jueves, agosto 13, 2026
MEMORIA SÓNICA: ACERCA DEL LIBRO “SONIC LIFE” DE THURSTON MOORE
“Esto era el punk, un
espacio acogedor donde proclamar tu identidad sexual o política, tu amor, tu
odio o tu indiferencia, sin el juicio ni el permiso de nadie. Aunque la
mentalidad de colegueo entre chicos a menudo asomaba la cabeza dentro de la
escena, en esencia el punk se definía como una celebración de la libertad. En
su universo liberado predominaba el debate, la opinión, la discusión y el
activismo. Skinheads, punks pacifistas, anarcopunks, punks arty, punks queer…todos
podíamos cohabitar y conversar entre sus sensibles muros.
Excepto los punks nazis, que
podían irse a tomar por culo”
(T. Moore)
Primera aclaración: con la
banda de rock Sonic Youth he tenido, como con varias cosas, una larga relación
de amor/odio, y también indiferencia. Supe de ellos al leer alguna referencia en
la revista argentina Cerdos & Peces, que llegaba a revisterías e incluso
kioskos del centro de Santiago a inicios de los 90. Pero sólo pude escucharlos poquito
después gracias al amigo Sebastián: un interesante sujeto que llegó a la
Escuela de Derecho desde el exilio alemán, y que no pudo traerse ningún LP pero
sí que copió en caset todo lo que pudo de lo que para nosotros parecía un nuevo
rock, dentro de varias nuevas y antiguas formas de música que íbamos
descubriendo en la era pre- internet. Como todos los sujetos más interesantes
que llegan a Pío Nono, tras un par de años se retiró, para dedicarse a algo
distinto. En su caso, el periodismo.
De sus casets escuchamos y
copiamos Daydream Nation (1988) y Goo (1990), pero además tenía algunas cosas
más antiguas, de cuando estuvieron en el sello SST, materiales que en esos años
era realmente casi imposible conseguir.
Una vez pusimos por los
altoparlantes del patio de la escuela mi copia del Goo, y justo tocó la parte
de la cinta en que estaba el momento desestructurado/noise del tema Mote. Lo
que no sabíamos es que ese pozo negro de distorsión no era tan largo en el original:
el vinilo del que Sebastián grabó su cinta, que luego todos re-copiamos, se
quedó pegado en esa parte, extendiéndose en un siniestro loop de varios minutos
de duración. Para mis amigos era un trance. El resto del alumnado protestó
hasta que hubo que ponerle STOP. Y salir a buscar cerveza en otros barrios más
céntricos. Para luego ir a la tienda La Vitrola, donde vendían casets vírgenes
y arrendaban CDs (3 días por 500 pesos). De ahí invariablemente terminábamos en
mi pieza escuchando las novedades musicales, copiando de CD a caset, y bebiendo
un poco más si alcanzaba el presupuesto. A veces no alcanzaba y veíamos tele
hasta que se acababa, bebiendo sorbos de una eterna botella de aguardiente
Lomas de Doñihue, “especial para colemono”, que uno de nosotros había sacado a
sus padres para estas ocasiones.
En fin: los sonidos de SY en
ese momento nos enamoraron. No sólo el sonido: todos amábamos a la bajista Kim
Gordon, con su belleza tan poco convencional. Incluso una vez le escribimos una
carta de amor, que afortunadamente nunca nos atrevimos a enviarle. Pero no
teníamos cómo saber que en breve estallaría el fenómeno de Nirvana y el llamado
“grunge”, y que dentro de ese gran movimiento de recuperación neoliberal de lo
poco que quedaba de la energía rebelde de la contracultura rockera, la juventud
sónica iba a jugar un rol destacado, como íconos de una juventud bastante
apática y esnob, que a través de sus sensibles acoples de guitarra pretendía
ingresar de lleno en el mundo del Avantgarde, sin darse mucho más trabajo que
eso.
Dicho lo anterior, paso a referirme
al libro. Editado en inglés el 2023, ha sido traducido al español de España (lo
cual puede ser todo un problema: ¿qué significa exactamente “colegueo” en la
cita que puse al inicio? Mientras leía tuve que consultar a amigos que viven
allá que significa “echar la pota” o “liarla parda”), siendo editado por Contra
ediciones de Barcelona el 2025.
Desde que leí “Ropa, música,
chicos” de Viv Albertine (guitarrista de las Slits) he notado que tengo una
cierta predilección por este tipo de libros autobiográficos de viejos/as cracks
del punk rock. Y este no ha sido la excepción. La parte más bella de estos
libros consiste en que logran transmitir en el relato de sus vidas los “primeros
recuerdos” musicales de la infancia, que explican el posterior fanatismo de
toda una vida dedicada al mundo del sonido: Sonic life, de hecho. Al mismo tiempo, personajes como Viv y Thurston
son alrededor de una década mayores que quien esto escribe, lo cual genera un
efecto muy interesante, pues tienen recuerdos más detallados de una época en
que ellos ya eran jóvenes mientras mi generación aún alternaba entre ir a la
escuela básica y pelusear en las calles del barrio. La TV era en blanco y negro
y había uno o dos canales. Recuerdo como a fines de los 70 en la Población La
Pampa de La Serena los más grandes tenían dibujos de Kiss en las paredes de sus
piezas compartidas con hermanos/as más chicos y nos abandonaban a cierta hora de
la tarde para ir a ver The Midnight Special.
El libro abunda en recuerdos
familiares de los 60 y 70, con viajes y traslados de unos esforzados y muy empáticos
padres. En medio de la vida adolescente en provincias alejadas de los más
grandes centros urbanos, también llegó el rock and roll, seduciendo a distintas
hordas de espinilludos con sonidos prog, heavy metal y glam…para aportar una
verdadera renovación revolucionaria hacia 1976 con el surgimiento del punk rock,
que para Morre llegó de la mano de Pattu Smith y los Ramones. Cuando los
alumnos más viejos del Instituto se burlaban de su gusto diciendo “¡El punk es
una mierda, tío, ni siquiera es música!”, su respuesta fue lapidaria: “Hey
ho, let´s go. Nunca dijimos que lo fuera”.
Thurston estuvo ahí, primero
como fanático y después también como músico, y decidió vivir de lleno el
proceso yéndose a vivir en departamentos de mala muerte en la violenta y contracultural
ciudad de Nueva York. Sus andanzas musicales y psicogeográficas aparecen
relatadas aquí, y permiten dar una mirada cercana a la escena más filosa y
extrema de las que dio la resaca post punk: la llamada “no wave”, una especie
de ultraizquierda del punk, o si se quiere, la Avantgarde dentro del
movimiento. En esa hebra se engancha la historia de Sonic Youth, sus contactos con
el guitarrista y compositor Glen Branca, Lydia Lunch, variados personajes
lumpen bohemios y un cúmulo de otras formaciones (anti) musicales de las cuales
creo que sólo los Swans pasaron a ser relativamente conocidos, dejando en el
under del under a grandes proyectos como UT, Mars, The Static, DNA, Contortions,
Mofungo o Theoretical Girls. ¡Vale la
pena escuchara todas esas bandas! Tal
como dijo Lester Bangs en su inédito “Free jazz/Punk rock”, eran de los más
refrescante que se estaba haciendo en esos años, los últimos estertores de la
oleada de creatividad radical proveniente del 68 global.
De los testimonios de la escena
Avant-punk de NY pasamos sin solución de continuidad a la prehistoria de Sonic
Youth, desde sus orígenes en formato de tres guitarras: Thurston y su novia Kim
Gordon, más Lee Ranaldo. Afinaciones inusuales en guitarras baratas destrozadas
generaban climas que dieron lugar a canciones de un tipo de punk rock que se
basaba en el ruido, y en influencias tan disímiles como el dub reggae y el
krautrock. Así surgió, por ejemplo, The Burning Spear. Tras una serie de
conciertos y giras marginales salen los primeros discos, desde la sobriedad claustrofóbica
y no wave del primer disco homónimo (1982) en Neutral Records, a Confusion is
Sex (1983), con su portada en blanco y negro, partiendo con “She is in a bad mood”
(inspirada en la peligrosamente sexy Lydia Lunch), seguida de un intenso cover
de los Stooges (“Ahora quiero ser tu perro”) cantado a alaridos por Kim, y los
experimentos caseros de Lee en guitarra percusiva. De esta misma época data el
extraordinario documento “Sonic Death-Early Sonic-1981-83”, que una vez conseguí
en la edición en CD de SST records 1988, después descontinuada y nunca más la
he visto en nuevas versiones.
Nada del sonido de SY en ese
momento podía hacer presagiar su tremendo éxito futuro como banda emblema del
alt-rock en la era MTV. Un éxito tal que incluso ahora, años después de la
disolución del combo noise, pude ver a Kim Gordon y su hija en una publicidad
gigante creo que de la tienda HM en las inmediaciones del metro Chile-España. Lo
cual no me extrañó tanto, pues años antes me topé una vez a Henry Rollins en la
vitrina de una tienda de zapatillas Vans.
Las memorias de Thurston se
extienden en detalle tanto a los más duros años iniciales de miseria y obstinación,
con una verdadera morgue de bateristas hasta que dan con Steve Shelley (de los
Crucifucks), como a lo que vino después, cuando a mediados de los 80 y desde el
denostado sello SST, ligado a la banda Black Flag, entregaran algunos de los grandes
discos de rock de esa época: Bad Moon Rising (1985), EVOL (1986) y Sister
(1987). Para algunos puristas (me incluyo), la edad de oro de SY llegó hasta
aquí nomás. Aunque no me atrevo a despreciar el doble álbum Daydream Nation de
1988, lo veo como una merecida despedida, justo antes de sumergirse en el mundo
de las multinacionales durante toda la década siguiente, cuando como el mismo
Thurston dice, generaban sólo dos tipos de reacción: adoración acrítica, o caer
mal.
El relato está plagado de anécdotas
que me parecen muy graciosas, como la historia de la canción “Flower” (incluido
en BMR): el bueno de Thurston pegó en la pared de la cocina de la casa
compartida con su novia y bajista Kim una foto de calendario de una hermosa mujer
latina en nada más que unos diminutos calzones. Para no quedar mal, le agregó a
lápiz un mensaje supuestamente pro feminista: “APOYA EL PODER DE LAS MUJERES /
UTILIZA EL PODER DEL HOMBRE / APOYA LA FLOR DE LAS MUJERES / USA LA PALABRA:
CULEAR / LA PALABRA ES AMOR” (aclaro que he chilenizado un poco estas
traducciones para efectos de esta nota). Luego, inventando un tema nuevo, Kim
cantó el texto que su novio había agregado al calendario hot, para añadir
luego:
Hay
una chica nueva en tu vida
Pelo
largo rojizo ondulado
Verdes,
verdes labios y ojos púrpura
Caderas
muy delgadas y grandes pechos morenos
Colgada
en la pared de tu casa
Un
extremo cortado, el otro rasgado.
Por si esto no fuera gracioso
en sí mismo, observen lo que a continuación reflexiona el autor: “Esperaba que
el hecho de que Kim se hubiera inspirado en mis versos, en donde había una
insinuación erótica acompañada de una declaración de unión feminista, implicara
que quedaba exonerado de cualquier agresividad que hubiera podido sugerir el
resto. Pero nunca llegamos a hablar de ello abiertamente, solo a través de la composición
de canciones”. Embarrasing, my friend. Como cada vez que un onvre se las
da -así como si nada- de aliado feminista.
También me hizo mucha gracia
que un tipo tan proclamadamente admirador de toda forma de arte de vanguardia
se viera totalmente desconcertado al ver a los anarcopunks ingleses de Crass tocando
en vivo en NY en junio de 1978, junto a un puñado de bandas no wave en un loft
en el SoHo:
“No se parecían a nada de lo
que había sonado esa noche, y mucho menos a lo que sonaba habitualmente en el
centro de la ciudad: cada miembro iba vestido con un brazalete atado a la
camisa. Procedieron a aullar y gritar con furia y gravedad.
Los pocos que estábamos en
el loft éramos artistas que vivíamos en el Bajo Manhattan. Nuestra rabia la
dirigíamos sobre todo hacia las hormigas que invadían nuestro tarro común de mantequilla
de maní. Pero aquellos tipos estaban enloquecidos, no dejaban de pegar gritos y
el guitarrista aporreaba acordes disonantes sin cejilla que sonaban ¡Whaammm! ¡Whaammm!
¡Whaammm!
Todos nos mirábamos como
diciendo: “¿Pero qué chucha es esto?”. Para nosotros, los colgados y
descontentos de la escuela de arte, aquello era algo absoluta e
incongruentemente militante”.
¿Pero cómo, Thurston!? ¡En verdad
un hombre tan avanguardista como tú no podía simplemente relajarse y disfrutar
el tupa-tupa con singalonga caótico y disonante de la buena gente de Crass? De
ser así, eso explica muchas cosas…
Lo que viene después del
final de los 80 musicalmente ya no me interesa casi nada. Dejé de escuchar la
banda después del Dirty (1992), que en su momento disfruté moderadamente y
ahora me parece insoportablemente fome. Le
di una oportunidad a Experimental Jet Set (1994), Washing Machine (1995) y NYC
Ghosts and flowers (2000, con una linda portada de William S. Burroughs), pero
nunca me afectaron demasiado. Incluso
los fui a ver en vivo en el Parque O´Higgins en marzo del 2009 junto a dos
amigos, pero lo más entretenido que pasó fue que unos carabineros en moto nos
controlaron y nos obligaron a tomarnos rápido las latas de cerveza Escudo de
medio litro que portábamos como condición para no llevarnos detenidos. La
entraba era la más barata, y desde la galería lateral se podría ver a una
multitud enardecida de jóvenes rubios que pagaron las entradas más caras celebrando
acríticamente al ensamble, que por lo demás ya no estaba en muy buena
condición, además de que nunca entendí de qué les servía tener dos bajistas
(Kim Gordon y un loco de Pavement) si apenas sonaba menos que uno. Era lindo
escuchar algunos viejos hits, pero claramente el aura de la banda, el misterio
y fascinación que generaba en los oscuros años 80, ya no existía. O al menos,
no para mí.
Thurston remata con
elegancia el libro contando discretamente el final de su relación amorosa y la
despedida de la banda con el álbum The Eternal del 2009, que jamás he escuchado
y que ahora que ya han pasado 17 años (¡toda una dictadura!) tal vez recién
me atreva a degustar.
Hey ho, let´s go.
Etiquetas: memoria negra, no wave, noise, psicogeografía, punk rock, rock (no punk)
viernes, mayo 15, 2026
La Once, "Canción desconocida" (Algo records, 2026)
Ocho canciones en poco menos
que cuarenta minutos ofrece el álbum debut de la banda La Once, a lanzarse el 9
de mayo de este convulsionado 2026. La descripción en bandcamp del ensamble
formado por tres mujeres dice que es una “Banda chilena que compone y ensaya
mientras toman once, lavan platos, secan ropa, limpian el w.c. y cortan
cebolla”.
Desde mi “posición de
privilegio masculina”, siempre me han llamado la atención las bandas punk de
mujeres, y nunca he sabido muy bien cómo explicar el por qué. ¿Es realmente distinta
la música hecha por hombres que por mujeres? ¿Existe en verdad un rock
típicamente masculino o incluso machista en contraste a otro femenino o
inclusive feminista?
La primera banda female-punk
que conocí fueron las Slits, cuya musicalidad y sobre todo sentido del ritmo me
parece única y deslumbrante, y quedó plasmada tanto en sus Peel sessions (donde
los muy profesionales y machirulos ingenieros de sonido de la BBC las trataron
con gran condescendencia y algo de desprecio), como en los notables álbums Cut
(1979) y luego Return of the Giant Slits (1981).
A diferencia de muchos
congéneres míos que, partiendo por el propio DJ John Peel, aman a esta y otras
bandas femeninas por su tremendo entusiasmo y carisma “ a pesar de no saber
tocar sus instrumentos” (eso le dijo literalmente a Simon Reynolds mientras este
confeccionaba su libro sobre el Post-Punk), siempre me ha parecido al escuchar
a bandas como las Slits, las suizas de Kleenex (luego rebautizadas como
Liliput, ante amenazas de demanda de la empresa de limpieza), a las latinas
neoyorquinas de ESG o a las Mercenarias de Brasil, que estas formas de música
pop son muy superiores a los rancios estereotipos masculinos que por desgracia algunas
chicas rockeras tratan de imitar. Y es precisamente esa diferencia lo que me
hace ser fan de este tipo de bandas.
En el caso de La Once, me
resulta imposible no destacar algunas similitudes de estilo con dos bandas
previas de una de sus integrantes: Día Catorce y Las Jonathan. No sólo en el
tipo de canciones, con textos que describen gráficamente situaciones tan
cotidianas como el insomnio que acarrean los cambios de horario (“Horario de
verano”) o las discusiones (“El me insulta”), sino que en la práctica de
cambiar instrumentos entre las tres integrantes del conjunto. Pero estamos en
un nuevo contexto, donde el impulso creativo ya no proviene de la energía
adolescente, el mundo se ha hecho más frío y violento, y la mujer que hace e
interpreta canciones sobre la vida cotidiana tiene más experiencia y debe saber
complementar su actividad musical con las inevitables y monótonas labores
domésticas.
Las canciones se estructuran
por lo general en base a un texto que se canta o recita de una manera que por
alguna razón me recuerda a la gran banda femenina que siempre fue Mazapán,
formada por profesoras de música que lograron entretener y activar la creatividad
de varias generaciones de niños/as en Chile desde hace ya cuatro décadas. Pero
la instrumentación remite directamente a una de las mejores bandas de la era
punk, The Raincoats (contemporáneas de las Slits aunque mucho menos conocidas,
lo que siempre me ha resultado agraviantemente injusto), y rítmicamente diría
que hay varios ecos del sabor entre post-punk y latino que caracterizaba a las
ESG (que no en vano fue una de las bandas más sampleadas por el hip hop de los
ochenta). De hecho, La Once se atreve a traducir a su propio estilo -que por
ahí denominan kazoo-punk- el viejo hit bailable “Sopa de Caracol”, de la
hondureña Banda Blanca, originalmente una canción garífuna popularizada por el
beliceño Hernán “Chico” Ramos. El resultado es sorprendente y bello, a la vez
que demuestra el refrescante sentido del humor de sus integrantes.
Consiga el disco y vaya a
los conciertos. La Once está escribiendo canciones que hablan de nuestra época
y de sus vidas. Y en el proceso logran hacernos sonreír e incluso bailar.
Etiquetas: Chantiago, punk rock
jueves, marzo 12, 2026
Fascismo tardío, temprano; fascistas ahora, entonces
Por Jasper Bernes
https://brooklynrail.org/2024/09/field-notes/fascism-late-early-fascists-now-then/
Durante la era Trump, cuando
tropas de neonazis, nacionalistas blancos, Proud Boys, gorras MAGA, milicianos
y activistas por los derechos de los hombres descendieron sobre mi ciudad, hubo
poco debate sobre cómo llamarlos: "fascista" parecía bastante simple,
incluso si uno no siempre sabía qué ideología, exactamente, movía a qué
pervertido armado con cuchillo o palo. Sin embargo, en internet y en las
páginas de la prensa de izquierda surgieron preguntas. ¿Era el trumpismo
realmente fascismo, se preguntaban muchos, o simplemente otra cosa mala, un
"bonapartismo neopatrimonial", tal vez, como argumentó el sociólogo e
historiador del fascismo Dylan Riley en las páginas de New Left Review ?
Llamar a Trump fascista, preocupaba a algunos, era una hipérbole peligrosa,
exagerando la amenaza que representaba y oscureciendo las continuidades entre
su administración y la de Barack Obama en lo que importaba. En términos de
bajas, las guerras de Bush en Afganistán e Irak fueron mucho peores que
cualquier acción de Trump, con cientos de miles de muertos. ¿Por qué, entonces,
hablar de «fascismo»? A pesar de las órdenes ejecutivas de Trump, la
administración de Obama detuvo y deportó a muchos más migrantes que la de
Trump.
Al mismo tiempo, los
fascistas estaban allí con sus faldas escocesas de combate, sus pasamontañas
con calaveras de Punisher y sus chalecos antibalas; fascistas sin fascismo,
pero fascistas al fin y al cabo. Quizás, al igual que los movimientos
comparativamente pequeños de la extrema izquierda, no representaban una amenaza
real para el orden democrático liberal, que seguiría machacando a los
proletariados estadounidenses y mundiales sin problemas por sí solo. ¿Quién
necesita el fascismo cuando se tiene una democracia tan buena?
Este no fue un mero debate
semántico, sino estratégico. El antifascismo ingenuo podría santificar la
violencia de la democracia liberal estadounidense, una democracia liberal cuyos
orígenes se remontan al genocidio de millones de indígenas estadounidenses y la
esclavización de millones de africanos, y cuyo control del orden global
posterior a 1945 ha provocado la muerte de millones de personas en Asia,
Oriente Medio y otros lugares. Muchas de las mejores historias del fascismo
siguieron a Geoff Eley, quien vio el fascismo de entreguerras en Europa
central, oriental y meridional como una especie de contrarrevolución
revolucionaria con el anticomunismo en su núcleo. Este fascismo, escribió Eley,
«prosperó en condiciones de crisis política general, en sociedades que ya eran
dinámicamente capitalistas (o al menos, que contaban con un sector capitalista
dinámico), pero donde el Estado era incapaz de organizarse para mantener la
cohesión social» porque «la izquierda había logrado avances significativos en
la administración del poder estatal y en la limitación de la prerrogativa
capitalista privada». Los orígenes del fascismo, desde esta perspectiva, se
encuentran en la revolución mundial de 1917-1923, cuando los comunistas de
Alemania y el norte de Italia luchaban contra los Freikorps y Squadristi protofascistas
ya en 1919. Las masacres de revolucionarios en Berlín en enero de 1919 y en
Múnich en abril de 1919 fueron actos fundacionales para los nazis y sirvieron
de modelo para el Putsch de la Cervecería de Hitler y la Marcha sobre Roma de Mussolini: los
Freikorps y Squadristi se convirtieron en Camisas
Pardas y Camisas Negras. Dondequiera que la revolución irrumpiera, allí se
formaba el fascismo, una especie de respuesta inmune del capitalismo, que se
valía de poderes excepcionales. Pero si esto es el fascismo —la respuesta a la
amenaza revolucionaria—, es difícil ver cómo el término podría aplicarse a los
llamados fascistas que vemos hoy, donde no ha habido ninguna amenaza,
revolucionaria o de otro tipo, al dominio del capital. ¿Quizás sea necesario un
término diferente?
En su libro de 2023, Late
Fascism (Fascismo tardío ), desarrollado a partir de una serie de
ensayos escritos desde 2016, Alberto Toscano intenta elaborar un concepto
revisado del fascismo lo suficientemente amplio como para abarcar lo que vemos
en la extrema derecha hoy en día, al tiempo que toma con calma las diferencias
clave entre el período de entreguerras y el nuestro. Toscano ofrece una
intervención en el llamado "debate sobre el fascismo" que evita la
analogía perezosa, pero también demuestra por qué es poco probable que las
conferencias bienintencionadas de historiadores de alto nivel sobre los
peligros de la comparación "pongan fin al debate sobre el fascismo",
como pretende el metahistoriador Daniel Steinmetz-Jenkins en Did It
Happen Here? (2024), su Antología Norton de debatientes sobre el
fascismo. Tal pregunta, que presupone que se puede responder como verdadero o
falso, no es la correcta, nos dice Toscano, ya que el fascismo es un proceso
más que un resultado, un continuo más que una simple bifurcación en el camino.
El título de Toscano es una referencia a Der Spätkapitalismus [ El
capitalismo tardío] de Ernst Mandel (1972), que buscaba trazar el rumbo
del capitalismo posindustrial. Después de cincuenta años de estancamiento
económico y desindustrialización, "En la medida en que podemos hablar de
fascismo hoy", escribe Toscano, "es un fascismo en gran medida
vaciado... de movimiento de masas y utopía". Aunque este fascismo tardío
"no reacciona a la amenaza inminente de la política revolucionaria",
sin embargo "conserva la fantasía racial del renacimiento colectivo"
o "palingénesia". Curiosamente, el fascismo tardío de
Toscano se asemeja más a un fascismo temprano en los
asentamientos y plantaciones de América y África, que inspiró directamente a
los fascistas europeos de entreguerras. (Las Leyes de Núremberg se inspiraron
en las leyes de Jim Crow; los métodos nazis se derivaron en parte de la
colonización genocida alemana en el suroeste de África, donde los campos de
exterminio asesinaron a decenas de miles de herero y nama). Sin embargo, para
comprender este otro fascismo, es necesario comprender lo que Cedric Robinson
denomina la «tradición radical negra» y su concomitante «construcción negra del
fascismo», desde cuya perspectiva, el fascismo de entreguerras en Europa se ve
muy diferente. Toscano cita a Langston Hughes, quien declaró en la Conferencia
Internacional de Escritores antifascistas de 1937: «En Estados Unidos, a los
negros no hace falta que les digan qué es el fascismo en acción. Lo sabemos.
Sus teorías de supremacía nórdica y represión económica han sido una realidad
para nosotros desde hace mucho tiempo». Como continúa Toscano:
Mucho antes de que la
violencia nazi llegara a ser concebida como algo incomparable, los pensadores
radicales negros buscaron expandir la imaginación histórica y política de una
izquierda antifascista al detallar cómo lo que podía ser percibido desde un punto
de vista europeo o blanco como una forma radicalmente nueva de ideología y
violencia era en efecto una continuación de la historia del despojo colonial
(de los colonos) y la esclavitud racial.
Desde esta perspectiva, los
orígenes del fascismo se encuentran en el Sur posterior a la Reconstrucción, en
el asentamiento genocida de Texas y California, y posteriormente en las
colonias de colonos en África y otros lugares, por parte de las potencias europeas,
especialmente la británica. Actualmente, el mejor ejemplo de esta
"construcción negra" del fascismo es el prolífico historiador Gerald
Horne, cuyo reciente libro, " La Contrarrevolución de 1836: La
Esclavitud en Texas y las Leyes de Jim Crow y las Raíces del Fascismo
Estadounidense " (2022), trata la República de Texas como un
estado protofascista que fue la base de la Confederación, las Leyes de Jim Crow
y posteriores aventuras imperialistas en África. Fue aquí, argumenta Horne,
"donde se sembraron y regaron las semillas para el florecimiento del
fascismo estadounidense en el siglo XXI " . En otras
palabras, el futuro del fascismo en Estados Unidos reside menos en la Alemania
nazi que en el Sur bajo las Leyes de Jim Crow y el Occidente exterminador, que
convergen en Texas tanto ahora como entonces.
Como se describe en Late
Fascism , en las décadas de 1960 y 1970, los radicales dentro y
alrededor del Partido Pantera Negra usaron el término fascismo sin reservas
para describir a los Estados Unidos, y particularmente a su aparato represivo,
que empleó medidas excepcionales para destruir a las Panteras y otros grupos de
la Nueva Izquierda, asesinando y encarcelando a sus miembros. Organizando con
las Panteras desde la prisión, George Jackson describe las tecnologías del
complejo industrial penitenciario como "manifestaciones del fascismo"
invisibles para aquellos que piensan que la democracia liberal y el fascismo
son incompatibles. Este fascismo "disfrazado y eficiente" operaba en
los márgenes, en la frontera, detrás de los muros de la prisión y dentro de
aquellas zonas marcadas para el terror policial. Para la corresponsal de George
Jackson, Angela Davis, este fue un fascismo "preventivo", una
calificación que tomó prestada de su mentor Herbert Marcuse. Al igual que otros
pensadores de la Escuela de Frankfurt, incluido Theodor Adorno, Marcuse vio el
orden democrático liberal de la posguerra como una superación en lugar de una
negación del fascismo de entreguerras, de modo que el fascismo permaneció
latente dentro de él. En 1976, Marcuse escribió que los «últimos diez o veinte
años» parecían una «contrarrevolución preventiva», que aniquilaba a la Nueva
Izquierda revolucionaria en su seno. En Estados Unidos en particular, escribió
Marcuse, pudo detectar un fascismo «incipiente», aunque uno que ya no requería
medios dictatoriales: «El fascismo estadounidense probablemente será el primero
en llegar al poder por medios democráticos y con apoyo democrático». La idea
central de la construcción negra del fascismo es que ya fue el primero.
El peligro de este marco,
sin embargo, reside en que podría reducir casi toda sociedad capitalista a un
fascismo en algún grado de desarrollo. Si la policía es fascismo, entonces casi
toda sociedad es fascista. Como señala Toscano y otros, esta "construcción
negra del fascismo" deriva en parte de la definición de fascismo utilizada
por el Partido Comunista de Estados Unidos en su Tercer Período, que agrupaba
el fascismo de Hitler y el "fascismo social" de Roosevelt bajo un
mismo marco. En las décadas de 1980 y 1990, los organizadores antirracistas que
se enfrentaban a los grupos neofascistas encontraron esta teoría
particularmente problemática, ya que no lograba distinguir entre grupos
estatales y extraestatales, y descartaba el grado en que el neofascismo solía
tener una orientación antiestatal, a veces incluso imitando a otros aspectos de
la izquierda, como los grupos "tercerposicionistas" o
"rojipardos" que surgieron durante esta época. Si el Estado
simplemente era fascismo, entonces eso dejaba sin explicar la orientación
antiestatal de estos nuevos grupos. Como resultado, muchos antifascistas
consideraron importante desarrollar una perspectiva de "lucha a tres
bandas", como la articulada por la publicación en línea Three Way
Fight, que distinguía entre el fascismo autoritario estatal y el
fascismo extraestatal para comprender y combatir mejor ambos. La formulación de
Toscano evita estos problemas al tratar el fascismo como un fenómeno emergente
y diferencial, desfasado del tiempo histórico y organizado espacialmente. El
fascismo no es un interruptor que se puede encender o apagar, ni un predicado
que una entidad posee o no posee, sino una posibilidad latente dentro del
capitalismo.
Esto se debe en parte a que
el fascismo no es solo una forma de organización social y política, sino una
idea de futuro; por lo tanto, puede haber fascistas sin fascismo, al igual que
puede haber comunistas sin comunismo. Esto es importante porque, como demuestra
Toscano, el fascismo no es una sumisión total al poder —represión total, como a
veces se cree—, sino que está motivado por ofrecer prácticas particulares de
libertad y transgresión. Si vemos el fascismo simplemente como represión,
argumenta Toscano, no vemos cómo atrae a las mujeres, por ejemplo, a quienes
ofrece algo más que un rol de madre o esposa. El fascismo puede ser provocador,
subversivo, punk, extravagante. Con el fascismo tardío, sin embargo, como
señala Toscano, estas fantasías típicamente tienen su locus en la década de
1950 en lugar del pasado preindustrial, e involucran alguna idea del buen
estado liberal, el estado mínimo, antes de su corrupción por la Ley de Derechos
Civiles o Roe v. Wade, por la descolonización mundial, el feminismo y la
liberación queer y trans. Por extensión, en los Estados Unidos, el imaginario
fascista implica la recuperación del destino, de la
grandeza , del liderazgo estadounidense en el mundo y los
beneficios derivados de él, del auge de la posguerra alimentado por las
superganancias imperialistas. Esto explica, creo, por qué sus fantasías de
violencia mítica tienden hacia lo defensivo (o preventivo) en lugar de lo
contrarrevolucionario o reactivo, recurriendo a un viejo imaginario patriótico
que se remonta a la Revolución estadounidense y al que se hace referencia en
los nombres de prominentes milicias contemporáneas de derecha: Oath Keepers,
Three Percenters. Estos grupos son bastante diferentes a las milicias
terroristas de la década de 1990, ya que es mucho más probable que se
consideren auxiliares del Estado, pero de una manera que los posiciona contra
otra parte del Estado considerada corrupta. Para sus participantes, la toma del
Capitolio estadounidense el 6 de enero no fue ni un golpe ni una insurrección,
sino la defensa de un proceso democrático que había sido corrompido por actores
malintencionados. Las razones para esto son bastante obvias, y solo se insinúan
en el libro de Toscano: en Estados Unidos, el fascismo no necesita rehacer el
Estado a nivel constitucional, a diferencia de Alemania e Italia, cuyas
repúblicas incipientes no eran funcionales. ¿Quién necesita un nuevo Estado,
cuando el equilibrio de poderes en Estados Unidos ha sido un vehículo más que
adecuado para un fascismo legalizado de colonos y plantadores?
Es cierto que puede resultar
difícil distinguir entre lo preventivo y lo contrarrevolucionario. Incluso
durante el período de entreguerras, lo contrarrevolucionario y lo preventivo se
difuminan, como en el caso de Portugal en las décadas de 1920 y 1930. Si
seguimos las indicaciones de Black Reconstruction (1935) de
W.E.B. Du Bois, el fascismo de las leyes de Jim Crow debe entenderse como una
reacción a la Reconstrucción radical y a la Guerra de Secesión, que Du Bois
describió como una "huelga general" de los esclavizados. Para Gerald
Horne, la creación de Texas fue precisamente una contrarrevolución de este
tipo, tan reactiva como preventiva. Lo mismo podría decirse del propio sistema
de plantaciones, que se volvió cada vez más brutal y represivo en respuesta a
los levantamientos de esclavos y a la futura amenaza que prometían; la
Revolución Haitiana y la Rebelión de Nat Turner proporcionaron algo a lo que
reaccionar, así como algo que prevenir. En cuanto al oeste de Estados Unidos,
los colonos solían provocar la resistencia indígena invadiendo territorio y
cometiendo atrocidades hasta que la autodefensa indígena podía utilizarse como
pretexto para el genocidio, un proceso tanto preventivo como reactivo. Tampoco
está claro cómo describir el neofascismo de la posguerra; si bien la Nueva
Izquierda no planteó en ningún lugar un desafío verdaderamente revolucionario,
merecía la contrainsurgencia y la represión estatal. En Chile, el golpe
anticomunista de Pinochet de 1973 parece bastante acertado como un fascismo
contrarrevolucionario.
Una implicación de estas dos
corrientes de análisis, originadas en dos capítulos diferentes del libro, es
que tomar en serio la fenomenología del mito fascista significaría calificar
hasta qué punto el fascismo requiere la amenaza revolucionaria como precondición.
Dado que el fascismo es una idea sobre el futuro basada en el mito sobre el
pasado, puede ser difícil distinguir la prevención de la reacción. Donde no
existe amenaza, los fascistas pueden fácilmente conjurar una, como lo hicieron
en el año histórico mundial de 2020, tratando el levantamiento antipolicial de
George Floyd (y la pandemia de COVID-19) como evidencia de una vasta revolución
liderada por los demócratas. Hoy, el fascismo preventivo se posiciona como
respuesta a una amenaza inminente que siempre es tanto racial o civilizacional
como política y a la que le da el nombre oxímoron de "genocidio
blanco". Una de las contribuciones más importantes del libro de Toscano es
su identificación del fascismo tardío con La decadencia de
Occidente (1918) de Oswald Spengler. Basándose en la lectura
antifascista de Spengler realizada por Furio Jesi, Toscano demuestra que el
fascismo tardío spengleriano se centra menos en la fantasía de un Reich
milenario que en custodiar las puertas de la civilización blanca y contener a
la horda bárbara racializada durante el mayor tiempo posible. Su antigüedad se
asemeja más a la de una ciudad-estado o colonia griega que al Imperio romano.
El fascismo spengleriano es una «religión de la muerte» pesimista cuyos participantes
siguen una lógica sacrificial de «ganar muriendo», donde el objetivo es el
cultivo de valores pseudoauténticos. Esto explica muy bien la estructura de
formaciones fascistas como los ahora diezmados Proud Boys, que son
«pro-civilización occidental» y están orientadas a la recuperación de vagos
valores civilizatorios que Jesi describe como «ideas sin palabras», una
estructura fascista de resentimiento que media sus propias contradicciones
internas, permaneciendo inefables. Pensemos, por ejemplo, en las extrañas
contorsiones faciales de Trump o en las eyaculaciones espasmódicas de Hitler.
Como argumenta Toscano, este
fascismo tardío, spengleriano, no puede entenderse sin tomar en cuenta la
“construcción negra” del fascismo. En el corazón de La decadencia de
Occidente de Spengler , uno puede encontrar una forma invertida de la
afirmación de Du Bois de que “el problema del siglo XX es el problema de la
línea de color”. En Spengler, esta línea de color ascendente se convierte en
una Gran Muralla ocupada por orgullosos ciudadanos guerreros atados a la
muerte. Toscano cita una reseña de 1933 de la obra de Spengler, escrita por
Benito Mussolini, quien interpretó a Spengler diciendo que “el mundo está
amenazado por dos revoluciones: una blanca y otra de color”. A diferencia de la
revolución “social” democrática que introduce una crisis de valores, la “otra
revolución es la de los pueblos de color, quienes, al ser más prolíficos que
los pueblos de raza blanca, eventualmente la abrumarán”. Esta última revolución
está impulsada por fuerzas demográficas que no pueden resistirse más de lo que
uno puede resistirse a la evolución de las especies. La civilización occidental
es menos una hermosa máquina reparable y mejorada que un animal glorioso que
debe morir, tarde o temprano. Los fascistas tardíos luchan por retrasar esta
muerte lo más posible. La clave es vivir mucho y morir con honor.
Las implicaciones de este
punto para la estrategia y las tácticas antifascistas son profundas y Toscano
no las desarrolla en profundidad, ya que hace pocas referencias específicas a
eventos contemporáneos o manifestaciones contemporáneas de fascismo. Quienes se
inclinan por "ganar muriendo", ganar mientras pierden, no pueden ser
derrotados de plano, mediante la confrontación directa, ya que se regeneran,
sostenidos por la derrota violenta siempre que sea noble. A principios de 2017,
en las semanas posteriores a la investidura de Trump, cuando muchos entraron en
pánico ante la posibilidad de que Trump introdujera un "estado de
emergencia" antidemocrático, el ahora olvidado Milo Yiannopoulos, una
celebridad de la extrema derecha, visitó la UC Berkeley para promover su
particular estilo de rodomontada antitrans. Una vez que él y sus cientos de
asistentes se encontraban dentro del centro estudiantil, una multitudinaria
marcha antifascista invadió el campus, utilizando fuegos artificiales, piedras
y otros proyectiles para obligar a la policía del campus que protegía a
Yiannopoulos a regresar al edificio. Tras veinte minutos de disparar gases
lacrimógenos y balas de goma desde los balcones y la azotea, declararon la
charla cancelada, una pequeña victoria. Mientras los asistentes salían a la
calle, los antifascistas arremetieron contra los Proud Boys, superados en
número, que habían llegado a la ciudad. Como resultado, los Proud Boys
desarrollaron una obsesión con Berkeley, a la que regresaron varias veces
durante el año siguiente, ahora considerada la zona cero de los antifascistas
financiados por Soros y liderados por los demócratas. Regresaron más numerosos
y fuertes, combatiendo a los antifascistas hasta un violento punto muerto que
dejó a los fascistas revitalizados y a muchos antifascistas heridos y
traumatizados. Lo que los detuvo, finalmente, fue la cantidad. Cuando se
enfrentaron a una multitud de miles, demasiados para luchar, nunca regresaron.
Los Proud Boys se enorgullecen de la violencia, pero detestan ser humillados.
Pero incluso cuando no se cuenta con una multitud de miles, hay maneras de
enfrentarse a los fascistas de forma indirecta en lugar de frontal, y que no
les proporcionan objetivos contra los que puedan ponerse a prueba. Vale la pena
preguntarse qué habría sucedido si el bloque negro que cerró la charla se
hubiera saltado el postre, no se hubiera quedado para golpear a los Proud Boys
y simplemente se hubiera desvanecido en la noche.
Ya es un lugar común que el
próximo Trump será peor. Trump fue un globo sonda, una pantomima del fascismo,
carente de la organización necesaria para llevar a cabo sus intenciones. La
primera vez, una farsa, la siguiente, una tragedia. Pero si bien el fascismo
estadounidense es un fascismo democrático, también es provincial y, por lo
tanto, a menudo antifederal, surgiendo a través de los gobiernos de condado y
estatal —especialmente la policía local— y del poder judicial. En el siglo XXI,
es un fenómeno principalmente suburbano, extraurbano y rural, que emerge en el
interior y en las fronteras. En retrospectiva, puede parecer que ha tenido
tanto éxito desde la presidencia de Trump como durante ella. En el centro de
este nuevo "fascismo fronterizo", por usar el término que Toscano
toma prestado de Brendan O'Connor, se encuentran las fuerzas del orden y sus
representantes, quienes se han empoderado enormemente bajo el mandato de Biden
gracias a una ola de delincuencia que contribuyeron a generar mediante la inacción
táctica y la manipulación de las estadísticas. El mejor ejemplo de esta
desatada actividad policial se encuentra en la respuesta al movimiento Stop Cop
City/Defend the Atlanta Forest en Georgia, donde la policía asesinó a un
activista y la fiscalía ha acusado a docenas de personas con nuevos cargos de
terrorismo doméstico a nivel estatal, así como cargos RICO sin precedentes.
Como muestra la lectura de la ampulosa acusación, existe una línea directa que
conduce a estos procesamientos desde los mitos fascistas y las ideas sin
palabras de 2020, mitos en los que Antifa y BLM eran la cara visible de una
conspiración altamente organizada y profundamente financiada, a veces
relacionada con los cierres y las vacunaciones por la pandemia. En el
movimiento Stop Cop City, la fiscalía alega haber encontrado evidencia de dicha
organización, que se remonta al Levantamiento de George Floyd. Sin embargo, se
trata de un fascismo que trasciende las afiliaciones políticas, ya que los
demócratas de Atlanta trabajan con los republicanos de Georgia para impulsar el
centro de entrenamiento policial y aplastar toda resistencia. Los mitos
fascistas ahora son generales. Durante el Levantamiento de George Floyd, la
paranoia MAGA encontró su contraparte izquierdista en los rumores de que los
alborotadores eran provocadores policiales o infiltrados nacionalistas blancos,
y que los espectáculos pirotécnicos nocturnos que invadieron las ciudades ese
verano pandémico no fueron obra de niños aburridos en confinamiento, sino
orquestados por el FBI para aterrorizar a los habitantes de las ciudades. Hoy,
demócratas y republicanos se unen para perpetuar el mito macartista con el fin
de reprimir a los activistas pro-Palestina, encubrir el genocidio israelí en
Gaza y vincular a la izquierda estadounidense con un vago
"terrorismo" global.
Una extrapolación clave del
libro de Toscano, entonces, es que la oposición del fascismo dictatorial al
antifascismo democrático ya no tiene mucho sentido, si es que alguna vez lo
tuvo. Esto se debe a que el "fascismo fronterizo" que describe, con
raíces en la colonización de las Américas, tiende a transformar la lógica
temporal de la excepción fascista en una lógica espacial. El fascismo
fronterizo transforma el "estado de emergencia" de un período de
gobierno dictatorial en un territorio de emergencia, una zona de excepción
donde se puede ejercer una violencia extraordinaria y suspender las normas
democráticas. El fascismo fronterizo a menudo adopta la forma del apartheid,
territorializando la excepción fascista. El mejor ejemplo actual de tal
situación es Israel o, si adoptamos una perspectiva más amplia de la
actualidad, las últimas colonias de asentamiento en Sudáfrica. Este es un
fascismo particularmente adecuado para responder a los desafíos que el
capitalismo enfrentará en el próximo siglo, incluso si no surge ninguna amenaza
revolucionaria y el futuro resulta ser tan malo como se ve en las películas. “A
medida que 'los ciclos del capitalismo que impulsan la migración masiva y la
represión convergen con la crisis climática', escribe Toscano, citando a
O'Connor, “y una crisis racial y civilizatoria se combina con escenarios de
escasez y colapso, la extrema derecha autoritaria proyectará su política del
tiempo —y, en especial, su obsesión por la pérdida histórica de privilegios y
pureza— en el espacio del territorio”. Aquí, Toscano imagina el futuro del
fascismo como una especie de ecoapartheid, un Israel/Palestina ecológico, donde
las consecuencias psicológicas de la blancura que describió WEB Du Bois se
materializan como mitigación ecológica. Todos hemos leído este libro o visto la
serie de televisión.
Si este es el futuro a medio
plazo del fascismo, el libro de Toscano también nos permite especular sobre el
corto plazo. En 2020, muchos en la izquierda se preocuparon por el surgimiento
de una segunda Guerra Civil estadounidense, ya que el conflicto por la elección
de Trump se convirtió en intentos declarados de insurrección, secesión y
autonomía territorial, escenarios explorados en el popular podcast de Robert
Evans, It Could Happen Here. Esto es ciertamente una
posibilidad, pero el libro de Toscano debería llevarnos a ubicar el futuro del
fascismo estadounidense tanto en la Guerra Civil como en la lucha contra la
Reconstrucción por parte del grupo terrorista KKK y otros. Recordemos que la
Reconstrucción terminó en 1876 como resultado de unas elecciones equívocas y la
consiguiente crisis constitucional. A cambio de la presidencia, los
republicanos entregaron el Sur a los demócratas, abriendo la puerta a las leyes
de Jim Crow. Esta parece una trayectoria mucho más probable para el desarrollo
del fascismo en Estados Unidos que una guerra civil: una crisis constitucional
que desemboca en un acuerdo que permite el desarrollo del fascismo
estadounidense del siglo XXI en los márgenes de la democracia liberal
estadounidense. Si bien aún podría producirse una guerra civil, la historia de
Estados Unidos demuestra que la Constitución es un documento
extraordinariamente flexible, especialmente cuando existe un poder judicial
flexible.
Sin embargo, nada de esto
obvia la necesidad de un análisis de "lucha a tres bandas",
especialmente a largo plazo, y habría sido agradable que Toscano se hubiera
involucrado con esta línea de crítica, como lo hizo en el artículo más largo
del cual se extrae el libro. Si bien la democracia puede ser adecuada para el
fascismo, permitiendo un amplio margen para la excepción autoritaria, lo que no
está tan claro es si el capitalismo lo será, especialmente a medida que las
economías desindustrializadas estancadas con poblaciones envejecidas enfrentan
la crisis climática. En los EE. UU., el fascismo rojo-pardo, anticapitalista,
el nacionalbolchevismo y otras formaciones han avanzado poco, dada la
prominencia del libertarismo entre la extrema derecha. Pero esto puede no ser
siempre así, ni debemos descartar la posibilidad de que surja un verdadero
desafío revolucionario al capitalismo a medida que los pobres del mundo se ven
obligados a soportar el peso del cambio climático. Si las élites descubren que
ya no es posible reproducir su control sobre la riqueza social por medios
capitalistas, buscarán otros y podrán encontrar en el genocidio, la limpieza
étnica, la segregación, el trabajo forzado, la violencia extraestatal y la
militarización —elementos de una definición categórica del fascismo que abarca
todos los casos aquí analizados— medios útiles de transición hacia una sociedad
de clases que ya no se base en los salarios y las ganancias, tal vez valiéndose
de nuevas tecnologías de vigilancia y control.
Hay otro sentido en el que
un análisis de lucha a tres bandas podría ser apropiado. El fascismo tiende a
producir enemigos aglomerados —el judeobolchevismo nazi, por ejemplo, que
vinculaba a un enemigo "racial-civilizacional" con uno político—. En
Estados Unidos, el aglomerado siempre ha sido el "bolchevismo negro"
o alguna variante del mismo. Mientras los Freikorps asesinaban
comunistas en Alemania en 1919, las élites estadounidenses fusionaron el
"miedo rojo" mundial con un "miedo negro" local, como se
detalla en Black Scare/Red Scare (2023) de Charisse
Burden-Stelly. Aquí se trataba de un fascismo preventivo en Estados Unidos, que
respondía a una amenaza a medias inventada con violentos disturbios antinegros
y las redadas Palmer del Departamento de Justicia, en las que se arrestó a seis
mil anarquistas y comunistas y se deportó a quinientos extranjeros. Los
aglomerados fascistas actuales resaltan lo racial y la civilización, así como
lo político, como se ve en los intentos actuales de la extrema derecha de
vincular Black Lives Matter con Hamás. Estos aglomerados también son
frecuentemente sexuales y de género, dirigidos a un Otro inconformista que
amenaza a la familia y limita la libertad fascista (por ser racista, sexista o
fóbico). Sin embargo, a menudo se trata de aglomerados contradictorios, y
aunque los fascistas no tienen problema con la contradicción, los antifascistas
deberían prestar atención para no terminar cargando con las contradicciones de
sus enemigos. Desde el 7 de octubre, hemos visto a nacionalistas blancos
antisemitas unirse a sionistas liberales en torno a una islamofobia común,
mientras que fascistas intransigentes antisemitas se presentan a
manifestaciones pro-Palestina portando esvásticas. En la medida en que la
ideología fascista es lógica onírica o idea sin palabras, no conoce
contradicción. Pero existe el peligro de que los antifascistas, que valoran la
razón y la transparencia, absorban tales contradicciones, ya sea negando la
existencia del antisemitismo contemporáneo o, alternativamente, negando la
islamofobia en el corazón del sionismo. Aunque esta última postura es poco
común en Estados Unidos, sigue siendo predominante entre los antifascistas
alemanes que, incapaces de ver más allá de la teología política del Holocausto,
siguen asociando la crítica a Israel con el antisemitismo.
Este podría ser el mejor
argumento para adoptar el marco de Toscano. Lo que importa no son los términos
que usamos, sino lo que estos nos permiten ver. Si bien el apartheid, el
colonialismo de asentamiento, el nacionalismo blanco y otros términos pueden funcionar
bien en contextos particulares, usar el término fascismo para todas estas
manifestaciones nos permite ver la continuidad entre la extrema derecha
contemporánea, el fascismo de entreguerras y el prefascismo del siglo XIX. El
fascismo del mañana puede que no surja como respuesta a una amenaza
revolucionaria, pero requerirá una revolución para erradicarlo de una vez por
todas. El fascismo es una especie de mala hierba que crece inexorablemente en
el suelo del capitalismo. El antifascismo puede arrancarla de raíz, quizás, o
aplastarla, pero no puede evitar que regrese a menos que se vuelva
revolucionaria, a menos que destruya el suelo del capitalismo y produzca una
sociedad sin clases en la que las semillas del fascismo ya no puedan germinar.
Jasper Bernes es
profesor del Departamento de Inglés de la Universidad de California en
Berkeley. Es autor de «No somos nada y tú también puedes»(2015) y«La
obra de arte en la era de la desindustrialización»(2017).
Etiquetas: anarquia, comunismo, fascist pigs, fascistología, tercer asalto proletario contra la sociedad de clases
miércoles, febrero 04, 2026
ADORACIÓN DE THIN LIZZY (1970-1983)
Llevaba varios meses queriendo escribir una apología absoluta
de Thin Lizzy, por considerar que fue la última gran banda de rock and roll, con un claro origen proletario, y
porque a pesar de la fama que logró alcanzar hacia fines de los 70, sus
aventuras y legado parecen haber sido olvidados en un mundo que celebra a
bandas de mierda como Oasis, Coldplay o Green Day.
En mi caso, durante años tuve un solo disco de Lizzy: el clasicazo
indiscutido que es Jailbreak, de 1976. Pero lo veía básicamente como un
excelente disco de rock pesado. En los últimos años de Liceo (1986/7) había
escuchado el Renegade (de 1981), del cual por alguna razón sólo
recordaba la canción “Mexican blood”, con sus latinismos un poco ingenuos pero
efectivos. Un par de años atrás agregué a mi colección el doble en vivo Live
and Dangerous (1978), considerado por muchos uno de los mejores álbums de
rock en vivo, pero que al parecer tiene el mismo problema que el Unleashed
in the East que por esos mismos años pretendía mostrar a Judas Priest desatándose
en vivo en Japón: demasiados retoques que impedirían considerarlos en rigor
como registros en vivo. Pero qué importa: ¿quien es uno para criticar a estas
máquinas rockeras por tener que enchular un poquito las grabaciones en vivo?.
No todo es Free Improv o prog rock, y en el heavy metal y otros estilos del
rock es perfectamente válida y deseable la fantasía.
Como sea, fue cuando me traje a casa el Fighting de
1975 cuando me empecé a dar cuenta del verdadero poder y belleza de la banda.
En especial por la canción “Wild one”, que contiene tanto belleza poética en la
letra e interpretación vocal, como una de las primeras y mejores exhibiciones
de la técnica de la “twin guitar”, que ya había sido explorada por los Allman
Brothers en EEUU, pero que a mi juicio nadie llevó a mayor perfección expresiva
que Thin Lizzy a contar de este disco. En palabras sencillas, la twin guitar
consiste en que en vez de haber una separación clara entre una guitarra rítmica
y una guitarra solista, ambos roles se van intercalando y además, por sobre
todo, en la práctica del solo simultáneo, donde hay una cierta diferencia o
intervalo que genera un efecto a la vez melódico y armónico. “Wild One” en ese
disco, y “Waiting for an Alibi” en el tremendo álbum Black Rose de 1979 son dos de los mejores ejemplos de esta técnica, según yo. Con el agregado nada
menor de que en Black Rose se había incorporado establemente por un tiempo a la
banda el viejo amigo Gary Moore (aludido en algunas canciones como Romeo):
tremendo guitarrista que en estas canciones muestra una veta bastante fiera,
que sería difícil de creer para quienes lo conocen únicamente por su megahit multimillonario
“Still got the blues”.
Llegado a ese punto, me dediqué lento pero seguro a conseguir
y apreciar TODA la discografía de Thin Lizzy, que consiste en 12 albums de
estudio (de 1971 a 1983), dos dobles en vivo, y un sinfín de compilados.
Emilio de Gorgot, hizo una detallada revisión de todos los discos
en la página Jot Down, identificando 40 canciones favoritas que además metió a
un playlist en Spotify (¡Lo sé! Todos odian a Spotifuck y dan buenos argumentos
para boicotear dicha plataforma).
Considerando que esa pega ya está hecha, me concentraré en
una revisión más breve de la gloriosa, bella, inusual e inmortal obra de Thin
Lizzy, la mejor banda del mundo en este momento.
1970-1973: Los duros inicios y el lento despegue de la banda
como power trio
En el caso de Thin Lizzy, el trío conformado por el
guitarrista Eric Bell, Phil Lynott en bajo y voz, más Brian Downey en batería,
creo que siempre existió un elemento específicamente irlandés y
callejero/pendenciero en su sonido, desde el primer al último disco de su trayectoria
de 13 años. Ese sonido que logran los diferencia del montón de imitadores que
abundaron a partir de entonces, y por algo fue que un oído generoso y atento
como el de John Peel los apoyó desde el primer momento con apariciones en su
programa de radio en la BBC.
El nombre de la banda fue propuesto por el colorín Bell,
inspirado en el comic Tin Lizzie, aparentemente sobre una mujer robot. A
pesar de que el nombre fue considerado malo por los otros dos, se quedó. Por suerte,
porque siempre me ha parecido bueno y un poco misterioso.
Para mi sorpresa, los fans promedio de Lizzy desprecian
considerablemente los 3 discos de larga duración que dejó esta primera época. Me
he fijado que en Youtube hay varios videos donde distintos fanáticos se dedican
a ordenar de peor a mejor los albums de la banda, y por lo general ponen los 3
primeros LPs como sus menos favoritos, argumentando cosas como que esa
formación con Bell “no era todavía propiamente Thin Lizzy”, o que “todavía
estaban mirando a los sesenta y no a los setenta”, o cosas por el estilo.
A mí, por el contrario, esos 3 discos me gustan harto. El
primero, Thin Lizzy (de 1971, mi año de nacimiento, y que conseguí hace
poco a 5 lucas en una edición Decca japonesa en CD en la Disquería 54 del galpón Victor
Manuel en el Persa Biobío. Lo interesante es que andaba justo en búsqueda de
ese disco en particular, y ahí me estaba esperando para que me lo trajera a
casa) parte con el tema “The friendly ranger at Clontarf castle”, en que hay un
relato recitado con un tipo de poesía entre mística e ingenua pero no
desprovista de humor, que me recuerda vagamente al Odgens´Nut Gone Flake
de los Small Faces, o incluso al Marc Bolan de Tyrannosaurus Rex (y recordé que
una vez hace más de un cuarto de siglo me dirigí al mismo Galpón del mismo
Persa confiando en que el destino pondría en mis manos algo de Bolan/T.Rex, ¡y
así fue!). Las 14 canciones de este álbum debut expresan un lenguaje musical de
blues rock pero específicamente irlandés, que me hacen pensar que si la música
del señor Van Morrison ha sido catalogada de Celtic blues, Thin Lizzy es desde
el primer momento un caso bastante único de celtic rock (no confundir con Celtic
Frost, y pido disculpas por el chiste tan malo pero que me da tanta risa). En
todo caso, si es por hacer el vínculo black metal, debo señalar que el último
tema “Things ain´t working out down at the farm” (Las cosas no están
funcionando en la granja), que junto a “Look what the wind blew in” (Mira lo
que el viento sopló) fue incluido en las primeras sesiones de la BBC dedicadas
a Lizzy, fue también incluido en uno de los numerosos programas de radio del
bueno de Fenriz (Darkthrone, Isengard, Storm, etc.).
Así que es más que raro que un verdadero fan de Lizzy desprecie
este disco, hecho en un glorioso año en que llegaron tantas cosas buenas a este
mundo.
1972 trajo el segundo álbum, titulado Shades of a Blue
Orphanage (Sombras de un orfanato azul, aunque acá “blue” es más “triste”
que azul), también en Decca. La colección de 7 canciones acá es más etérea e
incluso experimental que el debut, con canciones largas, percusivas y bastante atípicas,
con nombres como “The rise and dear demise of the funky nomadic tribes”. Me
cuesta creer que algunos pelmazos no aprecian la originalidad y belleza de este
material, que sólo era posible en 1972, es decir, cuatro años después de la
revuelta global de 1968 y un año antes de la gran contrarrevolución mundial
neoliberal. Mi edición en CD viene engrosada por 9 canciones más, incluyendo el
curioso single en cuyo lado A venía “Black boys in the corner”, pero traía el primer
gran hit de la banda en el lado B: su hermosa versión del tema tradicional
irlandés “Whiskey in the jar”, la historia de un bandolero borracho traicionado
por su mujer, con una memorable línea de guitarra y la destacable
interpretación vocal del mulato Phil, la última gran estrella del rock and
roll.
Pese a que la canción estuvo varias semanas en los rankings,
el álbum no vendió ni mierda, y los miembros de la banda tuvieron que ganarse
los morlacos haciendo un álbum tributo a Deep Purple, bajo el nombre de Funky
Junction. El resultado es bien curioso, y está en Youtube. El problema es
que apenas puedo disfrutar las canciones de Deep Purple.
En 1973 realizan otro gran fracaso musical para Decca records,
el álbum Vagabonds of the Western World, tal vez mi más apreciado dentro
de esta verdadera trilogía del fracaso. El sonido es un poco más pesado, como
en la clásica “The rocker” o “Gonna creep up on you”, pero al mismo tiempo hay
hermosas baladas y un delicado uso de melodías vocales, como en “Little girl in Bloom”. Mi CD también incluye el single Whisky/Black boys, pero ya estoy medio confundido en relación a cual
era el listado de canciones original. No me importa. Con sus 57:19 de música,
este álbum me parece casi perfecto.
1974-1977: Thin Lizzy como cuarteto y, finalmente, el más
que merecido éxito
En 1974 aparece en Phonogram el álbum Nightlife, que
marca una evolución importantísima: a partir de ahí y hasta el final la banda
será un cuarteto, con dos guitarras. La salida de Bell es suplida por el ataque
dual de Scott Gorham y Brian “Robbo” Robertson. Mientras Gorham -un sonriente californiano
de pelo largo y liso que había llegado al viejo continente huyendo de la
adicción a la heroína- permanece hasta el fin, después de Robbo, que llega a
Lizzy con 17 años de edad y un carácter bastante fogoso, pasan al menos tres
acompañantes más, como veremos más adelante.
Lo llamativo es que el álbum Vida Nocturna no se caracteriza
por la pesadez ni por solos en estilo twin guitar. Por el contrario, es uno de
los álbums más suaves de Thin Lizzy. Con la excepción de “Sha-La-La”, que
algunos han calificado de proto-speed metal, el estilo de esta colección de canciones
es algo así como un tipo de soul, pero con instrumentación rockera. De hecho,
en temas como el propio “Night Life”, “Frankie Carroll” y “Dear heart”
hay una orquesta que matiza y suaviza aún más el resultado, que a mi me parece totalmente
encantador. Coincido con Stephen Thomas Erlewine que en allmusic dice que lo de
“vida nocturna” no se refiere a carretear de noche por las calles o bares de la
ciudad, a pesar de la portada en que se ve a una pantera negra que se parece mucho
a mi gato Albert Panterito acechando los edificios y autopistas de la gran
ciudad, sino que más bien a un momento nocturno íntimo, sea en solitario o en
pareja, porque “tiene momentos ideales para la contemplación y/o la seducción”.
O como dijo Leonard Cohen en la isla de Wight anunciando ya no recuerdo que
canción de su maravilloso álbum debut: “esta es música para hacer el amor”. Y
sí: no es por cursilería que acá cabe decir “hacer el amor” en vez de “culear”.
En fin, este disco está lleno de grandes canciones desde el
inicio con “She knows” y una impecable alternancia de solos de guitarra, la
balada “Still in love with you”, donde aparece de invitado el amigo Gary “Romeo”
Moore haciendo un solo, el hermoso homenaje a la madre de Philip, “Philomena”, el
rock pesado muscular pero para nada rápido de “It´s only money”, la suavidad sensual
y pegajosa de “Showdown”, o el delicado y breve folk blues instrumental de “Banshee”,
que anticipan de algún modo el rumbo de lo que estaba por venir.
Pero Vida Nocturna fue un nuevo gran fracaso comercial. Emilio
de Gorgot dice que este disco se grabó con apuro, y por eso hay bastante material
de relleno. Puede ser, aunque mi fanatismo por Thin Lizzy es tan grande que me
gustan todas sus canciones y no me atrevería a hablar de relleno. O mejor: si
este es material de relleno, es mucho mejor que 1000 discos de rock hechos
después de 1983.
Luego de esto ya estamos en 1975, y la misma formación de
Lizzy como cuarteto entrega el enorme album llamado Fighting. Ya la
portada es notable: los cuatro muchachos visten jeans y poleras, Robbo y Phil
muestran el torso semidesnudo, y Brian va enfundado en su chaqueta. Están
parados en una especie de callejón, y Phil sostiene un garrote con las dos
manos por sobre su cabeza. Un año antes del primer Ramones, dan una lección inolvidable
de estética street punk, la que se refuerza con la foto de contratapa, en que
están todos con chaquetas negras apoyados sobre un muro de ladrillos, y Robbo
sostiene una cadena en sus manos. En el
folleto del CD dicen que Phil estaba encantado con la sensación estridente del
disco: “estaba predicando la anarquía”. Aunque en retrospectiva se arrepentía
un poco de las fotos: “nos veíamos demasiado punky, demasiado tontitos. No me
importa ser punky, pero punk y tonto ya es demasiado”.
Perdonen que hasta acá sólo me haya centrado en la visual de
la banda, pero todos sabemos que en el rock las portadas importan tanto como la
música y los textos (de las canciones y del folleto mismo del LP, caset o CD).
Y como le dije el otro día a mi sobrino más pequeño -a sus 9 años, un gran fan
de Black Sabbath, The Clash y The Ex: “¡Recuerda!¡Lo más importante son las poleras!”, a
lo que el niño respondió: “¡Sí, y las chapitas!”.
El caso es que durante una gira por Estados Unidos -lugar
donde TL fue varias veces pero en general les pasaron puras desgracias- compartieron
escenario con el gran Bob Seger, y así fue como decidieron iniciar el álbum Peleando
con un cover de su canción “Rosalie”. Como
detalle curioso debo señalar que Víctor Jara también grabó lo que creyó ser una
versión de Seger, con “Las casitas del barrio alto”. Así lo anuncia Jara en un
disco en vivo que tengo por ahí. El problema es que en verdad la canción fue
grabada y popularizada por Seger en 1963 como “Little Boxes”, pero era una
canción de su amiga Malvina Reynolds (por cierto, usada como canción de la
serie Weeds).
Es raro iniciar un álbum con un cover, según De Gorgot la
causa de esa decisión fue la inseguridad alcanzada tras cuatro grandes fracasos
en ventas. Pero lo cierto es que “Rosalie” le da un toque bien rockero, alegre
y proletario. Y a partir de ahí se suceden 9 canciones más, que funcionan muy
bien en sí mismas y como un puente hacia el más clásico material de Thin Lizzy
que se hizo en los meses posteriores. El
segundo tema es “For those who love to live”, otra historia de un fugitivo, en
esta ocasión se trataría de un patas negras, atrapado y colgado por sus pecados.
El trabajo de las guitarras comienza a ser realmente notable, logrando una
belleza y perfección bastante inusual en medio de un mar de bandas pencas que
han poblado y arruinado el rock desde los 70.
No se sorprenderán si les cuento que el quinto álbum de Lizzy
fue el quinto fracaso comercial de la banda, que para ese entonces publicaba en
Vertigo, filial de Phonogram records.
Una lástima porque pocas veces en el rock uno se topa con
materiales tan preciosos como la ya referida “Wild One”, con una exhibición de maestría
en la twin guitar, y cuya letra podría hacerlos llorar si la escuchan luego de
ser abandonados por un ser amado con cuyo regreso al hogar sueñan aun sabiendo
que jamás ocurrirá, o “Suicide”, “Freedom song”...Hay temas más introspectivos
como “Fighting my way back”, y el rock pesado se asoma de nuevo al final con “Ballad of a hard man”, pero no sé…la verdad es que todo el disco es tan excelente que
no me gustaría perder más tiempo tratando de describir sus canciones por
separado. Y no lo había pensado antes, pero a pesar de que hay temas bien pesados,
el disco es un poquitín introspectivo y hasta algo depresivo. Pero de esos que
si escuchas varias veces durante un bajón anímico, terminan por sacarte de ahí
en algún momento indeterminado.
1976, el año en que entré a primero básico y aprendí a leer,
nos brindó el impresionante Jailbreak, imposible de sobrevalorar. Desde
el inicio con el tema homónimo y sus tres acordes básicos pero vitales, el
sexto álbum de Lizzy es finalmente el que les da la más que merecida fama y los lanza
al estrellato por varios años más. Mucha pobre gente sólo ha escuchado “Boys are back in town”, que es gloriosa y hasta fue elogiada por sesudos críticos
como Greil Marcus. Pero la magistralidad de este artefacto hace necesario
recomendarlo a cada sujeto medianamente interesado en “esa forma de arte degenerado
que es el rock” (Lester Bangs dixit, en el folleto de un disco de los Mekons).
Como no tengo palabras (no tengo cannabis hace semanas y recién
me estoy sirviendo la primera copa de vino espumante de este caluroso día), los
dejo con las de Emilio:
“Este álbum puede ser considerado ya sin ningún tipo de
tapujos como una auténtica obra maestra. Repentinamente dan un salto
cualitativo de gigantes y llegan casi al pináculo de lo que puede hacerse en su
estilo. Combinan melodías y potencia mejor que nunca, y lo hacen tan bien o
mejor que cualquier otra banda guitarrera de ese mismo momento. Las canciones
de Lynott son ahora mucho más inspiradas y sus letras rayan la perfección. Todo
suena en su sitio, y lo que es más importante, cuando escuchamos los cortes por
separado son casi invariablemente memorables, todos ellos, uno por uno. La
mini-ópera rock Jailbreak supone la explosión de la «era
clásica» de Thin Lizzy, en la que grabaron una buena parte de sus mejores
canciones. El talento de Phil Lynott estalla y deja atónitos incluso a quienes
ya le conocían bien de la escena musical británica. No hay una sola canción de
relleno. No hay un fragmento de música que no merezca la pena. Ya no suenan a
lo que hacen otros, ahora suenan únicamente a ellos mismos y para colmo ese
sonido es instantáneamente reconocible”.
En fin: disco de oro en Inglaterra y Estados Unidos. Empiezan
a comparar a Lynott como letrista con Springsteen, lo cual le mosquea un poco
porque a pesar de que respeta al Jefe como artista (¿Quién no? Ah: Donald
Trump), su verdadera inspiración era Van Morrison.
Y Emilio tiene razón: en este disco cada canción es una obra
maestra en sí misma. Pero la que lejos más me emociona de todas es “Romeo y la chica solitaria”, que relata la triste historia de Romeo (Gary Moore) quien le
dice a su novia que va a tener que dejarla (¿por ir de gira? No lo sé), y la
chica se enamora inmediatamente de otro tipo. Pobre Romeo: “Never judge lovers
by good looking covers”, que sería algo así como que no hay que juzgar a los
amantes por las apariencias, algo en lo que desde Casanova hasta yo mismo
estamos totalmente de acuerdo. El solo de guitarra de Scott Gorham en esta joya
de canción es algo que no se puede explicar: lirismo, técnica, concisión,
elegancia…todo ahí. Uno de los mejores solos de guitarra eléctrica de la historia,
más en sintonía con el mejor folk/jazz que con las explosiones fálicas del rock
pichulero a lo Zeppelin/Grand Funk.
Pero la perfección no es sólo musical: Phil ya domina a la perfección el arte de contar en sus letras conmovedoras historias de antihéroes proletarios, al punto que se dice que el mismísimo Bob Dylan declaró que "el tipo es un genio". Con razón la descripçión resumida de Thin Lizzy en allmusic.com destaca la combinación del "rugido de la twin guitar con la poesía de clase obrera de Phil Lynott".
El año 76 es tan activo para Lizzy que antes que casi de
inmediato sueltan el LP Johnny the fox, obra maestra que esta al nivel
de la anterior, al punto que recuerdo haber leído a alguno de ellos diciendo
que bien podrían haber hecho un álbum doble. ¡Me lo imagino! Hubiera sido
grandioso, porque JTF no imita a JB, sino que construye a partir de ahí hacia
otros territorios sonoros, por ejemplo con algo de funk y soul en el tema
homónimo. Alguna vez leí también que ese álbum y en particular la canción “Johnny the Fox meets Jimmy the Weed” fueron sampleados muchas veces por artistas del
hip hop en los 80. Otra de las joyas de
este disco es “Fools gold” (El oro de los tontos), que sentimentalmente suena
un poco como “Wild One”, pero acá se cuenta una historia de los pobres irlandeses
que se vieron forzados a navegar las aguas del mar en busca de mejor suerte en
el Nuevo Mundo, o sea, una versión TL del mismo tema que desarrollan
magistralmente los Pogues en “Thousands are sailing” (una de sus mejores
canciones, de entre la larga lista de himnos que nos dejó MacGowan y sus
muchachos).
Para rematar una verdadera era dorada, llega el glorioso año
de 1977 y la mejor banda de rock del mundo nos obsequia Bad Reputation,
una colección de 9 canciones perfectas, con un sonido bastante característico
aportado por la producción de Tony Visconti (colaborador de Bolan y Bowie). No
sé como habrán recibido este disco los punk rockers del 77, porque en esos
mismos años yo estaba muy ocupado disfrutando a Boney M y Village People, pero Thin
Lizzy casi en pleno más algunos miembros de los Sex Pistols formaron la super banda
The Greedies, que en 1978 hizo un single navideño apoyado por John Peel desde
la radio y con algunas apariciones televisivas que pueden rastrear en la web.
Excelente, pues esto demuestra mi teoría de que bandas como T. Rex. Motorhead y
Thin Lizzy son precursoras tanto del punk como del metal, pues en definitiva es
ni más ni menos que Maximum Rock and Roll.
En Mala Reputación destacaría la hermosa canción “Southbound”,
acerca del agotamiento de la fiebre del oro en el Nuevo Continente, y por sobre
todo la maravilla que es “Dancing in the moonlight”, cuyo adolescente protagonista
camina feliz bajo la luz de la luna después de encuentros furtivos con su
amante, teniendo que mentir a sus padres diciendo que se quedó a dormir donde
amigos. En el folleto del CD explican acertadamente que esta canción es una especie
de tributo a “Moondance” de Van Morrison, con algo del drama del amor por una
mujer mayor que expresa el gran Rod Stewart en “Maggy May” (que según mi amigo
Conselheiro fue versionada por los Pogues, los que por cierto también tienen su
propia versión de “Whiskey en un jarro”).
Este álbum llegó al cuarto lugar del ranking británico.
Como detalle curioso, en esta portada no sale Robbo, pues el pastelazo
se vio involucrado en una pelea de bar donde le rompieron los tendones con
vidrio, debiendo ser reemplazado por Moore para una gira teloneando a Queen. Se
dice que Robbo estuvo a punto de perder su puesto en la banda, pero finalmente
participó de la grabación del disco, mientras Moore se alejó para centrarse en otros
proyectos.
1978-1983: Mala reputación, decadencia, repunte y el colapso
final
Después de Bad Reputation, vino el histórico doble álbum
en vivo Live and Dangerous, que debe ser el disco más famoso de Lizzy,
con su tremenda portada en que se aprecia a Phil cantando con su bajo mientras
mantiene las rodillas al nivel del suelo y -por qué no decirlo- destaca su
entrepierna enfundada en un pantalón de cuero brillante. A los costados y en
segundo plano apreciamos a Robbo y Gorham con sus guitarras. Mientras me sirvo
una segunda copa, veo en el folleto que el material fue tomado de la gira de Johnny
the Fox en 1976 y de Bad Reputation en 1977. Las 17 canciones (al menos en la versión CD) están tomadas principalmente de ambos discos, con
alguna presencia de canciones más antiguas como “Suicide”, “Sha La La” y el
cierre con “The rocker”.
Antes del siguiente disco, Black Rose, de 1979, Robbo
definitivamente se va de la banda tras un concierto en España durante una
caótica gira. Por eso es que la Rosa Negra es el único álbum de Lizzy en que
Gary Moore es un miembro estable, que además del guitarrismo aporta con coros
que enlazan perfectamente con la voz de Phil.
Tal vez este cambio de dinámica es lo que genera un disco
bastante variado estilísticamente, con un primer tema “Do anything you want to” con
presencia de timbales y un sonido que por alguna razón me recuerda a la heroína
del glam que fue Suzi Quatro. Luego sigue “Toughest Street in town”, donde los
muchachos recuerdan sus duros orígenes callejeros y Moore se despacha un solo realmente
memorable, mientras los coros tienen algo que ya hubieran querido para sí
bandas oi! como Cocksparrer o los Cockney Rejects.
“Waiting for an Alibi” es otra lumpen historia, en esta
ocasión la de Valentino, un apostador compulsivo, y se beneficia de los mejores
solos de guitarra que recuerde, incluso en un escalafón superior a los de “Wild
One” y “Romeo and the lonely girl”. En “S&M” Phil declara sobre una estructura casi funk su amor a una
prostituta en un motel barato. Después homenajea a su hija recién nacida en “Sarah”,
y acto seguido promete abandonar las
drogas duras y el copete en “Got to give it up”. Por supuesto que no lo logró…Después
viene un tema cuyas secuencias de acordes siempre me han parecido un poco
clashianas: “ Get out of here”, a la que sucede la infaltable balada en “With
love”, que da paso al grand finale: “Roisin Dubh (Black Rose) a rock legend”,
con sus 7:06 de perfección folk rock.
La Rosa Negra llegó al número 2 del ranking británico…superado
solamente por…ABBA. Emilio dice que es la segunda gran obra maestra de la
banda, y que cuesta decidirse entre ella y Jailbreak.
Y tal vez hasta aquí llega la fase ascendente de Thin Lizzy.
Moore se fue después de este disco, y fue reemplazado por una opción más que
polémica: Scotty White, guitarrista de sesión y en vivo de…Pink Floyd…O sea, amo
a Pink Floyd con Syd Barrett, pero en los 70 la banda ya era una divina mierda,
y la opción de meter a Scotty en Lizzy nunca fue tan buena idea (mientras Moore
hacía carrera solista y Robbo se incorporó brevemente a Motorhead para grabar
el excelente Another perfect day).
Pero bueno: con White y todo, Lizzy seguía siendo Lizzy, y
suministró dos albums que están lejos de los mayores momentos de mayor gloria
pero también bastante lejos de ser discos derechamente malos. Me refiero a Chinatown
(1980) y Renegade (1981). Ambos son discos muy irregulares, pero así y
todo es puro Thin Lizzy, aunque se sabe que para la época del Renegado
había una cierta confusión de temas con los que estaba haciendo Phil para un
disco solista.
Chinatown parte con “We Will be strong” (Seremos fuertes),
una canción que denota cierto cansancio existencial, pero luego “Barrio chino”
y “Sweetheart” suben el nivel, con un sonido que es propio de la banda pero en
que se nota que ya hemos llegado a los 80. “Killer on the loose” es la más
popular del disco, rememorando las andanzas de Jack el Destripador.
Renegade ha sido casi unánimemente considerado como el peor disco de la banda. A mi me gusta bastante, desde el heavy metal
de “Angel of Death” a la canción que da título al disco, pasando por la gran
canción que es “Hollywood (Down on your luck)”, la bastante influenciada por ZZ
Top “Leave this town”, “Fats”, la ya referida “Mexican blood”, que cuenta una
trágica historia de amor, y el final bastante dramático de “It´s getting
dangerous”. De hecho, me encanta esa última canción, y por algún tiempo creía
que había sido la despedida de Thin Lizzy (como les he contado antes, escuché
este álbum en 1986, y en ese momento no sabía que hubo un álbum más después del
Renegado). No es un disco redondo, eso está claro. Pero me parece mejor
que Chinatown y lo escucho bastante. Por ahí leí a alguien que criticaba que la
canción “Renegade” se daba muchas vueltas sin llegar a ninguna parte. Pues
bien: esa es la gracia de este manifiesto, según se dice inspirado por la
visión que en un momento de la gira por Estados Unidos tuvo Phil, de un
motorista que pasó al lado del bus en la carretera, y que tenia dos grandes
parches en la espalda: Thin Lizzy y Motorhead. A mi juicio, cuando escucho
hablar del muchacho que había renegado de todo y sólo era un rey en la
carretera, Phil está hablando de sí mismo. La canción suena distinta al estilo
usual de Lizzy, y me atrevería a decir que me recuerda a…Dire Straits. Pero cuando
entran las guitarras es otra cosa: classic Lizzy, pero adaptado a la nueva
década.
Las cosas podrían haberse dejado hasta ahí. La banda ya
estaba en decadencia, y las adicciones de Lynott y Gorham estaban en su punto
más problemático. Echaron al bueno de Snowy White, y en ese punto ocurrió algo
sorprendente: incorporaron a un nuevo segundo guitarrista (John Sykes, de
Tygers of Pang Tang y posteriormente Whitesnake), además de un tecladista
(Darren Wharton, que a los 18 años ya había colaborado en Chinatown), y
la banda rejuveneció por última vez, suministrando el -ahora sí- álbum de
despedida llamado Thunder and lighting (1983). Muchos lo han visto como
un guiño a la nueva ola de heavy metal que reinaba en esos años, cuando se
empezaron a desarrollar subgéneros como el thrash, el death y el black metal. Un poco como lo que hizo Judas Priest con su Painkiller.
Y claro: tanto Priest como Lizzy habían sido una gran inspiración para las
bandas metaleras. Pero en el caso de Lizzy, yo creo que no son reducibles a etiqueta
alguna más allá de la del rock and roll. Lo cual no quita que desde la portada
(donde bajo un rayo que cae sobre una guitarra sobre un terreno pedregoso en
que asoma un puño provisto de una típica muñequera metalera) hasta el tema homónimo, la estética del heavy metal esté muy presente en este álbum de despedida.
Pero no solo eso. Una canción hermosa como “The sun goes down” es casi
ambiental, mientras que “Baby please don´t go” es un himno al desamor,
algo más rápido y metalero que las sufridas baladas que hacían en los 70.
Y este sí que fue el final de la banda, aunque hubo una gira
de despedida y un nuevo álbum doble en vivo, titulado sencillamente Life,
con apariciones de casi todos los guitarristas anteriores y un repaso por el
repertorio clásico de la banda además de muchos temas de los tres últimos
discos.
Phil Lynott murió a inicios de 1986, y con él se agotó toda
una época dorada del rock. El punk rock también estaba muriendo. Surgió la mierda
del rock alternativo, no hubo más alternativas al capitalismo neoliberal, el
bloque socialista se fue a la mierda, y acá estamos aún los que seguimos pensando
con nostalgia en la revuelta de 1968 y toda su excelente banda sonora sin igual.
Es todo.
He dicho.
Post Scriptum:
1.- Además de estos 12 albums de estudio más dobles en vivo,
siempre pueden acudir al doble CD editado en 2011 llamado Thin Lizzy at the
BBC, que reúne 33 canciones que permiten reconstruir la trayectoria de la banda
sin necesidad de acudir a todos los álbums.
2.- Pueden encontrar poleras, tazones, gorros y chapitas de
Thin Lizzy exquisitamente diseñadas en La Jaula: Victor Manuel con Placer,
Galpón 6, Local 70 B, Persa Biobío. También tienen poleras de Invunche,
Millions of Dead Cops, Ornette Coleman, Albert Ayler, y un montón de cosas realmente
trve. Además, justo en la esquina de Placer con VM venden unas excelentes
micheladas a dos lucas, con cerveza Royal Guard.
3.- A contar de "Vagabundos del mundo occidental" y hasta "Chinatown", 6 de las portadas de Thin Lizzy fueron confeccionadas por el artista visual irlandés Jim Fitzpatrick, famoso por la imagen más icónica del Che Guevara. Y acá tenemos otro vínculo black metal: Jim diseñó también la portada del Underground Resistance de Darkthrone (2013). Acá pueden ver (y conseguir) esas obras.
Etiquetas: memoria negra, memories of you, Thin Lizzy








