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martes, noviembre 30, 2021

PINOCHETISMO CYBORG (x R. Karmy) 

Un texto del amigo Karmy.

Las fotos las tomé el sábado en Marathon con Grecia.



PINOCHETISMO CYBORG

Rodrigo Karmy Bolton

A los amigos

“El asombro porque las cosas que vivimos sean “todavía” posibles en el siglo veinte no es ningún (asombro) filosófico.” –escribía Walter Benjamin hacia el final de la tesis VII sobre el concepto de Historia. La concepción progresista de la historia está interrogada sobre todo porque el progreso –dirá Benjamin, en otro lugar citando al Angelus Novus de Paul Klee- no es más que una sola catástrofe. Podemos cambiar “siglo veinte” por “siglo veintiuno” y transportarnos rápidamente al Chile contemporáneo que tiene a la candidatura pinochetista de José Antonio Kast como serias posibilidades de triunfar en la segunda vuelta electoral. ¿Asombrados? ¿cómo candidaturas como éstas podrían ser “todavía posibles”? –es la pregunta que se formula el progresista. Pero es precisamente su concepto de Historia el que aquí hay que interrogar, el que experimenta un límite infranqueable que se sintomatiza en el “asombro” progresista frente a la posibilidad de que Kast sea presidente. La pregunta concreta y clave a este respecto es: ¿por qué el Chile octubrista votó por el pinochetismo? 

Hasta ahora, algunos importantes columnistas disímiles estirpes, parecen haber construido un consenso preocupante: la revuelta no habría sido el estallido “emancipatorio” y anti-neoliberal con el que nos ilusionamos, sino la impugnación a una oligarquía para permitir que una gran masa de población excluida pueda participar del sistema neoliberal. No se trataría, entonces, se una revuelta que irrumpió exigiendo menos sino más neoliberalismo. Se trata de la tesis de Carlos Peña devenida episteme oligárquica gracias a El Mercurio que, nuevamente, opera como su cogito. Al devenir episteme la tesis Peña construyó la narrativa  orientada a salvaguardar el mito de Chile (el neoliberalismo): no solo la revuelta había que considerarla simple “delincuencia” y pura “violencia” que había que condenar, sino que la raíz del problema residía no en el defecto del proyecto país, sino en su virtud: el neoliberalismo debía popularizarse, democratizarse del nicho puramente oligárquico que habitaba las comunas del Rechazo. Pero el neoliberalismo era la senda correcta del progreso, y su modernización. 

Bajo esta episteme que articuló la máquina mitológica de la oligarquía, la revuelta jamás fue pensada en su dimensión afirmativa, en la potencia imaginal que traía consigo y en su efecto destituyente; sino siempre en clave de “anomia”, “delincuencia”, “violencia”, “destrucción” o “caos”. Como bien califica Brunner en su última entrevista, se trataba solo de una “fantasía política”. La revuelta siempre era el “mal” de toda política, su antítesis, lo que “faltaba” de política, aquello tremendamente “irresponsable” que debía ser conjurado si queríamos que el neoliberalismo –como programa modernizante del Chile actual- efectivamente mostrara lo mejor de sí. 

La clave de este proceso reside en que puso en práctica una serie de dispositivos (columnas, acciones políticas, discursos, propaganda) que terminaron construyendo una narrativa de la revuelta identificándola sin más a la abstracción del término “violencia” y circunscribiendo su deseo al neoliberalismo: más consumo, no menos, más capital no menos. Como se constata el periplo discursivo del año 2021, no hubo jamás una discusión mínima sobre la noción de “violencia” sino simple y puramente, una exigencia a su condena. El moralismo se impuso y la narrativa, según la cual, había que “condenar la violencia” para que la democracia prevaleciera dirigiendo sus esfuerzos a un “más neoliberalismo” y no “menos”, pareciera haberse convertido en consenso. ¿Democracia? -¿qué puede significar ese término para quienes ven sus viviendas y barrios allanados permanentemente por la policía, las bandas criminales de todo tipo, que ven morir a sus familias de COVID19 en un consultorio porque no existen camas suficientes, o que deben organizar bingos para pagar las millonarias sumas de operaciones o tratamientos de enfermedades? ¿Qué puede significar “democracia” sino el nombre de los poderosos? 

Peña devino así la vanguardia discursiva de la restitución oligárquica, cuyas formas hoy no se expresarán sino en el triunfo en primera vuelta de un fascismo cibernético o, si se quiere, de un pinochetismo cyborg que cristaliza la nueva fase de acumulación. Sin embargo, la construcción de la narrativa “peñista” no fue simple. Implicó una materialidad decisiva que implicó la aplicación del terror entres hebras precisas: la político-institucional, la sanitaria o biomédica y la económica y social. 

La político-institucional implicó la aplicación piñerista del terrorismo de Estado con las fuerzas paramilitares llamadas “policía” –y en un momento el Ejército- contra Wallmapu y la revuelta octubrista desde el 19 de octubre de 2019. La aplicación del terrorismo de Estado trajo mutilaciones oculares (más de 400 casos), muertos, heridos y presos a quienes se les aplicó una ley excesiva para delitos menores (ley de seguridad del Estado y otras nomenclaturas), siguiendo la doctrina inaugurada por EEUU con la “guerra contra el terrorismo”. Piñera mismo refirió al “enemigo poderoso” cuando decretó el estado de excepción constitucional y movilizó a las FFAA por el conjunto de las ciudades del país. El efecto del terrorismo de Estado ha sido la separación de los cuerpos, neutralización de su potencia afectiva.  

La sanitaria o biomédica trajo consigo la restricción de desplazamientos, el aislamiento y corte de lazos y capilarización del terror en la fantasía de que cualquier contacto podía ser causa de contagio: familiares muertos, enfermos, otros que iban a trabajar arriesgando la vida cada vez que se subían al transporte público y se sabía que los consultorios y hospitales estaban atestados de pacientes y colapsados. Me interesa cómo la restricción pandémica confiscó justamente el lugar de la revuelta: la sensibilidad, la abertura del lazo afectivo que ahora se conminaba a reducirse al aislamiento y clausurarse por miedo al contagio: la revuelta contagia como el virus, ambos podían detenerse bajo el aislamiento proveído por la excepcionalidad jurídica.  El terror a la enfermedad funcionó como atmósfera que cerraba puertas y separaba cada vez más a los pueblos respecto de sí mismos. 

Finalmente, el terror económico y social –estamos en “crisis”- frente al que el gobierno se mostró táctico para dosificar las cuotas de “ayudas” (no “derechos”) monetarias a la gran masa de desempleados que flotaban en el espacio social y que habían sido producidos por el mismo neoliberalismo que, en momentos críticos, debía reducir sus puestos de trabajo y multiplicar el delivery como máquina –y paradigma del capitalismo contemporáneo- de precarización absoluta para la mayoría de la población. Desempleo, exceso de trabajo por la misma paga, deudas aumentadas exponencialmente, los tres retiros a las AFPs fueron la herramienta clave para despejar transitoriamente el problema e inyectar dinero fresco al debilitado mercado. 

Tres formas de aplicación del terror, ya no necesariamente desde una política excepcionalista del schock, sino desde la construcción de la ominosa “nueva normalidad” que no deja de operar como “acumulación originaria” permanente donde las cuotas de violencia resultan fundamentales para el despliegue y reordenamiento del capital. Articulación y –diríamos-coordinación del terror político, sanitario y económico a la vez. Todo eso en dos años que devastaron a los pueblos pero que, a pesar de todo, pudo mantener la energía octubrista en la insistencia en el plebiscito, la elección de los constituyentes el 15 de mayo y la consolidación de la Convención Constitucional desde el 4 de Julio de 2021, pues pudo mantener dicha energía mínimamente organizada vía el conjunto de las redes sociales. 

Se ganó espacios a pesar del terror aplicado. Porque el simple terror no sirve. Se requiere de una narrativa. Y esta última fue ofrecida por el discurso sobre la “violencia” que, progresivamente, cuando se inició la carrera presidencial –ese simulacro tan bien armado- fue pulido y derivado tribunal por el que todo candidato debía “condenar o no la violencia”. Una violencia siempre abstracta –por cierto- y un discurso tribunalicio que operaba desde las grandes corporaciones mediáticas con los periodistas como sustitutos cómicos de un juez que exige que todos depongan la violencia, salvo él que se consolida como el gran Leviatán. El discurso de “condena de la violencia” es una táctica eficaz para apropiarse de ella, y ejercerla sin contrapesos. 

¿Cómo es que la revuelta devino pinochetismo ciborg? Y curiosamente, varias columnas, omiten el schock normalizado que han experimentado los pueblos de Chile desde que salieron a descolonizar su matriz neoliberal para el 18 de octubre de 2019. La aceptación de que la revuelta no era más que violencia o una “fantasía política” sin destino ha sido, en el fondo, con matices más o menos, la aceptación de la matriz discursiva de El Mercurio en voz de Peña.  Para dicha matriz, el terrorismo de Estado aplicado por Piñera, los agotadores meses de pandemia, o las angustias provocadas por la situación económica, pareciera no haber existido nunca o, quizás, como simple detalle, un epifenómeno aún no analizado y que resulta imprescindible analizar. Sobre todo, porque el octubrismo no fue derrotado, a pesar de la experiencia de terror aplicada. Para la narrativa “peñista” todo se trata de que, finalmente, la revuelta expresaba un conjunto de población pro-neoliberalismo cuya consumación termina, ni más ni menos, en la potenciación de la candidatura de Parisi y Kast. La elección presidencial del pasado 21 de noviembre aparece, para este discurso, como el triunfo de su tesis: el votante Parisi y el triunfo de Kast en primera vuelta confirma que lo que el pueblo “quería” era más neoliberalismo y no menos. 

Sin embargo, esa supuesta explicación –explicación que no explica-  habría que explicarla a su vez en virtud de la aplicación biopolítica del terror devenido “nueva normalidad” (¿o acaso nadie recuerda ese término tan original?). ¿Qué hace el terror? En este breve esbozo, advertimos algo crucial: las tres líneas del terror no operaron simplemente como “represión”, sino como una nueva territorialización afectiva, como una restitución de la subjetivación neoliberal, pero en forma hipertrófica: la microfísica del terror produce el efecto de separación de los lazos, y de aislar a los individuos. A pesar de todo, procesos de vida común continuaron porque la conflictividad asociada no cesó jamás. Si la revuelta abrió la dimensión erótica en la que los cuerpos se encontraban y abrazaban, el terror sobrevenido trabajó capilarmente para producir su aislamiento y separación. Si la revuelta traía consigo la “rabia” –que siempre denota el quiebre del principio de justicia-; la aplicación del terror pudo territorializarla en “odio”, pasión favorita del fascismo. Vida común por individualismo hipertrófico: he aquí la clave del triunfo de Parisi y Kast que capitalizaron la mutación sobrevenida gracias a la aplicación del terror que termina reconduciendo al discurso anti-oligárquico (presente en Kast y Parisi, de formas diferentes) hacia la reivindicación de la individualidad: no somos ni de derecha ni de izquierda (sino puros) –dice Parisi; o queremos “paz” (orden) y afirmar la “libertad” (esa soberanía individual) contra la violencia de la revuelta –dice Kast. Ambos operan bajo el simulacro del outsider: Parisi porque no viene de la “clase política” (pero había sido candidato otras veces y hace años que tiene un trabajo al respecto), Kast porque proviniendo de ella, se fue de la misma e irrumpió para apropiarse del sector reconstituyendo a la “verdadera derecha” característica del pinochetismo. En ambos, anti-oligarquismo –que era la referencia octubrista por excelencia- se anuda al individualismo. La crítica a la clase política, en Parisi contra la “derecha y a la izquierda”, en Kast al “piñerismo” como su cristalización. ¿Cómo Parisi –ese avatar que casi sale presidente- pudo ser votado? Justamente por eso: su ausencia produjo mayor goce, y su devenir avatar expresó lo que la “salida de la democracia” que estamos experimentando anuncia: el mundo fáctico de la cibernética, el pinochetismo cyborg

Asistimos, pues, a una cuota de sorpresa: el progresismo neoliberal que no dejó de machacar con la “violencia” e infantilizar la revuelta de Octubre adhiriéndose tácita o explícitamente a la narrativa “peñista”, experimenta un singular asombro: el eventual triunfo de Kast. Ahora nos llama a “defender la democracia” después de que, por dos años, contribuyó a construir la narrativa de la violencia y la modernización (el “peñismo”) que deslegitimaban los esfuerzos de los pueblos de Chile por descolonizar su histórica devastación. Se “asombran” de que estas cosas (Kast-Parisi) sean “todavía posibles” cuando, por dos años, han contribuido abiertamente a instalar sus condiciones. Se “asombran” de que estas cosas sean “todavía posibles”, pero parecen no ver que Kast es su propio hijo y Parisi su hermano menor.

Kast y Parisi solo hablaron el lenguaje que el “piñerismo” legó y que el “peñismo” aceitó. Ese es todo su pecado, su única virtud. Capitalizaron su fuerza para catalizar no la “rabia” sino el “odio”, y así imaginar no una vida en común sino una verdadera comunidad de separación. Ahora bien, el pinochetismo cyborg ¿qué es? La forma actual del devenir de dicha violencia. Si ésta se cristalizó en un primer momento bajo el cuerpo físico de Pinochet y posteriormente bajo su cuerpo institucional (la Constitución de 1980), hoy se apuntala otra fase de su devenir, en que su desmaterialización deja la forma física y jurídica para identificarse plenamente a la abstracción infinita del capital en el nuevo ciclo de acumulación neoliberal. Eso es Pinochet. 

Que la segunda vuelta pueda desactivar al pinochetismo cyborg implica recobrar los afectos perimidos, abrirlos a los otros, sin miedo hacia la vida común, sin miedo al “octubrismo” y su imaginación. Pero eso implica invitar a atravesar –sin miedo, con esperanza- el fantasma de Chile que aún sigue anudado a esa violencia golpista de 1973 como condensación de la violencia portaliana que estructuró los 200 años de República. 



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lunes, noviembre 29, 2021

¿El fascismo viene o ya estaba acá y le dieron alimento al mismo tiempo que apagaban las llamas de la revuelta?  


Buena pregunta. Me la planteé la semana pasada y envié una columna a El Porteño: "Octubre, noviembre, ¿septiembre?"

Luego de eso las columnas sobre el tema se han vuelto sobreabundantes, así como el chantaje sobre los sectores abstencionistas, a quienes se nos echa la culpa de todo en estos casos (deja vu: 1988, 1989, 1999, 2010, 2017, y ahora 2020 y 2021). 

Asi que mejor los dejo con un interesante documento con el cual se puede dialogar y discrepar y del cual se puede aprender mucho.

Es una entrevista a Pier Paolo Pasolini incluída en el libro póstumo "Escritos Corsarios". Que la disfruten. Los subrayados son nuestros.

Se recomienda leer escuchando a Crass, de cuya colaboradora gráfica (Gee Vaucher) tomé estas  imágenes. Si ya están chatos de escuchar los discos de siempre de tan magnífico colectivo anarco-punk, entonces acudan a los 223 remixes que compilaron en "Nunca fue normal", editado el 30 de junio de este año. 

Si la anarquía de los sentidos que exploraron entre 1977/1984 aún nos hace sentido, esperen a escuchar cómo sigue reverberando en las mentes y cuerpos de quines tomaron estos materiales y les dieron nueva vida.

AMPLIACÍON DEL «BOCETO» SOBRE LA REVOLUCIÓN ANTROPOLÓGICA EN ITALIA

(11 de julio de 1974 en el «Mondo», entrevista a Pier Paolo Pasolini realizada por Guido Vergani).

*

Nosotros los intelectuales tendemos siempre a identificar la «cultura» con nuestra cultura: por lo tanto, la moral con nuestra moral y la ideología con nuestra ideología. Esto significa: 1) que no usamos la palabra «cultura» en su sentido científico, 2) que expresamos con ello un cierto e inevitable racismo hacia aquellos que viven, precisamente, en otra cultura. En realidad, dada mi existencia y mis estudios, yo siempre he podido evitar bastante caer en estos errores. Pero cuando Moravia me habla de gente (o sea en la práctica todo el pueblo italiano) que viven en un nivel pre-moral y pre-ideológico, me demuestra que ha caído por completo en estos errores. Lo pre-moral y lo pre-ideológico existen cuando se supone la existencia de una sola moral y una sola ideología históricamente justas: que sería por lo tanto la nuestra, burguesa, la de Moravia, o la mía, la de Pasolini. No existe, en cambio, pre-moral o pre-ideológico. Existe simplemente otra cultura (la cultura popular) o una cultura precedente. Es sobre estas culturas que se levanta una elección moral e ideológica: por ejemplo, la elección marxista o la elección fascista.

Ahora esta elección es esencial. Pero no es «todo». Esta elección, como Moravia mismo lo hace notar, no se resuelve por sí misma sino por sus resultados teóricos o prácticos (la transformación del mundo). ¿En qué forma, si no, algunas decisiones justas -por ejemplo un marxista maravillosamente ortodoxo- dan resultados tan horriblemente equivocados?

Exhorto a Moravia a pensar en Stalin. En cuanto a mí, no tengo dudas: los «crímenes» de Stalin son el resultado de la relación entre la elección política (el bolchevismo) y la cultura precedente de Stalin (aquello que Moravia llama con desprecio pre-moral o pre- ideológico). Por otra parte no es necesario recurrir a Stalin, a su elección justa y a su fondo popular campesino, clerical y bárbaro. Los ejemplos son infinitos. También yo, por ejemplo, según Maurizio Fenara (que en «L'Unita» me dirige la misma crítica que Moravia, es decir, me recuerda severamente el valor esencial y definitivo de la elección), he hecho una elección justa pero una aplicación errónea: debida, al parecer, a mi irracionalismo cultural, es decir, la cultura precedente en la cual me he formado.

Hoy generalizamos por míllones estos casos individuales. Millones de italianos han hecho elecciones (bastante esquemáticas): por ejemplo, muchos millones de italianos han elegido el marxismo, o por lo menos tendencias progresistas, mientras que otros millones de italianos han elegido el fascismo clerical. Estas elecciones, como siempre sucede, se han injertado en una cultura. Que es precisamente la cultura de los italianos. Cultura de los italianos que, entretanto, ha cambiado completamente. No, no en sus ideas expresadas, no en la escuela, no en los valores sostenidos conscientemente. Por ejemplo, un fascista «modernísimo», es decir, manejado por la expansión económica italiana y extranjera, lee todavía Evola. La cultura italiana ha cambiado en lo vivido, en lo existencial, en lo concreto. El cambio consiste en el hecho de que la vieja cultura de clase (con sus divisiones netas: cultura de la clase dominada, o popular, cultura de la clase dominante o burguesa, cultura de las élites), ha sido sustituida por una nueva cultura interclasista: que se expresa mediante la manera de ser de los italianos, mediante su nueva calidad de vida. Las elecciones políticas, injertándose en el viejo humus cultural, eran una cosa: injertándose en este nuevo humus cultural son otra. Un obrero o un campesino marxista de los años cuarenta o cincuenta, en la hipótesis de una historia revolucionaria, habría cambiado el mundo de una manera: hoy, en la misma hipótesis, lo cambiaría de otra manera. No quiero hacer profecías: pero no oculto que soy desesperadamente pesimista: quien ha manipulado y radicalmente (antropológicamente) cambiado las grandes masas campesinas y obreras italianas es un nuevo poder que me es difícil definir: pero estoy seguro que es el más violento y totalitario que hubo jamás: cambia la naturaleza de la gente, entra mucho más profundo en las conciencias. Por lo tanto, por debajo de las elecciones conscientes, hay una elección forzosa, «común hoya todos los italianos»: la última no puede más que deformar las primeras.

En cuanto a los otros comentarios del «Espresso», el de FacchineIli me resulta oscuro. El oráculo abusa de las «claves». Al de Colletti no contesto porque es demasiado expeditivo. No se puede discutir con una persona que demuestra claramente que quiere ser breve y no tomarte en consideración. Pienso que el breve comentario de Fortini podría ser utilizado por mí a mi favor («es posible preguntarse si aquel "no", al menos en parte, no significa también una voluntad de mirar más allá del optimismo "progresista"») y aceptar la invitación ascética a continuar trabajando también por las ínfimas minorías; o mejor esperar que las «semejanzas» de hoy se conviertan en «diferencias» mañana. En efecto, yo trabajo por las minorías ínfimas y si trabajo quiero decir que no desespero (aunque detesto todo optimismo que es siempre eufemista). Sólo que la obstinación de Fortini en querer estar siempre en el lugar más avanzado de lo que se llama la historia -haciéndolo pesar sobre los demás- me da un instintivo sentimiento de aburrimiento y de prevaricación. Yo dejaré de «decir que la historia ya no existe más» cuando Fortini deje de decirlo con el dedo levantado. En Cuanto a Sciascia le agradezco por la sinceridad (valerosa dado el linchamiento y la sospecha atroz de ser una especie de Plebe lanzada sobre mí por los miserables antifascistas del «Espresso»: pero sobre su discurso de las brigadas rojas cae la sombra de varias cartitas escritas por Sossi: cartitas que sometidas a un análisis língüístíco me han parecido de una insinceridad, de un infantilismo, de una falta de humanidad que justifican cualquier sospecha.

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Ha sido la propaganda televisiva del nuevo tipo de vida «hedonista» lo que ha determinado el triunfo del «no» en el referéndum. No hay en efecto nada menos idealista y religioso que el mundo televisivo. Es verdad que en todos estos años la censura televisiva ha sido una censura vaticana. Sólo que el Vaticano no ha entendido qué cosa debía y qué cosa no debía censurar. Debía censurar, por ejemplo, «Carosello», porque es en «Carosello», omnipotente, que estalla en todo su poder, en su carácter absoluto, en su perentoriedad, el nuevo tipo de vida que los italianos «deben» vivir. Y no se me dirá que se trata de un tipo de vida en el cual la religión cuenta algo. Por otra parte las transmisiones de carácter específicamente religioso de la televisión son de un aburrimiento, de un espíritu represivo, que el Vaticano habría hecho bien en censurarlas todas. El bombardeo ideológico televisivo no es explícito: es completamente otra cosa, completamente indirecto. Pero nunca un «modelo de vida» ha podido ser publicitado con tanta eficacia como por medio de la televisión. El tipo de hombre o de mujer que cuenta, que es moderno, que hay que imitar y realizar, no es descripto o decantado: ¡es representado! El lenguaje de la televisión es por su naturaleza el lenguaje físico-mímico, el lenguaje de la conducta. Que llega por lo tanto mimado de fuente sana, sin mediaciones, en el lenguaje físico-mímico y en el lenguaje de la conducta en la realidad. Porque es perfectamente pragmática, la propaganda televisiva representa el momento «qualunquístico» de la nueva ideología hedonística del consumo: y por lo tanto es enormemente eficaz.

Si a nivel de la voluntad y de la conciencia la televisión en todos estos años ha estado al servicio de la Democracia Cristiana y del Vaticano, en el nivel involuntario e inconsciente ha estado al servicio de un nuevo poder, que no coincide ya ideológicamente con la Democracia Cristiana ni tiene nada que ver ya con el Vaticano.

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Lo que más impresiona caminando por una ciudad de la Unión Soviética es la uniformidad de la muchedumbre: no se nota ninguna diferencia sustancial entre los transeúntes, en la manera de vestir, en la manera de caminar, en el modo de estar serios, en la manera de sonreír, en la manera de gesticular, en su manera de comportarse. El «sistema de signos» del lenguaje físico-mímico, en una ciudad rusa, no tiene variantes. Es perfectamente idéntico en todos. ¿Cuál es por lo tanto la primera proposición de este lenguaje físico- mímico? Es la siguiente: «Aquí no hay más diferencias de clase». Es una Cosa maravillosa.

A pesar de todos los errores y las involuciones, a pesar de los delitos políticos y los genocidios de Stalin (de los cuales es cómplice el universo campesino ruso en su totalidad), el hecho es que el pueblo haya ganado en 1917, de una vez para siempre la lucha de clases y haya alcanzado la igualdad de los ciudadanos, es algo que da un profundo, exultante sentimiento de alegría y de confianza en los hombres. El pueblo se ha ganado efectivamente la libertad suprema: nadie se la ha regalado. La ha conquistado.

También hoy en las ciudades de Occidente -pero quiero referirme sobre todo a Italia- caminando por las calles se advierte la uniformidad de la muchedumbre: tampoco aquí se nota diferencia sustancial entre los transeúntes (sobre todo en los jóvenes, en su manera de vestir, en su manera de caminar, en su manera de estar serios, en su manera de sonreír, en su manera de gesticular), en suma, en su manera de comportarse. Y se puede decir por lo tanto que, también como en la muchedumbre rusa, el sistema de signos del lenguaje físico- químico, no tiene más variantes, que es perfectamente idéntico en todos. Pero mientras que en Rusia ello es un fenómeno tan positivo y de acierto entusiasmante, en Occidente es, en cambio, un fenómeno negativo que arroja en un estado de ánimo que frisa en la definitiva desesperación y en el disgusto.

La primera proposición de este lenguaje físico-químico es, en efecto, la siguiente: «El poder ha decidido que nosotros seamos todos iguales.»

El ansia del consumo es un ansia de obediencia a un orden no enunciado. Nadie en Italia siente el ansia degradante de ser iguales a los demás en el consumir, en el ser felices, en el ser libres: porque ésta es la orden que ha recibido inconscientemente y a la cual «debe obedecer», a riesgo de sentirse distinto. Nunca ser distinto ha sido una culpa tan espantosa como en este período de tolerancia. La igualdad no ha sido conquistada efectivamente, sino que se trata de una «falsa» igualdad recibida de regalo.

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Una de las características principales de esta igualdad de expresarse viviendo, además de la fosilización del lenguaje verbal (los habitantes hablan como libros impresos, los muchachos del mundo han perdido toda inventiva coloquial), es la tristeza: la alegría es siempre exagerada, ostentosa, ofensiva. La tristeza física de la que hablo es profundamente neurótica. Ella depende de una frustración social. Ahora que el modelo social a realizar no es más el de la propia casa, sino el impuesto por el poder, muchos no están en situación de realizarlo. Y esto los humilla profundamente. Propongo un ejemplo muy humilde. En una época el panadero estaba siempre, eternamente alegre: una alegría verdadera, que le brillaba en los ojos. Se paseaba por las calles y diciendo bromas. Su vitalidad era irresistible. Estaba vestido mucho más pobremente que hoy: sus pantalones estaban remendados, muchas veces la camiseta era una piltrafa Pero todo ello formaba parte de un modelo que en su aldea tenía un valor, un sentido y él estaba orgulloso de ello. Al mundo de la riqueza podía oponer su propio mundo igualmente válido. Llegaba hasta la casa del rico con una sonrisa naturaliter anárquica, que desacreditaba todo: aunque fuese más bien respetuoso. Pero era precisamente el respeto de una persona profundamente singular. Y en resumen, lo que cuenta es que esta persona, este muchacho, era alegre.

¿No es la felicidad lo que importa? ¿No es por la felicidad que se hace la revolución? La condición campesina o subproletaria sabía expresar, en las personas que la vivían, una cierta felicidad «real». Hoy, esta felicidad -con el Desarrollo- se ha perdido. Ello significa que el Desarrollo no es en ningún modo revolucionario, ni siquiera cuando es reformista.

No provoca más que angustia. Hoy existen adultos de mi edad tan aberrantes como para pensar que es mejor la seriedad (casi trágica) con que ahora el panadero lleva su paquete envuelto en plástico, con cabellos largos y bigotes, que la alegría «tonta» de otros tiempos.

Creen que preferir la seriedad a la risa es un modo viril de afrontar la vida. En realidad son vampiros felices de ver convertidos en vampiros también a sus víctimas inocentes. La seriedad, la dignidad, son horrendos deberes que se impone la pequeña burguesía; y los pequeños burgueses son por lo tanto felices de ver a los muchachos del pueblo «serios y dignos». No les pasa siquiera por la cabeza el pensamiento de que ésta es la verdadera degradación: que los muchachos del pueblo estén tristes porque han tomado conciencia de su propia inferioridad social, visto que sus valores y sus modelos culturales han sido destruidos.

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Los comunistas que se ilusionan (por ejemplo, con el referéndum) porque creen que comienzan a recoger los frutos de lo que han sembrado, no advierten que la «participación» de las masas en las grandes decisiones históricas «formales» es en realidad querida por el poder. El cual tiene precisamente necesidad de un consumo de masas y de una cultura de masas. La masa «participante», además, aunque formalmente comunista o progresista, es manipulada por el poder mediante la imposición de «otros» valores y de «otras» ideologías: imposiciones que llegan en lo vivido, y en lo vivido arriba por lo tanto también la adopción.

De modo que las masas vivan nuevos valores y nuevas ideologías (el clericalismo por una parte, el carácter progresista por otra).

Desdichadamente este «momento» de inmovilismo y de oficialismo del Partido Comunista Italiano está representado perfectamente por Maurizio Ferrara en su polémica conmigo en las columnas de la «Unità». Es verdad que alcanza un grado de falta de generosidad indigno de un dirigente del más grande partido italiano. Ni siquiera el «Borghese» llegó jamás a poner en duda una cierta calidad de mi cultura, mencionando a mi propósito nombres como los de Lombroso o Carolina Invernizio. Pero ésta es una ofensa que Ferrara ha hecho más a los lectores de la «Unitá» que a mí. Y es por respeto a estos lectores que no vuelvo sobre él y su método. En conclusión, Ferrara no responde políticamente a ninguna de las preguntas que formulo. Silencio absoluto sobre mi hipótesis sobre la derrota del Partido Comunista Italiano en el referéndum, en cuanto a que las predicciones del Partido Comunista Italiano eran pesimistas, hasta e! temor sin más de la derrota. Signo de un análisis equivocado de la real situación de! pueblo italiano: y equivocada de manera imponente. Silencio absoluto sobre el vacío en que ha quedado objetivamente el mundo campesino, con sus valores negativos y positivos. Silencio absoluto sobre los nuevos valores adoptados existencialmente por las capas medias, con la consiguiente superación efectiva del clericalismo y del paIeofascismo. Silencio absoluto sobre los caracteres «escandalosos» del nuevo fascismo, que anulan al antifascismo clásico. Silencio absoluto sobre las relaciones racistas con los fascistas jóvenes y adolescentes.

La respuesta de Ferrara consiste: a) en la afirmación pura y simplemente retórica de la presencia del Partido Comunista Italiano (¡que nadie jamás ha puesto en duda!), b) en una serie de sinsentidos con relación a mis afirmaciones: consistentes antes que nada en atribuirme alevosamente añoranzas que no he sentido en absoluto. No añoro la Pequeña Italia: añoro el inmenso universo campesino y obrero anterior al Desarrollo: universo transnacional en la cultura, internacional en la elección marxista. En segundo lugar, Ferrara -sin preparación frente a la «semiología», ciencia con la cual se ha tropezado de golpe- me acusa de culturismo y de esteticismo simplemente porque yo los aludo. Son las lagunas culturales de Ferrara -que evidentemente no lee más un libro desde los tiempos de Lombroso y de Carolina Invernizio- que le hacen aparecer como experiencias estéticas todas las experiencias que sus lagunas culturales y humanas le impiden hacer. Me hace un lavado de cerebro diciéndome que no son los rostros, sino los cerebros de la gente los que cuentan. Y bien, el panadero del cual hemos hablado antes, a través de su sola presencia física, revela (como millones de otros semejantes suyos): 1) que en su cerebro se han depositado aquellos «valores» de la civilización capitalista del consumo que hacen de él un pequeño burgués impotente para realizar esos valores en la vía práctica; 2) que, en consecuencia, o acepta el desarrollo o el Partido Comunista Italiano del tout va bien; 3) su frustración y la consecuente agresividad podrían aceptar «también» las palabras revolucionarias habituales de «Lucha Continua» y «Poder Obrero», porque él ha alcanzado ya el nivel de mala conciencia y también de vulgaridad, que le consiente aceptar el mensaje extremista (en el caso de que fuera todavía lanzado por alguien).

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El fascismo es una ruina lamentable. La encuesta de Bocca y Nozza en «Giorno» es un trabajito equivocado y fastidioso. Porque de los diferentes componentes que forman hoy en Italia el mosaico fascista tienen sentimientos «únicamente» los que son manejados por la CIA y otras fuerzas del capitalismo internacional, enderezado completamente a la conquista de mercados, es decir, de naciones alegres, bastante libres, bastante tolerantes, perfectamente hedonistas, para nada militaristas y para «sanfedistas» (tendencias incompatibles con el consumo). Puede haber un caso límite como el de Chile. En este caso aparece la fuerza y un provisorio retorno al fascismo clásico. En compensación, sin embargo, hay casos como el de Portugal, que debía pasar por ser una nación severa, económica, arcaica: esto en medio del gran universo del consumo. Así probablemente Estados Unidos de América ha puesto de acuerdo a De Spínola y Caetano. Entre los dos el peor fascista «real» es De Spínola (mientras del otro me dicen que habría combatido con una formación portuguesa junto a los SS): porque yo considero peor el totalitarismo del capitalismo del consumo que el totalitarismo del viejo poder. En efecto -obsérvese - que el totalitarismo del viejo poder no ha podido siquiera arañar al pueblo portugués: el 1º de mayo lo demuestra. El pueblo portugués ha festejado el mundo del Trabajo -después de cuarenta años que no lo hacía- con una frescura, un entusiasmo, una sinceridad absolutamente intactas, como si la última vez hubiera sido ayer. Es de predecir, en cambio, que cinco años de «fascismo consumista» cambiarán radicalmente las cosas: comenzará el aburguesamiento sistemático del pueblo portugués, y no habrá espacio ni corazón para las esperanzas ingenuas y revolucionarias. Hubo ayer una conferencia de prensa de Marco Pannella. A pesar de una cincuentena de días de ayuno, hablando con maravillosa vivacidad y alegría, Pannella dijo una frase que quizá pocos oyentes han recogido: «Son paleofascistas y por lo tanto no son fascistas.» Quisiera que esta frase sirviese de epígrafe a ésta, nuestra entrevista.

 NOTAS:

1) «Qualunquístico» deriva del partido político que existió en Italia después de la Segunda Guerra Mundial, «il partito dell'uomo qualunque». Encarnaba una tendencia de despreocupación por los problemas generales, en egoísta actitud de atención de los problemas personales. Consiste, como concepto, en el contrario del «Militante». (Nota del Traductor.)

2) Marco Pannella es el líder del «Partito Radicale», pequeño pero importante, que persigue la afirmación de los derechos civiles (divorcio, aborto, feminismo, supresión del servicio militar obligatorio, etc.). (N. del T.)

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jueves, noviembre 18, 2021

Free Jazz Guitar Attack: Asilo secreto (Ray Russell) y Radiación Divina (Tisziji Muñoz) 

 


Cuneiform es un buen y viejo sello musical, asociado a diversas formas de progresivo cercano al Rock In Opposition (no confundir con el festival de R.I.O., guajajajá, y disculpen lo fome pero estaba trabajando desde muy  temprano y el calor de la tarde me hace muy mal).

Lástima que en su bandcamp no suelen poner los álbums completos sino que tan sólo liberan unas cuantas canciones.

Justo que hace poco había mencionada por acá a Zeena Parkins, y luego recordé que este sello había re-editado a los casi completamente olvidados No Safety, banda en que estaba Zeena junto a otros sujetos que lograban producir una interesante forma de aquello que con mi viejo amigo Conselheiro hemos rotulado como Punk In Opposition. Hasta se mandan un curioso cover de The Clash.

Pero no iba a eso ahora. Planeo hablar luego en detalle de RIO/PIO, o punk meets prog (la fusión menos probable de todas, parafraseando lo que Lester Bangs decía del encuentro entre free jazz y punk rock). Ahora quería mencionar el extraño e indirecto hallazgo que me apareció el otro día.

Explorando por pura curiosidad visual “Asilo Secreto”, un álbum de 1973 que al final resultó ser una especie de eslabón perdido del free jazz hecho en Inglaterra, me topé con descripciones de este guitarrista Ray Russell que lo comparaban con Sonny Sharrock y con un tal Tisziji Muñoz.

Cualquier sujeto mínimamente familiarizado con la música libre conoce a Sharrock por sus discos con Pharoah y Miles (aunque en el disco Tributo al boxeador Jack Johnson el csm de Miles por su gloriosa performance en guitarra con echoplex ni siquiera lo puso en los créditos), y luego por su inclusión en el supergrupo internacional Last Exit, así como extrañas apariciones con el Fantasma del espacio en Cartoon Network.

Pero nunca había oído hablar de Russell ni de Tisziji.

Sobre Russell, un crítico hizo ver que si Norman Mailer decía que Picasso era médicamente bueno para los ojos, entonces Russell es médicamente recomendable para los oídos. Estoy de acuerdo. Sobre todo por las irrupciones de saxo libre de Gary Windo. Escuchar para creer.

Pero más impactado aún quedé al escuchar al señor Muñoz, que parece ser un cruce entre Sharrock y Santana ganándole una competencia en la casa a Eddie Van Halen. Increíble técnica. Free jazz “luminoso”, de la variedad más positiva y espiritual posible.

Es difícil acceder a su obra, pero en bandcamp se encuentra un álbum completo, Love Everlasting junto a Bob Moses, de inicios de este siglo.


Tal vez su obra cumbre es un álbum en que toca el saxo tenor nada menos que don Pharoah Sanders y la batería don Rashied Ali: Radiación Divina. Sólo lo he pillado en temas sueltos en youtube. Difícil escuchar algo mejor que esto.

Volumen, volumen, y a olvidarse del show electoral, que en todo caso está entretenidamente inestable y horrible y ya le queda poco.


PS: Por favor no le avisen de la existencia estos artefactos a ningún maldito esnob. No quiero ver a nadie publicitando en las redes sus tatuajes del maestro Tisziji.

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martes, noviembre 16, 2021

LOLLAPALOOZA 2022: ¿CUÁNTO VALE EL SHOW? 


“El canto, como el mundo.” (Pablo de Rokha)

Desde los inicios la humanidad encontraba en la fiesta una ocasión para afirmar su presencia en el mundo. Con ocasión de los cambios de estación, carnavales y bacanales, chinganas y  festivales unían aunque fuera una vez al año a la comunidad humana, dedicada el resto del tiempo a trabajar y sobrevivir (1).

“Tristeza nao tem fim, felicidade sim”, cantabaTom Jobim, y agregaba que la gente trabaja un año entero por un momento de sueño para realizar su fantasía en el Carnaval.

Aún recuerdo cómo la celebración de la Fiesta de la Primavera, que viví por última vez en 1976 en la ciudad de La Serena, fue siendo sustituida por eventos cotidianos como el Festival de la Una y estivales como el Festival de Viña, donde el encuentro ya no era tanto con los otros en el espacio público sino que principalmente través de la pantalla del televisor: las “malditas cajitas rectangulares” sobre las que despotricaba una entretenida canción ochentera de la banda penquista Emociones Clandestinas.

El panorama familiar de febrero incluía la observación atenta del Festival de la Canción de Viña del mar, donde cada vez importaba menos la competencia internacional y folklórica, y en que la única forma de Pueblo que era tolerada en dictadura se manifestaba implacablemente como el Monstruo ubicado en la “galucha”, dando el verdadero veredicto en relación a cada artista, por detrás de los jurados oficiales y los asientos más caros.  

De vuelta a la democracia el neoliberalismo ya consolidado y legitimado por los gobiernos de la Concertación supo inventar nuevas formas sustitutivas de la fiesta, que a la vez que emulaban el encuentro comunitario de los viejos tiempos permitía vaciarlo de cualquier posible contenido crítico y a la vez asegurar grandes ganancias a los empresarios del espectáculo. Cómo olvidar la importancia del primer megaconcierto postdictatorial, cuando un montón de amigos y conocidos que apenas podían recordar o tararear una  canción de Rod Stewart corrieron por su entrada justificando que iban pero “por el espectáculo”. El esnobismo cultural de amplias capas del “chileno medio” que con tal de presenciar el “show” estuvo siempre dispuesto a pagar por ver a todos los artistas de moda justificó a partir de ese entonces los elevadísimos precios que se cobran por los conciertos internacionales en Chile, en abierta desproporción con el resto del continente. 

Lollapalloza representa la forma posmoderna y neoliberal de los viejos festivales de rock. Bastante lejos de Woodstock y Piedra Roja, donde a pesar de la ya existente mercantilización de la cultura juvenil subsistían grietas por donde se colaba la auténtica rebelión, su modelo es el cinismo nihilista “independiente” de la escena de los noventas, cuando la fuerza subterránea del movimiento punk y postpunk de la década anterior se transformó gracias a MTV en un nuevo mainstream, que curiosamente se etiquetó como “alternativo”, aunque ya no quedaba claro en relación a qué.

El no poder soportar esta transformación, que mostraba una vez más la capacidad de la industria cultural de “convertir rebelión en dinero” (como cantaron los Clash en (White Man) in Hammersmith Palais, y ellos sabían bien de qué hablaban) fue un factor decisivo en el suicidio de Kurt Cobain, elevado a ícono de esa era por la misma cultura oficial que el siempre odió. Si no me creen, lean sus diarios, donde entre otras cosas deja en claro que “el mundo corporativista permite por fin a grupos teóricamente alternativos y subversivos obtener préstamos bancarios para que den a conocer su cruzada”, porque “les parece una inversión rentable”. Frente a eso, la apuesta de Cobain era la de “infiltrarnos en los mecanismos del sistema y empezar a corromperlo por dentro” (2). Sabemos lo mal que terminó su intento.

En el caso chileno, el festival Lollapalooza se alimenta de décadas de historia previa de eventos de rock, convertidas en mitología, y reactualizadas en un pastiche de tendencias y estilos que ha encontrado un nicho de mercado en segmentos juveniles ABC1 y más allá. No olvidemos que en su momento los jóvenes que decidieron ir a Estados Unidos a convencer al cantante y empresario Perry Farrell de realizar su famoso festival en esta angosta y desigual faja de tierra fueron destacados por El Mercurio como líderes juveniles que constituían “un ejemplo de autogestión.

A pesar del alcance de nombres, puesto que la verdadera autogestión es inseparable de una perspectiva social y política de autonomía y emancipación humana, ya no queda rebelión alguna en Lollapalloza, evento “zorrón” por excelencia. Ni siquiera cuando se genera cierto escándalo por el uso de imágenes “chocantes” como las utilizadas hace unos años por la banda Fiskales Ad Hok, pues el sistema aprendió hace rato como neutralizar los mayores excesos expresivos de los artistas underground con la varita mágica de la mercantilización.

Una sola frase de Farrell nos permite tener una idea clara de su visión artística: “Me gusta pensar que hemos creado una marca de coches y cada año mostramos un nuevo modelo. Para nosotros lo importante de esta novedad no es el motor, sino la tecnología que utiliza ese motor, y eso es lo que nos preguntamos cada año para que Lolla siga siendo lo que es” (3).

El debate actual sobre una eventual consulta ciudadana no vinculante para decidir si se realiza un nuevo Lollapalloza 2022 en el Parque O´Higgins (espacio público antes conocido como Parque Cousiño y al que el presidente Allende le puso su nombre actual en 1970) nos permite entender bastante bien qué es lo que está en juego.

Por una parte, es evidente que se trata de un negocio: nos lo recuerda el alto costo de las entradas, imposibles de costear para el grueso de la juventud que se rebeló en octubre, aunque totalmente accesible para lo que el filósofo Rodrigo Karmy ha denominado “noviembristas” (la clase media profesional que estableció el Acuerdo del 15 de noviembre de 2019)  y por supuesto para los “septiembristas” (la clase que hizo el golpe en 1973).

Por otra, nos encontramos con el discurso que desde el periodista Matamala al gobernador Orrego (4), pasando por los empresarios y productores de eventos, presiona para que se permita la realización de tan magno evento en el Parque, alegando en nombre de la “defensa de la cultura”. Así, algunos empresarios advierten que de no permitirse Lollapalloza en el Parque “retrocederíamos 20 años” y pasaríamos a “ser parte del circuito B de recitales”. Es más, “en caso que la cita no se pueda concretar -ya que se someterá a una votación popular para analizar su continuidad en el Parque O'Higgins- se generará un ruido en el circuito internacional de música en vivo y Santiago puede ser considerada una plaza ‘problemática’" (5)

Se entiende al arte ya no sólo como un espectáculo sino que abiertamente como un negocio; es uno de los aspectos más visibles de la mercantilización total de la cultura. O como decía hace una década el escritor y músico Cristóbal Cornejo (1982-2015), comentando eventos como La Pequeña Gigante y otros ejemplos de arte que calificaba de “industrial y burocrático”, se trata de “manifestaciones culturales como vivos ejemplos de la distinción existente entre un arte masivo y un arte elitista, entre un arte para masas y un arte para profesionales, aunque los convocantes hagan hincapié en el carácter ‘ciudadano’ de dichos eventos” (6).

En ambos casos, el arte y la cultura se conciben como megaeventos esporádicos en los que uno tiene derecho a participar contemplándolos, a veces gratis y por lo general previa compra de un ticket online, con recargos, y no como procesos permanentes en que toda la colectividad participa y redefine su relación con la historia, con el territorio, con todo el mundo.



1.- Para un repaso de las grandes festividades que celebraba la humanidad y cómo con ellas se buscaba interrumpir el desgaste del tiempo para, a través del exceso, revitalizar todo el conjunto de la cosmovisión y lazos comunitarios dentro de los que vivían, recomendamos la “teoría de la fiesta” que alcanzó a esbozar R. Caillois en El hombre y lo sagrado, de 1939, en especial “El exceso, remedio del desgaste”.

2.- Kurt Cobain, Diarios, Reservoir Books, 2017.

4.- El mismo que cuando fue Intendente se dedicaba a expulsar extranjeros por participar en actividades culturales calificadas de “anarquistas”. Ver las causas Rol 7080-2017 de la Corte Suprema, y Rol 1919-2017 de la Corte de Apelaciones de Santiago.

6.- Cristóbal Cornejo, “Miseria de la industria cultural” (2012), incluido en sus Escritos (Anti)políticos, 2016.  

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lunes, noviembre 15, 2021

La antorcha de los místicos (Sun City Girls, 1990) 

 


Escondido bajo una bastante opaca portada, la “antorcha de los místicos” llegó como uno de los testamentos del rock de los 80, antes que todo se lullapalizara fuertemente en la década siguiente.

Digo “testamento del rock” porque en efecto sostengo que la entidad conocida como rock and roll dejó de existir en un momento de los 80, dando paso a una infinita serie de revivals y pastiches que padecemos hasta hoy.

Los buenos discos que se hicieron en esos años constituyen un “legado” que varios exploramos cuidadosamente. En este caso, los tres muchachotes de Arizona bautizados como las chiquillas de la ciudad de sol (banda con un amplio catálogo y que duró hasta que el baterista murió ya no recuerdo bien cuando pero no tan hace poco*) se las arreglan para condensar varias influencias a lo largo de una docena de canciones.

Desde experimentación vocal que recuerda un poco a las Madres de la Invención (como en el último tema “Funeral en el cielo”), a incursiones guitarrísticas que parecen una versión de John Fahey con resaca tras haber carreteado todo el fin de semana con los Meat Puppets por ahí cuando estaban grabando el LP II. También aprecio algunos flashbacks de sicodelia 60/70 pero a las niñas les sale más cercana espiritualmente a las mejores bandas del krautrock que a los pichulerismos propios del rock pesado de América del Norte.

Repentinamente asoman también las recreaciones del folklore de América del Sur, causando un bastante exótico efecto pues quien se iba a esperar que interpretaran como buenamente pudieron enterita la canción altiplánica “Llorando se fue”, que conocí por 1986 en versión de un amigo del Liceo, chranguista de Villa La Reina, que a su vez la había escuchado a los Kjarkas, y que luego fuera popularizada universalmente en su versión de lambada. Acá se llama “The shining path” y perfectamente podría haberse usado en un espagueti western.

Y si les parece exótico esto, escuchen a Robert Wyatt interpretando a Violeta Parra.

"Enjoy my good friends, enjoy" (Milo Aukerman)

* Charles Gocher (1952-2007). Los otros integrantes eran los hermanos Alan y Richard Bishop.

Como yapa, los dejo con Eye Mohini: el Vol. 3 de los singles de Sun City Girls.



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miércoles, noviembre 10, 2021

Al Karpenter, AMM y la revolución 

 


El poeta Maiakovski decía que el arte revolucionario requiere formas revolucionarias.

Pero, ¿es posible aún el arte revolucionario?

A través de Byron Coley llegué a la recomendación musical de Al Karpenter. Según Coley sería una especie de respuesta española a los Swell Maps, que cualquiera mínimamente familiarizado con el PUNK ROCK sabe que fue una de las primeras bandas de esa era, formada por dos adolescentes ingleses: Epic Soundtracks y Nikki Sudden, en su garage.

En mi red favorita (bandcamp) encontré un álbum titulado en inglés con la famosa consigna de “si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir”, y en las notas en ever/never records lo describen como “el Che Guevara liderando a Suicide en 2020”. (En efecto Suicide dedicó una canción al final de su hermoso primer álbum a Guevara). La descripción me parece en principio muy pretenciosa, y por lo mismo me puse de inmediato a escuchar el disco, cuya estrella roja en portada también recuerda vagamente a dicho LP de Suicide que, por si no lo sabían, fue la primera banda en emplear la palabra PUNK en un anuncio de concierto: varios años antes de 1977, y según ellos mismos dijeron, lo hicieron en parte homenajeando al gran Lester Bangs, que había usado el concepto "punk rock" en la revista Creem para referirse a la música de los Stooges.

Me encantó el disco.

LO FI never dies.

Experimentación, ruido, esqueletos de canciones, sin grasa.  

El elenco es impresionante pues incluye en percusión a Seijiro Murayama, un japonés que estuvo nada menos que en Fushitsuha, nada menos que en su legendario doble álbum en vivo. De…1989 si mal no recuerdo, pero bueno: ¡se cayó el Challenger y no me voy a caer yo!



Por si fuera poco, existe además un álbum de Al Karpenter de 2021, llamado The Black Tape.

En las notas nos informan que Al Karpenter es uno de los nombres de Alvaro Matilla, quien ha formado parte de numerosas formaciones y ha dejado una considerable cantidad de discos: más de cien, desde el año 2005 con los KRPNTRS hasta ahora.  

La cinta negra de Al me recuerdo un poco a los Dead C., que para cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la escena noise rock de Nueva Zelanda son una entidad del todo admirable que lleva más de 3 décadas produciendo RUIDO LIBRE con bajo, guitarra y batería, en un inconfundible estilo que los ha llevado a catalogarse a sí mismos como “Los AMM del punk rock”

Para cualquiera que esté mínimamente familiarizado con la LIBRE Improvisación AMM es un nombre fijo surgido en la escena inglesa, desde los 60, habiendo alcanzado a influenciar a los Beatles y a Pink Floyd pero que no se llevaron ni una milésima parte de su fama y dinero. 

No importa.

Acá los dejo con el último disco de AMM; editado en 2019 y titulado "Hasta la próxima".

En fin. No tengo nada más que decirles por ahora.

Buenas tardes.



Post scritptum: sí tengo algo que decirles: exploren el bandcamp de The Dead C. Sus paisajes sonoros son ideales para sacar a pasear perros a eso de las 7 AM.  Además, hay dos compilados que sirven para entender sintéticamente su larga trayectoria.

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miércoles, noviembre 03, 2021

Loa de Musci / Descomposición de la policía/ Comentario a "Evade" (JC/GC) 


Hay gente que cuando no tiene nada que decir guarda silencio. Hay otros que cuando no tienen nada que decir copian textos ajenos y tratan de hacerlos pasar por propios. 

Los materiales están ahí para ser usados. Eso es cierto. 

Pero el modo de empleo define al usuario y transforma el material para mejor o para peor. 


Parabien o paramal.




Para dar un ejemplo de manipulación creativa, podemos acudir a la sesión completa de 80 minutos del milanés Roberto Musci en 1983: The Loa of Music

En el cruce entre etnomusicología, grabando sonidos en lejanos viajes, y el montaje y modificación posterior en el estudio.

Homenajes a Wilhelm Reich y Harry Partch. El espíritu de ambos pioneros revivido en la magia del vudú sónico de la Música Musciana.

La "obra individual" queda vinculada a infinitos tiempos y espacios, logrando que el oyente viaje y viva varias vidas en cada escucha atenta.

Hay más obras del italiano y amigos como Giovanni Venosta, Luis Bacalov e incluso Ennio Morricone en el muy recomendable sello: Soave.




Recordé algo que me dijo el niño León a fines del 2018, luego de la ejecución de Camilo Catrillanca:

“al final, todo lo que la policía le dice a la gente que no haga porque está mal, lo hacen ellos igual nomás”. “Por ejemplo, matar; por ejemplo, robar”.

Redacté algo en base a ese recuerdo, que tras ser publicado en El Porteño, Radio Villa Francia y La Voz de los que Sobran, quedó acá en Carcaj, acompañado de esta notable foto de @pauloslachevsky

El conversatorio sobre ACABar con la Policía se puede ver también en su página. 



El sábado 23 de octubre se logró apenas pero bien el objetivo de estar en dos actividades la misma tarde.

Los dejo con el comentario de una vecina y compañera al libro gráfico Evade en el Día de las Asambleas Territoriales:

Evade nos hace una invitación a transitar por aquellos túneles de la memoria colectiva de los últimos dos años.

Hace un ejercicio de memoria en el que podemos cerrar los ojos y sentirnos parte de esa masa enorme que se expande y contrae, como si de sístole y diástole se tratara. Convertida en un solo cuerpo del cuál somos células marchantes

Al mismo tiempo nos sumerge en aquella profunda sensación de miedo y horror de transitar por una ciudad asediada por perros del estado.

Navegamos del odio a la alegría, de la emoción al horror, a una hermosa rebeldía teñida del pánico gris de los recuerdos de los tiempos del tirano.

La ambivalencia del deseo cumplido de ver todo arder después de 40 años, liderada por compas de jumper y vestón saltando torniquetes, de incredulidad ante trenes ardiendo a la triste comprensión de que la ley dejo de existir, solo para ellos.  

Las filas de muertos y mutilados narradas desde la primera línea de defensa legal, del terreno entre piedras, barricadas, postones y lacrimógenas nos recuerdan las protestas territoriales, donde entre barricadas, gritos y consignas, se comenzaba a constituir una organización popular sin precedentes. Las historias de las redes empezaron a tener nombres y caras conocidos- Nos acostumbramos al dolor de guata constante, a la sensación de un fierro atravesándonos las entrañas cada vez que se escuchaba ese pa-pa-pa, cerrando los ojos y esperando no escuchar un grito que alertara un herido, un mutilado, un muerto. 

Otra vez somos nosotros los que ponen su carne a las balas, en primera línea, mientras en los sectores lindos de Ñuñoa, los carnavales y música electrónica no logran apagar el ruido de las balas y el humo de las barricadas.

El 18 de octubre volvimos a existir o en el caso de las asambleas territoriales, nos reconocimos, juntamos y atrevimos a soñar con un país más digno “Hasta que la dignidad se haga costumbre decíamos” A dos años del 18 de octubre seguimos siendo nosotros los que pagamos los costes, los cabros en cana mientras la antigua y enquistada clase política celebra haber cambiado las balas por papelinas electorales. Y enterrar la movilización social entre falsos acuerdos de paz.

Finalmente, la lectura del comic nos permite cuestionarnos si realmente era posible evadir y no pagar ¿Podríamos aseverar que no pagamos los costes de la revuelta?


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