer prematuramente a inicios de 1968 dejó
escrito el influyente texto “La organización por venir” (1966).
Ferrán de
Vargas, autor del único libro que hasta ahora se ha dedicado en detalle a la
izquierda revolucionaria japonesa en el período que va desde la posguerra a
1972, señala que en ese momento parece haber surgido una “nueva ‘nueva
izquierda’”, que es la que se expresa con fuerza en la llamada “época de la
política” (1966-1971), el momento más álgido de esta historia, cuando la
izquierda revolucionaria movilizaba a alrededor de 300.000 personas en la calle. Y es también en esa época cuando en
vinculación con toda esa agitación social se desarrolla la contracultura
japonesa más interesante, que ha obsesionado a varios melómanos del mundo, como
Julian Cope -que le dedicó el libro Japrocksampler- y a mí mismo -que dediqué
el libro Barricadas a go-go a la escena musical desarrollada en el archipiélago
nipón entre 1968 y 1977. Cuando digo que esta movida era interesante, me
refiero sobre todo a sus formas -y no solo las musicales-, porque John y Yoko
podían ponerse cascos y Hendrix recomendar el uso de escudos y garrotes
mientras los Rolling Stones homenajeaban al “Street fighting man”, pero ¿en qué
otro país un miembro de una banda de rock se unió al Ejército Rojo para
secuestrar un avión?
El final de
esta historia coincide con el inicio de la contrarrevolución neoliberal, cuyo
hito fundacional fue el golpe de Estado en Chile en septiembre de 1973. Para
ese entonces el ciclo de luchas en Japón se había agotado y la nueva izquierda
en sus distintas variedades entró en decadencia, no volviendo a gozar nunca más
del nivel de simpatía y masividad de los tiempos que cubren estas
investigaciones. El “segundo asalto” fue derrotado, y la larga
contrarrevolución con que se le respondió sigue produciendo sus efectos entre
nosotros. Pero esa ya es otra historia.
Julio
Cortés Morales, invierno de 2024
Etiquetas: 68, Ejército Rojo japonés, Japo, lucha armada, lucha de clases, memoria negra
miércoles, marzo 22, 2023
Noise rock y secuestro de aviones
A la espera de una nueva edición de "Barricadas a-go-go" que se espera para mitad de año, los dejo con la traducción revisada de un fragmento del libro "Japrocksampler" de Julian Cope, donde habla de los efectos que sobre la banda Les Rallizes Denudés tuvo la participación de su bajista en el secuestro de un avión por el Sekigun (Ejército Rojo) en 1970:
“Temprano en la mañana del 31 de marzo de 1970, la vida de
Takeshi Mizutani cambió para siempre cuando el bajista de Les Rallizes Denudés,
Moriyasu Wakabayashi, tomó parte en el infame secuestro del “Yodo-go Airplane”.
Desafortunadamente para Mizutani y Les Rallizes Denudés, la acción de
Wakabayashi garantizó que la banda fuera de ahí en adelante reducida a nada más
que una nota al pie de aquel escándalo internacional. Poco después del
secuestro, los otros miembros de los Rallizes desaparecieron de la escena y
Mizutani se encontró siendo seguido a todas por agentes japoneses que nunca lo
arrestaron, pero observaban sus acciones a distancia. La presencia de varios
nativos de Estados Unidos a bordo del Yodo-go inevitablemente llevó a la CIA a desembarcar
en Japón, y estos caballeros eran de todo menos discretos al vigilar a
Mizutani. Finalmente, el líder de Rallizes se tuvo que esconder, y se quedó en
el departamento de un amigo en el exclusivo distrito de Aoyama, Tokio. Pensó en
embarcarse en una carrera solista, o reformar a los Rallizes como una banda
acústica, pero lo que más le freía el cerebro eran los efectos colaterales del
secuestro. Probando un nuevo integrante tras otro, Mizutani invitó a sus amigos
Chahbo y Fujio de Murahatchibu a que fueran su banda de soporte, ¡solo para que
luego ellos se robaran el nombre de Rallizes e hicieran conciertos por su
propia cuenta! Poco después fue incluido en el altamente relevante festival
“Rock in Highland”, un gigantesco y prestigioso evento que tenía a bandas como
Mos y Flower Travellin’ Band en la cartelera, pero le echaron la culpa a Mizutani
de que solo aparecieran un centenar de espectadores en el evento: la sola
presencia de Rallizes espantó al público, se decían los promotores del evento a
sí mismos, y probablemente tenían razón. Este “gitano existencialista radical”
estaba rápidamente transformándose en una figura humorística, un triste fracaso
por del que la escena japonesa tenía que olvidarse.
En agosto de 1970, cuando Mizutani se encontró con el cantante
y compositor Masato Minami mientras paseaba por el distrito de Shibuya en
Tokio, los dos decidieron improvisar juntos e incluso hablaron de formar una
banda mientras se armaban para tocar. Pero apenas Mizutani derribó las paredes acoplando
la guitarra en su colosal phaseshifter, el impresionado Minami “se dio cuenta
de que la idea era irrealizable”. Determinado a reducir en lo posible los niveles
de depresión de su amigo, Minami invitó a Mizutani a contribuir con su guitarra
al nuevo LP KAIKISEN (Trópico de Capricornio). Pero cuando el álbum de Minami
se transformó en el altamente popular comienzo de una carrera de alto perfil,
el amargado Mizutani se sintió incluso más rechazado, y continuó sin grabar ni
editar nada a lo largo de toda la década.
Durante la mayor parte de 1971, Mizutani estuvo atrincherado
en el departamento, aventurándose afuera sólo para comprar leche y otros
abarrotes. Delirante y paranoico, a estas alturas estaba convencido de que el
mundo conspiraba en su contra. Cuatro años de rock´n´roll sólo le habían garantizado
estar en el la mira de la CIA, mientras todo tipo de talentos menores andaban
de gira por todo Japón. Peor aún: a finales de abril del 71 incluso los más
fieles de los infieles amigos de Mizutani, Fujio y Chahbo de Marahatchibu,
habían navegado exitosamente las riesgosas aguas de los estudios de grabación y
consiguieron la promesa de un contrato discográfico. Ocasionalmente, una
versión reducida de Rallizes tocaría en el club Oz de Tokio, pero nadie iba a
verlos porque el mundo ya había dado vuelta la página. Algunos conciertos
solistas serían estrujados entremedio de grandes actos como los Mops, Blues Creation, Zuno Keisatsu y
Speed, Glue y Shinki, pero solo corroyeron el alma de este gran nihilista y verdugo
sónico. Lentamente Mizutani fue cayendo en el olvido. Su único protector era el
técnico de sonido de Oz, Doronco (Cubierto de barro *),
pero incluso él tenía otras preocupaciones como publicar su propio periódico comunista
gratuito. Una vez, el acólito de Mizutani, Keiji Haino intentó revivir la
carrera de Mizutani al formar un power trío que solo tocaba covers de Blue
Cheer, pero incluso esta idea murió antes de poder presentarlo en vivo y las
cintas se perdieron. Hacia 1973, incluso el club Oz estaba en bancarrota, y Les
Rallizes Denudés, ahora manejados por Doronco —el mismo, que además hacía de bajista—
se encontraron sin tener dónde tocar en Tokio”.
*: Esta es la traducción que le da Cope al nombre Doronco. La versión castellana del libro prescinde de ella. Curiosamente y asumiendo que se trataría del mismo Doronco Gumo cuyo hermoso álbum “Old Punks” fue editado por Holy Mountain records en el 2020, debo destacar que la página del sello traducen su nombre como “Mud Cloud”, o sea, Nube de barro.
Además, los dejo con algunos materiales que han aparecido recientemente en bandcamp y que se relacionan con Los Rallizes, con su amigo Doronco y con el Club Oz. Disfruten que ya empezó el otoño.
París Arde.
-OZ DAYS LIVE '72-'73 Kichijoji: The 50th Anniversary Collection
Incluye: Les Rallizes Denudés, Masato Minami, Miyako Ochi, Acid Seven.
-The OZ Tapes, Les Rallizes Denudés.
-OZ band. Recorded in Tokyo 1974.
La banda del Club Oz, con Doronco en bajo.
-Doronco Gumo, Old Punks
La versión original de Old Punks, 2008:
Vocal, Bass | Kiyohiro "Doronco" Takada
Guitar, Piano, Chorus | Hiiragi Fukuda
Trumpet, Chorus | Colin Molter
Vocal | Reina Higa
Drums, Bassoon, Chorus | Mako Hasegaw
-Doronco Gumo, Oldtribe
(Y Ud.?).
Etiquetas: 68, 77, Ejército Rojo japonés, Japo, noise, punk rock, rock (no punk)
lunes, julio 31, 2017
Barricadas A-Go-Go: Capítulo 3, el 68/77 en Japón.
Ya en los años 20, o sea, durante los años del Primer Asalto proletario contra la sociedad de clases (1917/1923) se había expresado en Japón el movimiento Mavo, impulsado por Murayama Tomoyoshi, que había estado en contacto directo con los dadaístas de Berlín en 1922, y que a su regreso realizó una especie de fusión con la Asociación Japonesa de Arte Futurista (surgida luego de la visita a Japón de los futuristas rusos David Burliuk y Víctor Palmov a inicios de los 20) para crear esta revista. Conviene destacar tanto ese proceso de influenciamientos recíprocos, y también el que movimientos como dadá, el futurismo y el expresionismo no eran exclusivos de un solo punto en el mapa terrestre, sino que surgían en sincronía en distintos lugares a la vez. Por supuesto que los historiadores oficiales del arte prefieren decir que el dadá surgió en Zurich, el punk en Londres, y así sucesivamente…Sobre el dadá japonés no he podido encontrar mucha información, salvo por un interesante capítulo en el libro sobre DADA editado por Rudolf Kuezli[ii].
La radicalidad de Mavo estribaba no sólo en sus formas e intenciones sino que en la inter-relación del mensaje revolucionario con su soporte físico: la revista Mavo N°3, secuestrada por la policía antes de llegar a los kioskos en 1924, adjuntaba amarrado a su portada un petardo de verdad, junto a la leyenda: “Bum! Estalla una bomba… Mavo clama por la revolución!”). Mavo, al igual que dadá, no significa nada traducible a ningún idioma.
Me gustaría creer que algo de esa explosión frustrada sobrevivía y latía en la explosión sonora que vamos a revisar a continuación.
Pues tal como según Guy Debord en la tesis 191 de La sociedad del espectáculo (1967) el dadaísmo y el surrealismo “marcaron el fin del arte moderno” y fueron, “aunque sólo de manera relativamente consciente, contemporáneos de la última gran ofensiva del movimiento revolucionario proletario, y la derrota de este movimiento (…) los dejó encerrados en el campo artístico cuya caducidad habían proclamado”[iii], en los años del Segundo Asalto, sobre todo en el decenio que va de 1968 a 1977, el recrudecimiento de la lucha de clases a nivel mundial hizo que en distintos rincones del globo terráqueo resurgieran también las formas de expresión artística que eran a su vez el correlato de esas luchas, respecto a las cuales operaban no sólo como reflejo sino que también como su condimento o caldo de cultivo[iv]. Sobre lo mismo llamaban la atención los situacionistas ingleses hacia 1967, cuando decían en su panfleto titulado “La revolución del arte moderno y el moderno arte de la revolución” que “durante casi medio siglo el arte ha venido repitiéndose y cada repetición ha sido más floja que la anterior”. ¡Podría decir que en pleno 2017 tengo esa misma sensación! Y agregaban que “sólo hoy, con los primeros signos de una revuelta más madura en el seno de un capitalismo más desarrollado, puede recobrarse y asumirse con más coherencia el proyecto radical del arte moderno”[v]. Lo mismo es válido para nuestro tiempo, en que al menos quien esto escribe cree que tan sólo cuando empiece el Tercer Asalto volveremos a encontrarnos con formas de arte revolucionario que acompañen la revolución social en un nuevo terreno que hasta ahora sólo podemos imaginar pobremente. Mientras tanto me pregunto: ¿Dónde cresta están los “primeros signos”?!
Ya desde los años 50 las luchas sociales en la isla habían empezado a masificarse y radicalizarse, contra la presencia militar poderosa de EE.UU. (p.ej. en Okinawa), contra su Tratado de Seguridad, pero también internamente, contra lo que en occidente se vendía como el gran milagro económico japonés. Todo un modelo de capitalismo exitoso de posguerra. A la cabeza (o mejor: a la base) se encontraba la ZENGAKUREN, fundada en 1948, y cuyo nombre es la abreviatura de Zen Nihon Gakusei Jichikai So Rengo (Federación Japonesa de Estudiantes de Facultades Estatales. O sea, una especie de CONFECH pero bien hecho: un organismo vivo y de lucha, no sólo una cúpula de representantes burocratizados) y que pronto, a inicios de los 50, se sacude el letargo de la influencia del P”C” japonés[vii], coordinada con obreros y campesinos y una serie de iniciativas que iban mucho más allá de la desobediencia hacia una insurrección en toda línea. No por nada se reunieron con la Internacional Situacionista cuando fueron de gira a Europa en 1963, según consignan en una cronología agregada como apéndice a la edición argentina de La sociedad del espectáculo: “En ese año los situacionistas se reúnen en París con T. Kurokawa y Toru Tagaki, delegados del grupo filoanarquista japonés ‘Zengakuren’”[viii].
La consigna central del movimiento era: “antiimperialismo, antiestalinismo”, lo cual no es poco: revela una compresión que recién el 68 empezó a abrirse paso con toda claridad: la equivalencia fundamental entre los supuestos dos sistemas rivales de la “Guerra Fría”. Mientras la tendencia dominante había sido que en cada uno de los bloques los disidentes tendieran a admirar al bloque contrario, la juventud radical se había dado cuenta de que había que oponerse a ambos al mismo tiempo (Debord y la I.S. fueron bien claros en plantear que en los años 60 tanto la sociedad espectacular concentrada como la difusa eran variedades del capitalismo realmente existente; posteriormente, en los Comentarios a la sociedad del espectáculo (1989), Debord da cuenta de que en los 70 ambas se fusionaron en lo que llamó “espectáculo integrado”).
Esa era la consigna central, mientras se batallaba con cascos y molotovs contra la construcción de un aeropuerto, mientras se boicoteaban las visitas de Ministros del gobierno japonés al exterior, etc. Hay unos pocos buenos libros sobre eso[ix].
En el famoso panfleto situacionista “De la miseria en el medio estudiantil, considerada bajo sus aspectos económico, político, psicológico, sexual e intelectual”, de noviembre de 1966, se hablaba de la Zengakuren y los revolucionarios japoneses como “los primeros en el mundo que llevan ya grandes luchas organizadas, referidas a un programa avanzado, con una amplia participación de masas. Sin parar, miles de obreros y estudiantes salen a la calle y se enfrentan violentamente a la policía japonesa”. En relación al grupo político que tiene la mayor influencia en la Zengakuren, la Liga Comunista Revolucionaria (Kakumeiteki Kyosanshugisha Domei, más conocida como Kakkyodo), se destaca el que “combate simultáneamente y sin ilusiones, el Capitalismo en el Oeste y la Burocracia de los países llamados socialistas”, y su organización “sobre una base democrática y anti-jerárquica”. Se les critica el no haber logrado aún definir bien la explotación burocrática, y sus insuficiencias en materia de una crítica explícita de “los caracteres del capitalismo moderno, la crítica de la vida cotidiana y la crítica del espectáculo”. Pese a ello, el autor del panfleto (y suponemos que tras él toda la I.S.) concluyen que la LCR es en ese momento “la formación revolucionaria más importante del mundo y de aquí en adelante debe ser uno de los polos de discusión y de reunión para la nueva crítica revolucionaria proletaria en el mundo”[x].
Los enragés, responsables de llevar las ideas y prácticas situacionistas a las aulas universitarias causando una paralización de las actividades educativas en medio de graves escándalos que prefiguraron el movimiento de las ocupaciones de mayo/junio de 1968, también hablaban de “nuestros valerosos compañeros de la Zengakuren”[xi].
De sumo interés para entender los años y el ambiente que estamos homenajeando son las descripciones de batallas callejeras que realiza Béraud en su libro. Los más famosos combates fueron los de octubre de 1967 contra la inauguración del aeropuerto de Haneda, luego del cual los grupos estudiantiles se mezclaron con obreros en las luchas de Sasebo y Oji, y con campesinos en Narita. Pese a todos los esfuerzos de las burocracias del PS y P”C”, además de sus sindicatos, la población campesina y obrera simpatizaba con el movimiento estudiantil y en los mejores momentos luchaba junto a él. En 1969 se requirió de 2 días y 8 mil policías de asalto para poder desalojar la ocupación en la Universidad de Tokyo. El alumnado se metía también al distrito de Shinjuku, con su estación de trenes, donde escapaban de la policía, formaban vínculos e irrumpían en plazas y calles como “folk guerrillas”.
Para estos encuentros los estudiantes se organizaban en secciones de 200 personas: 10 en primera línea y 20 filas compactas, codo con codo, siguiendo las consignas de un encargado con altavoz y silbato. “Desde 1967, cada manifestante lleva casco y guantes; generalmente, un trozo de tela en la parte inferior del rostro le protege de los gases lacrimógenos, pero le permite a la vez eludir los objetivos –cámaras de televisión y de fotografía- de los equipos especiales de la policía que se mezclan con los periodistas. Los cascos son de color diferente según cada grupo (…) Cada sección va preparada para una tarea precisa: las secciones de ataque con piedras y cócteles molotov, las secciones de defensa con largos garrotes; intervienen por turno y se relevan cuando los choques duran más de quince o veinte minutos”. En los momentos iniciales del film Seizoku (1970), de Koji Wakamatsu, puede apreciarse lo impresionante de esa dinámica de confrontación.
Para las grandes manifestaciones de 1969, “los militantes tienden a introducir una táctica más directa y discreta: grupos de 5 o 6 personas encargadas de un objetivo preciso”. Así, el 21 de octubre durante la jornada internacional contra la guerra, mientras se realizaba una concentración de más de 20.000 personas en Shinjuku, grupos de militantes atacaban con molotovs la Federación de Patrones, el Centro de Investigación Económica “y una decena de comisarías de policía de barrios populares donde las fuerzas policiacas no gozan de buena reputación”.
Las tácticas de lucha callejera de la Zengakuren impresionaban bastante a los jóvenes rebeldes del resto del mundo. Así, por ejemplo, Ben Morea en EE.UU. (de los Black Mask/Motherfuckers) propuso en un encuentro de los Students for a Democratic Society (los SDS, algunas de cuyas facciones después se radicalizaron bastante) adoptar esas tácticas en la marcha hacia el Pentágono[xii].
Excede de los márgenes de este breve texto seguir refiriéndose a la lucha de clases en Japón, cuyos momentos álgidos y formas masivas de lucha violenta fueron bastante conocidas en los 70 (de hecho, hay un video de Ono y Lennon tocando en Nueva York, donde de repente se ponen los típicos cascos Zengakuren de lucha callejera), pero al menos para mi generación quedaron en gran medida olvidados u opacados por la espectacularidad, radicalidad y masividad de las luchas callejeras estudiantiles en Corea del Sur, muy mediáticas en los 80 y 90. Habría que seguir profundizando en las maneras en que se producen localmente las insurrecciones y revueltas de cada período histórico en cada rincón del globo.
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